Jugar en primera. Eso es lo que encarna Hollywood para los directores de cine de todo el mundo. Tan difícil es llegar a filmar en esa tierra prometida que conseguirlo califica como sueño incluso para los aspirantes nacidos en Estados Unidos y para quienes lo anhelan fuera de sus fronteras el asunto roza la categoría de fantasía irrealizable. Pero siempre hay lugar para unas pocas excepciones: el caso de Demián Rugna es una de ellas, pero no la única. En los últimos cinco años un puñado de directores nacidos en la América del Sur más profunda necesitaron ser pellizcados para saber que no estaban soñando despiertos y realmente habían alcanzado el nirvana de filmar en el valle de California. Los chilenos Sebastián Lelio y Pablo Larraín, el uruguayo Fede Álvarez y el argentino Andy Muschietti forman parte de esa pequeña élite a la que ahora se suma Rugna. Bienvenidos a Sudacollywood.
Se trata, eso sí, de caminos muy diferentes. En el caso de los chilenos primero debieron convertirse en profetas en su tierra para recién ahí llamar la atención de los estudios y productores estadounidenses. Larraín rodó seis películas en Chile antes de que Fox se fijara en él para dirigir Jackie (2016), donde con un elenco de estrellas que incluyó a Natalie Portman, John Hurt y Peter Sarsgaard, retrata la trágica odisea de Jacqueline Kennedy en los días posteriores al asesinato de su marido, el presidente John F. Kennedy. Por su parte Lelio, quien este año ganó el Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera con Una mujer fantástica, no trabajó menos que su compatriota, filmando cinco películas en su país antes de dar el salto. Recién ahí le ofrecieron dirigir Disobedience (2017), con Rachel Weisz y Rachel McAdams, ampliando su logro este año con Gloria Bell, un remake de su propia película Gloria (2013), pero con Julianne Moore en el papel que en la original representó estupendamente Paulina García.
A diferencia de sus colegas chilenos, los rioplatenses Muschietti y Álvarez llegaron a Hollywood sin haber debutado en el cine de sus países y a través de poderosos padrinos. Ambos contaban como único antecedente con algunos cortos muy efectivos que llamaron la atención de las personas indicadas. En el caso del uruguayo fue Ataque de pánico (2009), donde imagina una invasión de robots gigantes que destruyen Montevideo. El corto explotó en la plataforma YouTube y de esa forma llegó a ojos de Sam Raimi, famoso por la trilogía Evil Dead, un clásico del cine de terror de los años ’80, pero que alcanzó categoría de top dirigiendo la súper exitosa saga de El Hombre Araña. Fue Raimi quien le entregó a Álvarez en bandeja la posibilidad de filmar el remake de Evil Dead, que con el título de Posesión infernal se convirtió en uno de los grandes éxitos del cine de terror en 2013.
Otra de las sorpresas de ese mismo año y en ese mismo género fue la película Mamá, ópera prima de Muschietti. El film está basado en un corto homónimo que llegó hasta Del Toro, quien le propuso ampliarlo al formato de largometraje con Jessica Chastain y el danés Nikolaj Coster-Waldau como protagonistas. A partir de ahí tanto Álvarez como Muschietti revalidaron sus credenciales filmando otras películas que superaron el éxito de sus debuts. El uruguayo filmó No respires en 2016 (que tendrá su secuela el año próximo) y acaba de estrenar La chica en la telaraña, basada en una de las novelas de la popular saga Millenium. Por su parte el argentino adaptó al cine IT, uno de los libros más famosos de Stephen King, que se convirtió en uno de los títulos más taquilleros de 2017 en todo el mundo y también tendrá su esperada continuación el año que viene. Ambos tienen por delante una agenda cargada: Álvarez dirigirá el remake del clásico de los ’80 Laberinto y Muschietti adaptará el manga japonés Attack on Titan.
En el camino ha quedado por ahora Damián Szifrón, quien estuvo tres años al frente de la adaptación al cine de la clásica serie de los ’70 El hombre nuclear, con un guión propio y el protagónico de Mark Wahlberg. A dos semanas de comenzar el rodaje, el director que logró reconocimiento internacional a partir de Relatos salvajes (2014) fue despedido por Warner en mayo pasado, por motivos que nunca quedaron del todo claros pero que fueron salvados con la rigurosa excusa de las diferencias creativas. Parece que no todas son rosas en el camino hacia la Meca del cine.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
viernes, 7 de diciembre de 2018
CINE - "Colette: Deseo y liberación", de Wash Westmoreland: La Historia con perspectiva de género
Gracias a la perspectiva que da la Historia, la escritora francesa Colette se ha convertido en un emblema de las luchas por la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Un caso paradigmático que al retratar el abismo que separaba a unas y otros hace apenas un siglo atrás, también da cuenta de todo lo que aún falta avanzar en un territorio que hoy es mucho más complejo y que excede largamente el clásico modelo binario nene/nena. A tal punto es así, que la enciclopedia online de cine imdb.com señala que la película Colette: Liberación y deseo, biopic que marca el debut en solitario del director británico Wash Westmoreland, recibió en España una declaración ministerial que la recomienda como material “para fomentar la igualdad de género”. De más está decir que este tipo de blasones no necesariamente coinciden con la valoración que pueda hacerse desde el punto de vista cinematográfico, pero hablan a las claras no solo de lo que representa la figura de Colette sino del lugar en el que se encuentran hoy las luchas de género.
“Has recorrido un largo camino, muchacha.” Así, parafraseando el viejo slogan de una conocida marca de cigarrillos “para mujeres” (categoría que en los albores del siglo XXI resulta toda una antigüedad), podría resumirse esta película que recorre la vida de la escritora. Un viaje que comienza en 1892, cuando siendo todavía una adolescente conoce a quien sería su marido, Henry Gauthier-Villars, reconocido por su nombre artístico Willy, con el cual usufructuó como propias las primeras obras de Colette, hasta el divorcio en 1906, que debe ser visto como un auténtico acto de emancipación. Es ese vínculo con Willy el que ocupa el centro de la película y lo que permite leerla dentro del marco de las corrientes modernas del feminismo, que no serían lo que son sin esta historia como antecedente ejemplar.
Sin embargo, si algo entorpece el disfrute de la película es justamente ese carácter didáctico. No porque no sea posible abordar la biografía de Colette a partir del vínculo de sometimiento apenas disfrazado de acuerdo que la unía a su marido, que es central tanto en la construcción de su obra como en el hallazgo de su propia identidad, sino porque esa insistencia genera la redundancia de la metáfora. El momento en que la escritora asiste a uno de los salones de París y se siente tan ajena que solo puede reconocerse en una tortuga adornada con brillantitos, presa en una bandeja de plata. La charla con su madre, tras descubrir las infidelidades de Willy, a quien le pregunta si nunca sintió que los papeles de esposa y madre no eran más que una impostura. O aquella otra donde admite que su marido la somete en muchos aspectos pero también le da mucha libertad, a lo que su amiga y amante Missy responde que hay cadenas que no pesan pero siguen siendo cadenas.
