jueves, 14 de mayo de 2020

CINE - "Canela", de Cecilia del Valle: Una dama en construcción

Como ocurre con las ficciones, encontrar un buen protagonista también es determinante para el éxito de un documental, al menos en términos narrativos. Y Canela, ópera prima de la directora Cecilia del Valle, tiene a una extraordinaria. Ella es una mujer trans que tomó la decisión de cambiar su identidad casi a los 50 años, una edad infrecuente dentro de una comunidad cuya expectativa de vida en la Argentina es de alrededor de los 35 años, según datos del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo). Pero el caso de Canela tiene muy poco que ver con el promedio de la población trans. Antes del cambio ella fue un arquitecto exitoso en su ciudad natal, Rosario, donde también se desempeñó como docente universitario. Nada de eso se modificó cuando decidió convertirse en mujer, contando además con el acompañamiento de sus hijos, quienes parecen haber aceptado con naturalidad la decisión de su padre. Lo mismo ocurre con las personas con las que trata cotidianamente por trabajo, universo donde los restos de su parte masculina aún se asoman, pero siempre con gracia.

Es cierto que la historia de Canela parece un cuento de hadas si se la compara con las de otras chicas trans, sin embargo ella siente que su recorrido aún no está completó y ese es el punto de arranque de la película. “La materia prima de la arquitectura es el espacio”, le dice ella a sus alumnos de la universidad, citando a Frank Lloyd Wright, fundador de la arquitectura orgánica. “La verdad está en el espacio interior y no en las paredes que lo cierran”, profundiza. Y aunque hace referencia a nociones básicas de su profesión, también habla de sí misma. De la construcción de esa identidad, levantada sobre los vestigios del hombre que decidió dejar de ser, justamente a partir de una necesidad interior a la que fue preciso revestir con nuevas “paredes”, que reflejaran aquello que desde adentro pugnaba por dejarse ver.

Sobre el final de esa secuencia, la docente también alerta a sus alumnos acerca de la importancia de “la razonabilidad de los proyectos”. Dicho de otro modo: un edificio puede verse muy lindo en los papeles, pero si no es posible construirlo no es más que una ficción. Y es de eso de lo que la película se ocupa, del recorrido de la propia Canela analizando “la razonabilidad” de su proyecto de modificar radical y definitivamente su cuerpo, a partir de una operación transgénero. Proceso en el que la protagonista enfrenta la difícil contingencia de darle a su deseo un marco preciso y razonable, ya que un error de cálculo puede hacer que la estructura (ella misma) se venga abajo.

Canela casi puede verse como un opuesto complementario de otro gran documental, El silencio es un cuerpo que cae, en el que la directora Agustina Comedi narra la historia secreta de su padre, que ella recién descubrió tras su muerte. Al contrario del papá de Comedi, quien ocultó su homosexualidad y se obligó a cumplir con el rol tradicional del hombre/padre de familia, Canela consigue dar el salto al que la impulsa su deseo. Pero también tiene la dicha de saber que cuenta con el apoyo de sus hijos, quienes lo acompañan con paciencia y son comprensivos con su proceso, aunque eso no les impide ponerle algunos límites al padre cuando a este lo desbordan sus impulsos.

 En ese punto la película de Del Valle consigue retratar, sin subrayados, las complejas implicancias que conllevan cambios personales tan profundos. Porque a pesar de que Canela decidió abjurar de su identidad de hombre para aceptarse mujer, no puede evitar seguir siendo un papá para sus hijos y un hijo para su madre. Algo que la protagonista acepta como una posibilidad factible a partir de la decisión que se atrevió a tomar. Y es que aunque busque consejo en médicos, psicólogas, amigas y hasta en sus hijos, en última instancia lo único que importa es su propio deseo. De la imposibilidad de transferir a un tercero la responsabilidad de esa decisión también parece hablar Canela durante una clase, cuando le explica a los futuros arquitectos el concepto marxista de sustitución del esfuerzo, o delegar en otros el trabajo que uno mismo debe hacer. Del Valle retrata a Canela y sus circunstancias con una ternura que es poco usual. Y siempre con humor, tomando una saludable distancia del tono dramático de muchas películas de temática afín.   

