lunes, 13 de julio de 2015

LIBROS - "Ana Frank. Biografía gráfica", de Sid Jacobson y Ernie Colón: Tristeza en cuadritos

Hace muy pocas semanas atrás se cumplieron sesenta y ocho años de la publicación original del famoso Diario escrito durante la Segunda Guerra Mundial por la niña Ana Frank durante los más de dos años que permaneció escondida, junto a su familia y otras cuatro personas, en un cuarto secreto ubicado en la parte trasera del edificio donde funcionaba la fábrica de Otto Frank, su padre. Ahí se mantuvieron encerrados en condiciones miserables desde el 6 de julio de 1942 hasta su detención y posterior deportación al campo de concentración de Bergen-Belsen, ocurrida el 4 de agosto de 1944, donde su hermana Margot y ella finalmente murieron. Sesenta y ocho años de un documento que describe como pocos los horrores de uno de los períodos más tristes y espantosos de la historia humana. El libro, basado en las notas que la pequeña Ana tomó durante todo ese tiempo con la idea de utilizarlas como base para una novela que tenía la esperanza de publicar una vez acabada la guerra, representa el registro vívido de una tragedia abominable, pero sin embargo escrito de una manera tan fresca que consigue hacer aún más pronunciado el contraste con la realidad que narra, convirtiéndose en la mejor luz para alumbrar aquellos hechos oscuros. 
El Diario fue publicado por primera vez el 25 de junio de 1947 bajo el título de La casa de atrás –el nombre que Ana había elegido para su proyectada novela— a instancias de Otto Frank, el único sobreviviente no sólo de su familia sino de los ocho que habitaron aquel escondite. Otto había recibido el diario de su hija de mano de dos de las personas que los habían ayudado durante esos años clandestinos, quienes lo hallaron oculto en aquella “casa de atrás” poco después de la detención de la familia Frank y las otras cuatro personas. Desde entonces se ha convertido en un testimonio ineludible no sólo de su época, sino de la memoria colectiva universal, publicándose ininterrumpidamente a lo largo y ancho de todo el mundo y en casi todas las lenguas conocidas.
Sin embargo la reciente edición de una versión adaptada al género de la historieta, a cargo de los artistas estadounidenses Sid Jacobson y Ernie Colón, representa una nueva oportunidad para acercarse a un texto que a esta altura tiene carácter de ineludible. Publicada por editorial Sudamericana bajo el título de Ana Frank. Biografía gráfica, el trabajo de Jacobson y Colón ofrece la oportunidad de acceder al relato de la pequeña Ana desde el formato de la novela gráfica, permitiendo que tal vez nuevos lectores puedan conocer la conmovedora historia de la familia Frank. El libro no sólo recorre completa la narración del diario, sino que ayuda a entender el marco histórico en el que aquellos hechos tuvieron lugar, aportando importantes detalles de contexto que hacen de esta una versión ampliada del registro autobiográfico de la autora. 
Por supuesto que la efectividad de Ana Frank. Biografía gráfica no sería posible sin la pericia de sus autores, nombres sino fundamentales por lo menos muy importantes dentro de la historia reciente del cómic norteamericano. Por un lado, Jacobson es un histórico del mundo de la historieta. Fue editor de la mítica editorial Harvey Comics, donde creó títulos sumamente populares en todo el mundo, como Gasparín, el fantasma amigable. También trabajó en la casa Marvel, una de las dos más importantes del mundo dentro del género, y también en Hanna-Barbera Comics, donde escribió gran cantidad de historias originales para sus personajes clásicos. Por el otro, el dibujante Colón, estadounidense pero de origen portorriqueño, empezó trabajando como rotulista para después convertirse durante más de veinte años en dibujante interino hasta afianzarse como freelance en el medio, llegando a colaborar tanto con la compañía Marvel como con DC Comics, su eterna competidora. Fue así como conoció a Jacobson y empezó a colaborar con él. Juntos crearon la versión gráfica del Informe 11-S, en el que reconstruye los atentados perpetrados en 11 de septiembre de 2001 contra las torres del World Trade Center en Nueva York, y una segunda parte con muchas más conclusiones, titulado El mundo después del 11-S. En 2009 volvieron a aliarse profesionalmente para hacer una biografía gráfica de Ernesto Che Guevara. 
Puede concluirse, entonces, que se trata de dos intérpretes valiosos para permitirles ocupar el papel de guías a través de la historia tan triste como valiente de Ana Frank, aquella niña con alma de mujer que soñaba con ser escritora y periodista. Tal vez ella haya tenido que pagar con un destino de horror los pecados de una especie capaz de devorarse a sí misma como ninguna otra en este mundo; sin embargo sus sueños, sus esperanzas y su historia se han convertido en inmortales y colectivos. Una de las lecciones que la humanidad nunca deberá olvidar.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.

