Las nominaciones a los Premios Oscar que instituye la Academia de Artes Audiovisuales de los Estados Unidos suelen ser una de las noticias más esperadas de cada año. Los amantes del cine de todo el mundo las aguardan ansiosos para ver si sus películas favoritas se encuentran entre las elegidas y evaluar qué posibilidades tienen de ganarles a las competidoras que le hayan tocado en suerte. La sensación es parecida a la que atraviesan los hinchas de fútbol cada vez que se sortean las zonas del mundial. Este año la lista de candidatos resultó bastante predecible.
La gran favorita es Joker, dirigida por Todd Phillips que narra una versión personal del mito de origen del Guasón, el villano más popular del universo de los superhéroes. Teniendo en cuenta que se trata de la película más comentada del año, por lejos, seguramente sus once nominaciones no fueron sorpresivas para nadie. Lo mismo ocurre con las diez que obtuvieron respectivamente El irlandés, último trabajo del gran Martín Scorsese, y Había una vez… en Hollywood, el noveno de ese eterno niño terrible que sigue siendo el ya no tan niño Quentin Tarantino. Una incógnita resultan en cambio la decena de nominaciones que recibió 1917, dirigida por Sam Mendes y ambientada en el espanto de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Es que la película recién se estrenará en las salas locales el 30 de enero. La lista completa de nominaciones puede consultarse en esta nota.
Pero sumar candidaturas no es la única forma de evaluar los favoritismos. De hecho no son pocas las veces que películas muy nominadas se van a casa con pocos premios. Alcanza con mencionar el caso de El ciudadano, película de 1941 dirigida y protagonizada por Orson Welles, considerada por la crítica como una de las mejores de la historia, que en su momento recibió nueve nominaciones pero apenas se llevó una estatuilla por su guión. Hay otros datos interesantes o curiosos que surgen de la lista que se conoció ayer por la mañana y que vale la pena enumerar.
Una aclaración antes de empezar: los Oscar no premian a las mejores películas del año. Se trata de un galardón instituido en 1929 por la corporación de la industria cinematográfica de los Estados Unidos para reconocer a lo más destacado de su producción anual, con una tendencia a celebrar a la masividad por encima de la calidad o la innovación. Usualmente las listas de nominadas también le hacen lugar a películas angloparlantes de diversos orígenes, dejando que muy de vez en cuando se cuele alguna hablada en otro idioma. La gran ilusión (Jean Renoir, Francia) fue la primera película en lengua extranjera en ser incluida entre las candidatas a Mejor Película; ocurrió en 1939 y perdió ante Vive como quieras, de Frank Capra. Ese lugar este año lo ocupa Parasite, del coreano Bong Joon-ho, que recibió seis nominaciones. Bastante menos que Roma (Alfonso Cuarón, México), que el año pasado cosechó diez y se llevó a casa solo tres, o que El tigre y el dragón (Ang Lee, China), que también recibió diez nominaciones en 2001, alzándose finalmente con cuatro de ellas.
Las ternas en cada categoría incluyen a cinco candidatas cada una, con excepción de la correspondiente a mejor película, de la que pueden ser parte hasta un máximo de diez. Eso da lugar situaciones extrañas, como que algunas candidatas a mejor película no tengan a su director ternado en la categoría correspondiente. Este año las películas con posibilidades a quedarse con ese premio son nueve y cinco de sus directores recibieron su correspondiente nominación. ¿Debe suponerse entonces que las otras cuatro películas recibieron una candidatura meramente testimonial? La que se lleva la peor parte de todas ellas es sin dudas Contra lo imposible, en la que el director James Mangold narra la rivalidad que se desató entre las automotrices Ford y Ferrari durante la competencia de Le Mans en 1966. Es que no solo Mangold no integra la categoría de Mejor Director, sino que la película tampoco se encuentra entre las candidatas de las categorías de Mejor Guión Original y Mejor Guión Adaptado, como el resto de sus competidoras, ni tiene a sus protagonistas (Matt Damon y Christian Bale) ternados en la de Mejor Actor. Los productores de Contra lo imposible deben estar discutiendo en este mismo momento si vale la pena gastarse la plata del alquiler de los esmoquin para asistir a la entrega de premios, que se realizará en Los Angeles el domingo 9 de febrero.
Un detalle que no debe pasarse por alto es la casi nula diversidad que exhiben las candidaturas en las categorías principales. Solo una de las nueve ternadas en el rubro de Mejor Película fue dirigida por una mujer (Greta Gerwig, al frente de la nueva versión de la clásica novela de Mary Louis Alcott, Mujercitas, que recibió seis nominaciones) y con excepción de la actriz negra Cynthia Erivo, protagonista del western Harriet (Kasi Lemmons) y del neozelandés de origen maorí Taika Waititi, director de Jo Jo Rabbit, todos los candidatos son blancos. Un hecho que los colectivos dedicados a promover la diversidad en todas sus formas no han dejado de destacar y criticar. Es evidente que en la industria de cine todavía falta mucho por recorrer y hay mucho terreno por ganar en esos territorios.
