viernes, 29 de junio de 2012

ENTREVISTAS - Luis Ordóñez, caricaturista: El humor que necesita dos partes

En la Argentina existe una tradición en el arte del dibujo, no sólo a nivel académico y formal, sino del dibujo como disciplina popular, el que desarrollan los dibujantes de historietas y los caricaturistas. Entre los muchos nombres que pueden ser mencionados dentro de esta genealogía en la actualidad, sin dudas el de Luis Ordóñez es uno de los más reconocidos. Por su trabajo, sus dibujos, por esas inconfundibles caricaturas en las que, con humor y mirada certera, consigue captar la esencia de los retratados. A partir de un gran momento de popularidad mediática en los años 80 y 90 (muchos recordarán la presentación de “Las mil y una de Sapag” -exitosísimo programa en donde el cómico Mario Sapag realizaba sus imitaciones ante audiencias que superaban los 60 puntos de rating-, realizada íntegramente con las caricaturas de Ordóñez), el trabajo de este notable dibujante nos ha legado una manera de ver a nuestros personajes más populares. Con un estilo del que han aprendido, pero también copiado muchos otros artistas, Ordóñez es una marca registrada de la caricatura nacional. “Si hubiera que ponerle un título a mi trabajo sería caricaturista o dibujante”, afirma Luis Ordónez, “pero creo que mi oficio es en realidad hacer lo que me gusta, que es lo más lindo que le puede pasar a un ser humano.”

-Dentro del oficio de dibujante te definís como caricaturista. ¿Por qué?
-La caricatura fue mi pasión siempre y me llegó por contagio de un gran dibujante, para mí el mejor caricaturista argentino, que fue Abel Ianiro. Cuando yo era chico salía una revistita que se llamaba CanalTV, en cuya portada había siempre una caricatura suya increíble. Esos dibujos me incentivaron para querer hacer este trabajo: me llamaba la atención cómo se podía deformar tanto a una persona y mantener el parecido, que es la esencia de la caricatura. Todos los jueves esperaba que saliera la revista con la misma ansiedad con que esperaba el día de Reyes y cuando la tenía, copiaba esa tapa una, dos, diez veces. Lamentablemente no llegué a conocerlo a Ianiro, que falleció muy joven. Trabajó en la revista Rico Tipo, de las más importantes del humor gráfico en la Argentina, donde tenía personajes como Purapinta, pero sus caricaturas, aun con las pocas técnicas que había en ese momento, cincuenta años atrás, eran asombrosas. La caricatura es muy distinta del humor gráfico.
-Aunque no se puede pensar la caricatura sin un sentido del humor detrás.
- Generalmente cuando hacés una caricatura en un ambiente donde hay un grupo de amigos, se ríen todos menos el dibujado. Por eso creo que la caricatura tiene que contar con dos partes de sentido del humor: el de quien la hace y el de quien la recibe. En mi caso nunca fui agresivo, nunca llego a la ridiculización, sino que siempre trato de sacar el ángel humorístico que cada retratado tiene dentro.
-¿Pero te ha pasado que algún famoso se enojara por tu trabajo?
-Mirá, en 25 años de trabajar en televisión llegué a dibujar a Ángel Labruna, Amadeo Carrizo, a Pedernera; dibujé en los programas más populares de la televisión, desde los de Sofovich a Grandes valores del tango. Y calculo que a más de uno no le habrá gustado, sólo que tuvieron la ética de no decirlo en cámara. Pero me pasó, en uno de mis primeros trabajos en televisión, que por ejemplo Amelia Bence dijera en cámara que la del dibujo no era ella. Pero 10 años después, cuando yo ya era conocido, me toca de nuevo dibujarla a Amelia en otro programa. Cuando llega el momento de entregarle el dibujo, le doy el mismo de aquella vez y ella me dice: “¡Ay, Luisito! Cada día dibujás mejor.”
-Es que cuando el artista es reconocido, ser retratado por él pasa a ser un honor.
-Un agasajo, claro. La gente quería que la dibujara. Me han llegado a contratar para retratar presidentes y entregarles mi dibujo como regalo. Me pasó con Bill Clinton, por ejemplo. O gente que llamaba para invitarse sola a los programas donde yo dibujaba, nada más que para llevarse la caricatura.
-¿Y cómo llegás de tu oficio de caricaturista a la docencia?
-Eso es un poco raro, porque yo no estudié nunca, soy autodidacta. No porque quisiera, sino porque nunca encontré una escuela que me ensañara lo que yo quería aprender. En todas me ponían a dibujar la manzana o el jarrón, pero yo quería caricatura y seguí copiando a Ianiro. Y saber copiar es un primer paso. Después me di cuenta que uno también puede ser creativo, que sólo hay que saber cómo hacerlo aflorar. Cuando empiezo a ganar popularidad, la gente ecribía a la tele preguntando dónde enseñaba , entonces un instituto muy conocido me ofrece dar un curso de dibujo por seis meses. De entrada dije que no, porque yo no había estudiado. Pero mi viejo, que era un sabio y amaba lo que hacía (tenía un negocio, una rotisería, y yo tuve la suerte de trabajar con él), me dijo: “si vos te proponés enseñar todo aquello que quisiste aprender y no conseguiste en ninguna escuela, sin guardarte nada y enseñando todo, te tiene que ir bien”. Y así fue. Acepté la propuesta, arme un programa de estudio fabuloso a mi entender y el curso fue un éxito. Cuando terminó ese contrato me puse por mi cuenta y hoy llevo 26 años enseñando. Me di cuenta que enseñar es muy gratificante y ver triunfar a tus alumnos es hermoso, porque aquí les enseñamos que el dibujo es un arte, pero también un negocio, una salida laboral. Además formamos a nuestros propios docentes, entre ellos mi hijo Lucas, que es un gran dibujante y diseñador.
-Ahora tu padre ciertamente era un sabio, porque debía saber que uno puede enseñar todos los trucos, pero que el talento es intransferible.
-A lo largo de los años puedo decirte que hay gente que llega a la escuela sin condiciones y aprende a dibujar. Pero uno nace con cierta cosa, que es un don. Uno puede enseñar todo, pero si del otro lado no hay ganas, tampoco sirve.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