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 10 de mayo de 2020

CINE - Películas de zombies: Manual para prevenir el coronavirus

La virulencia de la pandemia de Covid-19 resultó una cachetada para la sociedad moderna, convencida de que la civilización por fin había domesticado a la salvaje naturaleza a través de la tecnocracia. Los resultados están a la vista: el único medio eficaz para evitar los contagios y la propagación masiva de la enfermedad es el aislamiento. Es decir, el mismo método que los hebreos usaron hace 3500 años para resguardarse de las siete plagas de Egipto. Dicho así, parece que esta enfermedad ha tomado al individuo del siglo XXI por sorpresa y sin herramientas que lo ayuden a comprender a qué se enfrenta y cuáles son las mejores armas para defenderse de ella. Sin embargo no es así.
Desde hace más de 50 años el cine viene escribiendo una enciclopedia libre que de forma velada y siempre desde el territorio de lo fantástico, nos ha ido familiarizando con el contexto actual. Se trata de las películas de zombies, que más allá de las diferencias obvias que las separan de la realidad, han puesto al espectador en contacto cercano con la idea de que una crisis sanitaria podría estar a la vuelta de la esquina. Pero también es posible encontrar en ellas un manual de supervivencia para mantenerse saludables en un mundo infectado.
Por supuesto que el coronavirus no convierte a la gente en zombies y está claro que la cura para la enfermedad no es un tiro en la cabeza del infectado (aunque a Donald Trump la idea tal vez ya se le cruzó). Más allá de los detalles espectaculares, los recaudos que toman los protagonistas de esas películas para sobrevivir no son muy distintos de aquellas recomendaciones que buscan planchar la curva de contagios del coronavirus. Los estudiosos del género recordarán que en casi todas las películas de zombies, incluida la fundacional La noche de los muertos vivos (George Romero, 1968), los personajes están a salvo mientras se mantienen encerrados, evitando el contacto directo con los enfermos. Acá también es uno el que se expone al virus cada vez que sale de su casa.
 El distanciamiento social es igual de importante para evitar a los zombies. Alcanza con mantenerse fuera del alcance de sus dientes para no convertirse en muerto vivo. En la reciente comedia australiana Little Monsters (2019), una maestra de jardín interpretada por Lupita Nyong’o debe proteger a sus alumnitos de una invasión zombie que se desata durante una excursión. Los personajes utilizan rastrillos, palos o cualquier otro elemento que sirva para imponer distancia entre ellos y los voraces cadáveres ambulantes. Claro que a la vista de lo que cualquiera debe enfrentar cada vez que sale a hacer las compras, da la impresión de que es más fácil mantener a raya a un zombie que a los salames que se te pegan en la cola del supermercado. Parece mentira, pero tras 50 días de cuarentena todavía hay personas que no entienden la importancia de respetar ese metro y medio de separación. Irse encima de los otros es típico de zombies.
La solidaridad también es importante a la hora de evitar ambas infecciones. En la película coreana Tren a Busán (2018) un grupo de personas atrapadas en un tren lleno de zombies se mantienen unidas para cuidarse. Enfrentados a un enemigo desconocido y difícil de contener, los protagonistas entienden enseguida que lo que marca la diferencia entre buenos y malos es el espíritu comunitario. Por supuesto que no todos los buenos se salvarán, pero el público siempre disfruta cuando los que mueren son los egoístas y los individualistas. En las películas de zombies esos no zafan nunca.
Por último pero no menos importante: la conciencia. Es eso lo que separa al humano del zombie y lo que puede hacer la diferencia entre la salud y la enfermedad en cualquier contexto. Conciencia es lo que tiene el protagonista del corto australiano Cargo (2013), quien al saberse infectado idea un ingenioso dispositivo similar al del burro y la zanahoria, para salvar a su hijo. Sólo que en lugar de zanahoria se cuelga delante una bolsa con vísceras, que una vez convertido en zombie serán el cebo que lo mantendrá en movimiento, al mismo tiempo que lo distraen del bebé que carga en una mochila sobre su espalda. Esa conciencia es la que permite establecer un orden de prioridades, sabiendo que cuidar la salud de cada uno es también lo mejor para la comunidad. A pesar de lo que digan los zombies.  

Muertos vivos, pero distintos: Tres películas para buscar y ver

Cargo (Ben Howling y Yolanda Ramke, 2013): premiado corto australiano en el que un padre infectado salva a su bebé de sí mismo. Puede verse completo y de forma gratuita en YouTube. En 2018 Netflix estrenó un largometraje basado en él.

Los hambrientos (Les Affamés. Robin Aubert, 2017): película canadiense cuyos zombies, lejos del modelo tradicional del muerto viviente idiota, son individuos que parecen capaces de cierto tipo de organización, volviéndose más peligrosos.
 

