lunes, 20 de agosto de 2012

ENTREVISTA - Robin Wood, un gran pedazo de la historieta nacional

Para quienes hayan sido niños, y sobre todo varones, en los '60 y los '70, revistas como El Tony, D'artagnan, Intervalo, Nippur y varias más fueron las responsables de aportar todo un mundo de aventuras y fantasías. Eran las que ocupaban más lugar en los puestos de diarios, aquellas cuyas tapas se repetían en los trenes, subtes y colectivos de toda la Argentina, las que parecían leer todos en todas partes. Publicadas por la editorial Columba, esas revistas se volvieron un marco de referencia muy importante de la cultura popular y se puede calificar a sus historietas como la literatura de los pobres, aunque sus lectores excedieran el límite social de las clases. En esas revistas comenzó a publicar, a mediados de la década del sesenta, un jovencito que había llegado a Buenos Aires desde el Paraguay para estudiar Bellas Artes. Hijo de una familia de origen australiano, Robin Wood quería ser dibujante y escritor, pero el destino, siempre imprevisible, lo convirtió en guionista de historietas, tal vez el más leído de la historia del género en la Argentina (aunque eso, claro, es muy difícil de medir y comprobar).
Creador de clásicos como Or-Grund, Gilgamesh el inmortal, Dennis Martin, Mi novia y yo, Dago, Savarese y, sobre todo, Nippur de Lagash, los personajes de R. Wood revolucionaron las publicaciones de Columba, multiplicando sus ventas de manera notable. Lector apasionado, amante de los viajes y la aventura, Wood dejó las fábricas y los obrajes en los que había trabajado hasta entonces, para dedicarse a escribir sobre mundos imaginarios y fantasías históricas, llevando a la historieta argentina a un pico de popularidad. "Quería ser dibujante y lo intenté, hasta que en Bellas Artes me dijeron que si quería hacer algo por el arte, entonces dejara de dibujar. Años después vi mis dibujos y reconozco que tenían razón: eran un horror." Así relata Wood el momento previo a que su vida cambiara para siempre, un cambio que por supuesto no tenía forma de anticipar.

