viernes, 27 de marzo de 2009

CINE - La suerte de Emma (Emmas Glück), de Sven Taddicken: La certeza de un destino ingobernable.


Para tratar un tema difícil existe siempre el camino fácil de la obviedad y lo superficial; el de las palabras atadas al diccionario, a su sentido primario. Por fortuna hay vida más allá y en el cine a veces algún director consigue evitar la tentación de hacer una obra sin riesgo. Lo interesante de La suerte de Emma, de Sven Taddiken -film de origen alemán del año 2006, bastante reconocido en el circuito de festivales europeos durante 2007-, es que esa elección de no ser complaciente con el espectador mal acostumbrado, va acompañada de una simpleza que hace que el hecho de tomar ese riesgo parezca una pirueta que cualquiera puede hacer.

Ya desde su secuencia inicial el espectador será avisado. Emma, una joven granjera alemana tan robusta, tosca y rosada que parece una caricatura de “lo germano”, sacrifica amorosamente a uno de sus cerdos, entre caricias y promesas de paz. En medio de esas imágenes, Max es escaneado por un moderno tomógrafo. Así, mientras Emma degüella y descuartiza con total naturalidad al animal (incluyendo un par de planos que no serían inesperados en una película de Lisandro Alonso), el encuentro de Max con su futura muerte será tan artificioso y melodramático, como puede serlo cualquier escena en donde un médico le anuncia a su paciente la aparición de un cáncer irreversible. Hay tanta alegría en el inocente salvajismo de Emma, como desesperación contenida en la calma con que Max comienza a entender que su existencia se desmorona. Por consejo médico, al principio intentará mantenerse dentro de su rutina como una forma de no perder el control. Pero enseguida comenzará a intentar pequeñas audacias, como invitar a cenar y ser rechazado por la recepcionista del local de compra venta de autos en donde trabaja con su amigo Hans. La conciencia de que ante la muerte todo se vuelve urgente le llegará de golpe y querrá irse a México a pasar sus últimos días al sol. Como no cuenta con el dinero necesario, decide robar los ahorros que guardan con su amigo en el negocio, con tanta mala suerte que es descubierto por el propio Hans. En la huida, lanzado por la autobahn a bordo de un poderoso Jaguar, Max comprenderá que todo control es inútil y que el destino implica necesariamente la imposibilidad de ir contra él. Con los ojos cerrados, Max suelta el volante y se abandona a 180 km/h. La ingrávida secuencia del accidente en cámara lenta, muestra a un Max feliz, dando tumbos dentro de la cabina del automóvil, con asillas de cristal y otros objetos flotando a su alrededor. Ese accidente voluntario será el punto de inflexión de la trama.

El auto destrozado cae en medio del terreno de esa granja que Emma está a punto de perder por deudas hipotecarias y será ella quien rescatará y hará algunas curaciones a Max. Pero también encontrará el dinero y la tentación se encargará del resto. Emma prenderá fuego el auto y le hará creer a todos, desde Max hasta un cándido policía de pueblo que la pretende, que el fuego se inició sólo y que nada se salvó. Max decide ocultarse en la granja de Emma y empujados a convivir, notarán en los detalles el carácter opuesto de sus personalidades: ella, vital incluso cuando mata, puro deseo; él, un fallido hombre de la ciudad, insatisfecho y moribundo. La naturaleza sin embargo ya ha comenzado a obrar en ellos. Es cierto que Emma obtendrá más de un beneficio de la relación con Max, pero será este último quien claramente se quede con la mejor parte. El miedo a morir es peor que la muerte misma, le dice ella cuando le muestra como sacrifica a sus cerdos entre juegos y sin necesidad de sogas, tironeos ni gruñidos desesperados. La muerte entonces es apenas el punto final; tal vez así se la pueda aceptar y hasta evaluar oportunamente su conveniencia.

En La suerte de Emma hay una historia de amor y no pocos pasos de comedia, vehículos que conducen al relato placidamente a su destino. Y si bien puede decirse que este es esperable, no se debe dejar de reconocer que aun así su dura belleza mantiene la capacidad de impacto. Aunque la película abuse de algunos recursos visuales (como las elipsis de hacer pasar a un paisaje del día a la noche en un par de segundos), y hasta dé la sensación de que le sobran algunos minutos, la pareja protagónica formada por Jördis Triebel y Jürgen Vogel consigue hacer de Emma y Max dos personajes tremendamente humanos: tan encantadores en sus defectos y virtudes, como familiares en sus miedos y deseos. Es mérito del director Sven Taddiken que la empatía con ellos se dé naturalmente. Responsable también del tono equilibrado de la narración, Taddiken logra recorrer con éxito el camino difícil; con altibajos, es cierto, pero evitando caer en el burdo trazo grueso de convertir a la muerte en un cliché, o de reducir al deseo a una simple calentura.


