miércoles, 20 de marzo de 2019

CINE - Se presentó la 21° edición de Bafici: El ritual del cine recargado

Bajo la consigna “El cine independiente se renueva y sale a la calle”, se presentó en la mañana de ayer la vigesimoprimera edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, extenso nombre protocolar con el que se conoce al que en familia se llama con el cariñoso nombre de Bafici. Una familia amplia –y no siempre bien llevada– que incluye generosamente a todos los que disfruten del cine como expresión de algo más que la mera marca comercial que impone la cartelera de los estrenos semanales.
La presentación estuvo a cargo del ministro de cultura porteño Enrique Avogadro, secundado por el director artístico del festival, Javier Porta Fouz, y la presencia imprevista de Viviana Cantoni, subsecretaria de gestión cultural de la ciudad. Ella fue la encargada de abrir la ceremonia rindiendo homenaje a Paula Niklison, productora histórica del festival, quien falleció el 31 de enero pasado a los 43 años. La tristeza por su ausencia ocupó la primera parte de la presentación y su memoria tuvo un justo reconocimiento ante el comienzo de la primera edición sin ella.
A continuación Avogadro dio comienzo al segmento oficial de la presentación, destacando tanto la continuidad del festival –cuyas actividades se desarrollarán entre el 3 y el 14 de abril próximos–, como su constante voluntad de reformularse. Así se anticipaba de algún modo al anunció del cambio de sede central, dato que ya se había filtrado hace algunas semanas y uno de los temas salientes de esta edición. Es que este Bafici versión 2019 abandona su centro neurálgico en las salas del shopping Village Recoleta, dónde se instaló hace seis años, para mudarse al Multiplex Belgrano, un complejo de capitales nacionales ubicado a dos cuadras del cruce de las avenidas Cabildo y Juramento, aunque la decisión del cambio no necesariamente está vinculada a ese detalle corporativo.
El Ministro de Cultura subrayó que los cambios operados este año en el festival obedecen sobre todo a un objetivo central: “la búsqueda constante de nuevos públicos”. En ese sentido no solo marcó el cambio de su base de operaciones, sino que llamó la atención sobre el número record de sedes, 37 en total, que este año se extenderán por toda Buenos Aires. Entre ellas destacó tanto la novedosa presencia en distintos bares de la ciudad, como el compromiso de ampliar el trabajo que se realiza en barrios vulnerables, profundizando lo hecho en ediciones previas.
A continuación llegó el turno de Porta Fouz, quien oficia como director del festival por cuarto año consecutivo. Él también eligió tocar el tema de la renovación, tratando de minimizar el impacto que necesariamente representa el cambio de la sede principal. Mencionó que no hay ninguna sede ni sala de cine que haya sido parte de las 21 ediciones y que si hay elementos que permanecen constantes en la historia del festival son su identidad, la presencia de la ciudad como fondo y la del público como protagonista. El Director también fue el encargado de anunciar algunos de los puntos altos de la programación 2019. Respecto de ella destacó algunos números: que las óperas primas representan el 29% del total y que el 85% de las películas programadas tendrán en el Bafici su estreno latinoamericano.
Este año el festival volverá a contar con un estreno argentino oficiando de película de apertura. Se trata de Claudia, nuevo trabajo del periodista, animador, actor, escritor y guionista Sebastián De Caro, protagonizado por Dolores Fonzi y la participación de Lali Espósito. En tanto que el honor de la clausura le corresponderá al documental Santiago, Italia, de Nanni Moretti, donde el director italiano vuelve a explotar su vena política, contando el rol que jugó la embajada de su país en Santiago de Chile durante el golpe que en 1973 dieron las fuerzas armadas encabezadas por el general Augusto Pinochet, contra el gobierno democrático de Salvador Allende.
Porta Fouz puso especial énfasis en destacar algunos de los focos y retrospectivas dedicados a quienes serán invitados de esta edición. Se trata del británico Julien Temple, director de proyectos vinculados a grandes números del rock inglés como David Bowie y Sex Pistols; la actriz portuguesa Isabel Ruth, habitual colaboradora del cineasta Paulo Rocha y parte del elenco de la versión de Edipo Rey realizada por Pier Paolo Pasolini en 1967; su colega sueca Christina Lindberg, referente del cine erótico y de ‘exploitation’, protagonista del film de culto Thriller (1973), en cuyo personaje e historia se inspiró muy libremente el Quentin Tarantino de Kill Bill. Y por último la realizadora y fotógrafa austríaca Friedl vom Gröller, cuya obra completa centrada en la figura de la mujer podrá verse en la Sala Lugones.
En la sección Rescates podrán volver a verse grandes clásicos del cine pop de culto como El gran Lebowski, de Joel y Ethan Coen, o Alien, el octavo pasajero, de Ridley Scott, que celebra su 40° aniversario. También se proyectarán en 35mm Duro de matar, de John McTiernan; Cuando Harry conoció a Sally, en su 30° aniversario; y Karate Kid, de John G. Avildsen. Entre los films nacionales de esta sección se encuentra Tiro de gracia, de Ricardo Becher, un documento fílmico sobre los inicios del rock en la Argentina recuperado por el Museo del Cine.
En la sección Noches especiales se presentarán cuatro títulos argentinos. El documental Juansebastián, donde Diego Levy aborda la figura del líder de los Ratones Paranoicos que devino en devoto religioso; Los adoptantes, de Daniel Gimelberg, comedia en la que un presentador gay de televisión tiene la necesidad de ser padre, pero cuya pareja duda acerca de su propia identidad; Baldío, lo nuevo de la directora Inés de Oliveira Cézar; y Pistolero, de Nicolás Galvagno, que marca el debut en el cine del ex boxeador Sergio “Maravilla” Martínez. En la Trayectorias se verá lo último directores reconocidos, como los chilenos Alberto Fuguet y Sebastián Lelio, el italiano Paolo Sorrentino, el alemán Werner Herzog, la francesa Mia Hansen–Løve, el mexicano Carlos Reygadas, el filipino Brillante Mendoza, el brasileño Gabriel Mascaro, además de los famosos Peter Bogdanovich, Lars von Trier, Abdellatif Kechiche, Peter Jackson, Kenneth Branagh y más.
Este año el festival presenta cinco competencias: Internacional, Nacional, Latinoamericana, Vanguardia y Género y Derechos Humanos. La primera de ellas, integrada por 15 películas, se verán las argentinas Monos, de Alejandro Landes, y Noemí Gold, de Dan Rubinstein, como así también L’homme fidèle, segunda película como director del actor francés Louis Garrel, hijo del cineasta Philippe Garrel. De la sección nacional, integrada por 14 títulos, participarán con sus últimos trabajos varias caras conocidas, como Santiago Loza, José Campusano, Raúl Perrone, Lilinana Paolinelli o Edgardo Castro. Y además secciones infaltables como la infantil Baficito; Nocturna, dedicada al cine de género; o Hacerse grande, que reúne distintas historias iniciáticas y de paso de la infancia a la madurez.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 17 de marzo de 2019

