domingo, 28 de noviembre de 2021

LIBROS - Entrevista con Jay Parini, autor de la novela "Borges y yo": Borges contra el monstruo del Lago Ness

Jay es un joven estudiante de literatura que sueña con ser poeta, angustiado por la posibilidad de ser reclutado de forma compulsiva por el ejército de los Estados Unidos para ser enviado al frente, en lo peor de la Guerra de Vietnam. Tiene algo más de 20 años y pocas certezas, pero está convencido de que esa guerra que está consumiendo a su país es un completo despropósito y que no será parte de ella. Para ponerse a salvo, el chico decide viajar a Escocia para cursar un posgrado en la universidad de St. Andrews. Además, la travesía resulta oportuna para tomar distancia del pueblito en el que vive, de la casa paterna y en especial del vínculo con su madre, una mujer sobreprotectora y trágica a la que adora pero que, se da cuenta, no le permite empezar a crear sus propios lazos con el mundo. En Escocia Jay conoce a Alastair Reid, un hombre mayor que él y un extraordinario lector, quien lo estimulará en la difícil labor de depurar su escritura. Alastair es además el traductor de Borges al inglés, aunque Jay no tiene ni idea de quién es Borges y tampoco está interesado en descubrirlo. Pero lo hará. 

Es que el viejo escritor argentino está por visitar Escocia y pasará algunos días en la casa de su traductor, que está fascinado con la idea de recibirlo. Pero ocurre que cuando el autor de Ficciones por fin llega, una urgencia obliga a Alastair a viajar a Londres y no encuentra mejor solución que pedirle a Jay que se encargue de cuidar a Borges durante su ausencia. Una vez solos, el viejo convencerá al joven de que lo lleve en auto a conocer las Highlands, las tierras altas al norte de Escocia cuna de tantos mitos. Un poco por compromiso y otro poco por curiosidad, Jay acepta el pedido de Borges. Así, juntos, ambos parten en un Mini Cooper destartalado en un viaje capaz de opacar en aventuras y maravillas al que emprendió el cansado Ulises para regresar a Ítaca, su patria. 

Este es apenas el comienzo de la novela Borges y yo, escrita por el escritor estadounidense Jay Parini y publicada por el sello editor Emecé. En sus páginas, memoria y ficción se trenzan para darle forma a un relato que tiene el encanto de revivir a un Borges íntimo, desconocido para muchos de sus lectores, pero al que se intuye en las infinitas entrevistas, libros de diálogos y anécdotas que lo tienen como protagonista. Como ocurre con muchas películas que abrazan la tarea de ficcionalizar historias reales, el Borges y yo de Parini también podría comenzar con un aviso al lector: aunque los hechos que acá se narran son reales, algunos personajes, situaciones y diálogos han sido modificados y/o creados con fines dramáticos. Como en muchos de los textos del corpus borgeano, en la novela de Parini es imposible saber dónde está el límite entre los recuerdos del autor y esos retazos de ficción necesarios para crear un universo tan vívido como atractivo.

Ese Borges que surge de los recuerdos de Parini, que en efecto recorrió con el escritor el norte de Escocia en el otoño de 1971, es en realidad muchos a la vez. Es el mismo viejo sabio con el que cualquiera se puede encontrar dando una vuelta por YouTube. Pero también una especie de Don Fulgencio, el hombre sin infancia, aquel cándido personaje de historieta creado por Lino Palacio para quien todo en la vida era parte de un juego ilusorio. Así se comporta Borges al conocer esos lugares de la Escocia mítica que desde la infancia habitaban en su imaginación. El Lago Ness, con su monstruo misterioso que para él no es otra cosa que la encarnación de Grendel, la bestia que aterroriza a los vikingos en el poema épico Beowulf. La ciudad de Inverness, citada por Borges en uno de sus cuentos más famosos, “El Aleph”. O la llanura de Culloden, donde los realistas escoceses perdieron su última batalla contra el ejército inglés. Pero también es un nene celoso que le guarda rencor eterno a Oliverio Girondo por robarse el corazón de Norah Lange, su primer amor; o el protagonista de un involuntario viaje psicotrópico, después de devorar con avidez varias porciones de un brownie preparado con un ingrediente “secreto”. Con mano amorosa y de forma ilusoriamente simple, Parini guía al lector por un recorrido maravilloso al centro de su memoria, creando en el camino un verosímil Borges de fantasía.

 

-Una parte importante de su libro gira en torno al vínculo que usted mantuvo con sus padres durante su infancia y juventud. Por eso quisiera comenzar con una pregunta que su padre le hace a aquel Jay joven, pero que tal vez entonces él no tenía forma de responder. ¿La literatura es una profesión? ¿Siente que hoy podría responder con seguridad a esa pregunta de su padre? 