Por supuesto que se trata de una objeción que no arruina la experiencia, porque es cierto que la historia está llena de personajes ricos, y el film maneja esos recursos con elegancia. Y tampoco comete el error de condenar a Willy, entendiéndolo en sus contradicciones como un arquetipo de su clase y de su época: un dandy bon vivant (y vividor) que puede ser visto como un precursor del marketing moderno y al mismo tiempo como un buen editor. Un modelo que Colette ayudo a romper, comenzando a firmar sus obras y recuperando judicialmente la autoría de aquellas que Willy había publicado con su nombre. Aún así, más allá de sus aciertos, la película termina regresando al círculo didáctico, poniendo en boca de su protagonista una declaración de principios que vuelve a evidenciar el color de época (aquella y esta): “Me hallaste cuando no sabía nada de la vida y me amoldaste a tus designios y deseos, creyendo que nunca podría liberarme. Pero te equivocaste”.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
“Has recorrido un largo camino, muchacha.” Así, parafraseando el viejo slogan de una conocida marca de cigarrillos “para mujeres” (categoría que en los albores del siglo XXI resulta toda una antigüedad), podría resumirse esta película que recorre la vida de la escritora. Un viaje que comienza en 1892, cuando siendo todavía una adolescente conoce a quien sería su marido, Henry Gauthier-Villars, reconocido por su nombre artístico Willy, con el cual usufructuó como propias las primeras obras de Colette, hasta el divorcio en 1906, que debe ser visto como un auténtico acto de emancipación. Es ese vínculo con Willy el que ocupa el centro de la película y lo que permite leerla dentro del marco de las corrientes modernas del feminismo, que no serían lo que son sin esta historia como antecedente ejemplar.
Sin embargo, si algo entorpece el disfrute de la película es justamente ese carácter didáctico. No porque no sea posible abordar la biografía de Colette a partir del vínculo de sometimiento apenas disfrazado de acuerdo que la unía a su marido, que es central tanto en la construcción de su obra como en el hallazgo de su propia identidad, sino porque esa insistencia genera la redundancia de la metáfora. El momento en que la escritora asiste a uno de los salones de París y se siente tan ajena que solo puede reconocerse en una tortuga adornada con brillantitos, presa en una bandeja de plata. La charla con su madre, tras descubrir las infidelidades de Willy, a quien le pregunta si nunca sintió que los papeles de esposa y madre no eran más que una impostura. O aquella otra donde admite que su marido la somete en muchos aspectos pero también le da mucha libertad, a lo que su amiga y amante Missy responde que hay cadenas que no pesan pero siguen siendo cadenas.
Por supuesto que se trata de una objeción que no arruina la experiencia, porque es cierto que la historia está llena de personajes ricos, y el film maneja esos recursos con elegancia. Y tampoco comete el error de condenar a Willy, entendiéndolo en sus contradicciones como un arquetipo de su clase y de su época: un dandy bon vivant (y vividor) que puede ser visto como un precursor del marketing moderno y al mismo tiempo como un buen editor. Un modelo que Colette ayudo a romper, comenzando a firmar sus obras y recuperando judicialmente la autoría de aquellas que Willy había publicado con su nombre. Aún así, más allá de sus aciertos, la película termina regresando al círculo didáctico, poniendo en boca de su protagonista una declaración de principios que vuelve a evidenciar el color de época (aquella y esta): “Me hallaste cuando no sabía nada de la vida y me amoldaste a tus designios y deseos, creyendo que nunca podría liberarme. Pero te equivocaste”.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
jueves, 6 de diciembre de 2018
CINE - "Una entrevista con Dios" (An Interview with God), de Perry Lang: Evangelizame
“Dios se mueve por caminos misteriosos.” Esta frase clásica del imaginario cristiano, tomada según se consigna de un himno del siglo XVIII, es la elegida como carta de apertura de Una entrevista con Dios. Pero lo clásico de la frase se diluye en el contexto de una película de tono tan fantástico como aleccionador y religioso, volviéndose el primero de una larga lista de lugares comunes que se irán acumulando a lo largo de su relato. Del mismo modo, definir a Una entrevista con Dios como religiosa tal vez resulte un poco vago y palabras como cristiana o evangelizadora resulten no solo más específicas, sino que revelan unas segundas intenciones bastante obvias que distraen de forma constante de lo específicamente cinematográfico.
Paul es un joven periodista que acaba de volver de Irak donde se desempeñó como cronista de guerra, hecho que no ha pasado por su vida de forma inocua. Desde el comienzo queda claro que eso ha afectado a su matrimonio, que se encuentra en una crisis que parece terminal, y su trabajo donde le sugieren que se tome un tiempo. Sin embargo él se encuentra trabajando en un reportaje que lo tiene absorbido: se trata obviamente de la entrevista con Dios que se anuncia desde el título. Paul es interpretado por el joven aspirante a estrella Brendon Thwaites y Dios nada menos que por el efectivo David Strathairn, cuya composición es lo más interesante del film.
Aunque Dios no tiene problemas en presentarse como tal, será la actitud de Paul, quien es un ferviente cristiano, la que irá marcando la evolución del relato. Escéptico al comienzo, el periodista intenta desenmascarar a quien considera un impostor. Pero con la curiosidad propia de quién ansía llegar a la verdad, se verá cada vez más enredado en las redes de un interlocutor que en lugar de responder lo va empujando a encontrar él mismo las respuestas. El truquito también le sirve al guión para evitar meterse en algunos problemas.
Si la película se redujera a estos diálogos dogmáticos y bastante limitados –sobre todo si se tiene en cuenta la posibilidad de que uno de los dos interlocutores sea el mismísimo creador de todo—, no se estaría en presencia de una gran película, pero sin dudas sería menos pretenciosa. Acá Paul es obligado a atravesar algunas situaciones que si bien deberían entenderse como pruebas de fe, se parecen bastante a un juego manipulador que la película traslada al espectador, tendiéndole algunas trampitas por acá y por allá para hacerle creer que el protagonista es lo que finalmente no es
Lo curioso es que aunque el tránsito que Paul es obligado a realizar parece revelarle importantes lecciones, en realidad al llegar al final casi nada habrá cambiado demasiado y todo lo que se acabe resolviendo no parecerá haber merecido de la hipérbole de una intervención divina. De esta forma Una entrevista con Dios acaba siendo banal, aunque se haya pasado 97 minutos tratando de ser profunda para dejar un mensaje tan unívoco como obvio e innecesario.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Paul es un joven periodista que acaba de volver de Irak donde se desempeñó como cronista de guerra, hecho que no ha pasado por su vida de forma inocua. Desde el comienzo queda claro que eso ha afectado a su matrimonio, que se encuentra en una crisis que parece terminal, y su trabajo donde le sugieren que se tome un tiempo. Sin embargo él se encuentra trabajando en un reportaje que lo tiene absorbido: se trata obviamente de la entrevista con Dios que se anuncia desde el título. Paul es interpretado por el joven aspirante a estrella Brendon Thwaites y Dios nada menos que por el efectivo David Strathairn, cuya composición es lo más interesante del film.
