domingo, 29 de enero de 2017

COLUMNA TORCIDA - Una delicia tropical

Cada lugar del planeta encarna para el turista la promesa de un placer determinado. Apoyadas parcialmente en la realidad, dichas promesas son apenas la proyección de una serie de fantasías colectivas a las que la industria del turismo les saca provecho. Así, obsesionado por causa de una de esas ilusiones, es como viajé a Costa Rica, esperando encontrar las playas del Caribe que más se ajustaran a mi idea de un paraíso terrenal.
Salvo que su capital, la ciudad de San José, a la que me dirigía, se encuentra a por lo menos cuatro horas de la costa más cercana. Por supuesto que no dejaría de tomarme ese tiempo para ir hasta el mar, pero la situación me obligaba a encontrar otras formas de placer que no incluyeran el plan de nadar en aguas cristalinas.
Amante de los dulces, ya en la combi que iba del aeropuerto al hotel se me ocurrió consultar al chofer para saber, así como el dulce de leche y el alfajor son dos clásicos rioplatenses, cuáles eran las golosinas típicas de Costa Rica. El hombre no lo dudó. “Pues la cajeta”, exclamó pronunciando esa jota exhalada distintiva de Centroamérica. “¡Vaya!”, dije mirando de reojo y un poco incómodo a mi compañera de travesía. Empecé a lamentar el hecho de no haber viajado solo.
Mis cavilaciones duraron muy poco: el conductor no tardó en aclarar que, a diferencia de nuestro dulce de leche, en Costa Rica la cajeta se prepara con leche en polvo. Una vez más –como siempre– el lenguaje volvía mostrarme su sonrisa traicionera.
  
Para ver otras Columnas Torcidas, haga click acá.


Artículo publicado originalmente en el Suplemento Verano de Tiempo Argentino.

jueves, 26 de enero de 2017

CINE - "Un monstruo viene a verme" (A Monster Calls), de J. A. Bayona: Autoayuda para preadolescentes

Un detalle por el que podría recordarse al 2016 es por las películas de niños con amigos gigantes y/o monstruosos. Con El buen amigo gigante de Steven Spielberg como mascarón de proa, la cosa se volvió tendencia con los estrenos de Mi amigo el dragón, de David Lowery, y Un monstruo viene a verme, de Juan Antonio Bayona, que acá llega con algunos meses de retraso extra. Dicha demora tal vez no sea arbitraria y se deba a las esperanzas de su distribuidor local de que el film obtuviera el espaldarazo de alguna nominación a los Oscar que nunca llegó. Y no está mal que no ocurriera, porque más allá de los méritos técnicos, las correctas actuaciones, la espléndida (aunque esta vez un poco sobreactuada) voz de Liam Neeson o lo emotivo de algunas secuencias, lo cierto es que la única nominación que habría resultado justa hubiera sido la de Mejor Drama Psicoanalítico. Categoría que habría que haber creado ad hoc para la ocasión.
El bullying al que el protagonista es sometido en la escuela; la madre joven y enferma terminal que lo enfrenta a una inminente orfandad; la ausencia del padre y la creación de una figura masculina imaginaria e idealizada; el dibujo como canal a través del cual las fantasías literalmente cobran vida; los conflictos con la abuela materna, quien pretende tapar esos huecos que hacen sufrir a su nieto; la forma en que el chico oye discusiones adultas que no debería oír o ve situaciones que no debería ver, siempre a través de puertas entornadas; el modo en que espía a través del ojo de la cerradura la vieja habitación que ocupaba su propia madre en la casa materna. Arquetipos que el psicoanálisis utiliza para abordar una etapa compleja como el final de la infancia. Para lidiar con todo eso, el pequeño Connor se inventa un monstruo que, para seguir en línea con lo anterior, no sólo encarna los miedos del protagonista sino que viene a proponerle de forma expresa la posibilidad de sanar sus heridas emocionales contándole cuentos. Es decir, una cura a través de la palabra. Que el monstruo surja de un árbol que se yergue junto al cementerio y la centenaria iglesia del pueblo no hace más que potenciar los excesos simbólicos.
El problema no es la filiación de la historia que Bayona adaptó al cine a partir de una novela de Patrick Ness –quién se encargó del guión– con la disciplina creada por Sigmund Freud, sino el carácter absoluto con que se le impone al espectador, sin dejar resquicio por los que se pueda colar una lectura alternativa. El colmo llega sobre el final, cuando Connor no solo es empujado por su monstruo a vivir su peor pesadilla más allá del momento en el que siempre se despierta, sino también a encontrarle una explicación, en una escena que replica una sesión entre paciente y analista. Si a esa obvia representación se suma la mención de la fe como herramienta de sanación o frases como “no hay buenos y malos, todos somos ambas cosas” o “lo importante no es lo que dices sino lo que haces”, se puede decir que Un monstruo viene a verme es casi una película de autoayuda para preadolescentes. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 22 de enero de 2017