miércoles, 27 de junio de 2012

LIBROS - Cuentos completos, de Edgar Allan Poe con traducción de Julio Cortázar:

Entre los próceres más destacados de la historia de la literatura universal, entre los más queridos no sólo por su obra sino por el espíritu romántico, dolido y misterioso que habita en su leyenda, se encuentra el norteamericano Edgar Allan Poe. Notable cuentista con alma de poeta, Poe es virtual y unánimemente considerado el padre del cuento moderno, quien le dio el perfil definitivo que aun rige ese formato, y una referencia ineludible para todos aquellos que deseen atreverse al arte de contar historias. Tal vez sólo Anton Chejov, una figura de perfil menos popular, pueda ser considerado tan influyente como él entre sus colegas cuentistas.
Hace algunas semanas Edhasa lanzó una nueva reedición de los Cuentos Completos de Edgar Allan Poe. Una noticia que casi no lo es: el mercado está atestado de diferentes versiones de los cuentos de Poe, más completos o menos completos, en ediciones baratas u otras más caras; grandes, chicos, medianos; tapa dura o tapa blanda. Sin embargo esta edición cuenta con un punto extra a favor, uno muy valioso e imposible de igualar: la traducción estuvo a cargo nada menos que de Julio Cortázar, uno de los escritores y cuentistas más importantes e influyentes de la literatura Argentina y Latinoamericana de todos los tiempos. Admirador de Poe en diferentes grados a lo largo de toda su vida, Cortázar realizó esta traducción durante 1953 en Italia y Francia, donde se había establecido algunos años antes. Como es sabido hoy en día a partir de diferentes ediciones póstumas (aunque el hecho puede ser entrevisto en algunos de sus cuentos, como “La salud de los enfermos” o “Cartas de mamá”), Cortázar era un ávido corresponsal y la distancia potenció su inclinación a sostener sus vínculos afectivos a través de las cartas. Recientemente publicadas, las Cartas de Julio Cortázar ocupan cinco volúmenes con más de 600 páginas cada uno, que ciertamente pueden ser leídos como una heterodoxa autobiografía. Lo interesante es que desde sus páginas también es posible tener algunos detalles del proceso de traducción llevado a cabo por él, en la omnipresente compañía de su esposa y hoy albacea universal, Aurora Bernárdez.
Como hacía con casi todo lo que le iba ocurriendo océano de por medio, Cortázar mantenía informados a los suyos a través de un flujo incesante de correspondencia. Entre esas noticias, el 10 de julio de 1953, el escritor le da la buena nueva a su amigo Eduardo Jonquières, uno de los destinatarios más frecuentes de sus primeros años en París. “Primero de todo el notición:” anuncia Cortázar sin disimular su emoción. “Puerto Rico ha aceptado mi enérgica propuesta para la traducción de Poe, y me paga 2.500 dólares.” La frase pinta un panorama muy completo de cuánto significaba para él ese proyecto: cuánto en lo literario, pero sobre todo cuánto significaba en lo económico. Basta recordar que por entonces Cortázar no era todavía el escritor consagrado tras la publicación de Rayuela, y se sostenía con su trabajo como speaker (locutor) de radio y con sus traducciones para la UNESCO. Tanto significaban tal cantidad de dólares, que le permitieron mudarse seis meses a Italia con Aurora, para dedicarse a la traducción a tiempo completo. “En octubre nos plantamos en Roma […] y nos quedamos a pasar el invierno y a traducir a Poe como dos enanos. ¿No te parece absolutamente genial?”, concluye con esperanzada alegría, pues ve en ese encargo una puerta de entrada a futuros trabajos. Un Cortázar al que, como a cualquier hijo de vecino, lo preocupa su situación económica y la continuidad laboral.