Aunque Dios no tiene problemas en presentarse como tal, será la actitud de Paul, quien es un ferviente cristiano, la que irá marcando la evolución del relato. Escéptico al comienzo, el periodista intenta desenmascarar a quien considera un impostor. Pero con la curiosidad propia de quién ansía llegar a la verdad, se verá cada vez más enredado en las redes de un interlocutor que en lugar de responder lo va empujando a encontrar él mismo las respuestas. El truquito también le sirve al guión para evitar meterse en algunos problemas.
Si la película se redujera a estos diálogos dogmáticos y bastante limitados –sobre todo si se tiene en cuenta la posibilidad de que uno de los dos interlocutores sea el mismísimo creador de todo—, no se estaría en presencia de una gran película, pero sin dudas sería menos pretenciosa. Acá Paul es obligado a atravesar algunas situaciones que si bien deberían entenderse como pruebas de fe, se parecen bastante a un juego manipulador que la película traslada al espectador, tendiéndole algunas trampitas por acá y por allá para hacerle creer que el protagonista es lo que finalmente no es
Lo curioso es que aunque el tránsito que Paul es obligado a realizar parece revelarle importantes lecciones, en realidad al llegar al final casi nada habrá cambiado demasiado y todo lo que se acabe resolviendo no parecerá haber merecido de la hipérbole de una intervención divina. De esta forma Una entrevista con Dios acaba siendo banal, aunque se haya pasado 97 minutos tratando de ser profunda para dejar un mensaje tan unívoco como obvio e innecesario.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
miércoles, 5 de diciembre de 2018
LIBROS - La historia por dos: Los nuevos libros de Felipe Pigna
En poco más de 60 días el prolífico historiador y escritor Felipe Pigna ha publicado dos nuevos libros. El primero en llegar a las librerías fue Mujeres insolentes de la Historia, en cuyas páginas reúne y repasa la vida de 29 mujeres que le aportaron potencia femenina a la Historia argentina y latinoamericana. Entre ellas es posible reconocer los nombres de Alfonsina Storni, Mariquita Sánchez de Thompson, Remedios de Escalada o Juana Azurduy, mezclados con otros casi desconocidos como Martina Céspedes, Virginia Bolten o Anita Perichón, dejando en evidencia el velo que pesa sobre la mujer en el relato histórico. El otro libro, que acaba de editarse, es El cruce de los Andes, donde Pigna vuelve sobre aquella campaña heroica mil veces revisitada. Ambos volúmenes tienen algo en común: están dedicados al público adolescente e infantil.
“El libro sobre el Cruce pertenece a la colección de historietas, que va por su número 15”, cuenta Pigna. “Es un formato que me gusta mucho y que hacemos con todo respeto, porque la historieta en nuestro país tiene representantes de los más importantes del mundo y de ninguna manera es un subgénero”, agrega. “Cuándo nos metimos dentro de ese universo nos propusimos hacer un trabajo que respetara el formato, para que no sea solamente un texto histórico disfrazado de viñeta. Lo interesante es que desde hace dos años esa colección se está usando en los colegios, un fenómeno que se dio naturalmente y a mí me parece muy lindo”, se alegra el autor.
-¿Se lo usa cómo material didáctico?
-Material motivador. A partir de eso también estoy yendo a los colegios a hablar con los chicos, algo que me resulta sumamente interesante. Lo que hago es responder preguntas. Me parece más útil que dar charlas que usualmente terminan aburriéndolos. Además las preguntas surgen de su propio interés y a partir de ellas se dan charlas fantásticas.
-¿Qué le aporta a usted ese contacto directo con chicos?
-Muchísimo, porque los chicos tienen una mirada interesante, sin prejuicios, que no está atravesada por ninguna grieta. Dicen lo que quieren decir, preguntan lo que quieren preguntar y las charlas tienen una mirada más auténtica. La mayoría de la gente recuerda a la Historia como algo vinculado a su infancia, que es el momento en el que estamos obligados a transitarla en el paso por la escuela. Es decir que hay un vínculo directo entre Historia y niñez, y a mí me parece que está bueno darle un sentido a esa relación.
-¿Esa experiencia se vincula al origen de Mujeres insolentes, el otro libro que acaba de publicar, que también trabaja sobre un formato pensado para un lector infantil?
-Sí, un poco surgió de ahí, porque los chicos y chicas me preguntaban por esta oleada feminista, si se trata de un fenómeno nuevo o si tiene antecedentes. La lucha de la mujer por sus derechos existió siempre, porque nunca se resignaron al lugar de segundo sexo, como diría Simone de Beauvoir. Entonces les cuento de Grecia, donde la mujer no tenía ningún derecho, como los esclavos, pero que sin embargo todos los grandes dramas, las tragedias e incluso las comedias de la literatura griega tienen tremendas mujeres protagonistas. Como Licistrata y su huelga sexual, que es una historia extraordinaria, o Antígona, que reclama el derecho a enterrar un familiar, algo que tiene tanta resonancia en la Historia reciente de la Argentina. En ellas aparece, ya en el siglo IV o V antes de Cristo, una mujer que busca el reconocimiento de sus derechos.
-Mujeres insolentes revela la exclusión deliberada de la mujer en el relato histórico, porque de los 20 o 30 personajes del libro, apenas son dos o tres los nombres que resultan familiares.
-La mayoría ha sido ignorada. Incluso algunas de las insolencias que estás mujeres sostuvieron hoy resultan hasta graciosas. Estudiar medicina, por ejemplo, que en la actualidad forma parte de lo cotidiano. Pero cuando Cecilia Grierson, la primera estudiante y la primera mujer recibida en medicina, ingresa a la facultad recibió de sus compañeros lo que hoy llamaríamos bullying y el maltrato de los docentes. El primer profesor que le toma examen deja anotado en las actas: “Conste que le estoy tomando examen a un ser inferior”.
-El libro reúne historias de mujeres que vivieron entre la llegada de los europeos a América y comienzos del siglo XX. ¿Por qué se detiene ahí?
-Se trata de un primer tomo y habrá al menos un segundo. Por eso elegí a las indígenas rebeldes, a las guerreras, a las escritoras. En ese momento escribir y firmar los propios libros con su nombre, como hicieron Juana Manso o Manuela Gorriti, era un acto de insolencia, porque las mujeres firmaban con seudónimo masculino, algo que un pibe de hoy no entiende.
-Pequeños actos para el presente, pero fundamentales para iniciar esa lucha que hoy sigue.
-Pensá que las primeras mujeres en firmar sus libros aparecen recién a principios del siglo XIX, como Madame de Staël y fundamentalmente Mary Shelley, la autora de Frankenstein, que de alguna manera es el primer bestseller firmado por una mujer. Shelly además era hija de una reconocida intelectual feminista.
-También es cierto que cuando su madre murió su padre no se la hizo fácil.
