domingo, 8 de mayo de 2011

ENTREVISTA - Iván Fund y Santiago Loza, directores de la película Los labios.

Los labios, la película que dirigieron a dúo Santiago Loza e Iván Fund, es una de las más importantes del año pasado y se estrena recién ahora, luego de un intenso itinerario por festivales. Un camino que tuvo su cúspide en el premio a mejor actriz otorgado en conjunto a las protagonistas Adela Sanchéz, Victoria Raposo y Eva Bianco, en la sección Un Certain Regard del festival de Cannes. Se trata del primero que recibe el cine argentino en el festival más importante del mundo, desde los obtenidos por Pino Solanas hace más de 20 años.
La película ocurre en la intersección de ficción y documental (ver recuadro). Algunos de sus personajes son representados por la gente del pueblo de San Cristóbal donde se rodó. Personajes que tal vez para el espectador se parezcan demasiado a la realidad (o a las fantasías respecto de determinados estereotipos de realidades que en verdad se desconocen). Sin embargo, para los directores ese cruce, esa mutua asimilación de realidades y fantasías, nunca representó un problema. “Nunca lo sentimos como un límite, porque sabíamos lo que no queríamos que fuera la película en lo ético y en lo estético”, afirma Fund. Loza, su compañero, agrega que “todo lo que iba apareciendo trascendía la simple exposición, que cada persona que aparece como personaje tiene una entidad dramática y una identidad. Y la película se toma el tiempo para retratarlos como individuos”. “No había posibilidad de una mirada miserabilista ni ofensiva”, completa Fund.

–¿Creen que Los labios es una película política?
Loza: –Sí, pero no es cine político ni social, no es una película de denuncia. Hay política, pero desde una zona muy íntima.
Fund: –Hay una médula que tiene que ver con otra cosa.
Loza: –Si es político hablar de la ternura, entonces es una película política. Pero desde ella no se propone ningún tipo de solución.
–Está claro que no es una película militante.
Fund: –Si por militancia se entiende creer, tener fe en algo, entonces sí. Fuimos a buscar algo, a ver si existía, y eso aparece en el film.
Loza: –Pero no es coyuntural: no se refiere a algo que pasa aquí y ahora. De hecho el cuentito de las forasteras que van al paraje alejado y terminan siendo parte de ese lugar, es algo que puede pasar ahora, hace 50 años y seguirá pasando. No tiene que ver ni con el gobierno actual ni con una idea política concreta.
–Cómo funcionó la experiencia de cruzar dos miradas estéticas como la que pueden tener cada uno individualmente.
Fund: –Ocurre que tenemos una amistad, y empezamos a trabajar en Los labios hace cuatro años.
Loza: –Cuando llegó el rodaje no sólo habíamos escrito un guión: también habíamos hecho apuntes en contra del guión, lo habíamos refutado. Entonces cuando empezamos a rodar ya había una profunda confianza, la necesaria para renunciar o aceptar lo que el otro puede proponer.
–No hubo necesidad de chocar.
Loza: –No: chocamos siempre; pero en el rodaje no tanto, porque había que actuar. Pero claro que tuvimos diferencias y hubo mucha discusión.
Fund: –Si bien puede ser que cada uno tenga caminos distintos, fuimos para el mismo lado.
Loza: –Las miradas estéticas son distintas y en la película está esa puja.
–Hay una escena en la cual las protagonistas se alejan por un camino y un nene las sigue y se va de la mano de una de ellas. Esa escena define con precisión el cruce entre realidad y ficción que ocurre dentro de la película. ¿Con qué premisas se manejaron para guiar eso?
Fund: –La premisa era permitir que sucediera.
Loza: –Aceptar que pudiese suceder.
Fund: –De hecho esa es una de las escenas que sucedió naturalmente.
–Y se nota.
Loza: –Después hay un trabajo enorme de edición de Lorena Moriconi, pero la base de eso estuvo en permanecer abiertos.
Fund: –Fue necesario no sólo construir, sino permitirnos recibir, estar atentos. Sobre todo las actrices.
Loza: –Sentimos que a veces el mundo se abría generosamente hacia nosotros. Pensar que toda esa gente que colaboró no había tenido ningún contacto anterior con el cine, ni con la construcción de la ficción. Y respondieron con una naturalidad que a veces no encontrás en muchos actores. Estaban en sintonía con algo de lo que buscaba la película.
–Eligieron tres protagonistas mujeres. ¿Por qué necesitaban contar la historia desde lo femenino?
Loza: –Nunca hubo otra opción, nunca lo cuestionamos. No hubo una decisión al respecto: para nosotros siempre fueron mujeres.
Fund: –Después uno empieza a encontrar motivos o explicaciones. Podíamos sospechar lo que eso podía significar y después empezaron a aparecer reflexiones que venían a completar lo que ya estaba dado.
Loza: –También está la cuestión del título, Los labios, que nos gustó siempre.
Fund: –Porque tiene que ver con lo sensorial, con una forma de contacto con el mundo. Claro que hay un universo muy femenino, pero trasciende la cuestión de género.
–Aunque cada uno tiene su carrera, por recorrido, por trascendencia, por difusión, Los labios tal vez sea la película más exitosa de ambos.