Tres meses después, le cuenta a Jonquières que ya está metido “hasta las orejas en Poe. Hoy traduje diez páginas de los crímenes de la rue Morgue. ¡Br…!” La traducción los ocupa por completo: “no tenemos tiempo para tratar con gente, pues entre Poe y Roma nos comen el día y parte de la noche.” Ya en diciembre de 1953 la traducción es su única alternativa: “No trabajo en nada que no sea Poe, con el cual ando un poco atrasado, aparte de que da bastante trabajo. Quisiera escribir una novela, pero lo intentaré cuando [haya] terminado la traducción, y tenga tiempo en París.” En la primera carta de 1954 a su amigo, Cortázar es definitivamente claro respecto del complejo trabajo que ha asumido: “Te escribo con retardo […] La razón central es Poe, cuya traducción ha entrado en lo que un mal escritor llamaría el período crucial pero que yo, más purista, califico de quilombo desatado.” El humor y la enorme calidad de Cortázar para no temerle a la palabra justa, fuera esta cual fuese. Y concluye: “Hace dos meses calculé que me faltaban unas 600 páginas. Traduzco diez diarias como promedio. Anoche saqué cuentas y me faltan unas… 600 páginas.” Un mes después reconocerá a su amigo que ese era un trabajo para hacer en Buenos Aires, “sin los hilos de la tentación que te cuela Roma por la ventana”, pero que aun así “traducir a Poe es una gran experiencia, y me he divertido mucho.”
El 24 de Mayo, desde Venecia, le confirma a Jonquières que su labor ha dado por resultado más de 2.000 páginas. Aunque todavía le quedaba el estrés de mandar el material y rezar para que llegara sin problemas. Los más jóvenes tal vez no puedan imaginar un mundo sin los envíos instantáneos que permite una herramienta hoy irremplazable como internet, pero en la década del 50 la única forma de hacer llegar esas 2.000 páginas de París a Puerto Rico, era por correo, por barco o avión. 2.000 originales, porque tampoco existía la fotocopia (extendida comercialmente recién en 1959) y cualquier pérdida o deterioro era definitivo. Cortázar escribe a Damián Bayón en julio de 1954: “¡No sabes qué suspiro di al enterarme por tu carta que los paquetes habían llegado! Todo este tiempo estuve temiendo vagamanete que alguno de los paquetes se perdiera, y se pusiera verde por la humedad, o una rata se comiera un pedazo… la sola idea de tener que rehacer un pedazo me daba nausea.”
Algunos años después, aquella traducción de Poe fue publicada en dos volúmenes y durante muchos años poco es lo que se dice de ella en la correspondencia de Julio Cortázar. Sólo una referencia interesante, una carta a Guillermo Cabrera Infante de 1965, donde el escritor argentino le avisa que le manda los dos enormes libros. “Dado el extraño parecido que la edición tiene con una pareja de elefantes (enanos, en todo caso), dile a Miriam que acepte el envío. No hay que darles de comer, duermen en un rincón, y lo único que dicen, de cuando en cuando, es: Never more.”
La edición publicada por Edhasa es una corrección de aquel trabajo realizada por el propio Cortázar y que Francisco Porrúa le encargó para editorial Sudamericana en 1966. Ya no estaba conforme con su trabajo original: “Sé veinte veces más inglés que en el 53, y cincuenta veces más español”, le dice un Cortázar que ya es el de Rayuela a su editor. Una buena excusa para leer a Poe como si nos lo contara el Gran Cronópio en persona.