Los muertos no mueren (Jim Jarmush, 2019): último trabajo del prestigioso cineasta, repleto de citas que abarcan distintas variantes del género con humor seco e ingeniosos juegos meta cinematográficos. Bonus: Iggy Pop hace de zombie.

jueves, 7 de mayo de 2020

CINE - "Las Furias", de Tamae Garateguy: Western rutero y desparejo

Tamae Garateguy es la cineasta más prolífica y activa dentro del cine de género en la Argentina, un territorio que, como todos los vinculados a los distintos aspectos de la industria cinematográfica, también es transitado por una mayoría masculina. Un detalle de género que amerita ser mencionado, aunque no tenga incidencia alguna en el resultado estético de sus trabajos. En sus 15 años como directora abordó la acción (Pompeya, 2010), el terror (Mujer lobo, 2013), el slasher (Toda la noche, 2015) y la comedia satírica (UPA, una película argentina 1 y 2, 2007 y 2015), dando muestras de su versatilidad estética. Este año tiene programado estrenar otras tres películas, la primera de las cuales es Las Furias, en la que, como de costumbre, vuelve a jugar con el cruce de géneros con la intención deliberada de crear un híbrido tanto en lo estético como en lo narrativo.
Aunque también incluye elementos que son propios del policial e incluso echa mano de recursos que del mundo del horror, Las furias va por el lado del western, contando una historia de patrones e indígenas, ambientada en uno de los tantos pueblos rurales que desgranan sobre la pampa y el desierto que se abre hacia el oeste del territorio argentino. Pero también es una road movie y una tragedia romántica, en la que se narra el amor imposible entre la hija del cruel hacendado de la zona y el heredero de los habitantes nativos, quienes mantienen una disputa por la tierra. Como si se tratara de una versión pistolera de Romeo y Julieta, los jóvenes Leónidas y Lourdes deciden escapar para proteger su amor, pero sobre todo para huir de la crueldad del padre de ella, cuya figura es un Aleph de maldad en el que se concentran muchas opresiones: la del rico sobre el pobre; la del europeo sobre los pueblos originarios; y también la que el hombre le impone de múltiples modos a la mujer.
Las furias acumula abrumadoras virtudes técnicas, contando con una fotografía extraordinaria, una banda sonora que en la mayor parte del relato funciona de forma inmersiva y un montaje ajustado, que permite que visualmente el relato fluya con moderada naturalidad. La cosa no funciona tan bien en lo narrativo, sobre todo por el desparejo abordaje de las diferentes subtramas. Garateguy logra que el costado más realista, aquel en el que los protagonistas escapan hacia su destino mientras son perseguidos por los hombres del padre de Lourdes, sea el más redondo. Ahí los personajes lucen sólidos, verosímiles a fuerza de mantener a raya los abusos histriónicos. El resto de las subtramas avanzan con altibajos, acumulando momentos en los que el artificio se vuelve evidente, con actuaciones y movimientos escénicos demasiado marcados, y algunos excesos en los trabajos de arte, vestuario y peinado. El resultado final no puede escapar a esa bipolaridad, que recorre a la película de principio a fin.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectgáculos de Página/12.

