domingo, 30 de septiembre de 2012

DISCOS - Reign in blood, de Slayer: Al calor de la sangre

Es cierto: el universo fue creado en el balance y el equilibrio de sus elementos. Para la tierra hay agua, blanco contra lo oscuro y muerte para los vivos; el mal se opone al bien y definitivamente el mundo no existiría si Slayer no contrapesara a Metallica. Así de fácil, no hay otra explicación para que el planeta todavía respete la cordura de su órbita. Es cierto que ningún disco de Slayer se compara a Master of puppets -lo siento, es así-, pero ellos cuentan en su haber con al menos tres discos de un nivel superior a cualquier otra cosa que hayan compuesto los otros. (Excepción hecha, claro, de Master of puppets y créanme que lamento ser reiterativo). Se trata de Reign in blood (1986), South of heaven (1988) y Season in the abyss (1990). Que, es cierto, con el paso de los años se han revelado como obras mucho más influyentes que cualquier disco de Metallica, incluyendo a “ese”. De todos me quedo con Reign in Blood, sólo porque incluye un monumental himno del metal, como “Raining Blood”. Sangre para todos.  



Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 27 de septiembre de 2012

CINE - Días de vinilo, de Gabriel Nesci: Un buen paso de comedia (argentina)

Debe saludarse que el cine argentino sea capaz de abordar una comedia de corte comercial como Días de vinilo y redondear un producto que, más allá de las objeciones que se le pueden realizar, cumple en hacer un cine dispuesto a generar empatía con el gran público. Si algo demuestran los últimos 25 años es que la producción local ha logrado nutrir y sostener un cine al que podríamos llamar “de autor”, consiguiendo el respeto de todo el mundo. Pero el éxito de taquilla con películas de género (aun cuando la comedia sea el menos complejo a la hora de conectar con los espectadores) sigue siendo una cuenta pendiente. Días de vinilo parece ser a priori una buena opción para dar un paso adelante en ese sentido. La fórmula incluye un guión que acumula algo más que chistes repetidos u obvios; algunos personajes sólidos; un correcto trabajo de casting que permite que buenos actores se encuentren con papeles que parecen escritos para ellos; y sobre todo el valor, en todos los sentidos de la palabra, de reconocer la diferencia entre hacer cine y hacer televisión, y obrar en consecuencia. Tal vez el inicio no parezca auspicioso. Comenzar una historia con una voz en off que nos cuenta cómo es que cuatro preadolescentes sellaron para siempre su amistad en una esquina, bajo una lluvia de discos de vinilo, se acerca bastante al lugar común. Pero hasta las mejores películas de género (y se ha dicho que la comedia lo es) necesitan de ciertos códigos y tal vez esa escena actúa como falso normalizador, del mismo modo en que la fórmula del “Había una vez...” simula que todos los cuentos son en realidad el mismo, cuando luego es evidente que no. Estos niños crecerán y, empujados por traumas clásicos de la clase media –siempre gentileza de padres peleadores, sobreexigentes, irresponsables o abandónicos–, se volverán adultos más o menos conscientes de su insatisfacción. Está el cineasta depresivo enamorado de una crítica de cine que lo deja y sólo puede escribir historias que narran su propio de-sengaño. El disc-jockey celoso e hipocondríaco cuya inseguridad es un tormento para todos. El eterno joven al que sólo le importa viajar a Liverpool con su banda tributo a Los Beatles. Y el exitoso en su trabajo que está a punto de casarse, pero que ha relegado su pasión por escribir canciones. Todos ellos tendrán su momento de crisis. Pero como la película en el fondo es conservadora –el peor defecto de la comedia norteamericana a la que Días de vinilo le ha pedido prestado el molde–, cada crisis acabará rigurosamente en final feliz. Aunque el balance sea positivo, la película intercala aciertos y deslices. La parodia de sí mismo que realiza Leo Sbaraglia como actor psicótico; la confirmación de la veta cómica que ha encontrado Gastón Pauls tras su paso por series como Soy tu fan y Todos contra Juan; la solvencia de Fernán Mirás para hacer el Woody Allen más argentino de la historia; el buen trabajo de todo el elenco, se encolumnan dentro del haber. Un humor que a veces roza la propaganda de cerveza, la recurrencia de utilizar títulos de canciones de rock para hacer humor y justificar el título de la película, y cierta falta de verosimilitud para convencer al espectador de que estos cuatro tipos son realmente amigos son algunas cuentas pendientes. Párrafo aparte merece el chiste en que el guionista que interpreta Pauls se enamora de la crítica de cine (Peleritti) que hace una reseña negativa de su ópera prima y que luego lo abandonará con frías excusas. Un buen chiste que refiere a la relación amor-odio que liga a los cineastas con los críticos. Aun más curioso es lo que produce el personaje de Inés Efrón, joven intuitiva y sensible que obra como opuesto de esa crítica de cine robótica e infame. Desde el sentido común (virtud que a partir de la oposición mencionada la película le niega a la crítica como práctica formal), la chica realiza objeciones varias al nuevo guión escrito por el personaje de Pauls, algunas de las cuales pueden trasladarse a Días de vinilo merced a un interesante efecto de Moebius, que permite que la película y su crítica más justa se proyecten en simultáneo sobre la misma pantalla. Altos y bajos de una comedia que articula un humor tan ágil como simple, sin subestimar al público. Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