Algo más que un traductor

En su correspondencia, más allá de entregar pormenores del trabajo que le costó llevar los textos de Poe al castellano, Cortázar también se permite revelar algo de su relación personal con la obra del norteamericano. En una carta dirigida a Ana María Hernández de octubre de 1973, cuenta: “Nunca lo ‘estudié’ profundamente. Lo leí de niño y me marcó para siempre. Volví a él mucho después, ahora en inglés, y cuando lo traduje leí bastante bibliografía.” La obra de Poe, más allá del lazo eventual que se estableció a partir de su trabajo como traductor, nunca le fue indiferente a Cortázar. Aunque Carles Álvarez Garriga, responsable junto a Aurora Bernárdez de la edición de sus obras, cuenta en un informal intercambio de correos que “años después Gallimard quiso republicar el prólogo” de aquella edición, “pero le pidieron una versión más corta, en donde Cortázar ya no veía a Poe como tan gran escritor.”
Sin embargo a partir de Poe y en línea con aquella afirmación de Borges, según la cual la Literatura Argentina a falta de una tradición propia resultaba heredera de la Literatura Universal, Cortázar le escribe a Jean Bernabé desde París en mayo de 1957, luego de prometer sus dos tomos de Poe para cuando el hijo de su amigo fuera adolescente. “Noto una vez más la ventaja que tenemos los rioplatenses cuando nos ocupamos de crítica literaria. Estamos mucho más enterados –quiero decir, universalmente enterados- que los ingleses o los franceses. Hacemos uso de una bibliografía mucho más amplia, porque leemos diversas lenguas y les damos el mismo valor. […] En el caso de Poe, por ejemplo, encontré libros de autores italianos donde se decían cosas muy notables, y los aproveché y cité como lo merecían. Supongo que esta presentación más ‘universal’ del genio de Poe será bien recibida en todas partes. Menos en los EEUU, claro está, donde Poe les sigue produciendo una marcada irritación (a pesar de que le sacan el jugo como ‘genio nacional’).”
En esa misma carta reconoce que aquellos estudio sobre vida y obra de Poe incluidos en esa edición “me salieron bien; por lo menos la relectura no me disgusta.” Sin embargo 10 años más tarde afirmaría lo contrario. En carta dirigida a Ángel Rama y a partir de la posibilidad de editar una versión revisada de aquel trabajo hecho casi 15 años antes, Julio Cortázar no dudaba en calificar a ese estudio como “de flojo para abajo, pues yo trabajaba entonces sin buena bibliografía” y que dadas las circunstancias personales en que lo había escrito “es un gran estudio teniendo en cuenta que de hecho debería ser ilegible.”


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 24 de junio de 2012

LIBROS - Tierra de fuegos, de Francis Mallmann: El lenguaje de la comida

Lo más curioso de entrevistar al chef argentino Francis Mallmann, famoso por sus libros y programas de televisión dedicados a la cocina, es lo que sucede antes de siquiera llamar a sus editores para concretar una cita con él. Basta mencionar la idea para que todos los que se enteran (jefes, colegas, amigos, vecinos, jóvenes y no tanto) empiecen a manifestar su respeto, admiración o la fascinación que en ellos genera el cocinero. Ya sea por la calidad con que desarrolla su oficio o simplemente por el encanto que irradia el personaje que ha creado, Mallmann es más admirado de lo que uno imaginaba. Pero no debería sorprender: es lógico que en un país donde la comida es un rito social, un chef que consigue transmitir la pasión por la cocina y el buen comer con una vehemencia que nunca se permite perder la elegancia, sea tan popular. Francis Mallmann acaba de lanzar Tierra de fuegos, nuevo libro en el cual recorre diversos paisajes para trazar un mapa de los más exquisitos platos de la comida popular argentina y en apenas unas semanas ya se encuentra entre los más vendidos.
La idea de conversar con él era la de indagar en algunas ideas presentes en Tierra de fuegos. La relación entre cocina e identidad, el desarrollo de un relato histórico a partir de la comida, o la cocina como lenguaje son temas que aparecen en este libro que, sin dejar de ser un recetario, también puede ser leído como colección de relatos o cuaderno de viaje. “La cocina es un lenguaje dentro de las idiosincrasias de las sociedades y es afectada un poco por todo: la música y el arte, la moda, las regiones, los climas”, afirma Mallmann. “Lo vez en Brasil, en la forma en que comen; o en nosotros mismos y todo este lenguaje que tenemos de fuegos y cocinas nativas. Creo que la identidad de una cocina tiene que ver con la forma en que esa sociedad vive.”