CINE - "Alelí", de Leticia Jorge: Amable fresco de un duelo

El de la familia es uno grandes escenarios del cine: un paisaje oportuno para poner en acción algunas de las facetas más íntimas de los vínculos humanos. Sobre las aguas a veces calmas y otras más bien turbulentas de la cartografía familiar navega la película uruguaya Alelí, de la cineasta Leticia Jorge, una comedia dramática que elige avanzar sobre la cálida corriente de las sonrisas, manteniéndose a prudente distancia del oleaje más bravo de la carcajada abierta.
Se trata de una decisión no solo estética sino, sobre todo, profundamente ética, que se hace explícita en la proximidad emocional que la película elige mantener con los personajes. Principalmente en el respeto de sus procesos y sus tiempos, permitiendo que sean ellos los encargados de marcar el ritmo con el que el relato ira avanzando, sin explotar ni abusar nunca de sus conflictos para congraciarse con el espectador. De esa manera, sin apuro, va dándole forma a una historia que, a su modo, también puede ser vista como un modesto pero sólido ensayo sobre la pérdida, el luto y el duelo.
Jorge ya había utilizado la escena familiar con solvencia y sensibilidad en su ópera prima, Tanta agua (2013), en donde narraba los torpes esfuerzos de un padre por conectar con una hija, que de a poco empezaba a transitar el camino árido de la adolescencia. Como aquella, Alelí está protagonizada por Néstor Guzzini, una de las figuras más recurrentes dentro del cine uruguayo de las últimas dos décadas. Es él quien en ambos casos se encarga de marcar y sostener el tono humorístico adecuado: un desborde contenido que siempre fluye más cerca de la cara de piedra que de la morisqueta.
Esta vez Guzzini cuenta con la inestimable colaboración de un elenco que incluye a Mirella Pascual (otro rostro conocido), a la joven cantante y actriz Romina Peluffo y, sobre todo, a Cristina Morán, una celebridad histórica de la radio, la televisión y el teatro uruguayo, quien a sus casi 90 años hace su sólido debut cinematográfico. Un equipo compacto que se maneja con precisión tanto en el terreno de la puesta en escena de una trama familiar tensa, como en el abordaje cercano al absurdo de los procesos involucrados en el duelo. Es en esos pilares donde se concentran las fortalezas de esta película que retrata con gracia los tironeos que aparecen entre una madre octogenaria y sus tres hijos tras la muerte del patriarca de la tribu.
El fallecimiento reciente ha dejado a todos muy sensibles, como si el hueco de la figura paterna también hubiera puesto al descubierto algunas grietas que la presencia del finado hasta ahora mantenían ocultas. El más afectado parece ser Ernesto, el hermano del medio interpretado por Guzzini, que todo el tiempo sobreactúa un dolor que se manifiesta en forma de enojo, pero que de todas formas se percibe genuino. A Ernesto todo lo irrita. Le molesta que los demás hayan aceptado vender la casa de veraneo donde la familia pasó todas las vacaciones; que su hermana mayor se apropie de pequeños objetos de sus padres sin consultarlo; y que la menor parezca incapaz de comprometerse con la dinámica que la nueva situación exige. Sus picos de furia acaban siempre en escenas de llanto que él oculta con pudor.
Hay algo de infantil en tales mecanismos. Como si ante la pérdida del padre Ernesto hubiera decidido atrincherarse en el rol de hijo, resistiéndose a ocupar lugar de hombre que ahora le corresponde. Resulta interesante que en tiempos de una profunda reconfiguración de lo masculino, sea una mujer la que aporta esta mirada comprensiva de las limitaciones y obstáculos que debe enfrentar un hombre para expresar y aceptar su propio mundo sensible. Sin olvidarse, claro, de pintar un fresco femenino en forma de tríptico que abarca las edades claves: juventud, madurez y vejez. En esa delicadeza para poner en escena lo intangible está lo mejor de Alelí. Con eso le alcanza para surfear por encima de cierto costumbrismo que amenaza con asomar por acá y por allá, pero que la directora logra casi siempre mantener bajo control.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12

miércoles, 6 de mayo de 2020

CINE - 7° Festival Internacional de Cine Sobre el Trabajo Construir Cine, edición especial online