Artículo publicado originalmente en el diario Página 12.

MUSICA - El mejor Thrash Metal Nacional, por Hugo Moreno




Hugo Moreno, a quien no podemos conciderar más que un gran amigo, vuelve a declarar su amor por Karma y por un puñado de viejas bandas (algunas todavía vitalmente activas) de la escena del Metal en la Argentina. Desde acá, un saludo para todas ellas y muchas gracias, otra vez, para Hugo.
A continuación un estracto de su informe sobre los discos que, a su criterio, condensan lo mejor del Thrash de la escena local. Para quienes quieran leer la versión completa, aquí queda el link Undersite, El sitio del Metal Under:

Hace mucho tiempo que me viene dando vueltas por la cabeza hacer un especial sobre los 10 mejores discos del Thrash (también tengo pensado hacerlos con otros estilos), pero por un motivo u otro nunca llegaba a concretarlo. Bueno, me puse firme, y las pilas también lo reconozco, y lo saque adelante.
Ante todo voy a aclarar algunas cosas para tener en cuenta. Dejé afuera demos y producciones independientes, sólo dediqué el informe a discos larga duración (para los mas viejos) o CDs (para los mas jóvenes), por eso dejé una parte al final para destacar algunas producciones, la mayoría editadas en casete, y para algunas bandas nuevas que vienen reviviendo el estilo. Opté por esto, porque el margen de ediciones se agrandaría mucho y la verdad sería imposible reunir todo este material para hacer algo que quede bien.
Otro punto que quiero aclarar es que esto es una elección personal y estos son los discos que yo creo son los mejores exponentes nacionales del estilo, muchos pensaran que la mayoría de los discos son muy viejos, y sí, puede ser; pero por mucho tiempo se dejó de hacer este estilo, acá y en todo el mundo, y recién en estos últimos tiempos se está volviendo a este sonido clásico. Otra cosa, el orden es por año de aparición de los discos, no por eso quiero decir que el numero 1 es mejor que el 2 y así sucesivamente, es por orden cronológico de salida que los coloqué. Bueno, sin más los dejos con este especial, que les guste y lo disfruten.

HERMETICA "Hermética" (1989)
Tras la separación definitiva de V8 [...]

HORCAS "Reinara La Tempestad" (1990)
Tras varios años de intentar armar una formación estable, [...]

THRASH "Compilado de lo mejor del Thrash Argentino" (1991)
A muchos les parecerá raro que elija un compilado en esta selección, pero [...]

LETHAL "Warriors" (1992)
El caso de Lethal es digno se ser analizado. La banda se forma en 1988 y [...]

NEPAL "Raza De Traidores" (1993)
Tras varios años de grabar producciones independiente, la mas recordada fue [...]

KARMA "Fear Of Destiny" (1994)
La banda se formo en 1991 y como cuarteto grabaron un demo de 2 temas que salio a la venta en 1993 bajo el titulo Is Death My Solution? También para este año entra a la banda Juan Pablo Cinelli en las voces quien le aporta la cuota de sonido e imagen que le faltaba a la banda. Con una gran actividad en vivo en estos años, en la que cosechan muy buenos comentarios, y deciden grabar su primer disco, producido totalmente por ellos, en los estudio Bellavista en la ciudad de Santiago de Chile. Eligieron como productor artístico a José Luis Corral (quien trabajo con Criminal) que también se ocupo de la mezcla del disco. Fear Of Destiny vio la luz a fines de 1994 y muestra a una banda haciendo un Thrash moderno para los años que corrían. Básicamente se notan las influencias de bandas como Sepultura y cierto sonidos cercanos a bandas de Death Metal. Sin ser una banda de peso en la historia del Metal nacional, logran sacar un disco de nivel internacional que mereció mucho mas reconocimiento que el que tuvo. El disco fue apoyado con un video de gran calidad para el tema Terror AIDS, el cual roto bastante por los canales de videos. Hoy en día es un disco quizás bastante difícil de conseguir, pero tiene su lugar más que bien ganado en este informe, temas como el ya nombrado o A Long Time Ago, Seeking A Door u Odio Song son muestras mas que sobradas de esto. Para 1995 el disco fue editado en Chile, país donde se presentaron en vivo con gran éxito.

MILITIA "Agonía Infernal" (1994)
Esta es otra de las legendarias bandas del Under de Bs.As. Se formaron a finales [...]

