El popular actor estadounidense Nicolas Cage interpretará el rol de Joe Schreibvogel, mejor conocido como Joe Exotic, en una serie de ficción basada en la popular docuserie de Netflix Rey tigre. Como la original, la nueva serie también se desarrollará en ocho episodios y estará basada en el mismo artículo periodístico que inspiró a la versión documental, "Joe Exotic: A Dark Journey Into the World of a Man Gone Wild", publicado por el periodista Leif Reigstad en la revista mensual Texas Monthly. La misma ya está empezando a ser pre-producida en sociedad por la productora Imagine Television Studios y la señal de televisión estadounidense CBS.
El anuncio, confirmado por el portal de noticias del espectáculo Variety, sorprendió al ambiente de la industria del cine y la televisión. En parte, es cierto, porque la actividad se encuentra paralizada desde hace casi 45 días, a causa de la pandemia de covid-19 que tiene al mundo entero en estado de alarma. Pero también porque Rey tigre se convirtió, sin que nadie lo previera, en una en uno de los mayores éxitos en la historia de la popular plataforma de streaming, igualando en visualizaciones nada menos que a la tercera temporada de la omnipresente Stranger Things. Razones de sobra para imaginar que la realización de una nueva serie, que esta vez abordará desde la ficción la historia de Joe Exotic, el extravagante dueño de un zoológico en Oklahoma encarcelado por el intento de asesinato de una competidora, no debería haber extrañado a nadie.
A priori el nombre de Cage parece ser la elección perfecta para interpretar al extravagante protagonista de la serie, debido a su carácter no menos excéntrico. Aunque el popular actor supo gozar de cierto prestigio durante sus inicios en los años’80, alcanzando la gloria durante la década siguiente, al recibir un Oscar por su interpretación de un alcohólico en la película Adiós a Las Vegas (Mike Figgis, 1995), desde hace 15 años su carrera se mueve por corredores menos transitados. Cultivando un perfil histriónico que traspasa la pantalla, el actor acumula desde entonces participaciones en productos de menor exposición, interpretando personajes desbordados que invariablemente encarna al filo del verosímil.
Por ese camino Cage fue parte de muchas películas olvidadas y olvidables, y de unos cuantos fracasos rotundos, como El culto siniestro (2006), remake del mítico film británico El hombre de paja (1973), o Dying of the Light (Paul Schrader, 2014). Pero también de algunos éxitos (moderados y siempre dentro del terreno de las películas de culto), que lo tienen a él y a sus actuaciones bigger tan life entre sus méritos. A esta categoría pertenecen la sorprendente comedia negra Mom and Dad (Brian Taylor, 2017), al film de terror Mandy (Panos Cosmatos y Casper Kelly, 2018) y sobre todo Un maldito policía en Nueva Orleans, remake del emblemático film de Abel Ferrara dirigido en 2009 por el alemán Werner Herzog. No caben dudas de que Joe Exotic encaja perfecto en la galería de los personajes desaforados que Nicolas Cage compuso en ellas. Se trataría además del debut del experimentado actor en el ámbito televisivo, quien a pesar de tener una larga filmografía nunca trabajó en la pantalla chica. Hasta ahora.
La nueva serie contará con guión y producción ejecutiva de Dan Lagana, conocido por su trabajo en la serie de docuficción Vándalo americano, una irreverente parodia de los documentales sobre crímenes cuyas dos temporadas pasaron con relativo éxito por las pantalla de Netflix entre 2017 y 2018. Según adelantó el portal del espectáculo, la historia de la nueva serie se centrará en la historia de Exotic y “su la lucha por mantener a flote su parque zoológico, aún a riesgo de perder la cordura”, explorando la forma en que el protagonista acaba siendo devorado por su propio personaje. Una sinopsis que también puede servir para resumir las últimas dos décadas de la carrera de Cage.
Sin embargo esta no es la primera serie anunciada que se propone abordar el extraño universo de Exotic desde el territorio de la ficción. Ya a finales de 2019, antes de que Rey tigre se convirtiera en un éxito global imprevisto, la productora Universal Content Productions y la comediante Kate McKinnon habían manifestado su intención de realizar una serie basada en el podcast que Exotic llevaba adelante en la plataforma Wondery. Ahí McKinnon asumiría el papel de Carole Baskin, supuesta defensora de los derechos de los animales, rival y némesis del protagonista. Este proyecto parece encontrarse todavía en una fase muy embrionaria: los productores aún no anunciaron quién será el actor encargado de interpretar a Exotic y continúan buscando a los guionistas encargados de llevar el proyecto al papel. Aunque recién ha pasado la primera semana del mes de mayo y todavía queda mucho 2020 por recorrer, ya es posible afirmar que en el balance de fin de año Rey tigre y su inolvidable protagonista se encontrarán entre los hitos de una temporada signada por el coronavirus.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
miércoles, 6 de mayo de 2020
martes, 5 de mayo de 2020
SERIES - "Víctor Hugo, Enemigo del Estado", por Film&Arts: Un genio lejos del bronce
El estreno de la serie Víctor Hugo, que comienza a emitirse hoy a las 22 por el canal Film & Arts, a razón de un episodio por semana, puede servir para pensar en qué es un escritor y darle a la pregunta una respuesta humana. Es que la fantasía popular suele hacerse de ellos una idea artificial, generalmente pomposa, más cercana al mito que al mundo terrenal. Tendencia que crece cuando se trata de autores clásicos, a quienes la educación y la academia se encargan de encerrar en cajitas recubiertas con una coraza más resistente que el acero: la solemnidad. Según esa construcción los escritores casi no son humanos, sino entidades superiores siempre sentadas frente al papel con un gesto invariablemente serio. Porque los escritores no se ríen ni se enojan y solo hablan para la posteridad. Por suerte existe un libro como el Borges, de Adolfo Bioy Casares, en donde queda claro que un escritor también se mata de risa haciendo versitos groseros, que su existencia no está exenta de maldad, que son capaces de decir barbaridades y, por lo tanto, también se equivocan como cualquier verdulero, peón de taxi o periodista. Por ahí comienza esta miniserie en cuatro capítulos, cuyo título original –Víctor Hugo, enemigo del Estado— le aporta al espectador una información valiosa.