LIBROS - Oliverio Girondo, 50 años después: El poeta que abolió la solemnidad

Si hay un escritor que supo darse cuenta temprano en la historia de la literatura argentina de que el oficio del escritor no necesariamente debe ser ni serio ni sublime, ese fue Oliverio Girondo. Poeta, sobre todo y casi como ningún otro, pero también dibujante y artista plástico, ya desde muy joven y a lo largo de toda su obra Girondo demostró que para escribir poesía no era necesario asumir la gravedad del contador público que realiza un arqueo de caja y que lo mejor era mantenerse a prudente distancia del personaje del poeta que presume de ser un interlocutor directo de lo divino. Tal vez por eso el abordaje de su obra sigue siendo en la actualidad, a 50 años de su muerte y a 95 de la publicación de su primer libro, una actividad estimulante y placentera, tan cercana a la lectura como al juego.
Nacido en 1891, niño bien consentido por sus padres, al cumplir los 18 años el joven Oliverio consiguió llegar a un conveniente acuerdo con ellos: él aceptaría estudiar abogacía para cumplir con el mandato familiar, pero ellos le financiarían un viaje anual por Europa, dedicándole cada año a un país distinto. Y el muchacho no desaprovechó esa oportunidad. En 1922, poco más de una década después, Girondo publicaba su primer libro, los famosos 20 poemas para ser leídos en el tranvía, en los que se dedica a trazar diferentes viñetas cotidianas registradas en diferentes ciudades, que incluyen tanto a Buenos Aires y Mar del Plata, como a Venecia, Brest, Río de Janeiro, Dakar, Verona, París, Sevilla, Biarritz y el pueblito portuario de Douarnenez, en la Bretaña francesa.
Escrito con una prosa poética electrizante, los 20 poemas para ser leídos en el tranvía no son sólo el primer libro de un escritor joven, sino un manifiesto estético en el que Girondo se declara en contra de la pretensión poética, de los versos escritos como monumentos y, sobre todo, amante lo absurdo y lo cotidiano, que para él vendrían a ser la misma cosa.
Sus próximos libros profundizaron esta búsqueda. Tres años después publicaría Calcomanías (1925) y su nombre comenzaría a convertirse en una referencia para poetas y escritores todavía más jóvenes que él. Girondo trabó amistad y un vínculo estético con los integrantes de la revolucionaria revista Martín Fierro, representantes de la vanguardia poética de Buenos Aires. No sería la última vez que Girondo se convertiría en el núcleo de un grupo de poetas nóveles que se alimentaron de la eterna juventud de su obra poética.
La publicación de sus dos primeros libros resultó un golpe sonoro en el universo no sólo de la poesía local, sino también para las letras hispanoamericanas. Para tener una verdadera dimensión de lo que significo la irrupción de una voz como la de Girondo, alcanza con recordar que por aquellos años Leopoldo Lugones se encontraba en su apogeo, tras haberse convertido a sí mismo en juez de la poesía en español. No es descabellado afirmar que la obra de este funcionó como una provocación para una nueva generación de poetas, en la que estaban incluidos Girondo y el resto de los martinfierristas, quienes fueron encontrando sus propias voces como una reacción contra el canon que en sí mismo representaba el propio Lugones.
El trabajo que Girondo realizó con la lengua española para erigir su obra implicó primero una deconstrucción, que ya comienza a percibirse en sus primeros libros, para una vez desmontado todo el sistema língüístico, reconstruirlo con sus propias reglas. Dicha labor llegaría a su punto culminante con la publicación del extraordinario En la masmédula (1954), en cuyos textos Girondo construye un español paralelo, cargado de sonoridades juguetonas y de palabras híbridas que en su mestizaje multiplican su sentido.
Junto a esto también había desarrollado una aguda capacidad para provocar y causar revuelo, convirtiéndolo en una especie de performer avant la lettre, con algunos puntos de contacto con personajes contemporáneos como Salvador Dalí. Alcanza con recordar que cuando editó su libro Espantapájaros en 1932, para presentarlo en sociedad alquiló una carroza funeraria tirada por seis caballos, en la que transportaba un enorme espantapájaros vestido de etiqueta. Y mientras la carroza alborotaba el modesto tráfico de las calles porteñas, en un local en la todavía coqueta peatonal Florida, un grupito de chicas preciosas vendía su libro. Así agotó una primera tirada de 5 mil ejemplares en menos de una semana. Algo que hoy parece impensado como estrategia para el lanzamiento de un simple libro de poemas. Otra de las pruebas contundentes a favor de la idea de que Oliverio Girondo era un personaje adelantado a su tiempo.
En su homenaje la Biblioteca Nacional exhibe hasta marzo una muestra que sale al rescate de la vocación iconoclasta de Girondo a partir de un recorrido que abarca dibujos, ilustraciones, grabaciones de sus lecturas y aquella escultura gigante con la que se promocionó el disparatado lanzamiento de Espantapájaros.
 El muñeco de papel maché, vestido con traje, capa, galera y monóculos, es una de las grandes atracciones de la exposición, que cuenta en su patrimonio con con mucho material de Girondo, como primeras ediciones de sus obras entre las que se cuenta la nouvelle Interlunio (1937), ilustrada por el destacado pintor argentino Lino Enea Spilimbergo. La muestra podrá verse a partir de febrero y hasta mediados de marzo, de lunes a viernes de 9 a 21, y sábados y domingos de 12 a 19 en la sala Leopoldo Lugones (¡Oh, destino!), ubicada en la planta baja de la Biblioteca Nacional. Oliverio Girondo murió el 24 de enero de 1967 como consecuencia del agravamiento de las lesiones provocadas por un accidente de tránsito ocurrido seis años antes. Había compartido buena parte de su vida con Norah Lange, también poeta y escritora: en la casa que ambos habitaron nunca dejó de haber fiestas.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 19 de enero de 2017

