lunes, 9 de agosto de 2010

LIBROS - Hombre con barba durmiendo en la selva: un homenaje a Horacio Quiroga

La selva es silenciosa, aunque no es del todo exacto llamar silencio a esa cortina espesa de silbidos, chistidos y siseos que le raspaba los oídos desde que se apartó del camino principal. Pero él venía de la ciudad, de Buenos Aires, y tal vez por eso no le parecía mal llamar silencio a tanto ruido. Al hombre le pesaban los pies de tanto andar sobre la tierra, por senderitos angostos como serpientes, que de a ratos remontaban una lomada suave y en seguida bajaban, pero sin apuro, esquivando los árboles que con sus ramas parecían querer abrazarlo, retenerlo para que no siguiera, para que nunca llegara al lugar al que se dirigía. Llevaba caminando ya un buen tramo cuando se detuvo en un claro a descansar. Se pasó un pañuelo por la frente transpirada, pero su tela ya venía mojada del bolsillo en donde lo tenían apretado y el intento de secarse no le sirvió para nada.
En la selva le llaman claro a un espacio de donde la naturaleza ha decidido retirarse un poco y ahí el intenso color verde le hace un hueco al suelo colorado. “Verde claro”, pensó él mientras se sentaba sobre la enorme valija que venía cargando cada vez con más trabajo y se rascó la barba. Como no se quería volver pero entre tanto silencio tampoco podía pensar en seguir caminando, el señor Quiroga (así se llamaba el señor de la barba que caminaba por la selva) decidió descansar ahí mismo. Pensó que le alcanzaba con un ratito nomás, que le iba a hacer bien quedarse sentado, rascarse la barba. Al principio funcionó y fue como quedarse dormido, porque aunque el silencio no se callaba, él no lo escuchaba para nada y era todo como un sueño. El aleteo de mariposas que parecían pétalos vivos de alguna flor; los anillos de colores de una víbora disfrazada de media, arrastrándose sigilosa sobre la irritada piel del suelo; pájaros vestidos de planta y tantos ojos pequeños que lo miraban sin miedo, con curiosidad, directo a la cara, como quien ewconoce a uno de los suyos. Quiroga no quiso moverse, tan a gusto descansaba en aquel verde claro en medio de la selva, cómodo entre tanta historia por conocer y tanto cuento por contar. Y aunque estaba tan quieto, se sentía como un chico travieso imaginando la más divertida de sus picardías. Mientras tanto el silencio insistía con lo suyo, escondido detrás de la sombra de cada arbusto y cada tronco y el señor Quiroga, que antes que señor era curioso, empezó a prestar atención, mientras iba entornando de a poco los ojos.
Y así empezó a recordar a las amigas y los amigos de la ciudad, los escritores y las poetas que se había dejado allá lejos, volviendo por ese mismo camino sinuoso por el que había llegado hasta ahí. Quizá pensó en aquella chica que se cansò de vivir en la tierra y entonces se mudó al mar, o en el hombre de gesto riguroso, de anteojos con forma de bicicleta y versos como edificios. Seguro que allá también lo recordaban, con su barba de oso y sus cuentos terribles, mientras corrían sobre calles empedradas para esquivar tranvías, amasando sin saber ellos también los sueños de sus propias despedidas. ¿Habrá pensado el señor Quiroga en el cine, que tanto le gustaba? ¿O en tantas otras cosas que había elegido dejar en la ciudad? Puede ser que así haya sido, pero debió ser sólo un momento, una distracción que apenas consiguió sacarlo por un rato de las palabras que ya habían comenzado a anudarse en su imaginación, detrás de esos párpados cerrados nada más que para descansar la vista.
Entonces alucinó un hombre de la selva, como él, pero corriendo, lanzándose al río solo en su botecito, buscando que la deriva lo salvara de dormirse sin sueño. Imaginó una mujer joven, cuya cabeza reposaba sobre un almohadón hinchado y gordo, de fundas tan blancas como la piel, que se preguntaba con voz cansada “¿Por qué estoy tan triste?”, sin saber qué responderse. Inventó animales fabulosos, capaces de hablar la lengua de los hombres y también de imitar sus trampas. Todo eso lo vio el señor Quiroga con ojos cerrados, mientras algunos pájaros ya empezaban a hacerle nidos en la barba y la selva lo acunaba contra su pecho rojo.
Nadie sabe cuánto tiempo se durmió el señor Quiroga en aquel verde tan claro de la selva, ni por qué. Pero algunos conjeturan que se fue allá nada más que a dormir, para no tener que aguantar que nadie más lo volviera a despertar. El señor Quiroga se acostó en la selva y se quedó dormido.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.

