
Si bien no se trata de una experiencia cinematográfica bochornosa ni nada de eso, es cierto que algunas de las virtudes que las primeras películas habían mostrado, sin llegar a evaporarse, se presentan diluidas entre una buena cantidad de obviedades y convenciones. Que, es cierto, también se encontraban presentes en las dos entregas previas, pero subsumidas dentro de la eficacia general del relato. Entonces cabe preguntarse, como ya ocurrió con la mencionada Los juegos del hambre: ¿cuál es la verdadera dimensión de esta distopía? ¿Aquella de Divergente y de Insurgente, en la que el buen criterio narrativo le imponía sus condiciones a una historia que no dejaba de ser un rejunte de convenciones bien contadas? ¿O esta otra de Leal, en donde una narración a reglamento hace que todo se vuelva predecible y evidente? Porque aunque es cierto que la saga no llegó hasta acá siendo un prodigio de originalidad, tampoco se percibía de manera tan vulgar como ahora su apego por las estructuras dramáticas prefabricadas o los protocolos de evolución y cambios “sorpresivos” de los personajes.
Si hubiera que definir con una palabra el retroceso que representa Leal para la saga, esa palabra sin dudas sería comodidad. Una comodidad en la que se da por sentado que para hacer que la cosa funcione alcanza con efectos especiales decentes (no buenos, sino apenas decentes) y dejar que la historia avance en piloto automático. Una comodidad que les permitió a sus responsables creer que sembrar dos buenas semillas en las entregas previas los autorizaba a sentarse a mirar por la ventana, viendo qué crecía de ellas, en lugar de calzarse las botas y meterse en el barro del cine a regar.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculo de Página/12.
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