lunes, 8 de abril de 2019

MÚSICA - Festival Goza Tour: El rock es cosa de mujeres

No se trata de inercia ni de un impulso inicial. El feminismo y las luchas por la igualdad de género no están ni recién arrancando ni avanzan en piloto automático sino que, por el contrario, se encuentra transitando su momento de mayor potencia. Una fuerza que es alimentada por una voluntad de cambio que se sostiene en el empuje de millones de personas unidas por la convicción de que el mundo puede ser un lugar menos injusto. De la suma de esos esfuerzos surge la fuerza colectiva y un buen ejemplo de esa voluntad puesta en acción es el Goza Tour. Se trata de una serie de encuentros itinerantes organizados por el sello musical Goza Records dedicado a impulsar a un grupo de talentosas rockeras argentinas en su lucha por crear sus propios espacios en un terreno que, como ocurre con casi todos, se encuentra colonizado por hombres.
Goza Tour nace en asociación con Futurock Radio y el apoyo del British Council, con el objetivo de promover un espacio dentro de la escena musical que tenga características feministas e inclusivas. Su alma mater (y alma rocker) es Barbi Recanati, reconocida por su trabajo en el combo rockero Utopians, quien sostiene que el objetivo no es tanto el de “ocupar los espacios existentes, sino de crear otros nuevos cuyos cimientos se afirmen en el feminismo y la paridad de géneros”. La idea es que esta gira recorra el país presentando en cada fecha a una artista consagrada junto a un grupo de artistas locales. Pero además incluye charlas, exposiciones, debates y espacios para la presentación de proyectos feministas e inclusivos. Este año el Goza Tour ya pasó por La Plata, Córdoba y Mendoza y en ellas se presentaron figuras como Miss Bolivia, Marilina Bertoldi, Natalia Perelman y otras. Las próximas paradas serán Mar del Plata (11 de abril) y Rosario (25 de abril), donde las rockeras invitadas serán Lula Bertoldi y la reina madre del punk argentino Patricia Pietrafesa.
Antes de los shows, cada encuentro incluye charlas dirigidas a mujeres y disidencia, a cargo de la artista invitada, más una artista representante de la comunidad local y la propia organizadora. Cada una comparte con el público sus experiencias en el terreno de la música, en donde los laureles se los suelen llevar los hombres. También el espacio se abre para darle difusión a cuatro proyectos locales feministas e inclusivos vinculados con la generación de nuevos espacios en la escena musical. Ciclos feministas, colectivos, cooperativas, blogs y programas radiales se presentan en sociedad y una vez concluida la instancia expositiva se realiza una charla debate de la que pueden participar todos los presentes. Cada encuentro finaliza con una emisión especial de The Selector Radio, el programa que Maxi Martina conduce en vivo por Futurock, que también cuenta con apoyo del British Council.
“Me cuesta ver al rock como especialmente machista”, dice Recanati. “Creo que es un reflejo visible de lo que ocurre en la mayoría de los espacio de la sociedad que no tienen tanta exposición”, agrega. Afirma que “lo más dañino fue darle fama a la misoginia como algo ‘rockero’, justificando y festejando desde maltratos hasta violaciones”. Y sostiene que el rock es el canal ideal para potenciar el espíritu revulsivo de las luchas igualitarias, porque “el rock siempre fue contestatario y contracultural, y eso hoy es el feminismo”. Más allá de la militancia feminista, Recanati aclara que elige a las artistas de Goza Records en primer lugar por cuestiones artísticas. “Las y les artistas están en el sello por su talento”, dice. Pero aclara que esas elecciones no tienen que ver “solo con el arte, sino con el contexto y la urgencia de darles mayor visibilidad a las mujeres y disidencias”.
Muchos le critican a las actividades feministas la tendencia a cerrarse a la posibilidad de integrar un público que vaya más allá del de sus colectivos. “Nada es cerrado a hombres”, aclara Recanati, “simplemente que espacios como este siempre están orientados a hombres. Por eso en nuestro caso incentivamos a los que no son hombres cis a que se acerquen”. Y aclara que como mujer “todavía cuesta sentirse cómoda en un espacio mixto orientado a la paridad de género” y da un ejemplo gráfico. “El año pasado participé en una charla sobre género en una universidad en La Plata en la que había hombres. Algunas chicas se levantaron, muy incómodas y señalaron que entre el público había un abusador”, cuenta. “Estoy segura que en un tiempo el debate se extenderá a espacios mixtos, pero para lograr espacios inclusivos creo que primero tenemos que priorizar estos lugares orientados a las mujeres, lesbianas, personas no binaries, trans y travestis”, concluye.

