jueves, 10 de noviembre de 2016

CINE - 31° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: Una presentación en familia

Todas las costumbres se componen de rituales y ceremonias en cuya repetición se cifra su supervivencia y está claro que el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata es una de las tradiciones más importantes dentro de la cultura cinematográfica de la Argentina. Y aunque lo más vital de ese rito tendrá lugar entre la gala de apertura del viernes 18 de noviembre por la noche, en el Teatro Auditorium de la ciudad balnearia, y el domingo 27, es cierto que la cosa empieza algunos días antes, cuando las autoridades del Festival revelan la programación y las actividades previstas cada año. Esta vez la presentación de la trigésimo primera edición tuvo lugar el martes pasado en la sala de convenciones del Hotel Emperador, ubicado en el barrio porteño de Retiro.
El inicio del acto, al que asistieron en carácter de invitados los actores Mercedes Morán y Oscar Martínez, se demoró unos cuantos minutos. No fue sino hasta que la señora Mirtha Legrand llegó para ocupar su lugar en primera fila, media hora después del horario anunciado, que el panel encargado de hacer los anuncios se permitió tomar su lugar al frente de un auditorio compuesto por periodistas, críticos, directores, programadores, funcionarios e invitados de variada extracción. Dicho panel estuvo integrado por el cineasta José Martínez Suárez, presidente del festival desde hace nueve años, y su director artístico Fernando Martín Peña, acompañados por Alejandro Cacetta, presidente del Instituto Nacional del Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), el secretario de Cultura y Creatividad de la Nación, Enrique Avogadro, y Rómulo Puyol, gerente general del INCAA.
Tras las presentaciones de rigor se proyectó el corto institucional de esta edición, en el que algunas estrellas del cine argentino como Ricardo Darín, Guillermo Francella, Leonardo Sbaraglia, Morán y Martínez, junto a las divas de la televisión Susana Giménez y Legrand, hablan por teléfono entre sí para ver cómo hacen este año para ir todos juntos al Festival. En el plano final es el propio Martínez Suárez quien, devenido en chofer de micro escolar, ofrece una solución pícara para el problema. A pesar de su simpatía el corto representa una distorsión del tipo de programación y de trabajo curatorial que desde hace años se viene haciendo en Mar del Plata, menos preocupado por la alfombra roja que por la excelencia cinematográfica. Aunque se le debe reconocer a la pieza un potencial impacto mediático.
El primero en tomar la palabra fue Peña, en cuya intervención quedó claro el contraste con el corto que acababa de proyectarse. El director artístico realizó una enumeración de los tres objetivos principales sobre los que se apoya el Festival de Mar del Plata: la voluntad de convertirlo en una plataforma de lanzamiento para el cine argentino y latinoamericano hacia el exterior; proponerle al público un tipo de cine que es cada vez más ignorado por los circuitos de la exhibición comercial; y la recuperación del espectáculo del cine como una expresión cultural en la que el espectador no es un individuo aislado sino parte de un auditorio. Como uno de los mayores promotores del rescate, cuidado y restauración del acervo cinematográfico histórico, Peña también se preocupó por destacar dentro de la programación un conjunto de secciones agrupadas, justamente, bajo el nombre de Revisiones. Allí se verá una versión restaurada de El vampiro negro (1953), protagonizada por Nathán Pinzón, la curiosa remake nacional del clásico dirigido por Fritz Lang de 1931. Dentro de la misma también habrá varios focos, entre los que se destacan los dedicados al film noir, a Buster Keaton, y uno dedicado a 10 personajes destacados del cine argentino, como Alfredo Alcón, Amelia Bence, Ernesto Arancibia, entre otros.