Loza y Fund se miran, dudan. No parecen contentos con la observación.

Fund: –Si por exitosa se entiende ganar un premio en Cannes: seguro, sí. Pero yo no me puedo quedar en eso. Está buenísimo, pero no.
Loza: –Ojalá se repita eso, pero el verdadero éxito es que la película exista.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 5 de mayo de 2011

CINE- Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo, de Mariano Cohn y Gastón Duprat: La crueldad humana

El nuevo trabajo de la dupla constituida por los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat (aunque virtualmente se trate de un trío: todas sus películas de ficción han sido escritas por Andrés Duprat, hermano de Gastón), Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo, igual que las dos anteriores -El artista (2008) y El hombre de al lado (2009)- trae nuevamente mucha sal en los bolsillos y tela para cortar. En sus trabajos anteriores, Cohn y Duprat presentaron algunos tópicos interesantes que no pasaron inadvertidos, y su tercera ficción renueva esa costumbre. Si en El Artista se planteaba el problema de los límites del arte y los artistas, y en El hombre de al lado las preguntas eran sobre todo materia social, en su nuevo film insisten con un juego entre creación, creador y criatura, que no parece inocente. Una de las discusiones potenciales es ética tanto como estética, y puede resumirse sencillamente: qué responsabilidad tienen un escritor, un pintor o, para el caso, un director de cine sobre sus personajes. ¿Son responsables de las circunstancias que atravesarán sus criaturas una vez liberadas a esos mundos de papel o celuloide? ¿Hasta dónde pueden permitirse intervenir en los hechos que vivirán o el modo en que van a hacerlo?
Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo comienza en un lugar y quizá una época remota, con la historia de un mercader que es alcanzado y muerto por un rayo en el desierto. Por milagro, y refutando las leyes meteorológicas que indican que jamás un rayo cae dos veces en el mismo punto, el hombre es revivido por otra descarga. Igual que ocurría con Christopher Walken en La zona muerta, ese ir hacia la luz y volver le dejará un don. Pero lejos de Cronemberg, este hombre entre perverso y juguetón (como un chico), no vivirá ese poder como un castigo ni lo usará con prudencia, sino para divertirse de manera anónima a costa de otros (la vieja diferencia entre “reírse de” o “reírse con”).
Hay quienes creen que el trabajo del artista es el de mero amanuense, un médium, la herramienta indispensable para que las historias pasen del limbo a la materia -un mal necesario-, y que mientras menos se note su presencia más perfecta será la obra. Enfrente están los que creen que es un demiurgo omnipotente, entre cuyas prerrogativas se encuentra la de poder tener a sus personajes para el cachetazo, sólo por el capricho de contar una historia a gusto. Aquí se ubica el beduino revivido y también los directores. Como se les criticó a los hermanos Cohen más de una vez, o a ellos mismos en El hombre de al lado, estos otros hermanos (los Cohn-Duprat), usarán a su personaje para dar con otro, Ernesto, el protagonista de Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo, y por su intermedio manipularlo y demolerlo no con uno, sino con varios destinos crueles. Ernesto es un hombre aplastado por más de 60 años de una vida rica en frustraciones, a la que los directores, a través de un narrador -Alberto Laiseca, actuando magistralmente de sí mismo-, se permiten calificar de mediocre. Que es cierto: tal vez su vida y Ernesto mismo sean mediocres pero que, también tal vez, sea una conclusión a la que el espectador podría llegar por sí mismo. Claro que la calificación abierta de mediocridad permite un desborde de humor negro y áspero al respecto y aquí es donde se sospecha el abuso. Como si el juego fuera maltratarlo. Aquel beduino del comienzo encuentra a Ernesto en su pueblo y le propone regresar en el tiempo, a la fecha que él desee, para volver a vivir 10 años de su vida de la manera que mejor le parezca. En ese lapso, en la actualidad apenas se demorará lo que tarde en ir a comprar cigarros al kiosco (de ahí el título). A cambio recibirá un millón de dólares. Ernesto volverá a distintos pasados, siempre dando muestras de ineptitud, cobardía y otros defectos. Pero lejos de no tener salida, pareciera que fueran los propios directores quienes se las escondieran con malicia, sólo para disfrutar con sus derrotas: es una burla y no una crítica a la mediocridad.
Cohn y Duprat se suben al vértice de una pirámide de depredadores, dedicándose a ver y disfrutar de la paja en el ojo ajeno. Debajo de ellos viene el narrador, que no duda en reírse de la mediocridad de Ernesto pero también del beduino, quienes con poder en sus manos, también ellos sólo atinan a maltratar a los demás. El resucitado abusará de Ernesto y este, de todos aquellos a quienes crea que han colaborado en el pasado para castigarlo con un presente infeliz. El resultado es una comedia efectiva pero amarga (amarguísima), en la que los directores vuelven a lucirse sacando a actores como Emilio Disi y Darío Lopilato (que interpretan a Ernesto en diferentes etapas de su vida) de sus estereotipos televisivos, para redondear interpretaciones muy interesantes. Mención aparte para las conocidas dotes histriónicas de don Alberto Laiseca, que con su tono entre rural y sádico, consigue contar con gracia las crueldades más arbitrarias.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y espectáculo de Página/12.