-¿Entonces es posible trazar distintos relatos, como un relato social, a partir de la cocina?
-De la cocina y de los entornos en los que se come. Una de las características de la Argentina es el tiempo que le dedicamos a comer y a quedarnos haciendo sobre mesa. Caer en casa de un amigo sin avisar y que siempre haya un plato de comida, eso no ocurre en muchas partes del mundo. En otras sociedades llegás a la hora de cenar y te dicen “flaco: yo no te invité a comer”. Acá hay algo más abierto.
-¿Ves a la cocina como un acto ritual?
-Una de las cosas más lindas del acto de comer es compartir ese tiempo con los demás, familia, amigos, novias, novios, amantes, quien sea, que es tan argentino. No se trata sólo de saciar el hambre.
-Desde el título tu libro nos lleva a la cuestión ancestral de la tribu reunida en torno a la hoguera, un sentido de amor a lo primitivo muy presente en tu trabajo.
-El fuego es uno de los lenguajes de la humanidad, y en el caso de América uno muy importante. En toda la zona de Los Andes existe la presencia de un lenguaje de fuegos, desde Tierra del Fuego a México, que varía de acuerdo a los lugares, las estaciones, las alturas, los elementos, las maderas, pero que es un lenguaje en común. Esa cosa de prender fuego y hablar o cocinar, o calentarnos, que nos une.
-El lenguaje es un aspecto al que le prestás atención: a veces en tus libros las recetas son relatos.
-El lenguaje escrito me gusta, permite mezclar sentimientos con palabras, usar comparaciones para poder explicar algo. Y por otro lado creo mucho en el lenguaje del silencio, que es el lenguaje de la gente de oficio, como el nuestro. Lo lindo del oficio es eso, que la persona que cose, el herrero o el carpintero trabajan en silencio y ese silencio es un lenguaje muy importante.
-Si los ingredientes son como las palabras para el escritor, ¿la cocina puede pensarse como ficción?
-A mí me gusta mucho eso de la ficción en la cocina, y los sueños. Creo que la gente que cocina está apoyada en sus sueños: es decir, se imagina algo, sueña cómo hacerlo, piensa en tal receta. La cocina tiene que ver con esa posibilidad de plasmar en una cacerola las ganas de realizar algo.
-En tu búsqueda del costado ancestral de la cocina, ¿hay un interés deliberado por alejarte de la tecnología aplicada a tu oficio?
-Sí, primero porque me gusta, me interesa y creo que hay mucho por hacer a nivel de lo antropológico. Pero también un poco para pelearme, porque lo que está pasando es todo lo contrario, se habla de una cocina muy técnica, muy molecular, con toda la cosa de la microbiología, y esto es el llano, la cosa más brutal del fuego, de quemar, más simple.
-Relacionada incluso con el juego.
-Por eso digo que hay un poquito de pelea en todo esto, que me divierte. No critico lo que se está haciendo en el modernismo de la cocina. No sé si me gusta o no. Me parece que hay personas que tienen un enorme mérito en el desarrollo de eso, pero aun así está lejos de ser la cocina de todos los días. La cocina de todos los días es la cocina del hambre, de la sencillez. Lo otro es una cosa más teatral para comer de vez en cuando.
-Borges decía respecto de la Literatura Argentina, que al no tener una tradición propia es heredera de la literatura universal. ¿Pasa algo parecido con nuestra cocina?
-Un poco. Fijate que los inmigrantes llegaban acá con casi nada y su influencia fue la del recuerdo de lo que comían en sus tierras. A partir de esa memoria y de acuerdo a lo que encontraron, se fueron adaptando para realizar su cocina. Eso se mezcló después con las cocinas de los pueblos originarios y se fue armando una cocina ecléctica, lejos de purismos de ningún tipo.
-Ese reaprender del inmigrante habla de la cocina como supervivencia.
-Como supervivencia sí, pero siempre como un sueño, que es lo lindo. Porque detrás de la cocina, hasta en la casa más pobre, siempre hay un sueño. Sabés que tenés una papa, un poquito de ají y algo de pollo viejo, pero soñás que eso va a ser lo más lindo que vas a comer. Con una papa podés hacer una maravilla, depende de cómo la trates.
-¿Entonces cuál es la realidad desde la cocina?
-La realidad de la cocina es que llegás a tu casa a las 9 de la noche, no hiciste compras, mirás la heladera y sólo hay un apio, un pedazo de pollo, das unas vueltas y por ahí te hacés algo rico. Esa es la verdad de cocinar. Ir con tres mil pesos a comprar delicias con una canasta como caperucita, cocinar seis horas y hacer algo rico también es cocinar, pero no es la realidad. La realidad no es únicamente la posibilidad económica sino el tiempo, lo qué te pasa, dónde estás. Cocinar es eso.
-Igual, disculpame, pero es difícil imaginar a Francis Mallmann llegando a casa y abriendo una heladera donde sólo hay un apio y un pedazo de pollo viejo.
-Pero me pasa. Como viajo mucho, a veces cuando vuelvo no hay nada o está todo podrido y me tengo que preparar un arroz con salsa de soja, ponele. La gente se piensa que uno está comiendo caviar todo el día, pero yo me voy a comer un pancho por ahí, voy a McDonald’s. Qué sé yo, soy humano. Como todos.