SADISTIKAL "Cuestión De Tiempo" (1995)
Argentina no queda al margen de los nuevos sonidos incorporados por [...]

TREPANADOR "Prisión Racial" (1997)
Ya para 1997 el Thrash pierde presencia en la escena Ander y nadie [...]

SERPENTOR "Poseído" (2004)
Tras grabar un mas que auspicioso disco debut, en 2004 Serpentor edita [...]


Artículo publicado originalmente en
Undersite, el sitio del Metal Under.

CINE - Marley y yo (Marley and me), de David Frankel: Manipular ya desde el poster


Hace poco más de un año, Will Smith intentaba sobrevivir solo en un mundo vacío (o no tanto) contando apenas con la compañía de un perro -técnicamente era una perra- y la música de Bob Marley como apoyo emocional. Más afortunados, Owen Wilson y Jennifer Aniston consiguieron el combo 2 en 1: directamente tienen un perro que se llama Marley. Y no están sólos. Igual que Soy leyenda, que prometía una versión menos vergonzosa de la buena novela de Matheson y al final nada, Marley y yo también puede ser una película engañosa. Si bien su afiche parece ofrecer otra ligera comedia romántica, más que sorprender puede descolocar al espectador confiado que únicamente espere encontrar algunas payasadas de Owen, los desnudos siempre truculentos de la Aniston y al cachorro tierno y meloso de la foto de promoción. Es verdad que no falta ninguna de esas cosas, sólo que Marley y yo pretende más.

Suerte de comedia épica al estilo Forrest Gump pero sin la grandilocuencia (incluso algunos detalles del final parecen repetir otros del film de Zemeckis), Marley y yo se propone como un tour guiado por los lugares comunes de una familia pequeño burguesa a través del tiempo, desde la adopción de la mascota hasta su vejez. El perro, que de algún modo ocupa aquí el lugar de Tom Hanks (con todo respeto), es el denominador común alrededor del cual se organiza la narración y será vital en cada giro que den las vidas de los protagonistas. Así John y Jennifer Grogan comenzarán como jóvenes y enamorados recién casados, llenos de proyectos y ganas de crecer en sus carreras. Parecen estar siempre de acuerdo en todo, hasta que ella comienza a desear un hijo. Abrumado, John decide por consejo de un amigo regalarle a ella un perro, sólo para que pueda sublimar ese deseo y contener al instinto maternal por un tiempo. Aquí entra Marley: el cachorro es un completo arsenal de seducción vulgar. Sin ir más lejos parece entrenado por Mittens, la gata callejera que justamente le enseña a Bolt a ser un perro adorable en la película que Disney estrenó el jueves pasado. Que la cabecita de costado; que los ojos grandes y húmedos; que la cabeza fuera del auto y la lengua al viento, colgando del hocico. Nadie puede resistirse a él; frase ambigua que la película interpreta en todos sus sentidos. Es que Marley es un labrador, perros que sólo son chiquitos los primeros tres meses, capaces de destruir un departamento completo si les dan un par de horas. Claro que a pesar de eso acabará conquistando a sus dueños y se transformará en el compañero ideal para John, casi un confidente. Tras una tanda de lágrimas que no serán las únicas, al fin llegan los hijos: no uno, ni dos; tres. Y con ellos las primeras crisis: de pareja, de trabajo, de la mediana edad. La mudanza de Miami a Filadelfia en busca de mejores horizontes y, al fin, el equilibrio de la madurez.

Con sus diferencias, tanto la ovejero de Soy leyenda como el labrador de Marley y yo, y hasta Tom Hanks, son herramientas melodramáticas indispensables para intentar conmover al espectador medio en el momento oportuno. Y si John Grogan comienza la película como cualquier otro personaje de Owen Wilson, al final aparece casi transfigurado en Charles Ingalls, con drama, familia y casa en la pradera incluidas. E igual que ocurría con la serie, habrá que resignarse a llorar un rato más: se supone que eso dejará además una lección de vida. ¿Será, como diría Michael Landon, que en Hollywood todos los perros van camino al cielo?


Artículo aparecido originalmente en el diario Página 12.

CINE - ¡Sí, señor! (Yes, Sir!), de Peyton Reed: El regreso a las fuentes.