-Lo significativo es que su padre era William Godwin, un proto anarquista. Ya lo decía Virginia Bolten, una dirigente anarquista nacida en Uruguay que realizó casi toda su actividad política en Argentina y que en 1896 fundó La voz de la mujer, el primer periódico anarquista femenino en América latina. Ella denuncia que sus propios compañeros son patriarcales. Porque el anarquismo es una ideología muy libertaria, moderna y revolucionaria, pero mantenía conceptos patriarcales como que la mujer tenía que estar en la casa para que los hombres pudieran salir a militar.
-Es que el dogma de los movimientos revolucionarios durante el siglo XX en algunos puntos no es muy diferente del dogma más conservador.
-Es cierto. El machismo ha sido muy fuerte en el stalinismo y sigue siendo muy fuerte en Cuba. Es evidente que el machismo atraviesa las ideologías y que el feminismo es lo más progresista de la actualidad. Es interesante cómo pone en cuestión al sistema, a la hipocresía e incluso a la propia mujer machista, que no son pocas. Algunas quizás no se den cuenta, porque han sido educadas de ese modo.
-¿Con un libro como este, con un formato dirigido a chicos y adolescentes, lo que busca es influir en la instancia educativa?
-Influir puede sonar a que uno está catequizando. La intención es aportar información, porque muchas veces los chicos no la tienen.
-¿Incluso con el auge actual de los movimientos feministas?
-Vos lo dijiste: la mayoría de las mujeres incluidas en el libro son desconocidas, cuando deberían formar parte de la Historia argentina. No debiera ser necesario hacer libros especiales sobre ellas. Se trata entonces de informar, que se sepa que esto no es nuevo y, aunque hoy el tema es muy fuerte y tiene mucha presencia en los medios, que la mujer nunca dejó de luchar por sus derechos. Y que si no protagonizó los grandes momentos históricos no fue por propia voluntad: la realidad es que no las dejaban. En nuestro caso, por ejemplo, las mujeres tenían la entrada prohibida al cabildo, no tenían voz ni voto, ni podían publicar ideas en la prensa. Hacían lo que podían, pero no porque no quisieran hacer más cosas.
-Hay un contraste entre sus libros nuevos. En Mujeres insolentes aborda un tema poco transitado en el que es más fácil aportar novedades. En cambio sobre el cruce de los Andes se ha dicho muchísimo. ¿Cómo resolvió el desafío de volver sobre una historia tan contada?
-Me encanta eso, porque es ahí donde uno tiene que ver qué diferencia puede aportar. Y San Martín es un hombre tan extraordinario que siempre es posible encontrar algo para decir. En el libro sobre el Cruce trato de mostrarles a los chicos el San Martín que se desvela por esa acción y que, lejos de ser un superhéroe, es una persona con muchos problemas de salud, que conoce sus limitaciones y confiesa en una carta: “Lo que no me deja dormir son esos montes”. Traté de revelar al San Martín político, al gobernador de Cuyo, que no suele aparecer en los textos para chicos, que hacen hincapié en lo épico y lo militar, que es una parte fundamental pero no el todo. Y el cruce de los Andes fue primero una acción política.
-¿Y qué es lo que busca al recurrir a esas herramientas específicas?
-Me interesa humanizar, que la gente entienda que los personajes históricos fueron personas, y correrme del principio de ejemplaridad, que hace que los personajes ejemplares sean a la vez inaccesibles. ¿Cómo tomar ejemplo de una persona que es infinitamente superior a mí y al que nunca podré alcanzar? Lo más probable es que ante ese desafío uno renuncie, porque no es posible igualar a San Martín. A mí me parece que la cosa va por otro lado, por tomar los valores que él defendió: la honestidad, el patriotismo, la empatía, el desinterés económico. Y ahí es más fácil, porque para ser como San Martín ya no es necesario imitarlo. Tomar ejemplo no es imitar. Entonces para mí humanizar es contar la verdad.
Artículo publicado originalmente en la Revista Quid.
-¿Se lo usa cómo material didáctico?
-Material motivador. A partir de eso también estoy yendo a los colegios a hablar con los chicos, algo que me resulta sumamente interesante. Lo que hago es responder preguntas. Me parece más útil que dar charlas que usualmente terminan aburriéndolos. Además las preguntas surgen de su propio interés y a partir de ellas se dan charlas fantásticas.
-¿Qué le aporta a usted ese contacto directo con chicos?
-Muchísimo, porque los chicos tienen una mirada interesante, sin prejuicios, que no está atravesada por ninguna grieta. Dicen lo que quieren decir, preguntan lo que quieren preguntar y las charlas tienen una mirada más auténtica. La mayoría de la gente recuerda a la Historia como algo vinculado a su infancia, que es el momento en el que estamos obligados a transitarla en el paso por la escuela. Es decir que hay un vínculo directo entre Historia y niñez, y a mí me parece que está bueno darle un sentido a esa relación.
-¿Esa experiencia se vincula al origen de Mujeres insolentes, el otro libro que acaba de publicar, que también trabaja sobre un formato pensado para un lector infantil?
-Sí, un poco surgió de ahí, porque los chicos y chicas me preguntaban por esta oleada feminista, si se trata de un fenómeno nuevo o si tiene antecedentes. La lucha de la mujer por sus derechos existió siempre, porque nunca se resignaron al lugar de segundo sexo, como diría Simone de Beauvoir. Entonces les cuento de Grecia, donde la mujer no tenía ningún derecho, como los esclavos, pero que sin embargo todos los grandes dramas, las tragedias e incluso las comedias de la literatura griega tienen tremendas mujeres protagonistas. Como Licistrata y su huelga sexual, que es una historia extraordinaria, o Antígona, que reclama el derecho a enterrar un familiar, algo que tiene tanta resonancia en la Historia reciente de la Argentina. En ellas aparece, ya en el siglo IV o V antes de Cristo, una mujer que busca el reconocimiento de sus derechos.
-Mujeres insolentes revela la exclusión deliberada de la mujer en el relato histórico, porque de los 20 o 30 personajes del libro, apenas son dos o tres los nombres que resultan familiares.
-La mayoría ha sido ignorada. Incluso algunas de las insolencias que estás mujeres sostuvieron hoy resultan hasta graciosas. Estudiar medicina, por ejemplo, que en la actualidad forma parte de lo cotidiano. Pero cuando Cecilia Grierson, la primera estudiante y la primera mujer recibida en medicina, ingresa a la facultad recibió de sus compañeros lo que hoy llamaríamos bullying y el maltrato de los docentes. El primer profesor que le toma examen deja anotado en las actas: “Conste que le estoy tomando examen a un ser inferior”.
-El libro reúne historias de mujeres que vivieron entre la llegada de los europeos a América y comienzos del siglo XX. ¿Por qué se detiene ahí?
