jueves, 15 de octubre de 2020

CINE - "Tomando estado", de Federico Sosa: Las víctimas del 2001 desde el presente

No son muchas las experiencias del cine argentino que desde la ficción han decidido volver a los hechos ocurridos en diciembre de 2001 y a la realidad que les dio origen. Justo hasta ahí regresa el director Federico Sosa para darle forma a Tomando estado, su cuarta película, cuya acción arranca a finales de octubre de ese año, apenas dos meses antes de que el país cayera en el abismo más profundo de su historia. Como ha quedado claro en las dos décadas que le siguieron a aquel momento, no da igual el punto de vista desde el cual se decida observar lo sucedido. Porque no es lo mismo ver hacia atrás a través de los ojos de los que gestionaron aquel desastre, que hacerlo desde el lugar de sus víctimas. Y es ahí donde Sosa elige pararse a repasar ese pasado cada vez menos reciente, pero cuyas consecuencias nunca dejaron de estar presentes.

Los protagonistas de Tomando estado son los operarios de una de esas cooperativas que proveen de electricidad a los pueblos de la provincia de Buenos Aires. Un grupo de trabajadores a quienes los reúne el origen social, pero que sin embargo se vinculan con la realidad que les toca de forma diversa. La película expresa esas diferencias a partir de la relación que mantienen Carlos y Nicola, a quienes los separa la edad y, sobre todo, las experiencias vividas. Mientras que el primero es un cincuentón criado en la vida sindical, un sobreviviente de la dictadura, el otro es la expresión viva de una juventud atravesada (en todos los sentidos del término) por el menemismo. Y mientras Carlos se reconoce en su pasado (su historia), Nicola vive en un presente continuo casi sin consciencia del futuro. 

Como si se tratara de un cuadro de los Brueghel, en los que padre e hijo daban cuenta de una escena colectiva a partir del diálogo de distintas situaciones individuales, Sosa diseña en torno a sus protagonistas un paisaje de viñetas que registran lo que ocurría entre las clases populares a comienzos del siglo XXI. Ahí está la esposa de Carlos, que tratando de evitar la miseria se vuelve burrera; los pibes chorros que sobreviven afanando el cobre de los cables del tendido eléctrico; el heavy termocéfalo que tiene un programa de radio al que invita escritores a los que no entiende; la joven temperamental que se queda sin laburo, pero que adelanta el arquetipo de la feminista combativa. Con todos, incluso con aquellos a los que desprecia, Sosa se muestra comprensivo, asumiendo como artista una responsabilidad ante un destino inminente que sus personajes no tienen forma de vislumbrar en toda su trágica magnitud. Sin embargo, Tomando estado nunca termina de alcanzar la coherencia que caracteriza a las obras de ambos pintores flamencos, quedándose muchas veces en la mera acumulación de situaciones que no terminan de conformar una verdadera unidad dramática. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Páginas/12.

lunes, 12 de octubre de 2020

CULTURA - El día que Europa se encontró con América: Los nombres del 12 de octubre

Los festejos del 12 de octubre, día en que se conmemora la llegada de las tres embarcaciones españolas comandadas por Cristóbal Colón a costas americanas en el año 1492, han recibido a través de los años diversas denominaciones. A partir de ellas es posible contemplar el cambio de perspectiva con que esta fecha y lo que representa se han ido resignificando a través del tiempo. Un recorrido que desde el sesgo colonial de sus primeras celebraciones, hasta la actual comprensión de la magnitud de aquel colosal choque de culturas, que si bien ha tenido muchos elementos positivos, también encarna el comienzo de una gran tragedia.

La celebración nació durante las primeras décadas del siglo XX y tenía como fin celebrar el encuentro de dos mundos. Habían pasado más de 50 años del final de las guerras que marcaron el proceso de la independencia en los países latinoamericanos y los pueblos americanos y españoles se esforzaban por construir un nuevo vínculo para canalizar la profunda cercanía cultural creada a partir de los cuatro siglos de colonización. En ese contexto, en 1913 Faustino Rodríguez San Pedro sugiere desde la presidencia de la Unión Ibero Americana (una organización española que bregaba por estrechar las relaciones económicas, sociales y culturales entre los estados de Portugal, España y sus jóvenes pares americanos) convertir al 12 de octubre en una fecha para celebrar dichos lazos. El nombre elegido por él fue Día de la Raza, denominación que en ese momento solo incluía a la “raza española”: todavía se estaba muy lejos de comprender toda la diversidad y riqueza cultural que la conquista había sometido y dejado oculta.  