jueves, 9 de julio de 2015

CINE - "La horca " (The gallows), de Travis Cluff y Chris Lofing: Vigilar y castigar

Aunque se trata de la enésima película de terror basada en el recurso de contar a partir del material registrado por los protagonistas con sus propias cámaras (celulares y cámaras domésticas) para simular que se trata de hechos reales, no es esa la única recurrencia que es posible hallar en La horca, de los directores y guionistas Travis Cluff y Chris Lofing (este último debutante absoluto en la dirección). Si por un lado el film reutiliza los recursos popularizados por la fundacional El proyecto Blair Witch (que La horca homenajea de modo explícito, aunque no está del todo claro si la cita es premeditada o inconsciente), la película también reproduce los tics de las películas de terror de estudiantes secundarios/universitarios ya abordados con eficiencia infinitamente mayor en casos como Carrie de Brian De Palma, basada en la novela del rey del terror Stephen King, y hasta parodiadas e hipertextualizadas en la no menos interesante La cabaña del terror de Drew Goddard. Teniendo en cuenta dichas indicaciones, el aporte de este trabajo ya no al cine sino al menos a su propio género, es por completo nulo. Porque no sólo no hay nada nuevo, ni desde lo narrativo ni desde lo estético, que llame la atención en La horca, sino que en ningún momento representa una reescritura interesante de lo que ya se ha visto mil veces. 
Tras una breve escena tomada de un video casero que registra como durante una representación de la obra “La horca” que realizan los alumnos de una escuela en 1993 uno de ellos muere estrangulado accidentalmente, una placa avisa que todo lo que se verá a continuación es evidencia policial de un caso real. Y lo que se ve es como, 20 años después, un grupo de alumnos de la misma escuela decide volver a poner en escena la obra maldita, alrededor de la cual se han tejido mitos fantasmales. Todo es registrado por Ryan, típico alumno canchero y abusivo que va a todas partes con su cámara a cuestas, poniendo en escena el exhibicionismo 2.0 de los adolescentes modernos, para quienes el registro audiovisual se convirtió en parte indivisible de la vida cotidiana. No es descabellado creer que en la actualidad el personaje de John Travolta en la mencionada Carrie se comportaría más o menos como Ryan. Es él quien le propone a su amigo Reese, otro chico de los “populares” que está a cargo del papel protagónico en la obra, una incursión nocturna para romper todo y que la representación no pueda hacerse. Cualquiera puede completar qué es lo que pasa cuando finalmente se meten al colegio esa noche junto a dos chicas. No deja de sorprender que el cine norteamericano siga reproduciendo en pleno siglo XXI esta puritana versión paranormal de vigilar y castigar, que por un lado se empeña en ver a la adolescencia como un pecado que se paga con la muerte y que por otro aplica soluciones de ultratumba al problema del bullying. Aunque es probable que en este caso nada de todo eso haya sido hecho con premeditación.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

sábado, 4 de julio de 2015

CINE - Entrevista con Silvia Di Florio y Gustavo Cataldi, directores de "Anconetani": Tras la mágia de un personaje