–¿Cómo terminó de guionista?
–Siempre ocurren cosas en la vida y de repente te encontrás con que se abren caminos. Fue el accidente casual de conocer a Luis Olivera en Bellas Artes, que era un dibujante genial, pero que se dedicaba a las historietas. En aquel momento (mediados de los '60) él estaba muy enculado porque decía que los guiones que le daban para dibujar eran una porquería y que no quería seguir con eso. Él sabía que yo había ganado dos premios literarios. Uno a los 16 o 18 años, y otro a los 24, en Paraguay.
–¿Eran cuentos o novelas?
–El primero eran cuentos. El otro, un análisis de la historia y cultura de Francia. Después de esos concursos me vine a Buenos Aires. Trabajaba en fábricas y estudiaba en Bellas Artes. Y ahí Luis me pide que le escriba algunos guiones y me enseñó cómo hacerlos. Yo los hice y después me olvidé del asunto, hasta que me llamaron de la editorial para decirme que querían comprar todo lo que escribiera. Ese día comí.
–Por lo que cuenta, empezó escribiendo literatura pero, ¿era fanático de la historieta o ese mundo le llega recién a través de Olivera?
–Desde muy chico siempre leí todo. Tenía una compulsión que en la escuela hacía que mis maestros me detestaran, porque de algunos temas, como historia o geografía, yo sabía más que ellos. Pero en el mundo de la historieta entré por necesidad y descubrí que era bueno en eso. Podría haber pasado el resto de mi vida en la fábrica y ahí era un tipo raro, porque me leía dos o tres libros por semana.
–Usted comenzó como guionista en una época en la cual la historieta era un género muy fuerte y popular en la Argentina.
–Muchísimo. Imaginate que cuando recibí la propuesta de la editorial, fui a la fábrica y les dije que me iba. Había pasado diez años trabajando en fábricas, sólo con los domingos libres. Y ahora quería ir a ver esos países sobre los cuales había leído tanto. Con la editorial llegamos a un acuerdo, en el que yo mandaba los guiones por correo y ellos me giraban el dinero a dónde yo estuviera en ese momento. Así me pasé muchos años.
–Por entonces la historieta estaba muy fuera del canon cultural, y al mismo tiempo se fue convirtiendo en la lectura de la gente que viajaba en el tren o el colectivo, la lectura del pueblo.
–Sí: era la historieta justicialista, como dijo una vez un gran escritor amigo. Era la historieta peronista. La leían todos, hasta la burguesía. Y después creció todavía más. Se vendían un millón de revistas por mes, imaginate lo que era eso. Y cada ejemplar de una revista de historietas, según estudios, es leído por seis o siete personas. Imaginate seis millones de lectores.
–Acaba de decir que viajó mucho. ¿Qué intereses motivaban esos viajes?
–Muchos. En uno de mis viajes me fui por tierra de Buenos Aires hasta México. No por avión, porque los detesto, sino usando ómnibus o trenes. Y ese viaje lo hice después de leer los Diarios de motocicleta del Che. También crucé el Negev, el desierto de Israel. Pensé: "Si lo hizo Moisés, ¿por qué no lo voy a hacer yo?”
–Se puede decir entonces que usted caminaba delante de todos esos personajes suyos, que también eran errantes incansables que recorrían caminos épicos.
–Mis personajes me seguían, sí. Pero no todos. Nippur sí, porque él te cruzaba el desierto, llegaba, se tomaba su vino y esperaba que alguien pidiera socorro. Pero Dennis Martin no se iba a mover de su departamento en París y ni de su vodka por nada. Cada uno tenía lo suyo.
–Esta llegada un poco azarosa que usted tiene al mundo de la historieta, ¿siente que interrumpió algún otro camino con el que usted soñaba?
–Es que no tenía ningún camino con el que soñar: tenía que sobrevivir. Muchos intelectuales han detestado mi trabajo, por aquello del arte mayor y el arte menor, y me buscaban. Un día alguien me dijo que había que "enseñarle a pensar a la gente". Y yo le respondí que esa era una idiotez, porque la gente sabe pensar, que hasta el último idiota de pueblo piensa. Y le dije: "Lo que vos querés no es que la gente piense, sino que piense como vos." Y eso no es lo mismo. Discusiones como esa he tenido muchas. Muchas. Otro me dijo que yo era un enemigo de la clase obrera. Yo le pregunte: "¿Vos te vestís bien, estás bien alimentadito y vas a la universidad?" Sí, me respondió. "¿Y vivís con mamá y papá?" "¿Qué tiene que ver eso?", me preguntó. "Que vos no tenés que trabajar, ni preocuparte por ropa, comida, ni por nada más que tus estudios y por ser un aliado de un pueblo del cual no sabés un carajo. Mucho menos de la clase obrera." Yo trabajé diez años en los obrajes del Alto Paraná y en el desierto del Chaco.
–¿Por qué se desprecia la ficción como entretenimiento cuando está dirigida a las clases populares?
–Honestamente, no lo sé. Yo nunca pierdo tiempo juzgando grupos. Para mí los grupos son un misterio. ¿Por qué estos vociferan aquí contra aquellos, que vociferan allá? ¿Por qué se enloquecen? Yo soy yo, nada más. Mi política empieza con lo que veo, toco y puedo palpar. No tengo política ni religión. Pero no soy ateo para joder a alguien, para enfrentarme a la Iglesia. El Vaticano me ha premiado por uno de mis trabajos [Se trata de "El Nazareno", uno de los episodios de su personaje Gilgamesh, el inmortal]. Pero no ser religioso no es una decisión que tomo, simplemente no puedo creer. Cuando muera voy a poder decir si tenía razón o no.
–¿Ser ateo en su caso implica no creer en dioses en tanto personajes, o directamente en ninguna posibilidad de existencia de un ente creador?
–No, no creo en ninguna de esas posibilidades.
–Es curioso, siendo el suyo justamente un trabajo de creador.
–Es que mi creación se puede palpar, tocar. Y cada una lleva mi firma. Yo todavía no he visto la firma de nadie en este mudo de mierda que tenemos. Además, si así fuera, ¡por Dios, qué podría haber hecho un trabajo mejor! No debió crear al hombre.
–¿Usted es un humanista desencantado?
–No, desencantado no: me gusta la humanidad.
–Pero aun así tiene dudas.
–Ni siquiera son dudas, simplemente no creo y no me interesa el tema.
–¿Y su trabajo o su forma de pensar le han ganado enemigos?
–Tengo enemigos. He leído artículos sobre mí en los que se me acusa de cipayista o nazi, me tildaron de sionista, de anarquista. Cada vez que me tildan de alguna cosa, voy a leer y estudio para ver de qué se trata, y siempre quedo confuso. Además, no soy persona de andar litigando y discutiendo o desafiando. Yo soy yo, tengo mi vida.
–¿Y qué siente por haber formado parte de la infancia y la vida de tanta gente a la que ha llegado con sus fantasías?
–A veces a las ferias y presentaciones vienen padres con sus hijos, a quienes les han enseñado a leer con las historietas. Y eso me gusta, sin que se me suba nada a la cabeza. Me gusta escribir y me gusta ser leído: escribir es mi oficio y ser leído, mi meta. Me gusta la idea de haber ayudado a hecerle la vida un poco más feliz a alguien.
Recordando a Oesterheld, el más grande de todos

