lunes, 21 de noviembre de 2011

LA COLUMNA TORCIDA - La madre de Bambi era comunista

En casa se veía poco cine y no porque no nos gustara, más bien porque no se podía: un sueldo de maestra en los ’70 apenas cubría los gastos de tres hijos, que pronto seríamos cuatro. Será por eso que durante mucho tiempo tuve fresco como un tajo el paraíso perdido de los hijos únicos, cuando en el viejo cine Los Ángeles solamente cabíamos Mamá y yo.
Para la mayor parte de mi generación Walt Disney ha sido el gran desvirgador. Quien no debutó con Pinocho lo habrá hecho con Dumbo, o con cualquiera de sus otras criaturas, con perdón de los presentes. Eso sí, de ningún modo fuimos pioneros: para ese entonces, el himen cinematográfico de varias generaciones ya había sido consecuentemente desgarrado por el lápiz de ese hombre de bigote elegante y aliento macarthista. Quién hubiera pensado que detrás de esa sonrisa capaz de toda seducción, se escondía el horror de la mueca delatora. Es seguro que sus víctimas no se sorprendieron cuando el tipo se compró un freezer para embarcar su corazón helado en un sueño de eternidad. En mi caso debo decir que Yocasta siempre estaba ahí, conmigo en el cine, para cuidarme de esas otras brujas en Technicolor, infinitamente menos dañinas.
No hay mucho en mi vida antes de Disney. Tal vez en el cine (dentro del cine) estén las puntas de todos los ovillos y quizá por eso vuelvo ahí con insistencia ritual, sin saber bien qué encontrar. Sin embargo el bien y el mal dirimiendo en la pantalla sus cuestiones a las piñas siempre obligan a tomar partido. La cosa no es sencilla: ¿de qué lado quiere estar uno? ¿De parte del zonzo Dumbo, o con el cuervo cafiolo que lo alienta con la falsa magia de la pluma? ¿Del lado de la Madrastra y su manzana Red Delicious o con la candidez terminal de Blancanieves y su troupe de enanos pederastas? ¿Con los cazadores o con la madre de Bambi? Yo prefiero votar por los cazadores y ver como el ciervito se hace macho de una vez. ¿Será esa ilusión la que siempre me alimenta el cine?

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Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

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