
Lo primero que puede decirse es que los relatos breves que recogen sus páginas responden a un adn vinculado al linaje del cuento fantástico, tal como este es definido de facto por los trabajos de muchos de los autores recién mencionados. Relatos en los que la realidad se pliega sobre sí misma, a veces de manera obvia, otras de forma apenas perceptible (pero siempre detectable), generando esas atmósferas enrarecidas que el propio Rodolfo Walsh utilizó como excusa para los cuatro extraordinarios volúmenes de su Antología del Cuento Extraño. Características que se verifican en los once relatos que componen el libro de Grimberg y que al conocedor le traerán a la memoria el sabor clásico del género. Sensación que se potencia en las referencias que en el libro se hacen de autores como Antón Chejov, Antonio Di Benedetto, Juan Carlos Onetti o el propio Borges y que señalan abiertamente la voluntad del autor de encolumnarse dentro de una tradición determinada.
Si bien los cuentos se desarrollan en no más de diez páginas y en general no superan las seis, Grimberg consigue una densidad y un peso que convierte a algunos de ellos en modélicos respecto de qué es y cómo debe escribirse un cuento. En ellos no hay tiempo para hacer que el lector se vaya sintiendo confortable y suavemente sumergido en una historia que, como ocurre con las novelas, puede permitirse los lujos de la digresión y el detalle. El escritor de cuentos tiene la obligación de atrapar al lector desde el comienzo, tomarlo por las solapas y no darle oportunidad de mirar para otro lado que no sea el texto. Fracasar equivale a que el libro vuelva a su estante para siempre. Grimberg lo sabe y algunos de los comienzos de sus cuentos son un empujón al borde del abismo. “En calzoncillos, parado frente a él, yo esperaba llorando y con el cuerpo tieso. Sentado en el borde de mi cama, con aire distraído, dijo: te voy a enseñar lo que le hacían a los judíos. Después me dio una piña en el pecho...” Así comienza “El buen alumno”, uno de los cuentos incluidos en Cada siete segundos, en el que el protagonista se encuentra, ya adulto, frente a la posibilidad concreta de reparar algunos abusos sufridos durante su infancia. Un relato que de algún modo propone que no hay mejor revancha que aquella que ofrece la memoria al ser traducida en palabras.
Pero los relatos de Grimberg no sólo impactan de manera individual, sino que ofrecen al lector un recorrido temático muy variado, en donde no faltan el humor y el sexo, la angustia y la furia. Cuentos como “La anfisbena” o “El espejo”, ambos de algún modo borgeanos, más por tema que por estilo, en donde lo cotidiano se deforma hasta volverse ajeno. O una ciencia ficción elegante, tal como podrían concebirla Ray Bradbury o Elvio Gandolfo, en “La máquina del amor”. Y, siempre, una mirada atenta que ofrece una versión de la realidad como sólo puede ser vista desde el marco pequeño y fabuloso del cuento fantástico.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.
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