viernes, 30 de abril de 2021

CINE - "Esperando a los bárbaros" (Waiting for the Barbarians), de Ciro Guerra: Una obvia alegoría sobre la barbarie

La historia que eligió Ciro Guerra para su primera película hablada en inglés, Esperando a los bárbaros, no se aleja mucho de los relatos sobre los que este cineasta colombiano trabajó en su filmografía previa. Y está filmada con la misma delicadeza formal que el director mostró en sus cuatro películas anteriores, incluyendo El abrazo de la serpiente, que estuvo entre las nominadas al Oscar en el rubro Mejor Película Extranjera en 2016. Acá vuelven a aparecer muchos de los elementos con los que ya es posible identificar al conjunto de su obra. Desde el inevitable choque cultural que producen las dinámicas de la colonización, hasta esas explosiones de violencia que parecen difíciles de justificar, pero que son parte nuclear de la lógica de la conquista. La misma lógica que se encuentra expresada en el clásico lema sarmientino de Civilización o Barbarie, y que en este caso se hace explícito en el título mismo de la película.

Dicha historia transcurre durante algún momento del siglo XIX en una apacible aldea amurallada, puesto de frontera de un Imperio sin identificar, en un lugar geográfico que bien podría ser una zona desértica del norte africano o de Asia menor. El Magistrado dirige el lugar de manera más laxa que benévola, quizá porque la tranquilidad reinante no le demanda más que eso. Pero una mañana, sin aviso, llega hasta ahí el Coronel Joll, un ser siniestro que sostiene que los pueblos bárbaros que viven más allá de la frontera se preparan para avanzar sobre el Imperio. Al Magistrado, que sabe que eso es imposible, la misión de Joll le causa gracia. Hasta que es testigo de las atroces torturas de las que son víctimas algunos pastores nómades, señalados como bárbaros por el Coronel. 

La ausencia de un nombre propio para identificar a ese Imperio funciona en la película (y en la novela homónima del Nobel sudafricano J.M. Coetzee, también autor del guión) como un dispositivo que permite ir de la parte al todo. Ese todo es la Europa decimonónica y la forma en la que sus Imperios se vincularon a través de la conquista con las culturas para ellos periféricas. Pero además el relato funciona como espejo para América latina, no solo por su condición de víctima de la colonización, sino porque en la figura alegórica de ese Imperio también es posible reconocer la acción represiva de sus distintas dictaduras autóctonas hacia el interior de los pueblos. El personaje del Magistrado representa también un arquetipo repetido en el cine de Guerra: la figura del buen conquistador, que acá es quien media entre el horror y el espectador. Y si bien todo eso es pertinente, el relato adolece de un trazo grueso que es notorio incluso en el desarrollo de personajes unidimensionales, en un universo congelado en el que el bueno es siempre bueno, y el malo muy malo. Por no hablar de la obvia ambigüedad con que el término bárbaro es usado en esta historia. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 29 de abril de 2021

CINE - 10° Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín: Cinefilia serrana

Cumplir diez años no es poco para un festival de cine, mucho más si no cuenta con una gran infraestructura económica o apoyos oficiales. Diez ediciones son las que celebra desde hoy el Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín (Ficic). Ya el hecho de que esta décima se realice en un año de pandemia es un motivo de festejo. Es cierto que el formato elegido es el online, pero con la promesa de reprogramar las funciones presenciales en algún momento del segundo semestre. Habrá que ver cómo evoluciona la situación sanitaria, algo que está más allá de las posibilidades de los organizadores e incluso más allá del cine. 

Sin embargo, contra vientos, mareas y virus: hay festival. Y hay una programación, que como cada año, reúne en Cosquín un corpus de títulos y autores que constituye en sí mismo una declaración de principios éticos y estéticos. Pero también un amable desafío para sus espectadores: la bienvenida posibilidad de aventurarse más allá de los límites de la propia comodidad. La misma incluye dos secciones competitivas internacionales –una de largos y otra de cortos—, una competencia de cortos de escuelas de cine, retrospectivas, focos y panoramas. Como se trata de un festival federal, todo eso puede verse hasta el próximo domingo 2 de mayo de forma gratuita en todo el país. Para hacerlo, los espectadores deberán registrarse de una manera simple en la web del festival, www.ficic.com.ar. Y listo. Solo falta que elijan qué ver y hacer click en el botón de play. 

