jueves, 8 de octubre de 2015

CINE - "Sin escape" (No escape), John Eric Dowdle: Los otros contra mí

En Sin escape, de John Erick Dowdle, el versátil Owen Wilson interpreta a Jack, un ingeniero que se muda con su familia a un país ficticio del sudeste asiático (aunque su vecindad con uno real como Vietnam indica que puede tratarse de Laos o Camboya). Ocurre que luego de la quiebra de la empresa para la que trabajaba, la mejor oferta laboral que Jack recibe es de una multinacional que tiene una planta en aquel lugar en los antípodas geográficas y culturales, y él no ve más opción que aceptarla. Y allá va entonces, con su mujer y sus dos hijitas, dispuestos a enfrentar el desarraigo y el choque cultural con el mejor humor posible. Pero la esperanza dura poco. Al otro día una milicia popular que asesinó al dictador que ocupaba el gobierno comienza una violenta revolución xenófoba y, sobre todo, antiestadounidense. El resto de la película Wilson y su mujer (Lake Bell) se dedican a escapar de los impiadosos revolucionarios que pretenden ejecutarlos, por las calles de esa ciudad en un país sin nombre.
No es la primera vez que a Wilson le toca evadir a un enemigo antiestadounidense en territorio hostil: ya lo había hecho en la mediocre Tras líneas enemigas, estrenada en 2001. Curiosamente en aquel film, rodado justo antes del 11-S, un escuadrón de guerrilleros musulmanes bosnios ayuda a un piloto del ejército de los Estados Unidos a eludir la persecución de un militar serbio durante la Guerra de los Balcanes. El nuevo enemigo estaba tan cerca que la película no alcanzaba a verlo. Igual de curioso, pero en un sentido inverso, resulta que en Sin escape la única oportunidad que tiene Jack para salvar la vida de su familia sea llegar a la frontera para pedir asilo en Vietnam. No hay forma de decirlo de manera terminante, pero quizá se trate del primer film en que ese país deja de ser visto como un territorio enemigo de los Estados Unidos, tras cuatro décadas de cine obsesionado con el conflicto bélico que ambas naciones sostuvieron entre los 60 y los 70.
En ese sentido Sin escape representa un pase de manos de la posta del miedo. En ella se vuelve a poner en acción la clásica fobia occidental a lo culturalmente ajeno, llevándola al extremo, para generar un terror que se parece mucho al que ISIS produce con sus actos en Medio Oriente: miedo a una violencia irracional, desmedida y sin justificación alguna. Sin embargo la película también se permite dudar y preguntarse si la que provocan este tipo de grupos extremistas es la única violencia o el único terror que merece ser condenado. Y aunque lo hace de manera torpe y explícita, es una sorpresa encontrar una declaración política tan infrecuente en una producto made in Hollywood. Con la misma irregularidad, a lo largo del relato se intercalan estupendos momentos de tensión con otros imperdonables, en donde una babosa banda sonora relame las situaciones en busca de destacar lo que ya era obvio. La escena final deja bien claro lo difícil que resulta cerrar un film como este sin recurrir a ese tipo de burdos subterfugios emocionales. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

miércoles, 7 de octubre de 2015

LIBROS - Premio Nobel de literatura 2015: César Aira entre los 20 favoritos de los apostadores