-Se trata de un primer tomo y habrá al menos un segundo. Por eso elegí a las indígenas rebeldes, a las guerreras, a las escritoras. En ese momento escribir y firmar los propios libros con su nombre, como hicieron Juana Manso o Manuela Gorriti, era un acto de insolencia, porque las mujeres firmaban con seudónimo masculino, algo que un pibe de hoy no entiende.
-Pequeños actos para el presente, pero fundamentales para iniciar esa lucha que hoy sigue.
-Pensá que las primeras mujeres en firmar sus libros aparecen recién a principios del siglo XIX, como Madame de Staël y fundamentalmente Mary Shelley, la autora de Frankenstein, que de alguna manera es el primer bestseller firmado por una mujer. Shelly además era hija de una reconocida intelectual feminista.
-También es cierto que cuando su madre murió su padre no se la hizo fácil.
-Lo significativo es que su padre era William Godwin, un proto anarquista. Ya lo decía Virginia Bolten, una dirigente anarquista nacida en Uruguay que realizó casi toda su actividad política en Argentina y que en 1896 fundó La voz de la mujer, el primer periódico anarquista femenino en América latina. Ella denuncia que sus propios compañeros son patriarcales. Porque el anarquismo es una ideología muy libertaria, moderna y revolucionaria, pero mantenía conceptos patriarcales como que la mujer tenía que estar en la casa para que los hombres pudieran salir a militar.
-Es que el dogma de los movimientos revolucionarios durante el siglo XX en algunos puntos no es muy diferente del dogma más conservador.
-Es cierto. El machismo ha sido muy fuerte en el stalinismo y sigue siendo muy fuerte en Cuba. Es evidente que el machismo atraviesa las ideologías y que el feminismo es lo más progresista de la actualidad. Es interesante cómo pone en cuestión al sistema, a la hipocresía e incluso a la propia mujer machista, que no son pocas. Algunas quizás no se den cuenta, porque han sido educadas de ese modo.
-¿Con un libro como este, con un formato dirigido a chicos y adolescentes, lo que busca es influir en la instancia educativa?
-Influir puede sonar a que uno está catequizando. La intención es aportar información, porque muchas veces los chicos no la tienen.
-¿Incluso con el auge actual de los movimientos feministas?
-Vos lo dijiste: la mayoría de las mujeres incluidas en el libro son desconocidas, cuando deberían formar parte de la Historia argentina. No debiera ser necesario hacer libros especiales sobre ellas. Se trata entonces de informar, que se sepa que esto no es nuevo y, aunque hoy el tema es muy fuerte y tiene mucha presencia en los medios, que la mujer nunca dejó de luchar por sus derechos. Y que si no protagonizó los grandes momentos históricos no fue por propia voluntad: la realidad es que no las dejaban. En nuestro caso, por ejemplo, las mujeres tenían la entrada prohibida al cabildo, no tenían voz ni voto, ni podían publicar ideas en la prensa. Hacían lo que podían, pero no porque no quisieran hacer más cosas.
-Hay un contraste entre sus libros nuevos. En Mujeres insolentes aborda un tema poco transitado en el que es más fácil aportar novedades. En cambio sobre el cruce de los Andes se ha dicho muchísimo. ¿Cómo resolvió el desafío de volver sobre una historia tan contada?
-Me encanta eso, porque es ahí donde uno tiene que ver qué diferencia puede aportar. Y San Martín es un hombre tan extraordinario que siempre es posible encontrar algo para decir. En el libro sobre el Cruce trato de mostrarles a los chicos el San Martín que se desvela por esa acción y que, lejos de ser un superhéroe, es una persona con muchos problemas de salud, que conoce sus limitaciones y confiesa en una carta: “Lo que no me deja dormir son esos montes”. Traté de revelar al San Martín político, al gobernador de Cuyo, que no suele aparecer en los textos para chicos, que hacen hincapié en lo épico y lo militar, que es una parte fundamental pero no el todo. Y el cruce de los Andes fue primero una acción política.
-¿Y qué es lo que busca al recurrir a esas herramientas específicas?
-Me interesa humanizar, que la gente entienda que los personajes históricos fueron personas, y correrme del principio de ejemplaridad, que hace que los personajes ejemplares sean a la vez inaccesibles. ¿Cómo tomar ejemplo de una persona que es infinitamente superior a mí y al que nunca podré alcanzar? Lo más probable es que ante ese desafío uno renuncie, porque no es posible igualar a San Martín. A mí me parece que la cosa va por otro lado, por tomar los valores que él defendió: la honestidad, el patriotismo, la empatía, el desinterés económico. Y ahí es más fácil, porque para ser como San Martín ya no es necesario imitarlo. Tomar ejemplo no es imitar. Entonces para mí humanizar es contar la verdad.
Artículo publicado originalmente en la Revista Quid.
CINE - Los viajes a la Luna en 5 películas
Viajar a la luna califica sin lugar a dudas como uno de los sueños ancestrales de la humanidad: en cuanto el hombre descubrió el poder de imaginar, el satélite nocturno se volvió una fuente inagotable de fantasías. Desde entonces, mitos, leyendas e infinidad de obras literarias los tuvieron en su centro. Como si se tratara de una muestra a escala, en el cine ocurre lo mismo. Ya en 1902, apenas unos años después de su invención, el francés George Méliès, padre del cine fantástico y los efectos especiales, convirtió aquellos sueños en una película que acabaría siendo uno de sus trabajos más conocidos, titulado justamente Viaje a la Luna. La imagen de una luna con rostro humano y una bala de cañón incrustada en el ojo derecho hacen que esa obra de Méliès sea conocida casi por todo el mundo.
En el otro extremo de la línea cronológica se puede ubicar a El primer hombre en la Luna, que acaba de estrenarse este jueves y recrea la historia de Neil Armstrong, el famoso astronauta, capitán de la misión Apolo XI y, como ya lo informa el título en castellano de la película, el primer hombre en pisar la superficie lunar, el 21 de julio de 1969. Aquel que pronunció una frase, ahora inmortal, en la que definía a su hazaña como “un pequeño paso para un hombre, un salto enorme para la humanidad”.
Dirigida por el joven cineasta estadounidense Damien Chazelle, ganador el año pasado del Oscar al mejor director por el musical La La Land, El primer hombre en la Luna se adelanta al aniversario número 50 de la llegada del hombre al suelo lunar, que se cumplirá el próximo mes de julio. Pero aunque el corazón de su relato tiene por objeto dar cuenta de ese logro, sin embargo la película elige poner el foco en su protagonista, realizando un recorrido por la vida profesional de Armstrong. El relato da cuenta de sus inicios en 1961 como piloto de pruebas en prototipos supersónicos que la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (o NASA, según la sigla en inglés) utilizaba para poner a prueba las nuevas tecnologías que luego aplicaría en los vuelos espaciales. Y culmina poco después de su regreso de la Luna, en agosto de 1969.
De esta manera la película se convierte también en un recorrido por buena parte de la historia de la astronáutica estadounidense. Una historia que a través del cine es posible conocer casi completa y en tan solo cinco películas, que abarcan el arco de las primeras pruebas e investigaciones para poner una nave en órbita, a comienzos de la década de 1950, hasta casi la cancelación a mediados de los ’70 del programa Apolo, aquel cuyo objeto era precisamente alcanzar el sueño lunar.
