Luis Ortega es uno de esos artistas que no ponen las cosas fáciles a la hora de pensar sus películas y Dromómanos, que le valió el premio al mejor director en la Competencia Argentina del Bafici 2012, es el ejemplo perfecto de las dificultades de semejante empresa. El primero de esos trances (una palabra que tanto remite a un problema como a un estado alterado de la percepción) surge de la idea de realidad que la película propone: un espacio en donde tanto pueden reconocerse muchos perfiles de “lo real”, pero siempre atravesados, envueltos, esfumados o saturados de formas y recursos que extrañan el relato de tal modo que hacen pensar en el concepto de universo paralelo.
Pero hay realidades paralelas y realidades paralelas, y si se quisiera apelar al recurso siempre tranquilizador de encerrar dentro de una categoría a un objeto libre e inclasificable, puede decirse que aquello que construye Ortega en Dromómanos tiene menos del País de las Maravillas de Lewis, que de los fantasmagóricos y siniestros mundos lyncheanos de Imperio o Mullholland Drive.
El relato comienza en la calle, en la más miserable, penosa y sórdida de las versiones que pueden tenerse de lo callejero. Gente revolviendo la basura con avidez, la misma con la que los exploradores buscaban oro en el desierto a finales del siglo XIX. Un adolescente con enanismo junto a una amiga molestan a una anciana desencajada, pidiéndole con insistencia una frazada, en una esquina muy cercana al Obelisco porteño. La cámara que se zarandea en torno de la escena y un montaje apresurado crean un falso clima de desprolijidad. Porque si de algo puede presumir esta quinta película de Ortega (las anteriores son Caja negra, Monobloc, Los santos sucios y Verano maldito) es de una precisión que no necesita hacer alardes de virtuosismo. Todo lo contrario: Ortega filma de un modo tan sucio y políticamente incorrecto como es posible, tratando de alejarse de los cánones hegemónicos de belleza. No es casual que muchos de sus personajes remitan a los protagonistas de Freaks (1932), de Todd Browning, o El tambor de hojalata (1979), de Volker Schlöndorff, basada en la novela de Günter Grass. La apariencia formal de Dromómanos es la de esos protagonistas, una película cinematográficamente contrahecha, pero tan capaz como ellos de desafiar la capacidad de asombro del espectador, exigiéndole dar, en lo ético o en lo estético, siempre un paso más.
Ortega reúne una galería de personajes que habitan en los márgenes, e incluso más allá, pero no se regodea en la marginalidad (aunque es necesario decir que él mismo, como director, amenaza todo el tiempo con ir a parar también del otro lado). El niño enano y su novia, cuyas dificultades físicas no le impiden ser tan celosa como cualquiera; un joven border que reparte sus días entre el psiquiátrico y el caótico departamento de quien pareciera ser su doctor, pero que no presenta un estado mental muy diferente del supuesto paciente; una muchacha que tiene un cerdito por mascota y a quien su camino la dejará cara a cara con la mismísima muerte. Ortega parece caer antes que descender por sus propios medios, a un mundo subterráneo y perdido, para, desde ahí, ofrecer paisajes que tienen su mejor correlato en algunas de las escenas infernales creadas por pintores como El Bosco o Brueghel el Viejo.
