La filial argentina de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica entregó ayer por la noche sus premios a lo mejor del cine exhibido en el país durante 2011. Divididos entre los filmes nacionales y los extranjeros, los ganadores resultaron El estudiante, exitoso y polémico trabajo de Santiago Mitre, y el film portugués Morir como un hombre, de João Pedro Rodrigues.
Por su parte, la película Los labios, dirigida por el tándem integrado por Santiago Loza e Iván Fund, obtuvo una mención dentro de las candidatas locales, honor que entre las nominadas en el rubro internacional compartieron la rumana Aquel Martes después de Navidad, de Radu Muntean, y El hombre que podía recordar sus vidas pasadas, del tailandés Apitchapong Weerasethakul.
La filial Argentina de FIPRESCI está integrada por los críticos Diego Batlle, Horacio Bernades, Diego Brodersen, Gustavo J. Castagna, Juan Pablo Cinelli, Flavia de la Fuente, Leonardo M. D'Esposito, Paula Félix-Didier, Juan Manuel Domínguez, Hernán Ferreirós, Mariano Kairuz, Roger Alan Koza, Diego Lerer, Leandro Listorti, Fernando López, Luciano Monteagudo, Gustavo Noriega, Paulo Pécora, Miguel Peirotti, Martín Pérez, Javier Porta Fouz, Quintín, Eduardo A. Russo, Hugo Salas, Josefina Sartora, Pablo O. Scholz, Pablo Suárez, Diego Trerotola y Sergio Wolf.
Muchas veces suelen confundirse los conceptos de lo popular y lo masivo, por lo general para hacer pasar por uno lo que apenas es lo otro. Mientras que lo masivo no es más que un valor estadístico que indica un determinado nivel de consumo (uno muy alto, claro), lo popular es aquello que los pueblos hacen propio por cultura, tradición o afecto. Ninguna de estas categorías incluye de facto a la otra y tanto pueden cumplirse de manera independiente como simultanea. El caso de Diego Capusotto es paradigmático. Su programa de televisión (Peter Capusotto y sus videos) se ha convertido en un auténtico fenómeno popular, al punto de exceder el formato original para multiplicar su éxito a través de redes sociales, libros y ediciones en DVD. Y sus personajes no sólo se han vuelto recurrentes en charlas cotidianas, sino que han propiciado la aparición de ensayos como La sonrisa de mamá es como la de Perón, donde varios intelectuales (Horacio González o María Pía López entre ellos) utilizan estas creaciones para proponer algunas interpretaciones de la realidad y la historia en tiempo presente. Por su parte, la condición masiva puede comprobarse antes en el carácter viral de la circulación de su trabajo a través de internet o la piratería, que en las cuestionables mediciones del rating televisivo. Sin dudas el estreno de la película Peter Capusotto y sus 3 dimensiones suma un nuevo elemento a estas cuestiones y alimenta una bien ganada reputación.
En principio la premisa es sencilla: trasladar a estos personajes de la pantalla chica a la grande, intentando replicar su espíritu anárquico y subversivo dentro de una narración cinematográfica. La apuesta requería de un trabajo nada sencillo de adaptación, ya que la sucesión de sketchs, tan propia del formato televisivo, no necesariamente deviene en una película. La excusa para hilvanar las diferentes situaciones es el relato realizado por Violencia Rivas, uno de los personajes icónicos de la factoría integrada por Diego Capusotto junto a su guionista y director Pedro Saborido, quien con la excusa de escribir una carta a sus hijas, comenzará a lanzar sus diatribas contra el mundo del entretenimiento. Empezando por el cine en 3D, artilugio comercial del que también se supone intenta servirse la propia película. A partir de allí y como ocurre con el programa que le da origen, el relato intercalará una serie de situaciones protagonizadas por personajes también clásicos como Bombita Rodríguez, el Palito Ortega montonero; el cantante de pop nazi Micky Vainilla; o Jesús de Laferrere, el mesías rolinga del conurbano. Y también algunas oportunas creaciones nuevas, como el Jefe de Gobierno de ciudad del Orto, evidente alter ego de Mauricio Macri.
