El cine le saca el jugo al negocio editorial, otra vez, adaptando un bestseller. Esta vez le toca a La chica del tren, novela de la estadounidense Paula Hawkins que aún no ha explotado en las librerías locales, aunque es posible imaginar que este estreno será el primer paso de una campaña que la hará trepar por los rankings de más vendidos. No es que la película sea tan buena como para convencer a la gente por su calidad, pero sí lo suficientemente truculenta como para picarle el morbo a más de uno. Por otra parte su temática, que atraviesa distintas variantes de la violencia de género, no deja de ser oportunista. Macábramente oportunista, se podría decir, si no fuera porque la violencia contra las mujeres es tan vieja como la humanidad y parece no tener visos de estar mejorando. Claro que no estamos ante un alegato feminista ni muchísimo menos; hasta se podría decir que todo lo contrario.
Encuadrada en el thriller psicológico, La chica del tren cuenta una historia de mujeres narradas por sus propias protagonistas. Eso no quiere decir que asuma un punto de vista femenino, aunque es fácil empezar creyendo que sí: el film comienza retratando de cerca a Rachel (Emily Blunt), la chica que desde el tren se dedica a observar la vida de algunas casas ubicadas a la vera del recorrido ferroviario que realiza todos los días. La voz en off de la protagonista y el retrato igualmente cercano de Megan (la chica que ella observa por la ventana del tren) y de Ana (nueva esposa del ex marido de Rachel, que viven con la hijita de ambos en una casa vecina a la de Megan), ayudan a acentuar la idea de un punto de vista femenino. Si la cosa se parece enmarañada es porque Tate Taylor, el director, se encargó de que todo se convierta en una madeja de idas y vueltas en el tiempo, para contar la historia de las tres mujeres, al mismo tiempo que tiende puentes secretos que interconectan sus destinos.
Mientras se concentra en el drama de Rachel –alcohólica abandonada por su marido, obsesionada con la nueva vida que él lleva con Ana, mientras fantasea con lo que supone es la vida romántica y perfecta de Megan y su marido—, la película consigue mantener la tensión, atenta a las derivaciones psicológicas del relato. Después empiezan a aparecer las vueltas de tuerca, las conductas inesperadas de algunos personajes y algunas decisiones del director que degradan lo que parecía un thriller convincente. Sobre todo cuando Taylor deja de preocuparse por lo que les pase a las tres mujeres para intervenir de manera demasiado visible en el desarrollo de los hechos. O mejor dicho, por la forma en que elige representar cinematográficamente estos hechos. La película se vuelve sádica y explícita sin aviso ni necesidad, y en esa búsqueda del efecto y la conmoción hay, sino una traición, al menos la evidencia de un juego de manipulación que se hace difícil de perdonar.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
jueves, 17 de noviembre de 2016
viernes, 11 de noviembre de 2016
CINE - "Como una novia sin sexo", de Lucas Santa Ana: Preocupaciones desbalanceadas
La ópera prima del argentino Lucas Santa Ana podría tratarse de un relato de iniciación, aunque Adrián, Daniel y Santiago –los jóvenes protagonistas de veintipocos– tal vez estén algo grandes para eso. Podría ser una comedia, pero no tanto: hay mucho drama en la historia de este trío de “mejores amigos” que se van a la playa, en carpa y en temporada baja, para pasar tiempo juntos y encimados (y mientras más se amontonan, mayor la posibilidad de que los roces acaben en choque). En Como una novia sin sexo hay algo de búsqueda de identidad, viajes interiores y dudas existenciales; historias cruzadas, deseos al rojo, celos y la imperiosa necesidad de querer y ser queridos como elementos comunes a todos. Colectivo del que no debe excluirse a Juli, la chica que conocen en el camping, el catalizador que precipitará las acciones. La chispa que faltaba para hacer arder el combustible acumulado entre ellos.
No porque se trate sólo de una historia en la que los machos se disputan los favores de la hembra, sino porque su aparición potenciará inseguridades y deseos. Eso hace que se multipliquen los juegos de seducción (y sexuales) entre los chicos y la chica pero también entre ellos, porque si algo queda claro es que este es un relato de despertar gay. Como una novia sin sexo (reveladora frase que ellos usan para definir lo que creen que significa “ser amigos”) presenta de modo verosímil esa etapa de la vida en la que el miedo disfraza de duda hasta las certezas más evidentes.
