viernes, 26 de febrero de 2021

CINE - El fin de la cuarentena: Las salas reabren después de un año de cierre obligado

A través del Boletín Oficial y tras más de once meses de telones cerrados, la Jefatura de Gabinete nacional habilitó este jueves la reapertura de las salas de cine en la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Con la noticia aún fresca, las empresas exhibidoras pusieron en movimiento sus estructuras con el fin de tener abiertos sus complejos multisala ya a partir de este fin de semana. La decisión implica en primer lugar la puesta a punto del equipo encargado de hacer cumplir los protocolos de seguridad aprobados. Pero también el armado de una programación en tiempo record, ya que ayer mismo se especulaba con que la fecha de reapertura sería recién el próximo jueves 4 de marzo y no durante el fin de semana.

Atentas a la expectativa de los fanáticos del cine, algunas de las compañías exhibidoras más importantes del país hicieron pública las listas con los títulos que podrán verse en las funciones programadas para estos días. La cadena Showcase Cinemas anunció que tiene todo preparado para abrir sus salas este mismo sábado y ya dio a conocer las películas que ocuparán las pantallas de sus complejos. Entre ellas se cuentan The Empty Man, película que combina el policial con el terror; Las brujas, lo nuevo de Robert Zemeckis con Anne Hathaway y Octavia Spencer; la superproducción rusa de ciencia ficción Invasión: El fin de los tiempos; la película china de cine catástrofe Avalancha: Desastre en la montaña y el film de terror español Malasaña 32. El programa se completa con tres películas infantiles: la nueva de Scooby-Doo, Como perros y gatos 3 y Zapato Rojos y los 7 enanos.

Por su parte, las cadenas Hoyts y Cinemark anunciaron que reabrirán sus complejos el miércoles 3 de marzo y también publicaron la programación que estará disponible a partir de entonces. La lista incluye las mencionadas Scooby, Como perros y gatos 3, Las Brujas, Malasaña 32 y Avalancha, a las que se suma 10 cosas que hacer antes de dejarte, protagonizada por la actriz Christina Ricci. Además los fanáticos del animé podrán disfrutar de títulos como Love Sunshine, Akira y Eureka. Ambas compañías avisaron también que en el transcurso de la semana que viene anunciarán los estrenos que podrán verse a partir del jueves 4.

A diferencia de estas últimas, Showcase ya anunció que ese día se estrenarán tres películas en sus salas. Serán la animada Trolls 2 World Tour; la película de aventuras y ciencia ficción Monster Hunter: La cacería comienza, dirigida por Paul W.S. Anderson y protagonizada por Milla Jovovich y Ron Pearlman; y Tenet, la última y esperada película del británico Christopher Nolan con John David Whashington, Robert Pattinson, Kenneth Branagh, Elizabeth Debicki y Michael Caine.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 25 de febrero de 2021

CINE - "Corazón borrado" (Boy Erased), de Joel Edgerton: Cómo curar a los que están sanos

“Nuestra familia es muy normal”, le dice la madre a Jared cuando este le pregunta si entre los parientes cercanos hay alcohólicos, apostadores, adictos, consumidores de porno o enfermos mentales. Y homosexuales. Esa familia normal (y cristiana) es la que envió al chico, que transita el final de su adolescencia, a un campamento juvenil en el que prometen “curar” su deseo por otros hombres. Es ahí donde le pidieron como tarea que dibuje en un afiche su árbol genealógico, consignando en él todos los pecados morales cometidos por sus familiares más próximos. Pero la respuesta de la madre es tajante y con apenas esas cinco palabras deja a su hijo solo con su deseo, abandonado en el lado monstruoso del mundo.

Basada en el libro de memorias de Garrard Conley, Corazón borrado narra la experiencia de ser homosexual en el centro de los Estados Unidos blancos y cristianos, en cuyo seno es habitual tratar el asunto como una enfermedad que puede y exige ser curada. Pero tampoco es cuestión de señalar con el dedo y mirar para otro lado: los debates en torno a las leyes de género expusieron en la Argentina la existencia de un pensamiento afín. 