CINE - Vienen por el oro, vienen por todo, de Pablo D'Alo Abba y Cristian Harbaruk: El pueblo unido

El paisaje parece de tarjeta postal, de esas que se engolosinan mostrando la monumental sucesión de curvas y rectas salpicadas por gruesas capas de blanco, y a primera vista consiguen impactar. Sin embargo, esos murales vivos que retratan las montañas no alcanzan a engañar a nadie: como aquellos cartógrafos abnegados de Borges, que urdieron el mapa de un imperio de igual tamaño que el imperio mismo, se intuye que la realidad es todavía más desmesurada y exuberante y perfecta de lo que puede verse en la inmensa pantalla de un cine. Entre esas moles de mineral y nieve, un hombre se viste con ropa humilde de trabajo, cierra su pequeña casilla de madera con una cadena y un candado y se va a trabajar. A descargar camiones. Aquello es Esquel y la acción transcurre en 2002, a poco de desatada la crisis que mantuvo al país de rodillas por algunos años largos, y el nivel de desocupación que asfixia a la ciudad llega a rozar el 40%. Aunque se trata de uno de los puntos más visitados de la Argentina, algunos de los vecinos reconocen que la plata del turismo se la reparten tres o cuatro, que dan trabajo, es cierto, pero pagan poco y mal. Es lógico que en ese escenario la llegada de un emprendimiento minero para la extracción de oro a gran escala represente una posibilidad para sostener una esperanza que no se quiere perder y que Esquel sienta que las oportunidades regresan. Pero los cuentos de hadas, está probado, no existen.
La ópera prima de Pablo D’Alo Abba y Cristián Harbaruk, el premiado documental Vienen por el oro, vienen por todo, retrata la odisea colectiva que emprendió la comunidad de Esquel a partir de la propuesta de la empresa Meridian Gold de crear una gran mina a cielo abierto en medio de las montañas, para explotar una veta de oro. El proyecto dividió a la gente de Esquel entre quienes apoyaban el proyecto (impulsado desde el estado provincial) como una necesaria fuente de trabajo, y quienes lo rechazaban, a sabiendas de las innumerables contras que, apenas escarbando un poco, empezaban a aparecer. Es que para abrir una mina de esa clase es necesario hacer desaparecer (literalmente) la mitad de una montaña, utilizando grandes cantidades de explosivos. Uno de los ingenieros a cargo del proyecto le explica a un grupo de vecinos (y a las cámaras) que para obtener 10 gramos de oro es necesario volar una tonelada de roca. Apenas 10 gramos, que luego se separan de la piedra utilizando millones de litros de agua y cianuro. El impacto ambiental de semejante combo no sólo afectaría al paisaje y las especies sino también, tarde o temprano, a la buena salud de la población de Esquel.
Lo interesante de Vienen por el oro, vienen por todo, es la eficiencia con que los directores explican de manera didáctica que las compañías extranjeras se benefician con una ley de minería promulgada en tiempos del menemismo. Mientras tanto, retratan el proceso de lucha de un grupo de vecinos que se oponen firmemente a la mina, sin olvidar en ningún momento los atendibles argumentos de la otra parte. Para una familia de desocupados crónicos, ¿qué diferencia hay entre morirse lentamente de hambre o lentamente envenenados? Lo curioso es que el grupo de gente que apoyaba la llegada de la mina era de una heterogeneidad social llamativa, ya que reunía a personas de clase media alta (aquellos que de uno u otro modo se beneficiarían con el emprendimiento) y la masa de desocupados o subocupados, cuya situación reclamaba una solución urgente.
En la polaridad de ese grupo es donde se volvía evidente que los problemas de fondo en Esquel eran otros, y que nada tenían que ver con la tramposa oportunidad de la minería a cielo abierto. Problemas que debían ser resueltos y que D’Alo Abba y Harbaruk han sabido expresar con claridad en el relato que hilvanan. Tanto como el corte transversal que realizan para retratar el conflicto social y el seguimiento de una resolución ejemplarmente democrática. Sin mayores trastornos y mediante un plebiscito popular, el proyecto fue al fin rechazado por el 82% de los votantes y Esquel todavía disfruta del perfil virgen de sus montañas. Aun así, las oficinas de Meridian Gold nunca abandonaron la ciudad. ¿Será que para los buitres lo último que se pierde también es la esperanza?