Nota bene: para quienes aún no se hayan avivado de que el final de El conjuro, la película de terror de James Wan que tiene a todo el mundo hablando maravillas, arruina un film hasta entonces muy bien construido, Ortega les regala un exorcismo que, sin intenciones de hacer terror, es uno de los más originales, inquietantes y siniestros que se hayan filmado nunca.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
domingo, 6 de octubre de 2013
LIBROS - "El duelo", de Joseph Conrad: Un héroe, dos héroes; ningún héroe
Parece un ejercicio de lógica o matemática, teoría de conjuntos quizá: no todos los libros que empiezan de forma maravillosa son obras maestras, pero todas las obras maestras empiezan de forma maravillosa. “Napoleón I, cuya carrera fue una especie de duelo contra la Europa entera, desaprobaba los lances de honor entre los oficiales de su ejército. El gran emperador militar no era un espadachín y tenía bien poco respeto por las tradiciones.” Más o menos ese es el comienzo de El duelo, una de las tantas grandes novelas que escribió el polaco Joseph Conrad, una de las pocas cuya acción transcurre lejos del agua. Fue abrir el libro y no poder dejarlo, amor a primera lectura para quien, como yo, creció enamorado de la épica y los relatos mitológicos. Porque hay una épica mítica en esta historia acerca de dos oficiales del ejército francés, tan opuestos en su carácter como unidos por la idea de que el honor es el bien más preciado de un hombre que se precie. Conrad le saca chispas a la oposición de esos atributos y, como lectores, no se puede sino agradecer la bendición de caer hipnotizados por este relato donde a falta de un héroe hay dos. O tal vez ninguno. Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.
jueves, 3 de octubre de 2013
CINE - "Elysium", de Neill Blomkamp: Cuando la ciencia ficción critica
Los Estados Unidos han sabido construir su propia leyenda, esa en la que se proclaman La Tierra de las Oportunidades. Hollywood es el mascarón de proa del sueño americano, la mejor encarnación de esa fantasía que representa (sobre todo para quienes no son estadounidenses) la posibilidad de que los cuentos de hadas sean reales y de que cualquiera pueda ser el protagonista. Son incontables los artistas –directores, actores, lo que sea- que llevan sus esperanzas al valle californiano para convertirse en estrellas, pero pocos los que lo logran, porque hay algo que el cuento omite: mejor no soñar ese sueño si no se tiene talento (o dinero que lo supla). El sudafricano Neill Blomkamp es uno de los benditos que lograron alcanzar esa tierra prometida de productores y estudios millonarios. No es casual que Peter Jackson, otro que consiguió abordar el arca, haya sido productor de Sector 9, exitosa ópera prima de Blomkamp, donde una nave alienigena varada sobre Johanesburgo resultaba una oportuna referencia al Apartheid. Elysium es su segundo film y tiene muchos puntos de contacto con aquel debut de 2009. Ambos comparten no sólo un género, la ciencia ficción, sino un dispositivo dramático compuesto por más o menos los mismos elementos. Si Sector 9 narraba en tiempo presente, Elysum elige un futuro no muy lejano que vuelve a poner en escena la lucha de clases, y en donde la frontera caliente que separa a México de los Estados Unidos reemplaza al Apartheid como fondo metafórico. El mundo se ha convertido en una enorme favela desbordada de pobres, enfermos y criminales que siguen siendo la mano de obra que sostiene a la casta que está por encima. Literalmente encima: los ricos han abandonado el planeta para mudarse a Elysium, una mega estación orbital donde continúan sus vidas perfectas. Se trata de un juego de doble encierro, el sueño de Micky Vainilla hecho realidad: un country en el espacio para ricos y un gueto para pobres que tiene el tamaño de la Tierra entera. El problema es el de siempre, que los pobres quieren acceder a los beneficios de pertenecer. Pero Bomkamp es inteligente: no pone a sus pobres a desear banalmente el lujo y la comodidad, sino que deja en primer plano algunas cuestiones bastante más primarias, como la salud. Aunque, se verá, esos mismos elementos derivarán en un final algo recargado de melodrama. Pero para que adelantarse.