El episodio inicial arranca con el protagonista ya cerca de sus 50, viviendo en una pocilga infectada de ratas. Escribiendo en su diario confiesa (y le hace saber al público) que Luis Felipe de Orleans, el Rey burgués a quién él apoyaba, ha sido depuesto, dando paso a la Segunda República Francesa, un proceso popular que trató de mejorar la calidad de vida de las clases campesina y obrera. Sin embargo el escritor declara con pesar haber sido incapaz de entenderlo en el momento oportuno, sino recién ahora, tres años más tarde, cuando la República una vez más está de rodillas, como él, a punto de que su primer presidente, Luis Napoleón, sobrino del famoso Emperador, la disuelva para instalar sobre sus ruinas el Segundo Imperio. Refundación a la que Víctor Hugo se opuso, convirtiéndose así en el “enemigo del Estado” del cual habla el título.
Esta primera secuencia, que muestra al escritor a punto de escapar hacia un exilio que duraría dos décadas, cierra con una frase potente que le sirve al relato para tomar impulso y dar un salto de tres años hacia el pasado, justo al inicio de la Segunda República. La voz en off del escritor afirma que “una revolución nunca es un accidente, sino una necesidad”. El concepto, que opera como mea culpa, también es útil para entender lo que la serie narrará a partir de ahí.
La misma toma como eje la vida política de Víctor Hugo, quien fue diputado por el partido conservador al comienzo de la Segunda República, ocupación que relegó su trabajo como escritor a un segundo plano. Lejos de desconectarse de ese aspecto, el guión aprovecha el juego de dejar un poco al margen la parte más conocida del personaje para mostrar cómo ese contacto con la realidad al que lo obligó la función pública, acabó influyendo de manera determinante es la que es sin duda su obra cumbre: Los miserables. Siguiendo el patrón clásico del camino del héroe, el Víctor Hugo de la serie comienza negando una realidad que con el devenir de la acción terminará abrazando. Pero para ello, como corresponde, primero deberá perder para poder ganar y tendrá que sufrir para aprender.
Mucho más humano se vuelve el personaje cuando la historia aborda su vida personal. Casado infelizmente con la madre de sus cinco hijos, todos ellos ya grandes para 1848, año en que se funda la Segunda República y da comienzo al relato, Víctor Hugo llevaba una vida paralela con su amante, la actriz Juliette Drouet, quien era la encargada de mantenerlo conectado con la labor literaria. Una doble vida que no le impedía para nada tener una triple y hasta una cuádruple vida, sosteniendo relaciones más o menos estables con otras amantes. Al mismo tiempo se lo muestra torpe y culposo en su paternidad, sobre todo en el vínculo con su hijo Charles, que desde el comienzo apoya la creación de la Segunda República, trabajando como secretario de Alfonso de Lamartine, otro escritor político de mirada más liberal (en el sentido clásico del término). Lejos de retratar a un Víctor Hugo de bronce, la serie lo muestra inseguro y necesitado de muchos afectos, casi incapaz de realizar movimientos sin el empuje adicional de su entorno. Una estructura emotiva que por otra parte es funcional al cambio brusco que está a punto de dar su matriz de pensamiento, virando 180 grados desde un monarquismo férreo a un liberalismo democrático asumido a consciencia.
La serie cuenta con la enorme ventaja de los escenarios reales que le proveen París y otras locaciones en Francia. Sin embargo se nota, sobre todo en las escenas multitudinarias, que el presupuesto no siempre es el de una súper producción. Algo que no llega a afectar el núcleo dramático de la serie y que sus responsables resuelven encontrando el ángulo de cámara apropiado para hacer rendir los euros invertidos en extras y vestuario. En cuanto al trabajo actoral, aunque no cuenta con figuras de renombre el elenco funciona muy bien, convirtiéndose en el principal sostén del relato. Un clásico francés.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
El episodio inicial arranca con el protagonista ya cerca de sus 50, viviendo en una pocilga infectada de ratas. Escribiendo en su diario confiesa (y le hace saber al público) que Luis Felipe de Orleans, el Rey burgués a quién él apoyaba, ha sido depuesto, dando paso a la Segunda República Francesa, un proceso popular que trató de mejorar la calidad de vida de las clases campesina y obrera. Sin embargo el escritor declara con pesar haber sido incapaz de entenderlo en el momento oportuno, sino recién ahora, tres años más tarde, cuando la República una vez más está de rodillas, como él, a punto de que su primer presidente, Luis Napoleón, sobrino del famoso Emperador, la disuelva para instalar sobre sus ruinas el Segundo Imperio. Refundación a la que Víctor Hugo se opuso, convirtiéndose así en el “enemigo del Estado” del cual habla el título.