Jim Carrey es realmente un caso único: hoy por hoy su nombre es más importante que cualquier película en la que participe. Con él, los textos de las noticias aparecen y parecen retorcidos, como si alguien hubiera alterado el orden que sería lógico para cualquier otro título. Así, hace un par de años la novedad no fue el estreno de Número 23, sino que Jim Carrey probaba suerte en un thriller. Igual sucedió antes con Eterno resplandor de una mente sin recuerdos: primero fue la película donde Carrey por fin brilló en el drama (porque The Truman show y El mundo de Andy no son puro drama y en El Majestic lo que sobra no es justamente brillo) y recién después todo lo demás, incluso un gran film. Este jueves lo importante no es el estreno de ¡Sí señor!, sino que Jim Carrey ha vuelto a la comedia, el género que lo convirtió en el producto a vender.

Alcanza con que alguien cuente la idea sobre la que gira la trama de ¡Sí señor! para hacerse la idea inmediata de que el buen Jim ya pasó alguna vez por esto –o al menos por situaciones parecidas–. Carl Allen es un hombre agobiado por sus propios fracasos privados: oficinista estancado en un escritorio que no puede recuperarse del final de su ya lejano matrimonio. Solitario y abandonado a sí mismo, se niega a todo. A Carl no le alcanzará consigo mismo para enfrentar la vida, sino que será necesaria la mediación de un poder superior que le haga las cosas fáciles. Decide asistir a un seminario en donde un moderno gurú alienta a los asistentes a despojarse de la negación para aceptarlo todo. Basándose en la idea de que decirle que sí a las cosas es aferrarse a las oportunidades y negarse no es sino un rechazo a la vida misma, el guía espiritual (un Terence Stamp simpáticamente pétreo; como siempre) consigue establecer un pacto con Carl: aceptará cualquier propuesta, por insólita o terrible que parezca.

¡Sí señor! no intenta hacer centro en el éxito laboral ni en el ascenso social, aunque ello no deje de estar presente, sino que se preocupa más por recuperar la condición humana de su protagonista, del individuo en relación a su entorno íntimo (su nueva novia y amigos; sus compañeros de trabajo) y al entorno social (los inmigrantes, los desclasados y hasta algún desahuciado con los que compartirá distintos momentos). Claro que no se trata de una película de los hermanos Dardenne y todo lo anterior está tratado con la usual levedad norteamericana. Tal vez alcance con regresar al principio: sí señor, Jim Carrey vuelve a la comedia. Y aunque menos desaforado, ofrece lo de siempre: histrionismo, algo de romance y unas cuantas morisquetas imposibles.


Artículo publicado originalmente en el diario Página 12.

ENTREVISTA - Lucrecia Martel: Cada película es un mundo.

Entrevistar a Lucrecia Martel no es trabajo de rutina. Conocida y reconocida a partir de La ciénaga, su primer largometraje premiado en los festivales de Berlín y Sundance, estrenado en 2001, y después de participar con los dos siguientes en la competencia por la Palma de Oro en el de Cannes -La niña Santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008), ambos producidos por El deseo, compañía de los hermanos Almodovar-, Martel es tal vez, sin distinción de sexos, la directora de cine más prestigiosa de la Argentina en la actualidad. Su siguiente trabajo será una adaptación cinematográfica de El Eternauta, la clásica historieta creada por Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, un proyecto que ya la ha enfrentado a la ansiedad cuestionadora de los fanáticos de la tira, que no son pocos.

El viaje en subte y las cinco o seis cuadras que separan su departamento de la estación sirven para repasar mentalmente su filmografía y algunas preguntas, o para corroborar una vez más que el grabador funciona sin fallas; pero no para encontrar calma: el periodista cede al espectador. El reciente estreno en Buenos Aires de La mujer sin cabeza desató una suerte de fiebre marteliana y no hay sección de espectáculos, suplemento de cultura o revista de cine que no la haya entrevistado para hablar del tema. Resuelvo que quizá sea mejor no insistir sobre La mujer sin cabeza. Así, cuando toco el timbre ya me quedé sin la mitad de las preguntas.


El cine como trazo autobiográfico.


El cine como trabajo te sigue sorprendiendo o algo de todo el proceso se te ha vuelto rutinario.

Justamente elegí esta actividad en parte por esa particularidad de que cada nuevo proyecto te introduce a un mundo distinto. Cada película me sumergió durante un año en un mundo de lecturas, observaciones, remembranzas, exploraciones o atención sobre determinadas cosas. Es como si cada película renovara o profundizara la experiencia sobre el mundo. Ese es el privilegio de este trabajo. Esa sensación de que la próxima película te va a transformar de alguna manera en otra persona, es un bien notable.

Después de veinte años de vivir en Buenos Aires, siempre volvés a tu provincia natal para filmar. ¿Solés pensar los universos de tus películas únicamente desde la infancia en Salta?