CINE - Entrevista a Mariano Minestrelli, director de "El hermano de Miguel": La búsqueda convertida en película

El de la dictadura y sobre todo el de los desaparecidos son temas que han llegado a convertirse en clásicos del documentalismo en la Argentina, conformando un universo amplio y ecléctico. Más allá de la cantidad, este subgénero surgido ad hoc produjo incluso algunas obras que resultan ineludibles no sólo respecto del tópico que las define, sino a partir de su forma cinematográfica. Los rubios (2003), de Albertina Carri, M. (2007) de Nicolás Prividera o El (im)posible olvido (2016), de Andrés Habegger, son excelentes ejemplos de ello. Curiosamente, en todos es la figura del familiar la que empuja el relato. Tanto Carri como Prividera y Habegger son hijos de de desaparecidos y sus búsquedas sin fin se extienden del territorio de lo real al cinematográfico como si no hubiera una frontera entre ellos. Estrenado ayer, el documental El hermano de Miguel, de Mariano Minestrelli, llega para sumarse a esa serie de películas de familiares en busca de respuestas y certezas que tal vez nunca encuentren.
 La película trae algunas novedades, en tanto no es el propio cineasta quien asume el protagonismo para ponerse al hombro simultáneamente a la película y la búsqueda, sino que se trata de un modelo más clásico. Acá Minestrelli se concentra en su rol de director para registrar la historia de Miguel Dicovsky, el protagonista, siguiéndolo en su esfuerzo por tratar de develar el destino de Gustavo, el hermano aludido en el título, desaparecido desde 1974. Minestrelli reconstruye la investigación que Miguel lleva adelante desde hace diez años, cuyo objetivo es el de conseguir que la desaparición de su hermano mayor sea incluida en la causa por los crímenes cometidos en el centro clandestino de detenciones conocido como Puente 12.
“La película surge como una iniciativa que me propuso Miguel, para que lo ayude a recoger y filmar algunos testimonios con el fin primordial de presentarlos a la justicia”, cuenta Minestrelli. “Miguel también imaginaba que con ese material se podía hacer un documental sobre su hermano. Ante eso mi impulso fue querer ayudarlo, pero antes tuve que pedirle tiempo para pensar cuál podía ser mi lugar y mi propuesta dentro de una posible película, considerando que se trata de un tema que el cine documental argentino ha trabajado bastante”, coincide el director.