Enseguida tomó la palabra Martínez Suárez, quien haciendo gala de su histrionismo habitual dio comienzo a una pequeña pantomima junto a Peña, en la que lo instaba a seguir hablando, recordándole otros aspectos del festival para que éste se explayara sobe ellos. De ese modo juguetón, entre los dos anunciaron la presencia de algunos invitados, como el reconocido director de fotografía Vittorio Storaro –quien estará presente durante la proyección de uno de sus trabajos más reconocidos, Apocalypse Now! (Redux), la versión ampliada del clásico de Francis Coppola—; el crítico de cine Jonathan Rosembaum, que oficiará además como presidente del jurado internacional; y el director francés Olivier Assayas, a quien se dedicará un foco que incluye su último trabajo, Personal Shopper, protagonizado por Kristen Stewart. También mencionaron los tres libros que este año editará el festival. Uno de ellos será Entre cortes. Conversaciones con montajistas de Argentina; otro dedicado a El caballo de hierro, film mudo de 1924 dirigido por John Ford, que también será proyectado; y el último complementará la mencionada sección de homenaje a 10 figuras del cine argentino. Por su parte, Cacetta se encargó de destacar la voluntad del la institución que preside de sostener y apoyar el espacio del festival como gran vidriera para que el cine argentino y latinoamericano puedan seguir teniendo en Mar del Plata una poderosa ventana hacia el mundo. Para confirmarlo, Martínez Suárez mencionó que las obras producidas en la región representan más del 43% de la programación de este año. No sorprende entonces que Neruda, último trabajo del chileno Pablo Larraín, fuera escogido para abrir el festival.
 Se conocieron además los títulos que integran las tres competencias del festival, el único de Clase A de América Latina, categoría que comparte con los más importantes del mundo, como los de Cannes, Berlín, Venecia y otros. Dentro de la Competencia Internacional podrán verse los filmes nacionales El futuro perfecto, de la directora de origen alemán Nele Wohlatz, y Hermia y Helena, nueva adaptación de una obra de William Shakespeare realizada por Matías Piñeiro. Junto a ellas se verán otros 10 títulos, entre los que se destacan Aquarius, del brasileño Kleber Mendonca Filho, de extraordinaria recepción en Cannes; Era el cielo, del paulista Marco Dutra, basado en una novela del argentino Sergio Bizzio; La reconquista, del español Jonás Trueba; la francesa Nocturama, de Bertrand Bonello; Paradise, del ruso Andrej Konchalovsky; y Free Fire, de Ben Wheatley.
Dentro de la Competencia Latinoamericana participarán las argentinas Cuatreros, nuevo trabajo de Albertina Carri; El auge del humano, del joven y prometedor director Eduardo “Teddy” Williams; El sacrificio de Nehuén Puyelli, de José Campusano; y Kékzákallú, de Gastón Solnicki. Junto a ellas Jesús, del chileno Fernando Guzzoni; la mexicana Todo lo demás, de Natalia Almeida; Ejercicios de memoria, de la directora paraguaya Paz Encina, entre otras. Por su parte, la Competencia Argentina está compuesta por otras 12 películas: Amateur, de Sebastián Perillo; Fuga de la Patagonia, de Javier Zevallos y Francisco D´Eufemia; La siesta del tigre, de Maximiliano Schonfeld; Los ganadores, de Néstor Frenkel; Los globos, de Mariano González; No te olvides de mí, de Fernanda Ramondo; No sabés con quién estás hablando, de Demián Rugna; Pinamar, de Federico Godfrid; Terror 5, de Sebastián y Federico Rotstein; El aprendiz, de Tomás de Leone; El silencio, de Arturo Castro Godoy; Los decentes, de Lukas Valenta Rinner.