–¿Hay algún colega a quien admire mucho?
–Por supuesto. Sobre todo a Oesterheld y Zappietro.
–¿Qué le gusta de sus trabajos?
–De Oesterheld que fue un verdadero innovador. Su historieta era muy humana, totalmente diferente de la que se hacía en su época. Creó para la historieta al hombre de todos los días, personajes humanos y no superhéroes. Fue el más grande de todos. Cuando empezó a escribir lo suyo, la historieta acá era como en los Estados Unidos: petrificada. Y Oesterheld imaginó una nueva historieta, que se parecía a la vida de cualquiera. Fue grandioso. Y Zappietro supo captar la vida del lumpen, del bajo fondo, de la delincuencia, con un héroe como Zero Galván, atormentado por problemas humanos. Esa innovación cambió todo.
–¿Es inevitable que la obra propia sea capaz de decir más allá de lo evidente, e incluso más allá de uno, como en caso de Oesterheld y El Eternauta?
–Un creador muchas veces hace cosas magníficas, pero de repente aparecen grupos que siempre buscan detrás. Cuando Emile Zola escribió el J’acuse (Yo acuso) por el caso Dreyfuss, se lo querían comer vivo, todo por defender a un judío. El público lo quería linchar por haber escrito que se sabía que Dreyfuss era inocente. Esa es la horda: los que marchan con antorchas detrás de Hitler…
–Martín Caparrós ha encontrado referencias a lo que pasaba aquí durante la dictadura, en algunos episodios de Nippur de esa época.
–Uno no es consciente de eso, pero es inevitable. Hay cosas que te impactan, que te afectan, ante las cuales te rebelás. Podés decir que no tenés nada que ver, pero tiene que afectarte. Tiene que dolerte. Si no sos un espantapájaros plantado en una huerta humana. Y el hombre, esa criatura estúpida, ignorante y cruel, sigue siendo tu hermano. No vas a justificar todo, pero al menos te tiene que afectar.
–Usted estuvo en la Argentina durante la dictadura. ¿Cómo era trabajar en aquel momento?
–Jodido. Tenía un amigo que era oficial retirado. Una vez lo fueron a ver sus colegas para preguntarle si yo era judío. Él les dijo que era católico, que no lo soy, pero fue lo único que se le ocurrió. Le pidieron que me dijera que me calmara, porque había escrito una historieta sobre David y Goliat, vista desde el lado de Goliat, y otra sobre el rey Salomón. Yo admiro, estoy orgulloso y escribí mucho sobre la cultura judía, y eso puso mi vida en peligro. A Oesterheld y a sus cuatro hijas los mataron. Todos desaparecidos. ¿Qué hizo Oesterheld? ¿Si no escribió en contra de nada, si sus personajes eran el lumpen, un indio? Pero era humano, y en aquel momento ser humano estaba prohibido.