Sabés qué pasa, que eso es lo que uno tiene para construir. ¿Cuáles son exactamente las cosas con las que se construye una narración?, porque no son ideas. ¿En base a qué se toman las decisiones que te permiten transformar al planeta Marte en un lugar habitable? ¿Cómo uno inventa un mundo? Y la respuesta siempre es la misma: sea cual sea la estética -más costumbrista; más alocada y punk- que se haya elegido como proximidad o distancia con el mundo que nos rodea para representarlo, uno usa la experiencia, el detalle de las emociones. Para dirigir a un actor tenés que poder decirle algo en detalle sobre un gesto o un tono de voz, y eso uno lo hace porque de alguna manera lo está organizando en base a la memoria, a un marco que recuerda. Entonces lo único que uno tiene para construir es lo que ha experimentado.

Silvia Molloy ha dicho que toda escritura es una autobiografía oblicua.

Estoy de acuerdo con eso. A partir de ahí uno puede hacer combinaciones y llegar a cosas que no ha vivido, pero la base es la experiencia. La mitad de mi vida hasta ahora fue Salta, así que tengo una enorme memoria de esa época. Eso en términos de experiencia. Después la construcción de la ciudad natal es un proceso vital para el ser humano, casi te diría que es un paso ineludible reinventar de alguna manera la ciudad natal. Y para mí ha sido vital intentar esa reconstrucción.

Entonces creés que hay cosas que nunca te va a dar Buenos Aires y que el sólo recuerdo de Salta te entrega de inmediato.

Es muy raro: ¿viste esa frase que dice “soy de Salta y hago falta”? Bueno, no me sale decir “soy de Buenos Aires y hago falta”, o “soy de Salta y hago falta en Buenos Aires” (risas). No es fácil de hacer esa transformación. Es un sentimiento que tenés oculto, pero cuando un día lo descubrís te sorprende. Mi primera experiencia de organización para lograr una narración audiovisual, que es un momento clave porque estás armando todo por primera vez en tu vida para filmar, fue un corto en los subterráneos de Buenos Aires. Y la pasé bien, me divertí mucho en el rodaje. Pero después filmé Rey muerto en Salta, y cuando estuve ahí sentí que había algo que tenía sentido, algo extra que yo no imaginaba que tenía en mí. Un sentido, un peso, una gravedad. Es muy raro, porque adoro Buenos Aires, me enloquece como ciudad, y no es que me guste más Salta. Es otra cosa: como si uno, en un lugar que lo perturbó, vuelve a generar una perturbación. Pero no que te perturbó malamente, sino que te preformó, que te organizó la experiencia de cierta forma, y volver te permite hacer el proceso inverso.

Cosa de actores.

En tus películas impacta la forma en que los actores parecen entender y adaptanse al universo que ellas plantean. ¿Qué trabajo previo hacés con cada actor y qué importancia tiene el casting para vos como directora?

Creo que hay tres cosas. Una es el momento de la escritura: si en ese momento definís a tus personajes como máquinas psicológicas estás fundido. Salvo que seas un genio, tipo Hitchcock, y con eso hagas otra cosa, a mí me parece que la descripción psicológica de los personajes no sirve para nada; al contrario: arruina. Al no trabajar con ese sistema, creo que ya ahí hay algo más a favor del actor. La segunda cosa es que me tomo mucho trabajo y aun para los roles más importantes hago castings. Y por suerte, porque cada vez son más los actores que entienden que los castings no son para juzgar si son buenos o malos actores, sino para encontrar uno que encarne de manera especial la idea que vos tenés o las cuestiones que querés desarrollar. Para los protagónicos de mis películas he convocado actores muy importantes y han venido igual incluso sabiendo que era una prueba. Y estrellas muy importantes se han ofrecido sin que se los haya convocado: eso te habla de la madurez de los actores en la Argentina, porque antes eso no era así. El casting no es un procesito así nomás cualquiera, hay que hacerlo con mucho cuidado y detalle. No podés dirigir a un actor sencillamente porque creés que el nombre te va a ayudar a vender la película. Si tenés esa situación un poco desgraciada de que tu financiación depende del actor, tenés que inventar un montón de otras cosas para que eso no te juegue en contra.