Las seis nominaciones de la película de Waititi son una de las sorpresas de esta edición de los Oscar… aunque tampoco lo son tanto. Jo Jo Rabbit es una sátira en la que un niño alemán de diez años que forma parte de las Juventudes Hitlerianas tiene como amigo invisible al mismísimo Adolf Hitler, interpretado por el propio director. Pero sabiendo que Hollywood tiene debilidad por los relatos que se atreven a leer con humor los capítulos más oscuros de la historia, siempre que esto se dé en un marco general de corrección política, y con el antecedente directo de La vida es bella, del italiano Roberto Benigni, que en 1999 recibió siete candidaturas y ganó tres Oscar, la sorpresa se desinfla. Entre las que recibió Jo Jo Rabbit se encuentra la de Sacrlett Johansson como Mejor Actriz de Reparto, quien también tiene un lugar en la categoría de Mejor Actriz Protagónica por su rol en la producción de Netflix Historia de un matrimonio, del neoyorquino Noah Baumbach. Existe entonces la remota posibilidad de que la joven Johansson se lleve a casa dos estatuillas por su trabajo en dos películas distintas, un hecho inédito. La mención del asunto lleva directamente a una de las cuestiones sobre las que más se habló este año: Netflix.
No fueron pocas las voces de Hollywood que, apoyados en la poca voluntad que muestra esta empresa por exhibirlas en salas comerciales, se opusieron a la inclusión de las películas producidas por el gigante del streaming entre las candidatas. Tras algunas idas y vueltas que incluyeron algunos paseos por los tribunales, finalmente dos de sus producciones consiguieron meterse entre las favoritas. Se trata de las ya mencionadas El irlandés e Historia de un matrimonio, y aunque el reconocimiento es importante (entre las dos acumulan 16 nominaciones), la empresa de la N roja aspiraba a más. Pero algunas de sus apuestas más fuertes de 2019, como La lavandería, drama basado en el caso de los Panamá Papers dirigido por Steven Soderbergh y un elenco de lujo que incluye a Meryl Streep y Gary Oldman, o The King, protagonizada por el joven aspirante a estrella Timothée Chalamet, se fueron quedando sin nafta para candidaturas. Habrá que ver si las películas de Scorsese y Baumbach consiguen sumar premios. Como se vio en la entrega de los Globos de Oro, donde llegaron favoritas y se fueron con casi nada, el hecho de pertenecer a Netflix todavía parece ser más un lastre que un beneficio. Ya se verá.
Hablando de favoritos, dos de las nominadas en el rubro Mejor Película están dirigidas por auténticos pesos pesados del cine estadounidense, que sin embargo parecen no caerles demasiado en gracia a los votantes de la Academia. Junto a colegas como Francis F. Coppola, Brian De Palma, Steven Spielberg o William Friedkin, entre otros, Martin Scorsese forma parte de una generación de cineastas que no solo le cambió la cara al cine producido en su país, sino que a fuerza de talento consiguió que la figura del director de cine dejara de ser la de un mero empleado de los grandes estudios, para por fin alcanzar el estatus de autor. Su filmografía incluye innegables clásicos, como Taxi Driver (1976), Toro salvaje (1980) o El lobo de Wall Street, entre muchas. Con El irlandés Scorsese recupera el vigor de sus mejores trabajos y cierra una trilogía ad hoc acerca de la historia de la mafia en los Estados Unidos, junto a otras dos de sus obras maestras: Buenos muchachos (1990) y Casino (1995). A pesar de ser uno de los cineastas más importantes de su país de los últimos 50 años, Scorsese acumula diez nominaciones en este rubro, pero solamente ganó un Oscar. Fue por su labor en Los infiltrados (2006).
Aunque no integra una generación notable como la de su colega, Quentin Tarantino también le cambió la cara al cine de Hollywood. A diferencia de Scorsese y sus compañeros de época, cuyo surgimiento le debe mucho a la relectura del Hollywood clásico que realizó la nouvelle vague francesa, el imaginario de este director abreva en un caldo cultural en el que se funden el pop, el cine clase B, el cine de explotación europeo, la historieta y la literatura pulp. En Había una vez… en Hollywood todo eso está puesto al servicio de rendirle homenaje a esa época de cambio, a finales de la década de 1960, en la que el mundo falsamente idílico de la posguerra comenzaba a quedar patas para arriba y donde lo clásico le iba cediendo su lugar a todo eso que tanta fascinación provoca en Tarantino. No hay un director que haya hecho tanto por la narrativa del cine estadounidense en el siglo XXI. Aun así esta es apenas su cuarta nominación como director, categoría que hasta ahora le fue esquiva. Los únicos dos Oscar que ha ganado por el momento fueron por su trabajo como guionista.