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

lunes, 2 de mayo de 2011

ENTREVISTA - Mario Sabato: Fragmentos de memoria

SABATO Y BORGES, ENTRE ESCRITORES. Cuando vino la caída de Perón, la llamada Revolución Libertadora, a mi padre lo nombraron director de Mundo Argentino, una revista. En un momento le llegó una denuncia seria de que se estaba torturando a obreros y sindicalistas peronistas. Y mi padre lo denunció en la revista y en una audición de Radio Nacional en la que estaban Borges, papá y otros. Y me parece que a Borges esa denuncia le pareció de muy mal gusto. Esa fue la razón histórica de la pelea. En aquel momento lo desprecié profundamente a Borges: yo era muy chiquito, pero ya sabía que no había torturas buenas y torturas malas y me parecía que alguien que ejercía la literatura, una de las cosas más nobles que puede hacer alguien, no podía tener semejante mezquindad. Por suerte la gente recuerda al Borges que vale, que es ese gigantesco literato. Y es que no merece ser recordado: Borges como persona es muy inferior a Borges como literato y en definitiva eso es lo que va a quedar en la literatura. A esta altura del partido, yo no estoy tan convencido de lo que creía entonces, que una excelente película o un maravilloso poema correspondían a una excelente persona. Lamentablemente no es así. A veces no es así, a veces sí. En definitiva, no importa demasiado y menos si uno no es contemporáneo. […]
Pero no creo que aquella disputa haya sido enriquecedora de ninguna manera. Para ninguno de los dos. Aunque también era imposible que no sucediese, porque aquel era tiempo de pasiones y era bueno que existieran las pasiones. Y la disputa, por otra parte, no fue por razones minúsculas ni muchísimo menos: denunciar las torturas y los fusilamientos de los que habían sido sus opositores, como en el caso de mi padre, es algo para mí tan importante o más que cualquier obra. Lo que pasa es que después de todo eso, a pesar de todo eso, lo que queda es la obra. Y eso es lo trascendente; lo demás tiene que ver con el compromiso cotidiano, que tiene que estar y nadie, ningún ser humano, es capaz de ser tan generoso como para olvidarse de las mezquindades, de las tradiciones, de los oportunismos. […] Con la experiencia, con el tiempo, uno mantiene las convicciones más importantes, las básicas, las que importan, y empieza a darse cuenta al mismo tiempo que del resto sabe muy poco. Que no es tan fácil juzgar, que no es tan fácil determinar y que muchísimas veces uno se equivoca cuando lo hace. No creo que la duda sea la jactancia de los intelectuales: creo que es la ventaja de los intelectuales. La ventaja comparativa que podemos tener, dudar. No estar seguros, contradecirnos. Buscar y buscar. Buscar sabiendo que uno, la mayor parte de las cosas que busca, no las va encontrar. […]
