
Construido sobre una base demasiado esquemática, tanto en la progresión de los hechos y circunstancias que motivan la acción como en la creación de nuevos personajes, el guión de Rio 2 parece obra de un software de escritura automatizada. Así de rígido y reiterado es todo. No por nada la historia recuerda en sus detalles a productos similares (incluidas las cuatro entregas de la mencionada La era de hielo, en la que el propio Saldanha también fue director), o a situaciones ya vistas en otras películas como La familia de mi novia (Jay Roach, 2000), a cuyo cuarteto de personajes principales parecen remedar los protagonistas de Rio 2. La pareja de guacamayos azules de la primera película, últimos ejemplares de una especie casi desaparecida, debe viajar ahora al Amazonas, donde al parecer acaba de avistarse a algún otro de su especie. Allá descubrirán que una bandada de los suyos ha sobrevivido a la extinción ocultándose en un santuario natural, fuera del alcance humano. No será una sorpresa enterarse que el jefe de la bandada y su mano derecha son el padre y el ex novio de ella. El juego de reemplazar a los cuatro guacamayos por Ben Stiller, Teri Polo, Robert De Niro y Owen Wilson es muy sencillo.
Aunque la animación es inobjetable, también debe decirse que el film realiza una representación muy primaria de aquellos lugares comunes por los que puede identificarse al Brasil. Si en la primera el Carnaval ocupaba el centro de la escena, acá ese lugar le queda, de manera no menos previsible, al fútbol: ¿qué otra cosa podía ser en el año del Mundial? Creada y dirigida por un brasileño, Rio 2 podía aspirar a algo más de profundidad y no este quedarse en una superficie de colores brillantes, en donde hasta las favelas son de un pintoresquismo for export y no uno de los lugares más miserables y peligrosos del mundo. En medio de todo eso, el mensaje ecologista representa la no menos esperable corrección política y no mucho más.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
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