En ese campamento de la vergüenza, Jared recibe entre rezos y plegarias valiosas enseñanzas para dejar de ser gay: pararse como un hombre, no cruzar las piernas al sentarse, interpretar un papel. Dirigido por el actor australiano Joel Edgerton, el film combina aciertos con excesos, siempre amparado tras el escudo moral de las buenas intenciones. Sin embargo hay una escena en la que, con una simple decisión de cámara, el director no solo consigue exponer el punto de vista de la película con mucha más potencia que en otras, en las que todo es dicho de forma obvia. También demuestra que Edgerton es capaz de manejar con elegancia e inteligencia los recursos cinematográficos. 

En ella, como si se tratara de un tribunal, los padres junto a un pastor y a otro miembro destacado de la comunidad (que también tiene un hijo “con problemas”), le preguntan a Jared si quiere cambiar y si está dispuesto a sacrificarse para conseguirlo. Tras un momento tenso, en el que los tres hombres no le sacan los ojos de encima al “acusado” mientras la madre esconde la mirada, Jared expresa con firmeza su deseo de dejar de ser quién es. Entonces todos se toman de la mano para orar por ese joven que “se alejó del camino”. En ese momento la película cambia su punto de vista. La cámara sale de la habitación y registra todo desde afuera, a través de la ventana, mientras con un travelling muy suave también se aleja. Con ese gesto sencillo Edgerton confirma que Jared no puede estar más solo, pero además se niega a ser parte del ritual de humillación, tomando distancia. En decisiones como esa, que constituyen una declaración política en la que se combinan ética y estética, está el auténtico valor de Corazón borrado. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - Reapertura de las salas: Volver al cine en pandemia

El cierre de las salas de cine en la ciudad y la provincia de Buenos Aires parece enfrentar sus últimos días. Dos semanas después de que las empresas exhibidoras y las cámaras que nuclean la actividad en dichos territorios mantuvieran sendas reuniones con ambos gobiernos, finalmente parece que la reapertura podría darse en los primeros días de marzo. Así lo manifestaron de forma pública varias empresas, que terminaron instalando la idea de que el próximo jueves, el 4 de marzo, sería el Día D para el regreso de las películas a la pantalla grande.

Oscar García, director de Cines Showcase y representante de la empresa National Amusement International (NAI), confirmó en diálogo con Página/12 que la semana pasada los ministros de salud y de cultura de la ciudad, Fernán Quirós y Enrique Avogadro, recorrieron el complejo que la cadena tiene en el barrio de Belgrano. La visita tuvo por objeto comprobar la preparación del protocolo y su eventual aplicación en las propias instalaciones: el resultado fue positivo. “A partir de eso Quirós aprobó el protocolo y entendemos que el mismísimo lunes fue enviado junto con el pedido de excepción al Jefe de Gabinete del gobierno nacional”, aseguró García. El procedimiento se encuentra en la misma etapa en lo que se refiere a las autoridades de la Provincia, aunque en ese caso no fue necesaria una visita a cines, ya que la gobernación adhirió al protocolo redactado por la Superintendencia de Riesgos de Trabajo en colaboración con el Ministerio de Cultura Nación. 

“Ahora solo queda que la excepción se publique en el Boletín Oficial para que podamos reabrir los cines en la ciudad y la provincia de Buenos Aires”, dijo el director de Showcase. Según los protocolos aprobados, en la ciudad el aforo máximo será, inicialmente, del 30% de la capacidad de cada sala, con un distanciamiento entre espectadores o grupos de espectadores de un metro y medio hacia los lados y una fila hacia adelante y hacia atrás. En cuanto a la provincia, los parámetros de distanciamiento serán los mismos, pero la ocupación de sala permitida alcanzará el 50%. 