sábado, 7 de agosto de 2010

LIBROS - "Señor con barba dormido en la Selva": A Horacio Quiroga

La selva es silenciosa, aunque no es del todo exacto llamar silencio a esa cortina espesa de silbidos, chistidos y siseos que le raspaba los oídos desde que se apartó del camino principal. Pero él venía de la ciudad, de Buenos Aires, y tal vez por eso no le parecía mal llamar silencio a tanto ruido. Al hombre le pesaban los pies de tanto andar sobre la tierra, por senderitos angostos como serpientes que de a ratos remontaban una pendiente suave y en seguida bajaban, pero sin apuro, esquivando los árboles que con sus ramas parecían querer abrazarlo, detenerlo para que no siguiera, para que nunca llegara al lugar al que se dirigía. Llevaba caminando ya un buen tramo cuando se detuvo en un claro a descansar. Se pasó un pañuelo por la frente transpirada, pero el pañuelito ya había salido mojado del bolsillo donde lo tenía apretado y el intento de secarse no sirvió de nada.
En la selva le llaman claro a un espacio de donde la naturaleza ha decidido retirarse un poco y ahí el intenso color verde le hace un hueco al suelo colorado. “Verde claro”, pensó él mientras se sentaba sobre la enorme valija que venía cargando cada vez con más trabajo y se rascó la barba. Como no se quería volver pero entre tanto silencio tampoco podía pensar en seguir caminando, el señor Quiroga (que así se llamaba el señor de la barba que caminaba por la selva) decidió descansar ahí mismo. Pensó que le alcanzaba con un ratito nomás, que le iba a hacer bien quedarse sentado, rascarse la barba. Al principio funcionó y fue como quedarse dormido, porque aunque el silencio no se callaba, él no lo escuchaba para nada y era todo como un sueño. El aleteo de mariposas que parecían pétalos vivos de alguna flor; los anillos de colores de una víbora disfrazada de media, arrastrándose sigilosa sobre el suelo irritado; pájaros vestidos de planta y tantos ojos pequeños que lo miraban sin miedo, con curiosidad, directo a la cara como quien ve a uno de los suyos. Quiroga no quiso moverse, tan a gusto descansaba en aquel verde claro en medio de la selva, cómodo entre tanta historia por conocer y tanto cuento por contar. Y aunque estaba tan quieto, se sentía como un chico travieso imaginando la más divertida de sus picardías. Mientras tanto el silencio insistía con lo suyo, escondido detrás de la sombra de cada arbusto y cada tronco y el señor Quiroga, que antes que señor era curioso, empezó a prestar atención, mientras iba entornando de a poco los ojos.
Así empezó a recordar a las amigas y los amigos de la ciudad, los escritores y las poetas que se había dejado allá lejos, volviendo por ese mismo camino sinuoso por el que había llegado hasta ahí. Seguro pensó en esa chica que después se mudó al mar, y en el hombre de gesto riguroso, de anteojos con forma de bicicleta y versos como edificios. Sin dudas allá también lo recordaban, con su barba de oso y sus cuentos terribles, mientras corrían sobre calles empedradas para esquivar tranvías, amasando sin saber ellos también los versos para sus propias despedidas. ¿Habrá pensado el señor Quiroga en el cine, que tanto le gustaba, o en tantas otras cosas que había elegido dejar en la ciudad? Puede ser que así haya sido, pero debió ser sólo un momento, una distracción que apenas consiguió sacarlo por un rato de las palabras que ya habían comenzado a anudarse en su imaginación, detrás de esos parpados cerrados nada más que para descansar la vista.
Entonces alucinó un hombre de la selva, como él pero corriendo, lanzándose al río solo y su botecito en busca de que la deriva lo salvase de dormirse sin sueño. Imaginó una mujer joven, cuya cabeza reposa sobre un almohadón hinchado y gordo, de fundas tan blancas como la piel de ella, que se pregunta con voz cansada “¿Por qué estoy tan triste?”, sin saber qué responderse. Inventó animales fabulosos, capaces de hablar la lengua de los hombres y también de imitar sus trampas. Todo eso vio el señor Quiroga con ojos cerrados, mientras algunos pájaros ya empezaban a hacerle nidos en la barba y la selva lo acunaba contra su pecho rojo.
Nadie sabe cuánto tiempo se durmió el señor Quiroga en aquel verde tan claro de la selva, ni por qué. Pero algunos conjeturan que se fue allá nada más que a dormir, para no tener que aguantar que nadie más lo volviera a despertar. El señor Quiroga se acostó en la selva y se quedó dormido. 