Esta primera secuencia, que muestra al escritor a punto de escapar hacia un exilio que duraría dos décadas, cierra con una frase potente que le sirve al relato para tomar impulso y dar un salto de tres años hacia el pasado, justo al inicio de la Segunda República. La voz en off del escritor afirma que “una revolución nunca es un accidente, sino una necesidad”. El concepto, que opera como mea culpa, también es útil para entender lo que la serie narrará a partir de ahí.
La misma toma como eje la vida política de Víctor Hugo, quien fue diputado por el partido conservador al comienzo de la Segunda República, ocupación que relegó su trabajo como escritor a un segundo plano. Lejos de desconectarse de ese aspecto, el guión aprovecha el juego de dejar un poco al margen la parte más conocida del personaje para mostrar cómo ese contacto con la realidad al que lo obligó la función pública, acabó influyendo de manera determinante es la que es sin duda su obra cumbre: Los miserables. Siguiendo el patrón clásico del camino del héroe, el Víctor Hugo de la serie comienza negando una realidad que con el devenir de la acción terminará abrazando. Pero para ello, como corresponde, primero deberá perder para poder ganar y tendrá que sufrir para aprender.
Mucho más humano se vuelve el personaje cuando la historia aborda su vida personal. Casado infelizmente con la madre de sus cinco hijos, todos ellos ya grandes para 1848, año en que se funda la Segunda República y da comienzo al relato, Víctor Hugo llevaba una vida paralela con su amante, la actriz Juliette Drouet, quien era la encargada de mantenerlo conectado con la labor literaria. Una doble vida que no le impedía para nada tener una triple y hasta una cuádruple vida, sosteniendo relaciones más o menos estables con otras amantes. Al mismo tiempo se lo muestra torpe y culposo en su paternidad, sobre todo en el vínculo con su hijo Charles, que desde el comienzo apoya la creación de la Segunda República, trabajando como secretario de Alfonso de Lamartine, otro escritor político de mirada más liberal (en el sentido clásico del término). Lejos de retratar a un Víctor Hugo de bronce, la serie lo muestra inseguro y necesitado de muchos afectos, casi incapaz de realizar movimientos sin el empuje adicional de su entorno. Una estructura emotiva que por otra parte es funcional al cambio brusco que está a punto de dar su matriz de pensamiento, virando 180 grados desde un monarquismo férreo a un liberalismo democrático asumido a consciencia.
La serie cuenta con la enorme ventaja de los escenarios reales que le proveen París y otras locaciones en Francia. Sin embargo se nota, sobre todo en las escenas multitudinarias, que el presupuesto no siempre es el de una súper producción. Algo que no llega a afectar el núcleo dramático de la serie y que sus responsables resuelven encontrando el ángulo de cámara apropiado para hacer rendir los euros invertidos en extras y vestuario. En cuanto al trabajo actoral, aunque no cuenta con figuras de renombre el elenco funciona muy bien, convirtiéndose en el principal sostén del relato. Un clásico francés.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
jueves, 30 de abril de 2020
CINE - "Amor a segunda vista" (Mon inconnue), de Hugo Gélin: Un cóctel bien batido
Dos onzas de bourbon, tres chorritos de Angostura, un terrón de azúcar y un poco de agua helada, más unas cascaritas de naranja. Y los que disfrutan de los detalles cinematográficos pueden agregar unas cerezas al maraschino. Preparar un Old Fashioned no tiene muchos secretos. Alcanza con mezclar los ingredientes de la receta en las medidas indicadas y listo: a disfrutar de un trago clásico que te hará quedar como una persona sofisticada. Igual que la mayor parte de las llamadas películas comerciales, lo que propone la francesa Amor a segunda vista también es una fórmula clásica a la que no le falta ni un solo elemento. Pero en el cine, igual que en la coctelería, el secreto no pasa por la matemática sino por la calidad de los ingredientes utilizados. Y, claro, por la mano del barman para darle a la preparación un toque personal. En ese sentido puede decirse que como cineasta, Hugo Gélin es un buen barman.
Es cierto que ese tipo de frases suelen utilizarse para menospreciar el trabajo de alguien, pero en este caso es más bien lo contrario. Porque el director (que también es uno de los guionistas) demuestra pericia para combinar elementos que ya fueron probados muchas veces, pero aún así logra dejarle al espectador un agradable sabor en la boca. La fórmula en este caso es un eficaz mecanismo de la comedia romántica con toques fantásticos, en la que el protagonista después de diez años en pareja y con la relación ya desgastada, se levanta un día en un mundo distinto. En esta nueva versión de su vida ya no es el exitoso escritor de una saga juvenil a lo Harry Potter, sino un simple profesor de literatura. Y el amor de su vida, cuyo talento en el piano quedó relegado por el éxito literario de su esposo, es ahora una famosa concertista que no tiene memoria de haber estado casada con él.