-Pienso que en la actualidad, 50 años más tarde, podría decir que la literatura es tanto una vocación como una profesión. Hago lo que hago por amor esa materia, porque realmente amo escribir y pensar acerca de la literatura y del acto de la escritura. Tengo la sospecha que aquel encuentro con Borges me ayudó a imaginarme, a verme a mí mismo como un escritor en el futuro.  

-La novela está atravesada por un espíritu borgeano que va mucho más allá de la presencia concreta de la figura de Borges como coprotagonista y contiene numerosas referencias y citas indirectas a su obra. Por ejemplo, la historia del profesor Falconer, quien sobre el final de su vida, ya senil, termina creyendo ser el autor de los sonetos de Shakespeare, como si se tratara de una especie de Pierre Menard. El libro está repleto de juegos intertextuales por el estilo. ¿Cuánto de ficción y cuánto de realidad hay en esas referencias? ¿Le resultó difícil integrarlas al relato sin que el recurso se volviera artificial? 

-Creo que esa relación entre la obra de Borges y mi novela va variando en cada caso. Sin embargo, en cuanto al caso del profesor Falconer y su “escritura” de los sonetos de Shakespeare, toda esa historia es literalmente cierta y no necesitó que yo le agregara ni el más mínimo detalle de ficción. Me parece que en ese sentido Borges fue tan clarividente que fue capaz de prever muchas de las cosas que ocurren en el mundo. Yo simplemente tuve que estar atento a eso, realizando los ajustes que me parecieron oportunos tanto para la historia, como para conseguir que el libro tuviera el mayor número posible de ecos borgianos. Por ejemplo, todo el asunto de las duplicaciones se encuentra muy presente en la obra de Borges, así que me aferré a eso para ir encontrando ese tipo de paralelismos con mi propia historia. De ese mismo trabajo surge la anécdota, también real, del profesor Falconer confundiéndome a mí con mí mismo.  

-“El primer deber de un crítico es leer con ánimo compasivo, tratando de comprender el punto de vista de quién escribe”. Me interesó esa afirmación que usted hace durante su primer encuentro con Alastair Reid, porque me recordó al vínculo que muchos lectores establecen con el Borges real. Creo que quienes amamos a Borges estamos obligados a ser piadosos con él, a disimular, a aligerar el peso de sus defectos como persona en beneficio de la admiración que nos produce su genio escritor. ¿Usted debió recurrir a aquel “ánimo compasivo” a la hora de convertir a Borges en un personaje de su novela? 

-Creo que ahí das en el clavo, porque coincido por completo con esto que acabás de marcar. Borges pudo haber tenido muchísimas fallas como hombre, como ser humano. Pero eso es tan cierto como que en su rol de escritor no tiene parangón. Por mi parte, siempre intento practicar la compasión de todas las formas en que me es posible, tanto sea en la escritura como en la vida real.  

-En el libro, Alastair le da a usted un consejo muy borgeano cuando le dice que los poemas “nunca se terminan, solo se abandonan” y que “publicarlos es una forma de deshacerse de ellos”. Teniendo en cuenta que en la novela usted cuenta una historia ocurrida hace 50 años: ¿Por qué tardó tanto en deshacerse de ella? 

-Primero tuve que “ver” esta historia antes de poder escribirla, pero lo cierto es que recién pude hacerlo hace muy poco. En el pasado siempre me daba mucha vergüenza escribir sobre mí mismo. Creo que necesité tomar una gran distancia para tener la perspectiva suficiente sobre aquel que fui, sobre mi propia juventud, y sentirme capaz de escribir acerca de ese chico de esa manera compasiva de la que hablábamos antes. 

-En otro momento, Borges le dice que “nada existe si no encuentra su camino hacia el lenguaje”. ¿Cuánto de esta afirmación es responsable de que finalmente usted haya decidido, 50 años después, convertir aquellos recuerdos de juventud en esta novela? 

-Creo firmemente en eso y después de cinco décadas deseaba, por fin, poder darle un cuerpo a mis pensamientos y experiencias de aquel lejano 1971. Ahora puedo decir que me siento muy bien en relación a lo fiel que conseguí ser al espíritu de aquella época de mi vida. 

-Su Borges también afirma que “todo escritor es un pirata”, porque “pillamos, tomamos lo que nos gusta de los demás, les damos forma a esos bienes robados para nuestros propósitos personales”. A partir de eso, ¿diría que Borges y yo es una novela pirata? 

-Absolutamente. Puedo confesar sin avergonzarme que en ella robé a conciencia cosas de Alastair, de Borges, de Mackay Brown y de docenas de otros escritores. En ese sentido, yo también creo que toda escritura es un acto de piratería. ¡Y Borges era el amo de los piratas! ¡El Capitán Morgan en persona!  