-¿Cómo trabajó la película para intentar que ese abordaje resultara novedoso? 
-Le dije a Miguel que prefería que el protagonista del documental fuese él y no su hermano desaparecido. Porque si había algo con lo que yo me podía identificar era con su angustia y su impotencia ante el hecho de encarar él mismo una investigación para que recién ahí la Justicia le preste atención. Además me parecía pertinente que en ésta época el documental se apoyara en un relato acerca del mundo judicial, que es justamente algo que un documental de fines de los 90 o principios de los 2000 no hubiese tenido posibilidad de hacer, porque para eso hubo que esperar hasta después de la derogación de las leyes de obediencia debida y punto final. Por otro lado era innegable que si había algo curioso en esta historia es que se trata de un caso previo al 76, aunque de todas maneras con el transcurso de la investigación entendimos que igualmente era un caso inserto en todo un aparato de represión que comienza en esa época y se traslada (aunque con características distintas) a los años siguientes. 
-Todo eso marca diferencias respecto de los documentales más emblemáticos del género.
-Es que para mí no era posible entrar en el relato a la manera que lo hicieron Los Rubios o M., dos películas faro de esta temática, porque ahí los directores están directamente involucrados con los casos y terminan siendo ellos los protagonistas de las películas. Yo no tenía ni lugar ni razón de convertirme en personaje, ni apareciendo físicamente (al estilo de documentales como los de Sergio Wolf o Crisitan Pauls) ni a través de una voz en off. Entendí que lo mejor para esta historia era que Miguel tome ese lugar y que yo desde la puesta en escena intentara retratar todo como alguien que está a cierta distancia de las situaciones. Por eso casi toda la película fue rodada con un lente teleobjetivo, porque esa distancia era honestamente el lugar que yo ocupaba.  
-Esas son decisiones que también vuelven a El hermano de Miguel un relato mucho más clásico que los ejemplos citados.
-Estoy de acuerdo con que los recursos elegidos son clásicos del documental, pero al menos creo que fue un abordaje honesto y respetuoso con la historia de Miguel. Yo no tenía la intención de hacer tampoco una película muy críptica. Traté de que mi generación y la posterior pudiesen entender algo de la vida de una persona que tiene un familiar desaparecido, sin que por eso quede una película obvia  
-Por lo que se ve en la película Miguel parece ser un tipo muy sensible, pero también muy hermético, alguien a quien el contacto con los otros le resulta no digo difícil, pero sí complejo.
-Es que justamente la figura de Miguel no te remonta a aquellos familiares que a lo largo de estos más de 40 años han quedado más expuestos en los medios de comunicación, que tal vez tienen una historia de vida más épica. Miguel es un tipo que tiene un vivero, su vida familiar, pero como buena parte de otros familiares también participan de homenajes e intentan averiguar qué pasó con su familiar desde donde pueden.
-¿Eso lo complicó en la tarea de construir a Miguel Dicovsky como personaje cinematográfico?
-Era algo que me preocupaba cinematográficamente, porque quizás iba a resultar difícil que Miguel exprese emoción en cada plano que hiciésemos. También me parecía pertinente poder contar el lado B de familiares a los que les cuesta dar a conocer sus historias, pero que sienten la misma responsabilidad de investigar y mantener viva la memoria que aquellos que han tenido una lucha más intensa, como algunas abuelas o madres.
-¿Y cree que la película compensa ese “déficit épico” prestando atención a lo emotivo?