Max es uno de esos pobres que creció soñando con el ascenso social que esta vez coincide con un ascenso a los cielos –la metáfora religiosa forma parte de la receta y no debe descartarse—. Operario en una fábrica, Max recibe una descarga accidental de radiación que le deja sólo cinco días de vida y la única forma de salvarse es entrar ilegalmente a Elysium, meterse en una casa y curarse usando la unidad médica que todas familias tienen allá arriba. Como le ocurría a Wikus, protagonista de Sector 9, Max deberá buscar ayuda donde menos lo esperaba y como en aquella película, hay un mercenario que irá tras él. En ambos casos son intereses sociales y corporativos los que convierten a los dos personajes en presas de caza. La diferencia está dada por el punto de vista. Mientras Wikus era un funcionario pequeño burgués que debía buscar aliados entre los marginados para defenderse de la voracidad caníbal de su propia clase, Max es un lumpen cuyo destino lo forzará, no del todo contra su voluntad, a convertirse en subversivo. Y Matt Damon es el actor perfecto para ese papel, como lo demuestra la magnífica trilogía Bourne, donde el problema también era un sistema vicioso y corrupto. Más allá del final con regusto religioso, algo sensiblero y música al tono, Blomkamp demuestra que la ciencia ficción, lejos de ser un instrumento para alabar la tecnocracia, siempre fue una eficaz herramienta crítica. Claro que eso no valdría nada si fracasara su mecanismo narrativo, pero Elysium es, antes que nada, una película capaz de imponer su relato a partir de legítimas virtudes cinematográficas.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
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jueves, 26 de septiembre de 2013
LIBROS - "Háblame de amores", de Pedro Lemebel: Crónicas de un río desbordado - Entrevista con Pedro Lemebel
Ayer nomás se echó a andar el 5º Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA), que por primera vez se realiza en simultáneo con la ciudad de Santiago de Chile, repartiendo su agenda con generosidad a ambos lado de esa cordillera que, como una cicatriz abierta, separa dos países que es mejor pensar unidos. Como muestra definitiva de buenas intenciones, el FILBA ha propuesto un intercambio de embajadores bien dispuestos a dar testimonio en favor de ese vínculo. Puestos a elegir un representante para encabezar ese cuerpo diplomático de grandes escritores chilenos de paso por Buenos Aires, no caben dudas de que Pedro Lemebel es la persona indicada.
Tal vez porque, como su literatura, se trata de un hombre apasionado y no hay mejor combustible que la pasión para alimentar cualquier historia de amor, que es el tema al que Lemebel le pone voces en Háblame de amores, su libro más reciente que acaba de editar el sello Seix Barral. Curiosamente el escritor acaba de someterse a una operación en la garganta y apenas sostiene la suya, su propia voz, a la que debe cuidar como a una niña. Pero en las páginas del libro no sólo hay lugar para el amor, la amistad y otros sentimientos por el estilo, sino también para la furia, el desborde o la más triste desilusión, como ocurre en su texto sobre el fútbol u otros incluidos en el capítulo “Susurros con vitriolo”. Tal vez sea bueno saber cuánta es la distancia que separa a la furia del amor dentro del alma de Lemebel. “¡Furioso amor!”, exclama bajito el escritor ante la pregunta. “Es bello ese desacato, pero un poco agotador. Me gustaría contestarte con más experiencia, pero sólo conozco la furia, que a mis alturas es una leve rabia, una iracunda ternura. El amor no lo conozco, che”, completa Lemebel.
En la portada del libro -una colección de crónicas breves que abarcan un temario amplio y plástico como la realidad- puede verse al autor todavía adolescente, cuyo gesto desborda inocencia, esperanza y deseo, mientras el reflejo de una ciudad sobre el agua del río le guarda las espaldas. Y pareciera que ese desborde que se intuye en su carita de nene, es el mismo que aparece en sus textos y que a su vez es reflejo de otro, mucho mayor, que fluye como agua de río hasta la literatura directo desde su propia vida. Quizá sea por eso que la crónica ha sido la herramienta que eligió para trabajar con el lenguaje. “¿Desbordes de qué? ¿Cuáles son los bordes?”, pregunta Lemebel. “Nunca vi el mundo con baranda”, dispara con toda intención. “La escritura en sí misma es un desbocado flujo que rebalsa la página y las fronteras de los géneros, cuando es una escritura brava, alteradora que corroe el manoseado canon borgeano… ¡Huy!: termina en ano.” Lemebel en estado de gracia.
-Dedicaste tu obra principalmente al trabajo sobre la crónica, ¿qué es lo que hace que sigas enamorado del género?