-El protagonista concluye que “a pesar de su mentalidad cosmopolita, Borges parecía apegado a Buenos Aires” y que ese espacio “no era algo a lo que pudiera renunciar. Era su hogar”. Si pensamos en la memoria como un espacio que habitamos, ¿se podría decir que en este libro usted también se construyó un hogar a medida, al que no quiere renunciar? 

-Sí, en efecto, es así. Y por cierto: esa es una analogía encantadora. En este libro mi hogar es un lugar en la memoria, una residencia permanente. En sus páginas he tratado de crear lo que Shakespeare llamaba “a local habitation and a name” (una morada local y un nombre).  

-Su Borges se parece a otras de sus encarnaciones literarias. Tiene la locuacidad, la inteligencia y la picardía casi infantil del que retrata Bioy Casares en su libro Borges. Comparte la avidez y el celo por lo libros con el venerable Iorge, el monje de El nombre de la rosa que Umberto Eco creó inspirado en Borges. Y es también ese fantasma cordial y casi abstracto que camina por Buenos Aires en Sobre héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato. ¿Leyó esas obras? 

-Sí, he leído todos los libros que usted acaba de mencionar y confío en que mi Borges habita en esa misma tradición literaria, tan auto-alimentada por el propio Borges, pero al mismo tiempo también tan real. Recuerdo muy bien una charla que tuvimos con Umberto Eco, en la que hablamos mucho acerca de Borges, y ambos compartimos esta visión acerca de él como una figura extraña y espectral. ¡El amo y señor de la biblioteca universal!  

-Para usted conocer a Borges fue el corolario de una serie de hechos que, al encadenarse, llegan hasta ese punto en el que sus vidas se cruzaron. Pero también es consecuencia de hechos que tienen que ver con las vidas ajenas, como las decisiones que fueron tomando los otros. ¿Cree que detrás de todo eso están los hilos del destino, articulando los hechos de forma borgeana, o haber conocido a Borges no fue más que un golpe de suerte? 

-Me temo que todo ha sido solo un tonto golpe de suerte, una serie de encuentros fortuitos que me han traído hasta esta realidad. En primer lugar, pensá que si no hubiera conocido por mera casualidad a la persona que me sugirió irme a estudiar a la Universidad de St. Andrews, ninguno de los acontecimientos que narro en este libro hubieran tenido lugar. Incluso estaría viviendo una vida muy distinta a la que tuve hasta ahora. Muy probablemente tampoco hubiera conocido a mi esposa, ni hubiera tenido a mis hijos actuales. ¡Mucho menos tendría a mis cuatro nietos! Y todo eso porque el encuentro con Alastair derivó en mi primer trabajo en el Darmouth College, donde conocí a esa mujer que más tarde se convertiría en mi esposa. Creo que la vida no es más que una feliz coincidencia.  

-En la actualidad usted tiene más o menos la edad que tenía Borges cuando lo conoció en Escocia. Imagínese que el destino o la suerte (o la ficción) le permitieran volver a encontrarse con Borges ahora, los dos con algo más de 70 años. ¿Qué clase de conversación cree que tendrían esta vez? 

-Daría cualquier cosa por poder volver a entrar en un hotel de Escocia y encontrarme ahora con Borges en el bar, para mostrarle que yo también logré convertirme en un viejo hombre de letras. Un hombre que, igual que él, ha vivido una vida “verdadera” tanto en los libros como en los caminos del mundo. Creo que ahora podríamos compartir muchas risas y que sería una buena oportunidad para perdonarnos a nosotros mismos por los temores y desvíos de nuestra juventud. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 27 de noviembre de 2021

CINE - 36° Festival de Cine de Mar del Plata, días 9 y 10: Hora de los balances, tiempo de premios

Fin de fiesta para el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, que cierra este domingo su 36° entrega, marcada por el regreso a las salas de cine, aunque sin abandonar las prácticas de la nueva normalidad: la exhibición de películas online. Una edición que, contra viento y marea, afrontando problemas de toda índole, logró darle forma a una programación algo acotada pero muy jugosa, donde no faltaron ni los títulos de autores consagrados ni la posibilidad del descubrimiento. Mérito del equipo de programadores comandado por la directora artística Cecilia Barrionuevo, quienes a pocos meses del inicio del festival no tenían una idea cabal de las condiciones en que iba a desarrollarse el encuentro anual. Tampoco faltaron los homenajes ni los eventos especiales –como la publicación del libro bilingüe El libro de imagen, de Jean-Luc Godard, acompañado de una instalación del gran cineasta francés en el Centro Cultural Victoria Ocampo—, las retrospectivas, en esta ocasión dedicadas a la realizadora alemana Helke Misselwitz y la actriz japonesa Machiko Kyo, y, a falta de invitados internacionales, una gran cantidad de entrevistas, charlas y mesas redondas virtuales disponibles para el público de todo el país.