Mallmann se ríe y es él: hombre, cocinero y personaje. La santa trinidad de la cocina nacional.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 23 de junio de 2012

LA COLUMNA TORCIDA - Honor de caballeros


Al fin y al cabo el mundo no ha cambiado tanto. Acaso, sí, lo cubre una cáscara de circuitos integrados y pantallas LED que le dan un falso aire de Blade Runner, pero si algo está claro es que aquel futuro imaginado por tanto prócer de la ciencia ficción, aún no ha llegado, o no al menos en las formas asumidas en esos relatos típicos del siglo pasado. No hay androides al servicio del hombre ni la inteligencia artificial es capaz de revelarse contra sus creadores: por el contrario, las empleadas domésticas siguen siendo las mismas muchachas mal pagadas del conurbano y lo más cercano a la computadora de la película de Kubrick es la voz de la gallega que vive dentro de los GPS y se la pasa recalculando.
Pero no es necesario venir tan acá.
Quien haya leído
La Ilíada sabe que troyanos y griegos no se comportaban en el campo de batalla muy diferente que los barrabravas actuales en un estadio. Y hasta puede hablarse de involución. Héctor y Aquiles sabían que no se puede ser héroe sin un rival digno: la existencia sostenida en la conciencia del otro. El “ser es ser percibido” que Bustos Domecq tomó de Berkeley. En cambio, las hinchadas se afirman en el solipsismo cartesiano, merced del cual sólo pretenden dar cuenta de sí mismas y desde ahí se la pasan cuestionando la existencia ajena a través del clásico “vos no existís”, pronunciado con ese en lugar de equis. Pero el mundo es el mismo.
Lo comprobé en un paso a nivel de espacio tan reducido que para que dos personas puedan pasar juntas, ambas deben ladearse sin que sea posible evitar el roce. Ahí, igual que en un diminuto puente medieval, donde los caballeros dirimían a punta de espada el derecho a pasar primeros, quedé frente a frente con una parejita enamorada que en la fusión de su abrazo ocupaba todo el ancho del corredor. Para poder avanzar y seguir, alguno debía correrse para dar lugar al otro (ellos) o bien retroceder (yo) y la lógica urbana indicaba que, por cortesía, ellos debían respetar la doble mano. Pero nadie se movió. Intenté convencerlos de que el amor continuaría habitando sus corazones, aún roto fugazmente su abrazo, pero cuando quise sumar argumentos reanudaron su marcha sin soltarse, obligándome a volver sobre mis pasos. Y se fueron sin siquiera una palabra. Como un caballero deshonrado, en lugar de cruzar el puente que ahora me ofrecía su senda generosamente disponible, me Alineación a la derechaquedé envidiando sus espaldas cada vez más lejanas, reconociendo que tal vez no haya coraza más resistente que la del amor. 
En efecto, nada cambió.