CINE - "Línea de cuatro", de Diego Bliffeld y Nicolás Diodovich: Una final en la que todos pierden

Ambientada y –según avisa la película en su primer fotograma– rodada durante la final del mundial de fútbol Brasil 2014, Línea de cuatro es una producción típica de lo más independiente del cine argentino. Realizada con recursos técnicos mínimos y una única locación, pero con el ingenio puesto en el desarrollo de una historia que le saca el jugo a sus limitaciones, el film de Diego Bliffeld y Nicolás Diodovich resulta un caso arquetípico del cine construido a partir del deseo de hacerlo y en contra de la lógica industrial. De factura absolutamente artesanal, Línea de cuatro genera y sostiene largos momentos de tensión e interés a partir de una premisa muy básica: un grupo de cuatro amigos que no ha conseguido reunirse completo desde hace cuatro años, se junta para compartir la final del mundial.
Los directores aprovechan la doble tensión generada por el reencuentro y por lo que representó para el hombre argentino promedio que la selección de fútbol volviera a jugar la instancia definitoria de un mundial. Desde ahí, tejen y destejen una compleja trama de vínculos en la que el mero presente es apenas una delgada superficie de hielo que no tarda en quebrarse, para descubrir una profunda crisis de amistad que tiene su origen en el suicidio de otro amigo, quinto integrante del grupo, también ocurrida hace cuatro años. Narrada en tiempo real durante los 90 minutos de aquel partido –que la Argentina perdió en tiempo suplementario–, Línea de cuatro retrata el dialogo desnudo de esos amigos para quienes la final acaba siendo apenas una excusa para poner sobre la mesa una serie verdades silenciadas, ahora sepultadas por el alud del tiempo.
Aunque por momentos su puesta en escena resulta más propia de lo teatral que de lo cinematográfico y algún altibajo, el gran mérito de Línea de cuatro es que lo mejor de sus acciones transcurre durante su entretenido segundo acto. Luego de una introducción en la que la cosa se limita a reconstruir las charlas típicas (y vacuas) que se dan entre hombres cuando se juntan a ver un partido como éste, de a poco el guión ilumina ciertos aspectos oscuros no sólo de cada uno de estos cuatro amigos, sino de sus vínculos particulares. Con inteligencia, el fútbol se va esfumando, ahogado por la necesidad de estos amigos de encontrar algunas explicaciones, en particular la del deterioro que la relación ha sufrido en los años que separan una adolescencia idealizada de una madurez alcanzada a medias y muchas cuentas aún pendientes. El final tal vez no resulte del todo satisfactorio para quienes, al igual que los personajes, necesiten cerrar la historia para tener un panorama completo de lo que ocurrió entre ellos. Pero aunque se le pueda criticar la brusquedad y el artificio, también se debe el atrevimiento de terminar su película sin responder todas las preguntas, permitiendo que el espectador se lleve algunas de ellas para seguir peleando con los personajes mientras se vuelve a casa tras la proyección. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - "Assassin's Creed", de Justin Kurzel: Imaginar no es para cualquiera