El relato se estructura a partir de dos registros en los que el uso de la tercera y la primera persona son puestos en tensión. La primera de ellas habita en la cámara del director, quien observa a distancia, sugiriendo una falsa imparcialidad. La segunda corresponde a lo que uno de los propios chicos filma con su cámara portátil. Los registros se diferencian además por el formato de pantalla (uno apaisado; el otro en el cuadrado tradicional del video) y porque en las imágenes tomadas por el personaje aparece la fecha sobreimpresa, con la tipografía de las viejas videocámaras. Según esas fechas, los hechos narrados datan del 10 de noviembre de 1996; es decir, literalmente 20 años antes del estreno de la película, ocurrido justo ayer.
Como una novia sin sexo logra generar empatía (por las situaciones más que por los personajes), pero también incomodidad. Sobre todo por el destino que le reserva a Juli. Es decir, el lugar que le toca a lo femenino en este universo, porque el film sólo parece realmente preocupado por los conflictos de sus personajes masculinos, reduciendo el rol de la mujer al de mero elemento disruptivo que se descarta tras ser usado. Sea por acción u omisión, los tres chicos acaban maltratándola de todas las formas posibles: física, sexual, verbal, emocional. Todos obtienen de ella lo que quieren, pero se desentienden de su destino final, sin dudas el más amargo de los cuatro. En ninguno de los varones involucrados, incluidos el director y el guionista, hay atisbos de piedad por lo que pudiera pasarle a ella y esa decisión forma parte fundamental de la obra y de la mirada del mundo que representa.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
No porque se trate sólo de una historia en la que los machos se disputan los favores de la hembra, sino porque su aparición potenciará inseguridades y deseos. Eso hace que se multipliquen los juegos de seducción (y sexuales) entre los chicos y la chica pero también entre ellos, porque si algo queda claro es que este es un relato de despertar gay. Como una novia sin sexo (reveladora frase que ellos usan para definir lo que creen que significa “ser amigos”) presenta de modo verosímil esa etapa de la vida en la que el miedo disfraza de duda hasta las certezas más evidentes.
El relato se estructura a partir de dos registros en los que el uso de la tercera y la primera persona son puestos en tensión. La primera de ellas habita en la cámara del director, quien observa a distancia, sugiriendo una falsa imparcialidad. La segunda corresponde a lo que uno de los propios chicos filma con su cámara portátil. Los registros se diferencian además por el formato de pantalla (uno apaisado; el otro en el cuadrado tradicional del video) y porque en las imágenes tomadas por el personaje aparece la fecha sobreimpresa, con la tipografía de las viejas videocámaras. Según esas fechas, los hechos narrados datan del 10 de noviembre de 1996; es decir, literalmente 20 años antes del estreno de la película, ocurrido justo ayer.
Como una novia sin sexo logra generar empatía (por las situaciones más que por los personajes), pero también incomodidad. Sobre todo por el destino que le reserva a Juli. Es decir, el lugar que le toca a lo femenino en este universo, porque el film sólo parece realmente preocupado por los conflictos de sus personajes masculinos, reduciendo el rol de la mujer al de mero elemento disruptivo que se descarta tras ser usado. Sea por acción u omisión, los tres chicos acaban maltratándola de todas las formas posibles: física, sexual, verbal, emocional. Todos obtienen de ella lo que quieren, pero se desentienden de su destino final, sin dudas el más amargo de los cuatro. En ninguno de los varones involucrados, incluidos el director y el guionista, hay atisbos de piedad por lo que pudiera pasarle a ella y esa decisión forma parte fundamental de la obra y de la mirada del mundo que representa.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
jueves, 10 de noviembre de 2016
CINE - 31° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: Una presentación en familia
Todas las costumbres se componen de rituales y ceremonias en cuya repetición se cifra su supervivencia y está claro que el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata es una de las tradiciones más importantes dentro de la cultura cinematográfica de la Argentina. Y aunque lo más vital de ese rito tendrá lugar entre la gala de apertura del viernes 18 de noviembre por la noche, en el Teatro Auditorium de la ciudad balnearia, y el domingo 27, es cierto que la cosa empieza algunos días antes, cuando las autoridades del Festival revelan la programación y las actividades previstas cada año. Esta vez la presentación de la trigésimo primera edición tuvo lugar el martes pasado en la sala de convenciones del Hotel Emperador, ubicado en el barrio porteño de Retiro.El inicio del acto, al que asistieron en carácter de invitados los actores Mercedes Morán y Oscar Martínez, se demoró unos cuantos minutos. No fue sino hasta que la señora Mirtha Legrand llegó para ocupar su lugar en primera fila, media hora después del horario anunciado, que el panel encargado de hacer los anuncios se permitió tomar su lugar al frente de un auditorio compuesto por periodistas, críticos, directores, programadores, funcionarios e invitados de variada extracción. Dicho panel estuvo integrado por el cineasta José Martínez Suárez, presidente del festival desde hace nueve años, y su director artístico Fernando Martín Peña, acompañados por Alejandro Cacetta, presidente del Instituto Nacional del Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), el secretario de Cultura y Creatividad de la Nación, Enrique Avogadro, y Rómulo Puyol, gerente general del INCAA.