Con el inicio de octubre llegan también los anuncios de los prestigiosos Premios Nobel con los que la Academia Sueca marca el pulso de un amplio abanico de disciplinas. Durante una semana la institución revela, a razón de uno por día, los ganadores en las categorías de Medicina, Física, Química, Literatura y Paz, reservando generalmente el día jueves para hacer público el nombre del escritor distinguido en el rubro literario. Efectivamente, el anuncio se hará en el día de mañana, sin embargo, como ocurre todos los años, hace meses que las casas de apuestas vienen manejando un listado de potenciales ganadores que incluye a muchos de los autores más prestigiosos de la literatura global. Un catálogo que reúne a las figuras de notables bestsellers con otras casi desconocidas para quienes no pertenezcan al círculo de especialistas en la materia literaria. Lo cual no deja de ser una curiosidad, tratándose simplemente de una lista generada por apostadores: cuesta imaginarse a burreros y ludópatas discutiendo acerca de las posibilidades de la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich o del keniata Ngugi Wa Thiong’o de llevarse este año los más de 900 mil euros que recibe cada ganador. La gran sorpresa de 2015 es la aparición del argentino César Aira dentro de la lista de los primeros 20 favoritos: es probable que, más allá del ámbito de la literatura iberoamericana, su presencia resulte igualmente exótica para los lectores de todo el mundo. 
Este año la mencionada Alexievich es la gran favorita en todas las grandes casas de apuestas del mundo. Bastará mencionar, como prosaico ejemplo de hasta dónde llega el desconocimiento de su nombre y la poca difusión de su obra entre los lectores locales, que sólo uno de sus libros se publicó en el país (el ensayo Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, a través del sello Debolsillo) y recién fue editado a comienzos de este año, luego de que Alexievich ingresara en 2014 por primera vez en estas listas de apuestas. El detalle no menor es que el libro no fue publicado en papel, sino que sólo está disponible en una edición digital. Exactamente lo mismo ocurre con Thiong’o y su obra, de la que sólo es posible conseguir otro ensayo: Descolonizar la mente: la política lingüística de la literatura africana, también editado por Debolsillo unicamente en formato digital. El autor de origen africano ocupa el tercer escalón del podio de los favoritos entre los apostadores.
En medio de ambos virtuales desconocidos se ubica el japonés Haruki Murakami, una vez más instalado en un lugar de privilegio dentro del pelotón de favoritos, siempre según el criterio de los apostadores. El caso de Murakami es más que curioso, ya que su nombre integra desde 2008 la élite de las apuestas de manera ininterrumpida, pero cada año la Academia Sueca invariablemente ha elegido a otro autor, haciendo que el asunto se convierta en centro de incontables humoradas. Entre ellas se destaca el ingenio del diario madrileño El Confidencial, que tituló su nota sobre las previsiones del Nobel de literatura de este año, firmada por Daniel Arjona, parafraseando el famoso microrrelato El dinosaurio del escritor hondureño Augusto Monterroso: “Cuando Murakami despertó, el Nobel de literatura seguía sin estar allí”. Si bien es un hecho que los favoritos de las apuestas no suelen coincidir con los ganadores –la única excepción tal vez sea la del turco Orhan Pamuk, premiado en 2006—, sí ha ocurrido que el favorito de un año sea premiado al año siguiente, lo cual constituiría el único indicio a favor del éxito de Murakami. Algo que parece difícil atendiendo a que el chino Mo Yan lo recibió en 2013. Conociendo la pasión de los suecos por la corrección política y el cumplimiento de cupos (aunque sea de manera informal y nunca explícito), resulta muy improbable que dos escritores orientales lo reciban con tan pocos años de diferencia. 
El Top Ten de favoritos de los apostadores no presenta mayores sorpresas y en ella es posible encontrar a los sospechosos de siempre: los estadounidenses Philip Roth y Joyce Carol Oates; el noruego Jon Fosse; el austríaco Peter Handke; el sirio Adonis; el coreano Ko Un y el albanés Ismail Kadare. La aparición de Aira en el puesto 20 y 19 de las apuestas registradas en Ladbrokes y Unibet, las dos principales agencias de apuestas del mundo, es sin dudas la gran sorpresa del año. Aunque el argentino llegó a ubicarse en el puesto número 12, en las últimas horas ha ido perdiendo el favor de los apostadores para dejarlo al límite del Top 20, lugar que comparte con el cantautor Bob Dylan, el israelí Amoz Oz, los estadounidenses Thomas Pynchon y Cormac McCarthy o el checo Milan Kundera, todos ellos figuritas repetidas en estas instancias. Pero, ¿cuáles son las posibilidades reales de Aira de recibir el Nobel de literatura? Imposible saberlo a ciencia cierta. Pero si hubiera que arriesgar con criterio de apostador se podría pensar que no son tantas, aunque es posible que sean más que las que parece tener el pobre Murakami. Los cinco años que han pasado desde la premiación del peruano Mario Vargas Llosa, último escritor en lengua castellana en recibir el Nobel, no parecen ser suficiente distancia. Cuenta como punto a favor que ningún argentino lo ha recibido nunca antes. Las posibilidades existen, claro. Aunque si fuera por eso tampoco habría que descartar a Ricardo Piglia, quien directamente no figura en ninguna lista de apuestas.
Usando la misma arbitraria lógica de apostador y pensando en la ya mencionada tendencia de los suecos a convertir los premios en lecciones morales, tal vez habría que buscar un favorito sin descartar los detalles geopolíticos. ¿Favorecerá al poeta sirio Adonis la imagen repetida del cadáver de Aylan Kurdi tirado en la playa? ¿El duro panorama migratorio de la Europa actual beneficiará al albanés Ismail Kadare? ¿O finalmente Thiong’o vendrá a llenar el cupo de etnias africanas, teniendo en cuenta que solamente dos escritores negros recibieron el premio en sus 114 años de existencia (el nigeriano Wole Soyinka en 1986 y la estadounidense Toni Morrison en 1993)? ¿O su carácter de mujer y feminista dentro del mundo árabe será favorable a la elección de la egipcia Nawal El Saadawi? Lo único que está claro es que por unos días el Nobel de literatura se convierte en una atracción de kermese y, entonces, por qué no jugar un rato. La literatura, por suerte, sigue a salvo en los libros.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 3 de octubre de 2015