A pesar de los avances, sin embargo García considera que es difícil arriesgar una fecha de reapertura, porque no es algo que dependa de las empresas. “Estamos esperando que se publique la excepción. En cuanto eso ocurra vamos a convocar al personal y abriremos de inmediato”, aseguró. “He escuchado que otros exhibidores empezaron a hablar de abrir el jueves que viene, 4 de marzo”, continuó García, “pero ahí lo que va a ocurrir es que, en la medida en que esté la aprobación, cada empresa va a poner su propia fecha dependiendo de qué tan organizados estén”. Pero para él sigue siendo fundamental esperar el anuncio oficial: “las empresas no nos podemos arriesgar a empezar a pedir mercaderías perecederas que después, si la reapertura se demora, las volveríamos a perder”. García recordó que con el comienzo del aislamiento, el 18 de marzo del año pasado, las empresas enfrentaron pérdidas importantes por tener que decomisar productos perecederos. “Por eso ahora estamos siendo prudentes. Tenemos avisados a nuestros proveedores, pero no vamos a hacer ningún pedido antes de contar con la seguridad de una autorización.”

De confirmarse las previsiones de las empresas exhibidoras, la esperada reapertura de los cines en la ciudad y la provincia estaría llegando sobre el final del verano y el comienzo de la temporada fría se abre como una incógnita que puede volver a complicar a la actividad ¿El sector ya tiene preparada una estrategia para enfrentar una eventual vuelta a foja cero del aislamiento? “Estamos muy seguros y tranquilos de que con este protocolo la actividad es segura para prevenir la propagación”, insiste García. “Sabemos que no somos un foco de contagio. De hecho nuestros complejos han estado cerrados durante un año y si la pandemia se propagó de ninguna manera tuvieron nada que ver los cines”, recordó el directivo. 

“Desde las empresas asumimos el compromiso de ser estrictos con el cumplimiento del protocolo, pero es cierto que con el frío también se pueden incrementar los casos”, concedió García. “Ahí tendremos que estar firmes en que ese aumento no va a tener que ver con los cines sino, como ocurrió el año pasado, con el propio flujo de la enfermedad”, argumentó. “Salvo que, obviamente, el incremento de casos sea mayúsculo y obligue al cierre de muchas actividades para reducirlo.” “Pero en la medida en que la curva se mueva de forma razonable, esperamos que los cines se mantengan abiertos. Porque nuestros protocolos son muy restrictivos en cuanto a capacidad y distanciamiento, lo cual garantiza un alto nivel de seguridad”, aseguró. 

La realidad es que un nuevo cierre sería muy dañino para el negocio de la exhibición cinematográfica y García lo sabe. “No sé cuántas compañías no van a poder abrir sus salas cuando se apruebe el reinicio de la actividad”, se lamentó el director de Showcase. “Hay que tener en cuenta que dentro de la provincia de Buenos Aires hay muchas ciudades medianas que tienen cines que no pertenecen a grandes cadenas, sino que son manejados por empresas familiares, muchas de las cuales quizá no estén en condiciones de reabrir ahora. Y si lo hacen –y ojalá así sea, porque sería una tragedia que no pudieran—, un nuevo cierre los terminaría de aniquilar.” Por eso, García cree que “desde el Estado deberán ser muy prudentes antes de volver a cerrar la actividad. Y si fuera necesario, tendrán que juntarse para ver cómo hacer para que los protocolos sean todavía más seguros. Porque un nuevo cierre sería un golpe fatal”.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 21 de febrero de 2021

LIBROS - "Cuadernos", de Andrés Di Tella: Relatos de memorias

La literatura y el cine del yo se han vuelto habituales dentro del paisaje de la producción literaria y cinematográfica contemporánea. Se trata de novelas y películas que exhiben el viaje de autodescubrimiento de sus autores, siempre organizados a partir del retrato más o menos profundo, más o menos descarnado de algún miembro de su propia familia. Aunque sigue habiendo excelentes trabajos construidos sobre esta fórmula, también es cierto que ha ido perdiendo sorpresa conforme se acumulan sus exégetas. Pero como toda tendencia, esta también tiene sus pioneros y precursores. Los padres fundadores que ayudaron a sentar las bases cuando el asunto aún era una novedad, y no caben dudas de que en la Argentina el escritor y documentalista Andrés Di Tella debe ser considerado uno de ellos.