Artículo originalmente publicado en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 5 de agosto de 2010

CINE - Pájaros volando, de Néstor Montalbano: Al cine como visitando amigos

Para bien o para mal, es imposible disponerse a la contemplación de cualquier manifestación artística (dando por descontado que el cine muchas veces lo es) obviando la experiencia previa, las simpatías estéticas o las afinidades ideológicas. Por eso la cosa se pone difícil cuando se trata de decir algo sobre un trabajo del que participan tantos amigos de la casa. Y sobre todo si “la casa” es apenas uno y “amigos” sólo involucra diferentes clases y grados de cariño por tipos con los que no se tiene relación alguna, más que la que surge entre artista y espectador. Si algo puede decirse a priori de Pájaros volando, segunda película del trío Diego Capusotto–Luis Luque–Néstor Montalbano, siete años después de Soy tu aventura, es que quien elija verla irá al cine como yendo a juntarse con amigos. Y no sólo por la presencia ineludible de un Capusotto que goza del sostenido ascenso de su popularidad, a partir del éxito de su programa televisivo, sino por el largo listado de personas que intervinieron en el rodaje con papeles secundarios y pequeños cameos. El Ruso Verea, Juan Carlos Mesa, Víctor Hugo Morales o los músicos Miguel Zavaleta, Claudia Puyó y Miguel Cantilo son algunos nombres destacados, que con su participación siembran el terreno de lo inesperado. (Falta en la lista un nombre muy importante, dueño de la mejor y más sorpresiva de todas las apariciones en la película, que no conviene arruinar desde aquí.) Hecha esta enumeración, habría que ser invitado del palco de la Rural para que Pájaros volando no caiga simpática, aun sin haberla visto. Tan cierto como que todo lo anterior se iría directo al tacho si la película no lo respaldara con sustancia, con carne.
El asado, en este caso, corre por cuenta del guión de Damián Dreizik, actor formado en el caldo nutritivo del under porteño de los años ’80, cuando junto a Carlos Belloso integraban el dúo Los Melli. Del mismo recetario salen las Gambas al Ajillo, inolvidable troupe de chicas comediantes que aporta a la película la presencia de Verónica Llinás y Alejandra Flechner. Y Oski Guzmán, surgido de los Match de Improvisación de Mosquito Sancineto. Pájaros volando rezuma un tono de oda al humor (y al imaginario) de esa época, que luego explotó en los ’90 con el colectivo De la cabeza (después Cha cha cha) donde aparecieron Capusotto y Montalbano. De esa estética vintage es subsidiaria la película, que comienza con la cabezota de Víctor Hugo flotando en el espacio –emulando a los anfitriones de esos programas de la televisión norteamericana que en los ’50 desbordaban ciencia ficción y clase B–, para avisarle al público lo que ya todos saben: que “no estamos solos en el universo”. Frente a esa apertura cabe esperar cualquier cosa y Pájaros volando cumple en entregar cuatro o cinco gemas de lo impensado y lo absurdo, que devuelven con creces el valor de la entrada.
Es por eso que no es urgente decir que José es músico –violero– y que junto a su primo Miguel tuvieron una banda con la que metieron un hit (cuándo no) en los ’80; ni que Miguel se fue mal de la banda y con problemas de drogas, para radicarse en un pueblito hippón de las sierras cordobesas (igual que Luca Prodan recién llegado de Europa, antes de transmutar en líder carismático de Sumo); o que en la actualidad José sobrevive atendiendo el teléfono en una remisería. Como tampoco importa que Miguel regrese a la ciudad para convencer al primo de que se vaya con él, so pretexto de participar de un místico encuentro cercano de cuarto tipo. Todo eso queda en segundo plano cuando un gorila entra en escena sin aviso y con una tonada cheta que recuerda a cierto jefe de Gobierno bosteño pregunta: “¿Cómo salió Boca?”; o si un payador “de las cosas nuestras” despotrica en una peña parroquial contra el avance de los chilenos y los putos, y pide con sus rimas que los chinos se vuelvan con el sushi a su país. No interesa si el film se tiñe de berretismo, porque se entiende que ahí se juega desde la ironía con el estereotipo de un cine que en los ’70 reducía a los hippies a simples nenes de mamá encaprichados. Tampoco importa mucho si tras una andanada de gags que atraviesan todo el arco de humores posibles –desde lo inteligente hasta lo tonto, pasando por lo político, lo inocente y lo grosero–, la película cae en algunos baches o llega a un desenlace unos escalones por debajo de lo anterior. Ya no importa nada, porque habemus risa. Y porque tras tantos bañeros taquilleros pero empobrecedores, la comedia es, al fin, otro espacio recuperado para la causa. Entonces, ¡viva Perón! y nada más.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos del diario Página 12.