CINE - Entrevista con Julián d'Angiolillo, director de "Cuerpo de letra": Pintar mientras la política duerme

Menos de un mes es el tiempo que hay que esperar para que los argentinos vuelvan a pronunciar en las urnas una voluntad política construida de manera colectiva. Como todo montaje, la política es el resultado de múltiples formas de expresión, que exponen el abanico completo de quiénes y cómo se piensan los distintos proyectos de sociedad. De entre esas formas de expresión las más reconocibles son aquellas que involucran el oficio de los medios de comunicación, que nunca reproducen con fidelidad a la fuente original, sino que ofrecen una versión impregnada por los intereses más diversos que exceden lo partidario. Justamente a partir del lugar que ocupan los medios es que hace rato ha quedado claro que el paisaje político es mucho más vasto que el limitado escenario que ocupan los partidos y sus actores. 
La aparición internet y la vida virtual han sumado nuevos canales, las redes sociales, que permiten a una multitud de voces expresarse de forma legítima, aunque a veces la suma de todas ellas acaba reduciendo el potencial mensaje a un simple ruido de fondo al que es difícil prestarle atención. Menos reconocida pero igualmente visible, las pintadas murales también representan una forma de expresión política que aún continua vigente. A pesar de que las consignas políticas y los nombres de los candidatos estampados a brocha y cal en muros y paredones forman parte del paisaje cotidiano de Buenos Aires y el conurbano, lo cierto es que el universo de quienes los pintan es un misterio para la mayoría de sus habitantes. Ese es el mundo escondido que retrata el cineasta Julián d’Angiolillo en su segunda película, la extraordinaria Cuerpo de letra.
Lejos del documentalismo de corte positivista que se limita a retratar un hecho u objeto a partir del mero fluir informativo, d’Angiolillo establece un vinculo personal con el universo de las brigadas nocturnas que se dedican a las pintadas políticas y a partir de esa proximidad crea un fresco que por momentos se parece más a la ficción. Pero además, en algunos pasajes Cuerpo de letra hasta se despega del realismo para registrar ese submundo a partir de un montaje de imagen y sonido que se sumerge en una estética cercana a la psicodelia. Una forma que nunca pierde su vínculo íntimo con el fondo y que parece venir a definir a la política como un paisaje irreal y por momentos inasible para una mirada sujeta a la lógica más pura. Cuerpo de letra es entonces un trip que se aventura más allá de las prosaicas puertas de la percepción, y en el que el director acompaña a los protagonistas por un viaje a través de la noche, dejándose conducir por caminos poco transitados de la realidad política. d’Angiolillo convierte esa experiencia en una película que no oculta su extrañeza.
“Hay una relación muy íntima entre el tiempo y la práctica de las pintadas, que se establece como una superposición continua de consignas y nombres de candidatos que se van tapando unos sobre otros como un palimpsesto de cal seca sobre la pared”, afirma d’Angiolillo. Aunque enseguida sostiene que “esas modulaciones temporales son muy difíciles de trasladar al medio cinematográfico, por ser una dinámica repetitiva y enajenada” lo cierto es que es posible usar esas mismas palabras para describir la lisérgica superposición sonora y visual de algunos pasajes de Cuerpo de letra. “Nos propusimos que la cámara nunca se estabilice en un punto fijo, y flote entre los protagonistas, habitando el espacio a la par que ellos, casi corporizándose como un nexo”, continua el director, dando cuenta de la dinámica que durante el rodaje se produjo entre sus personajes y él. “De esta forma surge el código de aproximación de la película, que en algunas escenas está orientado a un registro documental y en otras a un planteo de puesta en escena levemente controlado por nosotros”, agrega y enseguida aclara que en realidad “la posibilidad de dar pautas ficcionales se fue construyendo después de una primer etapa de rodaje más documental, en la que tuvimos oportunidad de conocernos ‘en el camino', por así decirlo.”