Como en otros casos de este subgénero, cuya mejor versión se vio en la fundacional Hechizo del tiempo (Harold Ramis, 1993), pero cuyo origen hay que rastrearlo en otra maravilla del cine como ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), Amor a segunda vista juega a descomponer la realidad para que el protagonista aprenda una lección. En este caso se trata de volver concreta y absoluta una pérdida que se venía dando de forma progresiva, haciendo que el amor adolescente del protagonista se deshilache por efecto de la vida cotidiana en el transcurso de una década. El mérito de Gélin se encuentra sino en renovar la alquimia de la fórmula, al menos en hacer que sus elementos vuelvan a encajar entre sí con cierta gracia y frescura. Algo que es fácil de decir, pero que no siempre ocurre. Sin ir más lejos, Netflix estrenó este mes Amor. Boda. Azar, una película británica mediocre basada en los mismos presupuestos, pero que casi nunca consigue aprovechar ni las posibilidades humorísticas, ni transmitir el peso dramático de lo que significa una segunda oportunidad. Objetivos que Amor a segunda vista alcanza, incluso a pesar de transitar por lugares comunes y de algún chiste clasista no del todo feliz.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Es cierto que ese tipo de frases suelen utilizarse para menospreciar el trabajo de alguien, pero en este caso es más bien lo contrario. Porque el director (que también es uno de los guionistas) demuestra pericia para combinar elementos que ya fueron probados muchas veces, pero aún así logra dejarle al espectador un agradable sabor en la boca. La fórmula en este caso es un eficaz mecanismo de la comedia romántica con toques fantásticos, en la que el protagonista después de diez años en pareja y con la relación ya desgastada, se levanta un día en un mundo distinto. En esta nueva versión de su vida ya no es el exitoso escritor de una saga juvenil a lo Harry Potter, sino un simple profesor de literatura. Y el amor de su vida, cuyo talento en el piano quedó relegado por el éxito literario de su esposo, es ahora una famosa concertista que no tiene memoria de haber estado casada con él.
Como en otros casos de este subgénero, cuya mejor versión se vio en la fundacional Hechizo del tiempo (Harold Ramis, 1993), pero cuyo origen hay que rastrearlo en otra maravilla del cine como ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), Amor a segunda vista juega a descomponer la realidad para que el protagonista aprenda una lección. En este caso se trata de volver concreta y absoluta una pérdida que se venía dando de forma progresiva, haciendo que el amor adolescente del protagonista se deshilache por efecto de la vida cotidiana en el transcurso de una década. El mérito de Gélin se encuentra sino en renovar la alquimia de la fórmula, al menos en hacer que sus elementos vuelvan a encajar entre sí con cierta gracia y frescura. Algo que es fácil de decir, pero que no siempre ocurre. Sin ir más lejos, Netflix estrenó este mes Amor. Boda. Azar, una película británica mediocre basada en los mismos presupuestos, pero que casi nunca consigue aprovechar ni las posibilidades humorísticas, ni transmitir el peso dramático de lo que significa una segunda oportunidad. Objetivos que Amor a segunda vista alcanza, incluso a pesar de transitar por lugares comunes y de algún chiste clasista no del todo feliz.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
domingo, 26 de abril de 2020
CINE - Elogio del tiempo: Las películas más largas de la historia
El tiempo no existe. No es más que un patrón de medida inventado por el hombre, no muy distinto del sistema métrico. Sólo que en lugar de utilizarse para determinar el tamaño de las cosas o calcular la distancia que las separa, sirve para establecer el orden y la duración de una secuencia constante de actos sucesivos. Y así como se han creado los milímetros, centímetros y kilómetros, también hay minutos, días y años. Como todas las unidades de medida, las del tiempo son inmutables, de modo que cada uno de los minutos de la historia ha durado y durará lo mismo. Sin embargo, como todo lo humano, el tiempo está sujeto a las reglas de la percepción que, lejos de ser rígidas, cambian de persona a persona e incluso pueden sufrir alteraciones a lo largo de la vida de un mismo sujeto. Y aunque una semana de vacaciones dura lo mismo que una semana en cuarentena, es fácil sentir que una pasa mucho más rápido que la otra.
Uno de los efectos más notorios que ha provocado este aislamiento en las personas ha sido justamente la distorsión de los espacios temporales. Lo saben bien aquellos que han podido continuar con sus trabajos habituales de manera remota, por ejemplo, para quienes la frontera entre el tiempo laboral y el ocio se ha vuelto ingobernable. Así, un día puede convertirse en una carga eterna y el siguiente pasar como si nada, ligero como un fantasma. El tiempo se convirtió en plastilina.
Relatos sobre el tiempo
Entre las artes narrativas, el cine es aquella que se desarrolla sobre el tiempo y las películas sirven para comprobar el carácter relativo de su percepción. A tales efectos vale recordar que cuando a fines de 2019 se estrenó El irlandés, último trabajo de Martin Scorsese (puede verse por Netflix), no pocos espectadores juzgaron excesivas sus tres horas 29 minutos. Pero resulta que las más de tres horas de Avengers: Endgame, estrenada unos meses antes, se les pasaron volando a muchos de esos mismos espectadores. El ejemplo también funciona a la inversa.