-Hay dos momentos de Miguel que creo son muy elocuentes en este sentido. Uno durante su encuentro con Silvia Ibárzabal, vicepresidenta de Afavita (Asociación Familiares y Amigos de Víctimas del Terrorismo en Argentina), hija del coronel Jorge Ibarzábal, asesinado por el ERP en esos mismos años. A ella Miguel le dice: "a mí no me pone contento filmar un documental". El otro momento es cuando termina el diálogo por skype que tiene con su cuñada y Miguel se queda sin palabras. Son dos momentos donde se rompe un poco ese hermetismo. Por otro lado en cada proyección que tuvimos siempre funciona la identificación del público con Miguel. Las ganas de la gente de abrazarlo al final de la película son de las cosas más reconfortantes que nos han pasado y creo que a Miguel lo han cambiado. No es el mismo que yo conocí antes de empezar a filmar.  
-No debe ser sencillo mantener la distancia que un cineasta necesita para no ser devorado por la historia que quiere contar cuando, como en este caso, el tema que se aborda te interpela de forma tan profunda.
-Volviendo al tema de mi preocupación por entender qué lugar debía ocupar como director en la película, hay algo que en su momento surgió charlando con Pablo Llonto, el abogado de Miguel, y con Carlos Somigliana, del Equipo de Antropología Forense, que es lo que me ha ayudado a seguir empujando el proyecto. Ellos planteaban que más allá de que se hubiesen hecho muchas películas sobre esta temática, tenía que pensar que por un lado cualquier expresión artística sobre el tema ayuda a seguir construyendo memoria colectiva. Y por otro que pensara, un poco utópicamente, que si de repente algún día, en una proyección perdida de la película, de repente una persona que pudo haber estado detenida en algún centro clandestino y que sobrevivió reconoce al hermano de Miguel, o se acuerda que estuvo con alguien de esas características y se anima a ponerse en contacto y aportar esa información, o bien si finalmente el caso del hermano de Miguel es tomado por la justicia y se investiga un poco más desde otro lugar y con más recursos, esa sola posibilidad hace que valga la pena haberla filmado.  
-Es particularmente conmovedora la forma en que la película maneja el encuentro entre Miguel y Silvia. Porque aunque la tensión entre ellos existe, también es cierto que a pesar de sus historias ambos parecen respetar de forma sincera el dolor del otro.
-La idea de poder entrevistar a Silvia Ibarzábal surgió ya desde el guión. Miguel tenía muchos reparos con eso y yo tampoco le insistí porque necesitaba que fuera entrando en confianza, para que lograra relajarse sin estar pendiente de la cámara y esas cosas. Debo decir que Silvia accedió cordialmente a la entrevista, pero seguro que había mucha tensión entre ellos. Para Miguel fue enfrentar como a un fantasma, porque por ahí Silvia no conocía el rostro de Miguel pero él sí el de Silvia, por la posición que ella ocupa en Afavita. Creo que ese encuentro lo fortaleció a Miguel, aunque obviamente nos hubiese gustado que ella aportara algún dato que sirviera para continuar la búsqueda.  
-¿Qué fue lo más difícil de esa escena?
-Desde la puesta en escena entendí que por un lado debía seguir en la línea de tomar distancia. Poner las cámaras lejos de ellos y usar el teleobjetivo para tomar de cerca sus rostros y sus expresiones, atento también a lo que transmitían sus miradas más allá de lo que se dijesen uno al otro. También creo que ese silencio al final de la escena es un momento bien cinematográfico que condensa toda la emoción que estaba en juego, más allá de las palabras.
-¿A qué tipo de dilemas lo enfrentó esa charla entre dos personas que representan miradas opuestas sobre el mismo tema?
-No pretendía que a partir de la película se reconciliaran ni nada similar, y de hecho ambos entendían que eso no era posible luego de tantos años de dolor. Además hubiese sido hipócrita de mi parte querer dejar esa sensación en el espectador. Creí que era necesario darle voz en el relato a esa "otra parte de la historia", no por una idea de memoria completa o esas cosas que se suelen decir, sino porque si realmente queríamos ir hasta las últimas consecuencias para intentar saber qué pasó, teníamos que escuchar qué tenía para decir la familia del militar. Y sobre todo respetar el dolor que ellos tenían con lo que pasó, sin comparar ni "medir dolores". 