Inesperadamente vasto, el documental Anconetani, en el que Silvia Di Florio y Gustavo Cataldi intentan hacer un retrato de la familia de fabricantes de acordeones cuyo apellido da nombre a la película, consigue trascender lo biográfico e incluso lo meramente documental, para presentar una historia que puede ser leída como una narración cinematográfica en la que relatos bien diversos se encargan de engrosar y superar el nudo central de lo que en principio quería ser narrado. La película toma como marco de referencia a la casa que la familia Anconetani ocupa desde su radicación en la Argentina en 1918, en cuyo piso superior se encuentra el taller/fábrica en el que desde 1948 los integrantes de este verdadero linaje de luthiers se dedica a la creación de acordeones. Objetos que han alcanzado un carácter mítico, llegando a generar devoción entre los músicos que los utilizan. Pero los directores parecen haberse encontrado con un sorpresivo obstáculo para contar su historia: Nazareno Anconetani, el único de los cinco hijos de don Giovanni (fundador de este longevo emprendimiento) que aún se encontraba con vida cuando el rodaje se llevó a cabo.
Más allá de su rol de patriarca, la figura de Nazareno representa una digresión en sí misma, al punto de que la película termina partida en varias líneas narrativas, de las cuales la más importante se ocupa de él. Di Florio y Cataldi comienzan a seguirlo casi con obsesión, como si sus rutinas fueran causa de un embrujo que los obliga registrar su trabajo, sus costumbres, sus anécdotas. Al terminar la película, hasta el último espectador quedará convencido de que no había forma de contar esta saga familiar, arquetípico relato de inmigrantes italianos, que no fuera en torno a Nazareno. “Durante el rodaje de mi película anterior, el documental Raul Barboza, El sentimiento de abrazar, supe que había un lugar donde se habían fabricado los primeros acordeones de Barboza”, cuenta Di Florio. “Así conocí a Nazareno, un ser entrañable que transmitía con amor y alegría las historias que atesoraba”, completa. “Cuando ella me habló de los Anconetani me dijo uno de ellos estaba vivo y que era un personaje increíble”, confirma Cataldi; “lo que nunca imaginé es que me iba a enamorar tan rápido”. Enseguida admite que enloqueció desde el momento que entró al negocio, “y todavía no había conocido a Nazareno”. Di Florio dice que el taller de Nazareno es “un lugar increíble que te transporta en el tiempo a los años ‘30 o ‘40” y que enseguida sintió que “ahí había algo para contar”.  

-¿Eran consientes del carácter múltiple de la historia que querían contar?  
SDF-La verdad que nos dejamos llevar por lo que sentimos. Arrancamos con una historia que tenía más que ver con la casa y la fábrica, pero enseguida Nazareno comenzó a tomar protagonismo. 
GC-Sabíamos que estábamos ante una variedad de temas dentro de la misma historia, el asunto es que a medida que avanzábamos, nos íbamos dando cuenta que Nazareno tenía una manera de contar que nos terminó cautivando. 
SDF-El era “el duende” del lugar, siempre tenía algo nuevo para contar o para mostrarnos. El día que lo encontramos grabando en un grabador a cassette sus reflexiones sobre la vida, la historia o las noticias del día, percibimos que ahí había algo que nos cautivaba y contagiaba algo casi mágico. 
GC-Al principio respetamos nuestro plan, pero cuando nos sentábamos a ver el material sentíamos que las sensaciones que estábamos viviendo durante el rodaje no aparecían. Ahí tomamos la decisión de dejar que fuera Nazareno el que nos guíe, por la sencilla razón de que era la parte viva de la historia.  
-Pero eso termina produciendo que otros integrantes del clan familiar queden un poco desdibujados, como los cuatro hermanos de Nazareno.  
SDF-Sentíamos que él era capaz de sostener la película y no fue necesario profundizar en otras historias. 
GC-La decisión de que Nazareno sea el eje de la historia nos marcó un estilo narrativo relacionado directamente a lo observacional. Necesitábamos ser fieles a lo que nosotros vivíamos estando con él, 
SDF-Creo que cuando vas encontrando la historia que querés contar, tenés que elegir y renunciar a contar cosas o a dar información que no es necesaria, o que lo que puede hacer es sacarte del eje de lo que estás contando. Los hermanos de Nazareno fueron muy importantes en la historia de la fábrica y de la familia, sin embargo, darles protagonismo en este documental, hubiera significado hacer otra película.  
-La película consigue convencer de que se está ante un hombre extraordinario. ¿Cómo fue convivir con él y su familia?  
GC-Haberlos conocido fue un bálsamo. Fue volver a la época de mis abuelos, donde se juntaban a festejar con música y tarantelas en mesas enormes, y mi viejo tocando la pandereta. Todo eso lo revivíamos durante la cena familiar que hacían todos los miércoles: Naza armaba su batería, se sentaba a tocar y se iban sumando familia, amigos. ¡Se armaban cada fiestones! 
SDF-Compartir ese rodaje con Nazareno fue reaprender el valor de la palabra, el sentido de la alegría, el amor por la música y la dedicación al trabajo. Encontrar a este duende de 90 años levantándose todos los días a las 6 de la mañana para estar a las 7 en el taller, siempre con una sonrisa, un gesto cariñoso y con buenas historias para compartir con los visitantes, era lo mejor que te podía pasar. 
GC-Hubo una anécdota que nos hizo descubrir al verdadero personaje. Cada vez que programábamos ir a filmar, sus sobrinas Cocky, Susy y Elvira, hermosas personas, lo vestían de punta en blanco y él aparecía peinado, una pinturita. Hasta que un día fuimos sin avisar y lo encontramos en camiseta, gorro de lana y unos pantalones que para que no se le caigan los tenía que agarrar con una soga: un autentico inmigrante italiano. Con Silvia dijimos: este es el Naza auténtico. A partir de ahí nunca más avisamos cuando íbamos a filmar.
-¿Qué es lo mejor que les ha dejado filmar Anconetani y qué sienten que han dejado en el camino? SDF-Una película para mí siempre es un enorme aprendizaje. En este caso es un documental que tiene que ver con las raíces, la identidad y los valores. Tratamos de resignificar valores que siento que poco a poco se van extinguiendo y lo que me queda después del contacto profundo con Italia, mis raíces y mi propia identidad, es un rastro, una huella que se dibujó durante el rodaje y me seguirá grabada para siempre. 
GC-Por un lado haber conocido a una valiosísima persona como Nazareno, y a una familia hermosa que nos abrió su casa para poder vivir esas fiestas tanas que tanto me marcaron de chico. También siento que al hacer la película dejamos un respetuoso y sentido registro de una familia de inmigrantes que resignifican los valores de la vida en cada uno de sus actos. Eso no te lo quita nadie. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo

viernes, 3 de julio de 2015

CINE - "Relápago en la oscuridad", de Germán Fernández y Pablo Montllau: El hombre, el metal y la fe.

Si realmente hubiera una forma de entender la historia del heavy metal en la Argentina, Relámpago en la oscuridad, dirigido por Germán Fernández y Pablo Montllau, podría ser una herramienta importante. Documental que se presenta como la historia de Alberto Zamarbide, el Beto, cantante y nombre fundamental en la aparición de la banda V8, virtuales fundadores del género a nivel local, resulta ser no sólo eso. En primer lugar porque, sin dejar de hacer centro en la figura del vocalista (contar su historia equivale de algún modo a contar la historia del género en el país), el film tiene la generosidad de convertirse además en un acercamiento a V8 que por primera vez reúne las voces de todos los músicos que alguna vez pasaron por ahí, incluido al controvertido Ricardo Iorio –bajista, líder y miembro fundador de aquella banda que hoy es leyenda–, cuya presencia tiene varios valores agregados.
Para empezar, es la primera vez que Iorio acepta participar de un proyecto como éste, mérito no menor dado el carácter esquivo del músico. Pero ese éxito consiste no sólo en recoger su testimonio, sino en haber conseguido mantenerlo a raya. Quien haya visto los reportajes a su persona, perpetrados por el conductor Beto Casella, sabrá de los desbordes de los que es capaz el histriónico rey Ricardo. Para probar la importancia de contar de primera mano con su versión de la historia, basta recordar la negativa del popular bajista a participar de otro documental, La H de Nicanor Loreti, donde lo que se narra es la historia de Hermética, segunda banda fundada por él, que consiguió erigirse como la más popular en la historia del género en el país, aunque no la más importante. Ese lugar sin duda le pertenece a V8 y entonces Relámpago en la oscuridad se convierte además en un pequeño e infrecuente acto de justicia cinematográfica.
Pero hay logros aún más importantes que este documental de corte tradicional y correcta factura alcanza sin estridencias, sin necesidad de alzar la voz, toda una paradoja tratándose de heavy metal. Relámpago en la oscuridad consigue ser un atractivo relato acerca de la fe que no se limita a las creencias religiosas de Zamarbide (con su banda Logos, Beto es también un pionero del metal cristiano en el país), sino la fe entendida ya no como vínculo con una hipótesis divina, sino como motor esencial de toda acción humana. En el camino se encarga por un lado de trazar un perfil político para el heavy metal, género que suele ser reducido a roles de reparto grotescos o monstruosos dentro del arco rockero. Por el otro, de reparar a sus artistas, de quitarles el estigma de rebeldes sin causa con el que históricamente se ha querido vaciar el rol contestatario que las bandas más pesadas sostienen con orgullo, aun a costa de ser relegadas a espacios marginales. Y, por fin, de bajar a los músicos de heavy metal del pedestal de hombres duros, para mostrarlos simplemente como lo que son: hombres a secas. Hombres con sueños y tristezas. Hombres con esposas, hijas, madres. Como la mamá del Beto, que recuerda no sin ternura como su hijo adolescente se juntaba con sus amiguitos de “rulitos largos”, “todos pibes buenos”, a hacer ruido en el sótano de la casa familiar en Chacarita. Eso habrá sido entre 1980 y 1981, años en los que para andar por la calle con campera de cuero, cinturones con tachas y los rulitos largos había que tener los dos huevos bien puestos.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 2 de julio de 2015