Entonces pienso que ambos perdieron mucho en esos años que estuvieron separados. […] Pero esos son los efectos de conocerse, los inconvenientes de conocerse, porque los literatos de repente (parece inconcebible pero es así) tienen pasiones minúsculas: celos, esos celos que podría tener una chica de barrio, a ese nivel.
Papá se llevaba bien con algunos escritores un poco mayores que él, como Marechal o Gombrowicz, a quien conoció bastante y a quien promovió un poco en Buenos Aires. Pero con Cortázar, por ejemplo, tenían una relación distante: no se querían demasiado y era por esos celos. Ese es un buen ejemplo de celos, esas cosas pequeñas, minúsculas, ridículas, pero muy divertidas. Cosas que uno conoce cuando está cerca. Borges, por ejemplo, era mezquino. Y mezquino mal: jamás lo elogió públicamente a un escritor gigantesco y su íntimo amigo Bioy Casares, con quien mi padre no se llevaba mal, aunque eran muy diferentes. Mi padre en cambio podía ser… tal vez la palabra más correcta sería justamente esa: celoso. Como un chico.

ERNESTO Y MATILDE, UNA HISTORIA DE AMOR. Yo creo que si hay bienes gananciales, la obra de mi padre debería haberlo sido. Papá escribió por mamá: obligado por mamá, incentivado por mamá, corregido por mamá. Impulsado por mamá. Y lo triste de esto es que mi madre era un excelente poeta y jamás quiso publicar. Es decir, se dio a sí misma el destino de ser quien empujaba y sostenía a mi padre. Y no fue solamente eso, sino que realmente mi madre fue la única persona sensata en mi casa: ella era absolutamente imprescindible, para todos. Así que yo creo que las obras de él deberían estar firmadas por Ernesto y Matilde Sabato. Si yo pudiera como heredero hacer esto, sería un acto de justicia.

SABATO Y LA MUERTE
. Creo que papá se olvidó de morir, ese es el punto. Es la edad: por la edad uno se olvida cosas y bueno, creo que él se olvidó de morir. Tiene una tenacidad notable. Más allá de los chistes que él hacía, si en el momento en que filmamos aquellas escenas con las que más tarde realicé la película Ernesto Sabato, mi padre, yo le hubiera preguntado si pensaba que podía llegar a vivir 99 o 100 años, él me hubiera respondido que ni remotamente. Es una familia de longevos la de mi padre: o se morían jóvenes de cáncer o vivían hasta los 100 años. Bueno, ahí está.


Fragmentos de una entrevista realizada en Junio de 2010, con motivo del estreno del documental Ernesto Sabato, mi padre, de Mario Sabato, estrenado con motivo del cumpleaños número 99 del escritor.

domingo, 1 de mayo de 2011

ENTREVISTA - Mario Sabato: En nombre del Padre.

Hace exactamente 10 años fallecía Ernesto Sabato, uno de los escritores cuya obra supo definir la literatura argentina del siglo XX, pero que también fue uno de los grandes actores políticos de su época. Sus disputas con Jorge Luis Borges, de quién fue amigo en su juventud y con quién se reencontró tibiamente durante la vejez, fueron un símbolo no solo de la dimensión que la literatura alcanzó en nuestro país gracias a la generación que ambos integraron, si no también de las diferencias profundas que polarizan a la sociedad argentina. 

