jueves, 11 de octubre de 2007

LIBROS - Fuegos, de Marguerite Yourcenar: El mito del amor roto

Los mitos griegos son, sin dudas, una fuente de fantasías constante. ¿Quiénes de los que han recorrido alguna vez esas galerías infinitas de héroes, no desearon y repitieron con la imaginación las historias de sangre, los versos de amor y celos, las hazañas revueltas de eternidad?

De entre las obras de los grandes artistas y pensadores que se cuentan entre los fascinados, el libro Fuegos de la escritora francesa Marguerite Yourcenar se destaca por su originalidad y solidez poética. Una visión del mundo clásico que es reordenada a partir del filtro de la modernidad, sí, pero mucho antes por el desengaño. Así, Fuegos se ofrece en nueve textos líricos de poesía escrita en prosa, en los cuales otros tantos personajes mitológicos le sirven a la autora de metal conductor a través del cual exorcizar un deseo que no ha podido ser depositado en su verdadero objeto. Una especie de vivisección del amor como emoción excluyentemente humana a partir de la propia decepción.

Partiendo de ideales mitológicos, las nueve historias son utilizadas como si se tratara de espejos, para hablarnos de pasiones laberínticas, enredadas e intransitables, en los que la miseria, el despojo, la soledad, el dolor, y otras heridas imposibles de eludir, se asoman a la superficie para transformarse en la voz de esa víctima única, que es siempre la víctima del amor: no hay desgarro más feroz e intransferible que aquel que provoca el amor.

Así, Fedra vuelve a desear - la desesperación - aquello que la moral le niega una y otra vez; el Aquiles oculto entre mujeres sólo siente pasión por aquello que tratan de esconderle; María Magdalena (el único de los personajes elegidos que es ajeno al mundo helénico) elige relegar sus deseos por amor a dios y luego, como un juego de constante sumisión, también acaba por resignar hasta la mujer que es.

En estas historias de rechazo, de destierro, de fidelidades inútiles, historias de amor detenidas por la moral, hay también una conciencia del propio martirio y una necesidad patética de creer que ese dolor ennoblece a la criatura victimizada: “No tengo miedo de los espectros”, leemos un fragmento, “Sólo son terribles los vivos, porque poseen un cuerpo”. A partir de ahí, el amor y la muerte ya no son las caras que adornan los dos lados de la moneda, sino la cabeza de Jano estampada en una moneda de un único lado. Porque en esta nueva conjugación de antagonismos, amor ya no es lo opuesto al odio, o al dolor, o a la muerte, sino que son los elementos de una misma sustancia indisoluble que representa la esencia misma del ser humano. Víctima y victimario bien pueden ser la misma cosa.

Como dato histórico biográfico, se puede agregar que Fuegos es el fruto literario del amor no correspondido de una joven Marguerite, prendada de un hombre que no puede amarla. Nueve figuras de arcilla poética que ella ha modelado de manera catártica en los relatos que le dan forma a esta obra. Por eso Fuegos puede ser visto como el retrato neurótico de una obsesión en nueve pasos sucesivos, que también se transluce en esas frases elocuentes y lúcidas que Marguerite ha tomado de un diario íntimo de la misma época de su desengaño, y que utiliza como marco emotivo para sus exquisitos relatos.

“No hay nada que temer. He tocado fondo. No puedo caer más bajo que tu corazón”.

(Artículo publicado originalmente en http://www.informereservado.net/cultura.php)

CINE - Filmatron, de Pablo Parés: Pinta tu aldea (de negro)