Claro que no todo lo que se proyecta en una pantalla panorámica es cine sólo por eso. De hecho, Peter Capusotto y sus 3 dimensiones sigue estando mucho más cerca de ser televisión magnificada y en eso se parece a títulos como los que integran la saga Jackass, con quienes comparte ese carácter fragmentado. Sin embargo eso no alcanza para ocultar el hecho de que esta creación conjunta de Capusotto y Saborido contiene verdaderas joyas de la comedia argentina, que representan los puntos más altos del género realizado en el país en muchísimo tiempo. Todo el segmento de Bombita Rodríguez, con una excelente versión digital del general Perón y la idea de exportar el peronismo a los Estados Unidos, es sencillamente magistral. No sólo por lo que tiene de cómico sino por la relectura en clave grotesca de algunos de los episodios más traumáticos de la historia reciente. “La del absurdo y el grotesco son dos poderosas tradiciones de la vida cultural argentina”, señala Claudio Rinesi en el prólogo de La sonrisa de mamá es como la de Perón, libro recién mencionado, y con eso no hace otra cosa que colocar al trabajo de Capusotto en una línea histórica que lo liga al trabajo de, por ejemplo, Armando Discépolo. Un mérito real y nada menor.
Pero así como otros de sus microrelatos mantienen este gran nivel de humor (el de los tres amigos del chat; el “spot” de las pastas de mamá, o algunas intervenciones de los mencionados Micky Vainilla y Violencia Rivas), otros aportan poca sustancia. El largo episodio de Jesús de Laferrere o la secuencia del roquero Pomelo nunca explotan y en el caso de este último, cuya aparición se realiza sobre los títulos finales, se parece mucho a una despedida para un personaje posiblemente agotado. Puesto todo en la balanza, no caben dudas: lo bueno, por muy bueno, bien vale el efecto colateral de los momentos menos logrados del trabajo de dos hombres que supieron entender al humor como un vehículo para la expresión popular.Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
Durante el período victoriano, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, surgió dentro de la literatura una generación de escritores que a pesar de sus diferentes nacionalidades y raíces estéticas, compartieron un carácter marcadamente humorístico en el desarrollo de sus obras. Escritores como Arkady Averchenko en Rusia, Allphonse Allais en Francia, Ambrose Bierce o Mark Twain en los Estados Unidos, o autores de la talla de Oscar Wilde, Bernard Shaw, Saki o Chesterton en las isla británicas, desarrollaron una literatura que, a veces de manera despreocupada, a veces comprometida, contaba con el humor como elemento común. Un humor irónico, ácido y burlón que en todos ellos ha servido de elemento conductor para retratar de manera certera y generalmente cruel, las frívolas costumbres de aquella época. O´Henry, seudónimo de William Sydney Porter, comparte con ellos este rasgo. Nacido en 1862, O´Henry es un prócer de la literatura de los Estados Unidos. Es considerado además, junto con Edgar Allan Poe, uno de los padres del cuento de aquel país y precursor directo de otros notables cuentistas norteamericanos del siglo XX, como William Faulkner, Jerome Salinger o Raymond Carver. Los cuatro millones es una de las más famosas recopilaciones de sus mejores cuentos. Ya desde el título, este libro aporta algunos indicios acerca de la literatura de O´Henry: es que aquellos cuatro millones son los habitantes de la ciudad de Nueva York, a finales del siglo XIX. Y es en ese terreno, el de los albores de las grandes ciudades modernas -principalmente esa Nueva York- y el de las nacientes masas de población urbana, en donde O´Henry cosecha sus personajes y sus historias.Dueño de un humor corrosivo y cargado de ironía, sus relatos se caracterizan por los finales con giros inesperados, que gustan tomar al lector por sorpresa. A tal punto es suyo este recurso, que cuando algún otro escritor todavía lo utiliza, en los círculos literarios de los Estados Unidos es común hablar de un final "A la O´Henry". En el libro titulado La risa, el filósofo francés Henri Bergson afirmaba que precisamente la risa es una de las características esenciales del ser humano que lo distinguen del mundo animal. En consonancia con esta idea, Umberto Eco, reputado escritor y semiólogo italiano, habla de Homo Ludens (el hombre que juega) y de Homo Ridens (el hombre que ríe) en su libro Entre mentira e ironía, y afirma que el humor es una herramienta humana para conjurar los miedos, que en el fondo es siempre uno y único: el miedo a la muerte. De mucho de esto está conformada la obra de O´Henry. En el cuento El don de los magos, una joven pareja de esposos decide, cada uno por su cuenta y en secreto, hacer un gran sacrificio durante el día de Nochebuena en pos de la felicidad del otro, sin saber el destino acabará invalidando sus esfuerzos mutuamente. En los últimos párrafos del cuento, O´Henry se encarga de que lo dos secretos se revelen para volver a ambos protagonistas igualmente desencantados. Algo similar ocurre con los personajes del cuento Un sacrificio por amor. En otro de su cuentos, es un perro amarillo quien relata de modo sumario, con detalles y pormenores, las diferentes humillaciones cotidianas a las que es sometido por una mujer gorda, en su vida en un departamento de ciudad. Caricias sofocantes y exageradas, conversaciones absurdas, un moño en la cola y el denigrante nombre de Lovey (Amorcito), son algunas de las miserias que debe tolerar. Más humano que muchos, el perro sabe que no está sólo en su sufrimiento: el esmirriado marido de la señora gorda también está allí; lavando platos, escuchando su conversación infinita e imparable; otro animal de compañía que todavía no sabe que también es otra víctima. El Perro amarillo sueña con despertar a su amo a un nuevo estado de conciencia, en la que ambos, con una visión más clara de la realidad, puedan olvidar esa vida de sometimiento y, quien sabe, tal vez hasta conseguir un mejor nombre que Lovey.Así, el perro amarillo es uno más en la multitud urbana y proletaria de los personajes en las historias de O´Henry, que entre la comedia y la amargura, se revela con ingenio y humor frente a la realidad chata, y descubre que la dignidad puede encontrarse en un nombre tan verdadero como vulgar, como por ejemplo: Pete. Ingenio y Humor: las mismas herramientas con las que O´Henry, perro amarillo de la literatura, ha construido su obra.Artículo publicado originalmente en el portal electrónico Informe Reservado.
