viernes, 12 de julio de 2019

CINE - "Encandilan luces, viaje psicotrópico con Los Síquicos Litoraleños", de Alejandro Gallo Bermúdez: ¿Delirio o genialidad?

“Bienvenidos a Curuzú Cuatiá, la ciudad donde raramente ocurre algo. Y si ocurre vamos a tomarnos la molestia de negarlo. Sistemáticamente.” De esta forma, uno de los personajes que componen el coro de voces del documental Encandilan luces, viaje psicotrópico con Los Síquicos Litoraleños, define a esa ciudad ubicada en la provincia de Corrientes. Ese mismo es el ecosistema que produjo a los inclasificables Síquicos Litoraleños, banda de ¿rock? que de alguna manera da fe de lo certera que es aquella afirmación del comienzo. La pregunta surge sola: ¿quiénes son estos Síquicos Litoraleños? Para responderla, por suerte, existe esta película, ópera prima de Alejandro Gallo Bermúdez.
Se trata de una banda formada durante los primeros años del siglo XXI en esa ciudad que Manuel Belgrano fundó el mismo año de la Revolución de Mayo. A falta de mejores recursos alguien definió a Los Síquicos como “El Pink Floyd de los pobres”. Ese título nobiliario que pretende vincular a la realeza del rock con una agrupación surgida de lo más under del under, puede ser considerado un eslogan ingenioso para generar curiosidad o promocionar a la banda en cuestión, pero por cierto no les hace honor para nada. Los Síquicos son mucho menos que eso, pero sobre todo mucho más. ¿Pero mucho menos de qué? ¿Mucho más cómo? Justamente en el intento de abarcar el universo que hay entre ambas preguntas se encuentra el mérito de Encandilan Luces.
Debe decirse que Los Síquicos son un delirio absoluto mucho más cercano a bandas como Reynolds e incluso a lo más ruidoso de John Zorn, pero con una puesta en escena performática, humorística y kistch. Los Síquicos son como cinco Ziggy Stardust tuneados en un depósito de cotillón viejo. Pero lo que más llama la atención de ellos no es eso, sino la forma en que se convirtieron en un nodo cultural que absorbió la tradición chamamecera de la ciudad, para regurgitarla en algo que ellos bautizaron como "chipadelia", la simbiosis perfecta entre los sabrosos pancitos típicos de la cocina guaraní y lo más lisérgico de la psicodelia, hongos alucinógenos incluidos. Un combo que les permitió realizar un par de giras europeas. De todo eso se nutrió una pléyade de Salieris dispuestos a transmutar lo que era un impulso único e irrepetible, en una escena con identidad propia que convirtió a Curuzú Cuatiá en el centro de un universo aún por descubrir.
La película de Gallo Bermúdez de algún modo también tiene esa aspiración, intentando construir un relato cinematográfico que se alimente de esa estética síquica y litoraleña. Muchas veces lo consigue, generando momentos realmente extraños; en otros parece sobreactuar el delirio. A pesar de eso el documental le hace honor a sus protagonistas y deja entornada una puerta para que quien guste se atreva a descubrirlos. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 7 de julio de 2019

LIBROS - Arthur Conan Doyle, el médico católico y espiritista que creó a Sherlock Holmes