jueves, 16 de agosto de 2012

CINE - Buenas noches, España, de Raya Martin: La narrativa lúcida


Desde ayer, el Complejo Teatral de Buenos Aires y la Fundación Cinemateca Argentina albergarán, en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín, el estreno de Buenas noches, España, el largometraje más reciente del realizador filipino Raya Martin, que tuvo una exitosa premier internacional en la edición 2011 del festival de cine de Locarno, en Suiza. La película está articulada en cinco episodios independientes que desarrollan cuatro temas: una historia de amor; el colonialismo de los españoles en Filipinas; los viajes, que tanto incluyen los geográficos como astrales o lisérgico; y el metacine. En otra vida, una pareja de españoles se droga y se teletransporta a través de su aparato de televisión. Un joven con problemas viaja por el campo y conoce a una mujer perdida. Durante el viaje, descubren un museo que alberga las pinturas del artista expatriado filipino más importante de la revolución. Finalmente, la pareja española desaparece.
Raya Martin, es uno de los directores más prestigiosos e innovadores de su generación. A pesar de su juventud –nació en Manila en el año 1984- Martin ya cuenta con una importante filmografía, no sólo por cantidad sino por la calidad demostrada en cada uno de sus trabajos. A pesar de las diferencias entre ellos, tanto en lo estético y lo formal como en los universos narrativos que recorren, puede adivinarse cierta familiaridad entre su obra y la de otros directores como el tailandés Apichatpong Weerasethakul o el argentino Lisandro Alonso. En principio, los tres son hijos dilectos del Festival de Cannes, el más importante del mundo, en cuyo ámbito los tres participaron casi con la totalidad de sus películas, llegando el tailandés a ganar la codiciada Palma de Oro en 2010, con la celebrada El hombre que podía recordar sus vidas pasadas. Más allá de ese detalle -que no es menor, en tanto Cannes supone en líneas generales una idea y una forma muy puntual de interpretar la estética y el lenguaje cinematográfico-, las películas de Martin, Weerasethakul y Alonso comparten una mirada extraña de la realidad, que siempre aparece desbordada. En el caso de Alonso, ese desborde obedece a un realismo tan abrumador (ver La libertad, Los muertos y Liverpool) que inevitablemente acaba invadido de ficción por simple contigüidad, por aquello de que los extremos se tocan. Aunque el procedimiento no resulta nunca una operación sencilla de realizar con éxito, el director argentino ha demostrado su capacidad para convencer al espectador de lo contrario. Más afines todavía resultan los trabajos del director tailandés y los de Martin (como así también Fantasma, tercera película de Alonso), en las que esa contaminación entre lo real y lo ficticio opera de un modo más evidente, directamente en la pantalla. Para ello los directores suelen echar mano de recursos que también parecen opuestos, pero que insertados en los universos cinematográficos que ellos crean, acaban siendo en realidad complementarios, como las mitologías de sus pueblos y la tecnología. Si en El hombre que podía recordar sus vidas pasadas podían convivir en perfecta armonía los espíritus ancestrales con monjes que miran televisión en un cuartucho de hotel, Buenas noches, España opera una combinación similar, en la que los vestigios de la colonización española se cruzan literalmente con teletransportaciones deudoras de lo alucinógeno y la psicodelia. Trabajos que se proponen a la vez como un placer y un desafío para los espectadores que decidan aceptar el reto.
En 2010, la Sala Leopoldo Lugones realizó una retrospectiva completa de la obra de Raya Martin y estrenó su film Independencia. Con este nuevo estreno, la prestigiosa sala del Teatro San Martín continúa difundiendo la filmografía de este joven realizador, autor de una de las obras más radicales y sugerentes del cine contemporáneo.