Para hablar de Filmatrón, nueva película de Pablo Parés y Farsa producciones, hay que empezar por hablar de Haedo, especie de barrio oasis al oeste de Buenos Aires, en donde de forma espontánea y con el único combustible de la propia tracción a sangre, se ha generado una de las movidas más ricas y eclécticas de la cultura joven actual. Como muestra elocuente alcanza con mencionar a Árbol, banda fetiche de Gustavo Santaolalla, o a Ale Sergi, quien hace más de 15 años ya tramitaba en el rock el éxito que con Miranda! encontró en el pop. También en Haedo y a mediados de los 90, un grupo de chicos sorprendió con Plaga zombie, una película inspirada en lo primero de Sam Raimi y Peter Jackson, que no tardó en volverse culto. No porque estuviera a la altura de los originales que emulaba, sino porque con pocos recursos, mucho ingenio y autogestión consiguieron, de igual a igual, llamar la atención de su propia generación. Así se consolidó Farsa, la productora responsable de algunos de los video clips más interesantes de los últimos años -ver sino Postal, de Kapanga, o Arrancacorazones de Attaque 77 -, y que con Filmatrón vuelve al cine.
Un grupo de jóvenes liderados por Lucas, un chico amante de las historietas, eligen el cine para revelarse contra un sistema vigilante, que en beneficio de una minoría manipula la realidad desde los medios de difusión. Perseguido por un siniestro grupo policial que se encarga de aplacar todo intento de creatividad, Lucas y sus mundos fantásticos serán el perfecto elemento conductor para combatir esa otra ficción con que el estado aplasta al individuo. Lo aclaran los títulos finales: toda coincidencia con la realidad (o con la novela 1984) fue planeada desde un principio.
Dados los antecedentes de sus creadores, Filmatrón (premio del público en el BAFICI 2007) se presenta a priori como una invitación de interés, y la película cumple en varios aspectos. En primer lugar, porque se ocupa de géneros poco explorados, de vacíos y espacios marginales del cine argentino, y ese valor experimental merece ser reconocido a pesar de algún déficit, como la marcada diferencia entre los actores de mayor experiencia y los otros, o un guión que si bien marcha sobre una idea central clara y apostando a un humor inocente, por momentos peca de elíptico y presenta las situaciones como prendidas con alfileres o sin explicación ni continuidad; aunque es cierto que en una película como Filmatrón, dirigida a un público joven con el que comparte su festivo espíritu amateur, una lógica inestable puede volverse un recurso estético válido. Los rubros técnicos y artísticos que también suman a favor en el balance, más los buenos antecedentes ya enumerados, hacen suponer que el grupo de Farsa está en condiciones de saltar al siguiente nivel, sin que la fórmula del barrio como microcosmos se transforme en capricho o vicio. El objetivo no está tan lejos.

(Artículo publicado originalmente en Página 12)

CINE - La cáscara, de Carlos Ameglio: Patético vacío existencial

A Juan suele salirle todo bien: es director creativo en una agencia de publicidad, y nunca le han faltado las ideas para satisfacer a quienes confían en él para sus campañas. En cambio Pedro, su mano derecha, se siente un inútil, un farsante: sabe que no tiene mucho para aportar, y cree que los demás no tardarán en darse cuenta; entonces se quedará sin trabajo. Cuando la competencia les roba la idea original para la campaña de un antigripal, Juan y Pedro tendrán que encontrar de apuro un plan B para cumplir con el cliente, un laboratorio médico. Juan tiene un par de cosas en mente y a eso se van a dedicar después del fin de semana. Pero hay variables que son incontrolables, como la muerte por ejemplo, que insiste en ser siempre una sorpresa así en la vida como en el cine. Y Juan se muere nomás en un accidente de auto, sin haberle dicho a Pedro ni una palabra de su idea. Pedro, que es ascendido al cargo del finado ahí en el entierro, se queda solo y vacío, y lo único que lo sostiene para no derrumbarse detrás de esa muerte, es la búsqueda de la idea perdida.

Carlos Ameglio, director y guionista de La cáscara, domina la escena en más de un sentido: él mismo ha hecho una carrera exitosa como publicitario y sabe retratar el infierno de la mente en blanco. Sin embargo su dibujo del mundo de la publicidad no es central para el relato sino un punto de partida, la excusa para hablar de la muerte y las relaciones humanas, verdaderos perfiles que se intuyen entre los trazos de esta comedia a la vez agobiante y emotiva, que con buen uso de la ambigüedad permite más de una hipótesis. Y si por un lado parece que Pedro no conseguirá involucrarse nunca con las necesidades y sufrimientos de quienes lo rodean –ni hacer pie en su propio dolor-, también se intuye que en la aceptación del papel de la muerte, un accidente inevitable al final de cada vida, puede estar la clave que le permita encontrar la salida de su propio laberinto. Y ya sin la presión de tener que correr detrás de vidas ajenas, ni la necesidad de satisfacer más deseos que los propios, Pedro quedará reducido sólo a su cáscara. Tal vez así hasta llegue a dar con la idea para la publicidad.