Detrás de la curaduría del Ficic está el crítico y programador Roger Koza, quien además es director artístico del Festival de Cine Documental DocBA, programador de festivales europeos como los de Hamburgo y Viena, la Viennale, y editor de la web conlosojosabiertos.com. Festivales que, a diferencia del Ficic, ordenado por una lógica cercana a lo familiar, cuentan con un aparato institucional que los sostiene y presupuestos acordes a ello. Sin embargo no es tanta la distancia que los separa en términos de programación. “Alguna vez unos críticos de cine muy jóvenes hicieron el chiste de que Cosquín era una suerte de Cosquinale, remitiendo a la Viennale, festival que supo dirigir el inimitable Hans Hurch y hoy a cargo de Eva Sangiorgi, que este año, además, es parte del jurado de la competencia de largos de FICIC 2021”, cuenta Koza en diálogo con Página/12. “Quizás ellos advirtieron un espíritu en común entre dos festivales que están en las antípodas no solo geográficas, sino en cuanto a recursos materiales”, agrega el director del Ficic. 

Koza sostiene que “la libertad, el rigor y el amor por el cine y el mundo no dependen de la cantidad de euros con la que se cuente”, aunque no niega que las condiciones materiales influyen. “Nuestra menesterosidad se siente a la hora de hacer subtítulos, intentar pagar fees y explicarle a los agentes de venta extranjeros las deficiencias estructurales que sufrimos”, dice el programador. “Pero también sucede que cuando no se tiene casi nada, tampoco se tienen compromisos indeseables. Ningún organismo estatal, ninguna escuela ni gobierno nos condiciona”, observa. “Hacemos lo que se nos da la gana, como dice el cineasta Ignacio Agüero. Con esa libertad se eligen películas y se conciben actividades paralelas.”

Algo de lo que dice Koza se hace explícito en la breve pero elocuente composición de sus secciones competitivas. La de largos incluye a las películas argentinas En compañía, de Ada Frontini; Ofrenda, de Juan María Mónaco Cagni; Rio Turbio, de Tatiana Mazú González; Todo lo que se olvida en un instante, de Richard Shpuntoff y Un cuerpo estalló en mil pedazos, de Martín Sappia. A ellas se suman Virar Mar, codirigida por el alemán Philipp Hartmann y el brasileño Danilo Carvalho y Pão e Gente, del paulista Renan Rovida. De la dedicada a cortos participan la finesa Where to Land, de Sawandi Groskind; la coproducción polaca israelí Josefus, de Lucas Aimó; la colombiana Otacustas, de Mercedes Gaviria. Y las locales Diarios del margen. Notas sobre el miedo al fuego y el agua, de Ileana Dell'Unti; Homenaje a la obra de Phillip Henry Gosse, de Pablo Martín Weber; La nobleza del vidrio, de César González; Normandía, de Marcos Rodríguez y Las Credenciales, de Manuel Ferrari.

Sin embargo Viena, Hamburgo, Buenos Aires y Cosquín son lugares que guardan muchas diferencias entre sí, tanto culturales como sociales, comunitarias e incluso discursivas. Diferencias que tal vez impliquen formas distintas de entender el mundo y, por ende, de ver cine. “En mis 15 años de cineclubista en Córdoba enseguida comprendí que el público de San Marcos Sierras no era el de La Cumbre, ni el de Capilla del Monte o Cosquín”, observa Koza. “Si presentaba un film de Marco Bellocchio, que para mí era una comedia, después constataba que la recepción era distinta en cada ciudad”, recuerda el crítico. “En La Cumbre se reían de una cosa, en otro pueblo de otra y a veces ni siquiera reían, porque se había leído la película en clave dramática. Entendí rápido que las diferencias de clase y etarias, como las idiosincrasias y la cultura de cada lugar, eran variables de recepción”, continúa. Koza intenta volcar esa experiencia en su labor: “donde sea que trabaje pienso en estas variables de un modo estratégico, a partir de un doble movimiento dialéctico entre la comodidad de lo conocido y la incomodidad de lo desconocido”.