-Creo que soy escritor, pero no sé si de crónicas como se entienden desde el periodismo de investigación. Este discurso me permite el cruce de retazos iletrados, gráficos y visuales, que a veces se politizan con mi biografía marica y mi afán izquierdista. He intentado volver a la novela después de Tengo miedo torero y no me sale, se me acaba el aliento, es como lo que me pasa para hablar laringectomizado.
-Pero la realidad parece confabularse con vos, proveyéndote todo el tiempo de nuevas excusas. ¿Existe algún secreto, algún ejercicio para afinar la observación?
-A veces escuchando una canción, saco de contexto una frase y esa lírica me retorna a algún lugar de escritura. Siempre recomiendo escribir cartas como ejercicio escritural, es bueno creer que se tiene un destinatario amoroso. Un de las herramientas que uso es la canción popular. Monsivais, el gran cronista mexicano, decía que yo tenía un oído privilegiado. De la canción popular es de donde extraigo mis títulos, mis nombres. Viste que todo empieza por el nombre, como mi carrera de escritor, que empezó cuando me cambie el apellido paterno por el de mi madre… Lemebel tintineaba musical, sonaba a cristal tu corazón…
-Mencionás la política y hace unos años Chile fue noticia por el surgimiento de movimientos estudiantiles que reclamaban por una mejor educación, en un país cuyo aparato estatal parece más preocupado por los índices del crecimiento comercial que por el fomento cultural. ¿Ha desaparecido ese fervor político?
-No desaparecen los estallidos sociales, hacen eco en otras inquietudes y renacen con otros reclamos, y siguen acumulando bencina en alguna esquina del desacato. Pero algunos jóvenes dirigentes de las marchas ahora están de candidatos al parlamento, y me parece que en el fondo es lo que querían. Era política no poesía, como puse en mi facebook. Quizá esa sea la forma de intentar cambiar las injusticias en educación, pero a mí me sigue apasionando la molotov. Adoro ese crepitar, hay una erótica del reclamo callejero: no concibo una marcha sin el fuego.
-A 40 años del golpe de Pinochet, otra noticia que llega desde Chile es la aparición de iniciativas que desean indagar en el pasado en busca de cierta reparación histórica. Ante eso fueron apareciendo distintas personalidades que mostraron algún tipo de arrepentimiento por su participación con aquel régimen. ¿Cómo ves a la sociedad chilena frente a ese desafío?
-Mucho espectáculo lagrimero, aunque fue muy bueno que se mostrara lo que nunca se vio en cuanto a testimonios. Es curioso este país: es como si los chilenos nunca hubieran sabido lo que ocurrió en dictadura. Ver a Víctor Jara en televisión fue emocionante, pero también es indignante saber que tuvieron que pasar tantos años para ver esto. Y la culpa fue de la democracia cartucha y miedosa, que tranzó con una televisión fascista para ocultar la memoria y el crimen oficial. Pero el festival de los perdones de la derecha fue un show decadente. Fue mucho espectáculo con el tema, también lo fue para el rating televisero. Para los auspiciadores. “Deten la lágrima con el zapping: vamos a comerciales”.
-Volviendo a la crónica, ¿hacia dónde creés que está yendo y hacia dónde pensás que debería ir?
-Mira, cuando empecé a escribir crónica, año 87, todos querían ser novelistas. Ahora la moda crónica es un poco ansiosa y farandulesca, mucho viaje, mucho aeropuerto con whisky: esa crónica neoliberal me apesta. También la que se cree verdadera, tiene un aire de investigación objetiva que no soporto. Periodismo soplón con cámara en mano, es como un allanamiento. No hay escrituras más desafiantes o rupturistas, aunque Cristian Alarcón y su periodismo con olor a pueblo, me gusta, pero debería revolcarse más en su antropofagia social. También me gustan las chicas del Teje, las del Soy [Suplemento de temática de género del diario Página/12]: La Naty, la Noy , la Susy... todas están tejiendo otro mapa de Buenos Aires maricucho… pero no necesitan madrinas académicas, tampoco el dandismo siútico a lo Wilde, que es tan conservador , ¿no crees?