Las efemérides se caracterizan por su exactitud matemática: en cada fecha se cifra todo lo que ocurrió ese mismo día, pero uno, diez o cien años atrás. Sean cuantos sean, no hay forma de errar. Esa precisión resulta oportuna para recordar al escritor británico Arthur Conan Doyle, de cuya muerte se conmemora hoy el 89° aniversario. Es que, como todos saben, Doyle es el creador del inmortal detective Sherlock Holmes, uno de los personajes literarios más populares de la historia, quien hizo del pensamiento científico y del razonamiento lógico deductivo su principal herramienta para combatir al crimen. Pero su historia no empieza ni se detiene con su criatura.
Nacido en Edimburgo, capital de Escocia, el 22 de Mayo de 1959, hace ya 160 años, Doyle pertenecía a una familia de raíces irlandesas y profesaba la fe católica. El dato, que parece no tener mucha importancia, es vital para entender algunas de las obsesiones del prolífico autor, que no solo tuvo a la literatura entre sus intereses. El primero de ellos fue la medicina, carrera que sería determinante en la creación de Holmes. En la Universidad de Edimburgo Doyle se destacó en deportes como el box y el rugby, pero sobre todo como estudiante, claro. Tanto que a los 22 años ya se había recibido de médico.
Sería en ese ámbito donde conocería al doctor Joseph Bell, uno de sus profesores, quien terminaría convirtiéndose en el molde sobre el cual diseñaría a Holmes. Tanto el personaje como su famoso método deductivo se inspiraron en la figura de Bell, miembro de una destacada familia de cirujanos y anatomistas que figuran entre los precursores de esas especialidades. En sus clases Bell solía subrayar la importancia de la observación a la hora de realizar un diagnóstico y para demostrarlo elegía a alguno de sus alumnos desconocidos para, tras una mirada rápida, deducir su ocupación y actividades recientes. Esas habilidades convirtieron a Bell en pionero de la ciencia forense en una época en la que la ciencia aún no era usada en la resolución de crímenes.
La carrera literaria cde Doyle omenzó casi como una distracción de las actividades médicas. Pero como consecuencia del éxito que enseguida tuvo la primera aventura de Holmes, Estudio en escarlata, publicada como folletín en 1887 y como libro un año más tarde, el escritor le fue quitando espacio al médico. Pero el personaje de Watson, fiel ayudante del detective y habitual narrador de sus aventuras, heredó la profesión médica, premitiéndole al escritor reunir sus dos ocupaciones en un mismo espacio. A pesar de ese éxito que de algún modo acabó de definir la literatura policial, Holmes terminó cansando a su creador, quien llegó a concretar su muerte en el cuento "El problema final" (1894). Aunque luego la presión de sus lectores, que lo abrumaron con cartas que iban de la suplica a la amenaza, lo obligaron a resucitarlo. A esa altura Holmes ya era inmortal y el cine y la televisión no hicieron más que contribuir a su popularidad. En las pantallas ha sido interpretado por algunos de los más grandes actores de diferentes generaciones, desde Peter Cushing, Cristopher Plummer o Michael Caine, hasta Robert Downey Jr., Benedict Cumberbatch o Ian McKellen.
Uno de las historias más curiosas en la vida de Doyle es la de su amistad con el célebre mago Harry Houdini. La misma nació de la mutua admiración, a comienzos de la década de 1920, pero se alimentó sobre todo de la empatía: ambos habían sufrido la muerte reciente de seres queridos (el mago la de su madre y el escritor la de un hijo). Golpeado por la tragedia Doyle recurrió al espiritismo para tratar de contactar al espíritu de su hijo: en su lucha interna el hombre de fe derrotaba al científico. Necesitado de creer, Doyle incitó a Houdini para acercarse al espiritismo, pero era muy difícil engañar a un mago de su nivel, incluso con trucos muy sofisticados. Houdini descubrió la trampa enseguida y en vano trato de convencer al escritor de que estaba siendo víctima de una estafa. Herido por la muerte y necesitado de creer a cualquier precio, Doyle renegó de su amistad. Desde entonces Houdini se dedicó a desenmascarar a los brujos y médiums que lucraban con dolores como el suyo y el de su amigo, el escritor.

viernes, 5 de julio de 2019

CINE - "Delfín", de Gaspar Scheuer: Realismo mágico ma non troppo

La tercera película de ficción de Gaspar Scheuer como director (habitualmente se desempeña como sonidista, rol en el que ha sido parte de más de 50 películas) recorre un camino poco frecuentado por el cine argentino. O al menos no de la manera en la que él lo plantea en Delfín: se trata de una historia emotiva que tiene como protagonista y eje narrativo a un chico de once años, el Delfín del título. Sin embargo no se trata ni de un relato de aprendizaje, ni de un drama, ni de una comedia, ni de una película de aventuras, ni de una infantil ni de una road movie. Y no porque a lo largo de su desarrollo no tenga elementos de cada uno de los géneros mencionados, si no porque teniendo de todos no se termina de afirmar en ninguno.
La película tiene una interesante secuencia inicial. En ella la acción sirve para presentar con elocuencia a los personajes principales (elipsis temporal incluida), plantear las características que los definen y esbozar a través de todo eso el universo en el que va a desarrollarse el relato. Al mismo tiempo consigue que se genere una sólida simbiosis entre las imágenes y la música.
Esa secuencia comienza con una serie de escenas luminosas en la que una pareja de mochileros comparten su amor viajando a dedo por rutas marinas y caminos rurales. De ahí corte a una casillita precaria en el campo donde el hombre de aquella pareja, pero algunos años mayor, convive con Delfín, el hijo de ambos. Padre e hijo se despiertan, se levantan, se asean y salen juntos, uno para el trabajo y el otro para la escuela. O no: Delfín también va a trabajar. El chico hace el reparto del pan para la panadería del pueblo y recién después de terminar se va para la escuela, donde mientras forma fila en el patio mira embelesado a una maestra joven y bonita que no es la suya.
Tras la presentación, el título de la película y recién después comienza al relato propiamente dicho. A partir de ahí Delfín navegará entre la fantasía de una infancia idealizada a lo Tornatore, un costumbrismo cándido y ese realismo rural moderadamente sucio en el que abreva buena parte de un cine argentino al que ya no se puede llamar nuevo. La combinación produce algo que bien podría llegar a definirse como realismo mágico ma non tropo.
Scheuer abrirá unas cuantas subtramas: el enamoramiento Delfín con la maestra; el vínculo con el grupito de amigos de la escuela; las deudas del padre con el usurero del pueblo: la ausencia materna; y el sueño de Delfín de presentarse a una audición para una orquesta infantil que tendrá lugar en una ciudad vecina. Algunas de esas líneas argumentales se sostendrán hasta el final. De otras el director se irá olvidando sin dar demasiadas explicaciones.
Así, la película deja un gusto ambiguo. La sensación de que si Scheuer hubiera evitado abrir las líneas que pensaba abandonar para concentrarse en la aventura de su protagonista, y al mismo tiempo conseguía morigerar cierto tono de evocación melosa, Delfín hubiera ganado en contundencia narrativa. 