Se ha dicho que las raíces de Ameglio están en la publicidad. A partir de su oficio consigue darle a La cáscara una factura técnica elogiable, acertando en climas adecuados, y una sólida dirección de actores. Además ha sabido rodearse de profesionales que hicieron lo suyo con eficacia, como la fotografía de Juan Lenardi, o Gustavo Casenave, quien consigue aportar ambiente con la música sin convertirla en un subrayado vulgar. Entre las actuaciones se destaca Juan Manuel Alari, que ha logrado con su Pedro el equilibrio perfecto entre la desorientación, el desamparo y la estupidez, con una apatía a la que podría describirse como hendleriana, por los puntos de contacto con varios personajes del también uruguayo Daniel Hendler, a quien este Pedro parece deberle algunas cosas.

(Artículo publicado originalmente en Página 12)

CINE - El niño de barro, de Jorge Algora: La víctima sigue siendo la misma

A fines del siglo XIX, con las grandes ciudades de Europa convertidas en enormes asentamientos de pobreza y enfermedad merced del auge del positivismo industrial, la emigración se volvió una válvula oportuna para que los viejos estados aliviaran su crítica situación. Fue allí que cobró fuerza el mito del paraíso americano. Millones de europeos eligieron cambiar penuria por esperanza, iniciando con su llegada sociedades multiculturales inéditas hasta entonces, en las que orígenes y razas se entrecruzaron hasta forjar nuevas identidades colectivas. Sucedió en los Estados Unidos, en México y Brasil, sin embargo es en la Argentina y sobre todo en Buenos Aires, donde este aluvión se convirtió en uno de los hechos fundacionales de una nación. Pero junto a lo sueños de esos hombres viajaron aquellas miserias, que desde las puertas abiertas de Europa, como peste, también se mudaron aquí. Esa ciudad, en 1912, es el escenario urgente de esta historia.

Mateo tiene 10 años. Es hijo de Estela, una española que se gana la vida como costurera, y desde que fue atacado en una quermese por un desconocido, sufre pesadillas en las que es testigo impotente de las humillaciones a las que son sometidos otros chicos, siempre en el escenario para él aterrador de esa feria que su memoria no puede abandonar. Cuando esas imágenes empiezan a agobiarlo durante la vigilia y los rostros de los chicos abusados se vuelven familiares, Mateo pide ayuda y por medio del policía que es concubino de su madre, consultan al doctor Soria, el forense. Allí se enterarán de que las sesiones de tortura y los muertos que Mateo ve entre sueños son reales. Al principio, con reglamentaria lógica policial, el comisario Petrie se niega a creer que el chico pueda estar ligado a los crímenes a través de sus pesadillas, pero terminará aceptando que tal vez en esa conexión esté la clave para detener al asesino.

El niño de barro, opera prima del español Jorge Algora, cuenta la historia del Petiso Orejudo, triste consecuencia de aquella inmigración desesperada, una de las leyendas negras más terribles de Buenos Aires que extrañamente no había llegado al cine. Dentro de un marco histórico que es central para que la reconstrucción del verdadero protagonista de la película sea lo más justa y completa posible, Algora acierta al inclinarse por la ficción antes que por la exactitud documental, atando la mirada del espectador a las pesadillas del único sobreviviente y velando la figura del mítico criminal. Y aprovecha los detalles no para estigmatizarlo, sino para mostrar que el victimario, en tanto niño, ha sido primero víctima. Aunque tal vez se exceda en símbolos sicoanalíticos demasiado explícitos. Dentro de un elenco de parejas actuaciones, reconforta la de Daniel Freire, cuya estampa encaja perfectamente en el physique du rol del atormentado comisario; Chete Lera, Maribel Verdú y Sergio Boris confirman su oficio; sorprende el pequeño Juan Ciancio, quien con mucho por mejorar compone a Mateo con dignidad. Pero sobre todo impacta Abel Ayala: en su Cayetano revive la esencia del Frankenstein de Boris Karloff, en la escena de la nena y las margaritas; en ambos, ni la inocencia perturbada ni todas sus limitaciones alcanzan para contener esa involuntaria naturaleza de monstruo.