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Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - "Jack Reacher: Sin regreso" (Never Go Back), de Edward Zwick: Acción burocrática

Segundo episodio de otra saga en la que Tom Cruise interpreta a algún tipo de agente especial, papel al que le viene sacando punta desde hace unas cuantas películas, incluyendo las cinco Misión: Imposible o la comedia de acción Noche y día (2010), Jack Reacher: Sin regreso representa la continuidad de este personaje que fuera presentado en sociedad en Jack Reacher (2012). En este caso se trata de un ex mayor del ejército, quien desde un anónimo y oscuro retiro se dedica a resolver por izquierda problemas que las instituciones no son capaces de solucionar por las vías legales. Algo así como un comando paramilitar de un solo hombre, dedicado a la tarea de hacer llegar la justicia hasta aquellas grietas en las que el sistema no puede (o no le interesa) meterse. Un papel a la medida de Cruise, que le exige al actor ese tipo de desafíos físicos que tanto parecen gustarle y tanto rédito comercial le han dado.
 Como en los buenos cuentos, en los que las primeras líneas tienen la obligación de seducir al lector para atraparlo en la red del relato, Jack Reacher: Sin regreso tiene un inicio prometedor. Con humor e ingenio, en ellas quedan claros el perfil peligroso del personaje y su carácter no del todo marginal, ya que mantiene un contacto formal con el ejército a través de una oficial, la mayor Turner. Un vínculo telefónico que comienza a exceder lo protocolar. Cuando el nomadismo de Reacher lo lleva a Washington e intenta conocerla en persona, Turner ha sido encarcelada bajo el cargo de espionaje y él sospecha que alguna trama sombría se esconde bajo esa fachada. Esa relación y la aparición de una posible hija desconocida representan potenciales puntos débiles para el protagonista, un lobo solitario acostumbrado a cuidar sólo sus propias espaldas. El film avanza por esa vía con eficiente espectacularidad e intriga sostenida, pero sin sorpresas.
Si algún punto a favor tenía su predecesora era su capacidad para sorprender a partir de una trama sólida en la que todos los engranajes encajaban con precisión. En cambio acá todo es más bien burocrático. Las persecuciones, los vínculos que obligan a Reacher a abandonar su modus e incluso la construcción de un adversario que represente un desafío para el protagonista, todo parece construido a reglamento. Justamente uno de los puntos más altos de la original era el villano de turno, interpretado de manera soberbia por el director de cine alemán Werner Herzog, quien conseguía que su personaje infundiera terror. Acá en cambio los malos son apenas tipos con los que hay que pelearse, una y otra vez, sin transmitir nunca una real sensación de miedo. Tal vez parte de esa pérdida recaiga en la decisión de cambiar al director de la primera, Christopher McQuarrie (ascendido a director de Misión: Imposible 5 y también de la número 6, con estreno previsto para 2018), por el no siempre efectivo Edward Zwick, quien ya había dirigido a Cruise en El último samurái (2003). 

Artículo publiado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 4 de noviembre de 2016

CINE - "Manos de Piedra" (Hands of stone), de Jonathan Jakubowicz: Otra leyenda del deporte cinematográfico

El boxeo es, por mucho, el deporte cinematográfico por excelencia. Varios elementos se combinan para que esto ocurra. Por un lado lo referente a su forma: su plasticidad física, el espacio reducido en el que el drama se desarrolla, facilitando que la cámara pueda meterse literalmente en el plano de la acción, y su expresión legitimada de la violencia. Por el otro, lo que tiene que ver con el potente arco imaginario que este deporte es capaz de abarcar. Usina de historias que permiten reunir en la misma línea dramática a los bajos fondos con el lujo y las tentaciones mundanales, al deseo con el castigo y al honor con la traición, el boxeo es el deporte en que la tragedia y la gloria humanas pueden apreciarse con mayor contraste. De todo eso y de la propia realidad se nutre Manos de piedra, de Jonathan Jakubowicz, que narra la historia del panameño Roberto Durán, uno de los boxeadores latinoamericanos más importantes de la historia, sino el más grande de ellos.
La historia de Durán es especialmente cinematográfica. Ya sea por el perfil del personaje, tan singular, seductor y arrogante como noble y torturado, o por el lugar que ocupa en el deporte y la cultura de su país, Durán –el Cholo como lo llaman sus íntimos, o Mano de Piedra como se lo conoce en todo el mundo por su fabulosa carrera boxística— vivió como para que su vida fuera una película. Jakubowicz se encarga de poner en escena la mayor cantidad de detalles posibles para explicar el fenómeno. Y lo hace con buena mano, sin esquivarle el bulto a la historia política de Panamá y al complejo y violento vínculo que ese país tuvo con los Estados Unidos a partir de la explotación y administración del estratégico Canal de Panamá. La película logra salir airosa del desafío de poner en paralelo la carrera boxística de Durán y la violencia a la que su país fue sometido durante los años '60, ´70 y, ´80 (y que siguió en los ´90, ya fuera del marco temporal que el film propone) por parte de la política militar estadounidense.
Desde lo estrictamente sinóptico, Manos de Piedra hace eje en tres puntos de la vida de Durán: su vínculo con su entrenador Ray Arcel, uno de los más respetados en la historia del box; la relación con Felicidad, su mujer de toda la vida; y el duelo deportivo que mantuvo con Ray Sugar Leonard, otra leyenda del cuadrilátero. El trabajo de Robert De Niro como Arcel marca uno de los puntos más altos en la decaída carrera reciente del gran actor (además de funcionar como guiño a su recordada labor en Toro salvaje, de Martin Scorsese). Por su parte el venezolano Edgar Ramírez como Durán se encarga de confirmar sus virtudes actorales. En tanto que Jakubowicz realiza un buen retrato de las tensiones que circundan al boxeo y una representación vívida y realista de su práctica. Pero también resbala sobre algunos excesos melodramáticos y secuencias eróticas sin utilidad argumental alguna, que le aflojan los tornillos a una estructura lo bastante sólida como para tener que recurrir a ese tipo de trucos y efectismos.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 3 de noviembre de 2016