Tras las presentaciones de rigor se proyectó el corto institucional de esta edición, en el que algunas estrellas del cine argentino como Ricardo Darín, Guillermo Francella, Leonardo Sbaraglia, Morán y Martínez, junto a las divas de la televisión Susana Giménez y Legrand, hablan por teléfono entre sí para ver cómo hacen este año para ir todos juntos al Festival. En el plano final es el propio Martínez Suárez quien, devenido en chofer de micro escolar, ofrece una solución pícara para el problema. A pesar de su simpatía el corto representa una distorsión del tipo de programación y de trabajo curatorial que desde hace años se viene haciendo en Mar del Plata, menos preocupado por la alfombra roja que por la excelencia cinematográfica. Aunque se le debe reconocer a la pieza un potencial impacto mediático.
El primero en tomar la palabra fue Peña, en cuya intervención quedó claro el contraste con el corto que acababa de proyectarse. El director artístico realizó una enumeración de los tres objetivos principales sobre los que se apoya el Festival de Mar del Plata: la voluntad de convertirlo en una plataforma de lanzamiento para el cine argentino y latinoamericano hacia el exterior; proponerle al público un tipo de cine que es cada vez más ignorado por los circuitos de la exhibición comercial; y la recuperación del espectáculo del cine como una expresión cultural en la que el espectador no es un individuo aislado sino parte de un auditorio. Como uno de los mayores promotores del rescate, cuidado y restauración del acervo cinematográfico histórico, Peña también se preocupó por destacar dentro de la programación un conjunto de secciones agrupadas, justamente, bajo el nombre de Revisiones. Allí se verá una versión restaurada de El vampiro negro (1953), protagonizada por Nathán Pinzón, la curiosa remake nacional del clásico dirigido por Fritz Lang de 1931. Dentro de la misma también habrá varios focos, entre los que se destacan los dedicados al film noir, a Buster Keaton, y uno dedicado a 10 personajes destacados del cine argentino, como Alfredo Alcón, Amelia Bence, Ernesto Arancibia, entre otros.
Enseguida tomó la palabra Martínez Suárez, quien haciendo gala de su histrionismo habitual dio comienzo a una pequeña pantomima junto a Peña, en la que lo instaba a seguir hablando, recordándole otros aspectos del festival para que éste se explayara sobe ellos. De ese modo juguetón, entre los dos anunciaron la presencia de algunos invitados, como el reconocido director de fotografía Vittorio Storaro –quien estará presente durante la proyección de uno de sus trabajos más reconocidos, Apocalypse Now! (Redux), la versión ampliada del clásico de Francis Coppola—; el crítico de cine Jonathan Rosembaum, que oficiará además como presidente del jurado internacional; y el director francés Olivier Assayas, a quien se dedicará un foco que incluye su último trabajo, Personal Shopper, protagonizado por Kristen Stewart. También mencionaron los tres libros que este año editará el festival. Uno de ellos será Entre cortes. Conversaciones con montajistas de Argentina; otro dedicado a El caballo de hierro, film mudo de 1924 dirigido por John Ford, que también será proyectado; y el último complementará la mencionada sección de homenaje a 10 figuras del cine argentino. Por su parte, Cacetta se encargó de destacar la voluntad del la institución que preside de sostener y apoyar el espacio del festival como gran vidriera para que el cine argentino y latinoamericano puedan seguir teniendo en Mar del Plata una poderosa ventana hacia el mundo. Para confirmarlo, Martínez Suárez mencionó que las obras producidas en la región representan más del 43% de la programación de este año. No sorprende entonces que Neruda, último trabajo del chileno Pablo Larraín, fuera escogido para abrir el festival.