Estrenada hace apenas un par de años Talentos ocultos (Hidden Figures,Theodore Melfi, 2016) es un claro emergente del boom inclusivo que atacó a Hollywood luego de que la comunidad negra boicoteara la gala de los Premios Oscar por la ausencia de artistas de color entre los nominados en 2016. La película recrea los primeros años de la NASA, pero poniendo en primer plano los graves conflictos raciales de los Estados Unidos en la década de 1950. Se trata de la historia real de Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson, tres científicas negras que jugaron un rol vital en el origen mismo del programa espacial estadounidense. Incluso puede decirse que la figura de Johnson—que fue la primera afroamericana en ser autorizada por la Corte Suprema de los Estados Unidos para realizar estudios de posgrado en su país— no solo recorre completa la historia de los viajes a la Luna, sino también el arco cinematográfico de las películas incluidas en esta nota. Johnson fue la encargada de calcular las órbitas de la mayoría de los viajes del programa Mercury –de cuyos protagonistas se encarga la película Los elegidos de la gloria (The Right Stuff, Philip Kaufman, 1983)—; la del Apolo XI, que finalmente llegó a la Luna; y una de las responsables de proyectar la ruta de regreso del fallido Apolo XIII, cuya adaptación a la pantalla corrió por cuenta de Ron Howard en 1995. Aunque sobrecargada con las buenas intenciones que suelen limitar a las películas pensadas desde la moraleja, Talentos ocultos es un homenaje no sólo a aquellas mujeres que pelearon contra la discriminación sino también, de forma más amplia, a todos los protagonistas anónimos de la historia de los viajes espaciales.
Por el contrario, los protagonistas de Los elegidos de la gloria son las primeras estrellas del programa espacial de los Estados Unidos. Se trata de los Mercury Seven, los siete astronautas que formaron parte del Programa Mercury con el que Estados Unidos comenzó sus excursiones fuera de la atmósfera, quienes llegaron a ser los primeros héroes espaciales verdaderos. Algunos de sus nombres son bastante conocidos, como los de Alan Shepard, primer estadounidense en el espacio (1961) y uno de los únicos doce hombres en toda la historia en haber caminado sobre la Luna, o John Glenn, primer hombre en realizar una órbita completa alrededor de la Tierra (tres para ser exactos) en 1962. Pero algunos de ellos también se convirtieron en las primeras víctimas de ese ambicioso proyecto. En particular Virgil “Gus” Grissom, quien falleció como capitán de la misión inaugural del programa Apolo, cuya cápsula se incendió minutos antes del despegue a partir de una falla técnica en el interior de la cabina. Un hecho que se encuentra entre los acontecimientos que se relatan en El primer hombre en la Luna. Pero en Los elegidos de la gloria todavía faltaba mucho para eso. Basada en el libro homónimo del escritor y periodista Tom Wolfe, la película recrea los desafíos de quienes aceptaban el reto de ser pioneros en la conquista humana del espacio, reservándole un lugar destacado a la figura de Chuck Yeager. Interpretado por el actor, poeta y dramaturgo Sam Shepard, Yeager no formó parte del programa Mercury, que se desarrolló entre 1958 y 1963, aunque estaba llamado a ser su líder. Primer hombre en romper la barrera del sonido en 1947, Yeager prefirió continuar pilotando prototipos experimentales, convirtiéndose en la leyenda del macho alfa que eligió seguir siendo un lobo solitario mientras sus compañeros viajaban al espacio. Los elegidos de la gloria es una gran aventura, filmada por Kaufman con estupendo pulso cinematográfico.
Dentro de la cronología que propone este recorrido, el último trabajo de Chazelle se ubicaría aquí. Concluido el Proyecto Mercury llegó el Proyecto Gemini, marcando el punto más bajo del programa espacial estadounidense de cara a la opinión pública. Neil Armstrong integró el plantel del Gemini y El primer hombre en la Luna muestra las tensiones políticas surgidas en torno al proyecto. La película pone en escena estas tensiones a partir de un clip musicalizado con la canción “Whitey on the Moon” (El blanquito está en la Luna), compuesta e interpretada por Gil Scott-Heron. Aunque se trata de un anacronismo, ya que la canción pertenece a Small Talk at 125th and Lenox, disco debut de este poeta y músico negro que recién se editó en 1970, su letra resulta perfecta para ilustrar el rechazo por el derroche que los programas espaciales representaban dentro del presupuesto nacional. Así, mientras los “blanquitos” paseaban por la Luna, algunas cuestiones relacionadas a la supervivencia básica de millones de ciudadanos seguían sin resolverse. “La otra noche el tipo me aumentó el alquiler / (Porque el blanquito está en la Luna) / No funcionan ni el agua caliente, ni el baño, ni la luz / (Pero el blanquito está en la Luna)”, dice una de las extraordinariamente lúcidas estrofas de la canción de Scott-Heron. Aquel gran salto para la humanidad que dio Armstrong en 1969, tal vez la mayor hazaña humana de la historia, no solo sirvió para maravillar a todo el mundo, sino que tal vez fue el golpe de efecto perfecto para mantener abierto el flujo millonario que le permitió al programa de exploración espacial de los Estados Unidos seguir con vida hasta la actualidad.
Menos de un año después del éxito del Apolo XI, la NASA envió otras dos misiones tripuladas con el objetivo de alunizar. La Apolo XII lo consiguió; la Apolo XIII no. El fracaso no solo sirvió para darle argumentos a los supersticiosos que ven en el número 13 un símbolo de la mala suerte, sino para que el director Ron Howard realizara en 1995 una de sus películas más famosas y para consolidar a Tom Hanks como una de las estrellas de Hollywood más redituables de los años ’90. Aunque se trata de un film de aventuras en el cual el suspenso es manejado de forma efectiva, Apolo XIII tal vez no seguiría siendo una película demasiado presente en la memoria colectiva si no fuera por una recordada línea de guión, en la que Hanks le comunica a la base en Tierra la existencia de problemas serios en la cápsula. Aquello de “Houston, tenemos un problema” se convirtió en un latiguillo que personas de todo el mundo utilizan desde entonces para anunciar complicaciones de cualquier tipo y magnitud, desde una demora para llegar a una cita hasta un inodoro tapado. Ese tipo de cosas son las que convierten a una película en un símbolo dentro de la cultura pop. Como se muestra en la película de Howard, la misión Apolo XIII tuvo que regresar a la Tierra sin poder concretar el alunizaje, pero felices de por lo menos haber vuelto. Muy cerca estuvieron de que eso tampoco ocurriera. Un dato curioso: el actor Ed Harris, quien estuvo a cargo del papel de John Glenn en Los elegidos de la gloria, acá interpreta a Gene Krantz, director de vuelo de la misión Apolo XIII en el centro de comando de Houston.