CINE - "El bebé de Bridget Jones" (Bridget Jones' Baby), de Sharon Maguire: Estereotipos con gracia

Típico exponente de lo que suele llamarse de modo reduccionista “comedias románticas para mujeres”, la saga de la enamoradiza y medio tarambana Bridget Jones es un clásico de comienzos del siglo XXI, en el sentido más pop en el que puede entenderse a esa entelequia llamada “clásicos”. Saga que necesitó 15 años para convertirse en trilogía, un lapso en el cual el personaje pasó de ser protagonista de uno de los bestsellers más exitosos del la industria editorial británica de su tiempo (y no es poco decir, si se tiene en cuenta que en esa lista habitaban J. K. Rowling y Harry Potter), a un producto vintage condenado a quedar atado a su época. Algo parecido le ocurrió a la actriz encargada de darle vida a su avatar cinematográfico, Renée Zellweger, quien habiendo sido una de las estrellas femeninas más requeridas de Hollywood se convirtió en una desaparecida en acción, caída que incluyó un hostigamiento mediático luego de que algunas fotos la mostraran extrañamente cambiada por los caprichos de la cirugía plástica.
Abordar El bebé de Bridget Jones, de Sharon Maguire, que cierra el círculo abierto por El diario de Bridget Jones (2001) y que tuvo continuidad en Bridget Jones: Al borde de la razón (2004), no es tarea sencilla. En primer lugar porque el paradigma femenino que en ellas se representa hoy quedó un poco desacreditado a partir de las luchas de género, aunque incluso en su propia época ya resultaba un tanto anacrónico. Es que si algo condensa su figura es un modelo de mujer que intenta ser independiente, pero que no puede evitar terminar siendo una especie de princesa loser que necesita de la figura de un hombre para resolver los entuertos en los que se va enredando a causa de su propia candidez. En ese sentido, la idea de mujer que personifica también es clásica –por no decir conservadora–, aún cuando se la intente morigerar con la fuerza y la tenacidad del personaje para valerse por sí misma.
Nada es muy distinto en esta tercera parte. Bridget ahora tiene 43 años, vuelve a empezar la película sola, sin hombre, sin hijos, pero ahora con el reloj biológico corriéndola de cerca. Con “ayuda” de una amiga más joven, Bridget se encuentra teniendo sexo con un desconocido (Patrick Dempsey) en un festival de música. Unos días después, termina en idéntica situación con Mark (Colin Firth), el amor de su vida, con quien sobre el final de la segunda película parecía que vivirían felices y comiendo perdices. Pero no. Mark ahora está casado con otra, aunque a punto de divorciarse, permitiendo que Bridget vuelva a tener esperanza en el amor. Porque así es la vida de Bridget: son siempre los hombres los que parecen ordenar (en el doble sentido de la palabra) su rumbo y su destino.
 Dicho perfil estaba presente en los dos primeros films, aunque es en el segundo en donde aparece con más fuerza y retratado de manera explícita. Igual que acá, ahí Bridget era tironeada por su vínculo con dos hombres de signo opuesto, uno mujeriego y encantador (Hugh Grant, obvio), el otro (Firth) frío y caballeroso a la antigua. Ambos atados a una forma determinada de mirar lo femenino, nunca atentos al deseo de la mujer que se disputan como si todavía estuvieran en la edad de piedra: a las piñas. En el fondo siempre son ellos los que deciden por Bridget, aunque finalmente esa decisión coincida con el que –los espectadores lo saben- es el deseo de la protagonista. A tal punto es dependiente Bridget de la figura masculina, que la misma película acaba encerrándola en la cárcel sólo para que uno de sus príncipes venga a arreglar lo que ella no puede.
Ahora Bridget termina felizmente embarazada, pero deberá pagar esa felicidad ignorando cuál de los dos tipos con los que se acostó es el padre de su bebé. Aunque la idea es afín a todo lo expuesto más arriba, El bebé de Bridget Jones consigue salvar las papás con oficio para la comedia. Es cierto que nada cambia en lo ideológico y la felicidad de Bridget depende de lo que los dos hombres decidan antes que de su propia voluntad. Sin embargo el guión está lleno de pequeños giros y situaciones bien resueltas (al contrario de la película anterior, que empujaba a la protagonista por callejones sin salida), que hacen de esta una película disfrutable. Parte del mérito parece recaer en el regreso de Maguire, directora del primer film, pero también en el guionista Dan Mazer, uno de los responsables de Borat (2006) y Brüno (2009), dos obras maestras de lo políticamente incorrecto llevado al extremo. Algo que también es puesto en escena, con mayor sutileza, en esta ocasión. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