Se conocieron además los títulos que integran las tres competencias del festival, el único de Clase A de América Latina, categoría que comparte con los más importantes del mundo, como los de Cannes, Berlín, Venecia y otros. Dentro de la Competencia Internacional podrán verse los filmes nacionales El futuro perfecto, de la directora de origen alemán Nele Wohlatz, y Hermia y Helena, nueva adaptación de una obra de William Shakespeare realizada por Matías Piñeiro. Junto a ellas se verán otros 10 títulos, entre los que se destacan Aquarius, del brasileño Kleber Mendonca Filho, de extraordinaria recepción en Cannes; Era el cielo, del paulista Marco Dutra, basado en una novela del argentino Sergio Bizzio; La reconquista, del español Jonás Trueba; la francesa Nocturama, de Bertrand Bonello; Paradise, del ruso Andrej Konchalovsky; y Free Fire, de Ben Wheatley.
Dentro de la Competencia Latinoamericana participarán las argentinas Cuatreros, nuevo trabajo de Albertina Carri; El auge del humano, del joven y prometedor director Eduardo “Teddy” Williams; El sacrificio de Nehuén Puyelli, de José Campusano; y Kékzákallú, de Gastón Solnicki. Junto a ellas Jesús, del chileno Fernando Guzzoni; la mexicana Todo lo demás, de Natalia Almeida; Ejercicios de memoria, de la directora paraguaya Paz Encina, entre otras. Por su parte, la Competencia Argentina está compuesta por otras 12 películas: Amateur, de Sebastián Perillo; Fuga de la Patagonia, de Javier Zevallos y Francisco D´Eufemia; La siesta del tigre, de Maximiliano Schonfeld; Los ganadores, de Néstor Frenkel; Los globos, de Mariano González; No te olvides de mí, de Fernanda Ramondo; No sabés con quién estás hablando, de Demián Rugna; Pinamar, de Federico Godfrid; Terror 5, de Sebastián y Federico Rotstein; El aprendiz, de Tomás de Leone; El silencio, de Arturo Castro Godoy; Los decentes, de Lukas Valenta Rinner.
Para ver la cobertura completa del festival, hacer click ACÁ
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
CINE - "Jack Reacher: Sin regreso" (Never Go Back), de Edward Zwick: Acción burocrática
Segundo episodio de otra saga en la que Tom Cruise interpreta a algún tipo de agente especial, papel al que le viene sacando punta desde hace unas cuantas películas, incluyendo las cinco Misión: Imposible o la comedia de acción Noche y día (2010), Jack Reacher: Sin regreso representa la continuidad de este personaje que fuera presentado en sociedad en Jack Reacher (2012). En este caso se trata de un ex mayor del ejército, quien desde un anónimo y oscuro retiro se dedica a resolver por izquierda problemas que las instituciones no son capaces de solucionar por las vías legales. Algo así como un comando paramilitar de un solo hombre, dedicado a la tarea de hacer llegar la justicia hasta aquellas grietas en las que el sistema no puede (o no le interesa) meterse. Un papel a la medida de Cruise, que le exige al actor ese tipo de desafíos físicos que tanto parecen gustarle y tanto rédito comercial le han dado.
Como en los buenos cuentos, en los que las primeras líneas tienen la obligación de seducir al lector para atraparlo en la red del relato, Jack Reacher: Sin regreso tiene un inicio prometedor. Con humor e ingenio, en ellas quedan claros el perfil peligroso del personaje y su carácter no del todo marginal, ya que mantiene un contacto formal con el ejército a través de una oficial, la mayor Turner. Un vínculo telefónico que comienza a exceder lo protocolar. Cuando el nomadismo de Reacher lo lleva a Washington e intenta conocerla en persona, Turner ha sido encarcelada bajo el cargo de espionaje y él sospecha que alguna trama sombría se esconde bajo esa fachada. Esa relación y la aparición de una posible hija desconocida representan potenciales puntos débiles para el protagonista, un lobo solitario acostumbrado a cuidar sólo sus propias espaldas. El film avanza por esa vía con eficiente espectacularidad e intriga sostenida, pero sin sorpresas.