Para Agendar

El Goza Tour tendrá su siguiente parada en Mar del Plata el próximo jueves 11 de abril a partir de las 16, donde la artista invitada será Lula Bertoldi, cantante y guitarrista de Eruca Sativa. El punto de encuentros será Elicsyr, en la calle 9 de Julio 4251.
Dos semanas más tarde el festival hará base en Rosario, el 25 de abril también a las 16 en Casa Brava (Pichincha 120). La invitada será Patricia Pietrafesa, ex integrante de Cadáveres de Niños, banda precursora del ala más política del movimiento punk en la Argentina, y del combo cumbio rockero feminista Cumbia Queers. Lo que se dice dos fechas pulenta pulenta.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

domingo, 7 de abril de 2019

CINE - BAFICI 21, Competencia Argentina días 2 y 3: Clásicos relatos de amor y un documental desesperado

Bitacora de la Competencia Argentina de Bafici. Día dos. Las películas de la sección comienzan a sucederse y vuelven a poner en evidencia la textura heterogénea de la programación. La misma propone un permanente juego entre extremos que son tanto estéticos como de tono e incluso técnicos. Igual que el contraste que ofrecieron durante el primer día hábil del festival Método Livingston, de Sofía Mora, y Familia, de Edgardo Castro, los tres títulos que se sumaron en las jornadas posteriores parecen confirmar una prerrogativa de variedad como característica curatorial que comienza a definir al lote de catorce películas que integran esta competencia nacional.
Amable y luminosa incluso en los momentos en los que se permite recorrer algunos de los corredores más sombríos de la vida, la comedia Badur Hogar se suma a la oferta del festival ofreciendo una narrativa bien clásica que se mantiene a prudencial distancia de los discursos herméticos que muchas veces son un lugar común del cine independiente. Esta segunda película de Moscoso se presenta 18 años después de su ópera prima (Modelo 73, que participó de la competencia del Bafici en 2001) y transcurre en la ciudad de Salta. La misma cuenta la historia de un tipo de treinta y largos, hijo de una familia acomodada de comerciantes, a quien la vida hace rato le exige que encare la etapa de las definiciones. Sin embargo él prefiere seguir limpiando piletas de natación junto con su amigo Gaspar, un heavy de aspecto recio pero más tierno que ver gatitos en YouTube, sin siquiera hacerse cargo de un problema de salud que demanda atención urgente. Hasta que conoce una chica que por primera vez lo obliga a repensar su lugar en el mundo.
Moscoso maneja con pericia los hilos del humor sin desatender las subtramas dramáticas, que son las que condicionan las acciones de sus personajes, pero sin sobrecargar a la película de apuntes morales. Asimismo utiliza de manera verosímil el color local del nordeste, saliendo airoso de la batalla contra el costumbrismo, de un modo que no es aventurado comparar con el trabajo que Rosendo Ruíz realizó con el tono cordobés en De caravana (2010, otra comedia). Como si esto fuera poco, el director incluye pinceladas de una irónica mirada social, que sin ir demasiado profundo de todas formas le aporta al relato otra bienvenida faceta. Si algo resta en esta lista de aciertos es la aparición sobre el final de algunos lugares comunes de la comedia romántica, detalles que de ningún modo consiguen agriar la experiencia.
En La excusa del sueño americano Laura Tablón y Florencia De Mugica utilizan el formato documental para indagar en primera persona en el pozo ciego de los vínculos familiares. Retrato del encuentro entre De Mugica y su madre, quien vive en Miami desde 2002 cuando la directora era apenas una adolescente que se quedó en la Argentina con su padre, la película intenta utilizar la pantalla como espejo de esa instancia de reunión. A partir de viñetas que reproducen cenas, paseos, una clase de gimnasia y una charla catártica donde aparecen las broncas y preguntas sobre el pasado, las directoras buscan ilustrar el proceso de reconstrucción de un vínculo herido. En esa instancia la película queda cerca de ser una sesión de terapia en el cine, registrando traumas. Y en algún momento hasta puede parecer el berrinche de una hija tratando de manipular (un poco) a su madre. Un reproche filmado.
También incluyen algunos videitos que la madre envía a la hija: saludos, escenas cotidianas y otras en las que la mujer entrevista gente por la calle con la insólita excusa de tener un programa de televisión en la Argentina llamado “Contame qué te pasa”. Ahí aborda a las personas, en general inmigrantes como ella, indagando de forma muy superficial en los motivos de su radicación en Estados Unidos. De Mugica y Tablón lo aprovechan para llevar la película unos pasos más allá, indagando en el significado del famoso American Dream. Una excusa que en el fondo le sirve a la primera para buscar una explicación a la decisión de su madre para dejarla siendo tan chica.
Margen de error es la nueva película, la cuarta, de la cordobesa Liliana Paolinelli. En ella vuelve recorrer el territorio de los vínculos sáficos, esta vez en clave de drama romántico que, como la película de Moscoso, trabaja sobre un dispositivo de narración clásica. Un modesto laberinto de relaciones y amores cruzados (platónicos o no) en el que una mujer grande, en pareja hace más de 25 años, se enamora de la hija adolescente de una amiga creyendo que es la joven la que está enamorada de ella. Paolinelli aprovecha la elección de grandes actrices como Susana Pampín y Eva Bianco para algunos papeles protagónicos, para concentrarse en el plano emotivo. En particular en el personaje que interpreta Pampín, esa mujer que se reencuentra con un lado gozoso que parecía tener olvidado o en pausa. Lo extraño es que, a pesar de transcurrir completamente en un universo lésbico, todos los personajes podrían intercambiarse por otros heterosexuales, desde la adulta confundida a la joven ávida, pasando por la ex celosa y violenta. ¿Una forma cinematográfica de ilustrar la igualdad de géneros? Quizás.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 5 de abril de 2019