En una ceremonia que no incluyó proyección posterior –el film de cierre, Madres paralelas, de Pedro Almodóvar, será exhibido este domingo en dos funciones especiales—, se entregaron todos los premios de las competencias oficiales. Hit the Road, de Panah Panahi, hijo del realizador Jafar Panahi, fue condecorado con el premio al Mejor Largometraje de la Competencia Internacional, integrada por doce títulos. La película, íntima y política, llena de humor a pesar de sus resonancias dramáticas, narra el viaje de una familia por el interior de Irán, cuyo destino es el cruce ilegal del hijo mayor por la frontera. La ópera prima de Panahi fue acompañada en el palmarés por What Do We See When We Look at the Sky, ganadora del Premio Especial del Jurado. El segundo largometraje del georgiano Alexandre Koberdize, que tendrá un estreno online el año que viene en la plataforma Mubi, es un sorprendente relato cinematográfico que mezcla la fábula con el realismo de raigambre documental, en el cual la descripción de los habitantes de un pueblo de la exrepública soviética –los humanos, pero también los caninos—y la pasión por el fútbol sostienen uno de los títulos más destacados de toda la temporada 2021.

El galardón para la Mejor Dirección fue para la dupla integrada por los portugueses Miguel Gomes y Maureen Fazendeiro, cuyos Diários de Otsoga resultaron uno de los films más radicales (y bellos) de la principal sección competitiva del Festival. La Mejor Interpretación fue compartida por las actrices Candela Recio, por su participación en el film de Jonás Trueba Quién lo impide, y Zelda Adams, por su papel como joven hechicera en Hellbender, dirigida por John Adams, Toby Poser y la propia actriz. Finalmente, la suiza The Girl and the Spider, otro de los integrantes destacados de la sección, se llevó el premio al Mejor Guion, coescrito por los realizadores Ramon y Silvan Zürcher. En tanto que la española Espíritu sagrado (Chema García Ibarra) y la surcoreana Kim Ki-young of the Report Card, dirigida a cuatro manos por las debutantes Lim Jisun y Lee Jae-eun, compartieron sendas menciones especiales.

Por su parte, el premio al Mejor Largometraje de la Competencia Argentina recayó en el documental Las Cercanas, tercera película de María Álvarez. En ella, la directora retrata la particular relación que une a Isabel y Amelia Cavallini, una pareja de mellizas de 91 años que, sobre el final de sus vidas, parecen haber quedado encapsuladas en el universo de una memoria emotiva a medio recordar. Las cercanas también se encuentra recorrida por la sombra de un espíritu mortuorio, que si no llega a oscurecer la película es porque la mirada de Álvarez consigue abordarlo de un modo empático y amoroso, abrazando las herramientas del humor y la ternura.

La marplatense Agustina Pérez Rial fue la elegida para quedarse con el premio a la Mejor Dirección por Danubio, su ópera prima. Construida íntegramente con un material de archivo, fotográfico y audiovisual, de las ediciones de este mismo Festival de Mar del Plata a finales de la década de 1960, Pérez Rial articula un relato que resalta el vínculo íntimo, a veces minimizado e incluso negado, que existe entre el cine y la política. Con un montaje virtuoso y un destacado criterio estético a la hora de seleccionar sus imágenes, Danubio ofrece una postal histórica muy potente.

La Mención Especial del Jurado de la Competencia Argentina fue para Noh, de Marco Canale, Juan Fernández Gebauer e Ignacio Ragone, película filmada en Japón durante 2020, en lo peor de la pandemia. Por último, Jesús López, del argentino Maximiliano Schonfeld fue elegido el Mejor Largometraje de la Competencia Latinoamericana, mientras que De todas las cosas que se han de saber, de la peruana Sofía Velázquez Núñez se quedó con la Mención Especial dentro de esa misma sección.