Como otros festivales, el Ficic se adueña de la palabra independiente que, por repetida, corre el riesgo de volverse insignificante. “El término ‘independiente’ está tan devaluado como el peso argentino”, reconoce Koza con humor. Por eso se encarga de enumerar los conceptos a partir de los cuales el festival usa el término. “Primero, elegimos películas que no fueron realizadas con presupuestos obscenos; Segundo, priorizamos a los cineastas que no comulgan con ciertas poéticas convenientes para la consagración en festivales prestigiosos; tercero, programamos películas que difieren en su sensibilidad del orden perceptivo vigente que aliena y embrutece el contacto sensible con el mundo. Por último, películas que cuestionen las prácticas políticas que perpetúen la vida de derecha, que es el magma simbólico que está en los intersticios de la discusión pública y el horizonte de sentido hegemónico con los que se piensa todo.” 

Para Koza tampoco hay diferencias de criterio a la hora de programar las dos competencias de Ficic. “La duración de una película no es un factor decisivo para su pertinencia estética”, sostiene el director artístico del festival. “Quien filma entendiendo que un cineasta no es un hacedor de imágenes, sino de planos, sabe que el cine es cine al margen de la duración”, reflexiona. “Cuando un mismo cineasta nos prodiga películas como Luz de agua o El piso del viento, el dilema de la duración se evanece. Mis referencias a estas dos películas de Gustavo Fontán son deliberadas. La última es un largo codirigido con Gloria Peirano y es el film de clausura, el primero es un corto extraordinario estrenado en Internet. En otras palabras, el cine se enciende en cada plano.” 

Además de El piso del viento, la película de Fontán y Peirano que tendrá el honor de clausurar el 10° Ficic, el festival tendrá dos films de apertura. Se trata de Esquirlas, documental de Natalia Garayalde, y Mi última aventura, codirigido por Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini. La elección muestra un balance en los criterios inclusivos, uno de los temas que la coyuntura le ha impuesto a espacios competitivos como los festivales de cine. Criterio que, sin embargo, no se replica en las dos competencias. “El equilibrio de género no me es indiferente y, en la medida que puedo, intento que se dé un balance entre cineastas mujeres y hombres”, explica Koza. “Pero primero miro y busco películas”, dice y reconoce que “lo ideal sería verlas sin saber quiénes las filman”. Recuerda que en ediciones se consiguió “mayor igualdad, pero entre lo que vi para esta edición no encontré tantas películas hechas por mujeres que respondieran a los criterios de programación”, reconoce. Pero aclara que considera a eso “algo casual” y que “el próximo año la situación podría ser la inversa”.

Atento a eso, Koza cuenta que intentó “compensar el déficit conformando dos jurados compuestos exclusivamente por mujeres a las que admiro y respeto en lo que se desempeñan”. “Siempre tuve la idea de hacer una edición en la que todas las películas sean de mujeres, pero sin que las mismas estén firmadas, solo para constatar si habría una diferencia esencial en el programa estético de esa edición”, fantasea el crítico. Pero aclara que “la desmasculinización del cine no se juega solo en la paridad de títulos. El problema mayor es la matriz machista del pensamiento estético. Y esa inquietud sí está en el concepto general del festival”. 

La programación del 10° Ficic incluye dos retrospectivas que presentan completas las obras de dos cineastas marginales: Edgardo Castro y Goyo Anchou. Marginales no tanto porque sus trabajos estén en la periferia de la producción cinematográfica (que lo están), sino porque sus películas mismas eligen personajes, retratan escenarios y abordan temas que revelan universos secretos que no son los elegidos ni siquiera por otros directores independientes. Y si bien se trata de directores hombre, sus miradas están lejos de representar la masculinidad o conservadora. “En sus películas hay rastro de todo aquello que otorga respetabilidad y prestigio en la mirada biempensante de los grandes festivales de cine, y no tan grandes también. Ambos filman desde la necesidad y se sienten libres de hacer lo que creen”, sostiene Koza. 

