sábado, 21 de mayo de 2011

ENTREVISTA - Diego Mohadeb, director de marketing de Alpargatas: El Eternauta a tus pies

Alguien dijo que vio al mismísimo Eternauta caminar por las calles de Buenos Aires. Y también que las legendarias zapatillas Flecha están de vuelta. Quizá las dos noticias sean en realidad una sola, pero lo mejor es empezar por el comienzo.
Cada cultura tiene sus señas particulares, sus huellas y marcas que la hacen reconocible en el universo de las manifestaciones humanas. Un archivo de la identidad que, como los anillos en los troncos de los árboles, permite hacer distintas lecturas y reconocer de un modo vívido algunos hitos en la historia de los pueblos. Historias que no sólo acumulan nombres propios, sino también objetos, imágenes, pequeños recuerdos robados al tiempo: la memorabilia de la historia.
Junto con el afianzamiento del capitalismo y los procesos industriales, durante el siglo XX aparece la cultura de masas, que además de utilizar los formatos tradicionales como la literatura, la música o la pintura, empezó a generar soportes que son propios de la época. Así surgieron el cine y su hermana menor, la historieta. Pero esa explosión de la industria también comenzó a generar productos de consumo, que con el tiempo acabaron adheridos a los imaginarios de esas culturas populares. Surgieron así marcas registradas, cuya sola aparición es una referencia directa a identidades nacionales específicas: las gaseosas estadounidenses; las motos japonesas; el auto rojo italiano; las alpargatas argentinas.
Justamente Alpargatas es una empresa de 125 años, que empezó a crecer con la manufactura del tradicional calzado con suela de yute que desde siempre se usa en el campo. Con la decisión de ampliar el mercado, en los años ’50 y ’60 crearon nuevas marcas, entre ellas las zapatillas Flecha, las primeras de producción nacional y una de las responsables de la popularización del calzado deportivo en el país. Fue un gran ícono de la empresa durante mucho tiempo y como tantas marcas tuvo sus vaivenes, hasta que alrededor del año 2000 (con la gran crisis en ciernes) se decide discontinuarla. En consonancia con los tiempos, la empresa acaba de relanzar las Flecha uniendo fuerzas con otros íconos del Nac&Pop. Se trata de tres colecciones –homenaje, que incluyen al renacido juego de encastre Rasti; a Mafalda, la reina niña de la historieta nacional; y nada menos que a El Eternauta, la gran creación de Héctor Oesterheld (desaparecido durante la última dictadura militar), y el dibujante Francisco Solano López, la novela gráfica más importante del cómic argentino. “Pensamos en qué era lo que podía contar Flecha. Y lo primero que se nos ocurrió fue en mantener su valor de marca de bandera en la que el país puede reconocer parte de su historia”, dice Diego Mohadeb, director de márketing a cargo del proyecto. “Entonces buscamos otras expresiones de nuestra cultura popular y así aparecieron estos tres íconos argentinos asociados a la gente joven –que es el público natural de Flecha– y también a la historia.”