lunes, 24 de septiembre de 2012

CINE - Terminó el 1° Festival Internacional de Cine de UNASUR: Premios para todos

Finalmente el Primer Festival Internacional de Cine de UNASUR tocó su noche final y hubo festejo para muchos. Porque este encuentro que intenta impulsarse como un encuentro regional de fuste dentro de la actividad cinematográfica repartió gran cantidad de premios en sus tres categorías competitivas: Cortometrajes, Largometrajes de Ficción y Documentales. Hasta puede decirse que demasiados, atendiendo a que se trata de un evento recién nacido y de programación pequeña, pero sin dudas se trató de un intento de convertir a esta primera edición en una fiesta compartida antes que el ensalzamiento de unos pocos ganadores. Aunque la generosidad puede haber sido un gesto oportuno esta vez, los organizadores deberán evaluar la posibilidad, menos políticamente correcta, de que un festival competitivo involucra la certeza de muchos compitiendo por un gran premio, en donde el sólo hecho de participar es ya de por si un logro y un mérito. Lo que no caben dudas es que los ganadores de los grandes premios en cada categoría han sido justos. Sobre todo en los apartados de cortos y largos de Ficción. No es que en la sección documental se haya cometido ninguna injusticia, pero fue curioso que que El etnógrafo de Ulises Rosell, una de las grandes películas argentinas de este año y gran favorita de la categoría, no resultara ganadora. Aun a pesar de haberse llevado los premios a mejor dirección y fotografía. O que grandes trabajos como Papirosen, de Gastón Solnicki, y Sibila de Teresa Arredondo, no lograran siquiera uno de los premios menores. Dicho esto sin perjuicio de dudar de la validez de las menciones entregadas y los ganadores elegidos. En este caso el de Mejor Película fue compartido por dos filmes muy intensos: el colombiano Nacer, dirigido por Jorge Caballero, y Con mi corazón en Yambo, conmovedor y durísimo trabajo en primera persona de la ecuatoriana María Fernanda Restrepo. Lejos de sembrar dudas sobre la legitimidad de los premios, todas estas observaciones no hacen sino confirmar el altísimo nivel de la selección realizada para esta competencia de documentales. Por su parte, en la categoría cortometrajes la gran ganadora resultó la argentina María Alché, conocida sobre todo por algunos trabajos como actriz en televisión y por interpretar el papel protagónico en la película La niña santa, opus dos de Lucrecia Martel. Presentándose aquí como directora y guionista del corto Noelia, Alché se llevó el premio a la mejor película de la competencia y la mención como Mejor Directora. También se alzó con el reconocimiento a Mejor Actriz por el trabajo de su protagonista, Laila Maltz. La categoría de Mejor Largometraje de Ficción tampoco estuvo exenta de pujas intensas, o al menos eso parece desprenderse del reparto de su gran premio y de las menciones. La ganadora resultó la argentina Infancia clandestina, de Benjamín Ávila, favorita incluso desde antes de que comenzara el festival. La película, que cuenta la vida dentro de la resistencia montonera en 1979 desde los ojos de un nene de 11 años, se estrenó comercialmente el jueves pasado y su visión es altamente recomendada. El principal rival de Infancia clandestina en la decisión de los jurados sin dudas resultó El último Elvis, logrado debut cinematográfico de Armando Bo (nieto), que se llevó las menciones a mejor guión, vestuario y dirección de arte. Mientras que las chilenas Violeta se fue a los cielos, de Andrés Wood, y El año del tigre, de Sebastián Lelio, se llevaron dos premios cada una, entre ellos mejor actriz y mejor actor respectivamente. Ha pasado la primera edición de este Festival Internacional de Cine de UNASUR, con la promesa y el compromiso de sus responsables de volver a realizarse el año que viene nuevamente, aquí en San Juan.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 22 de septiembre de 2012