-Nombrás a Fernando Noy y este año el festival reparte sus actividades como si Buenos Aires y Santiago fueran ciudades siamesas. Supongo que acá en Buenos Aires volverás a encontrarse con él, que también es algo así como un alma hermana a quien le dedicás uno de los textos de tu libro. Imagino que esa familiaridad que te une a Fernando se proyecta también sobre esta ciudad.
-Ahora por fin Editorial Planeta me publica en Buenos Aires y es una celebración. Vengo de pasada, con una nueva cicatriz de voz de vieja, de ultratumba, un ronquido que me dejó la laringectomia, sin cuerdas vocales, y no puedo hablar mucho. La ciudad ruidosa es mi enemiga, las bocinas, los gritos: hablo muy bajo y tengo que competir con el perro, con el llanto de la beba, con la bocina que me deja muda… aunque la mudita es sexy…
-¿Y la Noy?
-A Noy le tengo cariño, es una diosa… Namasté.
Pedro Lemebel en el FILBA
En el marco de las actividades del 5º Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, Pedro Lemebel se presenta esta noche a las 21:30 en el MALBA, av. Figueroa Alcorta 3415, en una performance liga los derechos humanos con las problemáticas en torno a las minorías sexuales.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
Tal vez porque, como su literatura, se trata de un hombre apasionado y no hay mejor combustible que la pasión para alimentar cualquier historia de amor, que es el tema al que Lemebel le pone voces en Háblame de amores, su libro más reciente que acaba de editar el sello Seix Barral. Curiosamente el escritor acaba de someterse a una operación en la garganta y apenas sostiene la suya, su propia voz, a la que debe cuidar como a una niña. Pero en las páginas del libro no sólo hay lugar para el amor, la amistad y otros sentimientos por el estilo, sino también para la furia, el desborde o la más triste desilusión, como ocurre en su texto sobre el fútbol u otros incluidos en el capítulo “Susurros con vitriolo”. Tal vez sea bueno saber cuánta es la distancia que separa a la furia del amor dentro del alma de Lemebel. “¡Furioso amor!”, exclama bajito el escritor ante la pregunta. “Es bello ese desacato, pero un poco agotador. Me gustaría contestarte con más experiencia, pero sólo conozco la furia, que a mis alturas es una leve rabia, una iracunda ternura. El amor no lo conozco, che”, completa Lemebel.
En la portada del libro -una colección de crónicas breves que abarcan un temario amplio y plástico como la realidad- puede verse al autor todavía adolescente, cuyo gesto desborda inocencia, esperanza y deseo, mientras el reflejo de una ciudad sobre el agua del río le guarda las espaldas. Y pareciera que ese desborde que se intuye en su carita de nene, es el mismo que aparece en sus textos y que a su vez es reflejo de otro, mucho mayor, que fluye como agua de río hasta la literatura directo desde su propia vida. Quizá sea por eso que la crónica ha sido la herramienta que eligió para trabajar con el lenguaje. “¿Desbordes de qué? ¿Cuáles son los bordes?”, pregunta Lemebel. “Nunca vi el mundo con baranda”, dispara con toda intención. “La escritura en sí misma es un desbocado flujo que rebalsa la página y las fronteras de los géneros, cuando es una escritura brava, alteradora que corroe el manoseado canon borgeano… ¡Huy!: termina en ano.” Lemebel en estado de gracia.
-Dedicaste tu obra principalmente al trabajo sobre la crónica, ¿qué es lo que hace que sigas enamorado del género?
-Creo que soy escritor, pero no sé si de crónicas como se entienden desde el periodismo de investigación. Este discurso me permite el cruce de retazos iletrados, gráficos y visuales, que a veces se politizan con mi biografía marica y mi afán izquierdista. He intentado volver a la novela después de Tengo miedo torero y no me sale, se me acaba el aliento, es como lo que me pasa para hablar laringectomizado.
-Pero la realidad parece confabularse con vos, proveyéndote todo el tiempo de nuevas excusas. ¿Existe algún secreto, algún ejercicio para afinar la observación?