–¿El trabajo se realizó en colaboración con Solano López?
–Por supuesto. Trabajamos en conjunto con él para ver cómo conseguíamos hacer resurgir dos símbolos muy importantes de la Argentina, como son El Eternauta en tanto libro fundamental del cómic argentino, y esta marca, como referencia de la industria nacional. Obviamente que para trabajar el personaje necesitábamos los derechos –que no son nada fáciles de conseguir, igual que los de Mafalda–, pero la verdad que cuando les contamos el proyecto, lo que significaba Flecha y lo que queríamos volver a hacer, tanto Solano como Quino aceptaron encantados.
–El Eternauta tuvo siempre una lectura política muy fuerte. ¿Cómo absorbe eso la marca?
–La connotación política es innegable, lo mismo pasa con Mafalda, pero nos parece que el valor de estas creaciones supera lo político, que es mucho más fuerte y amplio en lo artístico y cultural. La creatividad que hay detrás de los personajes y su carácter argentino es el valor que quisimos rescatar. Ahora por ejemplo algunas agrupaciones políticas también adoptaron al personaje desde su lectura política y, si bien ambas lecturas son complementarias, nosotros no buscamos esa asociación, simplemente porque van por caminos paralelos. A nosotros nos pareció oportuno colaborar en afianzar a El Eternauta como ícono de la historieta nacional y la gente relacionada con el dibujo y hasta el diseño, también lo sienten de esa manera.
–Sucede que ambos personajes representan o miran la historia política de una manera crítica.
–Bueno, somos animales políticos y no podemos ocultar la relación entre esa lectura histórica de ambas historietas y los valores que intentamos rescatar como marca y como empresa. Es decir, tenemos historia en la Argentina, queremos reconocerla y nos parece que estos íconos que son parte de esa historia tienen por sí mismos la potencia suficiente para representarla. De todas maneras, tal vez todo esto forme parte de una post racionalización: la realidad es que lo que buscamos fue relacionar los aspectos que tanto los personajes y la marca comparten como símbolos reconocibles de la cultura popular argentina. Y desde allí instalarnos en el imaginario como una marca de bandera nacional, como sucede con las alpargatas. Todo el análisis y la mirada social del proyecto me parece muy atinada, pero sinceramente no fue nuestro punto de partida.
–¿Qué aceptación tuvo el producto comercialmente?
–Las zapatillas salieron a la venta hace muy poco tiempo, pero en los ambientes del diseño, los medios y el cómic te diría que el proyecto ha tenido una recepción excelente. Un objetivo en el que estamos trabajando es darle mayor visibilidad al proyecto: creo que nos falta hacer más conocido a nuestro Eternauta. Es una cuenta pendiente casi personal, porque me encantaría darle a la historieta, desde nuestro lugar, el empujón que merece como obra fundamental del género. De todas formas creo que hay que darle tiempo: muchas veces desde el márketing somos ansiosos por conseguir objetivos y esto en realidad es un proceso. Creo que con Mafalda el trabajo es más sencillo porque el personaje es mucho más masivo. Es un proyecto en el que todavía estamos en una etapa de semilla y ojalá consigamos hacerlo crecer como queremos.
–Hasta ahora hablamos de qué le aportan estos personajes a la marca, pero ¿qué le aporta este cruce a los personajes?
–Creemos que algo importante puede ser la coincidencia en la idea del rescate de un mundo más simple, que viene a reivindicar lo básico en contra de lo ostentoso de, por ejemplo, el diseño al que estamos acostumbrados a ver en marcas internacionales. Claro que, aunque respetamos el diseño histórico y reconocible de la marca, las Flecha de hoy tienen aplicada una tecnología inexistente en los ’60 y los ’70, que le permiten competir de igual a igual. Más allá de eso, es muy difícil que la marca pueda sumarle algo a personajes tan complejos y sólidos: somos nosotros quienes tomamos más de lo que podemos aportar. Más allá de mantenerlos vigentes o reivindicarlos. Quizá eso sea poco en contra de lo mucho que recibimos, pero es un orgullo colaborar desde nuestro lugar en su difusión.
–Este tipo de asociaciones son habituales entre íconos de la cultura pop extranjera y líneas de indumentaria, ¿pero recordás que se haya hecho antes con personajes de la cultura nacional?
–Se han hecho emprendimientos más pequeños, de estudios de diseño por ejemplo, para colecciones limitadas. Pero te diría que masivamente, a nivel industrial, esta es la primera vez. Nosotros tenemos la ventaja competitiva de producir en el país, que marcas más chicas que mandan a manufacturar sus productos afuera no están en condiciones de asumir. En cuanto a marcas internacionales, es sabido que los costos de producir a gran escala, por ejemplo en China, son muy inferiores, pero el hecho de que el 90% de nuestra producción sea nacional nos da la posibilidad de estar más cerca del consumidor argentino que las otras no tienen. Y esa sí es una decisión política.
–¿Y pensás que esa decisión favoreció los acuerdos con Solano y con Quino?
–Creo que sí, que si hubieran ido las marcas internacionales a proponerles algo parecido no hubieran conseguido estos acuerdos. Estoy convencido de eso y muy orgulloso.

Ya no nieva en Buenos Aires (no por ahora; tal vez no más). Pero gracias a Flecha, El Eternauta por primera vez camina de verdad sobre las calles de su ciudad.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 20 de mayo de 2011

LIBROS - Metrópolis, de Fernando Martín Peña: Crónica de un hallazgo anunciado

Algunas películas merecen ser vistas más de una vez, porque desde el deseo empujan al espectador a repetir la experiencia del placer. Del mismo modo hay historias que da gusto volver a escuchar, aunque el cuento se haya contado muchas veces. Una de ellas es la que el investigador y coleccionista de cine Fernando Martín Peña cuenta en su libro Metrópolis. Se trata de un relato cuyo objeto es exponer los detalles del hallazgo de la única copia completa de ese gran clásico del cine que es Metrópolis (1927), del alemán Fritz Lang, una noticia muy difundida que sorprendió al universo cinematográfico. Más allá de la puntillosa reconstrucción que Peña hace del derrotero de la película y del absurdo proceso de su gradual mutilación, lo que vuelve única a esta versión de la historia conocida es, sobre todo, el tono policial que adquiere cuando comienza el relato del hallazgo. Ahí, un Peña convertido en una suerte de Philip Marlowe va acumulando indicios durante 20 años, que incluyen una revelación inesperada, el enfrentamiento con dos inescrupulosos burócratas y hasta una mujer (Paula Félix-Didier, directora del Museo del Cine) que ayuda a cerrar el caso Metrópolis a poco de que parezca irresoluble. Ese final es en realidad el comienzo de otra historia, el de la restauración final de uno de los íconos más notables de la cultura del siglo XX. La edición se completa con un apéndice integrado por las reseñas del film que se hicieron en el momento de su estreno en 1928 y la dura crítica que le realizara el escritor inglés H.G.Wells.