Los grandes competidores de Scorsese, Tarantino y sus películas son Todd Phillips y Sam Mendes. El primero cuenta con la ventaja (y el mérito) de haber dirigido Joker, que como se dijo es la película del año. En cuanto al trabajo de Mendes es imposible decir algo con 1917 aún sin estrenar, pero el tema que aborda y su probada tendencia a hacer un cine “serio” y correcto sin dudas permite suponer que se trata de una película que es vista en su país como una de las “importantes”. Que no es poco si se habla de sus posibilidades de triunfo. Su reciente éxito en los Globos de Oro es un antecedente significativo. Un detalle a tener en cuenta es que esta es la segunda nominación que Mendes recibe. La anterior fue en 2000 con su ópera prima Belleza americana, una película menor y algo pretenciosa, aunque con eso le alcanzó para llevarse el Oscar.
En cambio para Phillips, cuya carrera se desarrolló sobre todo en el terreno de la comedia, esta es su primera candidatura. Algo parecido a lo que ocurrió el año pasado con el director Peter Farrelly, famoso por las comedias zafadas como Loco por Mary (1998) o Tonto y retonto (1994) que dirigió junto a su hermano Bobby, pero que en 2019 se ganó el Oscar a la Mejor Película por su primer trabajo serio, Green Book. ¿Lo acompañará a Phillip la misma suerte del principiante? Hay que esperar hasta el 9 de febrero para saberlo.
Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.
martes, 14 de enero de 2020
lunes, 13 de enero de 2020
COMUNICACION - La marca Dove utilizó a una mujer trans en una campaña publicitaria
Los grandes cambios a veces se construyen con pequeños pasos. Lo saben bien los colectivos dedicados a llevar adelante las luchas de género, que deben lidiar con un montón de prejuicios y rechazos muy enraizados en la cultura de las sociedades modernas. Es por eso que la noticia de que una modelo trans fue elegida como una de las protagonistas de una campaña publicitaria de un producto de belleza femenino debe ser celebrada como un gran éxito, aunque solo sea uno de esos pasitos hacia una realidad más igualitaria.
Jessica Millaman es jugadora de hockey y modelo, y su nombre se hizo conocido por dos hechos que impactaron en la opinión pública. Por un lado consiguió que su reclamo ante el Comité Olímpico Internacional le abriera la puerta a la posibilidad de que las mujeres trans pudieran jugar oficialmente en equipos de hockey femenino. Pero también fue agredida verbalmente por un empleado de Metrovías que se negaba a reconocer su identidad y el video se viralizó. A partir de esta semana Jessica es una de las caras con que la marca Dove publicita su línea de shampoo. Aunque no es la primera chica trans en aparecer en una publicidad en la Argentina, se trata de una marca multinacional, lo cual potencia el efecto simbólico.
“Está bueno que una chica trans sea la encargada de promocionar un producto como este, asociado históricamente a la belleza femenina”, dice la actriz trans Romina Escobar, conocida por ser parte del elenco de la serie Pequeña Victoria (Telefé), que revolucionó la televisión argentina abordando temas complejos como la maternidad subrogada o las problemáticas de la comunidad LGBTI. Para ella el hecho es importante porque “nos encontramos en un punto de inflexión respecto de lo que está pasando en la Argentina con la inclusión en general”, y en particular “dentro del mundo de la publicidad”. “Me parece que hoy la publicidad está siendo más inclusiva, incorporando personas de diferentes aspectos físicos y esto habla de una evolución”, reflexiona la actriz que protagonizó el film Breve historia del planeta verde, de Santiago Loza, que el año pasado fue premiada en el Festival de Cine de Berlín.
No es menor que este gesto tenga lugar en el universo publicitario, cuyo lenguaje muchas veces resulta conservador y se ocupa de sostener convenciones anticuadas. “Estamos en un momento en que las marcas han tenido que reinterpretar las necesidades de sus clientes, sobre todo los productos belleza, que se encontraban bastante afuera de lo que está sucediendo socialmente en la actualidad”, afirma Gabriel Raimondo, Content Specialist e Innovation Leader en la agencia de publicidad española Findasense. Para él este gesto debe entenderse como un mecanismo natural de adaptación del lenguaje publicitario a las nuevas realidades con las que se debe comunicar, pero al mismo tiempo asegura que en el caso de esta marca en particular se trata de un gesto genuino. “Dove tiene hace tiempo un concepto que es el de Belleza real y fueron la primera marca en trabajar con modelos no convencionales. Hace rato se corrieron del molde, proponiendo una belleza no estandarizada, más real, como concepto estético de sus campañas, mostrando una mujer con una estatura y un peso diferentes, con más curvas. A partir de ahí otras marcas empezaron a ir en esa dirección y creo que eso sí responde a una necesidad de mercado”, agrega Raimondo.