-A veces escuchando una canción, saco de contexto una frase y esa lírica me retorna a algún lugar de escritura. Siempre recomiendo escribir cartas como ejercicio escritural, es bueno creer que se tiene un destinatario amoroso. Un de las herramientas que uso es la canción popular. Monsivais, el gran cronista mexicano, decía que yo tenía un oído privilegiado. De la canción popular es de donde extraigo mis títulos, mis nombres. Viste que todo empieza por el nombre, como mi carrera de escritor, que empezó cuando me cambie el apellido paterno por el de mi madre… Lemebel tintineaba musical, sonaba a cristal tu corazón…
-Mencionás la política y hace unos años Chile fue noticia por el surgimiento de movimientos estudiantiles que reclamaban por una mejor educación, en un país cuyo aparato estatal parece más preocupado por los índices del crecimiento comercial que por el fomento cultural. ¿Ha desaparecido ese fervor político?
-No desaparecen los estallidos sociales, hacen eco en otras inquietudes y renacen con otros reclamos, y siguen acumulando bencina en alguna esquina del desacato. Pero algunos jóvenes dirigentes de las marchas ahora están de candidatos al parlamento, y me parece que en el fondo es lo que querían. Era política no poesía, como puse en mi facebook. Quizá esa sea la forma de intentar cambiar las injusticias en educación, pero a mí me sigue apasionando la molotov. Adoro ese crepitar, hay una erótica del reclamo callejero: no concibo una marcha sin el fuego.
-A 40 años del golpe de Pinochet, otra noticia que llega desde Chile es la aparición de iniciativas que desean indagar en el pasado en busca de cierta reparación histórica. Ante eso fueron apareciendo distintas personalidades que mostraron algún tipo de arrepentimiento por su participación con aquel régimen. ¿Cómo ves a la sociedad chilena frente a ese desafío?
-Mucho espectáculo lagrimero, aunque fue muy bueno que se mostrara lo que nunca se vio en cuanto a testimonios. Es curioso este país: es como si los chilenos nunca hubieran sabido lo que ocurrió en dictadura. Ver a Víctor Jara en televisión fue emocionante, pero también es indignante saber que tuvieron que pasar tantos años para ver esto. Y la culpa fue de la democracia cartucha y miedosa, que tranzó con una televisión fascista para ocultar la memoria y el crimen oficial. Pero el festival de los perdones de la derecha fue un show decadente. Fue mucho espectáculo con el tema, también lo fue para el rating televisero. Para los auspiciadores. “Deten la lágrima con el zapping: vamos a comerciales”.
-Volviendo a la crónica, ¿hacia dónde creés que está yendo y hacia dónde pensás que debería ir?
-Mira, cuando empecé a escribir crónica, año 87, todos querían ser novelistas. Ahora la moda crónica es un poco ansiosa y farandulesca, mucho viaje, mucho aeropuerto con whisky: esa crónica neoliberal me apesta. También la que se cree verdadera, tiene un aire de investigación objetiva que no soporto. Periodismo soplón con cámara en mano, es como un allanamiento. No hay escrituras más desafiantes o rupturistas, aunque Cristian Alarcón y su periodismo con olor a pueblo, me gusta, pero debería revolcarse más en su antropofagia social. También me gustan las chicas del Teje, las del Soy [Suplemento de temática de género del diario Página/12]: La Naty, la Noy , la Susy... todas están tejiendo otro mapa de Buenos Aires maricucho… pero no necesitan madrinas académicas, tampoco el dandismo siútico a lo Wilde, que es tan conservador , ¿no crees?
-Nombrás a Fernando Noy y este año el festival reparte sus actividades como si Buenos Aires y Santiago fueran ciudades siamesas. Supongo que acá en Buenos Aires volverás a encontrarse con él, que también es algo así como un alma hermana a quien le dedicás uno de los textos de tu libro. Imagino que esa familiaridad que te une a Fernando se proyecta también sobre esta ciudad.