CINE - Cierra hoy el Festival Internacional de Cine de UNASUR: Momento de definiciones

Sin prisa pero sin pausa pareció ser el lema del 1° Festival Internacional de Cine de Unasur, que se realizó en la ciudad de San Juan desde el sábado pasado y que tendrá hoy por la noche su cierre. Embebido en la parsimoniosa cadencia de la ciudad que lo ha alojado durante toda esta semana, el Festival ofreció a los sanjuaninos una pequeña pero atractiva programación, que se vio recompensada con salas bastante concurridas y con las funciones nocturnas siempre agotadas. El hecho confirma el valor de este tipo de iniciativas, que hacen pequeños fenómenos de películas que durante sus estrenos comerciales pasan sin tanta repercusión. Convertido en una suerte de evento social y sostenido por una selección que se apoyó sobre todo en la inclusión de películas básicamente narrativas, lejos de las intenciones radicales e innovadoras de festivales de vanguardia (verbigracia el BAFICI), el Festival de Unasur consiguió el objetivo de hallar un público. Aun con sus fallas, nacidas sobre todo de la inexperiencia que significa un debut. Las competencias de Ficción y Documental van perfilando sus favoritas, o al menos eso puede intuirse al escuchar los comentarios de los espectadores a la salida de los cines. Entre los films de ensayo han tenido una muy buena recepción Sibila, producción peruano-chilena de Teresa Arredondo; Tropicalia, del brasileño Marcelo Machado; y El etnógrafo, del argentino Ulises Rosell. En tanto que dentro de la rama Ficción han sido muy bien recibidas La hora cero, película de acción venezolana dirigida por Diego Velazco; la colombiana Karen llora en un bus, de Gabriel Rojas Vera, y la argentina Infancia clandestina, de Benjamín Ávila. Justamente esta última propone un dispositivo narrativo infrecuente, que es el de abordar una temática compleja como la lucha armada de Montoneros en la Argentina durante la última dictadura militar, a través de la mirada de un niño. Lo cual es interesante, pero que no sería tan curioso si no lo compartiera con otra película. Se trata de Las malas intenciones, de Rosario García-Montero, que intenta lo mismo para trazar un perfil de los años de Sendero Luminoso en el Perú. Aun con ese notable punto común de tener en dos niños a sus protagonistas principales, son enormes las diferencias que separan desde lo formal (y hasta en sus lecturas políticas y sociales) a estos dos trabajos. Mientras la película de Ávila se sostiene en una narración de tono realista que va volviéndose extraña a los ojos del espectador adulto, hasta llevar el tema de la resistencia durante los años de plomo a límites en donde todo es puesto en cuestión y plantear una posible crítica a la lucha desde su propio seno. De manera casi opuesta, en la película peruana la visión de Cayetana, la niña protagonista, ya es planteada como un espejo deformante utilizado para magnificar una mirada de clase, siempre exterior pero no por eso menos descarnada, del accionar de Sendero Luminoso. Aun con estas diferencias, ambas películas comparten un tono crítico que siempre es bienvenido a la hora de abordar una historia repleta de heridas abiertas. En esa misma línea, no debe dejar de mencionarse la inclusión fuera de competencia del documental Parapolicial Negro, una prehistoria de la Triple A, dirigida por Valentín Javier Diment y basada en una crónica policial que el periodista Ricardo Ragendorfer, columnista de Tiempo Argentino, publicó hace años en la revista Caras y Caretas, acerca del origen de aquella organización parapolicial durante el último gobierno de Perón. Tres películas que dejan en claro la intención de abrir debates que ha tenido la programación de esta primera edición del Festival de Cine de Unasur que va llegando a su final. Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

CINE - La casa del miedo (Silent House), de Chris Kentis y Laura Lau: La copia del miedo

El cine de género uruguayo dio en los últimos años un par de golpes interesantes que desde este lado del charco no alcanzaron a ser valorados en su dimensión justa. El primero lo conectó en 2009 Fede Álvarez, director y factotum del increíble cortometraje ¡Ataque de pánico!, donde imagina una invasión alienígena que destruye Montevideo con un ejército de naves y robots gigantes. Gracias a eso hoy Álvarez se encuentra dirigiendo una remake de Evil dead (gran debut de Sam Raimi en los años 80), producida nada menos que por el propio Raimi y Bruce Campbell, protagonista de las tres películas de la saga. El segundo impacto, menos estruendoso, es el que consiguió Gustavo Hernández con La casa muda, film de terror en toda regla que nada tiene que envidiarle a las producciones clase B norteamericanas. Aun reconociendo lo meritorio de este último logro, no puede dejar de mencionarse que las películas del género difícilmente superen el estándar de la mediocridad, y que la de Hernández si lo conseguía era con lo justo. Lo notable de su caso es que, como sucedió con la española REC, el uruguayo logró vender los derechos para que la máquina de picar cine norteamericana realizara una versión hecha al gusto de su propio mercado. Esa remake es esta La casa del miedo que acaba de estrenarse en Buenos Aires. La historia es la misma y durante los primeros tres cuartos de la película no involucra más que diferencias mínimas. Sarah es una joven que llega con su padre y su tío a una casa de campo que hace tiempo dejaron de utilizar para pasar las vacaciones. La idea es venderla, pero para ello deben reparar algunos daños causados por el maltrato al que la han sometido intrusos ocasionales. La noche llega y con ella se suceden situaciones extrañas y fantasmales, es decir, lo mismo que ocurre en el cine de género cuando se hace de noche en una casa vieja y sin luz. Su padre es atacado y entonces Sarah deberá enfrentarse sola a una presencia que la sigue por todas las habitaciones de esa casa inmensa, incluyendo el sótano de rigor que no podía faltar. La casa muda tenía dos gracias que La casa del miedo sostiene. La primera es el supuesto mérito de estar realizada en un único plano secuencia (recurso truculento y falaz, aunque bien resuelto), y la segunda es que la cámara nunca abandona a la protagonista, de modo tal que al espectador se le permite saber sólo aquello que ocurre en presencia de la chica. Un detalle a tener en cuenta en el giro final del relato que, por supuesto, no será revelado aquí. A cargo de Chris Kentis y Laura Lau, director y productora de un film de suspenso interesante como Aguas abiertas, La casa del miedo tiene el defecto de lo explícito, un mal congénito en la narrativa cinematográfica norteamericana. Sí algo se permitía La casa muda, aun con todo lo evidente que ya era el final original, era cierta vaguedad, la forma en que al menos intentaba que la cosa no terminara arruinada por el trazo grueso y, siendo exagerados, hasta cierta poética de lo sobrenatural. Esa “sutileza” aquí es reemplazada por un final que no deja lugar para las dudas y en donde todo cobra un realismo pornográfico que necesita mostrar lo que en la original se sugería ya con bastante énfasis. Un detalle que habla a las claras de una sociedad en la cuál el verdadero terror se encarna en la posibilidad de que las cosas no sean ni blancas ni negras, sino indefinidamente grises. Artículo escrito originalmente para ser publicado en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.