martes, 1 de noviembre de 2016

CINE - 3º Asterisco Festival Internaciona de Cine LGBITQ: Entrevista con Albertina Carri

Para cualquier tipo de emprendimiento anual llegar hasta tres significa empezar a adquirir cierto estátus de cosa instalada. Es lo que ocurre con Asterisco, el Festival Internacional de Cine LGBTIQ, cuya programación abarca las preocupaciones, intereses y problemáticas vinculadas a las diferentes identidades de género, que se lleva a cabo a partir de hoy y hasta el próximo domingo en Malba Cine (Av. Figueroa Alcorta 3415) y otras cinco sedes.
Ya no se trata del festival como incógnita de la primera edición, ni implica el esfuerzo por validar un espacio de la segunda. Esta tercera edición parece tener el peso simbólico de lo legitimado, de aquello que se ha ganado su lugar en el mundo a fuerza de reclamarlo y pelear por él. Una conquista que partiendo de las buenas intenciones –echar luz sobre realidades invisibilizadas—consiguió generar un espacio plural en el que todas las identidades reunidas en la sigla cada vez más larga de la comunidad LGBTIQ (lesbianas, gays, travestis, transexuales, intersexuales y queer), han encontrado una imagen y una voz. Y siempre sin desentenderse de la calidad artística, porque se trata de un festival de cine y lo importante también son las películas.
Pero esta tercera edición de Asterisco representa también la renovación de un desafío para sus organizadores, que también son tres: su directora, la cineasta Albertina Carri, y sus dos programadores, el crítico Diego Trerotola y el investigador Fernando Martín Peña. “Tres años son bastante para un festival joven, pero también muy poco como para sentirse estable. Por eso es muy importante que este año nos siga acompañando el público y se sigan sumando voluntades”, advierte Carri. “Las dos primeras ediciones se realizaron en el marco de los festejos todavía tibios de las leyes de Matrimonio Igualitario y de Identidad de género, históricas para nuestro país y para la región en general. Dos leyes que sin dudas cambiaron la estructura social de nuestra población, porque vinieron a escuchar un reclamo también histórico de diversas organizaciones sociales que venían acompañando en todo el país a personas LGBT”, continúa. “Este año es particular porque es el primero con el nuevo gobierno, las políticas públicas han cambiado de rumbo y los apoyos al festival son otros. Sin embargo nuestros objetivos siguen siendo los mismos: darle visibilidad a las problemáticas de una comunidad muy diversa. Nuestro mayor desafío al hacernos visibles es poder conmover a los distraídos y atraer a los despavoridos, se le teme a lo que se desconoce y el cine es una excelente herramienta de comunicación, entonces creemos que la programación de Asterisco es una forma de atravesar fronteras y prejuicios y una invitación a celebrar la diversidad”, concluye la directora.
Como Carri se encarga de aclarar, esta vez el desafío no está exento de las dificultades de un año complejo en lo político y lo económico que repercutió en la organización. “Sufrimos una reducción de presupuesto importante”, reconoce la directora, “pero decimos hacer el festival igual por pura convicción militante”. Porque más allá de todo eso están las películas. “Estoy convencida que arte es todo aquel que repiense el mundo, que está dispuesto a decosntruir los parámetros y los márgenes a los que estamos acostumbradas, aquel que nos hace dudar, que nos inquieta, que reescribe lo que la educación intentó borrar para domesticarnos. Supongo entonces, en mi utópico pero no por eso inalcanzable imaginario, que cine es todo aquel que se enfrenta a poderes hegemónicos. Lo demás es propaganda y así deberíamos llamarlo”, afirma Carri.