LIBROS - Cartas a los Jonquiéres, correspondencia de Julio Cortázar: La vida entera vía postal

¿Cuántos libros pueden leerse leyendo sólo un libro? No parece gratuito que la pregunta (compleja, misteriosa y hasta casi metafísica) irrumpa justo antes de que se hable de Julio Cortázar y de una nueva publicación de material inédito: en este caso, el volumen que reúne la correspondencia con su amigo Eduardo Jonquières, bajo el título de Cartas a los Jonquières. Fue justamente Cortázar quien a mediados de los años sesenta puso patas arriba el mundo de las letras con Rayuela, novela con la que confirmó de manera práctica el misterio de la santísima multiplicidad, dogma nodal de la fe literaria: un buen libro es siempre uno y tantos otros a la vez. ¿Cuántos libros pueden leerse, entonces, leyendo un sólo libro? La respuesta correcta es: todos.
Este epistolario, nueva golosina con que se mantiene a raya a los adictos a la prosa de Cortázar, no es sino un recorrido por un laberinto de más de 100 cartas, que cruzaron el mundo en distintas direcciones para dar testimonio de: a) la amistad del escritor con Eduardo Jonquières (a quien conoció en sus tiempos de maestro practicante en la Escuela Normal Mariano Acosta, a mediados de los años treinta); b) las diferentes circunstancias de su vida en el período que abarca del ’50 al ’83. Pero también reúne: c) un mapa de la evolución en la carrera literaria (y editorial) de Cortázar, d) un compendio de sus criterios estéticos, e) su colección de hastíos como empleado de la Unesco, f) el placer permanente de sus viajes y g) su pasión por los gatos, en particular por Teodoro, así bautizado en honor del filósofo T. W.-Adorno. En cada una de las páginas también está impresa la huella de las fidelidades de Cortázar. Hacia sus amigos, los Jonquières, en primer lugar; a los demás integrantes de un grupo de amigos en común, por carácter transitivo; y por sobre todo a su familia. El catalán Carles Álvarez Garriga, colaborador de Aurora Bernárdez (quien fue esposa, y es heredera universal y albacea de la obra de Julio Cortázar), junto a quien ha editado este libro y el anterior Papeles Inesperados, cree que en esa lealtad reside un empeño que define al hombre pero también al escritor compulsivo. “Su fidelidad familiar es algo admirable. Para suplir la ausencia física, que le era imprescindible, durante más de treinta años mandó a la madre y a la hermana, además de dinero y fotografías, una carta ¡a la semana! Uno de los temas recurrentes en su correspondencia es de hecho el lamento por no poder escribirles más seguido. ¿De dónde sacaba tanto tiempo? Creo que, clínicamente, a esa generosidad se la llama epistolomanía.” Es cierto. Esa suerte de correspondencia obsesiva también queda al descubierto en muchos de sus cuentos de esa época, que tienen en el correo un elemento definitivo, como −desde luego− son los casos de “Cartas de mamá” o “La salud de los enfermos”. Es fantástico el pedido que le hace a Eduardo, luego de comprarse su primer departamento en París: “No digas a mamá… porque le sonará a casa fatal y definitiva; no se gana nada con esas pequeñas crueldades y prefiero evitársela.” Cualquier superposición de la realidad con la literatura no es en este libro objeto de coincidencia.
Hace algunos días el escritor Alfredo Bryce Echenique dijo, hablando del famoso boom latinoamericano, que Julio Cortázar ha sido en ese contexto “el escritor puente”, por ser el más rupturista entre los escritores del boom y los ubicados en los márgenes. Álvarez Garriga agrega que “parece innegable que con la prosa de Cortázar se da un antes y un después al que no son inmunes ni siquiera aquellos escritores que no lo han leído directamente, porque es algo que –como cantaba David Bowie– ‘está en el aire’. La prosa de Cortázar es a nuestra literatura lo mismo que los Beatles a la historia de la música pop.” Como un espejo, en una de sus cartas de 1966, Cortázar comenta divertido a su amigo Jonquières su excursión al cinematógrafo para ver Help!, primera película de los cuatro de Liverpool. “Sociológicamente es un documento de primera sobre la ‘alienación’, tan celebrada y difundida en los salones de viejas sabihondas los viernes a las cinco. Ni los Beatles ni el director saben probablemente que han dejado un curioso testimonio del robotismo de los sixties.” También sin saberlo, mientras juega despreocupado entre las palabras con las que va componiendo Cartas a los Jonquières, Cortázar también dejaba un testimonio de su época.