Artíuclo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 4 de julio de 2019

CINE - "El verdadero amor, (C'est ça l'amour), de Claire Burger: Cómo mirar a un hombre

Es difícil saber si Mario es un hombre a punto de quebrarse emocionalmente o uno que ya lo hizo. Su mujer acaba de dejarlo y él ha quedado solo a cargo de dos hijas adolescentes. Para tratar de rearmar su vida se suma a un grupo de teatro comunitario, pero se nota que el asunto no es para él y no es raro preguntarse por qué se habrá metido ahí. La respuesta llega enseguida: en ese teatro es donde trabaja su exmujer como iluminadora. El dato enciende la alerta. En los tiempos que corren es fácil sospechar que Mario es uno de esos ex posesivos y acosadores. Y lo es, aunque también es cierto que no hay en su actitud ni maldad ni premeditación, sino que el pobre tipo de golpe se ha quedado solo y con un amor entre las manos que ya no es correspondido. Es lógico que después de 20 años de matrimonio no tenga forma de saber qué se hace en una situación así. El verdadero amor, segunda película de la francesa Claire Burger, trata sobre eso: sobre aprender.
No es tarea sencilla en la actualidad retratar a un hombre lastimado de la forma en que lo está Mario, sobre todo por sus características. Un hombre de los de antes para quien, desde su perspectiva, el mundo (el suyo privado, pero también el público) ha quedado patas para arriba y él literalmente no tiene idea de para dónde debe correr. Burger no le teme al desafío y toma el toro por las astas, obligando a este hombre a atravesar todas y cada una de las pruebas. En primer lugar lo rodea de mujeres, exponiéndolo a la complejidad para él desconocida del mundo femenino.
Así deberá aprender que su ex ahora tiene otra vida, que su hija mayor puede vincularse con los hombres de un modo que no es el esperado para “una chica decente”, o que a la menor empiece a descubrir que ni siquiera le gustan los hombres. La madre de las nenas le dice que no se preocupe, que las deje tranquilas, que en cualquiera de sus formatos el amor siempre es hermoso. Pero Mario ahora sabe que a veces no lo es tanto y se preocupa porque cree que el hecho de ser lesbiana puede hacerlo aún más doloroso para su hija menor. Tal vez tenga razón, tal vez se equivoque, pero en cualquiera de los casos está condenado a sufrir. Mario parece haberse despertado en un mundo que desconoce y avanza a tientas. No tiene idea de nada, no sabe qué hacer con sus hijas ni con su trabajo y, sobre todo, no sabe qué hacer consigo mismo.
Con generosidad, Burger le concede a Mario el beneficio de la duda: no se trata de un hombre machista, sino de uno atrapado en un mundo laberíntico diseñado desde el machismo. Y como ha dicho alguna vez Leopoldo Marechal (y muchos otros antes que él), solo hay una forma de salir de un laberinto: por arriba. Serán sobre todo sus hijas desde arriba, desde ese mundo nuevo que ellas y su generación están empezando a reconstruir, quienes le darán una mano no siempre benévola para empezar a salir.
Gran parte del éxito la directora se lo garantizó desde antes de empezar a filmar, eligiendo a un elenco perfecto. Bouli Lanners, casi un desconocido para el espectador local, realiza un trabajo superlativo componiendo a ese Mario desbordado sin necesidad de desbordarse como actor. La delicadeza con que consigue hacer atravesar a su personaje por una paleta emocional amplísima tomando siempre la decisión correcta es un mérito tanto de él como de la directora. Lo mismo ocurre con las jóvenes actrices que interpretan a las dos hijas y sobre todo la más chica, cuya cara de culo permanente representa a la perfección la máscara del adolescente disconforme que no sabe lo que quiere, pero lo quiere ya.
Incluso Burger se da el lujo de usar el humor con pulso admirable. Basta ver la escena en la que una droga suministrada a uno de los personajes sin su conocimiento ni consentimiento, que en cualquier otra película hubiera dado pie a los lugares comunes más burdos, acá se convierte en una de las más tiernas y cálidas escenas de amor (no de sexo, sino de verdadero amor) que ha dado el cine actual. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - Entrevista con Eloisa Solaas, directora de "Las facultades": "En un examen hay algo que tiene que ver con interpretar un rol"