En esta entrevista, publicada originalmente el 23 de junio de 2010, en la víspera del último cumpleaños del escritor, su hijo, el cineasta Mario Sabato, habla sobre su padre, por entonces ya retirado de la vida pública. La idea era hablar de su padre, no solo de los aspectos públicos de su figura, sino del hombre privado. Por supuesto que la nota está teñida por la inevitable subjetividad filial, pero en las respuestas de Mario también hay un retrato de Ernesto muy íntimo e intenso. Un retrato que es también el de una época.

La importancia de su obra, el trabajo realizado por la Conadep en la redacción del histórico Nunca Más, que forma parte del intenso recorrido político que realizó el escritor, y detalles de la vida doméstica fueron algunos de los temas abordados en aquella oportunidad. Al día siguiente Ernesto cumpliría 99 años y menos de un año más tarde llegaría su despedida. Como homenaje, hoy volvemos a publicar esta entrevista, que actualmente ya no se encontraba disponible en la web. A la memoria de Ernesto Sabato. 

Entrevista a Mario Sabato 

Mañana cumple años don Ernesto Sabato, el último nombre, el último hombre notable de una generación fundamental de la literatura argentina. Noventa y nueve, nada más. Ese hijo que entre los 11 hermanos (11 varones) de una familia de inmigrantes calabreses llegó a escribir alguno de los títulos más representativos de una época y alcanzó a convertirse en protagonista ineludible en las disputas literarias, estéticas, políticas de su tiempo. Hoy ya hace cuatro años que Ernesto Sabato mantiene una reclusión por cuestiones de salud, custodiado por sus nietos y su hijo, el director de cine Mario Sabato. El escritor y ensayista espera de que ese sea el escenario de sus aplacados pasos finales por el suelo de Santos Lugares, ese barrio que para él es urbi et orbi: el mundo entero. 

Justamente Mario Sábato, autor del documental Ernesto Sabato, mi padre, estrenado en la Argentina hace muy pocos meses, se permite hablar del presente y las memorias de ese hombre que representa para él mucho más que uno de los únicos cuatro argentinos que han tenido el honor de recibir el Premio Cervantes de Literatura. El cineasta Mario habla de Ernesto, el escritor, desde su único lugar posible: el de hijo. 

-¿Cómo se siente en esta relación con ese padre que ha marcado un camino tan importante y en el que usted a veces, por ahí, sigue siendo ya grande el hijo de Sabato? 

-Es inevitable, pero estoy acostumbrado. Empezó a los 16 años, cuando mi padre comenzó a ser famoso, y he tenido medio siglo para ir acostumbrándome. En general es más problema para los demás, como para vos preguntarme a ver si todavía estoy molesto, cuando no me molesta en lo más mínimo. Estoy habituado, aunque tiene sus ventajas y sus desventajas, claro. 

-¿Cuál sería la desventaja? 

-La desventaja es que mi padre ha obtenido muchos enemigos en la vida y yo los heredé. Cosas que a veces no se atreven a decirle a mi padre me las suelen decir a mí, pero bueno. Mi padre siempre vivió, como diría… creo que fue Pirandello: “vivere intensamente”; y cuando la gente vive intensamente… bueno, en realidad la gente no sé. Pero en el caso de mi padre, ha tenido enormes méritos y también ha cometido enormes errores, como corresponde a los que no se quedan callados o a los que el mundo no les resulta indiferente. Así que ha tenido siempre enemigos y entre esos enemigos trato de discernir entre los que simplemente lo son por envidia, de aquellos que tienen algunas razones más ponderables para criticarlo. 

-¿Cuál ha sido la influencia que como padre ha tenido ese hombre para ustedes? 