CINE - "Anconetani", de Silvia Di Florio y Gustavo Cataldi: Un documental que es Legión

Anconetani, dirigida por Silvia Di Florio y Gustavo Cataldi, es una película que pretende ser algo que no es pero que, de manera sorpresiva, resulta ser muchas otras cosas, convirtiéndose en un inesperado Aleph cinematográfico. (Ojalá María Kodama no lea esta crítica). Así, Anconetani no es una película sobre la tradicional fábrica de acordeones fundada por un inmigrante italiano algunos años después de la Segunda Guerra, ni sobre su hijo Nazareno ni sobre las nietas que heredaron y aún siguen adelante con la empresa familiar, manejándola como si todavía vivieran en 1950. O sí, tal vez sea eso, pero de manera superficial. Anconetani es en realidad el retrato de una forma de vivir y de entender la vida tan anacrónica como sus protagonistas. “Hacemos acordeones porque se lo prometimos a mi padre”, admite uno de los hermanos de Nazareno desde un viejo registro fílmico, haciendo que la película se convierta al mismo tiempo en una historia de fantasmas y en una lección de ética en la cual la palabra sigue siendo un bien de valor innegociable.
Pero el film es también el registro de un hallazgo antropológico que muestra, hoy, como era la vida de una familia de inmigrantes en Buenos Aires durante la primera mitad del siglo XX. Como un yacimiento arqueológico, la casa de los Anconetani –en cuyos altos se encuentra el taller en el cual desde hace casi 70 años se fabrican de manera artesanal los acordeones que llevan por marca el apellido de esta dinastía de luthiers- acumula los detalles, las señales, los usos y las costumbres de una familia italiana casi como si sus integrantes recién hubieran bajado del barco en 1918, año en el que el viejo Anconetani decide radicarse en esta ciudad, procedente de Ancona. Una máquina del tiempo en donde, en plena era digital, el conocimiento y la tradición aún sobreviven a través de la transmisión oral, ofreciendo una prueba adicional del poder de la palabra.
 Aunque en rigor lo sea, Anconetani tampoco es un documental. El film de Di Florio y Cataldi puede ser visto como ficción. Como una saga familiar que, en contra de lo que podría pensarse, revela que las reproducciones farsescas que ensayaban programas televisivos como Los Campanelli o Los Benvenutto eran en realidad frescos bastante certeros de una identidad viva y fundacional de la cultura argentina. Más aún, Anconetani podría ser el relato de unas memorias inventadas y repetidas hasta convencerse de que en sí mismas son el testimonio de un pasado auténtico. Es el propio Nazareno quien se encarga de aportar una prueba para sostener la tesis de la película como artefacto de potencia ficcional: “De Ancona tenemos todos los recuerdos que nos contaba mi papá; entonces, la conocemos como si hubiéramos estado allá”. 
Desde ahí, Anconetani puede ser también una suma mitológica que de algún modo recupera la figura de los Lares, aquellos diosecitos romanos protectores del hogar. Siempre entre las herramientas y las piezas infinitas de los acordeones, Nazareno recuerda que un día su madre prometió que, una vez muerta, si alguna vez conseguía volver a visitarlos desde el más allá, lo haría asumiendo la forma de una gata. Cuando años más tarde una gatita desconocida comienza a visitar el taller, Nazareno se pregunta si aquella no será su madre cumpliendo con la promesa. Desde entonces ella descansa todos los días sobre el banco de trabajo, junto a Nazareno, y cada noche él la despide con un cálido: “Ciao, mamma”.
Pero en esta lista de las películas posibles que pueden hallarse dentro de Anconetani, la más destacada sea quizá la historia de amor. O amores, porque no es uno sólo, sino una legión. El amor de un hombre por un oficio que luego sus hijos aceptan como herencia, sólo por amor; el de una familia por su propia mística, al que las nietas de Don Anconetani le dan forma de museo y lo trasmiten a los chicos de las escuelas primarias que lo visitan; el de un grupo de hombres devotos de los sonidos y los objetos que los producen, ellos mismos la mínima expresión de ese amor de amores que la humanidad siente por la música. Y por fin, pero no necesariamente al final, el amor de los directores por Nazareno, ese personaje extraordinario de nobleza transparente sin el cual ninguna de estas películas sería posible. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.