-¿Qué aportes hace Cuerpo de letra al retratar a la política desde un ángulo infrecuente? 
-Creo que vivimos en un tiempo con un volumen del manejo de la información completamente fuera de la escala humana. Estas pintadas de alguna forma pertenecen a un período anterior, pero como sucede con la ciencia ficción, quizás estas prácticas manuales nos ayuden a comprender el flujo digital desde una perspectiva fuera de nuestro tiempo. Inevitablemente, en nuestros viajes urbanos, estamos anestesiados por la lectura continua de todos los mensajes del paisaje urbano, salidos de una trama política expresada en el espacio, donde las pintadas irrumpen en esa puja por capturar la atención desde un lugar que hoy podemos calificar como más ingenuo. Esa forma de inscribirse en el espacio es lo que me interesó. En ese sentido, creo que la película puede ofrecer una puerta hacia ese “otro lado”, honrando en esta expresión al entrañable realizador Fabian Polosecki.  
-Aunque en parte se trata de un documental, los personajes siempre actúan como en una ficción, omitiendo la presencia de la cámara. Pero sobre el final el protagonista, Ezequiel, rompe la convención de la cuarta pared y mirando a cámara muestra el balde vacío después de haber pintado toda la noche. En ese plano de repente todo se vuelve concreto y real. ¿Por qué tomaste la decisión de romper esa lógica que habías sostenido en todo el relato previo?  
-En el montaje decidimos trazar un arco en la estructura de la película, iniciandola como un relato más ficcional al que le vá “ganando” la evidencia de lo real que, digamos, se impone en el último tramo, a partir de la asamblea donde las de brigadas se dividen los espacios donde trabajarán la noche de la veda [nota: Cuerpo de letra se rodó en los días previos a las elecciones legislativas de 2012]. Me gusta que esa noche se abra al registro documental a medida que amanece, un poco como sucede con las pintadas cuando se blanquea con cal, que recién aplicada transparenta las capas de pinturas previas, pero que cuando termina de secarse, la última capa va ganando en legibilidad. De alguna manera era necesario ir cediendo a esa complicidad para llegar a la escena final dentro del cuarto oscuro, en la que el contrato ficcional termina en el tacho de basura junto a los fragmentos de boleta cortados y no introducidos en el sobre.  
-Cuerpo de letra tiene un gran trabajo de montaje que muchas veces genera secuencias al borde de lo lisérgico. ¿Por qué en una película acerca de una de las formas de relato político más populares, como las pintadas, elegís diluir la realidad en esos paisajes casi de pesadilla?  
-Parece paradójico, un poco puede predecir un determinado patrón de pensamiento que desliga o distancia a la política y/o la vida popular de lo lisérgico, alucinatorio o sencillamente onírico. Es algo que pienso a menudo sin llegar a grandes conclusiones. Pero la película una vez terminada se me presenta como un objeto extraño en el que conviven en armonía estas dos características. Porque sino parecería que el sueño (en sentido amplio) sólo ingresa en la política como promesa electoral. Un afiche que diga “Tengo un sueño” con el rostro de cualquier candidato sería perfectamente posible. Si es que ya no lo hubo. Es que la política podría definirse casi en las antípodas, como una actividad que se practica con los ojos abiertos. Sin embargo, me gusta sentir que son dos estados que se pueden conciliar. Todos participamos de una vida pública y política de alguna u otra forma, y esa participación es también moldeada en nuestra vida onírica. Me parece fértil que el cruce de estos dos campos de la experiencia se den con mayor frecuencia, en lo posible y sobre todo, más allá del cine. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.