CINE - BAFICI 21 Competencia Internacional día 1: Contra la academia

Como una profecía autocumplida, el primer día de la 21° edición de Bafici tuvo en cantidad lo que muchos esperan de un festival de cine como este, que desde hace más de dos décadas enfoca su programación en las usinas de la producción independiente. Historias con aristas meta- cinematográficas, ironía de alto octanaje intelectual, crítica social en modo hipster y certeros toques de humor. Comedias a veces refinadas hasta la afectación y otras veces con una gracia que se permite estar más atenta a los universos retorcidamente emotivos de jóvenes abrumados por la realidad. Todo eso (y más) es lo que ofrecieron las primeras dos películas de un total de quince que este año integran la Competencia Internacional, que fueron presentadas ayer en las salas del complejo Multiplex Belgrano, la nueva sede del festival. Dos películas que en apariencia no podrían ser más distintas, pero que sin embargo comparten una trama crítica que las reúne de un modo inesperado.
Buen ejemplo de película que trabaja sobre el modelo de cine dentro del cine, Spice It Up es una comedia narrada en dos niveles. Una película de dos pisos. Dirigida por el equipo que integran los canadienses Lev Lewis, Yonah Lewis y Calvin Thomas, cuenta la historia de Jennifer, una estudiante de cine que se encuentra en la etapa final del montaje de su propia película de tesis, un proceso que la expone a los efectos de la mirada constante de los otros. Parte del trabajo que la pobre Jennifer debe llevar adelante consiste en mantener reuniones con sus profesores y tutores de tesis, quienes tienen una mirada muy poco feliz respecto de la labor que ella está llevando adelante.
De algún modo Spice It Up funciona como una puesta en ridículo de ciertos códigos de las instituciones académicas, diseñando a los profesores de esta abnegada aspirante a cineasta como seres pedantes y ególatras, que teniendo de su lado las herramientas del discurso, fallan justo en el ítem en el que su alumna los necesita: la empatía. No es casual que la puja de estas fuerzas desparejas oponga de un lado a un grupo de hombres condescendientes, autorreferenciales y paternalistas, y del otro a una mujer sola, creativa e hipersensible que es permanente objeto de juicio. ¿Alguien mencionó el neologismo mansplaining? Puede ser. Cualquier parecido con escenas habituales en el mundo real no es pura coincidencia.
Pero la película de Lewis, Lewis & Thomas integra al relato las escenas del trabajo que Jennifer está tratando de terminar y que también lleva por título Spice It Up, frase que el catálogo del festival traduce como “ponele pimienta”, aunque quizá “ponele onda” sea un poco más preciso. Ponerle un poco de onda es lo que todos piensan que Jennifer debería hacer con su película, pero además es lo que literalmente tratan de hacer las siete adolescentes que la protagonizan. Se trata de un grupo de amigas inseparables que acaban de reprobar al unísono la última materia del secundario y lo viven como si se tratara de un fracaso que las acaba de dejar sin opciones en la vida. Ante la pregunta compartida respecto del futuro, las siete deciden que enrolarse en el ejército de Canadá es la mejor oportunidad que tienen. Un retrato tierno y naïve de la adolescencia que el espectador sensible podrá notar enseguida, pero que los vanidosos académicos son incapaces de reconocer.