Artículo publicado originalmente en el portal web de noticia www.tiempoar,com.ar.

jueves, 14 de marzo de 2019

CINE - "A dos metro de ti" (Five Feet Apart), de Justin Baldoni: La banalidad de las buenas acciones

Las buenas acciones no siempre se llevan bien con el cine. Los mensajes positivos, la militancia por las causas nobles o el papel de objetor de conciencia de la sociedad son un lastre al que pocas películas sobreviven. La raíz del problema no es difícil de identificar y puede resumirse con una vieja frase popular: el que mucho abarca poco aprieta. Es evidente que un director y un guionista ya tienen suficiente trabajo tratando de contar una historia de manera eficiente, como para además tener que preocuparse por salvar el mundo. Pero siempre hay alguien que lo intenta y todos los años aparece alguna película como A dos metros de ti, dirigida por Justin Baldoni, que enarbolando ese tipo de intenciones altruistas acaban fallando justo donde se supone que deben acertar: en el cine.
Es que esta película, que cuenta la historia de dos jóvenes que se enamoran en el hospital mientras están internados, tiene entre sus productores a la Claire’s Place Foundation, organización benéfica creada para apoyar “emocional y financieramente a las familias que luchan contra la fibrosis quística”. Misión loable, nadie lo duda, pero que da como resultado una historia tan acaramelada como dolorosa, por momentos también tierna, con una banda de sonido alimentada de pop melancólico, y que sobre todo no duda a la hora de cometer algunos excesos que es mejor no mencionar, con tal de asegurarse de que su mensaje se estampe en la cara de espectador con la fuerza de un cachetazo.
A dos metros de ti reutiliza el modelo Love Story, aquel clásico del “cine para llorar” en el que Ryan O’Neal enterraba a Ali MacGraw, pero se ahorra varios pasos. Meter a sus protagonistas en el hospital desde el comienzo es una señal clara: la película nunca oculta hacia dónde se dirige, un gesto de honestidad que debe ser reconocido. Y como si eso fuera poco, enseguida duplica la apuesta: debido a sus afecciones, los enamorados no pueden acercarse demasiado el uno al otro, mucho menos tocarse. De ahí el título.
La película intenta ser ingeniosa a través de sus protagonistas, obligándolos a imaginar formas para suplir ese contacto que se les niega. Pero por ese camino llega a extremos que coquetean con el absurdo, con escenas dignas de análisis freudiano en las que un taco de billar ocupa una oportuna función fálica. Pero todo muy light, porque esto no es Pasolini. Al final retuerce tanto la cosa que, en su afán de mantener a los tortolitos al borde del abismo, termina derrapando hacia lo risible. Tal vez los cineastas deberían evaluar la posibilidad de evitar la trampa de las buenas acciones como primer motor, para ocuparse de cumplir con su ley primera, la de contar una buena historia del mejor modo posible. Y dejar que el mensaje se las arregle solito con las leyes de Newton, para caer por el simple efecto de su propio peso.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Pägina/12.