La noticia es seria: “La banda neoyorquina Velvet Underground inició acciones legales para evitar que la banana diseñada por Andy Warhol para ilustrar la portada de su primer álbum sea usada para productos de Apple, como fundas y mochilas para iPads y iPhones.” Eso es lo que dice el cable, la noticia fría. Sin embargo hay detalles que no pueden dejar de comentarse y preguntas que deben ser hechas. En caliente.
En primer lugar, ¿por qué Apple Inc., que es la empresa fundada por Steve Jobs y cuyo logotipo es una manzanita multicolor, querría apoderarse de la Banana que Lou Reed y los suyos reclaman en exclusividad? Y luego, ¿qué tendrá la Banana de Warhol para ser tan preciada? Que la famosa ilustración venga acompañada con la frase “Pélala despacio y verás”, aporta más dudas que certezas.
Pero el propio Lou Reed tiene una explicación para todo este embrollo: él dice que la Banana de Warhol se encuentra tan identificada con ellos (la Velvet Underground), que de algún modo se ha vuelto parte de la banda. O la banda parte de ella, podría pensarse, aunque en los juegos de palabras, a diferencia de lo que ocurre en matemática, el orden de los factores puede alterar notablemente el producto.
Lo cierto es que Apple Inc. quiere adueñarse del plátano más famoso a como dé lugar, para vender más iPods, iPads y iChots. Con el agravante de que todo el asunto se haría con el consentimiento de la Fundación Warhol. La cosa se pone peor si se tiene en cuenta que la empresita de Jobs ya tiene antecedentes en eso de arrancarle frutas al árbol del vecino, sobre todo si el vecino es rockero. Basta recordar que Apple Corps. es la compañía discográfica fundada por los Beatles en 1968 para editar su propio material (cuyo logo era una manzanita verde), y que ambas Apples mantuvieron varios enfrentamientos legales a partir de esa “coincidencia” en los nombres e intereses de las empresas, que siempre acabaron con Jobs y su ejército de nerds con la cola entre las patas.
Es evidente que Apple Inc. tiene un problema con las frutas, aunque si se lo piensa mejor, lo que tiene es un problema con los límites. No hace falta decir que Apple y Jobs (igual que Bill Gates y Microsoft) han sido siempre fervorosos defensores de los derechos de autor, las regalías y el software de códigos cerrados, y que nunca han dudado en hacer valer tales potestades cuando es a su favor. Pero parece que cuando es al revés siempre acaban perdiendo el juicio.
Lo más notable es que este señor, Steve Jobs, se haya convertido de la noche a la mañana (aunque hay que aclarar que se trata de la noche a la mañana en que se murió, un dato no menor) en el nuevo gurú de la buena onda, apoyado en un discurso cargado de diatribas como “¡Hazlo!” “¡No te detengas!” “¡El mundo puede ser tuyo!”, más propias de Claudio María Domínguez que del hombre que no se privó de sacarle el jugo hasta al último de los tornillos de sus productos. Pero entonces, ¿está mal inventarse un currito y ser exitoso con él? Uno debería aquí responder que no, aunque no sin reservas. El problema es cuando uno, no conforme con ser exitoso vendiendo manzanas, pretende además echar mano de la Banana ajena.
Desde aquí nos solidarizamos con la causa de Lou Reed y los suyos, que es en definitiva la causa del rock, sin caer en la necedad de negar que de este lado también hay un negocio, pero que nos cae más simpático, porque nos hace sentir uno más y no uno menos. Por eso decimos: la Banana es nuestra y no se negocia. ¿O sí?