Está bien; pero después el actor elegido tiene que responder a la expectativa que se abre en el casting…

Es que el proceso de selección de los actores casi es un momento de segunda escritura del guión, aunque no le cambies nada, porque cada actor que ves puede encarnar y darle al personaje unas estribaciones impensadas que vos no podés ni sospechar cuando estás escribiendo. Prestar mucha atención al momento del casting ya es un paso más de acercamiento al entendimiento entre el personaje y el actor. Y la tercera cosa es en el rodaje. Lo que yo hago es conversar mucho con los actores, pero sin proponerles truquitos sádicos ni hacerlos sufrir, que eso sé que hay directores que lo hacen y les salen genialidades. A mí me parece que el cine es un lujo pequeño burgués que no merece ni que nadie sufra ni que nadie trabaje gratis, me parece una gran estupidez hacer sufrir a alguien con pequeñas psicopateadas o jueguitos sádicos, así que no los uso para nada, no me sirven. Y si los actores las hacen con ellos mismos como parte de su proceso interno, yo no me entero y prefiero no enterarme.

Y con los chicos actores, que además ocupan siempre un lugar importante en tus películas.

Creo que ahí la clave es acordarse cómo era la infancia, tener una buena conexión con la propia infancia. En primer lugar nunca pienso que los niños son ni buenos ni malos; no pienso que son asexuados, ni que son inocentes. Todas esas cosas que se ve de los niños en la publicidad yo no las pienso, porque yo no era así cuando era chica. Para mí son como monstruos en el mejor sentido, son cosas tan complejas y misteriosas que pueden devenir tanto en personajes fantásticos como en porquerías de personas, pero todo ya está ahí en potencia. Hay un error que veo mucho en el cine argentino: le ponen a los niños unas líneas de diálogo que son de adultos, de alguien que tiene mucha conciencia de lo que quiere y de lo que no quiere. Un chico no es eso; es muy misterioso lo que dicen los chicos y yo nunca trato de hacer explícitos cuales son sus juegos. Cuando filmo una escena de chicos jugando nunca trato de que el adulto entienda que están jugando, porque es algo íntimo de ellos, como si quisiera meterme en su vida sexual; es el mundo de ellos y yo sólo tomo fragmentos y no “¡Ah!, ahora el niño se esconde y luego tal cosa…” porque si ya estás pensando en filmar así estás pensando en hacerlos explícitos, como una pequeña pornografía del juego.

¿Qué trabajo extra que te tomás con ellos?

Con los niños trabajo igual que con los no actores: les cuento las líneas de diálogo, les pido que las repitan, pero nunca les muestro un papel escrito, porque la palabra escrita tiene mucha autoridad y la persona se asusta. Entonces yo les doy un gran rodeo, por ahí les cuento un cuento larguísimo para que digan una frase. Es una mejor forma de trabajar, porque si le das un párrafo a una persona sin entrenamiento físico para leer algo y olvidarse cómo está escrito, te va a hacer hasta las pausas gráficas que tiene el texto. Y eso no sirve.

Universo femenino.

¿Hay algún escritor que particularmente te guste leer?

Osvaldo Lamborghini, me encanta el ritmo que tiene. El libro de los Tadeys me gusta mucho: hay algo escatológico, como festivo y criminal que me divierte. También me gusta Horacio Quiroga. Me identifico mucho con la fiebre, con la locura que te produce la selva, eso siento que lo conozco bien: la percepción enloquecida del que tiene fiebre. Cuando lo leo lo siento como de mi familia.

Te lo preguntaba porque en la construcción de tus películas se percibe cierta voluntad literaria. Y dentro de tu obra anterior a La ciénaga está el documental dedicado a Silvina Ocampo, que a priori se intuye como una figura de influencia.

Cuando hice el documental de Silvina había leído algunas cosas pero no las suficientes como para haber entendido su universo. Lo entendí gracias a Adriana Manzini y a Graciela Speranza que fueron las guionistas, que me hicieron leer mucho más. Por supuesto que como todo lo que uno haya visto o leído, todo queda en uno y es posible que uno tome algo de esos elementos, pero más siento una empatía previa que un deseo de homenajear a Silvina…

¿Una empatía desde algún lugar en particular?

Para mí, Silvina Ocampo cuando escribe lo hace desde un lugar como de niña algo curiosa y a veces maligna, y me doy cuenta que cuando filmo prefiero ese lugar de niña curiosa que no está juzgando moralmente, sino que más bien está viendo cómo es el mundo, cómo viendo por primera vez algo. Mirar por primera vez es muy importante a la hora de filmar, te define un montón de cuestiones a la hora de fijar la posición de cámara, por ejemplo. Una persona que mira por primera vez no mira organizadamente, no mira la escena con el perfil perfecto del personaje en donde voy a ver sus emociones, sino que podés agarrar al personaje medio de espaldas, para que en la reconstrucción no parezca que está ahí para que vos lo veas. Tiene que haber algo de espiar.