Exaltación de la raza hispana 

En 1917 la ciudad de Madrid oficializa tanto la celebración como el nombre propuesto y el rey Alfonso XIII la convierte en fiesta nacional un año después. Con ese nombre se celebró en América Latina a lo largo de todo el siglo XX, aunque los cuestionamientos con el tiempo comenzaron a multiplicarse y a hacerse más intensos. A partir de 1917 y bajo el gobierno de Hipólito Yrigoyen la fecha también empezó a celebrarse de manera oficial en todo el territorio argentino, aunque todavía sin una denominación clara.

Por su parte, a partir de 1926 el apelativo Día de la Hispanidad, acuñado por Zacarías de Vizcarra, un sacerdote español residente en Argentina, comenzó a volverse cada vez más popular en España a la hora de referirse a esta celebración. El gran responsable de extenderlo fue el ensayista y político Ramiro de Maetzu, quien el 12 de octubre de 1935 publicó un artículo titulado justamente “El día de la Hispanidad”. Admirador de Adolf Hitler, embajador en la Argentina entre 1928 y 2919 durante la dictadura de Primo de Rivera, De Maetzu fue asesinado en 1936 en el comienzo de la Guerra Civil Española, pero sus ideas sobre la hispanidad incluidas en aquel texto alimentaron la usina ideológica de la facción falangista. No extraña, entonces, que haya sido Francisco Franco quien durante su dictadura oficializó en 1958 el nombre de Día de la Hispanidad.

Tras la muerte del dictador en 1975, la democracia volvió a España y en 1982 un decreto estableció para la celebración del 12 de octubre el nombre de Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad. Pero cinco años más tarde se recortaría a Día de la Fiesta Nacional de España, que es como se sigue llamando en la actualidad en el país europeo, desechando para siempre los conceptos de raza e hispanidad.  

Una celebración multicultural 

Desde su aparición en el calendario local de efemérides y hasta el año 2010, en nuestro país la conmemoración del 12 de Octubre mantuvo el nombre de Día de la Raza. Sus festejos tenían como objeto exaltar la llegada de las culturas europeas a tierras americanas, a partir de una perspectiva romántica que idealizaba los procesos de conquista, explotación y sometimiento de las culturas originales. Según este punto de vista, los habitantes americanos no solo habían recibido a los extranjeros con los brazos abiertos, sino que de buena gana accedieron a entregar su tierra y su riqueza, trabajando para ellos y aceptando su lengua y su religión. Durante casi un siglo, la conmemoración del arribo español a este continente fue definido como un descubrimiento, omitiendo de manera sostenida los excesos cometidos en todo el proceso colonizador y evangelizador, que en algunos casos llegó hasta el exterminio de pueblos y culturas completas.

Recién durante el 2007, desde el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) se presentó ante el Congreso Nacional un proyecto de ley que proponía que el estado corrigiera esta forma inexacta de definir los hechos derivados de la llegada de los europeos a América. El texto sugería cambiar la denominación de Día de la Raza por el mucho más preciso Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Este nombre comenzó a utilizarse a partir de 2010, gracias a un DNU firmado por la entonces presidenta Cristina Fernández, permitiendo que todas aquellas culturas que habían sido primero conquistadas, luego reducidas y finalmente olvidadas, obtuvieran el simbólico reconocimiento cultural que les corresponde.  

América, tierra diversa 

Son muchos los estados de América latina que siguen utilizando las denominaciones de Día de la Raza o De la Hispanidad para identificar el festejo del 12 de octubre. Así ocurre en países como Colombia, Guatemala, Honduras, Panamá o El Salvador. El país pionero en instalar el cambio de perspectiva respecto de la fecha fue Costa Rica, que en 1994, dos años después del la celebración de los 500 años del arribo del navegante genovés a América, modificó el nombre de la celebración a Día de Encuentro de las Culturas para volverlo (un poco) más inclusivo. En la misma línea se encuentra la modificación realizada por Chile en el año 2000, comenzado a utilizar la denominación de Día del Encuentro entre Dos Mundos.