Di Tella empezó a dirigir a mediados de los ’90, interesado por temas vinculados a la cultura nacional, como lo demuestran sus documentales Montoneros, una historia (1995), Macedonio Fernández (1995) o Prohibido (1997), en el que investiga la persecución a intelectuales durante la dictadura. Pero con la llegada del siglo XXI y tras la muerte de su madre Kamala, una psicóloga nacida en la India, la filmografía de Di Tella comenzó a acumular trabajos en los que indaga en sus propios relatos familiares. Así, en La televisión y yo (2002) retrata a su padre Torcuato; en Fotografías (2007) viajó a la India para descubrir la vida de su madre antes de convertirse en esposa de su padre. Y en Ficción privada (2019) recrea el vínculo de ambos a partir de las cartas juveniles que se mandaban cada vez que el destino les imponía la fatalidad de la distancia.

Este registro cinematográfico de la intimidad tiene su correlato gráfico en una serie de cuadernos que Di Tella lleva a modo de diario desde hace más de 12 años. En ellos acumula textos personales que abordan temas diversos, pero siempre vinculados a su propia experiencia. Una selección de esos escritos acaba de ser editada con forma de libro bajo el título de Cuadernos (Editorial Entropía). En sus páginas los lectores encontrarán pequeñas viñetas de la vida cotidiana, anécdotas sobre artistas populares o desconocidos que el autor cita siempre desde la admiración, recuerdos surgidos del ejercicio de sus oficios o de su propia intimidad, breves crónicas de experiencias ajenas o personales y también reproducciones facsimilares de algunas ilustraciones que funcionan como un oportuno complemento.

Cuadernos es uno de esos libros que al terminar de ser leídos dan ganas de invitar a su autor a tomar un café o a cenar, para poder conversar con él, discutir algunas de sus ideas o saber más acerca de otras. Uno de los privilegios del oficio del periodista –que arrastra muchas desventajas, en especial en lo referido al pago casi humillante que en la actualidad reciben quienes lo ejercen— es esa posibilidad de invitar a conversar a un escritor, un cineasta, un pensador al cual se admira, para hacerle todas las preguntas que la curiosidad le permita formular. Aunque en pandemia no haya café ni cena posibles y uno deba conformarse con una llamada telefónica o una charla vía Zoom. 

Di Tella cuenta que detrás de la escritura de aquellos cuadernos siempre estuvieron sus “ganas de juntar textos”. “Empezó cuando, después de llevar a los chicos temprano al colegio, me iba a tomar un café y aprovechaba para escribir algo”, dice al recordar el comienzo de aquella decisión que terminó convertida en hábito. “Podía ser sobre un sueño, un proyecto en el que estaba trabajando, o simplemente me ponía a describir la forma en que la luz entraba por la ventana. Lo hacía como ritual para conectarme durante un par de horas con alguien mejor que yo, que ahora vive en esos cuadernos”, confiesa. 

Para describir de qué se trata Cuadernos, Di Tella recurre a la mejor ayuda posible. “Hay un cuento de Borges, uno de esos minúsculos que escribía, en el que cuenta acerca de un hombre que se propone dibujar el mundo. Para conseguirlo empieza a llenar páginas en blanco con imágenes de provincias, de ríos y montañas, de casas, de instrumentos y de personas. Siguió con ese trabajo por años, pero poco antes de morir descubre que ese laberinto de líneas no es otra cosa que el dibujo de su propia cara”. “El cuento termina ahí y me parece que este libro tiene algo de eso”, reflexiona el director de películas como Hachazos (2011) o 327 cuadernos (2015). “Porque hablando de Jack Kerouack, de Norah Lange, de Macedonio o lo que sea, en realidad yo también termino haciendo una suerte de autorretrato.”  

–En el libro hay un texto dedicado a William Burroughs y a Brion Gysin, que hace referencia al Cut Up, mecanismo que ellos idearon para superponer formas o textos con el fin de que en esos cruces se produjeran nuevos sentidos. ¿Cuadernos funciona así? ¿Como una superposición de recortes de la memoria que también terminan revelando una figura nueva? 