viernes, 2 de octubre de 2015

CINE - "Victoria", de Sebastian Schipper: El amor es una presencia fugaz

El plano secuencia es un recurso narrativo propio del cine con el que muchos grandes directores acaban obsesionados, aceptando con insistencia el desafío de realizar la proeza de extender su duración y de complejizar su estructura coreográfica. Es conocido el caso de Alfred Hitchcock, que llegó al extremo de rodar La soga, un clásico de su filmografía, simulando un único plano secuencia, algo que con los medios técnicos disponibles en 1948 era imposible de realizar sin trucos. La llegada de la tecnología digital permitió cumplir el sueño de filmar una película de un tirón: lo hizo Alexander Sokurov de manera brillante en El arca rusa (2002) y a partir de ahí varios se atrevieron a replicar la experiencia. De ese modo está filmada Victoria, del alemán Sebastian Schipper. Pero a diferencia del de Sokurov, que transcurría en una única locación (el Museo del Hermitage en San Petersburgo), el film de Schipper se mueve a través de un vasto sector de Berlín, hecho que le confiere una complejidad que el director resuelve y pone a favor del relato. 
En Victoria la cámara sigue con atención durante dos horas y cuarto el deambular de la chica del título, una inmigrante española que intenta adaptarse a su nuevo entorno, y a un grupo de chicos locales con los que se conoce a la salida de una discoteca, en los primeros minutos del tour de force que están a punto de comenzar. Podría decirse que la película divide su estructura en dos mitades exactas. Durante la primera de ellas aparenta ser otro exponente del mumblecore, subgénero del cine independiente en el que un grupo de jóvenes o adolescentes va de acá para allá mascullando sus diálogos cargados de un contundente presente continuo, poniendo en evidencia las dificultades propias de la juventud contemporánea. Entre ellas, la de asumir la posibilidad de una realidad que no sea la que se enmarca de manera estricta en ese aquí y ahora. Una incertidumbre respecto del futuro que diferentes generaciones de jóvenes se vienen heredando más o menos desde que, a mediados de los ’70, el punk convirtió el elocuente “No Fun” de The Stooges en un todavía más explícito “No Future”. 
De esa manera Victoria y sus nuevos amigos, cuatro chicos provenientes del proletario viejo Berlín oriental, comienzan una ronda nocturna que incluye corridas por andar metiéndose en coches ajenos; el hurto de unas cuantas botellas de cerveza a un kiosquero dormido; algunos manotazos con otros transeúntes; un largo diálogo en la terraza de un edificio en el que no vive ninguno de ellos, y una escena más íntima en el interior del bar aún cerrado donde trabaja Victoria, entre ella y uno de los chicos con el que parecen gustarse. Durante todo ese recorrido ella se deja llevar por esa deriva frenética y aleatoria, cautivada por el encanto un poco peligroso que le proponen los cuatro chicos, que de a poco comienzan a cumplir con la promesa de hacerle conocer “la verdadera Berlín, la que está en las calles”. En efecto, la irrealidad electrónica y estroboscópica de la discoteca subterránea del comienzo pronto se diluye en una experiencia cada vez más densa, más próxima a lo cotidiano. Más turbulentamente real.
Al promediar el relato se produce un quiebre que, aunque brusco, no es inesperado: no se ha llegado hasta ahí sin indicios evidentes acerca del carácter marginal de los varones. Un poco seducida pero también algo aturdida por la repentina familiaridad que ahora la conecta con los chicos, Victoria se deja perder todavía más profundo en esa “verdadera Berlín”, hasta quedar enredada casi sin darse cuenta en el robo a un banco que sus recientes compañeros de aventuras son forzados a cometer para saldar una deuda carcelaria del más reo de los cuatro. Aunque la premisa suene forzada y la a priori inexplicable lealtad de Victoria para con sus amigos (completos desconocidos hasta hace una hora atrás) pueda ser puesta en cuestión todo el tiempo, Schipper consigue hacer que el relato se mantenga verosímil. Por un lado lo hace valiéndose de esa red de desesperanzas casi nunca dichas que une de manera invisible las realidades tan distantes, tanto desde lo geográfico y lo cultural como desde lo social, de la instruida Victoria y de sus cuatro descastados amigos. Y por otro, de la solidez de ese extraordinario plano secuencia que, durante algo más de dos horas, permite que el espectador sea testigo en tiempo real de la potencia de la amistad y el amor, de la inocencia y de la vida. Pero también de su carácter frágil y fugaz.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos e Página/12.

jueves, 1 de octubre de 2015

CINE - "Cuerpo de letra", de Julián d'Angiolillo: Desmembrar la realidad para montar un objeto nuevo