Es cierto que la duración de una película produce un efecto aun antes de verla: nadie se predispone de la misma manera para ver una de 90 minutos, que otra de más de dos horas y media. Pero la duración no es un defecto ni un mérito en sí mismo y ni siquiera vale la pena discutir si tal director supo aprovechar el tiempo en favor del relato o si tal otro se dedicó a perderlo de forma irremediable. Lo que importa es la percepción, el vínculo que cada espectador consiga establecer (o no) con la obra. Ahí radica lo vital de cualquier película.
Pero ocurre que a veces la duración también puede llegar a convertirse en un desafío que llega incluso al orden de lo físico. Tal vez no en el caso de El irlandés, o de clásicos como Lo que el viento se llevó (1939) o Cleopatra (1963), que apenas acarician las cuatro horas. Nos referimos a películas largas de verdad, esas que cuando las vas a ver en el barrio te recomiendan llevar un fibrón para volver a marcar el lugar en el que alguna vez hubo una raya.
Películas más grandes que la vida
Hay directores que utilizaron el recurso de apoderarse del tiempo para abordar desde el documental historias larger than life. Es el caso de Shoah (1985, 9 horas, 26 minutos), en el que Claude Lanzmann retrató a los sobrevivientes de los campos de exterminio del nazismo. O el de Out 1, noli me tangere (1971, 12 horas, 9 minutos), donde el francés Jacques Rivette registra en directo junto a Suzane Schiffman los turbulentos acontecimientos del Mayo Francés. También integra esta categoría la francesa Cómo Yukong movió las montañas (1972, 12 horas, 43 minutos), de Joris y Marceline Ivens, quienes dan cuenta de los últimos días de la Revolución Cultural China. Y no puede dejar de mencionarse a The Journey (1987, 14 horas, 33 minutos), del británico Peter Watkins, una mirada sobre el impacto global de la carrera armamentista, realizado sobre el final de la Guerra Fría.
Narrar sin prisa
Al contrario de las salas comerciales, donde impera la lógica del mercado y la oferta se reduce (cada vez más) a las tres o cuatro películas que venden más entradas, los festivales son la plataforma ideal para que los espectadores se atrevan a experimentar con lo diferente. Y a la vez, un espacio seguro para que los artistas interesados en trabajar con formas infrecuentes del relato puedan explayarse a sus anchas, sin temor a que nadie les reclame a la salida la devolución del dinero. Las películas de largo aliento son frecuentes en este tipo de eventos y existen cineastas que han basado su obra en esa búsqueda.
Uno de los más aclamados en el circuito de festivales durante las primeras décadas del siglo XXI es el filipino Lav Díaz. En sus películas, siempre rodadas en blanco y negro, este director aborda la historia y la cultura de su país con relatos en los que lo mítico tiende a fundirse con lo real. Y para ello se toma su tiempo. Tanto, que rara vez sus películas duran menos de cuatro horas. Sus trabajos más extensos son Evolución de una familia filipina (2004, 10 horas, 25 minutos), Jeremías-Libro uno: la leyenda de la princesa lagarto (2006, 8 horas, 39 minutos) y Muerte en la tierra de Encantos (2007, 9 horas, 4 minutos).
Imposible no mencionar acá el nombre del argentino Mariano Llinás, quien en buena parte de su rica pero breve filmografía como director ha conseguido poner grandes extensiones de tiempo al servicio de la narración. Lo prueban su segunda película, Historias extraordinarias (2008, 4 horas, 5 minutos), y sobre todo la tercera, la épica La Flor (14 horas), ganadora del Bafici 2018. Pero sin dudas el maestro en el arte de abordar enormes superficies temporales en el cine es el documentalista chino Wang Bing. Gran observador de la realidad de su país, Bing no duda en prolongar sus películas hasta donde las historias que se propone registrar lo demanden. Sus trabajos más largos son Almas muertas (2018, 8 horas, 15 minutos), A Journal of Crude Oil (2008, 14 horas) y 15 horas (2017), documental de título explícito realizado en una sola toma, en la que registra el trabajo de 300 mil migrantes en una fábrica china.
Hechiceros del tiempo
Ver una película de 15 horas en un festival puede parecerse a un paseo cinematográfico cuando se entra en el territorio del cine experimental. Para sus cultores, el tiempo ya no es una unidad para medir la realidad, sino para deformarla. Es lo que ocurre cuando un espectador se atreve a exponerse a la experiencia de películas que superan las 24 horas. Eso dura The Clock (2010), de Peter Marklay, un collage con escenas de distintas películas que tienen en común la presencia de un reloj. Montaje mediante, Marklay ordenó esos recortes de modo tal que los relojes dan cuenta del paso de un día completo, desde las cero a las 24 horas. Una horas más demanda la proyección de **** (1967), film emblemático del mítico Andy Warhol.
Dos son los días que dura La película sin sentido más larga del mundo (1970, Vincent Patoulliard). Como su nombre lo indica, este film consiste en el montaje aleatorio de materiales de distinta procedencia recolectados por el director. Varios pasos más allá está La cura para el insomnio (1987, John Henry Timmis IV), cuya duración alcanza las 87 horas. Supuestamente creada para tratar el insomnio en pacientes psiquiátricos, esta película tiene como protagonista al poeta L. D. Groban, quien lee a cámara un poema propio de 4080 páginas. A dicho registro se le intercalan fragmentos de películas condicionadas y videoclips de heavy metal. Matrjoshcka (2006), de Karin Hoerler, es ocho horas más larga: casi cuatro días. Una película muda cuyas imágenes pasan tan lentas que los cambios son apenas perceptibles.