–Sí, pero hay algo del azar en ese recorte. Hay algo que le escuché decir al cineasta alemán Harun Farocki, hablando sobre el trabajo de archivo. Él me decía que había descubierto algo que llamó El Archivo del Revés. Durante muchos años Farocki recortaba noticias de los diarios que le resultaban curiosas, pero cuando volvía a revisarlas años después descubría que le parecía más interesante lo que había quedado en la parte de atrás de esos recortes. Porque había algo de incompleto y azaroso que le generaba curiosidad y lo movía a investigar aquello que había en el revés del archivo. Acá hay algo de eso. Porque en estos cuadernos escribo de todo y lo hago un poco a propósito, porque de alguna manera los escribo para olvidar, para sacarme cosas de la cabeza. Entonces, cuando me pongo a buscar algo, de golpe me encuentro con cosas que había olvidado y que me vuelven con la frescura del redescubrimiento.  

–La idea misma del Cut Up es muy cercana a la del montaje, procedimiento que el cine reclama como rasgo de identidad, pero que es una herramienta que la literatura utiliza desde siempre y tu libro es una muestra de eso. 

–En ese sentido, tomo al montaje como algo natural, como parte constitutiva de mi trabajo. Además, en el tipo de películas que hago la escritura verdadera sucede en el montaje. Es decir, una vez que ya está todo filmado. Alguien dijo que la diferencia entre ficción y documental es que en la primera se escribe el guión antes y en el otro, después, durante el montaje. Y algo de cierto hay. Cuando filmo, a mí me gusta encontrarme con algo que no era lo que había salido a buscar. Es más: cuando se te queman los papeles, eso es lo mejor que te puede pasar, porque estás obligado a encontrar otra cosa. Cuadernos en ese sentido es un libro de montaje.  

–También le dedicás un pasaje a la película Of Time and the City, del inglés Terrence Davis, que termina con una frase significativa: “Los momentos dorados pasan y no dejan rastro”. Y tu libro, e incluso casi toda tu obra como cineasta, pueden ser leídos como un intento de conjurar esa afirmación. 

–Primero está el deseo de dejar algún rastro de las experiencias intensas y de las personas que uno ha conocido. Pero a la vez está esa sensación un poco angustiante de que igual no es posible, que es como arena que se te escapa entre los dedos. Por eso quise publicar un libro, porque me parecía que había muchas cosas que para mí eran importantes pero que quedaban fuera de la mesa del montaje, para volver sobre ese concepto. Es muy poco lo que entra en una película en términos de información, de historia, de texto.  

–¿Te parece que el cine en relación con la literatura te obliga a un ejercicio de síntesis? 

–Lo que pasa es que el cine maneja otro tipo de información: las imágenes, el sonido, el montaje en el tiempo, el ritmo. La música propia del cine. Eso trae toda una información y evoca en el espectador todo lo que ya trae consigo. Creo que el cine es eso: una especie de máquina para mover las piezas que están dentro de cada espectador. Pero si vos transcribís todo lo que una película tiene de texto, incluso las mías, que tienen bastante, no juntas más que tres o cuatro páginas. Entonces, no hay lugar para entrar en detalles o hacer cierto tipo de relatos que a mí me interesan y desarrollar una historia de otra manera. 

–También contás que el cineasta portugués Pedro Costa define al miedo como una pasión a la que hay que combatir, pero que primero demanda ser reconocida. Teniendo en cuenta tus respuestas anteriores, ¿dirías que el olvido es uno de esos miedos que te movilizan? 

–El olvido me da un poco de vértigo. ¿El olvido de qué? Justamente, de las experiencias. Por ejemplo: de las experiencias de mis padres. Siento que mucho de eso se perdió. Yo me habré quedado con algo, mis hermanos también. Gente que los conoció. Pero hay algo de lo esencial de su experiencia que se ha perdido o corre el riesgo de caer en el olvido. Y eso me parece trágico. Por ahí es por eso que hago películas en las que trato de rescatar lo que hay en mí de sus experiencias. Los padres les transmiten sus experiencias a los hijos de muchas maneras y hay algo de eso que uno puede buscar en sí mismo. Entonces, es posible hablar de los demás a partir de esa huella que nos dejaron y eso se aplica a todos los textos del libro.  

–En ese gesto también parece haber un acto de gratitud, porque al incluirlos en tus libros y películas de algún modo les permitís trascender su propio tiempo. 