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Esta columna no hubiera sido posible sin una amable charla teléfónica con Dante Palma.

Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 21 de junio de 2012

TELEVISIÓN - Mientras los otros duermen, un programa de Sergio Bellotti: Los oficios terrestres

La noche es fascinante, no caben dudas. Tierra de seducciones siempre inesperadas, es el lugar de donde vienen los sueños pero donde habitan también las pesadillas. Desde su origen, la humanidad ha encontrado ahí un espacio ideal en el cual depositar sus fantasías y no hay lugar donde la esencia de lo humano se manifieste con tanta claridad. Mientras el resto del mundo se detiene casi por completo, una compleja maquinaria de tracción a sangre se esfuerza en contra de la naturaleza para sostener la ilusión de que todo sigue igual, en movimiento. Es la responsabilidad de quienes trabajan Mientras los otros duermen. Ese es justamente el nombre del programa de televisión dirigido por el cineasta Sergio Bellotti que, con esa fascinación por lo nocturno como motor, se encarga de trazar una serie de retratos de aquellos que eligen o deben trabajar y vivir a contraturno del mundo, para sostener la ilusión kinética que los demás necesitamos para seguir viviendo tranquilos.
Dividido en cuatro capítulos que se emiten por Canal Encuentro, Mientras los otros duermen se permite una mirada sobre algunos oficios nocturnos, para intentar reflejar las dificultades que ellos implican, pero también la pasión con que los realizan quienes están a cargo de ellos: curas, maquinistas ferroviarios, agricultores, costureras, periodistas. La empleada de un albergue transitorio. “El programa se llamó en principio Oficios nocturnos, pero después elegimos Mientras los otros duermen. Pensamos también en Mientras los demás duermen, pero era un título que nos pareció demasiado Hemingway”, dice Bellotti, sabiendo que la decisión ha sido la correcta. “Me interesaba el tema porque yo trabajé en la noche. Ya no lo hago, pero lo hice mucho tiempo: en el cine publicitario la noche es un espacio importantísimo. Ahí empecé a descubrir la noche verdadera, porque si salís o vas a un boliche, salvo que tomes un taxi, ese mundo que tratamos de retratar en la serie no lo ves nunca. O lo ves como un espectador muy tangencial”, completa el director. Consciente de que el factor humano es fundamental para hacer un programa como Mientras los otros duermen, Bellotti afirma que fue necesario “un casting de humanidad”, aunque sabe “que a partir de la saturación que hay de los medios, la gente se encuentra naturalmente predispuesta a trabajar con una cámara. Porque aunque nunca hayan estado en televisión, la experiencia de la cámara ya la tienen”.