¿Pero se trata solo de una estrategia de publicidad o la presencia de Jessica como cara de la marca puede ser pensada como un logro de los colectivos que luchan por los derechos LGTBI? “Me parece que se trata un poco de las dos cosas”, dice Escobar. “Por supuesto creo que es parte de los logros de la asociación de colectivos, pero también pienso que las publicidades están obligadas a aggiornarse. Y está bueno que pase ahora, mirando para atrás un montón de cosas que pasaron”, sigue. Desde la publiciadad pero en el mismo sentido Raimondo agrega que “las marcas tienen la obligación de interpretar las necesidades del mercado, porque si no se quedan afuera. Y hoy, donde todo está basado en la segmentación y en el comportamiento de los usuarios, son pocas las marcas que no asumen esa actitud”.
Es que no se trata de un gesto aislado: hace dos años el portal laboral ZonaJobs.com presentó una campaña protagonizada por otra modelo trans e incluso la propia Escobar tiene experiencia en ese terreno. “En algún momento me llamó una marca para interpretar un personaje que iba a ser el centro de las burlas de una publicidad”, pero poco tiempo después la misma marca “me convocó para protagonizar otra en donde me endiosan. Son síntomas de que la sociedad se está deconstruyendo”, dice la actriz. “Por suerte los estándares se están modificando”, coincide el especialista en publicidad, aunque reconoce que “se trata de un cambio que también responde a intereses económicos, porque ninguna marca quiere ser tratada de vieja ni acusada de no poder adaptarse a su época”. En este caso en particular reconoce que se trata de una marca “que hace tiempo apostó por algo diferente”. “Por ese perfil que han construido no se puede dudar de que realizan una acción como esta de modo honesto. Si se tratara de otras marcas, que apuntan a un hombre musculoso y pelo corto o a chicas altas, flacas y blancas, no pensaría lo mismo. Valoraría el gesto, pero tendría mis reservas respecto a la intención de la marca”, concluye Raimondo.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
Jessica Millaman es jugadora de hockey y modelo, y su nombre se hizo conocido por dos hechos que impactaron en la opinión pública. Por un lado consiguió que su reclamo ante el Comité Olímpico Internacional le abriera la puerta a la posibilidad de que las mujeres trans pudieran jugar oficialmente en equipos de hockey femenino. Pero también fue agredida verbalmente por un empleado de Metrovías que se negaba a reconocer su identidad y el video se viralizó. A partir de esta semana Jessica es una de las caras con que la marca Dove publicita su línea de shampoo. Aunque no es la primera chica trans en aparecer en una publicidad en la Argentina, se trata de una marca multinacional, lo cual potencia el efecto simbólico.
“Está bueno que una chica trans sea la encargada de promocionar un producto como este, asociado históricamente a la belleza femenina”, dice la actriz trans Romina Escobar, conocida por ser parte del elenco de la serie Pequeña Victoria (Telefé), que revolucionó la televisión argentina abordando temas complejos como la maternidad subrogada o las problemáticas de la comunidad LGBTI. Para ella el hecho es importante porque “nos encontramos en un punto de inflexión respecto de lo que está pasando en la Argentina con la inclusión en general”, y en particular “dentro del mundo de la publicidad”. “Me parece que hoy la publicidad está siendo más inclusiva, incorporando personas de diferentes aspectos físicos y esto habla de una evolución”, reflexiona la actriz que protagonizó el film Breve historia del planeta verde, de Santiago Loza, que el año pasado fue premiada en el Festival de Cine de Berlín.
No es menor que este gesto tenga lugar en el universo publicitario, cuyo lenguaje muchas veces resulta conservador y se ocupa de sostener convenciones anticuadas. “Estamos en un momento en que las marcas han tenido que reinterpretar las necesidades de sus clientes, sobre todo los productos belleza, que se encontraban bastante afuera de lo que está sucediendo socialmente en la actualidad”, afirma Gabriel Raimondo, Content Specialist e Innovation Leader en la agencia de publicidad española Findasense. Para él este gesto debe entenderse como un mecanismo natural de adaptación del lenguaje publicitario a las nuevas realidades con las que se debe comunicar, pero al mismo tiempo asegura que en el caso de esta marca en particular se trata de un gesto genuino. “Dove tiene hace tiempo un concepto que es el de Belleza real y fueron la primera marca en trabajar con modelos no convencionales. Hace rato se corrieron del molde, proponiendo una belleza no estandarizada, más real, como concepto estético de sus campañas, mostrando una mujer con una estatura y un peso diferentes, con más curvas. A partir de ahí otras marcas empezaron a ir en esa dirección y creo que eso sí responde a una necesidad de mercado”, agrega Raimondo.