“Anchou conoce bien la historia del cine y la reflexión estética no le es indiferente. Ese conocimiento se puede leer en la perspicacia con la que el montaje trabaja sobre la precariedad material de sus registros”, analiza el crítico. “Castro es muy distinto, porque la intuición y la sensibilidad lo empujan a buscar una poética sin fijarse mucho en si lo que hace se parece a tal cineasta u otro”, puntualiza. Pero remarca que ambos los dos tienen algo que los hermana: “son insumisos hasta la médula y que sus películas refieran y representen otros caminos en los placeres corporales y cuestionen el orden patriarcal suma y mucho, aunque no es de lo único que hablan sus películas. Igual, si hicieran películas sobre estampillas del siglo XX, partículas subatómicas y monjes cistercienses del modo en que lo hacen, también serían parte de la programación. Lo insumiso reside en una posición subjetiva, no solamente lo garantiza la predilección por temas candentes”, concluye Koza. 

La programación del 10° Ficic también incluye un foco internacional dedicado al español Pablo García Canga, la proyección especial de Adiós a la memoria, de Nicolás Prividera, y el preestreno de El nombrador, una película sobre Daniel Toro, de Silvia Majul. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - "Homúnculo" (Homunculus), de Takashi Shimizu: La poética del delirio

La mente humana solo utiliza el diez por ciento de su potencial y el otro noventa permanece ocioso, a la espera de ser desarrollado. Si esta afirmación formara parte de una evaluación por multiple choice, debería llevar una tilde bien gruesa en el casillero de “falso”. Se trata de un mito moderno, desmentido con insistencia por la neurología, pero que aún así sigue siendo muy citado, sobre todo en el campo de la autoayuda. Esta tesis también ha sabido ser explotada por otros espacios, entre ellos el cine, quien se ha valido de ella para construir argumentos ingeniosos, usados en películas de corte fantástico. Sin límites (Neil Burger, 2011) o Lucy (Luc Besson, 2014) son ejemplos de ello. En ambas, los protagonistas (Bradley Cooper y Scarlett Johansson respectivamente), consiguen activar la totalidad de su capacidad cerebral a partir del uso de drogas sintéticas, convirtiendo al mundo en un espacio tan lúdico como peligroso. En Homúnculo, su último trabajo, el japonés Takashi Shimizu retoma ese asunto, pero lo utiliza como vehículo para ir por un camino distinto.

Aunque se trata de un film fantástico, su imaginario se identifica con la fantasía oriental moderna e incluye recursos que remiten con claridad a la estética del animé y el manga, de donde Shimizu tomó la historia original. Nokoshi, el protagonista, es un homeless que padece amnesia y vive en su pequeño auto, estacionado en una zona céntrica de Tokio. Una noche es abordado por un joven que parece saber de él más que él mismo, quien le ofrece dinero para dejarse practicar una lobotomía. La idea es que esa primitiva intervención quirúrgica disminuirá la presión que el cráneo ejerce sobre el cerebro, activando la parte aletargada. A partir de ahí Nokoshi verá a las personas con aspectos estrafalarios: alguien será una pila de cadenas ambulante y otro un robot; alguno andará por la calle partido en mitades que avanzan tomadas de la mano y otro será completamente plano. Si bien los efectos especiales no son los de una producción de alta gama, Shimizu consigue crear un universo atractivo y, sobre todo, con mucho humor.

Lo que el protagonista ve en el aspecto de la gente son sus homúnculos, aquellos traumas que los dominan y definen como individuos. Aunque el concepto de la persona convertida en signo de su propio síntoma es bastante freudiano (y la película nunca niega esa conexión evidente), Shimizu lo utiliza para sumergir al protagonista, y con él al espectador, en un universo que funciona con reglas que no siempre pueden explicarse a través de la razón. En eso su película se parece a los trabajos de algunos de sus compatriotas, como Yakuza Apocalipse (2015), de Takashi Miike, o Big Man Japan (2007) y, sobre todo, Símbolo (2009), ambas de Hitoshi Matsumoto. Con ellas comparte una gran capacidad para poner en escena complejas estructuras simbólicas, a las que es preferible buscarles un sentido no tanto desde la lógica, sino más bien a través de la poética.