La película no se conforma con aplicar sus altas dosis de sarcasmo al ámbito de la educación universitaria, sino que amplía su radio crítico al conjunto de las instituciones públicas. De ese modo el ejército canadiense también es presentado como un rejunte de gente sin demasiado brillo, el agujero donde van a dar los que se quedaron sin una mejor alternativa. En este juego de ir y volver entre las dos capas de ficción, Spice It Up permite conocer de Jennifer mucho más de lo que la película misma cuenta de ella, como si sus siete protagonistas fueran en realidad una versión fragmentada de la propia protagonista.
Pero este modelo de cine tipo matrioska no es el único guiño meta- cinematográfico que incluye Spice It Up. En un momento de la película las chicas van a la casa de un fotógrafo para hacerse los retratos que necesitan para sus solicitudes de ingreso al ejército, un tipo simpático pero que termina aprovechándose de algunas de ellas para sacarles algunas fotos en bombacha y corpiño. Una escena tan graciosa como incómoda, en tanto le pone cuerpo a los mecanismos de cierto tipo de abuso que hasta hace muy poco era considerado una picardía inocua que merecía ser celebrada. El personaje del fotógrafo es representado con gracia por el actor y cineasta canadiense Matt Johnson, director de dos películas notables como The Dirties (2013) y Operación Avalancha (2016), donde la comedia es el canal elegido para profundizar en cuestiones nada humorísticas. Su sola aparición es también una referencia que ayuda a definir qué tipo de película y de comedia quiere ser (y es) Spice It Up.
Presentada este año en la sección Forum de la última edición de la Berlinale, Music and Apocalypse retrata a un conjunto de académicos que enseñan e investigan en el ámbito de una universidad tecnológica de Berlín y los problemas que deben enfrentar en su tarea cotidiana. Dificultades que por un lado tienen que ver con su propia labor investigadora, pero también con la matriz financiera que les permite sostenerlas. Dirigida por el alemán Max Linz, Music and Apocalypse ofrece un reflejo de la realidad pero a través de un espejo deformante, tomando como punto de partida una institución educativa construida desde el ridículo, pero a través de la cual se permite darle relevancia a cuestiones que no los son para nada.
Parece una buena decisión haber programado Music and Apocalypse y Spice It Up justo el mismo día. Ambas coinciden en una mirada cómica pero descarnada de los ecosistemas académicos y de la fauna que en ellos habita. Igual que la película canadiense, aquí también hay personajes de calculada pose intelectual que sobreactúan un discurso pretencioso para disfrazar lo que a veces no es más que un enorme hueco relleno de nada. Ambas comparten también formas poco tradicionales para abordar el objeto de sus críticas. Aunque en el caso de Linz las cosas son llevadas mucho más al extremo, prescindiendo de toda intención realista, naturalista o mínimamente verosímil, a partir de la caricaturización del carácter eficiente y distante con el que se suele identificar a la cultura alemana.
Integrando recursos del musical, el cine de intrigas y las comedias de enredos, reduciendo a cada uno de estos géneros por el absurdo, Music and Apocalypse presenta un objeto cinematográfico tan refinado como difícil de aprehender. Comparable al cine de Wes Anderson a partir de su propuesta escénica, la artificialidad del relato y el deadpan de las actuaciones, este segundo trabajo de Linz resultará atractivo para quienes sepan aceptar el desafío que implica esta sátira extravagante y audaz, pero que también se engolosina con su propio tono canchero. Ese pecado de vanidad puede resultar, en cambio, la puerta de salida para muchos espectadores que verán en el trabajo del alemán una pose de rebeldía antes que un gesto de subversión cinematográfica.  

Artículo publicado originalmente en la revista de cultura digital La Agenda.