Buenas noches, España
se proyecta en la sala Lugones (Corrientes 1530) en 15 únicas funciones, del martes 14 al miércoles 29 de agosto, a las 22 horas.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

CINE - Los Indestructibles 2 (The Expendables 2), de Simon West: El gusto de cagarse a palos

Había una vez un mundo partido en mitades apenas separadas entre sí por una pared enorme construida de ladrillos y prejuicios. Como si de reinos enfrentados se tratara (o imperios, que es lo mismo), los habitantes de cada una le temían a los de la mitad opuesta, como se le teme a los monstruos por la noche o a los mimos en las calles de París, y no deseaban más que la destrucción definitiva de los otros. Contaban historias espantosas sobre sus vecinos y para protegerse de las fantasías que ellos mismos inventaban, a uno y otro lado acumularon poderosos arsenales. Como en uno de esos imperios el cine también era un arma –aun lo es, y muy poderosa por cierto-, muchas de esas ficciones en las que confluían tantos temores, terminaron convertidas en película. Rambo, Comando, Desaparecido en acción o Duro de matar son algunas, las más famosas, cuyo denominador común es un miedo patológico por el otro. El tiempo pasó, la historia -a la que hasta se llegó a dar por muerta- cambió, y de esa época sobrevive como pieza de museo la épica ultra violenta de aquellas fantasías de supremacía bélica en un mundo bipolar. En esas aguas abreva la segunda entrega de Los Indestructibles, la nueva franquicia cinematográfica liderada por el legendario Sylvester Stallone, que remeda esa estética, desmedida por defecto. La utilización del verbo remedar no es gratuita.
Los indestructibles son un grupo de mercenarios que ponen sus balas al servicio de quien los contrate. Primer indicio de que en el mundo actual ya no se divide en mitades y que pone en evidencia que el mono siempre bailó por la plata. Luego de que uno de los miembros de la pandilla sea asesinado durante una misión, estos mercenarios se olvidarán del negocio para devolver la dignidad al compañero caído. Segunda indicio: sin dejar de ser una de guerra, esta es también una película sobe honor y amistad, porque en el fondo Los Indestructibles no son más que un grupo de amigos haciendo lo que les gusta (aunque lo que les gusta sea matarse a tiros). En el camino tendrán la posibilidad de salvar a una aldea sometida por una banda de mercenarios menos escrupulosos, en algún lugar de Europa Oriental. La situación dará pie a uno de los mejores momentos de la película. Cuando una mujer del pueblo les pregunta quiénes son, Stallone responde: “Somos americanos”, con el chauvinismo con que este tipo de personajes podía pronunciar en serio una frase así 25 años atrás. Pero cuando Jason Statham, reconocido actor británico, pregunta “¿Sí? ¡Desde cuándo!”, se vuelve evidente que estos tipos se están riendo de sí mismos. Y con ganas.
Si el cine bélico de los 80 poseía cierta impronta fascista, no es menos cierto que también había algo de naif en héroes como John Rambo, cuyas pequeñas vulnerabilidades lo volvían menos humano, pero también un poco ridículo (basta recordar la escena en la que el súper soldado se cosía -y cocía con pólvora- sus propias heridas). Un perfil que todavía conservaba levemente la primera de Los Indestructibles, pero que en esta parte dos da paso a un desborde lúdico que se mete de lleno en la parodia. El cine de Stallone puede ser muchas veces algo burdo, aunque también ha dado muestras de inteligencia y esta película es una prueba de eso. Reunir en una misma película a las vacas sagradas del cine de acción de los 80, junto a los más importantes de la actualidad, y pretender que de eso podía salir algo serio, hubiera sido imperdonable. Si de algo adolece Los Indestructibles 2 es de cualquier pretensión de seriedad. No vale la pena contar demasiado, para no arruinar las gracias que se guarda la trama, siempre puesta al servicio casi exclusivo de las situaciones, casi como en las películas de los hermanos Abrahams (La pistola desnuda). Pero la primera aparición de Chuck Norris es una muestra cabal del sentido del humor paródico sobre el que se ha montado el film. Lo mismo que los diálogos entre los personajes de Stallone, Schwarzenegger y Bruce Willis en el tiroteo final, intercalando e intercambiando las frases más famosas de sus personajes clásicos. Pero no sólo de parodia vive Los Indestructibles. Se sabe de sobra que un villano débil o mal compuesto es capaz de arruinar hasta una obra maestra. Por cierto que Los Indestructibles no lo es, pero Jean-Claude Van Damme consigue hacer de su Jean Vilain un atractivo hijo de puta. Él es la frutilla de un postre cuya receta incluye mucho humor autoconsciente, personajes y diálogos cargados de referencias, y hectolitros de sangre falsa, para cocinar una película impensadamente cinéfila, no apta para espíritus sensibles.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Tiempo Argentino.