Silvina resulta una voz de mujer en un entorno de hombres. Más o menos a partir de tu aparición comenzó a surgir un grupo importante de directoras: Ana Katz, Anahí Berneri, Lucía Puenzo, Albertina Carri, Lucía Cedrón... ¿Creés que la visión femenina le aporta al cine algo diverso?


Estoy segura que algo aporta, pero no soy una especialista en observar eso. Cada persona que está plantada en el mundo tiene una visión que irradia una perspectiva de la realidad. Es una idea un poco subjetivista de cómo se forma la realidad, pero estoy convencida de eso. Y cada visión sin duda ilumina nuevamente el mundo, si es que esa persona esta interesada en observar el mundo que lo rodea. Entonces me parece que sin duda la experiencia de una mujer debe tener alguna particularidad respecto de la del hombre. Probablemente porque todavía estamos en esos momentos de la historia donde la visión desde el lugar de las mujeres no estuvo tan incorporada, o se ha ido incorporando más lentamente al acervo de la cultura general, sin duda debe haber muchísimas cosas que inaugura el hecho de que haya tantas directoras. Me parece que hay un fenómeno argentino, que no lo he visto ni en países europeos, que se supone son los menos machistas, y que es la cantidad de mujeres en el cine. Ni en Brasil hay tantas directoras como acá.

Justamente ese es un fenómeno que no tiene más de diez o quince años.

Sí, pero fijate que de mi generación, entre 40 y 30 años, debe haber unas veinticinco directoras. Cuando yo tenía quince años, la persona más exitosa en el cine y más popular en término de cantidad de espectadores era María Luisa Bemberg. Entonces cuando yo recién empezaba a pensar que cosas quería hacer en el futuro, ya había dos mujeres en el cine, porque también estaba Lita Stantic como productora, sumamente exitosas que estaban comunicándose con el público en la década del 80 como no lo habían logrado muchos directores. Entonces uno ya crece pensando que eso es la normalidad y creo que eso habilita un montón de cosas. A veces la historia depende de hechos fortuitos así y para muchas chicas de mi edad eso era normal…

Igual no creo que eso sea fortuito. La cultura argentina ha sido marcada por mujeres muy fuertes, al menos durante el siglo XX…

Pero también otros países lo fueron, en eso lo podés comparar con México, y no ha pasado lo mismo en el cine. Me sigue pareciendo fortuito que María Luisa haya sido un personaje de éxito. Perfectamente podrían no haber existido María Luisa y Lita, y sin embargo la presencia de ellas fue punta de lanza de forma contundente y definitiva. El hecho de que Lita haya seguido trabajando con distintas generaciones de directores marca la pauta de la vitalidad de esas mujeres. Me parece que para las mujeres de Argentina no es una rareza, porque ya de adolescentes veíamos el éxito de mujeres en el cine. Estoy convencida de que en Salta, para un montón de chicas que una mujer sea directora es habitual, porque me ven filmando cada dos o tres años, porque leen las notas. Entonces el ser mujer ya no es un tema y las preocupaciones pasan a ser otras.

Pasado y Futuro.

Sabemos que trabajás en una versión cinematográfica de
El Eternauta y que postergaste otro proyecto para hacer La mujer sin cabeza: ¿hay alguna otra cosa que te gustaría llevar al cine?

De la historia argentina, miles de cosas: el malón, la zanja de Alsina, Florentino Ameghino, el perito Moreno. El siglo XIX en la Argentina es fabuloso y en algún momento habría que encararlo, pero me parece que exige un montón de invenciones, como las que hicieron los yanquis con sus vaqueros, pero quizá con otras ideas políticas. Hay que inventar un idioma español para esa gente… siempre pensé que si tuviera que hacer una película de época trabajaría mucho los diálogos reinventando un español a partir de las cartas, de los documentos escritos. Que sin dudas no era como hablaban, pero sí me parece que hay que inventarlo. A mí la zanja de Alsina es un episodio de la historia argentina que me parece fabuloso y además arquetípico de lo argentino… Es una zanja que se hizo como última medida defensiva para frenar el malón, porque después ya viene la contraofensiva de Roca, que es de aniquilación. Esa fue la última medida defensiva. Imaginate esos tipos en el desierto, en la pampa, unos soldados mal vestidos que ni siquiera llegaban a formar un ejército, cavando esa zanja, sabiendo que más allá hay un peligro salvaje y aterrador y sangriento, que los está espiando, que los está viendo cavar. Mientras vienen unos franceses locos a diseñar cómo hay que hacer la zanja y a decir que hay que cavar acá, cavar hasta allá. Y los indios, de una ingeniosidad increíble, mandan un montón de ovejas delante, las vacas detrás. La zanja se llena de ovejas que se van aplastando y las vacas pasan por encima como si fuese una alfombra de algodón. Es genial y es terrible… me fascina esa idea. Hasta para obra de teatro me parece una situación humana increíble.