Como ocurre con cada edición, este año Bafici volvió a incluir dentro de sus secciones competitivas algunas de las películas nacionales que sin dudas terminarán figurando en la lista de las mejores de la temporada. Entre ellas se destacó en especial Las facultades, ópera prima de Eloisa Solaas, quien se llevó el premio a la Mejor Dirección en la Competencia Argentina.
En Las facultades, Solaas demuestra gran inteligencia narrativa para realizar un acercamiento al ámbito académico a partir del retrato de una serie de estudiantes de distintas carreras universitarias durante sus procesos de estudio y evaluación. Si bien a través de ellos y de los conceptos que cada uno aborda la directora hilvana un relato sobre la cuestión humana desde los ángulos más diversos, su mérito reside sin embargo en la capacidad para transmitir al espectador el vínculo empático que la une a sus personajes.
“La idea apareció en 2014, durante la escritura del guión para un corto que concluía con la escena de un examen final oral. Aquel guión lo abandoné, pero esa escena del final me quedó dando vueltas”, rememora Solaas. “Pero también hay algo personal: tengo muchos recuerdos de rendir orales en la facultad. Estudié Diseño, Imagen y Sonido, y durante muchos años dejé colgadas materias porque los finales orales me daban, bueno... Pateaba esa situación de rendir. Un día, hablando con un amigo, me di cuenta de que quería filmar eso de manera documental, me interesaba poner una cámara en los exámenes. El proceso fue lento, porque fue difícil conseguir el consentimiento de los alumnos y también la cuestión institucional. El primer examen lo filmé en Puán en diciembre de 2014: 'Problemas de la filosofía medieval'. Y el último en 2017”, continúa la directora.