Artículo Publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 13 de mayo de 2011

LIBROS - Tres luces (Foster), de Claire Keegan: Seducir para anular cualquier defensa


En el universo de la literatura, cada tanto ocurre que algunos nombres vienen en secreto, abrigados entre susurros que los multiplican empujándolos de un oído a otro, para que su promesa permanezca ahí a buen resguardo, hasta que el destino les permita habitar un montón de páginas que al fin nos sea dado leer. Entre esos nombres que llegan desde lejos, montado en una cadena de alientos, está el de la irlandesa Claire Keegan. De ella acaba de publicarse la novela Tres luces, que será prueba suficiente para quienes esperaban que el sonido de su nombre encarnara en un libro; para comprobar cuán maravilloso puede ser el arte de las letras, cuando hay un artesano eficiente al otro lado del papel.
Tres luces cuenta una historia ambientada en Irlanda, pero que el imaginario de quien lea la novela enseguida trasladará a un entorno mucho más cercano y reconocible, mucho más personal. Ahí hay una clave: ante nuestros ojos, lo local deviene universal sin que sepamos en qué momento el conejo entró y salió de la galera. Será porque, como ocurre con los buenos libros, la historia de la nena que va a parar a casa de una pareja de amigos de sus padres, que viven solos en un pueblito vecino al de su familia, en la campiña rural irlandesa, hasta que su madre dé a luz a una nueva hermanita, está recorrido internamente por una cantidad de líneas que van enriqueciendo, reorientando y resignificando el relato. Pronto queda claro que se cuenta mucho más que lo anecdótico.
Keegan es capaz de crear escenas sumamente vívidas y poderosas del único modo posible, a partir de un manejo del lenguaje que, sin resignar riqueza ni poética, se hace fuerte en la sencillez. “Hundo el cucharón y me lo llevo a los labios. Esta agua está fría y limpia como ninguna otra que haya probado antes: tiene el gusto de mi padre yéndose, de él nunca habiendo venido, de no tener nada después de que él se fuera.[…] Bebo seis medidas de agua y deseo que, por ahora, este lugar sin vergüenza o secretos pueda ser mi casa”. Aquella niña acostumbrada a vivir en el permanente amontonamiento de una familia numerosa, descubre que en la soledad de un hogar transitorio, apenas habitado por el señor Kinsella y su mujer, por primera vez se siente acompañada. Algo se rompe y desde allí Keegan habla de deseos y de dolor, y sobre todo de la íntima ligazón que en ocasiones une a estos dos parientes no tan lejanos. “Kinsella me lleva de la mano. Apenas me la agarra, me doy cuenta de que mi padre jamás me agarró de la mano y una parte de mí quiere que Kinsella me deje ir para no sentir eso”. Keegan seduce y nos desmantela con paciencia. Cuando al fin estemos desactivados, desprovistos de toda defensa, con igual pericia asestará el golpe final.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

miércoles, 11 de mayo de 2011

CINE - Que la cosa funcione (Whatever works), de Woody Allen: Los chistes viejos de un maestro