Como suele ocurrir en buena parte de la narrativa oriental contemporánea, Homúnculo atraviesa distintas etapas, cada una dueña de sus propias reglas. Si el comienzo de la película se encuentra anclado en lo fantástico, para luego derivar hacia una comedia cuya receta incluye buenas medidas de absurdo y psicoanálisis al paso, el último tercio se tiñe de melodrama. La inclusión de una subtrama romántica le permite a Shimizu desviar la trayectoria del relato hacia un terreno que tiene tanto de tragedia griega, como de telenovela mexicana. Una combinación en la que es imposible no percibir ciertos rasgos de humor, pero que el cineasta se toma bien en serio. Sin embargo, por ese camino la película pierde un poco de esa opción por el delirio que la hacían una propuesta estimulante. Así, Homúnculo resigna parte de su poética, volviéndose más grave, abrumada por el empeño de encontrarle una salida más convencional a su propio laberinto de sentidos, que hasta ahí construyó sin tanta preocupación.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 26 de abril de 2021

CINE - Oscar 2021, 93° ceremonia de entrega: Premios que llegan después de la muerte

Este año las candidaturas a los Oscar incluyen un hecho infrecuente: la elección de un actor fallecido en los rubros dramáticos. Se trata de Chadwick Boseman, a quien el reconocimiento póstumo le llegó por su rol en La madre del blues, de George C. Wolfe. Ahí compone un trompetista díscolo que integra la banda de Ma Rainey, pionera del blues. La decisión es tan excepcional, que solo fue merecida antes por otros seis actores, todos varones. El gesto suele combinar el reconocimiento genuino a la labor de los fallecidos, con la intención deliberada de generar un momento de alta tensión emotiva durante la ceremonia de entrega. ¿Pero quiénes son los actores que precedieron a Boseman en esta particular categoría? 

El más reciente, y tal vez por eso el más recordado, es el australiano Heath Ledger, fallecido en enero de 2008, quien un año más tarde no solo fue reconocido con una nominación, sino que además terminó recibiendo el Oscar gracias a su magnética interpretación del Guasón en El caballero de la noche, de Christopher Nolan. Ledger había sido nominado apenas tres años antes como protagonista de la también recordada Secreto en la montaña, dirigida por el taiwanés Ang Lee. Pero Ledger no fue el único de este grupo, tristemente selecto, en llevarse el premio después de muerto.

El británico Peter Finch, que también murió un mes de enero pero de 1977, es recordado por la efectiva elegancia con que solía interpretar a los personajes que le encomendaban. Imposible olvidar sus trabajos en The Trials of Oscar Wilde, donde interpreta al gran escritor irlandés, o el protagónico de Dos amores en conflicto, por el que recibió su primera nominación en 1972. La segunda le llegó poco después de muerto, por el rol principal en la recordada Poder que mata, de Sidney Lumet, clásico del cine ambientado en el universo del periodismo. 

En 1985 otro inglés fue nominado en el rubro de Mejor Actor de Reparto tras su muerte. Se trata de Ralph Richarson, quien recibió su segunda candidatura en esta categoría por su trabajo en Gresystoke, la leyenda de Tarzán, donde interpreta al abuelo noble del hombre mono. Richarson había recibido la primera 35 años antes, por su labor en La heredera, de William Wyler.

La década de 1990 también tuvo su candidato póstumo. Se trata de Massimo Troisi, actor italiano que se volvió inmortal interpretando a Mario, un cartero al que el poeta Pablo Neruda le ayuda a escribir cartas románticas para seducir al amor de su vida, en la emotiva El cartero, de Michael Radford. Por ese papel Troisi fue nominado en el rubro protagónico en 1995. Pero además recibió una segunda candidatura post mortem, ya que también fue uno de los responsables de adaptar El cartero de Neruda, novela del chileno Antonio Skármeta en la que se basa la película, cuyo libreto integró la categoría de Mejor Guión Adaptado. 