Si algún punto a favor tenía su predecesora era su capacidad para sorprender a partir de una trama sólida en la que todos los engranajes encajaban con precisión. En cambio acá todo es más bien burocrático. Las persecuciones, los vínculos que obligan a Reacher a abandonar su modus e incluso la construcción de un adversario que represente un desafío para el protagonista, todo parece construido a reglamento. Justamente uno de los puntos más altos de la original era el villano de turno, interpretado de manera soberbia por el director de cine alemán Werner Herzog, quien conseguía que su personaje infundiera terror. Acá en cambio los malos son apenas tipos con los que hay que pelearse, una y otra vez, sin transmitir nunca una real sensación de miedo. Tal vez parte de esa pérdida recaiga en la decisión de cambiar al director de la primera, Christopher McQuarrie (ascendido a director de Misión: Imposible 5 y también de la número 6, con estreno previsto para 2018), por el no siempre efectivo Edward Zwick, quien ya había dirigido a Cruise en El último samurái (2003).
Artículo publiado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Como en los buenos cuentos, en los que las primeras líneas tienen la obligación de seducir al lector para atraparlo en la red del relato, Jack Reacher: Sin regreso tiene un inicio prometedor. Con humor e ingenio, en ellas quedan claros el perfil peligroso del personaje y su carácter no del todo marginal, ya que mantiene un contacto formal con el ejército a través de una oficial, la mayor Turner. Un vínculo telefónico que comienza a exceder lo protocolar. Cuando el nomadismo de Reacher lo lleva a Washington e intenta conocerla en persona, Turner ha sido encarcelada bajo el cargo de espionaje y él sospecha que alguna trama sombría se esconde bajo esa fachada. Esa relación y la aparición de una posible hija desconocida representan potenciales puntos débiles para el protagonista, un lobo solitario acostumbrado a cuidar sólo sus propias espaldas. El film avanza por esa vía con eficiente espectacularidad e intriga sostenida, pero sin sorpresas.
Si algún punto a favor tenía su predecesora era su capacidad para sorprender a partir de una trama sólida en la que todos los engranajes encajaban con precisión. En cambio acá todo es más bien burocrático. Las persecuciones, los vínculos que obligan a Reacher a abandonar su modus e incluso la construcción de un adversario que represente un desafío para el protagonista, todo parece construido a reglamento. Justamente uno de los puntos más altos de la original era el villano de turno, interpretado de manera soberbia por el director de cine alemán Werner Herzog, quien conseguía que su personaje infundiera terror. Acá en cambio los malos son apenas tipos con los que hay que pelearse, una y otra vez, sin transmitir nunca una real sensación de miedo. Tal vez parte de esa pérdida recaiga en la decisión de cambiar al director de la primera, Christopher McQuarrie (ascendido a director de Misión: Imposible 5 y también de la número 6, con estreno previsto para 2018), por el no siempre efectivo Edward Zwick, quien ya había dirigido a Cruise en El último samurái (2003).
Artículo publiado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
viernes, 4 de noviembre de 2016
CINE - "Manos de Piedra" (Hands of stone), de Jonathan Jakubowicz: Otra leyenda del deporte cinematográfico
El boxeo es, por mucho, el deporte cinematográfico por excelencia. Varios elementos se combinan para que esto ocurra. Por un lado lo referente a su forma: su plasticidad física, el espacio reducido en el que el drama se desarrolla, facilitando que la cámara pueda meterse literalmente en el plano de la acción, y su expresión legitimada de la violencia. Por el otro, lo que tiene que ver con el potente arco imaginario que este deporte es capaz de abarcar. Usina de historias que permiten reunir en la misma línea dramática a los bajos fondos con el lujo y las tentaciones mundanales, al deseo con el castigo y al honor con la traición, el boxeo es el deporte en que la tragedia y la gloria humanas pueden apreciarse con mayor contraste. De todo eso y de la propia realidad se nutre Manos de piedra, de Jonathan Jakubowicz, que narra la historia del panameño Roberto Durán, uno de los boxeadores latinoamericanos más importantes de la historia, sino el más grande de ellos.