CINE - "El hermano de Miguel", de Mariano Minestrelli: La tracción del sentimiento

“Es difícil alejarse del sentimiento”, le dice Diana a Miguel durante una charla que tienen, ella desde Roma y él en Buenos Aires. En esa frase, que surge durante el tercio final del documental El hermano de Miguel, dirigido por Mariano Minestrelli, se condesa buena parte del sentido ya no de la película, sino de la búsqueda que en ella se retrata. La de Miguel Dicovsky, quien desde hace más de diez años sostiene una pesquisa personal en la que busca aclarar el destino de Gustavo, su hermano mayor, desaparecido en 1974 tras un tiroteo con la policía en los arrabales de Lanús. Quien le habla vía Skype era la pareja de su hermano en aquel momento en el que ambos militaban en el ERP. Con sus palabras, Diana ilumina una realidad que aún siendo evidente suele quedar oculta por los hechos que le dieron origen: que la búsqueda de la verdad, la memoria y la justicia no sería posible sin el sentimiento, sin ese dolor que persiste en las víctimas vivas, las que sobrevivieron al tendal que dejó un proceso represivo que empezó antes del golpe de 1976.
Se trata de un documental de investigación, en el que Miguel regresa una y otra vez a los últimos momentos conocidos en la vida de su hermano, intentando resolver un misterio que ya lleva 45 años abierto. La forma de encarar la búsqueda es cinematográficamente conocida: visita a los espacios en los que los hechos ocurrieron, documentación judicial, recortes de prensa, material del archivo familiar, diálogos en los que cada testigo aporta el fragmento de información que posee. El avance del documental se asemeja al intento por montar un rompecabezas incompleto, pero en el que cada nueva pieza que se suma, en lugar de acercar a la solución, abre nuevas incógnitas.
El empeño de Miguel por lograr que se incluya el caso de su hermano dentro de la causa por los crímenes cometidos en el centro de detención conocido como Puente 12 y las charlas que mantiene con los distintos personajes que componen el coro de testimonios, van trazando el mapa de los hechos del pasado y dan cuenta del estado de situación actual. Pero como si se tratara de un dispositivo capaz de corporizar lo intangible, la película también materializa la esencia de la pérdida, concentrándose en la figura de Miguel, cuya búsqueda no solo pretende revelar el paradero de su hermano, sino sanar una herida propia. El nombre de la película resulta clarificador en ese sentido, afirmándose en el nombre del que busca y aludiendo a Gustavo apenas por su vínculo con el protagonista, una forma elegante de hacer que el acto de su desaparición también quede contenida en el título.
Aunque se ha dicho que en el plano de lo formal El hermano de Miguel no se aparta de las convenciones del documental clásico, hay una secuencia de potencia inusual, que quizá sea única en la filmografía dedicada a los desaparecidos. Se trata del encuentro que Miguel tiene con Silvia Ibarzábal, vicepresidenta de la Asociación Familiares y Amigos de Víctimas del Terrorismo en Argentina e hija del coronel Jorge Ibarzábal, asesinado por el ERP en esos mismos años. Silvia sostiene que Gustavo Dicovsky es el responsable material de haber matado a su padre y Miguel, por sugerencia de su abogado, se contacta con ella.
Con generosidad, el film elige mantenerse neutral en ese encuentro, sacando el foco de la historia para cerrar el plano sobre los sentimientos no tan distintos de Silvia y Miguel. El resultado revela la presencia de dos víctimas, que con nobleza parecen no imponerle al otro la máscara del enemigo, sino que apenas aceptan compartir entre ellos su dolor. Por supuesto que esa escena también aporta la sospecha de una zona fantasmal en el entramado burocrático detrás de la muerte de Ibarzábal y de la desaparición de Dicovsky, pero eso llega solo, sin necesidad de subrayarlo ni de forzar un conflicto. Y si bien la secuencia no habilita a cargar sobre ella el peso de una reconciliación, al menos abre la ventana a empezar a pensar que el dolor de los vivos no necesita de justificaciones para ser comprendido. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 11 de marzo de 2019

CINE - ¿Llegó la hora del primer superhéroe gay?: Rumores alrededor de las próximas películas de Marvel