-Ahora por fin Editorial Planeta me publica en Buenos Aires y es una celebración. Vengo de pasada, con una nueva cicatriz de voz de vieja, de ultratumba, un ronquido que me dejó la laringectomia, sin cuerdas vocales, y no puedo hablar mucho. La ciudad ruidosa es mi enemiga, las bocinas, los gritos: hablo muy bajo y tengo que competir con el perro, con el llanto de la beba, con la bocina que me deja muda… aunque la mudita es sexy…
-¿Y la Noy?
-A Noy le tengo cariño, es una diosa… Namasté.
Pedro Lemebel en el FILBA
En el marco de las actividades del 5º Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, Pedro Lemebel se presenta esta noche a las 21:30 en el MALBA, av. Figueroa Alcorta 3415, en una performance liga los derechos humanos con las problemáticas en torno a las minorías sexuales.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
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CINE - "Príncipe Azul", de Jorge Polaco: Las dificultades de contar para uno mismo
Enfrentar un objeto inclasificable como Príncipe azul de Jorge Polaco supone varias dificultades, porque la película quizá amerite antes una lectura psicoanalítica que la de un crítico para intentar comprender las intenciones que en ella habitan. De nada sirve ensayar algunos puentes: podría parecer que hay algo de los universos barrocos de Guy Maddin; de los pastiches kitsch de John Waters o del desenfreno de Bruce La Bruce, pero se trata de contactos superficiales, ligeros. Tampoco son útiles otras referencias que escapan de lo cinematográfico, como la obra del artista gráfico catalán Nazario o las performances porteñas de Batato Barea, alusiones culturales ineludibles de los años 80. Parece haber un poco de todo en la película, pero Polaco se queda a medio camino o peor, muy lejos de los extremos que representan cualquiera de estas citas. Es el desarrollo estético que plantea el director lo que pone en cuestión la cosa misma: ¿es cine lo que filmó Polaco? El interrogante no intenta ser burlón, todo lo contrario: hay elementos que indican que Príncipe Azul es antes teatro filmado que cine; de hecho los títulos avisan que se trata de la adaptación de una obra homónima de Eugenio Griffero, estrenada en los años ´80. Se puede decir entonces que algunas de las dificultades de la película tal vez tengan su origen en una adaptación fallida, como si no hubiera conseguido traducir con eficiencia el texto original al lenguaje del cine, como si se hubiera atado demasiado a él. Y ese problema lleva al siguiente, siempre en forma de pregunta. ¿Qué idea de teatro es la que tuvo en mente Polaco a la hora de filmar en 2013? Las referencias a los trabajos de Batato y compañía en los 80 no son gratuitas. Príncipe Azul se desarrolla en escenarios recargados de cruces blancas, de maniquíes desnudos, de arañas de cristal y bancos de plaza que escapan a toda pretensión realista. Sobre esa misma línea se orientan las actuaciones, que parecen más cercanas al divague y al discurso libre que al patrón de un texto. A mitad de la segunda década del siglo XXI, una pretensión de surrealismo tan crasa y obvia no puede ser vista sino con algo de fastidio. Sobre todo porque se trata de una idea de teatro que no sólo ha sido gastada en los 80, sino que hasta fue parodiada con maestría por un grupo de actores surgidos de aquella misma escena, en el programa televisivo de culto Cha Cha Cha.
Así como los personajes de Príncipe Azul fingen ir tras un deseo pero se quedan atormentándose a sí mismos con la homosexualidad, la vejez y la fealdad, Polaco hace una película masturbatoria y tanática, que habla sola como los locos, no se sabe si por imposibilidad o por voluntad propia. Podrá argumentarse que Polaco es Polaco y que la dificultad para entenderlo dice más acerca de quien se ha quedado fuera de su obra que del propio director. Puede que sea así. Pero desde afuera cabe preguntarse si en realidad, como la profecía autocumplida de quien se impone a sí mismo el rango de maldito, no es el propio Polaco quien construyó su texto con toda la intención de abandonarse a la soledad de su torre de marfil cerrada por dentro.
Artículo publicdo originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
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