–¿Y qué posibilidades y utilidades ofrece un festival de cine como herramienta que no sea posible hallar en otras?
–En el mundo es cada vez más difícil estrenar cine. Últimamente lo que suele estar en cartel durante semanas son largas horas de propaganda capitalista, heterosexual, patriarcal y binaria. Son pocas las películas que traen otros relatos, que piensan otras formas de estar en este mundo y que pueden competir con la lógica del mercado. Es decir, estrenándose en salas y sosteniéndose con las cantidades de espectadores que deben verlas a las pocas horas de ser estrenadas. Son pocas porque en general nuestras películas no tienen todo el presupuesto que maneja el hetero patriarcado burócrata capitalista. Entonces los festivales son la opción para ver documentales, ficciones, largos, cortos, animaciones que chillen de dolor y de alegría, que desacaten los órdenes impuestos por siglos de colonizaciones cicateras. Y al ver, también transformar la opacidad del confort en lo esplendente del desacuerdo.
 –¿Pero cómo se programa un festival como Asterisco? ¿Alcanza con que una película aborde determinada temática afín?
–No, no alcanza. En ese sentido somos un equipo aristotélico, nos importa la forma porque nos importa el cine, nos preocupa más el cómo que el qué. Hitchcock decía que las películas no debían tener mensajes, que los mensajes los lleven los carteros. Creo que en esa frase se juega algo muy luminoso con respecto al relato cinematográfico, porque está pidiendo a gritos la intervención del cuerpo y no solo la comprensión de un cuento. El cine tiene el poder de la conmoción; entra por los ojos, por los oídos pero también por la piel, hasta nos puede llegar al hueso mismo cuando nos exponemos a películas extremas. Pensamos el cine como experiencia y la experiencia como proceso semiótico capaz de generar nuevas lenguas.  
–A partir eso, uno de los desafíos que imagino han tenido desde la primera edición es que el festival no acabara encasillado como un festival de nicho.
-El desafío de no convertir un festival temático en un espacio encasillado para un ghetto es enorme y creo que el esfuerzo de programación aquí es todo. Por un lado está la variedad, no caer en ideas solemnes y dejarse sorprender por nuevas prácticas. Por el otro está la agudeza del pensamiento, volcarse a un cine ya visto pero encuadrarlo en una nueva coyuntura editorial. Por ejemplo este año pasamos M, el vampiro, la gran obra de Fritz Lang, y Los Parchís van a Disneyworld, una película que a todas luces pareciera que debe ser borrada de la memoria por sosa, vetusta y propagandística. Sin embargo nos parece que en ese cruce de repensar al asesino de Lang en clave gay y a toda la sociedad que lo acompaña, lo mortifica y lo condena pidiendo justicia por mano propia; y a Los Parchís en clave camp, haciendo una oda de sus monos de colores y una insipiente androginia, radica la posibilidad convertir un festival temático en una verdadera fiesta de la cinefilia. Hay mucho por descubrir en el cine de otros tiempos, no solo en las películas de los últimos días, porque el desafío también es pensar como hemos sido retratadas o representadas en la pantalla las lesbianas y los gays, según las épocas y las zonas geográficas. Y como durante muchos años los únicos retratos posibles de la población LGBTIQ fueron condenatorios. Es decir, fuimos monstruos, asesinas, perversas, la escoria de este mundo, y nos parece importante volver a ver esas películas con un nuevo humor, sin miedo y hasta celebrando esos exagerados retratos.
 –Recién hablabas de descubrimiento. ¿Qué novedades va a descubrir el habitué del festival en esta edición?