La pandemia de covid-19 es una catástrofe sin parangón en la historia moderna, difícil de equiparar a otras coyunturas y de pronóstico reservado. Si bien las medidas políticas y sanitarias que se tomaron para hacerle frente cuentan con amplio apoyo social, son muchos los desafíos que se acumulan, producto de un complejo efecto dominó. Como en otros sectores productivos, en el área de la cultura el factor económico también es la mayor incógnita a futuro. En lo inmediato, artistas y gestores culturales se esfuerzan por hallar la forma de sostener el vínculo entre obra y público. En ese sentido las herramientas digitales probaron ser inestimables, permitiendo que el circuito cultural encuentre una vida alternativa en plataformas y redes sociales. Un gran ejemplo de esto es el que dará el Festival Internacional de Cine sobre el Trabajo Construir Cine, que presenta su séptima edición en versión online. Un esfuerzo solo posible gracias a la alianza estratégica con Octubre TV, plataforma que puso todos sus recursos al servicio de este vital encuentro cinematográfico, que este año tendrá al cambio climático como eje temático.
Entre el 6 y el 13 de mayo la programación de Construir Cine, que cuenta con el apoyo del Instituto Nacional del Cine y Artes Audiovisuales, ofrecerá 58 películas de 23 países, divididas en seis competencias. Tres estarán dedicadas a largometrajes –dos internacionales, que separan ficción de documental, y una nacional— y otras tres a cortos, siguiendo la misma estructura. En todos los títulos incluidos la cuestión del trabajo forma parte fundamental de la estructura dramática, aunque no siempre se trata del tema principal. A las secciones competitivas se suman además dos focos. Uno sobre cine colombiano, integrado por cuatro títulos que resumen la riqueza cinematográfica de aquel país. Y otro con temática de género, curado por la periodista chilena Antonella Estévez Baeza, creadora del colectivo FEMCINE. Este contará con cuatro films a cargo de directoras trasandinas: La Once, de Maite Alberdi, Hija, de María Paz González, Play, de Alicia Scherson y Princesita, de Marialy Rivas. Toda la programación del festival, organizado por Construir TV, señal televisiva de la Red Social Uocra, estará disponible de forma gratuita en www.octubretv.com/www.octubretv.com.
Una de las dificultades de programar un festival temático surge de la necesidad de atender a la calidad cinematográfica, sin descuidar al asunto en cuestión, que en este caso es el trabajo. “Cuando me convocaron la idea me pareció muy específica, algo a lo que no estaba acostumbrado”, cuenta Mario Durrieu, director de programación del festival. “Pero el trabajo también es una columna vertebral de la sociedad y eso me permitió pensar que lo que veía tan restringido era en realidad mucho más amplio”, sigue. “Las relaciones humanas, desde la más universal, como el amor, se pueden ver afectadas por el trabajo o su falta. Esa idea, que luego bajamos a la realidad, permite ver lo amplio que puede ser Construir Cine y mantener un equilibrio en la programación sin caer en lugares comunes”, concluye el programador.
A diferencia de las ediciones anteriores, el 7° Construir Cine no se realizará en salas sino a través de internet, instancia que representa también un desafío. “Con Octubre TV tenemos el antecedente de haber hecho en 2018 el primer Festival Internacional de Cine Online FICSur”, recuerda la cineasta Paula De Luque, fundadora y actual directora de la plataforma, un medio que considera “tiene muchas bondades a la hora de difundir la cultura argentina y latinoamericana de forma gratuita”. Para ella las plataformas y medios digitales “cobraron un valor muy importante en la difusión de la cultura durante la pandemia y el comienzo de la cuarentena”. Atenta a ello se permite invitar a “todos los festivales argentinos que tengan una programación internacional, para que exhiban su material a través de la pantalla de Octubre TV”. “Como parte del grupo de medios vinculado al trabajo, para nosotros es importante que un festival de cine ligado a esta temática enriquezca nuestros contenidos”, agrega De Luque. “Pero sobre todo lo que nos alegra es poder convertirnos en una herramienta para que los festivales de cine puedan tener una continuidad durante 2020, sin suspender las actividades por culpa de la pandemia”. “Creo que la cultura también aporta fuerzas para resistir”, concluye la cineasta.
“Lo que nos mueve es el cine, abrirnos a nuevas miradas”, insiste Durrieu. Un objetivo que solo se cumple “a través de películas de calidad, pero con un punto de vista que nos permita crear audiencias que puedan verse reflejadas en las historias, sin afectar la calidad cinematográfica”. “Si sus fotogramas te transportan a descubrir otras realidades, esa es una película para Construir Cine”, resume. En esa amplitud también es posible descubrir líneas transversales que atraviesan la programación y una de ella es la de los flujos migratorios, uno de los grandes dramas del siglo XXI.