“Irse no es nada, la cosa es darse cuenta que hay una mecánica de chicle, que te has quedado adherido y te vas estirando.” La frase define un poco el carácter de este volumen de cartas, en el cual el escritor da cuenta de su necesidad de mantenerse cerca no sólo de sus amigos, sino de su país, al que lo liga una relación bipolar de amor-odio. “Uno de los temas clave de la correspondencia con los Jonquières es la cuestión del viaje a Europa como huida necesaria para un intelectual avasallado por el país”, comenta Álvarez Garriga, y sigue. “En cierto modo estas cartas son la crónica de una liberación (familiar, nacional, incluso estética), y también el relato del coste emocional que supone llevarla a cabo, casi contra viento y marea.”
El curador menciona una liberación nacional y consigue poner en primer plano otro de los aspectos que va ganando relieve de manera silenciosa a lo largo de los más de 30 años que abarca esta correspondencia. Del Cortázar aventurero recién llegado a París en 1950 al viejo trotamundos de 1983, hay un camino que no sólo implica la confirmación de Cortázar como escritor fundamental del siglo XX, sino también el testimonio en primera persona de un cambio de paradigma en la mirada de la convulsionada época que le tocó en suerte. Manuel Antín, director de cine y amigo, quien realizó la adaptación de cuatro cuentos del escritor en sus películas La cifra impar, Circe e Intimidad de los parques, suele decir que hay dos Julios: uno lampiño y otro con barba, y que el segundo (como escritor) no le llega a los talones al primero, ya que perdió o, mejor dicho, dividió su pasión por la escritura con la militancia. Es difícil, sin embargo, reconstruir el progreso de ese cambio en el recorrido del libro, aunque pueden encontrarse puntos de referencia, con el marcado antiperonismo de sus primeras cartas en un extremo y su deslumbramiento con la Revolución Cubana por el otro. “Sí tuviera veinte años menos, te mandaría una despedida y me quedaría aquí. Pero volveré, ya no puedo salirme de mi cascarita”, escribe desde La Habana en 1963. Durante su segundo viaje a la India cinco años después, sin dejar de lado su pasión por la contemplación de las manifestaciones artísticas, Cortázar parece más atento a algunos detalles de la realidad que hasta entonces no lo ocupaban. “Mirando una India más pobre y más triste, y por mi parte con un extraño sentimiento de desapego que no conocía antes. Será porque de golpe me siento tan próximo a cosas junto a las cuales resbalé amablemente a lo largo de mi vida.” Conocedor de lo más oculto de la obra de Cortázar, Álvarez Garriga también cree que “ese viaje a la India en 1968 fue uno de los hitos de su compromiso socialista. Se junta con los decisivos viajes a Cuba de 1967 y de finales del ’68, y con los hechos de París de mayo del ’68, que tienden a olvidarse. Ahí empieza a mirar la realidad de otro modo, sin duda: basta leer la narración del acercamiento a la miseria india que relata en el estremecedor texto “Turismo aconsejable”, recogido en Último round.” En la misma línea está su referencia al Cordobazo. “Cuántos años hemos vivido sin la menor esperanza cuando se trataba de la Argentina ganadera y neutralista”, dice y no es el mismo que en las cartas de los ’50 denostaba todo en relación con los movimientos populares surgidos a partir del ascenso de Juan Domingo Perón, a cuyo gobierno llega a comparar con la dictadura de Francisco Franco en España.
Libro mamushka, biblioteca completa de un único volumen, Cartas a los Jonquières resulta a fin de cuentas una experiencia deliciosa. Cada lector podrá ir descubriendo cómo diferentes libros se van apilando sobre las mismas 550 páginas. Autobiografía; Bitácora / Road Movie; Tratado de Estética; Miscelánea; Breve Colección de Confidencias Venenosas, a la manera de Borges o Descanso de caminantes, de Bioy Casares; Diferentes Novelas: epistolar, sentimental, de aventuras; Cuaderno de Apuntes. Simple volumen de correspondencia (aunque hacerlo sólo desde esa faceta involucra un liso y llano desperdicio). “Novela de Aprendizaje”, se permite agregar Álvarez Garriga a la lista, “Bildungsroman, como lo llaman los alemanes. Aprender a convivir con los parisinos en los años ’50 debía de ser algo titánico.”
Por debajo de todo eso, la delicada prosa de Julio Cortázar. Y por encima, su inigualable sentido del humor. Puesto a hacer memoria, Álvarez Garriga se permite una digresión oportuna, y vuelve a un colega peruano. “Bryce Echenique recordaba una ocasión en que en una sobremesa con amigos, estos citaban malas definiciones de diccionarios. Claro está, ganó Cortázar, con esta definición asombrosa, quizá apócrifa: ‘Madre putativa: la que se reputa madre’”. Cartas a los Jonquières, todos los libros el libro... Parece que hay Cortázar para rato.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.