CINE - BAFICI 21, Competencia Argentina día 1: El arquitecto encantador y una familia muy normal

Con una grilla sensiblemente más delgada que en años anteriores y estrenando su nueva sede en el Multiplex de la calle Vuelta de Obligado, en el barrio de Belgrano, la 21° edición del Bafici arrancó ayer su Competencia Argentina mostrando de entrada dos de los posibles extremos que conviven dentro de su corpus. Si algo permiten aventurar los estrenos de Método Livingston y Familia, segundos trabajos de la directora Sofía Mora y del actor y cineasta Edgardo Castro, es que la heterogeneidad promete ser una de las marcas de identidad de la sección. La presencia de Castro –cuya ópera prima La noche le valió acá mismo pero en 2016 el Premio Especial del Jurado de la Competencia Internacional— también pone en evidencia la fidelidad del festival con algunos nombres, a los que con justicia ya se puede considerar como clásicos de Bafici, categoría a la que también pertenecen Raúl Perrone, José Campusano o Santiago Loza. Todos ellos mostrarán sus últimos trabajos en esta Competencia Argentina.
Tomando como eje central la figura del arquitecto argentino Rodolfo Livingston, la película de Mora no se aparta del modelo clásico del documental de retrato, en el que el protagonista goza del atributo de la omnipresencia. La directora acompaña a este arquitecto prestigioso pero no siempre debidamente reconocido (sobre todo por sus pares), en diferentes actividades. Desde el universo cotidiano de una caminata por el barrio o la visita a algún amigo, hasta diversas charlas y homenajes que el protagonista da y recibe, ya sea en la UBA, el Consejo Deliberante o en un bar en alguna esquina, que es donde suelen estar los bares en Buenos Aires.
El relato que Mora va hilvanando muestra algunas virtudes destacables. En primer lugar la poderosa progresión narrativa, que comienza con Livingston en su casa, descargando acá o allá algunos conceptos interesantes, pero en un contexto cinematográficamente convencional. A medida que el documental avanza esas convenciones permanecen, pero la potencia del protagonista se va adueñando de la escena. Como un cuerpo cósmico de masa fabulosa, la figura de Livingston comienza a concentrar sobre sí todas las fuerzas que traccionan dentro de la película, agigantándose a medida que avanza. Seductor, inteligente y encantadoramente egocéntrico, el arquitecto comienza a mostrar los atributos que lo distinguen, permitiendo que el relato empiece a ganar músculo.
Un paso más allá de eso se encuentra el estupendo material de archivo, perteneciente a la colección del propio protagonista. Un informe realizado para La Noticia Rebelde o una aparición espontánea en un móvil de CrónicaTV el día de la muerte de Fidel Castro, cuando la movilera lo entrevista sin tener ni idea de quién es y se sorprende ante la elocuencia del entrevistado, forman parte de un caudal de material que le proporciona mucha sustancia al montaje. El punto más alto de ese archivo, y por qué no de la película entera, es una aparición del arquitecto en el programa Tiempo Nuevo, que Bernardo Neustadt condujo hasta mediados de los 90.
Invitado para hablar de la mala educación de los argentinos el mismo día en que el periodista entrevistaría al entonces presidente Carlos Menem, Livingston compara los carteles que los bares comenzaron a poner en sus baños por aquella época, limitando su uso solo para clientes, con el modelo neoliberal que por entonces también pretendía hacer de la Argentina “un país solo para clientes”. Ante la mirada severa de Neustadt, Livingston le dice a su anfitrión que en ese modelo hay una violencia que también se alimenta de programas como el suyo, que se encargan de retransmitirla. Un momento de esos que no se sabe bien por qué han pasado desapercibidos para tantos programas de archivos televisivos. Una escena que lejos de haber perdido actualidad, sirve para ilustrar el actual concubinato entre los grandes medios, sus periodistas estrella y un modelo político todavía más violento que aquel neoliberalismo menemista que hoy se reconoce en el espejo del presente.
El caso de Familia es extraño. La segunda película de Castro es tan distinta de su antecesora, la impactante y emotiva La noche, que a priori cuesta despegarse de las duraderas impresiones causadas por aquella para sumergirse libremente en la nueva propuesta. Porque más allá de la presencia de Castro tanto delante como detrás de cámara, en ambas oportunidades a cargo tanto de la dirección como de los roles protagónicos, casi nada de la sorpresa que provocó con su conmovedora ópera prima sobrevive en Familia.
Es cierto que Castro vuelve a utilizar tiempos largos, marcando el ritmo del relato a partir de planos extensos y prolongados planos secuencia, a través de los que alimenta una permanente sensación de que hay algo a punto de desencadenarse en el seno de una familia, durante los días previos a la celebración de la Navidad. Luego de ver La noche, donde los hechos fluyen a borbotones sin temor de impactar en el espectador, era fácil imaginar que esa cena navideña pudiera estar emparentada con aquella otra que tiene lugar en La celebración (1998), de Tomas Vinterberg. Pero la decisión de apartarse de su propia fórmula da cuenta del coraje de Castro para abrirse a nuevas búsquedas estéticas. Sin embargo es difícil rescatar algo en particular dentro de una película en la que el narrador más que tomar la decisión de contar, parece abandonarse a la de permitir que el tiempo simplemente pase por delante de la cámara, sin preocuparse demasiado por qué es lo que ocurre mientras tanto. Una continuidad de escenas familiares en las cuales el hecho más destacado parece ser el vacío de lo cotidiano y la distancia maquinal de los sentimientos puestos en piloto automático.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáciulos de Página/12.