La revolución de las identidades se va acercando de a poco al universo cinematográfico de los superhéroes. Ocurre que desde hace unos días empezó a correr un rumor muy fuerte en el que se indica que una de las próximas películas basadas en criaturas de la casa Marvel incluiría un personaje abiertamente homosexual. El uso del potencial no es casualidad: es que no hay comunicados oficiales que lo confirmen, sino una serie de indicios que le han permitido a algunos atrevidos de la web sumar dos más dos para sacar conclusiones. El tiempo dirá que tan aventuradas o certeras resultan dichas conjeturas.
La cosa es así. El sitio Thathashtagshow.com informó haber tenido acceso a la convocatoria de un casting de Marvel para la película basada en los personajes de la historieta The Eternals (Los Eternos). En ella se anunciaba la búsqueda de un actor hombre de entre de 30 y 49 años con aspecto de superhéroe, para ser uno de los protagonistas de la película que tendría su estreno en algún momento de 2020. A partir de eso Charles Murphy, miembro del equipo de Thathashtagshow, afirma que esta búsqueda estaría orientada a un actor abiertamente gay.
Pero hasta ahí llega la cosa, ya que no hay información que desde dentro de Marvel confirme esta información. Apenas una serie de manifestaciones de buena voluntad, realizadas de manera aislada por miembros importantes de los estudios, como su presidente el productor Kevin Feige, uno de los responsables del diseño de lo que se conoce como Universo Cinematográfico Marvel (MCU, según su sigla en inglés). Feige había expresado el año pasado durante la gira promocional previa al estreno de Ant-Man and the Wasp, sus buenos sentimientos respecto a la posibilidad de que algunos personajes de las próximas películas formaran parte de la comunidad LGBTI. Es decir: una bienvenida expresión de deseos.
Es cierto que para alcanzar el plano de la certeza a esta serie de esperanzadas conjeturas les falta bastante. Sin embargo la mera posibilidad debería resultar un motivo de alegría para quienes sueñan con una sociedad más abierta a aceptar las diferencias. Aún así se recomienda a los miembros de las comunidades LGBTI no descorchar el champagne antes de tiempo. Ocurre que no es la primera vez que una producción de Marvel amaga con dar el golpe de incluir un personaje de sexualidad no binaria en una de sus masivas producciones.
La primera vez fue en Thor: Ragnarok (2017), última entrega de la trilogía que tiene como protagonista al poderoso dios germánico del trueno. Previo al estreno la actriz Tessa Thompson, quien en la película interpreta a la combativa Valkiria, afirmó vía Twitter que había compuesto a su personaje pensándola como una “bisexual a la que le importa muy poco lo que piensen los hombres”. Aunque en tuits posteriores aclaraba que la película no incluía “referencias explícitas” de la sexualidad de Valkiria, para muchos la actitud y el lenguaje físico del personaje resultaron una alusión evidente.
Lo mismo se puede pensar de la protagonista de la recién estrenada Capitana Marvel, interpretada por la actriz Brie Larsson, a quien algunos críticos han calificado como demasiado masculina. Más allá de interpretaciones personales, ni Valkiria ni la Capitana dieron muestras concretas que permitieran definir su sexualidad.
El estreno de Pantera Negra, a comienzos de 2018, también arrastraba el rumor de incluir una escena donde dos personajes femeninos manifestaban sin temor sus mutuos sentimientos amorosos. Algunas ambiguas declaraciones de Joe Robert Cole, uno de los guionistas del film, parecieron confirmar que tal la escena existió, aunque finalmente habría quedado fuera del corte final, generando una nueva decepción.
Por el momento puede decirse que el superhéroe que más cerca ha estado de mostrar una sexualidad abierta es el escandaloso Deadpool. Tim Miller, director de la primera película basada en el personaje, estrenada en 2016, afirmó por entonces que no tenía dudas de que Deadpool era pansexual. Su trabajo se movió en esa dirección: durante una escena de sexo la novia del personaje se coloca un arnés con un portentoso consolador, iniciativa que el héroe acepta feliz de la vida. Es bastante, sin dudas, pero de ningún modo se trata de un personaje que se vincule con el mundo desde una perspectiva de género. Habrá que ver si el estreno de Los eternos, dentro de casi dos años, representa por fin un gesto de apertura definitivo hacia superhéroes cuyas identidades vayan más allá del modelo tradicional. 

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.