Por esas razones a las que se puede llamar destino, azar o negocio, da lo mismo, la antepenúltima película de Woody Allen se estrena en Buenos Aires tres meses después que la anteúltima y apenas un día más tarde de que la más reciente tuviera su premier mundial en la apertura de Cannes. Esta inversión hace que Que la cosa funcione, película de 2009, suceda a Conocerás al hombre de tus sueños (2010), que pasó por aquí a principios de febrero con el relativo éxito que siempre tienen las películas de Allen. Suficiente como para que sus trabajos sigan llegando, aun los menos afortunados, como es el caso. Un hecho curioso funciona como disparador. Si bien es cierto que Woody Allen lleva ya seis años filmando en distintas ciudades del Viejo Continente, Que la cosa funcione no pertenece a esa serie europea que va de Match Point a la recién llegada Midnight in Paris. Por un rato el viejo Woody se permitió volver con sus cámaras a su NYC querido, para rodar esta comedia que lo sacó un rato del voluntario destierro.
Imposible evitar el lugar común de referir al grueso de su obra anterior: como Borges, Allen se empeña en rescribir las mismas historias una y otra vez, probando en cada ocasión giros novedosos. Objetivo que esta vez apenas consigue alcanzar, a pesar de que los primeros 15 minutos prometen bastante. El papel que suele corresponderle al propio director cuando se permite habitar ambos márgenes de la pantalla, esta vez es interpretado por Larry David, exitoso guionista de Seinfeld, de notable parecido con Carlitos Bianchi. Boris es un físico cuántico sesentón, genio absoluto, alguna vez mencionado como candidato al Nobel, que sin embargo no puede dejar de ver al mundo del peor modo. Es tremendista, sarcástico, hipocondríaco, fóbico y muchas otras cosas que los personajes de Woody arrastran ya desde su primera película como director en 1966 (y antes también). Pero Boris tiene un extra más o menos inesperado: es tremendamente agresivo, verbal y hasta físicamente violento. Para él los otros -incluyendo a sus amigos- son idiotas, fracasados, ignorantes y hasta retrasados mentales que no terminan de entender que son parte de una farsa absurda y sádica, llamada Vida. Ya en la primera escena, Boris echa mano de otro recurso clásico de Allen: rompe la convención de la cuarta pared, para explicar al público él mismo y sin vueltas, algunos detalles de su pensamiento. Y así se sabrá que acaba de divorciarse por exceso de compatibilidad con su ex; que da clases de ajedrez a algunos chicos de los que se burla y a los que incluso agrede, tirándoles el tablero por la cabeza, por ineficientes; que ha intentado suicidarse arrojándose por una ventana, y por eso carga con una renguera.
Eventualmente Boris le dará asilo a una chica recién llegada a la ciudad, que se escapó de su casa en algún estado sureño y no tiene ni para comer. Ella, aun con su mente simple, es todo lo humana que Boris no puede. En el juego de opuestos terminará deslumbrada por él, y él acostumbrándose a ella, motivos suficientes para que acaben casados. La madre de la chica, mujer burguesa, religiosa y bruta que viene buscando a su hija perdida, no tardará en aparecer. Por supuesto detestará a su yerno e intentará por todos los medios hacer que se separen.
Como ocurre en al menos otras 32 películas y pico de Woody Allen, en el fondo nadie está conforme con su lugar en el mundo. La diferencia es que aquí los estereotipos son tan abundantes y básicos, y los cambios que operan sobre ellos tan obvios y remanidos, que si el propio Boris pagara una entrada para ver esta película, no dudaría en pedir la cabeza del director. Sin dudas Boris es el gran acierto de Que la cosa funcione, un personaje de verdad notable no por lo que arrastra de la genética Allen (en exceso), sino por la poco frecuente violencia que acompaña esos mohines clásicos. Aun así, la película (con momentos de humor aceptables) no lo acompaña y hasta lo abandona, cediendo a la tentación del Hollywood ending, cliché del cual el propio director ha sabido burlarse. A diferencia de Conocerás al hombre de tus sueños, acá hay final feliz. Que, es cierto, no es convencional, pero que no deja de ser feliz. Y esto, en una película con un protagonista como Boris, no deja de ser una debilidad imperdonable.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12

domingo, 8 de mayo de 2011

CINE - Los Labios, de Santiago Loza e Iván Fund: Una construcción sobre encrucijadas

Tres médicas llegan a un pueblito rural. Están ahí para hacer un relevamiento de la situación social y sanitaria. Apoyadas con tibieza por las autoridades locales, son alojadas en un hospital abandonado, a punto de ser demolido, donde también empezarán a conocerse entre sí. Aunque el panorama no es alentador –la gente vive de manera miserable, con un altísimo grado de desocupación, enfermedad y abandono–, no hay en la mirada de las tres mujeres ni culpa ni lástima ni juicio. Profundamente humanas, comenzarán a integrarse a los ritmos y usos de la comunidad, cada una con las aristas de su propia experiencia. Esa asimilación al nuevo entorno no será ni sencilla ni gratuita. La bellísima escena final no hace otra cosa que retratar ética y poéticamente ese arduo proceso.
Los labios es una película de cruces y conexiones. Son las que ocurren entre lo documental y lo ficcional, entre narrar y describir, y fundamentalmente entre dos miradas cinematográficas muy poderosas. Tanto Iván Fund como Santiago Loza vienen de carreras cinematográficas muy sólidas y su reunión, de un modo bustosdomecquiano, ha producido una tercera entidad casi independiente de ellos mismos. Un fantasma tan real como los que deambulan por la tensa calma de Los labios.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino