jueves, 30 de agosto de 2012

CINE - Fuera de Satán (Hors Satán), de Bruno Dumont: Un árbol cae en el cine

El hombre delgado tiene un aspecto humilde, casi gastado, pero su cara parece siempre sonreír, una sonrisa incompleta, aunque en realidad no lo hace. Se arrodilla en medio del campo (no debe pensarse en la Pampa verde hasta el cielo, sino en un campo de valles y colinas e incluso de arena y mar, sin horizonte) y de cara al sol, se pone a rezar. O algo así: no caben dudas de que se conecta con algo más allá de sí y, quién sabe, también del mundo. Luego atraviesa ese campo de subibaja y camina hasta encontrar una chica parada junto a una granja, que no se sabe si ha llorado pero es seguro que sufre. Ella es casi transparente, con el pelo y los ojos tan negros como su ropa. Todo acentúa esa transparencia, él mismo sin ir más lejos. Con delicadeza le pone una mano en la espalda y la conduce otra vez al campo. Llegan a una torre con un gran tanque de agua como capitel, él entra y sale con una escopeta. Vuelven a la granja, esperan. Después de un rato, sin rencor ni ningún otro sentimiento envenenándole el gesto, él le pega un tiro en el pecho a otro hombre que sale de un galpón cargando una carretilla. El hombre delgado y ella se miran y se van: no se han dicho una sola palabra. Si un árbol cayera en medio del bosque sin que nadie lo viera, ¿habría caído realmente? La respuesta es antes una cuestión de fe que de certeza.
Ciertamente el cine de Bruno Dumont parece construirse sobre todo a partir de creencias que se cuestionan y silencios a veces rotos, pero también de amores siempre imposibles y violencias que son el desborde inevitable de una paz engañosa. La escena narrada es el inicio de Fuera de Satán, más reciente película del director de La humanidad, y tiene la virtud de brindar con envidiable economía información muy valiosa para entrar en el clima de la historia. Por empezar, el campo. Ese decorado natural en el que las cosas ocurren pero que, se ha dicho, no es el campo espacioso y oxigenado que imagina un argentino cuando se habla del campo. Este es una celda, laberíntica, inabarcable, pero celda al fin y, aunque cruzado de caminos, ninguno parece ser de salida. Si de un lado las montañas le ponen un límite, del otro lo cierra el mar y los dos protagonistas se cansarán de caminar entre esas dos murallas como ratones en una pecera de vidrio. Luego están ellos, el hombre delgado y la chica, entidad única y dual, que bien podrían ser el desdoblamiento de aquella niña santa de Lucrecia Martel, una referencia estética a tener en cuenta. El, siempre dispuesto pero ambiguo, mansamente rabioso; ella, puro amor y deseo en carne viva, dolorosamente casta. Y por fin el asesinato, cometido como si se tratara de un milagro y no de un crimen, porque tal vez los crímenes (¿cuántos?) son anteriores, la causa de esta muerte.
Desde el comienzo es evidente que en Fuera de Satán hay una obvia reminiscencia de la mitología cristiana, también presente en otras películas de Dumont (véase Hadewijch, entre la fe y la pasión, estrenada en Buenos Aires durante 2010). En el protagonista masculino parece recaer el papel de Cristo, pero un Cristo negativo, un redentor salvaje capaz de matar para salvar o de cogerse a una mochilera evidentemente poseída de lujuria, para liberarla, tras compartir con ella una cerveza. Porque en Fuera de Satán el Mal está rondando y su presencia no sólo es sumamente física, sino que su potencia guarda relación directa con la forma vehemente en que la película entiende la redención. Por su parte, en la chica habrá destellos de Pedro, de Magdalena, de la Serpiente, de Lázaro. Habrá milagros; el exorcismo de una niña habitada por la adolescencia; una caminata sobre el agua, una última cena (aquí desayuno) y hasta un cordero, tentaciones y una resurrección. Este carácter religioso del relato se acentúa en la relación ritual de sus protagonistas, cuyos roles tal vez lleguen a invertirse. Claro que Dumont tiene la virtud de hacer una lectura oblicua, parabólica del cristianismo, que le evita caer en literales y simplistas operaciones de dos más dos.
Fuera de Satán está construida a partir de secuencias en las que la calma es el eje, pero siempre coronadas por estallidos de violencia. Aun así no hay contraste ni oposición entre ambos extremos, en tanto violencia y calma resultan aquí orgánicas. Tal vez porque, como decía uno de los personajes de Hadewijch, “la violencia es natural, una consecuencia lógica” de un estado de las cosas. Igual que el Big Bang echando a rodar el cosmos: ése parece ser el camino elegido por Dumont para hacer un cine capaz de golpear sin estridencias pero con fuerza. Como un árbol cayendo en el bosque, un antídoto contra la indiferencia.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

lunes, 27 de agosto de 2012

CINE - "Hombre bebiendo luz", de Jorge Falcone: Por la huella de Rodolfo Kusch

Existe en la actualidad una tendencia general a revisarlo todo, a volver sobre las páginas del tiempo para cuestionar la forma en que es visto no sólo el pasado, sino también las culturas y los nombres que han sido dejados de lado para, desde allí, intentar tener una mirada más amplia, más completa del presente y la sociedad actual. El cine, herramienta fundamental de la narración moderna, gran divulgador y generador de sentidos, también participa de ese proceso. El documental Hombre bebiendo luz, de Jorge Falcone, es un ejemplo de esta forma no sólo de hacer cine, sino de pensar la realidad. Se trata de un film que busca iluminar la figura del filósofo y antropólogo argentino Gûnther Rodolfo Kusch, quien desde su pensamiento recogido en una gran cantidad de libros y ensayos, se propuso pensar el mundo desde América, a contramano de toda la historia del conocimiento de Occidente pero no de su tiempo, los difíciles pero estimulantes años 60 y 70. 

La película se vale de la estructura clásica del documental, basado sobre todo en el recurso de las cabezas parlantes, pero intercalando la recreación de “Cuándo se viaja desde Abra Pampa”, uno de los textos canónicos del autor. El resultado que podría ser definido como técnicamente limitado, es valioso porque es coherente con esa convicción kuscheana, filosófica pero también eminentemente estética, de pensar el mundo por fuera de los mandatos de la cultura capitalista. No hay en Hombre bebiendo luz la pretensión del cine occidental, sino la convicción de contar una historia del modo más puro y claro, limpia de toda espectacularidad. Aunque tal vez la dramatización mencionada pueda verse, si se quiere, como una pequeña pero necesaria concesión en ese sentido.

Rodolfo Kusch fue un apasionado del conocimiento de las antiguas culturas americanas precolombinas. Tan compenetrado llegó a estar con su trabajo, que una noche en un barcito de pueblo, Jaime Dávalos lo llamó de forma burlona, según cuenta uno de los entrevistados, “el alemán que quiere hacerse el indio”. Una definición despectiva, pero que sin embargo ayuda a trazar un perfil de este personaje tan importante como poco conocido. Puede decirse que la obra de Kusch, una mirada antropológica con un trasfondo político sumamente rico, es otra de las víctimas del derrumbe que significó el último golpe militar que sufrió la Argentina en 1976. Bajo las ruinas de un país demolido, junto a los nombres de los que siguen sin aparecer, también fueron aplastadas no una, sino muchas formas de pensar América desde y para América. 

Una de las ideas elaboradas por Kusch que de algún modo habla de eso es El hedor de América, un concepto según el cual los conquistadores (y sus herederos) agruparon tras del desprecio por las culturas nativas, a las que veían como sucias y malolientes, todo aquello que se quiso aniquilar. Osvaldo Maidana, un colega contemporáneo de Kusch de origen omahuaca atacamense, afirma que “para comprender al otro hay que pasar por todas esas dificultades, que son visuales, auditivas”, pero también superar ese obstáculo, ese hedor que es una identidad.

Confrontando de forma directa con el pensamiento proveniente de Europa, Kusch logra entender que los pueblos de América, lejos del concepto del Ser, cimentan sus culturas en el mero estar. El “estar” como oposición al “ser”, porque si el ser es proyección, progreso y avance -base de la propagación de las civilizaciones europeas-, los pueblos americanos apoyan su existencia en el estar, una conciencia de la existencia como parte de un mundo y no como un individuo a través de la historia. Como ejemplo claro de esa oposición, se observa que en el inglés no hay diferencia entre ser y estar, porque el verbo to be unifica ambos conceptos. “Los anglosajones no pueden ni dormir la siesta, no pueden dejarse estar, están siempre siendo, se mueren de angustia”, argumenta con gracia el antropólogo Mariano Garreta. Esta diferencia deriva en maneras encontradas de ver y entender el mundo y la realidad, que deriva en otra, no menos importante. Maidana explica que en oposición al individualismo del Yo europeo, los pueblos americanos adoptaron el Nos como visión de una comunidad que rechaza ese individualismo como medio de supervivencia. Mientras el yo (el individuo) se extingue, el nos (la comunidad) trasciende.

La obra de Rodolfo Kusch intenta pensar la realidad desde América como lugar de origen y no como una reinterpretación de los pensamientos hoy denominados "hegemónicos", y en esa búsqueda de una identidad propia radica su poder. Para comprender su pensamiento, el vitralista Héctor Chianetta afirma que “hay que dejar de lado las categorías de análisis modernas, ejercicio que no es sólo intelectual, sino también espiritual, cuestionando los presupuestos en donde se apoya el andamiaje del pensamiento occidental”. Si algo aporta este documental de Jorge Falcone, son elementos para conocer, difundir y comprender la obra de Rodolfo Kusch y su forma de entender el mundo que parece novedosa, pero que sin embargo es la de nuestros milenarios ancestros americanos.

Hombre bebiendo luz, documental de Jorge Falcone, se proyecta todos los días a las 18 en el cine Gaumont Espacio INCAA Km 0 Gaumont, Av. Rivadavia 1635.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 26 de agosto de 2012

LA COLUMNA TORCIDA - Los mostros domésticos

A Dante lo fascina lo monstruoso y acepto que un poco soy responsable de esa avidez que el chico siente. Desde antes de que empezara a hablar ya le leía a la hora de dormir las ominosas historias de la mitología griega -o de la germánica, aun más brutal y pagana-, tomadas de un libro que mi abuela me regaló cuando yo mismo era un chico que adoraba esas fantasías crueles y fascinates. Aun así su afición me preocupa: se la pasa dibujando espantos y tiene cuadernos llenos de criaturas con bocas de sanguijuela que lo ven a uno directo a los ojos con sus miradas espiraladas. U otras, con vértebras filosas asomándoles entre la carne desgarrada de la espalda y en cuyos brazos musculosos (siempre más de dos y generalmente números impares) cargan espadas, pinchos o espolones por demás intimidantes. También diseña injertos de monstruo y máquina, donde lo mecánico se combina con lo tentacular y lo membranoso. Mi escozor aumentó cuando su maestra de tercer grado nos citó este año para decirnos que el nene se la pasa dibujando en clase en lugar de hacer las cuentas y nos entregó una libreta cargada con sus coloridos engendros. Debo reconocer que la mayoría de ellos eran muy ingeniosos y eso, sin remedio, me preocupó todavía más.
Entonces ocurrió lo inesperado.
La noche del día del niño Dante quiso venir a dormir a casa. Preparamos una mochila con la ropa del colegio en la que él, para variar, metió tres muñecos de sus monstruos favoritos: un Alien, un villano de historieta llamado Abomination, y Kratos, un personaje de videojuego, todos tan horribles que dan gusto. Se despidió de su madre, de su hermana, de la perra y nos fuimos. Ya en casa y en pijama, se tiró a jugar a las luchas con los bichos y antes de ir a la cama le preparé un Toddy con cereales. Después me puse a ordenar el departamento pero al rato nomás me asomé, para ver en qué andaba. Sentado en el piso, Dante tomaba un sorbo de chocolatada y enseguida le ofrecía un trago a cada uno de sus muñecos, a los que había sentado con él formando una ronda. Cada uno de ellos sostenía entre sus garras deformes un copo de maíz azucarado.
Pensé que Dante también alimentaba a sus monstruos antes de dormir.

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Columna originalmente publicado en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

CINE - Tony Scott: Una forma de hacer cine es también una forma de vivir

Hablemos de Tony Scott. Cineasta, hermano menor del mucho más reputado Ridley (quien dirigió la primera Alien, Blade Runner y Gladiador, entre muchas), de Tony Scott puede decirse que es un director con altos y bajos, pero con una misión autoimpuesta muy clara: contar historias para entretener a los espectadores de todo el mundo. Una labor sumamente loable que supo cumplir casi siempre, aun pasándose varias veces de distintas rayas.
Tony Scott es uno de esos directores cuyo nombre casi es secreto para el gran público, pero de quien es seguro que todos han visto al menos cuatro o cinco títulos de su impresionante filmografía. Impresionante a fuerza de éxitos, pero también de grandes, entretenidas películas. Y aunque de estas últimas tiene varias, sin embargo será recordado por una de las menos destacadas, pero que marcó una época. Cuando Tom Cruise fue seleccionado como protagonista de Top Gun (1986), puede decirse que era apenas un actorcito al que muchos le veían futuro, con un puñado de papeles secundarios y protagónicos intrascendentes, entre los que se destaca su participación en Los marginados (The outsiders, 1983) de Francis F. Coppola, donde integraba un reparto repleto de niños prodigio. Curiosamente un año antes había protagonizado Leyenda (Legend, 1985) de Ridley, el omnipresente hermano mayor. Top Gun es la segunda película de Tony Scott, una historia menor de amor y aviones de guerra, ambientada dentro de una escuela para pilotos militares de élite. La escuela existe de verdad y sin dudas el film fue financiado por la Marina de los Estados Unidos (en el equipo de filmación se incluyen decenas de pilotos y personal militar real) y por la multinacional Grumman, fabricante de los aviones F-14 Tomcat que son, junto a Cruise, las estrellas de la película. El resultado es un pastiche romántico y patriotero, con una banda sonora cargada de melosos hits de los 80. Aunque también puede ser “la historia de un hombre que lucha contra su propia homosexualidad”, como afirma Quentin Tarantino (un admirador de Tony Scott) en una escena de la película Duerme conmigo (Sleep with me, de Rory Kelly, 1994), que se puede ver en YouTube. Top Gun fue un éxito y Tom Cruise se convirtió en la estrella que es.
Luego Tony Scott lo hizo cada vez mejor. El último boy scout (The last boy scout, 1991), con Bruce Willis; Escape salvaje (True romance, 1993), sobre guión del propio Tarantino; Enemigo público (Enemy of the state, 1998), thriller con Will Smith y en el que Gene Hackman parece retomar, catorce años después, su gran personaje de La conversación (The conversation, 1974), tal vez la mejor película de Coppola. Pero en 2006 Scott se apareció con Dejá vú, una película inclasificable protagonizada por Denzel Washington -con quien ya había trabajado en Marea Roja (Red alert, 1995) y en Hombre en llamas (Man on fire, 2004)-, que combina el policial con el thriller, el romance y la ciencia ficción, y que dejó a todo el mundo pidiendo más. Y él hizo más. Sus últimas dos películas son Rescate del metro 1 2 3 (The taking of Pelham 1 2 3, con Washington y John Travolta, e Imparable (Unstoppable, otra vez con Denzel), películas que funcionan como artefactos narrativos sumamente precisos y en los que Scott alcanza a definir un estilo definitivamente propio basado en el movimiento. Muchas de sus películas trabajan sobre temas como el movimiento, los viaje y los medios de transporte. Aviones, motos, barcos, autos, submarinos, trenes, subtes y hasta viajes en el tiempo. Trabajos que también hablan de un hombre con un espíritu más joven que sus 68 años, que adoraba contar historias. Pero injustamente (o tal vez no), Tony Scott sin dudas será recordado por Top Gun.

El final de la película. El lunes pasado se conoció una noticia, que en este diario apareció publicada en la sección Espectáculos del día siguiente. Tony Scott se suicidó arrojándose al río desde un puente. Se dijo que se le habría diagnosticado un tumor cerebral inoperable, un dato que aun no se había confirmado. (Un día después los familiares negaban el tumor, aunque el misterio continúa.) Pero la realidad es un animal salvaje: ese mismo día la sección Sociedad de Tiempo Argentino abrió informando que la Iglesia Católica estaría presionando, aquí en la Argentina, para impedir que se aplique la nueva Ley de Muerte Digna en el caso de Marcelo Diez, quién lleva 18 años de vida vegetativa tras un accidente vial ocurrido en 1994. La paradoja de las noticias ponía en conflicto dos realidades que parecían tocarse íntimamente: Tony Scott solucionaba con su propia decisión un problema al que la ley todavía le niega un final en el caso Diez. Y en el medio, la Iglesia. La misma que sostiene que el hombre fue creado por un Dios que le obsequió primero el don de la vida, pero que inmediatamente después lo dotó del poder más grande y valioso: el libre albedrío, que le permite al hombre decidir dos cosas. 1º) si va a creer o no en ese Dios; 2º) si va a aceptar o no el regalo de la vida y, en todo caso, en qué condiciones accederá a vivirla. Tony Scott tenía casi 70 años y, según se dijo, un tumor cerebral inoperable. Pero sobre todo, de eso no quedan dudas, la firme decisión de ya no querer continuar con esa vida que, con o sin tumor fatal, había dejado de ser un don para convertirse en una carga. Antes de su último salto, Scott dejó dos notas prolijas. La primera en su auto, una lista de personas a quienes comunicar su muerte una vez ocurrida; la segunda, una carta íntima en el escritorio de su oficina. Tratándose también de un creador, y sobre todo de un contador de historias (y uno bueno), no debería llamar la atención que el gran Tony pusiera tanta atención al final de la suya propia. El problema será, como siempre, para los que nos quedamos de este lado de la laguna, solos otra vez, con la certeza de que ya no podemos esperar la próxima película de Tony Scott, una de las tantas formas que ha sabido adoptar el tan promocionado fin del mundo en este año 2012.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 24 de agosto de 2012

ANIVERSARIO - A 113 años del nacimiento de Jorge Luis Borges

Hace 113 años nacía en Buenos Aires Jorge Luis Borges, el exponente más notable que ha dado la literatura argentina. Como ya es habitual hablar de Borges en números centenarios, un poco se pierde la noción de que su importancia también tiene un peso que puede medirse en tiempo. Que una nación que acaba de celebrar su bicentenario hace un par de años tenga a su mejor escritor en un hombre que es apenas 90 años más joven, no deja de ser curioso y destacable. En ese carácter casi contemporáneo pueden intentar explicarse muchas de las actitudes políticas de un hombre que convivió con la Historia. Eso, claro, no justifica sus pensamientos más controversiales (aunque casi nunca exentos de humor), pero sí ayuda a entender algunas de sus contradicciones. Que por supuesto, nunca alcanzan siquiera a manchar una obra admirable, como pocas en la historia de la literatura universal.
Con motivo de celebrar este nuevo aniversario de su nacimiento, se han organizado diversos actos en homenaje al autor de Ficciones. En el Centro Cultural que lleva su nombre, ubicado en la esquina de Viamonte y San Martín, el acontecimiento será celebrado a partir de las 19 con la apertura del Espacio Borges, un lugar permanente de reflexión y divulgación en el que se intentará profundizar en la obra de uno de nuestros mayores escritores.
Durante el día, el Programa Educativo propone también "Borges y sus cuentos", una actividad de narración para las escuelas, donde se utilizarán diferentes dispositivos para empezar a conocer todos los seres imaginarios que tanto fascinaban al escritor.
Por su parte, mañana a las 16:30 en la Biblioteca Miguel Cané (Carlos Calvo 4319), se hará entrega del premio "Joven Lector" a los tres usuarios (entre seis y 21 años) que más consultas hicieron en la red de bibliotecas públicas porteña. Recibirán la obra completa de Jorge Luis Borges, donada por la editorial Random House Mondadori. Y a las 17 comenzará el ciclo Lectura más música a cargo de Cecilia Szperling y Paula Maffía, quienes interpretarán fragmentos de la obra del homenajeado.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.