Semanas (y semanas) de película
En 2004 el artista chino disidente Ai Weiwei presentó Beijing 2003 (150 horas, casi una semana). Compuesta por imágenes tomadas desde un auto en movimiento, el film busca mostrar de manera objetiva a la gente y los espacios de la capital de su país. Por su lado, Modern Times Forever (2011), realizada por el grupo danés Superflex, registra el progresivo deterioro de la sede de la empresa papelera finesa Stora Enso, edificio emblemático de Helsinki. El film dura diez días (240 horas) y sólo fue proyectado una vez junto con la construcción que sus escenas retratan.
Se supone que a fin de este año el cineasta sueco Anders Weberg tendrá listo su último trabajo y opus magnum Ambiancé, cuya duración final será de un mes (720 horas). Para ir calmando la ansiedad de los fans, Weberg ya lanzó un teaser de 72 minutos y dos trailers: uno de 7 horas 20 minutos y otro de 72 horas. En ellos se muestra una escena rodada en la misma playa en la que Ingmar Bergman filmó el famoso partido de ajedrez entre la muerte y un caballero medieval en El séptimo sello (1957).
Pero la medalla de oro a la película más larga de la historia se la lleva Logistics (2012), de los también suecos Daniel Andersson y Erika Magnusson. Como ocurre en “Del rigor de la ciencia”, el cuento en el que Borges describe un mapa que tiene la misma extensión que el territorio que representa, este film registra, sin cortes ni elipsis, el tiempo real que insume el recorrido de un producto desde su manufactura en una fábrica china, hasta su venta en un negocio minorista de Estocolmo. Esto es: 857 horas (35 días y 17 horas). Para tener una idea de su colosal dimensión, podría pensarse que si se tratara de una película filmada en 35 milímetros, Logistics demandaría unos 2570 rollos de película, cuyas latas apiladas alcanzarían una altura de casi 130 metros. Algo así como dos obeliscos, uno arriba del otro.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
Uno de los efectos más notorios que ha provocado este aislamiento en las personas ha sido justamente la distorsión de los espacios temporales. Lo saben bien aquellos que han podido continuar con sus trabajos habituales de manera remota, por ejemplo, para quienes la frontera entre el tiempo laboral y el ocio se ha vuelto ingobernable. Así, un día puede convertirse en una carga eterna y el siguiente pasar como si nada, ligero como un fantasma. El tiempo se convirtió en plastilina.
Relatos sobre el tiempo
Entre las artes narrativas, el cine es aquella que se desarrolla sobre el tiempo y las películas sirven para comprobar el carácter relativo de su percepción. A tales efectos vale recordar que cuando a fines de 2019 se estrenó El irlandés, último trabajo de Martin Scorsese (puede verse por Netflix), no pocos espectadores juzgaron excesivas sus tres horas 29 minutos. Pero resulta que las más de tres horas de Avengers: Endgame, estrenada unos meses antes, se les pasaron volando a muchos de esos mismos espectadores. El ejemplo también funciona a la inversa.
Es cierto que la duración de una película produce un efecto aun antes de verla: nadie se predispone de la misma manera para ver una de 90 minutos, que otra de más de dos horas y media. Pero la duración no es un defecto ni un mérito en sí mismo y ni siquiera vale la pena discutir si tal director supo aprovechar el tiempo en favor del relato o si tal otro se dedicó a perderlo de forma irremediable. Lo que importa es la percepción, el vínculo que cada espectador consiga establecer (o no) con la obra. Ahí radica lo vital de cualquier película.
Pero ocurre que a veces la duración también puede llegar a convertirse en un desafío que llega incluso al orden de lo físico. Tal vez no en el caso de El irlandés, o de clásicos como Lo que el viento se llevó (1939) o Cleopatra (1963), que apenas acarician las cuatro horas. Nos referimos a películas largas de verdad, esas que cuando las vas a ver en el barrio te recomiendan llevar un fibrón para volver a marcar el lugar en el que alguna vez hubo una raya.
Películas más grandes que la vida
Hay directores que utilizaron el recurso de apoderarse del tiempo para abordar desde el documental historias larger than life. Es el caso de Shoah (1985, 9 horas, 26 minutos), en el que Claude Lanzmann retrató a los sobrevivientes de los campos de exterminio del nazismo. O el de Out 1, noli me tangere (1971, 12 horas, 9 minutos), donde el francés Jacques Rivette registra en directo junto a Suzane Schiffman los turbulentos acontecimientos del Mayo Francés. También integra esta categoría la francesa Cómo Yukong movió las montañas (1972, 12 horas, 43 minutos), de Joris y Marceline Ivens, quienes dan cuenta de los últimos días de la Revolución Cultural China. Y no puede dejar de mencionarse a The Journey (1987, 14 horas, 33 minutos), del británico Peter Watkins, una mirada sobre el impacto global de la carrera armamentista, realizado sobre el final de la Guerra Fría.