Columna publicada originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
Hacer reír no es cualquier cosa. Más aun, la risa es quizá la más humana de las cosas. Cualquiera sabe que hay más de una especie animal que llora, pero ninguna que realmente ría; bueno, tal vez los simios de algún documental sí puedan, aunque nunca sabremos si tales monos son reales o sólo se trata de una nueva changa de Andy Serkis. Ahora bien, el hecho de que sólo las personas tengamos el don de la risa es tan cierto como que no hace falta ser humano para hacer reír. Y hasta es posible que algunos paneles de goma espuma recubiertos de accesorios diversos, sean más efectivos a la hora de causar gracia que varios mamotretos de carne y hueso. Por eso, porque consigue hacer reír de forma legítima y franca, la película de Los Muppets es un regreso con gloria de la troupe de marionetas de esponja, creada por el titiritero Jim Henson en los años 70. Y aunque ese es un gran mérito, hay mucho más.
Siempre da miedo cuando el cine se propone un rescate de las características que tiene esta reaparición de los Muppets, porque no caben dudas de que lo más importante es el negocio que lo sostiene. No hace falta decir que cuando Disney compró la licencia de los personajes en 2004, todo lo demás era cuestión de tiempo. Con todas las desconfianzas que ello implica. Porque, con el cariño que se le puede tener al recuerdo de estos muñecos que alegraron tantas infancias y adolescencias, es sabido que Disney es tan capaz de las más luminosas genialidades como de los despropósitos más prescindibles, y el miedo de acabar odiando a René, Piggy y el oso Figaredo cruzó la imaginación de muchos. Por fortuna, se ha dicho, Disney ha conseguido en los últimos años trabajos exitosos que exceden el límite de lo meramente infantil. Basta recordar de manera nada gratuita esa magnífica comedia que es Encantada (2007), que confirmó a Amy Adams como gran comediante y Chica Disney. Como aquella, que con un notable timming se permitía hacer leña de los clichés de las películas de princesas, Los Muppets pertenece a esa familia en donde el sarcasmo y la auto conciencia paródica son los rasgos más destacados.
Que la historia sea sencilla en este caso no es un demérito: lo simple y bien contado es un logro tanto o más notable que otros, más complejos sólo en apariencia. Walter es un Muppet, pero forma parte de una familia común y ha crecido junto a su inseparable hermano Gary. Sin embargo decir que ha crecido es sólo eso, un decir: mientras Gary se ha convertido en un hombre atrapado en el enorme cuerpo del actor Jason Segel, él sigue siendo el mismo muñequito de siempre. Consciente de las diferencias, como si encontrara mayor familiaridad en el espacio ilusorio de la televisión que en su propia casa (aunque no hace falta ser muñeco para pasar por eso en la infancia), Walter se vuelve fanático de los Muppets. Por eso cuando Gary planea un viaje a Los Ángeles con su prometida Mary (sí: Amy Adams), no puede no invitar a su esponjoso hermano para que pueda conocer el hogar de sus héroes. Pero el tiempo ha pasado y el parque de los Muppets es casi un baldío. Perdido por perdido, Walter consigue entrar sin ser visto a la vieja oficina clausurada de la rana René… perdón: Kermit (por alguna razón, de seguro comercial, se ha prescindido del uso de los nombres locales de los personajes para privilegiar los originales: una decisión invasiva y arbitraria que le quita puntos a este regreso). Allí escucha una conversación que no debía ser oída. Un magnate petrolero (Chris Cooper, efectivo como siempre) acaba de comprar el predio con la excusa de repararlo, pero su verdadero propósito es explotar una veta de crudo hallada bajo las instalaciones. Apoyado por su hermano y su cuñada, Walter tratará de contactar a René (bueno: Kermit) para que vuelva a reunir al equipo y salvar el parque.
Llena de canciones y coreografías ingeniosas, que tanto explotan el recurso del absurdo como la complicidad con la platea, no sería raro encontrar alguna de ellas en la lista de nominadas a los Oscar. Otra virtud de Los Muppets reside en aprovechar la gran paleta de humores que siempre tuvieron sus personajes, de lo más infantil a lo descabellado. Mérito del guión imaginado por el propio Jason Segel en compañía de Nichollas Stoller. Pero más aun del propio Segel como protagonista; de la gran elección de Chris Cooper como villano, y de la notable Amy Adams, que ya merece ser mencionada como heredera del trono que hace años dejó vacante Julie Andrews. Por no hablar de los muñecos: la veleidosa Piggy; Animal, el baterista salvaje; el oso Fozzie (aka. Figaredo); los viejos malhumorados y, claro, Kermit la rana, a quien nadie debería dejar de llamar René.Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos y Cultura de Página/12.