Spencer Tracy es una leyenda del Hollywood clásico, recibiendo nueve nominaciones en su carrera, todas como actor protagónico. Tracy ganó el premio dos años consecutivos: en 1938 por Capitanes intrépidos y en 1939 por Con los brazos abiertos, donde interpreta al cura Flanagan, uno de sus personajes icónicos. La última nominación llegó tras la muerte, en 1968, por ¿Sabes quién viene a cenar?, clásico del cine sobre la segregación racial en Estados Unidos, dirigido por Stanley Kramer.

Queda para el final el auténtico mito de los reconocimientos póstumos en Hollywood: James Dean. Muerto de forma trágica en un accidente de autos en 1955, a los 24 años, él es el único de esta lista en recibir dos nominaciones post mortem como actor protagónico. La primera fue en 1956 por Al este del paraíso y la segunda por Gigante, incluida entre los candidatos de 1957. Contrario a lo que podría pensarse, Dean no recibió nominaciones por su trabajo en Rebelde sin causa, el título por el que más se lo recuerda y que también fue estrenado tras su muerte.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - Oscar 2021, 93° ceremonia de entrega: Viejos son los trapos

“Viejos son los trapos”, reza un epigrama muy popular, habitualmente utilizado para ilustrar que nunca se es demasiado grande para proponerse objetivos y hasta para alcanzar aquellas metas a las que el paso del tiempo parece volver imposibles. Y si no hay que preguntarle a Sir Anthony Hopkins, que con su nominación a Mejor Actor Protagónico por su papel en El padre no solo recibía su sexta postulación, sino que, si de ganar esta noche se convertiría en el actor más viejo en alzarse con un Oscar en cualquiera de las cuatro categorías dedicadas a la actuación, proeza que finalmente consiguió. Nada mal para un viejito de con 83 años y 115 días.

De esta manera, Hopkins desplazó por mucho a Henry Fonda, quién desde 1981 ostentaba el título del actor más viejo en ganar una estatuilla como actor protagónico, con 76 años y 317 días, por su trabajo en La laguna dorada. Pero además superaró al canadiense Christopher Plummer, que en 2011 ganó como Mejor Actor de Reparto por su trabajo en Beginners, así se siente el amor, cuando tenía 82 años y 75 días, que hasta ayer lo convertían en el actor más viejo sin distinción de género en recibir un Oscar. 

Curiosamente, ese año Plummer competía contra el sueco Max von Sydow, quien era siete meses mayor que y estaba nominado por el film Tan fuerte y tan cerca. Von Sydow ostentó el record del nominado más longevo durante algunos años, hasta que fue superado por Rober Duvall, quien con 84 años y 10 días fue nominado en 2014 por su papel en El juez. Hasta que en 2018 el propio Plummer volvió a romper todos los calendarios. Fue gracias a su nominación como actor de reparto por su papel del millonario Paul Getty en Todo el dinero del mundo. Cuando se anunció su candidatura, el actor nacido en Toronto tenía 88 años y 41 días. 

Entre las mujeres también hay señoras con muchas pilas. Jessica Tandy es quien recibió el premio a Mejor Actriz con mayor edad. Fue en 1989 por su recordada performance en Conduciendo a Miss Daisy: tenía 80 años y 292 días. Por su parte, a la francesa Emmanuelle Riva le corresponde ser la mayor entre las nominadas en esa misma categoría. Lo consiguió en 2012 gracias a su papel en el drama Amour, de Michael Haneke. Le faltaba un poco más de un mes para cumplir 86 años. Un dato: en esa película Riva interpretaba a una mujer con Alzheimer, la misma enfermedad que padece el personaje de Hopkins en El padre

En el apartado Mejor Actriz de Reparto las recordwoman son Peggy Ashcroft y Gloria Stewart. La primera se llevó su Oscar en 1984 por su trabajo en Pasaje a la India, cuando tenía 77 años y 93 días. La segunda debió conformarse con su nominación de 1997 por interpretar a la viejita inolvidable de Titanic: por entonces tenía apenas 87 años y 221 días.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.