¿Pero se trata solo de una estrategia de publicidad o la presencia de Jessica como cara de la marca puede ser pensada como un logro de los colectivos que luchan por los derechos LGTBI? “Me parece que se trata un poco de las dos cosas”, dice Escobar. “Por supuesto creo que es parte de los logros de la asociación de colectivos, pero también pienso que las publicidades están obligadas a aggiornarse. Y está bueno que pase ahora, mirando para atrás un montón de cosas que pasaron”, sigue. Desde la publiciadad pero en el mismo sentido Raimondo agrega que “las marcas tienen la obligación de interpretar las necesidades del mercado, porque si no se quedan afuera. Y hoy, donde todo está basado en la segmentación y en el comportamiento de los usuarios, son pocas las marcas que no asumen esa actitud”.
Es que no se trata de un gesto aislado: hace dos años el portal laboral ZonaJobs.com presentó una campaña protagonizada por otra modelo trans e incluso la propia Escobar tiene experiencia en ese terreno. “En algún momento me llamó una marca para interpretar un personaje que iba a ser el centro de las burlas de una publicidad”, pero poco tiempo después la misma marca “me convocó para protagonizar otra en donde me endiosan. Son síntomas de que la sociedad se está deconstruyendo”, dice la actriz. “Por suerte los estándares se están modificando”, coincide el especialista en publicidad, aunque reconoce que “se trata de un cambio que también responde a intereses económicos, porque ninguna marca quiere ser tratada de vieja ni acusada de no poder adaptarse a su época”. En este caso en particular reconoce que se trata de una marca “que hace tiempo apostó por algo diferente”. “Por ese perfil que han construido no se puede dudar de que realizan una acción como esta de modo honesto. Si se tratara de otras marcas, que apuntan a un hombre musculoso y pelo corto o a chicas altas, flacas y blancas, no pensaría lo mismo. Valoraría el gesto, pero tendría mis reservas respecto a la intención de la marca”, concluye Raimondo.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
viernes, 10 de enero de 2020
CINE - "El acoso" (Isha Ovedet), de Michal Aviad: ¿Un lugar para la mujer?
No hay temática social más actual que aquella vinculada a las reivindicaciones de los derechos de la mujer. El tema tiene su contraparte en el cuestionamiento del lugar que los hombres siguen ocupando dentro de la sociedad. En la intersección de ambas líneas se encuentran las diferentes formas de abuso que los unos suelen ejercer sobre las otras y que con obvias diferencias de grado signan las relaciones entre ambos. El universo de El acoso, segundo trabajo de ficción de Michal Aviad, cineasta israelí cuya obra visita con más frecuencia el documental, trabaja sobre la representación de distintas instancias en las que se da por sentado que las mujeres deben poner su tiempo, sus necesidades, sus deseos e incluso su libertad a disposición de lo que los distintos hombres que forman parte de su vida dispongan. Por ese camino construye un universo que aunque en algún momento pueda parecer excesivo por acumulación, no deja de ser fiel a la realidad que la mayoría de las mujeres atraviesan de forma cotidiana.
Ya el punto de partida habla de la forma en que las mujeres tienen internalizado este mecanismo. Es que cuando Orna acepta un trabajo como asistente de un empresario de la construcción, lo hace en primer lugar para que su marido pueda mantener el proyecto de llevar adelante su propio y recién abierto restaurant. En el camino la protagonista descubrirá dos cosas. Que su nueva ocupación le lleva más tiempo del que pensaba, en parte por el carácter demandante de su jefe, pero también que le gusta lo que hace, que es muy buena en ello, y que además tiene la posibilidad de ganar mucho más que su esposo. Como ocurre muchas veces en la vida real, esta situación tiene consecuencias en ella, pero también en él, que se siente inseguro teniendo que ocupar un rol secundario en el sostén económico de la familia. Por eso no extraña que en lugar de disfrutar del éxito de Orna se sienta celoso, aunque luche contra la bronca que eso le genera.
Aviad maneja la puesta en escena con austeridad, prescindiendo de elementos ajenos al universo de Orna, protagonista excluyente de El acoso. Esto se hace evidente sobre todo en la ausencia de música incidental, que hubiera aligerado o exagerado el impacto de las diferentes situaciones que el personaje se ve obligado a atravesar. Lo acertado de la decisión se vuelve evidente sobre todo en las escenas en las que el jefe de Orna comienza a manifestar un interés por ella que va mucho más allá no solo de lo laboral, sino de los deseos de la mujer. El uso de música para subrayar emocionalmente este tipo de escenas es una tentación que la directora elude con elegancia. También es cierto que el guión responde a una estructura rígida, demasiado pendiente de incluir los giros, quiebres y clímax donde el manual del buen guionista indica que deben ir, haciendo que el fluir de la narración se vuelva mecánico. Un exceso de prolijidad que le saca algo de potencia al relato.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Ya el punto de partida habla de la forma en que las mujeres tienen internalizado este mecanismo. Es que cuando Orna acepta un trabajo como asistente de un empresario de la construcción, lo hace en primer lugar para que su marido pueda mantener el proyecto de llevar adelante su propio y recién abierto restaurant. En el camino la protagonista descubrirá dos cosas. Que su nueva ocupación le lleva más tiempo del que pensaba, en parte por el carácter demandante de su jefe, pero también que le gusta lo que hace, que es muy buena en ello, y que además tiene la posibilidad de ganar mucho más que su esposo. Como ocurre muchas veces en la vida real, esta situación tiene consecuencias en ella, pero también en él, que se siente inseguro teniendo que ocupar un rol secundario en el sostén económico de la familia. Por eso no extraña que en lugar de disfrutar del éxito de Orna se sienta celoso, aunque luche contra la bronca que eso le genera.