La historia es fantástica de alguna manera.

Es que el pasado es siempre fantástico, tiene esa cualidad…

Una invención del presente, digamos.

Claro. El pasado es tan exótico…

¿Y qué te falta para hacerlo?

Y… tendría que seriamente abocarme a escribir si quiero que alguien más se interese. Porque esa es una idea de esas fabulosas, pero de eso hay que hacer un guión.

Respecto del proyecto en suspenso, que sería una película de horror y ciencia ficción, ¿por qué después de tres películas tan difíciles de encasillar pasás a meterte dentro de algo tan específico como es un género?

Primero hay que ver la película. Para mí va a ser ciencia ficción pero vamos a ver cuanto va a encajar en la previsión que hice de eso. Yo tampoco lo sé, capaz que calza perfectamente. Cuando trabajás con un género, ahora que estoy con El Eternauta, sabés que lo propio del género es cierta prescripción que te permite jugar con algo que ya está hecho, una serie de normas que se comparten entre espectador y director, y violarlas o respetarlas es un juego entre las partes involucradas. Es un desafío. Yo no me siento constreñida por el género, sino que siento que tengo un montón de leyes con las que puedo jugar.

Además meterte con géneros como el terror o la ciencia ficción, es un poco volver a la infancia.

Sí, sin dudas. No sabés lo que me estoy divirtiendo… mirá que yo la pasé bien cuando escribí las otras películas, pero acá me estoy divirtiendo a montones, porque tengo que pensar en qué mostrar, en efectos especiales, en dispositivos, en máquinas… ojalá funcione todo. Y si no, publicaré el libro de la película que no se hizo (risas).

Puertas adentro.

Lucrecia Martel no acostumbra hacer referencias sobre su vida privada. Por eso son valiosos algunos comentarios que se alejan un poco del personaje de directora y permiten entrever a la mujer sensible, franca y con un gran sentido del humor que hay detrás de las películas.

Como se le suele achacar a los psicoanalistas, ¿tenés el defecto profesional de mirar tu vida cinematográficamente, esto de verla por encuadres o escenas?

No, para nada. Detesto los que dicen “¡mirá que buena foto!” y es alguien que se cayó en la calle. ¿Cómo que buena foto?: alguien se cayó en la calle. O por ejemplo estás en un restaurante y afuera hay una fila de cartoneros con sus cosas y dicen “¡Que toma, eh!”, porque está la gente iluminada, la ventana y se ven sombras pasar… ¿Pero cómo que toma? Me pasa a veces que utilizo ciertos recursos cinematográficos como forma para sobrevivir. Por ejemplo me toca enfrentar una situación desagradable y no tengo fuerzas para hacerlo; si tengo que ir a discutir con alguien, trato de ponerme en la posición de que eso es algo interesante, una escena interesante. Trato de vivirlo así.

Supeditar la realidad a tu propia idea para aligerarla.

Muchas veces uso el recurso profesional para defenderme o preservarme de alguna manera. Pero no logro vivir así, ¿eh? En algunas situaciones que no te involucren emocionalmente, lo podés hacer. Pero si vas a tener una discusión amorosa, ahí ya no podés estar haciéndote la directora de cine (risas).

¿Y el amor ocupa en tu vida el lugar que te gustaría que ocupe?

Me doy cuenta que ocupa un lugar más importante del que le estaba dando. Yo me enamoré de grande, desconozco los amores de los 16, 17: yo me enamoré por primera vez a los 25. Por eso me identifico con ese lugar del amor como un lugar que te quita libertad y te debilita. Creo que el amor es una enfermedad, que no es algo que tiene que ver con la salud, pero que es la enfermedad a la que todos aspiramos.

Epílogo.

Cuando Martel me despide ya tiene otro periodista esperando. Se excusa de acompañarme hasta abajo y me entrega las llaves de la puerta de calle. Bajo pensando en que todo ha sido agradable y cálido, y que Lucrecia se aleja bastante de los esquivos personajes de sus películas. Cuando abro la puerta y salgo a la vereda, justo delante de mí se descuelga una soguita como un tentáculo con un gancho en el extremo, como un brazo descoyuntado que se estira desde el tercer piso para completar el trabajo indeseable. Aseguro el manojo de llaves en el gancho, le doy un tirón a la soga y me quedo mirando para arriba hasta que todo desaparece por una ventana apenas menos oscura que el cielo. Es de noche en Buenos Aires.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultural del diario El País, de Montevideo.