Hasta aquí cuatro películas que registraron una serie de hechos verificables que conforman una breve y entretenida reseña de la historia de los viajes a la Luna. Pero esta lista no estaría completa si no incluyera otro hito de la cultura popular vinculado directamente con ellos. Se trata de la teoría conspirativa según la cual el hombre nunca llegó a la Luna, sino que se trató de un montaje cinematográfico realizado en secreto por el gobierno de los Estados Unidos para derrotar a la Unión Soviética en la carrera por la conquista espacial. Hay que recordar que el gigante soviético le llevaba la delantera al equipo norteamericano, habiendo puesto al primer satélite artificial en órbita (el Sputnik I, en 1957); el primer ser vivo en orbitar el planeta (la perra Laika, un mes después del Sputnik 1, que también fue el primer ser vivo en morir en órbita); el primer hombre en el espacio (el cosmonauta Yuri Gagarin, en 1961); y la primera caminata espacial (Alexei Leonov, en 1965). Ante las primeras derrotas, en 1961 el presidente John F. Kennedy había prometido en un discurso transmitido por televisión que “antes de terminar esa década” los Estados Unidos pondrían un hombre en la Luna. La promesa se convirtió en una orden tácita para la NASA y la misma no solo aparece entre las imágenes iniciales de El primer hombre en la Luna, sino que es lo primero que se ve en la película Operación Avalancha (Matt Johnson, 2016). Se trata de un film de ficción que pone en escena de manera extraordinaria la fantasía paranoica de los negacionistas del alunizaje. Allí se puede ver a un grupo de cineastas jóvenes quienes ante la evidente imposibilidad tecnológica de cumplir en tiempo y forma con el “mandato kennediano”, le proponen a la NASA realizar un engaño, una primigenia fake new: simular en un estudio de cine aquello que era irrealizable en la realidad. Operación Avalancha comienza como una comedia que el director y actor Johnson maneja con gran timing. Pero a medida que avanza el clima paranoico de la Guerra Fría comienza a colarse por las grietas del relato, poniendo a los protagonistas en medio de una trama de intrigas, persecuciones y espías, mientras un terror silencioso comienza a envolverlos lentamente. Por supuesto hay alusiones a Stanley Kubrick, a quien la leyenda urbana también le atribuye haber filmado el falso alunizaje luego de haber estrenado la inoxidable 2001: Una odisea en el Espacio un año antes de que Armstrong llevara los pies humanos hasta la superficie de la Luna. Una película que los fanáticos del genero no deberían dejar pasar.
De este modo, si para los amantes de la historia de la conquista espacial, El primer hombre en la Luna representa la mejor de las oportunidades para ir al cine, las otras cuatro películas se presentan como la excusa perfecta para seguir la fiesta en casa. Una panzada lunar.
Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar
En el otro extremo de la línea cronológica se puede ubicar a El primer hombre en la Luna, que acaba de estrenarse este jueves y recrea la historia de Neil Armstrong, el famoso astronauta, capitán de la misión Apolo XI y, como ya lo informa el título en castellano de la película, el primer hombre en pisar la superficie lunar, el 21 de julio de 1969. Aquel que pronunció una frase, ahora inmortal, en la que definía a su hazaña como “un pequeño paso para un hombre, un salto enorme para la humanidad”.
Dirigida por el joven cineasta estadounidense Damien Chazelle, ganador el año pasado del Oscar al mejor director por el musical La La Land, El primer hombre en la Luna se adelanta al aniversario número 50 de la llegada del hombre al suelo lunar, que se cumplirá el próximo mes de julio. Pero aunque el corazón de su relato tiene por objeto dar cuenta de ese logro, sin embargo la película elige poner el foco en su protagonista, realizando un recorrido por la vida profesional de Armstrong. El relato da cuenta de sus inicios en 1961 como piloto de pruebas en prototipos supersónicos que la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (o NASA, según la sigla en inglés) utilizaba para poner a prueba las nuevas tecnologías que luego aplicaría en los vuelos espaciales. Y culmina poco después de su regreso de la Luna, en agosto de 1969.
De esta manera la película se convierte también en un recorrido por buena parte de la historia de la astronáutica estadounidense. Una historia que a través del cine es posible conocer casi completa y en tan solo cinco películas, que abarcan el arco de las primeras pruebas e investigaciones para poner una nave en órbita, a comienzos de la década de 1950, hasta casi la cancelación a mediados de los ’70 del programa Apolo, aquel cuyo objeto era precisamente alcanzar el sueño lunar.
Estrenada hace apenas un par de años Talentos ocultos (Hidden Figures,Theodore Melfi, 2016) es un claro emergente del boom inclusivo que atacó a Hollywood luego de que la comunidad negra boicoteara la gala de los Premios Oscar por la ausencia de artistas de color entre los nominados en 2016. La película recrea los primeros años de la NASA, pero poniendo en primer plano los graves conflictos raciales de los Estados Unidos en la década de 1950. Se trata de la historia real de Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson, tres científicas negras que jugaron un rol vital en el origen mismo del programa espacial estadounidense. Incluso puede decirse que la figura de Johnson—que fue la primera afroamericana en ser autorizada por la Corte Suprema de los Estados Unidos para realizar estudios de posgrado en su país— no solo recorre completa la historia de los viajes a la Luna, sino también el arco cinematográfico de las películas incluidas en esta nota. Johnson fue la encargada de calcular las órbitas de la mayoría de los viajes del programa Mercury –de cuyos protagonistas se encarga la película Los elegidos de la gloria (The Right Stuff, Philip Kaufman, 1983)—; la del Apolo XI, que finalmente llegó a la Luna; y una de las responsables de proyectar la ruta de regreso del fallido Apolo XIII, cuya adaptación a la pantalla corrió por cuenta de Ron Howard en 1995. Aunque sobrecargada con las buenas intenciones que suelen limitar a las películas pensadas desde la moraleja, Talentos ocultos es un homenaje no sólo a aquellas mujeres que pelearon contra la discriminación sino también, de forma más amplia, a todos los protagonistas anónimos de la historia de los viajes espaciales.