Aviad maneja la puesta en escena con austeridad, prescindiendo de elementos ajenos al universo de Orna, protagonista excluyente de El acoso. Esto se hace evidente sobre todo en la ausencia de música incidental, que hubiera aligerado o exagerado el impacto de las diferentes situaciones que el personaje se ve obligado a atravesar. Lo acertado de la decisión se vuelve evidente sobre todo en las escenas en las que el jefe de Orna comienza a manifestar un interés por ella que va mucho más allá no solo de lo laboral, sino de los deseos de la mujer. El uso de música para subrayar emocionalmente este tipo de escenas es una tentación que la directora elude con elegancia. También es cierto que el guión responde a una estructura rígida, demasiado pendiente de incluir los giros, quiebres y clímax donde el manual del buen guionista indica que deben ir, haciendo que el fluir de la narración se vuelva mecánico. Un exceso de prolijidad que le saca algo de potencia al relato.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
jueves, 9 de enero de 2020
CINE - "Jumanji: El siguiente nivel" (The next Level), de Jake Kasdan: Crecer y seguir jugando
Desde el punto de vista de la infancia crecer es una fantasía no exenta de terrores. Hacerse grandes implica perderse en un mundo en que ya no es posible contar con el auxilio de los padres, quedarse solos y tener que abrirse camino en una realidad que se vuelve oscura como una jungla llena de peligros. Ese era el punto de partida que tomaba Jumanji, la película de 1995 dirigida por Joe Johnston y protagonizada por Robin Williams, donde una pareja de niños huérfanos quedaban atrapados dentro del universo de un juego de mesa, en el que para salir debían enfrentar y vencer a un entorno selvático hostil. La idea era de Chris Van Allsburg, autor del libro infantil que inspiró la película, quien le dio continuidad en un segundo libro llamado Zathura que Hollywood también convirtió en una película, dirigida en 2005 por el gran Jon Favreau, aunque sin mencionar la vinculación. Recién fue en 2017 que Jumanji tuvo su primera secuela oficial con el estreno de En la selva, dirigida por Jake Kasdan, hijo del director y guionista Lawrence Kasdan, quien también dirige Jumanji: El siguiente nivel.
Ambas secuelas vuelven trabajar sobre el paso del tiempo y las múltiples miradas que se tiene del asunto en diferentes etapas de la vida. Es así que en En la selva los protagonistas ya no son niños, sino cuatro adolescentes en los últimos años de la secundaria que representan diferentes formas de atravesar ese no menos complicado segmento del crecimiento. Está Spencer, temeroso y aplicado en la escuela; Bethany, la rubia superficial; Martha, que esconde su inseguridad detrás de un discurso inteligente y agresivo; y Fridge, grandote como una heladera y bueno en los deportes. El juego de mesa es ahora un viejo videojuego y los cuatro chicos quedan atrapados no solo dentro de él, sino también en los cuerpos de sus diferentes personajes. El recurso fue bien usado para poner a comediantes como Dwayne Johnson, Jack Black y Kevin Hart a interpretar a esos adolescentes que deben poner al individualismo al servicio de un objetivo colectivo: volver al mundo real. Jumanji: El siguiente nivel va no uno sino dos pasos todavía más allá por ese mismo camino.
Los chicos están ahora en la universidad, lejos del hogar, algunos de ellos incluso dando los primeros pasos en el mundo laboral. Aunque lo hace con levedad, la nueva película acierta al registrar que la realidad finalmente se convirtió para aquellos niños en esa selva competitiva que tanto temían. El que más lo padece es Spencer, que se fue a estudiar a Nueva York, donde además trabaja como repositor en una perfumería. Para colmo, cuando vuelve a casa a pasar las vacaciones de invierno se encuentra conque el quejoso de su abuelo le está ocupando el dormitorio. No es descabellado que la primera reacción del pibe sea la de querer convertirse en chico otra vez y que la mejor forma que encuentre sea la de volver a encerrarse en la fantasía. La alegoría no es mala: durante la adolescencia la instancia del juego es vista como la última manifestación de la infancia, porque se supone que para ser grandes hay que dejar de jugar. Pero ya adultos el juego se convierte en un espacio idealizado donde es posible recuperar la libertad perdida. Por supuesto, y se debe insistir en ello, la palabra clave sigue siendo “levedad” y nadie que no lo tenga en cuenta podrá disfrutar de la propuesta.