jueves, 4 de abril de 2019

CINE - "Chaco", de Danièle Incalcaterra y Fausta Quattrini: El peso de lo heredado

La pareja que integran Danièle Incalcaterra y Fausta Quattrini tiene varias encarnaciones. Son al mismo tiempo pareja, padres de un niño y una dupla de cineastas con una filmografía en común que abarca las películas Contr@site (2003), El impenetrable (2012) y Chaco (2017). Las dos últimas integran un díptico que retrata la epopeya personal que Incalcaterra lleva adelante para preservar una parcela salvaje de cinco mil hectáreas en territorio paraguayo, la cual recibió como herencia de parte de su padre. Un pedazo prácticamente virgen de selva chaqueña que ha quedado aislado en medio de un gigantesco desierto causado por el negocio del desmonte.
El impenetrable muestra los obstáculos que se interponen en el camino del director y protagonista a medida que se interna en el Chaco paraguayo. Pero también los que encuentra en el terreno legal de un país cuya legislación sobre la propiedad de la tierra carga con una corrupción histórica. La película tiene a pesar de todo un final feliz: Incalcaterra consigue que el entonces presidente Fernando Lugo firme un decreto que convierte a aquel paraje en una reserva natural, a la que se bautiza con el mítico nombre de Arcadia. El relato de Chaco arranca tras la escandalosa destitución de Lugo, que echa por tierra lo conseguido. Cuando Incalcaterra se disponía a transferir la titularidad de Arcadia a la comunidad guaraní Ñandéva aparece en escena un segundo propietario del mismo pedazo de tierra, detrás de cuyas escrituras asoma la ilegalidad de la dictadura de Stroessner.
“¿Qué viene primero, el animal o el vegetal?”, le pregunta Incalcaterra a un amigo conocedor de la flora y fauna del lugar. “El vegetal”, responde el otro y a partir de eso entre los dos concluyen que sin la preservación del bosque nadie tiene garantizada la supervivencia. Incluso el hombre, que para integrarse con éxito debe aportar su mejor versión. El amigo de Incalcaterra habla de un “hombre prístino”, un concepto ideal que choca con la continuidad de maldad, trampa, crimen y negligencia con la que el cineasta se va topando en su empeño por salvar su Arcadia. Por lo que se ve en la película se puede aventurar que no deben quedar muchos hombres prístinos en Paraguay, el país que posee el mayor índice de deforestación en el mundo.
La superficie del territorio paraguayo es de poco más de 406 mil km2, pero si hubiera que guiarse por la suma de todos los títulos de propiedad existentes en los registros de catastro, entonces la superficie del territorio paraguayo alcanza los 529 km2. Alguien dice con acidez que Paraguay debe ser el único país del mundo de dos o tres pisos. Dos o tres pisos sostenidos por una corrupción de raíces añejas que beneficia a los grandes terratenientes de la producción agrícola y ganadera, al mismo tiempo que avasalla los derechos de los pueblos originarios y hace pedazos el equilibrio biológico.
Incalcaterra y Quattrini intercalan escenas sobrecogedoras de la vida en la profundidad del frondoso monte chaqueño, con otras que vuelven visibles las capas de violencia institucional que convierten a esta historia en un abismo que tiene tanto de kafkiano, como de aquellas escenas infernales imaginadas por El Bosco. A medida que la intriga avanza, el protagonista se va quedando sin opciones. Por un lado el estado paraguayo se vuelve una maquinaria inútil, incapaz de actuar sobre sus propios vicios históricos. Por el otro, también pierde el apoyo de la comunidad Ñandéva, que le exige la cesión de las escrituras de aquel oasis cercado por el desmonte como única forma de continuar la lucha. Sobre el final, cuando Iel cineastaa parece empezar a aceptar que quizá no consiga ver su sueño realizado, la película revela su naturaleza real. Chaco es una carta triste de amor, de despedida y de duelo para esa quimera, esa Arcadia imposible que parece haberle dado impulso a al cine y a la vida de Incalcaterra. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.