Narrar sin prisa
Al contrario de las salas comerciales, donde impera la lógica del mercado y la oferta se reduce (cada vez más) a las tres o cuatro películas que venden más entradas, los festivales son la plataforma ideal para que los espectadores se atrevan a experimentar con lo diferente. Y a la vez, un espacio seguro para que los artistas interesados en trabajar con formas infrecuentes del relato puedan explayarse a sus anchas, sin temor a que nadie les reclame a la salida la devolución del dinero. Las películas de largo aliento son frecuentes en este tipo de eventos y existen cineastas que han basado su obra en esa búsqueda.
Uno de los más aclamados en el circuito de festivales durante las primeras décadas del siglo XXI es el filipino Lav Díaz. En sus películas, siempre rodadas en blanco y negro, este director aborda la historia y la cultura de su país con relatos en los que lo mítico tiende a fundirse con lo real. Y para ello se toma su tiempo. Tanto, que rara vez sus películas duran menos de cuatro horas. Sus trabajos más extensos son Evolución de una familia filipina (2004, 10 horas, 25 minutos), Jeremías-Libro uno: la leyenda de la princesa lagarto (2006, 8 horas, 39 minutos) y Muerte en la tierra de Encantos (2007, 9 horas, 4 minutos).
Imposible no mencionar acá el nombre del argentino Mariano Llinás, quien en buena parte de su rica pero breve filmografía como director ha conseguido poner grandes extensiones de tiempo al servicio de la narración. Lo prueban su segunda película, Historias extraordinarias (2008, 4 horas, 5 minutos), y sobre todo la tercera, la épica La Flor (14 horas), ganadora del Bafici 2018. Pero sin dudas el maestro en el arte de abordar enormes superficies temporales en el cine es el documentalista chino Wang Bing. Gran observador de la realidad de su país, Bing no duda en prolongar sus películas hasta donde las historias que se propone registrar lo demanden. Sus trabajos más largos son Almas muertas (2018, 8 horas, 15 minutos), A Journal of Crude Oil (2008, 14 horas) y 15 horas (2017), documental de título explícito realizado en una sola toma, en la que registra el trabajo de 300 mil migrantes en una fábrica china.
Hechiceros del tiempo
Ver una película de 15 horas en un festival puede parecerse a un paseo cinematográfico cuando se entra en el territorio del cine experimental. Para sus cultores, el tiempo ya no es una unidad para medir la realidad, sino para deformarla. Es lo que ocurre cuando un espectador se atreve a exponerse a la experiencia de películas que superan las 24 horas. Eso dura The Clock (2010), de Peter Marklay, un collage con escenas de distintas películas que tienen en común la presencia de un reloj. Montaje mediante, Marklay ordenó esos recortes de modo tal que los relojes dan cuenta del paso de un día completo, desde las cero a las 24 horas. Una horas más demanda la proyección de **** (1967), film emblemático del mítico Andy Warhol.
Dos son los días que dura La película sin sentido más larga del mundo (1970, Vincent Patoulliard). Como su nombre lo indica, este film consiste en el montaje aleatorio de materiales de distinta procedencia recolectados por el director. Varios pasos más allá está La cura para el insomnio (1987, John Henry Timmis IV), cuya duración alcanza las 87 horas. Supuestamente creada para tratar el insomnio en pacientes psiquiátricos, esta película tiene como protagonista al poeta L. D. Groban, quien lee a cámara un poema propio de 4080 páginas. A dicho registro se le intercalan fragmentos de películas condicionadas y videoclips de heavy metal. Matrjoshcka (2006), de Karin Hoerler, es ocho horas más larga: casi cuatro días. Una película muda cuyas imágenes pasan tan lentas que los cambios son apenas perceptibles.
Semanas (y semanas) de película
En 2004 el artista chino disidente Ai Weiwei presentó Beijing 2003 (150 horas, casi una semana). Compuesta por imágenes tomadas desde un auto en movimiento, el film busca mostrar de manera objetiva a la gente y los espacios de la capital de su país. Por su lado, Modern Times Forever (2011), realizada por el grupo danés Superflex, registra el progresivo deterioro de la sede de la empresa papelera finesa Stora Enso, edificio emblemático de Helsinki. El film dura diez días (240 horas) y sólo fue proyectado una vez junto con la construcción que sus escenas retratan.
Se supone que a fin de este año el cineasta sueco Anders Weberg tendrá listo su último trabajo y opus magnum Ambiancé, cuya duración final será de un mes (720 horas). Para ir calmando la ansiedad de los fans, Weberg ya lanzó un teaser de 72 minutos y dos trailers: uno de 7 horas 20 minutos y otro de 72 horas. En ellos se muestra una escena rodada en la misma playa en la que Ingmar Bergman filmó el famoso partido de ajedrez entre la muerte y un caballero medieval en El séptimo sello (1957).