Artículo escrito junto a Diego Brodersen y publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - 36° Festival de Cine de Mar del Plata, Competencia Argentina, días 7 y 8: Los caminos de la vida

Con los últimos días de noviembre también va llegando el final del 36° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, cuya Competencia Argentina reveló los tres títulos que aún quedaban por descubrir. A través de ellos puede trazarse, de manera espontánea, un itinerario que de algún modo representa todos los estadios de la experiencia vital. Metok, documental dirigido por Martín Solá, tiene como protagonista a una monja tibetana que debe recorrer una gran distancia, para ayudar a dar a luz a una joven pariente. Por su parte, Las cercanas, último trabajo de María Álvarez, también documental, retrata el vínculo íntimo que une a Isabel y Amelia, las gemelas Cavallini, quienes en su juventud conformaron un dúo de pianistas prodigio pero que ahora deshojan sus últimos años. Finalmente, Una escuela en Cerro Hueso, de Betania Cappato, narra desde la ficción la historia de una pareja que afronta el desafío de criar y educar a una niña diagnosticada dentro del espectro autista, abarcando dos fundamentales etapas intermedias en el camino de la vida.

Marcando el cierre de una trilogía que fue tomando forma de manera autónoma, en Las cercanas Álvarez vuelve a utilizar el registro documental para abordar la historia de personajes que pertenecen a la tercera edad. En Las cinéphilas (2017), la directora retrataba a un grupo de señoras que vivían con intensidad el acto de ser espectadoras de cine. Tres años más tarde, en El tiempo perdido descubre a un grupo de personas que lleva años reuniéndose en un café muy paquete del barrio de Tribunales, para leer y analizar de forma colectiva En busca del tiempo perdido, la obra magna del francés Marcel Proust. En su tercer trabajo tras la cámara, Álvarez convierte en protagonistas a las Cavallini, dos hermanas gemelas de 91 años, que en los ’60 llegaron a recorrer los Estados Unidos con cierto éxito, realizando conciertos ejecutados a dos pianos.

Con un registro muy simple desde lo técnico, Álvarez logra trazar un retrato de una gran intimidad, en el que consigue meterse por las grietas de la vida cotidiana de estas dos mujeres solas, pero ávidas de compañía. De hecho, Isabel y Amelia por momentos parecen dos nenas frente a la cámara, compitiendo para ver quién consigue instalarse como centro de la atención. Con prudencia, la directora no las alienta ni reprime: simplemente se dedica a observar y a dejar que las chicas Cavallini se roben la película. La mirada de Álvarez expresa una gran empatía, que se canaliza a través de la ternura con la cual registra el modo en que las mujeres se abrazan a los recuerdos, heridos por la fragilidad de sus memorias casi centenarias. Esa decisión da lugar a situaciones que destilan una gran emoción, pero también a otras teñidas por cierto patetismo a las que, sin embargo, la directora siempre observa con amabilidad y pudor, sin convertir al cine en un acto de abuso.

Como suele ocurrir con la gente de su edad, las Cavallini mantienen relaciones muy intensas con los objetos que pueblan el abigarrado departamento que habitan. Viejas partituras, una colección de retratos de grandes pianistas y en especial, dos muñecos de porcelana enormes que conservan desde que eran nenas, regalo de su madre, a la que perdieron antes de cumplir 10 años. La fatalidad permitió que Álvarez estuviera presente el día en que uno de esos bebotes se cae al piso y se rompe, dando lugar a una escena terrible en la que una de ellas llora con angustia trágica, mientras su hermana la consuela. La decisión de la directora de dejar que lo peor de la situación se desarrolle fuera de campo es también la expresión de una ética cinematográfica. Una decisión que permite entender por qué, aún siendo una película en la que la muerte se asoma con insistencia, Las cercanas es una experiencia amorosa y vital.

Aunque se trata de una ficción, en Una escuela en Cerro Hueso es posible reconocer la familiaridad que Cappato mantiene con las herramientas del documental, territorio en el que desarrolló su filmografía previa. La decisión de dar ese salto tal vez tenga una explicación: la historia que cuenta la película está inspirada en una experiencia familiar (el hermano menor de la directora comparte un diagnóstico similar al de la pequeña protagonista) y es muy probable que abordarla desde la ficción le facilitara la tarea de proyectar situaciones emotivas muy íntimas, sin exponer a su núcleo. Eso de ningún modo significa que se trate de una película distante o fría. Por el contrario, Una escuela en Cerro Hueso comparte con la de Álvarez la decisión de mantenerse cerca de los personajes, para acompañarlos en su proceso de crecimiento colectivo.

A pesar de haber sido desarrollada como ficción, Cappato aprovecha su conocimiento del área documental para ambientar el relato en el pueblo del título, ubicado en la provincia de Santa Fé, y hacer que varios miembros de la comunidad participen, actuando papeles muy cercanos a sí mismos. La directora contó además con la colaboración en fotografía y cámara de Iván Fund, quién ya ha demostrado una gran sensibilidad para trabajar con dispositivos narrativos similares en algunas de sus películas como director. Sencilla y sentida, Una escuela en Cerro Hueso tampoco sería lo que es sin la presencia de la pequeña actriz Clementina Folmer, cuya interpretación desborda naturalidad y una precisión emocional extraordinaria.