“El cine es un arte y a la vez una herramienta que le permite a los directores expresarse y contar a través de historias, reales o de ficción, el mundo en el que estamos”, afirma Durrieu. “Lo que buscamos es contar con material que ayude al público a construir una mirada crítica y, de ser posible, empática acerca de las vivencias que tienen los trabajadores y trabajadoras del mundo respecto a los temas de agenda social”, amplía. Entre los títulos que trabajan con el eje migratorio están Perro Bomba (Juan Cáceres, Chile, ficción), Overseas (Sung-a Yoon, Francia, doc), Cowboy Makedonsky (Fabio Ferrero, Italia, doc), Chèche Lavi (Sam Ellison, México, doc) o Golondrinas (Mariano Mouriño, Argentina, ficción). Durrieu sabe que el cine cuenta con el poder de influir en la mirada que se tiene acerca de un tema tan delicado. “El cine es un catalizador de emociones, sensaciones y realidades del mundo. La expresión del artista marca las particularidades de cada época y nosotros creemos en el impacto social que tienen las historias. Por eso hacemos este festival: porque creemos en el poder transformador del mundo audiovisual para modificar estructuras o hábitos arraigados en la sociedad”, continúa. “Poner la mirada de los trabajadores en pantalla hará que el público vea el mundo desde otra perspectiva y con mayor justicia social. Eso pretendemos.”
Otro eje bien definido es el del trabajo dentro de los núcleos familiares. En particular el vínculo entre padres e hijos, y de qué forma el trabajo muchas veces termina siendo una herramienta que las personas utilizan para trazar la línea que separa a la infancia de la madurez. Películas como Mabata Bata (Sol de Carvalho, Portugal, doc), Amukan (Francisco Toro Lessen, Chile, ficción), Aleksi (Bárbara Vekarić, Croacia, ficción) o las argentinas Educación Rural (Federico García Bedoya, doc) y La botera (Sabrina Blanco, ficción) hacen su aporte. “El cine no es más que un reflejo de la realidad de las sociedades”, afirma Durrieu para ilustrar una de las formas en que el cine ilumina y le da voz a distintas situaciones ocultas o silenciadas. Por su parte explica que “el trabajo muchas veces nos define y es a través de él que hacemos visible y posible nuestro aporte a la sociedad”.
Muchos de estos ejes también señalan núcleos específicos dentro de la Competencia Argentina. Miserere (Francisco Ríos Flores, doc), Planta permanente (Ezequiel Radusky, ficción) o El Panelista (Juan Manuel Repetto, ficción), por ejemplo, desarrollan cuestiones ligadas a la explotación o la integración laboral, mientras que Una banda de chicas (Marilina Giménez, doc), Sisters of the trees (Lucas Penyafort y Camila Menéndez, doc) o La estrella (Francisco Martín, ficción) retratan el vínculo entre mujer y trabajo. A pesar de ello, Durrieu sostiene que “lo más llamativo” de la programación “es la universalidad de historias” que abordan la “relación que la gente desarrolla con el trabajo”. “Por supuesto que las películas nacionales tienen su sello propio, atravesado por la realidad socio laboral de nuestro país”, reflexiona. Incluso considera que “el fortalecimiento de las estructuras obreras y la existencia de sindicatos fuertes y activos” que se da aquí “influyen no solo en la producción de películas y en el abordaje distintivo de temáticas socio laborales, sino también en la existencia misma de Construir Cine”. Pero aun así cree que “los temas que conmueven y preocupan a los trabajadores se dan a nivel mundial”. “La importancia del trabajo en la vida de las personas y su impacto en las sociedades es universal”, afirma convencido.
La temática femenina y la lucha por la ampliación de derechos es una de las que el festival aborda con mayor amplitud. A los títulos citados de la Competencia Argentina y del Foco Género, pueden sumarse ¿Dónde está ella? (Guillaume Senez, Bélgica, ficción), Sanguinetti (Cristian Díaz, México, ficción) y Born to be (Tania Cypriano, EEUU, doc). Pero ese interés no registra un correlato en la paridad de espacios dentro de la programación, integrada en su mayoría por trabajos realizados por hombres. “Desde las primeras ediciones abordamos la temática de género, ya que encontramos gran cantidad de films de excelente calidad y fuerte narrativa que tocan el binomio mujer/trabajo de forma magistral”, informa el programador. “Con el tiempo también buscamos incluir films que le den lugar al colectivo LGTBIQ, pero no siempre es fácil”, se lamenta. “Creemos que el festival tiene muchos pendientes y en cada edición tratamos de sumar”, continúa, “y la incorporación del Foco Género tiene que ver con eso”. “Nuestra intención es seguir creciendo en la medida de nuestras posibilidades para que haya mayor paridad. Estamos en ese camino”, concluye Durrieu.
Los festivales de cine suelen ser además un punto de encuentro en el que se dan charlas, debates y discusiones sobre las películas vistas, instancia que en esta versión online se verá afectada. Sin embargo, desde Octubre TV han pensado una forma de paliar ese déficit. “Durante el Festival Construir Cine también propondremos actividades desde nuestro perfil de Instagram (@OctubreTV), que incluirá transmisiones live para generar ese vínculo de intercambio con los espectadores”, comunica De Luque. “Hoy, en el contexto de la cuarentena, las redes sociales se han convertido en herramientas muy útiles y si bien en algunos momentos uno puede criticarlas por su banalidad, en estas circunstancias se han vuelto fundamentales en la difusión de la cultura”, afirma la directora de OctubreTV. Entonces no falta nada. Solo revisar la programación completa en www.construircine.com, elegir una película y disfrutar de un buen festival de cine sin salir de casa.  

Artículo publicado originalmente en la ección Espectáculos de Página/12.