Pero la medalla de oro a la película más larga de la historia se la lleva Logistics (2012), de los también suecos Daniel Andersson y Erika Magnusson. Como ocurre en “Del rigor de la ciencia”, el cuento en el que Borges describe un mapa que tiene la misma extensión que el territorio que representa, este film registra, sin cortes ni elipsis, el tiempo real que insume el recorrido de un producto desde su manufactura en una fábrica china, hasta su venta en un negocio minorista de Estocolmo. Esto es: 857 horas (35 días y 17 horas). Para tener una idea de su colosal dimensión, podría pensarse que si se tratara de una película filmada en 35 milímetros, Logistics demandaría unos 2570 rollos de película, cuyas latas apiladas alcanzarían una altura de casi 130 metros. Algo así como dos obeliscos, uno arriba del otro.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
viernes, 24 de abril de 2020
CINE - "Tres días en Quiberón" (3 Tage in Quiberon), de Emily Atef: Romy Schneider, claroscuros de un mito
El de Romy Schneider era uno de los nombres más famosos del mundo en los ’60 y ‘70. Una de las actrices más importantes del cine europeo, había mantenido un romance intenso con Alain Delon y tanto en Austria (donde había nacido) como en Alemania, donde comenzó su carrera, era venerada por su papel de Sissi, la emperatriz adolescente, en una trilogía que hizo furor a fines de la década de 1950. Pero también despertó el resentimiento de sus fanáticos germano parlantes al radicarse en Francia, donde desarrolló lo mejor de su obra. Trabajó a las órdenes de directores como Otto Preminger, Orson Welles, Luchino Visconti, Henri-George Clouzot, Claude Chabrol y Costa-Gavras entre otros. Y si bien parecía tenerlo todo, Schneider era en realidad una mujer frágil y torturada, a quien la esperaba un destino tristísimo. Sobre los claroscuros de su biografía trabaja la película Tres días en Quiberón, estrenada en la Berlinale 2018 y que retrata a la actriz durante su breve estadía en una clínica de desintoxicación en la Bretaña francesa.
Escrito y dirigido por la cineasta alemana Emily Atef, el film está basado en una extensa entrevista a Schneider que publicó la revista alemana Stern en 1981, justo un año antes de su muerte, realizada durante su estadía en el mencionado centro de salud. La actriz de La piscina (1969) se había recluido ahí para tratar de resolver su mala relación con el alcohol, los fármacos y, sobre todo, para hacerle frente a la tristeza. Estaba a punto de separarse de su segundo marido, con quien tenía una hija pequeña, y su hijo mayor, David, de 14 años, desde el suicidio de su padre prefería vivir con sus abuelos antes que con ella. Para exponer la endeble situación emocional de Schneider la película se vale del vínculo con una vieja amiga, que la visita durante su internación y en quién se apoya para acudir al encuentro con el periodista.
El nudo dramático se desarrolla durante la entrevista, un campo de batalla en donde el entrevistador no duda en manipular a la entrevistada, aprovechándose de sus debilidades. Atef consigue que el tironeo se convierta en un atractivo juego de ajedrez emocional y en un espacio catártico en el que la actriz acaba desbordando, abrumada por los dolorosos acontecimientos de su vida privada. Buena parte de esa efectividad radica en el trabajo de la alemana Marie Bräumer, de notable parecido físico con Schneider, quien interpreta con precisión la personalidad bipolar de la actriz durante esos días. La directora también acierta al escoger para su relato un blanco y negro que también se inspira en las fotos publicadas junto a aquella entrevista, tomadas por un fotógrafo con quién Schneider mantuvo una breve relación. Tres días en Quiberón logra mostrar el lado humano de un mito, pero también le apunta al corazón del espectador, quien sabe que los últimos planos de la película, que muestran a la protagonista feliz y en familia, son engañosos, ya que en la realidad inmediata no la aguardaba el mejor de los desenlaces.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Escrito y dirigido por la cineasta alemana Emily Atef, el film está basado en una extensa entrevista a Schneider que publicó la revista alemana Stern en 1981, justo un año antes de su muerte, realizada durante su estadía en el mencionado centro de salud. La actriz de La piscina (1969) se había recluido ahí para tratar de resolver su mala relación con el alcohol, los fármacos y, sobre todo, para hacerle frente a la tristeza. Estaba a punto de separarse de su segundo marido, con quien tenía una hija pequeña, y su hijo mayor, David, de 14 años, desde el suicidio de su padre prefería vivir con sus abuelos antes que con ella. Para exponer la endeble situación emocional de Schneider la película se vale del vínculo con una vieja amiga, que la visita durante su internación y en quién se apoya para acudir al encuentro con el periodista.
El nudo dramático se desarrolla durante la entrevista, un campo de batalla en donde el entrevistador no duda en manipular a la entrevistada, aprovechándose de sus debilidades. Atef consigue que el tironeo se convierta en un atractivo juego de ajedrez emocional y en un espacio catártico en el que la actriz acaba desbordando, abrumada por los dolorosos acontecimientos de su vida privada. Buena parte de esa efectividad radica en el trabajo de la alemana Marie Bräumer, de notable parecido físico con Schneider, quien interpreta con precisión la personalidad bipolar de la actriz durante esos días. La directora también acierta al escoger para su relato un blanco y negro que también se inspira en las fotos publicadas junto a aquella entrevista, tomadas por un fotógrafo con quién Schneider mantuvo una breve relación. Tres días en Quiberón logra mostrar el lado humano de un mito, pero también le apunta al corazón del espectador, quien sabe que los últimos planos de la película, que muestran a la protagonista feliz y en familia, son engañosos, ya que en la realidad inmediata no la aguardaba el mejor de los desenlaces.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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