El problema con la mayoría de las películas basadas en videojuegos es que se nota mucho que están más interesadas por el arqueo de caja que por tomarse al cine más o menos en serio. Entonces se vuelve evidente que no interesa construir un verosímil cinematográfico, sino que se contentan con reproducir visual y gráficamente los chirimbolos particulares de cada juego para contentar a sus fanáticos y, a lo sumo, capturar a algún consumidor serial de películas de acción (son muchos) o a aquellos espectadores que se dejan convencer por un cartel cargado de caras conocidas (también abundan). Toda esa descripción general encaja bien con las particularidades de Assassin’s Creed, suerte de caso testigo para este tipo de producciones.
Iniciativa que, por otra parte, dispone de los recursos económicos que le permiten contar con un reparto de estrellas y recrear con lujo de detalle el universo fantástico del original. Que además son muchos, ya que la historia entrelaza dos realidades que el relato entrecruza. Una de ellas anclada en España durante la Inquisición, en la que un grupo llamado los Asesinos (los Assassins del título) le disputa a los Templarios la posesión de una reliquia religiosa llamada La Manzana que contiene, claro, algo así como la primera maldad de la humanidad. La segunda realidad transcurre en una suerte de presente futurista, en la que una corporación se encarga de rastrear aquella reliquia en busca de una cura genética para la “enfermedad” de la violencia. Entre ambas, un hombre es el único viajero capaz de unir ambas en busca de pistas que les permitan a los científicos del presente encontrar el lugar en donde aquella manzana fue ocultada en el pasado.
Más allá de algunas escenas de acción entretenidas (lo mínimo que se le debe exigir a un film de este tipo), Assassin’s Creed avanza por el filo que separa lo convincente de lo intragable (y no pocas veces se adentra en lo profundo del lado incorrecto). No es necesario detenerse en detalles mínimos, como los pequeños errores que comete Michael Fassbender cuando su personaje regresa al pasado y tiene que hablar en español (en general lo hace dignamente), cuando se tienen escenas en las que este grupo de Assassins se enfrenta a un ejército inquisidor comandado por Torquemada en persona, peleando como ninjas. Este detalle, al que podría bautizarse como el Síndrome Matrix, de alguna manera pone al desnudo lo absurdo del recurso hollywoodense de meter las artes marciales en cualquier parte, cómo sea y a cuento de cualquier excusa. Incluso, como ocurre en este caso, cuando el asunto resulta tan poco convincente que al espectador no le queda más salida que empezar a ver como todo alrededor empieza a volverse absurdo o, lo que es peor, un poco ridículo. Una buena prueba de que la verdadera imaginación es una cosa muy distinta de la mera acumulación compulsiva de detalles inverosímiles. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.