(Artículo publicado originalmente en Página 12)

LIBROS - Los escritores inútiles, de Ermanno Cavazzoni: El inútil arte de volverse escritor


A modo de un manual de autoayuda, o de un curso acelerado a distancia, el libro Los escritores inútiles (Gli scrittori inutili), de Ermanno Cavazzoni, comienza por advertir al lector acerca de la forma correcta de utilizarlo. Le dice a aquellos que deseen convertirse en los escritores del título, que la ejercitación es el arma fundamental para conseguirlo. Una ejercitación basada en la insistencia sobre los siete pecados capitales, aunque con eso no alcance. En esa educación también influirán las familias a las que se pertenece, las escuelas que forman y deforman, las vejaciones que se irán sufriendo; las esperanzas, que sostienen mientras se esfuman; los fantasmas que acosan, el vagabundo que cada uno será, y la demencia, de la que finalmente ninguno se salva.
De la combinación de estos siete elementos y de los siete pecados, surgen los cuarenta y nueve relatos que intentarán mostrar cuáles son los caminos más efectivos para convertirse en escritores y en inútiles. Y como encargado de esta educación, Cavazzoni resulta un guía inmejorable. Porque cada uno de sus relatos es un cachetazo, un castigo que según el humor del lector puede resultar una tortura, o un refresco.
Si se toma como paradigma aquel concepto peronista según el cual no hay para uno mismo nada mejor que otro de la propia especie, y se lo invierte para aplicarlo sobre este libro, es fácil suponer, y confirmar tras la lectura, que no puede haber una mirada más cínica, más cruel y más irónica de la literatura, que la que se ofrece desde adentro. Aquella de la que sólo es capaz un escritor. Y en eso Cavazzoni también es un maestro feroz y despiadado. Un tutor que no se permite dudar de los golpes que significan cada uno de sus relatos en contra del género de los escritores, su propia estirpe, y en contra de sí mismo por carácter sanguíneo.
Es cierto que existen varios niveles de lectura para Los escritores inútiles, como corresponde a toda literatura bien concebida. Porque si lo único bueno que pudiera decirse acerca de este libro es que consiste en una burla efectiva al mundillo de la literatura, no sería gran cosa.
El primer nivel que presentan estos relatos que Cavazzoni va ensartando como un cirujano de cuchilla y chaira, es el de los argumentos ingeniosos. Está aquel en que los escritores son adoptados por esquimales, para ser utilizados como animales de carga y tiro. O el otro, en que un escritor afirma que el nazi fascismo, lejos de haber desaparecido, renace cada verano en ciudades balnearias transformadas en campos de concentración.
Un poco más abajo, entre el texto, está el nivel de los símbolos y las metáforas que no necesitan ser explicadas: donde las escritoras sólo sirven para que escritores machos puedan descargar en ellas sus pulsiones sexuales más salvajes; o la constante reducción de los escritores a perros, capaces toda fidelidad, pero también de la mayor ferocidad o estupidez.
Y más profundo aún, está la poesía, sencilla y auténtica. Ahí es donde dos escritores que salen de su casa para dar la vuelta al mundo, después de andar y andar llegan a una casa extraña. Tras una cena exquisita, servida quién sabe para quién, se acuestan a dormir, para despertar con sorpresa de nuevo en la propia casa. Una metáfora minimalista pero poderosa, que sin duda habla acerca de lo acotado de literatura, en donde tal vez, ya todo ha sido escrito.
Por lejos que uno crea haber llegado.

(Artículo publicado originalmente en www.informereservado.net/cultura.php)