Sobre esa superficie trabajan otra vez Johnson, Black, Hart y el resto de un elenco que ahora incluye a otros dos comediantes de peso como Danny DeVito y Danny Glover, que le aportan un nuevo espesor tanto a la superficie de la historia como a su fondo dramático. Porque el hecho de quedar atrapados dentro del juego y en el cuerpo de dos avatares jóvenes representa para los abuelos un rejuvenecimiento literal que se potencia en el entorno fantástico. Desde lo dramático, Jumanji: El siguiente nivel también puede ser vista como un juego, uno que le permite a la troupe de actores intercambiarse las personalidades de los distintos personajes. Es cierto que el recurso tiene algo de aquellas películas en las que un único actor interpreta todos los roles (el propio Jack Black parodió a este tipo de filmes en uno de los falsos trailers que servían de prólogo a Una guerra de película, dirigida por Ben Stiller en 2008). Pero acá el carácter rotativo del asunto le quita lo insufrible. También es cierto que la película no puede evitar la moraleja final, pero eso tampoco invalida la grata ligereza lúdica de su juvenil espíritu aventurero.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Ambas secuelas vuelven trabajar sobre el paso del tiempo y las múltiples miradas que se tiene del asunto en diferentes etapas de la vida. Es así que en En la selva los protagonistas ya no son niños, sino cuatro adolescentes en los últimos años de la secundaria que representan diferentes formas de atravesar ese no menos complicado segmento del crecimiento. Está Spencer, temeroso y aplicado en la escuela; Bethany, la rubia superficial; Martha, que esconde su inseguridad detrás de un discurso inteligente y agresivo; y Fridge, grandote como una heladera y bueno en los deportes. El juego de mesa es ahora un viejo videojuego y los cuatro chicos quedan atrapados no solo dentro de él, sino también en los cuerpos de sus diferentes personajes. El recurso fue bien usado para poner a comediantes como Dwayne Johnson, Jack Black y Kevin Hart a interpretar a esos adolescentes que deben poner al individualismo al servicio de un objetivo colectivo: volver al mundo real. Jumanji: El siguiente nivel va no uno sino dos pasos todavía más allá por ese mismo camino.
Los chicos están ahora en la universidad, lejos del hogar, algunos de ellos incluso dando los primeros pasos en el mundo laboral. Aunque lo hace con levedad, la nueva película acierta al registrar que la realidad finalmente se convirtió para aquellos niños en esa selva competitiva que tanto temían. El que más lo padece es Spencer, que se fue a estudiar a Nueva York, donde además trabaja como repositor en una perfumería. Para colmo, cuando vuelve a casa a pasar las vacaciones de invierno se encuentra conque el quejoso de su abuelo le está ocupando el dormitorio. No es descabellado que la primera reacción del pibe sea la de querer convertirse en chico otra vez y que la mejor forma que encuentre sea la de volver a encerrarse en la fantasía. La alegoría no es mala: durante la adolescencia la instancia del juego es vista como la última manifestación de la infancia, porque se supone que para ser grandes hay que dejar de jugar. Pero ya adultos el juego se convierte en un espacio idealizado donde es posible recuperar la libertad perdida. Por supuesto, y se debe insistir en ello, la palabra clave sigue siendo “levedad” y nadie que no lo tenga en cuenta podrá disfrutar de la propuesta.
Sobre esa superficie trabajan otra vez Johnson, Black, Hart y el resto de un elenco que ahora incluye a otros dos comediantes de peso como Danny DeVito y Danny Glover, que le aportan un nuevo espesor tanto a la superficie de la historia como a su fondo dramático. Porque el hecho de quedar atrapados dentro del juego y en el cuerpo de dos avatares jóvenes representa para los abuelos un rejuvenecimiento literal que se potencia en el entorno fantástico. Desde lo dramático, Jumanji: El siguiente nivel también puede ser vista como un juego, uno que le permite a la troupe de actores intercambiarse las personalidades de los distintos personajes. Es cierto que el recurso tiene algo de aquellas películas en las que un único actor interpreta todos los roles (el propio Jack Black parodió a este tipo de filmes en uno de los falsos trailers que servían de prólogo a Una guerra de película, dirigida por Ben Stiller en 2008). Pero acá el carácter rotativo del asunto le quita lo insufrible. También es cierto que la película no puede evitar la moraleja final, pero eso tampoco invalida la grata ligereza lúdica de su juvenil espíritu aventurero.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
jueves, 2 de enero de 2020
CINE - "Nueva York sin salida" (21 Bridges), de Brian Kirk: El bien y el mal, ida y vuelta
Dicen que hay vida más allá de los superhéroes y la carrera del ahora popular Chadwick Boseman se parece mucho a una prueba fáctica que confirma la veracidad de tal suposición. Famoso por su rol en ese sorpresivo golpe de efecto que resultó Pantera Negra, primera película protagonizada por un superhéroe negro, este actor nacido al sur de los Estados Unidos venía construyendo desde hace más de diez años una carrera comprometida con historias representativas de su comunidad. Así fue parte del elenco de The Express (2008), basada en la vida del primer estudiante negro en ganar el premio al mejor jugador de la liga universitaria de fútbol americano en 1961. O interpretó personajes icónicos como Jackie Robinson, primer negro en jugar en la liga profesional de baseball (42, 2013), o a Thurgood Marshall, primer juez afroamericano en integrar la Corte Suprema estadounidense en 1967 (Marshall, 2017). Nueva York sin salida es su primer trabajo luego de haber pasado por el ubicuo Universo Cinematográfico de Marvel.
