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jueves, 2 de junio de 2022

CINE - "Jurassic World: Dominio", de Colin Trevorrow: Fin de fiesta para los dinosaurios

Cierre de la segunda trilogía basada en el universo creado por Steven Spielberg en 1993 con la revolucionaria Jurassic Park, la película que hizo “revivir” a los dinosaurios, marcando el triunfo de las imágenes generadas por computadora (CGI) en el cine, puede decirse que Jurassic World: Dominio es más de lo mismo. Ni nuevo ni mejor ni más grande, porque no hay en la saga nada que siquiera se haya acercado no solo al impacto que generó la primera película, sino tampoco a la extrordinaria precisión que aquella tenía en términos de relato cinematográfico. En Jurassic Park todo estaba perfecto: la historia, los protagonistas, los chicos, los villanos, la aventura, el humor y, claro, los dinosaurios. Pero habiendo visto el vaso medio vacío, también debe decirse que esta tercera parte de Jurassic World completa el círculo de modo digno, honrando ese legado.

Los protagonistas vuelven a ser el entrenador de dinosaurios Owen Grady y la científica ecologista Claire Dearing, quienes ahora enfrentan a una corporación que, bajo una fachada amigable, busca apoderarse de la tecnología genética usada para revivir dinosaurios para aplicarla a las industrias química y farmacéutica. Quienes hayan vistos cualquiera de los episodios anteriores sabrán que todo lo que pueda salir mal saldrá peor. Chris Pratt y Bryce Dallas Howard vuelven a cubrir sus respectivos roles con eficacia, esta vez acompañados por Laura Dern, Jeff Goldblum y Sam Neil, el recordado trío protagónico de Jurassic Park, que vuelven a reunirse 30 años después para que la despedida sea lo más parecido a una fiesta.

Si bien la película pone en escena un ecologismo for dummies, donde el gran villano es nada menos que una corporación que usa la manipulación genética no solo para obtener beneficios, sino para tiranizar el mercado, el asunto no se percibe como una mera pose, sino que se alinea con una mirada que ya estaba presente en el film original. Incluso el recurso se utiliza con humor, poniendo al frente de esta corporación a una especie de gurú tecnofriendly muy parecido al (excesivamente) venerado Steve Jobs. Y le permite a la película no apartarse de uno de sus ejes, que es la cuestión ética en torno al uso de los avances tecnológicos, que pone en veredas opuestas a lo humanitario y lo económico.

Jurassic World 3 maneja bien las escenas dinámicas, incluyendo una espectacular persecución callejera en La Valeta, capital de Malta, narrada a partir de un buen uso del montaje paralelo y que parece sacada de la saga Bourne. También alcanza picos de alta tensión sin necesidad de tanto despliegue, como la escena donde la protagonista huye de un depredador arrastrándose por la selva. Sin embargo, producto típico del siglo XXI, muchos de estos recursos hacen que la película se pierda en el cúmulo homogéneo de las producciones de gran presupuesto, que, como los dinosaurios de Spielberg, parecen haber sido clonadas más que filmadas. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 20 de agosto de 2021

CINE - "El espía inglés" (The Courier), de Dominic Cooke: Spielberg y el juego de las diferencias

Los puntos de contacto entre El espía inglés, del británico Dominic Cooke, y Puente de espías (2015), de Steven Spielberg, no son pocos. Hasta podrían verse en paralelo, en tanto los hechos reales que recrean ocurrieron al mismo tiempo, entre los años 1960 y 1962 (aunque en la más reciente el desenlace se extiende hasta 1964). Las dos narran historias de espionaje durante el momento más tenso de la Guerra Fría, en las que los protagonistas no pertenecen al mundo de la inteligencia. La de Spielberg rescata el rol del abogado James B. Donnovan tras la captura en suelo estadounidense del espía soviético Rudolph Abel y su posterior intercambio por el piloto Francis Gary Powers, capturado luego de que su avión de vigilancia U-2 fuera derribado en territorio ruso. Por su parte, la de Cooke reconstruye la historia de Greville Wynne, un hombre de negocios elegido por la agencia británica MI6 para establecer contacto con Oleg Penkovsky, alto funcionario del Kremlin que filtró información vital durante la famosa Crisis de los Misiles que puso al mundo al borde del colapso nuclear.

Y si en Puente de espías el trabajo de Tom Hanks era fundamental para darle credibilidad a ese abogado que de golpe se veía envuelto en una trama propia de una novela de Graham Greene, en El espía inglés no es menos importante la labor dramática de Benedict Cumberbach, uno de los actores más camaleónicos del cine contemporáneo. Su composición de Wynne transmite de forma muy verosímil la transformación que atraviesa el personaje, yendo de su inexperiencia y temores iniciales, a la fidelidad con la que sobre el final se abraza no solo a la tarea encomendada, sino a la amistad que inevitablemente surge entre él y Penkovsky.

Aunque Cooke no se aparta del imaginario que rodea a la Guerra Fría, asumiendo una clara (y obvia) mirada occidental, también elude caer en los estereotipos groseros y evita el retrato monstruoso del régimen soviético. Eso no impide que la sensación de peligro alimente las escenas en las que el protagonista cumple su misión en una Moscú convertida en panóptico, acumulando sobre su espalda el peso de todas las miradas. La precisión con la que va construyendo esa sensación de agobio sin permitirse excesos es su mayor mérito narrativo. Acá la tensión acaba desbordando por acumulación y no por el deus ex machina de los golpes de efecto.

Filmada con oficio y eficacia, sin embargo está claro que Cooke no es Spielberg. Aun cuando sus escenas centrales cumplen en funcionar como mecanismos de precisión (véase el montaje paralelo utilizado para narrar el fallido plan de extraer al espía de la Unión Soviética), siempre parece que el director mismo se limita en la posibilidad de ir más allá de lo correcto. Como si temiera que extender un travelling ahí donde el movimiento de cámara pareciera pedir a gritos seguir adelante, fuera un camino que de forma inevitable conduce al fracaso. Ojalá la próxima vez se permita esos riesgos.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.