–Este año inauguramos varias secciones: Trashnoches musicales, que incluye filmes musicales algo bizarros, una invitación a la distensión total, a terminar el día gritándole a la pantalla o bailando en la butaca al ritmo de una música olvidada. O Suburbania, un recorrido por los suburbios de la ciudad, en donde nos vamos por un rato de las grandes metrópolis y observamos con detalle qué pasa en los alrededores, qué significa esto de poner en cuestión el género, de vivir una sexualidad no normativa, más allá de los márgenes de la urbe. Y Glam soviético, de mis secciones favoritas, la posibilidad de ver cine de URSS en clave queer, una experiencia altamente recomendable y transformadora.  
–¿Han desarrollado algún eje temático específico sobre el que se haya querido llamar la atención especialmente? 
–Lo que condenamos desde Asterisco y sostenemos como línea editorial, son las políticas estatales criminales contra la población LGBTIQ. Todavía hay países donde la homosexualidad y el mal llamado travestismo están penadas con ley. Sobre los problemas específicos de la comunidad a visibilizar siempre está la desigualdad de condiciones laborales, el acceso a la salud, la discriminación y el abandono, y la tercera edad, porque pareciera que para ser gay o lesbiana hay que ser siempre joven. Estos temas atraviesan todas las ediciones, porque son todavía situaciones a reparar y a modificar.  
–Más allá de su función como espacio de expresión y divulgación dentro de la Argentina, ¿Asterisco ha conseguido ser un órgano de utilidad para establecer lazos hacia afuera, con comunidades o festivales de otros países?
–Una de las gratas sorpresas que nos dio Asterisco fue la acogida por parte de festivales internacionales como Río de Janeiro y Berlín, donde fuimos invitados como jurados para entregar sus respectivos premios LGBTy también la colaboración con festivales temáticos en Chile, Colombia, Uruguay, Holanda, Canadá, Irlanda y Brasil, con los que compartimos respectivamente curadurías, programación y prácticas estratégicas de supervivencia.  
–Visibilizar es una palabra repetida en esta charla. ¿Creés que la llegada de Asterisco ha impactado en la producción de cine de temática LGBTIQ en la Argentina?
–Visibilizar es una palabra repetida, es verdad, y cuando tanto se repite se vacía de contenido. Sin embargo la posibilidad de vernos una y otra vez en las pantallas de los cines, ya no como las brujas malas, o los muchachos frágiles golpeados por machos intolerantes, o los suicidas incomprendidos, o las mujeres de gustos condenables y violento carácter, sino como todo eso y todo lo demás también, la visibilidad se vuelve una herramienta política bestial. Porque no es sólo cuestión de mostrarnos y pasearnos en la pasarela de los freaks, sino también hablar de nuestros afectos, nuestros ansias, nuestras formas de formar familias, de celebrar nuestros acuerdos. También dejar de tematizar la elección sexual o de género y empezar a ser protagonistas de cualquier historia que no necesariamente problematize el ser gay, travesti o lesbiana. Pero el camino es largo: a pesar de vivir en un país con leyes que nos protegen todavía hay personas, como los conductores y directivos de una radio salteña, que hace unas semanas hablaron de “la lesbianización de la marcha de las mujeres” para destruir cualquier acuerdo entre mujeres, que utilizan la palabra lesbiana como un virus capaz de corroer cualquier buena intención. En su conciencia cristiana pequeño burguesa, este señor estaba obliterando la historia completa de un movimiento enorme que es el feminismo latinoamericano, formado por mujeres heterosexuales y lesbianas, pero además también está desconociendo que para nosotras llamarnos lesbianas es un orgullo y una amorosa declaración política sobre la forma en que queremos estar en este mundo.