Por último, Metok es el título de la quinta película de Solá, pero también el nombre de su protagonista, una monja budista que hace años vive en la India, a dónde viajó para estudiar medicina, pero que ahora debe regresar al Tíbet, su hogar, para asistir el parto de una joven pariente. Con ritmo parsimonioso, Solá logra que la película se convierta en un poético avatar cinematográfico del lugar que retrata y sus protagonistas. Guiadas por un silencio que apenas es quebrado por el sonido del viento que corre entre los gigantes de piedra del Himalaya, las escenas de Metok habilitan la posibilidad de observar con calma y en detalle los majestuosos paisajes que componen la travesía, casi como si de verdad se estuviera frente a ellos. La precisión con la que el director coloca la cámara y la paciencia invertida en la tarea de sostener cada plano, permiten que la experiencia de ser espectador se parezca a la de ser testigo. Instancia que, sin embargo, demanda de una labor activa por parte del público, aceptando que el desafío de ver vaya un poco más allá del mero acto de sentarse y mirar. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 26 de noviembre de 2021

CINE - 36° Festival de Cine de Mar del Plata, Competencia Argentina, días 5 y 6: Una pandemia en pantalla

La edición 36 del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata es la segunda que se realiza en tiempos pandémicos. Incluso la del año pasado, la 35°, se realizó en formato online debido a los estrictos protocolos y restricciones vigentes en noviembre de 2020. Por el contrario, 2021 marcó el regreso a las funciones presenciales, aunque la pandemia sigue haciendo sentir su presencia: las salas deben cumplir con un aforo del 70% y gran parte de la programación también está disponible vía streaming, a través de la página del festival (www.mardelplatafilmfest.com). Pero la pandemia no solo se coló en las cuestiones prácticas del festival, sino que también comenzó a aparecer como un elemento narrativo más, dentro de algunas películas programadas. En la Competencia Argentina hay tres casos en los que la pandemia saltó de la realidad a la pantalla.

Uno de ellos es Reloj, soledad, ficción dirigida por César González en la que la enfermedad forma parte del paisaje que se retrata, aunque su presencia no tiene un peso dramático significativo. Por su parte, en Punto rojo, nueva incursión en el cine nac & pulp de Nicanor Loreti –rebautizado para la ocasión como Nic Loreti—, la covid-19 es apenas un detalle que el director y guionista inserta como al pasar, convertida en una opción más dentro de la caja de herramientas que utiliza para hacer humor. En cambio, la pandemia es una pieza central dentro de la dramaturgia de Noh, una curiosa docu-ficción ambientada en el Japón y dirigida a seis manos por el trío que integran Marco Canale, Ignacio Ragone y Juan Fernández Gebauer. En ella la pandemia no solo forma parte del relato, sino que su aparición representa uno de los puntos de giro del guión, obligando a sus personajes a recalcular sino su destino, al menos el rumbo a tomar para llegar hasta él, volviéndose fundamental en la articulación de su historia.

Noh es el registro de una experiencia teatral colectiva, en la que Canale trabaja en la creación de un texto dramático junto a un grupo de personas de una comunidad específica. Aunque se trata de una pieza de ficción, su historia se vincula con las experiencias, deseos o intereses de quienes participan. La obra original surgida de este proyecto se llamó La velocidad de la luz, en la que un grupo de ancianas, vecinas de la Villa 31 y descendientes de distintos pueblos originarios, rescataban las tradiciones de sus ancestros. Canale fue invitado a llevar el proyecto a Alemania y a Japón, donde se decidió a realizar una película que registrara el proceso.

Pero la pandemia lo sorprendió en pleno desarrollo creativo junto a un grupo de viejitos de Tokyo, obligando a modificar el plan. En lugar de seguir como si las reglas del mundo no hubieran cambiado radicalmente, Canale, ya en colaboración con Ragone y Fernández Gebauer, decidió incluir la inesperada circunstancia dentro del argumento, convirtiéndola en una adversidad que el grupo debe superar para llevar la obra a escena. El resultado es una ficción que aborda el proceso creativo tomando como centro al teatro noh, género tradicional del teatro japonés cuyas reglas estrictas los miembros de la troupe se atreven a romper.

Lejos del teatro filmado, en Noh los recursos del cine se apropian de la narración para contar, de forma coral, la historia de un grupo de ancianos para quienes la experiencia dramática es un canal para expresar ilusiones relegadas por la imposición del deber ser. Una señora quiere ser Godzilla; otra tener una banda anarcopunk; un señor desea ser bailarín; y la viuda de un director de teatro noh convertirse en actriz, a pesar de que la disciplina prohíbe que las mujeres actúen. Las máscaras del teatro noh son útiles no solo en términos dramáticos, sino como avatar gráfico de otras máscaras. Incluso para la muerte, que se pasea por la película disfrazada de covid.