-Por suerte su popularidad me ocurrió ya de adolescente, ¿no? Digamos, papá, si no me equivoco, publicó Sobre héroes y tumbas, que fue lo que lo erigió en uno de los referentes de la literatura, no sólo Argentina, en 1963. Y yo ya tenía entonces 18 años. Así que, es más fácil acostumbrarse. Y eran épocas de mayores pasiones: las antinomias que siempre existieron, en aquel caso se reflejaban por ejemplo en Borges o Sabato, que era una soberana estupidez, porque el que elegía a Sabato se perdía a Borges y el que elegía a Borges se perdía a Sabato, ¿no? Es mejor decir Borges y Sabato; o libros y alpargatas. Pero estaban las pasiones, que eran fuertes, y además la cultura era un ámbito de militancia. Estaban las disputas entre revistas literarias o sectores -yo participe ya de muy chiquito en El escarabajo de oro-. Una vez lo corrimos al Yaya Sebreli atravesando la avenida Corrientes, peligrosamente porque en aquel entonces todavía era doble mano, pero por motivos de posturas literarias e ideológicas… Es mejor esto de todas maneras que las peleas entre barrabravas, ¿no? Me parecen más razonables. Igual lo digo con humor y con nostalgia, pero también con melancolía, ¿no? Prefiero esas pasiones a otras. Prefiero en realidad las pasiones a las no pasiones. 

-Está claro, pero ¿lo alcanzaron? 

 -No, no lo alcanzamos. Lamentablemente (risas). 

-Y después de eso ¿han podido recomponer alguna relación en algún espacio que no fuera el de la corrida? ¿O siempre se mantuvieron a distancia? 

-No, no, no. El otro día, en no sé dónde, leí algo de Sebrelli y reaccione con mucha antipatía. Entonces me pregunté ¿por qué tanta antipatía? Y estuve pensándolo, hasta que me acordé de esta historia. Pero bueno, qué se yo... 

-La obra de su padre, tanto la literaria como la plástica, están cargadas de espacios muy ominosos, oscuros y tremendos. En la vida cotidiana ¿cómo aparecían esos espacios? Porque imagino que tendrían que aparecer. 

-Aparecían; especialmente desde el humor y desde el sentido de la vida: siempre mi padre tuvo un sentido trágico de la vida. En la familia un poco se atenúo con el tiempo, porque mis hijos lo toman en broma definitivamente, entonces ahí empezó a entender un poco más el humor hacia esa particularidad de su carácter. Pero te diría que en general fue bastante molesto: alguien con el sentido trágico de la vida es lo peor que le puede pasar a una familia. Lo que pasa es que ese sentido trágico, en cuanto se refiere a cosas trascendentes e importantes, casi siempre es inevitable. Más aún: es sospechoso alguien que frente a lo que pasa en el mundo en muchos aspectos, se lo tome en broma. 

-Usted decía recién que los nietos se lo toman en broma. Me imagino que los nietos lo transforman a uno, de alguna manera, en una caricatura de uno mismo... 

-Un poco sí. Pero no sé si en una caricatura, porque la palabra es fea… un retrato menos severo... 

-Menos solemne. 

-¡Menos solemne! Diría que sí. 

-¿Y él cómo se siente con ese personaje? 

-¡Ah, no!, fantástico. Primero lo sorprendía y después no solamente lo aceptaba, sino que lo promovía. Muchas veces él mismo hacía cosas para provocar la diversión de mis hijos o las hijas de mi hermano. 

-¿Cómo está su padre hoy, sigue manteniéndose informado? 

-No. Hace rato que lo tenemos entre algodones y ahora ya no está bien. Quisimos que pasara estos últimos años en una razonable tranquilidad que no hubiera existido si le hubiéramos dejado ver los diarios y los noticieros. -Entonces tampoco escribe, ni realiza ninguna actividad intelectual. -No. 

-No hemos hablado del Nunca más. ¿Qué lugar ocupa en la obra de su padre? 

-No, no. Él nunca lo tomó como parte de su obra. Lo tomó como parte de una obligación moral que tenía. Digamos que, como familia, el recuerdo que tenemos (entendiendo la importancia mayúscula que tuvo eso), nos inunda de orgullo. Pero al mismo tiempo fue un calvario y una demolición para mi padre y nunca lo superó. 

-Todo ese trabajo. 