–Yo en cambio lo veo como algo egoísta, en el sentido de que me estoy conformando, me estoy montando como persona gracias a ellos. Gracias a descubrir la huella que dejaron en mí Alberto Fischerman, Ricardo Piglia, Narcisa Hirsch. E incluso la que me han dejado personas que nunca conocí, como pueden ser un escritor o personas de las que solo me han hablado. En el libro hay un texto a partir de la muerte de Ed Pincus, un documentalista estadounidense cuyas películas yo no había visto al momento de escribirlo. Pero el solo hecho de haber leído algo en alguna revista o que alguien me comentara algo sobre él generó en mí una especie de locura interpretativa acerca de algo que yo solo podía imaginar. Y estoy seguro de que ese esfuerzo de imaginación llegó a influir en mis películas. Es decir, que un cineasta cuya obra no había visto sin dudas influyó en mi forma de hacer cine.  

–Como dice Costa de los miedos, vos afirmás que a una herencia también hay que poder reconocerla. Juntando ambas cosas: ¿sentís que existe algún vínculo entre herencia y miedo? 

–Tal vez si lo relaciono con lo que hablamos antes: el miedo a perder esa herencia de nuestros padres y maestros. O más dramático: no entender esa herencia. Eso pasa con los padres, un vínculo que atraviesa momentos de rechazo, de conflicto, de no querer hablar como papá o no querer ser como mamá. Y de pronto, con el paso del tiempo y a veces desgraciadamente con la muerte, uno empieza a entender de otra manera sus legados. 

-Una de esas herencias que te dejaron tus padres parece ser Londres, una ciudad con la que tenés un vínculo especial que en el libro queda expuesto a través de una simetría llamativa. Porque cuando tu mamá murió vos vivías allá y tuviste que volver a Buenos Aires. En cambio cuando murió tu papá, 20 años después, vos vivías acá, pero una de las primeras cosas que hacés en ese momento es irte a Londres. ¿Qué representa Londres en tu imaginario personal? 

-Yo viví en Londres desde los 9 a los 14 años. Después volví a Inglaterra a estudiar entre los 19 y los 22, pero en Oxford, no en Londres. Así que allá pasé dos períodos formativos muy importantes, sobre todo el primero. Por eso en algún sentido (y es algo que estoy empezando a descubrir un poco gracias a la práctica de los cuadernos), siento que se trata de una especie de patria espiritual. Algo que al mismo tiempo me resulta tremendo de decir, que también siento a Inglaterra como una patria (risas). Sin embargo eso también tiene que ver con la identidad argentina. Porque a mí, por el hecho de haber vivido tanto afuera, cuando volví a Argentina y me planté, hice una especie de esfuerzo voluntario de ser argentino. Y muchas de mis películas también tienen que ver con eso, con la identidad nacional. O por lo menos, con cuál es mi identidad nacional y mi forma de ser argentino. Me parece que hay una forma de ser argentino que tiene que ver con reconocer que a veces uno tiene raíces en otros lados, algo que por supuesto también es muy borgeano. Y eso, que durante mucho tiempo sirvió para hablar de una falta de identidad de los argentinos, yo creo que es una fortaleza. Algo de lo que recién nos estamos empezando a dar cuenta ahora.  

–En el texto sobre Pincus mencionás una escena de su película Diarios (1982), en la que su propia mujer, retratada en la intimidad, le reclama “estar siendo sacrificada por la película”. En tus trabajos también es usual que aparezcan miembros de tu familia. ¿Cómo se llevan ellos con esa necesidad tuya? 