El joven director Julián d’Angiolillo tiene solamente dos largometrajes en su filmografía, un número todavía modesto para intentar hacer un balance de su carrera como cineasta, que sin dudas recién empieza. Sin embargo son suficientes para afirmar con seguridad que posee una sensibilidad poco frecuente, capaz de descubrir historias de potencial cinematográfico ahí donde el resto apenas si ve la superficie de lo cotidiano. Y una capacidad excepcional para encontrar el modo más apropiado de narrarlas. Su primer trabajo fue Hacerme feriante (2010), un documental heterodoxo en el que conseguía retratar con precisión el universo caótico de la feria de La Salada, pero sin dejar de atender sobre todo al factor humano y social que muchas veces queda oculto detrás de los fenómenos de semejante magnitud. Si su debut fue un aviso claro que sugería prestar atención a sus próximos pasos como director, Cuerpo de letra viene a duplicar con éxito la apuesta. Como si los cinco años que separan a una película de la otra no sólo hubieran pulido las virtudes ya exhibidas, sino también afinado su percepción para ir un paso más allá. Para tomar a la realidad como materia prima, desmontarla y crear con las mismas piezas un revelador objeto nuevo.
El estreno de Cuerpo de letra exactamente un mes antes de las elecciones presidenciales, que tendrán lugar a fines de este mes, es cuanto menos ubicuo. No sólo por el tema evidente que ocupa la superficie del relato, que se desarrolla en el submundo de las brigadas nocturnas que realizan las pintadas políticas en todas las paredes de la capital y el conurbano bonaerense, sino también por la forma estética y narrativa con que elige retratar ese universo. A tales fines d’Angiolillo crea un espacio cinematográfico en el que nunca queda claro cuál es el límite que separa la realidad de la ficción y ese es un gran acierto. Como un Dante moderno, el director baja con su cámara a un mundo desconocido para el común de los espectadores y en lugar de revelarlo a través de un dispositivo claramente documental, va acumulando sucesivas capas de realidad, que al irse superponiendo devienen en un objeto más extraño que la ficción. El resultado ciertamente podría ser una nueva versión del infierno.
La película empieza como un thriller de intrigas suburbanas, cuyos protagonistas son (o aparentan ser) descastados personajes nocturnos. Ahí un muchacho, típico exponente de la clase obrera del conurbano, rescata a su amigo Ezequiel que ha quedado tendido en el boulevard central que separa los carriles de lo que tal vez sea la General Paz. Dicha avenida será un espacio recurrente y vital para el relato, no sólo porque se convertirá en un territorio en disputa para las diferentes barras de pintadores, sino porque, como en pocas películas de la cinematografía argentina reciente, queda bien claro el lugar de frontera que su trazado representa. Mientras Ezequiel es llevado a la rastra por su amigo, un hombre con un tatuaje en la mano los observa desde un puente y los sigue, como si los estuviera controlando. Ezequiel se convertirá en el protagonista de Cuerpo de letra y será su ingreso a uno de los grupos que trabajan realizando pintadas políticas, lo que ponga en marcha el motor del relato. Su posterior paso a un grupo rival servirá para revelar una infrecuente versión de las películas de guerra de pandillas, una modesta y peculiar variante conurbana de La ley de la calle, que en su último tercio (rodado en la víspera de las elecciones parlamentarias de 2013) tendrá un extraordinario clímax. 
La noche también se presenta como un espacio límite. La vigilia va cediendo su lugar a un clima onírico que d’Angiolillo crea a partir de potentes montajes visuales, sin desatender jamás al poder de lo sonoro como herramienta de extrañamiento. Del mismo modo en que un grupo vandaliza el trabajo de sus rivales, deformando las letras de sus pintadas hasta volverlas ilegibles e interrumpir así la transmisión del mensaje ajeno, ese desmenuzamiento lisérgico de la realidad que el director propone está lejos de ser un mero recurso estético y también puede ser leído como una reveladora clave política. Así, Cuerpo de letra expone y retrata el mundo de la política casi de manera cubista, deshaciéndolo en sus partes esenciales, entre las que no necesariamente se cuentan ni la convicción ni las ideas. La última escena, con Ezequiel dentro del cuarto oscuro, ilustra perfectamente ese defasaje entre lo que se dice (o se pinta) y lo que se piensa (o se vota).  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.