Por el contrario, los protagonistas de Los elegidos de la gloria son las primeras estrellas del programa espacial de los Estados Unidos. Se trata de los Mercury Seven, los siete astronautas que formaron parte del Programa Mercury con el que Estados Unidos comenzó sus excursiones fuera de la atmósfera, quienes llegaron a ser los primeros héroes espaciales verdaderos. Algunos de sus nombres son bastante conocidos, como los de Alan Shepard, primer estadounidense en el espacio (1961) y uno de los únicos doce hombres en toda la historia en haber caminado sobre la Luna, o John Glenn, primer hombre en realizar una órbita completa alrededor de la Tierra (tres para ser exactos) en 1962. Pero algunos de ellos también se convirtieron en las primeras víctimas de ese ambicioso proyecto. En particular Virgil “Gus” Grissom, quien falleció como capitán de la misión inaugural del programa Apolo, cuya cápsula se incendió minutos antes del despegue a partir de una falla técnica en el interior de la cabina. Un hecho que se encuentra entre los acontecimientos que se relatan en El primer hombre en la Luna. Pero en Los elegidos de la gloria todavía faltaba mucho para eso. Basada en el libro homónimo del escritor y periodista Tom Wolfe, la película recrea los desafíos de quienes aceptaban el reto de ser pioneros en la conquista humana del espacio, reservándole un lugar destacado a la figura de Chuck Yeager. Interpretado por el actor, poeta y dramaturgo Sam Shepard, Yeager no formó parte del programa Mercury, que se desarrolló entre 1958 y 1963, aunque estaba llamado a ser su líder. Primer hombre en romper la barrera del sonido en 1947, Yeager prefirió continuar pilotando prototipos experimentales, convirtiéndose en la leyenda del macho alfa que eligió seguir siendo un lobo solitario mientras sus compañeros viajaban al espacio. Los elegidos de la gloria es una gran aventura, filmada por Kaufman con estupendo pulso cinematográfico.
Dentro de la cronología que propone este recorrido, el último trabajo de Chazelle se ubicaría aquí. Concluido el Proyecto Mercury llegó el Proyecto Gemini, marcando el punto más bajo del programa espacial estadounidense de cara a la opinión pública. Neil Armstrong integró el plantel del Gemini y El primer hombre en la Luna muestra las tensiones políticas surgidas en torno al proyecto. La película pone en escena estas tensiones a partir de un clip musicalizado con la canción “Whitey on the Moon” (El blanquito está en la Luna), compuesta e interpretada por Gil Scott-Heron. Aunque se trata de un anacronismo, ya que la canción pertenece a Small Talk at 125th and Lenox, disco debut de este poeta y músico negro que recién se editó en 1970, su letra resulta perfecta para ilustrar el rechazo por el derroche que los programas espaciales representaban dentro del presupuesto nacional. Así, mientras los “blanquitos” paseaban por la Luna, algunas cuestiones relacionadas a la supervivencia básica de millones de ciudadanos seguían sin resolverse. “La otra noche el tipo me aumentó el alquiler / (Porque el blanquito está en la Luna) / No funcionan ni el agua caliente, ni el baño, ni la luz / (Pero el blanquito está en la Luna)”, dice una de las extraordinariamente lúcidas estrofas de la canción de Scott-Heron. Aquel gran salto para la humanidad que dio Armstrong en 1969, tal vez la mayor hazaña humana de la historia, no solo sirvió para maravillar a todo el mundo, sino que tal vez fue el golpe de efecto perfecto para mantener abierto el flujo millonario que le permitió al programa de exploración espacial de los Estados Unidos seguir con vida hasta la actualidad.
Menos de un año después del éxito del Apolo XI, la NASA envió otras dos misiones tripuladas con el objetivo de alunizar. La Apolo XII lo consiguió; la Apolo XIII no. El fracaso no solo sirvió para darle argumentos a los supersticiosos que ven en el número 13 un símbolo de la mala suerte, sino para que el director Ron Howard realizara en 1995 una de sus películas más famosas y para consolidar a Tom Hanks como una de las estrellas de Hollywood más redituables de los años ’90. Aunque se trata de un film de aventuras en el cual el suspenso es manejado de forma efectiva, Apolo XIII tal vez no seguiría siendo una película demasiado presente en la memoria colectiva si no fuera por una recordada línea de guión, en la que Hanks le comunica a la base en Tierra la existencia de problemas serios en la cápsula. Aquello de “Houston, tenemos un problema” se convirtió en un latiguillo que personas de todo el mundo utilizan desde entonces para anunciar complicaciones de cualquier tipo y magnitud, desde una demora para llegar a una cita hasta un inodoro tapado. Ese tipo de cosas son las que convierten a una película en un símbolo dentro de la cultura pop. Como se muestra en la película de Howard, la misión Apolo XIII tuvo que regresar a la Tierra sin poder concretar el alunizaje, pero felices de por lo menos haber vuelto. Muy cerca estuvieron de que eso tampoco ocurriera. Un dato curioso: el actor Ed Harris, quien estuvo a cargo del papel de John Glenn en Los elegidos de la gloria, acá interpreta a Gene Krantz, director de vuelo de la misión Apolo XIII en el centro de comando de Houston.Hasta aquí cuatro películas que registraron una serie de hechos verificables que conforman una breve y entretenida reseña de la historia de los viajes a la Luna. Pero esta lista no estaría completa si no incluyera otro hito de la cultura popular vinculado directamente con ellos. Se trata de la teoría conspirativa según la cual el hombre nunca llegó a la Luna, sino que se trató de un montaje cinematográfico realizado en secreto por el gobierno de los Estados Unidos para derrotar a la Unión Soviética en la carrera por la conquista espacial. Hay que recordar que el gigante soviético le llevaba la delantera al equipo norteamericano, habiendo puesto al primer satélite artificial en órbita (el Sputnik I, en 1957); el primer ser vivo en orbitar el planeta (la perra Laika, un mes después del Sputnik 1, que también fue el primer ser vivo en morir en órbita); el primer hombre en el espacio (el cosmonauta Yuri Gagarin, en 1961); y la primera caminata espacial (Alexei Leonov, en 1965). Ante las primeras derrotas, en 1961 el presidente John F. Kennedy había prometido en un discurso transmitido por televisión que “antes de terminar esa década” los Estados Unidos pondrían un hombre en la Luna. La promesa se convirtió en una orden tácita para la NASA y la misma no solo aparece entre las imágenes iniciales de El primer hombre en la Luna, sino que es lo primero que se ve en la película Operación Avalancha (Matt Johnson, 2016). Se trata de un film de ficción que pone en escena de manera extraordinaria la fantasía paranoica de los negacionistas del alunizaje. Allí se puede ver a un grupo de cineastas jóvenes quienes ante la evidente imposibilidad tecnológica de cumplir en tiempo y forma con el “mandato kennediano”, le proponen a la NASA realizar un engaño, una primigenia fake new: simular en un estudio de cine aquello que era irrealizable en la realidad. Operación Avalancha comienza como una comedia que el director y actor Johnson maneja con gran timing. Pero a medida que avanza el clima paranoico de la Guerra Fría comienza a colarse por las grietas del relato, poniendo a los protagonistas en medio de una trama de intrigas, persecuciones y espías, mientras un terror silencioso comienza a envolverlos lentamente. Por supuesto hay alusiones a Stanley Kubrick, a quien la leyenda urbana también le atribuye haber filmado el falso alunizaje luego de haber estrenado la inoxidable 2001: Una odisea en el Espacio un año antes de que Armstrong llevara los pies humanos hasta la superficie de la Luna. Una película que los fanáticos del genero no deberían dejar pasar.
De este modo, si para los amantes de la historia de la conquista espacial, El primer hombre en la Luna representa la mejor de las oportunidades para ir al cine, las otras cuatro películas se presentan como la excusa perfecta para seguir la fiesta en casa. Una panzada lunar.
Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar
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