lunes, 13 de agosto de 2012

CINE - "La Educación Prohibida", de Germán Doin: Cine libre para una educación libre

Sin dudas algo cambió en el mundo del cine. Los beneficios de las nuevas tecnologías derivados de la aplicación de lo digital en todos los pasos de la realización de una película, desde el rodaje con cámaras que casi cualquiera puede tener en su casa, hasta el montaje realizado con programas gratuitos que se obtienen muy fácil de la web, han puesto al cine al alcance de quién lo desee. Así, quienes tengan ganas pueden calzarse la boina de director para gritar ¡acción!, y empezar a convertirse en los Leonardo Favio o Armando Bo del futuro. Entonces es posible decir que con la llegada del siglo XXI, la filosofía Punk del “cualquiera puede hacerlo” finalmente también es aplicable al cine.
Por otra parte, la aparición de las licencias Copyleft, una forma de registro de derechos libres, que a diferencia del Copyright permite compartir las creaciones y la propiedad intelectual de forma gratuita, ha permitido ampliar y facilitar una cantidad de espacios para la difusión y el intercambio de materiales que, si se dependiera del sistema de exhibición en salas de proyección, no tendrían forma de llegar a ningún público. Pero las cosas cambian muy rápido y este tipo de contenidos ya no se limitan al transito virtual, sino que están consiguiendo pasar de nuevo a la proyección tradicional con la aparición de espacios alternativos, en un paradójico ejemplo de retroalimentación. Si hasta existen festivales del cine, como el Festival Creative Commons, que se realiza en diferentes lugares del mundo y que el año pasado tuvo su primera edición en Buenos Aires, cuyas programaciones se encuentran completamente integradas por material de este tipo.
Un buen ejemplo de hasta dónde se puede llegar a partir de estos nuevos escenarios que se plantean en el universo del cine, es la película argentina La educación prohibida, un documental que se sumerge en las aguas de los sistemas de educación alternativos o marginales. Se trata de una película libre realizada de forma independiente, que se estrena hoy de manera simultánea a través de Internet, en el sitio
educacionprohibida.org.ar, y con la realización de varias decenas de
proyecciones en todo el mundo. Pero estas no son las únicas novedades interesantes que aporta La educación prohibida. Se trata además de la primera producción argentina financiada y terminada bajo el sistema conocido como crowdfunding, que consiste en la apertura de una convocatoria pública, generalmente lanzada a través de la red, en la que cualquiera puede convertirse en uno de los productores de la película, aportando a la causa el dinero que quiera o pueda ofrecer. Una especie de colecta a gran escala, en la que se solicita la siempre necesaria y bienvenida “ayudita de los amigos”, que permite y alienta su copia y reproducción. De este modo, La educación prohibida ha conseguido reunir más de 60 mil dólares en el lapso de un año y medio, con un total de 704 coproductores participando del proyecto. Como decía aquel viejo programa de televisión en los años ’80: Increíble, pero real.
El proyecto comenzó con una investigación personal de Germán Doin, su director, cuyo objetivo es cuestionar las lógicas de la escolarización moderna y la forma de entender la educación, visibilizando experiencias educativas diferentes y no convencionales que plantean la necesidad de un nuevo paradigma educativo. Realizada a partir de una investigación que cubre 8 países y entrevistas a más de 90 educadores de propuestas educativas alternativas, la película se propone alimentar y disparar un debate social acerca de las bases que sostienen la escuela, promoviendo el desarrollo de una educación integral centrada en el amor, el respeto, la libertad y el aprendizaje. La institución escolar nació, entre otras cosas, de la necesidad de las burguesías industrializadas de generar mano de obra instruida y capacitada para la realización de las nuevas tareas que demandaba la Revolución Industrial. Tras 200 años de existencia, la escuela aun es considerada la principal forma de acceso a la educación. Pero hoy en día escuela y educación son conceptos ampliamente discutidos, por estar cimentados en estructuras y prácticas que se consideran mayormente obsoletas y anacrónicas.
De esas reflexiones críticas han surgido, a lo largo de los años, propuestas y prácticas que pensaron y piensan la educación de una forma diferente. La Educación Prohibida se propone recuperar muchas de ellas, explorar sus ideas y visibilizar aquellas experiencias que se han atrevido a cambiar las estructuras del modelo educativo de la escuela tradicional. Desde la Educación Popular del psicopedagogo brasilero Paulo Freire o la Pedagogía Logosófica pensada por el argentino González Pecotche, hasta la Waldorf de Rudolf Steiner, la Pedagogía Sistémica, o los métodos diseñados por diferentes pensadores de la educación, como María Montessori o William Killpatrick, son muchas las tendencias dentro del mundo de la enseñanza que se proponen como alternativas al sistema tradicional de escolarización. Ese es el mundo que viene a explorar en profundidad este documental, a partir sobre todo de una extensa lista de investigadores entrevistados, para dar cuenta de la necesidad latente del crecimiento y surgimiento de nuevas formas de educación. La Educación Prohibida intenta justamente aclarar la habitual confusión que opera entre los conceptos de educación y escolarización, en busca de asentar la idea de que la escuela no necesariamente asegura una educación, del mismo modo en que a la educación no sólo se accede desde la escuela. Una discusión apasionante de la que es importante participar.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 12 de agosto de 2012