-No tanto el trabajo, eso no era lo grave, porque se repartían: había muchos y muy buenos haciendo ese trabajo. El tema era ver de cerca, porque uno sospechaba, pero no se imaginaba ese nivel de horror. La brutalidad, la miserabilidad; encontrarse con la gente que buscaba a sus familiares, saber lo que les había pasado. Eso es algo que cualquier persona sensible no pasa sin recibir huellas muy, muy profundas. Y las que dejó en mi padre fueron devastadoras. Él tuvo tres episodios en su vida que fueron los que lo demolieron: la enfermedad de mi madre y su muerte posterior, la muerte de mi hermano y la Conadep. Estas tres cosas fueron lo peor que le puede haber pasado a mi padre. 

-Usted menciona su madre y me parece que por ahí es la mejor forma de terminar una conversación sobre su padre. ¿Hubiera sido posible la obra de Sabato sin Matilde? 

-De ninguna manera. Yo creo que sí hay bienes gananciales, la obra de papá lo es. Papá escribió por mamá: obligado por mamá, incentivado por mamá, corregido por mamá. Impulsado por mamá. Y lo triste de esto, es que mi madre era un excelente poeta y jamás quiso publicar. Es decir, se dio a sí misma el destino de ser quien empujaba y sostenía a mi padre. Y no fue solamente eso, sino que realmente mi madre fue la única persona sensata en mi casa: cuando se murió ella, bien utilizado el término, la situación se desmadró. Ella era absolutamente imprescindible, para todos. Así que yo creo que las obras de él deberían estar firmadas por Ernesto y Matilde Sabato. Si yo pudiera como heredero hacer esto, sería un acto de justicia. 

Con Borges y Papá 

-Usted recién hablaba justamente de las enemistades y los enemigos, y es inevitable no hablar de la polémica con Borges. ¿Recuerda algo en particular de aquello, algún hecho se le quedó grabado? 

-Sí, también con el fervor de la adolescencia, ¿no? Ni siquiera adolescencia, porque esto que te cuento ocurrió en el ‘56, y yo tenía 11 años. Mi familia, yo no, porque era muy chiquito, no era peronista... hay una diferencia enorme entre no ser peronista y ser antiperonista: en general los gorilas son aquellos que critican al peronismo por sus virtudes, cuando tiene tantos defectos que uno podría criticar. No fue nada dramático, porque no recuerdo ninguna situación de tristeza en mi infancia, por el contrario tuve una infancia muy feliz, pero la pasamos mal durante el peronismo. Y cuando vino la caída de Perón, la llamada Revolución Libertadora, a mi padre lo nombraron director de Mundo argentino y pasamos a una etapa de prosperidad que fue muy fugaz. En ese momento papá se compró su primer auto: nunca me acuerdo bien si era un Estanciero o el Fiat 1100 que nombro en la película, un automóvil modestísimo, pero era “el auto”. Y bueno, llegó una denuncia a la revista, seria, de que se estaba torturando a obreros y sindicalistas peronistas. Y mi padre lo denunció en la revista y en una audición de Radio Nacional muy culturosa, en la que estaban el presidente de la Sade, que no me acuerdo quién era, Borges, papá... A Borges esa denuncia le pareció de muy mal gusto, me parece. Fue la razón de la pelea, ¿no? Y yo en aquel momento lo desprecié profundamente a Borges: era muy chiquito, pero ya sabía que no había torturas buenas y torturas malas, y me parecía que alguien que ejercía la literatura, una de las cosas más nobles que puede hacer alguien, no podía tener semejante mezquindad. Bueno, por suerte Borges se murió y la gente se olvidó del Borges despreciable y recuerda al Borges que vale, que es ese gigantesco literato. Y está bien eso... digo, es muy borgeano ese olvido oportuno de lo que no merece ser recordado. Y es que realmente no merece ser recordado: Borges como persona es muy inferior a Borges como literato y, en definitiva, lo que va a quedar es la literatura. Si lo vale. Yo a esta altura del partido no estoy tan convencido de lo que creía entonces, que una excelente película o un maravilloso poema correspondían a una excelente persona. Lamentablemente no es así. A veces no es así; a veces sí. En definitiva, no importa demasiado, sobre todo si uno no es contemporáneo. 

Articulo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino en Junio de 2010, Cuando Ernesto Sabato cumplía 99 años.