–Creo que es algo que aprendieron a tolerar (risas). Lo que pasa es que a veces son la película o el libro los que empiezan a mandar. Porque muchas veces cuando estoy filmando no tengo idea de qué es lo que estoy haciendo. De verdad. Pero de golpe, en un momento ocurre eso que el cineasta chileno Raúl Ruíz llama "la transmisión del mando": de repente ya no es el director el que dirige, sino que la película te va diciendo lo que tenés que hacer. Y entonces el problema es que la película, o en este caso el libro, te piden ciertas cosas que ya no contemplan tanto tus necesidades o las de las personas que te rodean.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 18 de febrero de 2021

CINE - "El pequeño detective" (The Kid Detective), de Evan Morgan: El tiempo es veloz

Hay películas que tienen la capacidad de provocar en quien las ve el deseo de que no terminen nunca. Así de gozoso puede ser el cine. Si bien a primera vista la cosa parece una trivialidad, se trata de la manifestación de uno de los asuntos más complejos que definen la condición humana: la conciencia de la irreversibilidad del flujo temporal. Porque aunque aquel deseo está movido por el ansia de prolongar el placer que provoca una experiencia (en este caso cinematográfica), se trata en realidad de la expresión profunda de una angustia ancestral que emerge ante la imposibilidad de habitar para siempre los lugares en los que se ha sido feliz. Es por eso que el final de una buena película es, de manera irremediable, una mínima expresión de la finitud de la materia. Un modesto avatar de la muerte. Y El pequeño detective, escrita y dirigida por el debutante director canadiense Evan Morgan (conocido como coguionista de la también extraordinaria The Dirties, de su compatriota Matt Jhonson), es una de esas que mueven a anhelar lo imposible: que el tiempo se estire, nos envuelva y si fuera posible, que se detenga justo ahí. Ese mismo espíritu es el que motoriza su historia.

Si hay algo con lo que carga Abe Applebaum, el protagonista, es con la certeza de que su momento feliz pasó hace rato y que todo lo que le queda es la morosa espera de lo que vendrá, que nunca será mejor que aquello que se le escurrió entre las manos. Y todavía no tiene ni 40 años. Es que Abe supo ser al comienzo de su adolescencia toda una celebridad en el pueblito donde vive con su familia. Ahí se volvió famoso gracias a su talento innato para resolver misterios, convirtiéndose en el detective de la comunidad. Tanto, que no solo era consultado por sus compañeros para saber quién había tomado sin permiso una golosina, sino que empezó a ser convocado por el director de la escuela cuando alguien se robó la plata de una colecta e incluso por la policía, para ayudar a resolver ciertos casos. La película registra ese pasado de forma luminosa y colorida, haciendo del pueblito la representación del sueño americano perfecto. Es ahí donde El pequeño detective instala la fantasía del paraíso perdido.

Pero la historia no transcurre en ese pasado idealizado, sino en un presente que de algún modo recupera el espíritu sucio y amargo del policial hard boiled, pero filtrado por la ironía y un sentido del humor oscuro que Morgan maneja con maestría. Es que el prestigio de Abe se desmoronó muy pronto, cuando una compañera de colegio fue secuestrada y todo el pueblo le cargó la responsabilidad de encontrarla. Algo que, a pesar de sus esfuerzos, no consiguió, pasando a ser un fracasado a los 12. En ese presente el pueblo luce sino ruinoso, decadente y apagado, el lado B del American dream, donde los hombres se emborrachan en el bar a las cinco de la tarde y las drogas circulan entre los chicos. Y ahí Abe no solo ya no es el orgullo de nadie, ni siquiera de sus padres, sino que sigue siendo contratado por los chicos del barrio, que le pagan monedas para resolver las mismas nimiedades que hace 20 años. Además de ser el depositario de las burlas y el rencor de no pocos vecinos, y la lástima de otros. Pero cuando una adolescente lo busca para resolver el asesinato de su novio, Abe encuentra la posibilidad de redimirse y recuperar lo que perdió.

Si El pequeño detective resulta una película extraordinaria es por la capacidad de Morgan para retomar el molde del policial negro y retorcerlo de tal manera que parezca una película de aventuras de los ’80. Incluso tiene la oscuridad de los mejores títulos de aquel otro “paraíso perdido” de la cultura pop, por cuyas grietas se filtra la mirada desencantada de una sociedad que también ha visto pasar de largo sus mejores momentos. Por eso el final de El pequeño detective, que al principio parece extraño y puede llegar a descolocar con su negación del happy ending, resulta ser perfecto en su expresión de la angustia. Porque vuelve a recordarle al espectador que el tiempo nunca se detiene a ver quién queda atrás.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.