-¿Qué es lo que volvía a sus experiencias en exámenes orales tan especiales que le urgía regresar a ellos para contarlos desde el cine?
-Tengo muy clara la sensación sentir curiosidad por mi propia cara. Algo muy básico. Ese llegar sin dormir, sobre todo al principio de la carrera. Recuerdo un examen que rendí en Puán, "Literatura en las artes combinadas", que fue el primero: me había olvidado de tomar agua, tenía la sensación de estar abrumada, desencajada. Me daba curiosidad ver cómo impactaba esa situación sobre mí misma. Dando clases me tocó ver el contraplano de eso. Creo que se trata de una situación interesante desde lo cinematográfico, un tipo de diálogo muy particular en donde en 20 minutos no solo se juega todo el conocimiento que se adquirió en una materia cursada, sino otro tipo de talento que tiene que ver con la capacidad para ordenar un discurso, la habilidad para convencer, que los nervios no te jueguen en contra.  
-Factores que son casi los mismos que en una puesta en escena.
-Exacto, hay algo que tiene que ver con interpretar un rol y en la película en algunos casos se ve muy claro. Incluso, en Ciencias Exactas existe una instancia oral en la que tienen que pensar por qué hicieron esto o lo otro, pero se ve mejor en las carreras humanísticas. Sobre todo en el examen de Derecho, porque incluso el docente lo plantea como el simulacro de una audiencia oral, que ya de por sí es una puesta en escena. Creo que en la abogacía también hay algo muy interpretativo que se nota mucho en los abogados penalistas o en los que se dedican a la política.  
-El hecho de que una de las estudiantes que eligió retratar sea una actriz (María Alché), subraya ese vínculo entre el examen y la puesta en escena.
-El de María fue el primer examen que filmé. Su compañero de estudio, Damián Velazco, también es actor de doblajes, y eso les dio facilidad para estar delante de una cámara. Y me ayudó mucho, porque estuve casi un año buscando sin éxito gente dispuesta a ser filmada durante un final, hasta que en un momento hablando con María me contó que estaba estudiando filosofía y cuando se lo propuse enseguida accedió. Me interesó lo que se podía llegar a producir con una cara conocida para el cine, aunque no tenía muy claro cómo iba a funcionar. Incluso, después me planteé jugar más con este borde, con este límite, con la ambigüedad. Pero las estrategias que tienen que ver con esa cuestión de la puesta en escena se dan incluso en los alumnos que no tienen nada que ver con el cine. 
-Usted dice que la película nace a partir de la curiosidad de su propia experiencia como alumna y esa afirmación permite jugar con la idea de que los diferentes protagonistas elegidos integran algo así como un alter ego colectivo. ¿Cómo fue el casting para seleccionar a todos estos alter egos?
-A veces fui por el lado del estudiante, buscando gente que estudiara en determinadas carreras. Llegué hasta ellos a través de conocidos de conocidos y a partir del vínculo con los alumnos llegaba después hasta los docentes. Otras veces fue al revés. En Medicina fue interesante porque es muy difícil filmar ahí. Hay facultades más accesibles que otras y en Medicina está esa cuestión de que “la Facultad no está para boludeces”. Hasta que una serie de cambios en las cátedras me permitió finalmente acceder, pero siempre bajo la condición de que eran ellos los que decidían a quién filmar.  
-¿Entonces no siempre tuvo la posibilidad de elegir a sus protagonistas?
-En realidad, la selección se terminó dando en el montaje, porque hay varios exámenes que filmé y finalmente descarté. Hubo mucho de azar. Pero a veces jugó mucho el criterio a priori, como en el caso del alumno que da su examen en el penal. Ahí tenía estudiantes que eran un grupo de personas que estaban presas por distintos motivos y entre ellos había diferentes perfiles. Algunos ya tenían una profesión y estudiaban como una forma de pasar el encierro, pero en otros se jugaba un sentido de transformación más claro: chicos que se metieron en la delincuencia muy jóvenes, que vienen de un contexto marginal y realmente no tuvieron la posibilidad de estudiar. Me parecía mucho más interesante ese proceso.  
-Justamente, el chico que estudia sociología en la cárcel es quien acapara el protagonismo dentro del relato. ¿Eso fue planificado o también surgió en instancias posteriores, como el montaje?
-Eso fue una sorpresa. No sabía lo que iba a pasar y ahí se jugó algo que es lo que, en el mejor de los casos, debería suceder en los exámenes orales. Si bien en la película hay humor y cierta crítica a determinadas situaciones de poder que se dan dentro de las instituciones educativas, creo que ese es un valor de las universidades nacionales, porque en otros países e incluso en la Argentina hay otras facultades que privilegian otro tipo de evaluación, la cosa escrita. En el examen de ese chico, Jonathan, se da algo interesante. La docente que lo evalúa le propone usar el concepto de los tipos ideales de Weber para analizar el contexto de la vida en la cárcel y él prácticamente termina dando una clase sobre un tema del cual sabe mucho más que ella. Entonces se produce no diría una inversión de roles, pero sí una situación más elástica donde la relación de poder se desdibuja, aunque es obvio que ella sigue teniendo el control de la evaluación.
-Esa escena también ilustra de qué modo el conocimiento usado con inteligencia permite modificar el mundo. Porque en su análisis ese chico modifica el lugar desde el cual él mismo vive su contexto de encierro.
-Creo que en el hecho de hacer una carrera se juega también la apropiación de una identidad: la profesión, el título. Y la situación de rendir un examen es un pequeño ensayo de eso: apropiarse de un conocimiento y ponerlo en práctica de una manera muy física. El caso de Jonathan es interesante porque el ya tiene una identidad, por la cantidad de años que estuvo preso, un recorrido con una carga simbólica, su propio sistema de valores, cosas que él también pone en juego en ese examen. Entonces, me parece muy rico ese cruce entre el conocimiento que va adquiriendo, su identidad de preso y esa nueva identidad de sociólogo que empieza a construir.  
-¿También hizo un castings de las facultades que querías incluir en el relato? ¿Por qué eligió seguir a alumnos de determinadas carreras?
-Quería que hubiera un equilibrio entre humanísticas, exactas, científicas, en un sentido de ir transitando temas muy diversos. Tenía claro que quería que estuvieran Derecho y Medicina, porque son icónicas y tradicionales. En un momento empezaron a interesarme las relaciones que surgían entre algunos temas, por eso en Derecho elegí que sea Penal, porque hay un vínculo directo con Jonathan. O lo que se da entre Medicina y Filosofía, vinculando el tema del cuerpo y el alma. Y me quedé con ganas de filmar en Psicología, porque siento que también podría haber aportado algo a esa construcción.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.