LIBROS - Discurso del oso, de Julio Cortázar: La vida con ojos de niño

Una de las sorpresas gratas que incluye la edición de Cartas a los Jonquières es la no muy difundida buena relación que Julio Cortázar mantenía con los chicos y la infancia. Varias pruebas se acumulan en estas cartas, algunas de las cuales van directamente dirigidas a los niños de la familia, que cuando el escritor dejó Buenos Aires eran dos, Maricló y Albertito, y acabaron siendo cuatro. A ellos justamente les dedica por vía postal un precioso cuento que luego se haría conocido como parte de ese libro juguetón que es Historias de cronopios y de famas. Se trata de “Discurso del oso”.
Lo que no resulta una sorpresa entonces es que Alfaguara, actual editora de casi toda la obra de Cortázar, lanzara el año pasado una exquisita versión para chicos de ese texto, ilustrada por el dibujante español Emilio Urberuaga. Merece resaltarse que no se trata de una adaptación: es el “Discurso del oso” completo, tal y cual fue obsequiado a los chicos Jonquières el 5 de abril de 1952. Una pequeña joya.
“Meto este papel en la máquina, para copiarte una prosa que les regalo a Maricló y a Albertito, aunque ellos no podrán todavía captar su gracia –que es puramente verbal y rítmica”, escribe su dedicatoria con una inocencia que causa ternura. Olvidaba tal vez que los chicos son capaces de sobrevolar, esquivándolos con astucia y a su modo, los artificios verbales y rítmicos más empecinados. La felicidad también tiene para Cortázar sabor a infancia, a la que contempla con esa mezcla de maravilla y desazón tan de su prosa: “Me gusta tanto que me digas que los chicos me recuerdan ‘por su cuenta’. No durará, pero es muy dulce, sabes.”
Después, para terminar de conquistar a todos los intrusos que como chicos curiosos se animen a meter sus narices en la correspondencia ajena, simplemente anuncia: “Y aquí está el
Oso
Soy el oso de los caños de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños.”


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.