3 x 3 - Las tres recomendaciones de los tres organizadores

A modo de ejercicio lúdico sobre el número tres, los tres responsables de la organización y programación de Asterisco aceptaron elegir tres películas de la extensa y variada grilla de esta tercera edición del festival. Títulos que tuvieran para ellos un valor especial, tanto desde lo cinematográfico como desde lo personal. “Me resulta bastante difícil elegir sólo tres, porque recomendaría el festival entero”, se lamenta Albertina Carri, “pero si me tengo que ceñir a tres imperdibles este año recomiendo estos tres clásicos: No puedo dormir de Claire Denis, Un poco de escarlata de Andrea Weiss, y Tomboy de Celine Sciamma. Cada una de ellas es la posibilidad de ver el mundo con otros colores y sentirse entonces un poco más a gusto en este tránsito que es la vida”.
Fernando Martín Peña eligió sus tres imprdibles. “Podría destacar Roller Rock (Skatetown, USA, de William A. Levey), porque refleja la única época de la historia en que un personaje podía aparecer en musculosa y calzas, bailando "Macho Man" y pretender ser heterosexual. Es el debut del gran Patrick Swayze (que siempre estaba por encima del material que le daban) y la escribió Nick Castle, el primer actor que hizo Michael Myers. También Tiro de gracia, de Ricardo Becher, película argentina que rejuvenece con el tiempo, en la que se alternan historias más o menos basadas en personajes reales de la bohemia porteña del '70, con episodios imaginarios de gran potencia visual. Encima tiene música de Javier Martínez. Por último Espartaco, de Vadim Derbenyov y Yuri Grigorich, exponente de un género olvidado, el ballet cinematográfico, que fue a los soviéticos lo que el westerns a los norteamericanos o el cine de samurais a los japoneses. La base era una puesta pensada para el escenario, pero el asunto era lograr que el pasaje a la pantalla fuera rigurosamente cinematográfico y este es uno de los mejores ejemplos. Y no hay que olvidar que cuando la homosexualidad fue criminalizada en Cuba se quedaron prácticamente sin ballet nacional, así que también hay una relación indirecta por ahí”.
Para el final, Diego Trerotola también aporta sus tres recomendaciones. “Ocultado incluso por cierta historización de la cultura LGTBIQ, el asesinato de Julio Rivera en 1990 fue determinante para el surgimiento del movimiento queer en EE.UU. En Julio of Jackson Heights, Richard Shpuntoff, documentalista que vive entre New York y Buenos Aires, relata comprometido y sensible la historia de resistencia de su barrio. Después Daniel’s World, de la checa Veronika Lisková, que pone una tensión incómoda sobre las representaciones de la pedofilia en el presente y de cómo se la piensa dentro de la comunidad LGTBIQ. Retrato inquietante, que nos desubica, que participó del premio Teddy en el Festival de Berlín. Y, por si no lo sabían, Boris Karloff y Bela Lugosi estuvieron enamorados y, como no podría ser de otra forma, su relación fue sadomaso. De eso trata El gato negro, de Edgar G. Ulmer, si es que logran mirarla con los cristales queer de Asterisco”.

Para consultar la programación completa: www.festivalasterisco.gob.ar 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.