LA COLUMNA TORCIDA - Espacio vacío


Era una persona normal. Es decir: tenía padres, amigos, problemas que resolver, un trabajo que le interesaba poco y algunos deseos inconfesables. Igual que cualquiera. Un día, como cada mañana se busco en el espejo después de lavarse la cara, para ver si le daban o no ganas de afeitarse, pero no encontró nada. La perplejidad le duró poco, porque enseguida llegó el horror: el espejo estaba vacío y él ahí, parado justo delante, se preguntó en qué momento lo habría mordido un vampiro. Asomando como un inmenso témpano, el humor le trajo algo de calma aunque no le devolvió su reflejo. Todavía asustado abrió el mueblecito, pero dentro no encontró ningún portal hacia dimensiones paralelas ni mundos aun por descubrir, sino lo mismo de siempre: algodón, desodorante en aerosol, el tubo sin tapa de pasta dental. Cerró la puertita y el espejo ahí, vacío. Sin embargo esa no era la palabra más adecuada para el caso porque, si bien él (su reflejo) seguía sin aparecer por ninguna parte, es cierto que podía ver la imagen de todo lo que en ese momento tenía detrás. El miedo cada vez más difuso acabó por desvanecerse en la curiosidad: mirar por el espejo era como mirar para atrás sin darse vuelta. De espaldas y a través de la puerta abierta del baño podía observar su habitación, la ropa amontonada sobre una silla, los discos y los libros construyendo columnas siempre a punto de caer, la cama desecha. Y sobre ella una mujer apenas tapada por una sábana que debía oler muy bien. (No es obligación de los espejos duplicar los olores.)
Entonces, más tranquilo, sonrió, aun cuando no podía confirmar que sus labios hicieran realmente lo que él creía porque el espejo se negaba a dar pruebas fehacientes de ello, pero aun así sonrió y en ese gesto había algo de vergüenza. Se le ocurrió que tal vez el amor consiste en eso: desaparecer, olvidarse de uno mismo. Dejar de verse en un espejo que sólo refleja aquello que se ama y desea. Contento con ese pensamiento se quedó un rato así, de espaldas, viéndola dormir. Pasó mucho sin poder afeitarse, pero eso fue hace tiempo: ahora lo hace sin ningún problema, aunque extraña andar de barba.
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Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.