Si algo marca Punto rojo es la voluntad de Loreti de orientar su trabajo cinematográfico con los géneros como norte. En particular con los más populares (y despreciados) de ellos, como los films de artes marciales, los de acción y el cine de explotación. El resultado: un cambalache lúdico e hiperkinético que tiene muchos momentos gratos, pero que en otros parece más pendiente del efectismo de sus recursos estéticos que del peso de su historia. Pero ese detalle no necesariamente debe ser visto de forma negativa: al fin y al cabo, de eso se trató siempre el cine de explotación.

Punto rojo es un trabajo de bajo presupuesto, realizado en solo tres locaciones, pero que luce como una producción mucho mayor. Su mérito consiste en la elección de una paleta de recursos que le dan forma a un producto vistoso. Puestas y movimientos de cámara muy dinámicos; una paleta de colores saturados que subraya su aire setentoso; una banda sonora precisa y estimulante; escenas de acción dignas; buena utilización del fuera de campo y el gore; diálogos que exhiben un sentido del humor con tendencia al absurdo (chiste de covid incluido) que a veces funciona bien. Pero Punto rojo parece deslumbrarse con sus aciertos, haciendo que por momentos la historia parezca a disposición de lo otro y no al revés.

Algo similar pasa con Reloj, soledad, séptima película de González, que esta vez trabaja dentro del territorio de la ficción. Como en el resto de su filmografía, este director nacido y criado en la villa Carlos Gardel, uno de los tantos barrios pobres del conurbano, vuelve a ofrecer un reconocible retrato de clase. La película cuenta una historia simple: la de una chica sola, cuya vida se limita a ir de su casa en Villa Domínico al trabajo como personal de limpieza en una imprenta, y de ahí de vuelta a casa. Una representación clara del arquetipo marxista del trabajador alienado. Pero la rutina se ve alterada cuando una noche decide robar un reloj que su jefe dejó en la oficina, haciendo que por eso terminen echando a su compañera.

Como Loreti, González destaca en el uso de recursos formales para realizar su retrato de la vida sobre el margen. Retrato al que un dispositivo de producción aún más precario termina potenciando. Planos construidos con la cámara encima de los personajes; buen pulso para registrar con naturalidad la forma en que lo real se filtra en la ficción; una banda sonora donde los sonidos de la fábrica recuperan el alienado espíritu rítmico que en los ’70 le atribuyeron pioneros del rock industrial, como Throbbing Gristle o Cabaret Voltaire. Sin embargo, la sumatoria de esos aciertos supera en peso a una historia que, despojada de sus elementos de clase, tal vez terminaría resignando parte de su poder. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

martes, 23 de noviembre de 2021

CINE - 36° Festival de Cine de Mar del Plata, Competencia Argentina, días 3 y 4: La mirada extranjera

Es imposible saber si se trató de un acto deliberado, pergeñado con astucia curatorial por los programadores que diseñaron el contenido del 36° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, o de una simple coincidencia. O tal vez de un fenómeno que involucra cuestiones del destino y remiten a un orden cósmico y superior. Lo cierto es que la Competencia Argentina de este año reune una serie de trabajos que, aún formando parte del corpus del cine nacional, cuentan historias que se desarrollan en tierras ajenas, en países muy lejanos no solo en términos geográficos, sino también culturales. Sin embargo, a pesar de ese aparente carácter extranjero, no dejan de ser nuclearmente argentinas y ahí está lo maravilloso. Porque si hay algo que estas películas no pueden evitar, en su particular abordaje de esos universos extraños, es que en la pantalla se refleje su naturaleza: la particular perspectiva que surge de una mirada escorada del mundo, aquella que solo pueden tener quienes han nacido bajo el signo de este extremo sur. Algo de eso habita en Estrella roja, de Sofía Bordenave, y en La Luna representa mi corazón, de Juan Martín Hsu.

“Vamos a extinguirnos y nos lo merecemos. En el pasado el futuro era promisorio y tenía el tamaño del universo; ahora es solo una fatalidad, una opaca certeza. Imaginamos las formas del fin: congelamiento, inundación, apocalipsis zombi… virus letal. Nos convertimos en creyentes de la catástrofe.” El párrafo anterior no hace referencia ni fue escrito durante la pandemia desatada por la dispersión del covid-19 por el mundo, a comienzos de 2020. Se trata, apenas, de algunos fragmentos sueltos y reordenados de un largo texto que le sirve de introducción a Estrella roja. 