-Como si el devenir de la tecnología hubiera vuelto al ojo de la cámara una mirada natural.
-Sí, ¿y sabés quién me dijo esto? Mi madre. A ella la había impactado mucho el capítulo del cura, y me dice “mirá que bien trabaja”. Entonces le aclaré que no era un actor y ella me contesta: “ya lo sé, pero date cuenta de que toda esta tecnología, todas estas cosas están para que todo sea natural. Hoy habrá gente más tímida o menos tímida, pero todos se sienten bien frente a una cámara.” Tiene razón.
-¿Qué es lo que fuiste a buscar en la noche?
-Traté de encontrar una mirada, porque no hay una sola manera de ver a esa gente. Y en el que labura de noche a veces hay tristeza, porque no dejan de estar trabajando. Muchos de los que ocupan la noche son madres sin marido, único sostén de hogar, que trabajan toda la noche y vuelven cuando los hijos se preparan para el colegio. Y un chico no deja de necesitar a su papá o a su mamá. Entonces la vida sigue: tenés que lavar la ropa o las actividades que todos hacemos en casa. ¿Cuándo se van a acostar?
-Son vidas a contra turno.
-A contra natura, a veces. Aunque hay gente que disfruta la noche. Hay una chica en el capítulo 2, una costurera. La descubrí caminando por la calle, mientras buscaba un clima estético, esa cosa que los carteles de YPF le dan a las estaciones de servicio y los playones a la noche: la luz blanca azulada, con algo de amarillo, una luz metálica. Y un día caminando por Colegiales en invierno, cuando ya había bajado el sol, me encuentro con esa luz en una ventana. Me asomo y veo un taller de costura. Toco la puerta y aparece una chica. Le explico lo que necesito y ella enseguida me da su tarjeta y me dice “no tengo problema, vení cuando quieras”. ¿Ves? Mi mamá tenía razón.
-¿Qué otros oficios elegiste para trabajar?
-Un maquinista de tren y después de verlo trabajar no puedo echarle la culpa de lo que pasó en Once al pibe que conducía. Yo estuve con la cámara haciendo un recorrido completo con él y es un trabajo de una responsabilidad enorme. Sin embargo el tipo se baja del tren y se va a su casa a dormir. El tipo ama los trenes, pertenece a La Fraternidad y está casado con una chica que pertenece al otro gremio, porque es boletera. Vos lo ves con un discurso tan amoroso respecto de su trabajo mientras va manejando y te das cuenta de que realmente ama lo que hace.
-Muchas veces el trabajo nocturno, por el carácter mismo de la noche, acaba vinculado al imaginario de lo sórdido que también vive allí.
-Sin embargo te digo que es más peligroso el viaje en tren de las 8 de la mañana, cuando la gente por llegar a cualquier costo termina colgada de los estribos. A la noche puede ser territorio del delito, pero hay guardia. Por eso lo que a mí me interesó siempre es la mirada de la noche desde la ensoñación, la mirada perdida del que vuelve a la madrugada. La idea de esos trabajadores como sueños de la noche, eso es lo que quise retratar.
-¿Hay alguno de los relatos que te haya impactado especialmente?
-El médico de guardia de frontera en Calzada, donde un hospital de guardia es el Far West. Ahí no llega el tipo que se intoxicó con el pollo: el que cae ahí se intoxicó con balas, o por toxicomanía. Hicimos el retrato pero sin llegar a esa cosa movilera de programa sensacionalista. La idea es tocar las cosas, acariciar ciertos detalles pero sin caer en la impostación.

En el capítulo que se estrena en el día de hoy, Bellotti visitó la redacción de Tiempo Argentino, para tocar, como él dice, la realidad de los oficios que colaboran en la labor de escribir, realizar y hacer llegar un diario hasta la gente.

-El capítulo dedicado a los periodistas es mucho más lineal, porque lo trabajé a partir de una línea de pensamiento partiendo desde la voz en off. Además se trata de un ejemplo paradigmático, porque en el proceso de hacer un diario casi está el ABC del trabajo nocturno: cómo se piensa, cómo se crea, cómo se imprime y se distribuye al otro día. En ese capítulo se ve el amor con que cada uno hace su parte, desde el que escribe o el que imprime, hasta el canillita medio despistado que en bicicleta se encarga de ir a repartir.
-En tu relato se intuye una mirada un poco romántica.
-Es que sí, estoy fascinado. Romántica sí, pero también melancólica, como es la noche. Quise trabajar los relatos como si fueran novelitas de Manuel Puig, a quien admiro muchísimo, desde el punto de vista de encarar cierto folletín.
-Existe una tradición en este tipo de crónica televisiva, que viene de los trabajos en los años 80 de Fabián Polosecki, pasando por lo que más tarde hicieron Juan Castro o Gastón Pauls. ¿Cómo se inserta tu trabajo en esa tradición?
-Intentamos tocar determinados personajes, no para investigar su vida, sino porque laten. La postura de esos personajes frente al lugar en el que están ya de por sí entrega una definición de lo que es la noche. Entonces se trata de describir la noche a partir de una mirada, del silencio. Y si hubiera puesto un narrador se hubiera convertido necesariamente en protagonista y para ser protagonista tenés que haber hecho la investigación vos. Porque es necesario establecer un vínculo de confianza que te permita lograr lo máximo de cada situación
-Después de este trabajo, ¿qué es para vos la noche ahora?
-Ahora creo que la noche no tiene nada de bohemia: la noche es bohemia cuando te tomaste dos tragos, la noche es bohemia para el que la puede pagar. La noche para el que labura es otra cosa.


Mientras los otros duermen, cuya producción estuvo a cargo de la Secretaría de Cultura de la Nación a través de su Centro de Producción e Investigación Audiovisual (CePIA), se repite el sábado a la 1:30 y el domingo a las 4:30 de la mañana. Los capítulos pueden descargarse completos y de forma gratuita desde la página de Canal Encuentro.

Entrevista publicada originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.