Se trata de un policial en apariencia alejado de todo maniqueísmo en el que el bien y el mal en principio no son reducidos a fuerzas autónomas, sino elementos que se contaminan de forma mutua. Dicho mestizaje da lugar a una gama de matices en la que los delincuentes tienen la posibilidad de hallar una instancia de redención, del mismo modo en que los agentes del orden no están exentos de quebrar los límites éticos y morales que rigen su oficio.
En ese contexto, el protagonista André Davis (Boseman) se constituye como un héroe impuro. Él es un detective de la policía neoyorquina sobre quien pesa la sospecha de ser un asiduo practicante de la doctrina Chocobar, uno de esos que primero dispara y después pregunta “¿quién va?”. Cuestionado por sus pares, Davis queda a cargo de un caso confuso en el que una media docena de oficiales fue abatida cuando intervenía en un aparente robo de cocaína entre bandas narco. Apurado por los agentes del FBI por cuestiones de jurisdicción, Davis debe atrapar a sus sospechosos antes de que amanezca y la investigación pase a manos de la fuerza federal.
Tanto el título original (21 Bridges) como su versión local hacen referencia a la orden de cerrar durante toda la noche los 21 puentes que permiten salir de la isla de Manhattan, con el fin de cortar la retirada de los criminales. Desde lo cinematográfico esta decisión convierte al escenario en el que transcurren los hechos en un espacio hermético, generando cierta sensación de claustrofobia narrativa a la que solo por momentos el director Brian Kirk consigue aprovechar a fondo. Pero es esa misma estructura sofocante la que sobre el final del relato también irá dejando sin opciones a sus personajes, volviendo a reducir la ecuación narrativa a los términos usuales de lo bueno y de lo malo. Y aun con los roles invertidos, este mismo giro empujará a la historia a resolverse sobre esas ideas más conservadoras que en principio la propia película parecía querer evitar.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Se trata de un policial en apariencia alejado de todo maniqueísmo en el que el bien y el mal en principio no son reducidos a fuerzas autónomas, sino elementos que se contaminan de forma mutua. Dicho mestizaje da lugar a una gama de matices en la que los delincuentes tienen la posibilidad de hallar una instancia de redención, del mismo modo en que los agentes del orden no están exentos de quebrar los límites éticos y morales que rigen su oficio.
En ese contexto, el protagonista André Davis (Boseman) se constituye como un héroe impuro. Él es un detective de la policía neoyorquina sobre quien pesa la sospecha de ser un asiduo practicante de la doctrina Chocobar, uno de esos que primero dispara y después pregunta “¿quién va?”. Cuestionado por sus pares, Davis queda a cargo de un caso confuso en el que una media docena de oficiales fue abatida cuando intervenía en un aparente robo de cocaína entre bandas narco. Apurado por los agentes del FBI por cuestiones de jurisdicción, Davis debe atrapar a sus sospechosos antes de que amanezca y la investigación pase a manos de la fuerza federal.
Tanto el título original (21 Bridges) como su versión local hacen referencia a la orden de cerrar durante toda la noche los 21 puentes que permiten salir de la isla de Manhattan, con el fin de cortar la retirada de los criminales. Desde lo cinematográfico esta decisión convierte al escenario en el que transcurren los hechos en un espacio hermético, generando cierta sensación de claustrofobia narrativa a la que solo por momentos el director Brian Kirk consigue aprovechar a fondo. Pero es esa misma estructura sofocante la que sobre el final del relato también irá dejando sin opciones a sus personajes, volviendo a reducir la ecuación narrativa a los términos usuales de lo bueno y de lo malo. Y aun con los roles invertidos, este mismo giro empujará a la historia a resolverse sobre esas ideas más conservadoras que en principio la propia película parecía querer evitar.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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