El mismo forma parte de una serie de relatos, monólogos y reflexiones que abordan el centenario de la Revolución Rusa, celebrado durante 2017. Para ello el film propone un itinerario por caminos laterales, a partir de los cuales es posible observar el hecho histórico desde puntos de vista que se apartan de la frialdad de la Historia impresa en letras de molde, aportando en su lugar la calidez de lo íntimo y lo poético. La decisión es oportuna, porque si existe una forma de evitar los roces que genera la construcción política del relato histórico, esa forma es la de la poesía. Y no es que esta sea incapaz de expresarse en términos políticos: todo lo contrario. 

Ahí está el ejemplo de Vladimir Mayakovski, cuya figura y obra son citadas en Estrella roja con insistencia. Esa decisión de darle preeminencia a lo poético le permite a Bordenave concentrarse en el carácter idealista y utópico detrás de aquella gesta, para destacarlo por sobre los asuntos de orden más práctico y material. Una poética que se manifiesta además en la selección de imágenes que, montaje mediante, articulan lo cinematográfico e incluye distintos registros de San Petersburgo, cuna de la Revolución. En especial aquellas que acompañan a Nikita y Karl, dos jóvenes que se dedican a recorrer los techos de los edificios en ruinas de la ciudad, dando cuenta de un pasado glorioso. Ahí, entre el herrumbre y los escombros del presente, es posible imaginar ese futuro trunco del que se habla al comienzo. Junto a Danubio, de Agustina Pérez Rial, Estrella roja es la segunda película de esta competencia con una narradora de origen ruso.

Ambientada en Taiwán, literales antípodas de la Argentina, La Luna representa mi corazón es un documental de indagación familiar, sub género que ha brindado algunas de las mejores películas argentinas de los últimos años. En ella, Hsu narra en dos actos el vínculo con su madre, una mujer taiwanesa que regresó a su país tras la crisis del 2001 y con quien el director y su hermano se reencuentran en 2012, diez años después. Las imágenes de esa reunión familiar son el disparador de una historia que tendrá su continuidad siete años más tarde, cuando ambos hermanos, nacidos en Buenos Aires, viajen por primera vez a la isla en el sudeste asiático para volver a ver a su madre, ya con la película como excusa.

Como en Estrella roja, la mirada del pasado es un canal que La Luna representa mi corazón aprovecha para buscarle explicaciones al presente. En el catálogo del Festival, Hsu describe a su madre como “fría y lejana”, una extensión que es emocional, pero que adquiere forma y volumen en esa vuelta al mundo explícita que demanda la acción de ir a su encuentro. No es extraño, entonces, que el director/hijo haya usado su oficio de cineasta como medio para acortar esa doble distancia. La película da perfecta cuenta de ello, registrando las diferencias entre los viajes de 2012 y el de 2019.

La presencia de Marcelo, hermano del director, es vital en la construcción de la historia, porque su figura, que aparece poco pero en los momentos justos, aporta el contrapeso perfecto en esa búsqueda que Hsu comenzó sin saber muy bien en dónde se metía. Distintas escenas de ambos viajes muestran a Martín como alguien que responde al impulso de sus emociones, mientras que Marcelo representa la voz razonable que lo llama a reflexionar sobre su forma de encarar el complejo vínculo con esa madre, que puede ser tan encantadora como desconcertante. Sin dudas, ese atreverse a compartir su propio proceso con el público es lo mejor del trabajo de Hsu (además de una banda sonora adorable, que incluye versiones en chino de canciones de Fito, Charly, el Flaco Spinetta y Cerati).

Aunque transcurre en territorio argentino, el viaje que propone Husek, segunda película de la directora Daniela Seggiaro (la primera fue Nosilatiaj. La belleza, 2012), no dejará de aparecer para el espectador urbano como una inmersión en un territorio de algún modo extranjero. La película relata la historia de una comunidad wichí (aunque sus integrantes se ríen en la cara de quienes los llaman así), a la que el gobierno de turno presiona para que firmen un contrato en el que aceptan abandonar sus tierras, adquiridas por un terrateniente, con la promesa de ser reubicados en un barrio que todavía no se construyó.

Husek tiene la virtud de evitar recaer en el retrato documental de una realidad que el cine ya abordó con insistencia por ese camino. Al contrario, permite que los propios miembros de la comunidad trabajen como personajes dentro de una ficción cuya realidad conocen de primera mano. En ese orden, Husek representa una experiencia inédita que, a pesar de algún desvío surgido de la acumulación de temas, suma valor social a los méritos cinematográficos. Entre ellos se encuentra la decisión de abordar la cuestión con absoluto realismo, pero aceptando la oportuna contribución de lo fantástico.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.