La historia de Durán es especialmente cinematográfica. Ya sea por el perfil del personaje, tan singular, seductor y arrogante como noble y torturado, o por el lugar que ocupa en el deporte y la cultura de su país, Durán –el Cholo como lo llaman sus íntimos, o Mano de Piedra como se lo conoce en todo el mundo por su fabulosa carrera boxística— vivió como para que su vida fuera una película. Jakubowicz se encarga de poner en escena la mayor cantidad de detalles posibles para explicar el fenómeno. Y lo hace con buena mano, sin esquivarle el bulto a la historia política de Panamá y al complejo y violento vínculo que ese país tuvo con los Estados Unidos a partir de la explotación y administración del estratégico Canal de Panamá. La película logra salir airosa del desafío de poner en paralelo la carrera boxística de Durán y la violencia a la que su país fue sometido durante los años '60, ´70 y, ´80 (y que siguió en los ´90, ya fuera del marco temporal que el film propone) por parte de la política militar estadounidense.
Desde lo estrictamente sinóptico, Manos de Piedra hace eje en tres puntos de la vida de Durán: su vínculo con su entrenador Ray Arcel, uno de los más respetados en la historia del box; la relación con Felicidad, su mujer de toda la vida; y el duelo deportivo que mantuvo con Ray Sugar Leonard, otra leyenda del cuadrilátero. El trabajo de Robert De Niro como Arcel marca uno de los puntos más altos en la decaída carrera reciente del gran actor (además de funcionar como guiño a su recordada labor en Toro salvaje, de Martin Scorsese). Por su parte el venezolano Edgar Ramírez como Durán se encarga de confirmar sus virtudes actorales. En tanto que Jakubowicz realiza un buen retrato de las tensiones que circundan al boxeo y una representación vívida y realista de su práctica. Pero también resbala sobre algunos excesos melodramáticos y secuencias eróticas sin utilidad argumental alguna, que le aflojan los tornillos a una estructura lo bastante sólida como para tener que recurrir a ese tipo de trucos y efectismos.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
La historia de Durán es especialmente cinematográfica. Ya sea por el perfil del personaje, tan singular, seductor y arrogante como noble y torturado, o por el lugar que ocupa en el deporte y la cultura de su país, Durán –el Cholo como lo llaman sus íntimos, o Mano de Piedra como se lo conoce en todo el mundo por su fabulosa carrera boxística— vivió como para que su vida fuera una película. Jakubowicz se encarga de poner en escena la mayor cantidad de detalles posibles para explicar el fenómeno. Y lo hace con buena mano, sin esquivarle el bulto a la historia política de Panamá y al complejo y violento vínculo que ese país tuvo con los Estados Unidos a partir de la explotación y administración del estratégico Canal de Panamá. La película logra salir airosa del desafío de poner en paralelo la carrera boxística de Durán y la violencia a la que su país fue sometido durante los años '60, ´70 y, ´80 (y que siguió en los ´90, ya fuera del marco temporal que el film propone) por parte de la política militar estadounidense.
Desde lo estrictamente sinóptico, Manos de Piedra hace eje en tres puntos de la vida de Durán: su vínculo con su entrenador Ray Arcel, uno de los más respetados en la historia del box; la relación con Felicidad, su mujer de toda la vida; y el duelo deportivo que mantuvo con Ray Sugar Leonard, otra leyenda del cuadrilátero. El trabajo de Robert De Niro como Arcel marca uno de los puntos más altos en la decaída carrera reciente del gran actor (además de funcionar como guiño a su recordada labor en Toro salvaje, de Martin Scorsese). Por su parte el venezolano Edgar Ramírez como Durán se encarga de confirmar sus virtudes actorales. En tanto que Jakubowicz realiza un buen retrato de las tensiones que circundan al boxeo y una representación vívida y realista de su práctica. Pero también resbala sobre algunos excesos melodramáticos y secuencias eróticas sin utilidad argumental alguna, que le aflojan los tornillos a una estructura lo bastante sólida como para tener que recurrir a ese tipo de trucos y efectismos.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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