El país pionero en ese cambio de mirada respecto de los acontecimientos que tuvieron lugar a partir del arribo de la expedición comandada por Colón fue Venezuela, cuando en atención a un pedido realizado por distintas organizaciones indígenas el presidente Hugo Chávez decretó en 2002 que la efeméride pasara a llamarse Día de la Resistencia Indígena. A esa iniciativa le siguieron las de Perú, donde en 2009 el entonces presidente Alan García oficializó el nombre de Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural, y la de Argentina en 2010. Un año más tarde se sumaron Bolivia (Día de la Descolonización) y Ecuador (Día de la Interculturalidad y la Plurinacionalidad), agregándose en 2014 Uruguay (Día del Respeto a la Diversidad Cultural). 

En Bahamas, en una de cuyas islas desembarcaron Colón y su gente el 12 de octubre de 1492, la fecha recibe el nombre de Discovery Day, o Día del Descubrimiento. Por su parte, Cuba es el único país de América donde esta fecha no se celebra ni se conmemora. 

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

domingo, 11 de octubre de 2020

LIBROS - "Tres marcianos", de Sergio Bizzio: Extraterrestres en el campo argentino

Primer acto: un terrateniente le cuenta a una mujer interesada en comprar su estancia que un plato volador se oculta entre los árboles del monte y le propone visitar a los tripulantes. Segundo acto: en un pueblo de provincia, una familia de campo tiene encerrado a un extraterrestre y en secreto le cobra entrada a un grupo reducido de vecinos para que puedan verlo. Tercer acto: un astronauta regresa a su pueblo después de haber pasado dos años en Marte y descubre que su esposa es en realidad otra mujer, aunque él es el único que parece darse cuenta. ¿Cómo se llama la obra? Tres Marcianos y su autor es Sergio Bizzio. Reunidas bajo ese título la editorial Interzona, estas tres historias le dan forma al último libro de cuentos del escritor argentino, uno de los más prolíficos y de obra más ecléctica dentro de la literatura argentina contemporánea. En ellos, la presencia de elementos extraterrestres dentro de la trama funciona como un detonador que altera la percepción de sus protagonistas. Pero al mismo tiempo, como un ancla que se aferra invariablemente a un fondo de realidad y deja al lector frente al dilema de preguntarse qué es real dentro del universo que propone cada relato. 

Nacido en 1956 en la ciudad bonaerense de Villa Ramallo, Bizzio forma parte de una generación que integra junto a colegas como Daniel Guebel, Alan Pauls, Daniel Chitarroni o el fallecido Carlos Feiling. Como ocurre con las obras de algunos de ellos, en la suya los géneros literarios suelen servir como una oportuna puerta de entrada que de manera inevitable conduce al lector más allá (o más acá) de sus límites narrativos habituales. De ese modo funciona la ciencia ficción en este breve volumen de relatos, como una máscara perfecta para disimular entre sus arquetipos historias incluso más extrañas: aquellas que surgen de las dinámicas que articulan la vida en los pueblos chicos. De ese modo, las modestas invasiones llegadas del cosmos profundo, las criaturas extraterrestres o los viajeros del espacio son apenas excusas que le permiten internarse en lo profundo de esos mundos asombrosamente cotidianos.

“Todo lo que escribo sucede en Ramallo, siempre”, confiesa Bizzio. “Ramallo tiene un astronauta, los marcianos van a Ramallo y en Ramallo hay un monte que vuela”, revela. Como si se tratara de una versión en espejo de esa conocida frase que afirma que pintar la propia aldea es la mejor forma de retratar al mundo, Bizzio realiza una trayectoria inversa que consiste en apretar al universo dentro de su Ramallo natal. “En estos días terminé de escribir una novela sobre la conquista de América. Sucede en Ramallo”, insiste. “Sí: llega Colón con sus tres carabelas y le pregunta a los indios dónde está el oro, pero en el fondo se trata de un grupo de chongos de la ciudad vecina que vienen al pueblo a bailar, musculosos, con anteojos negros, en un Torino de colección con fuego pintado en los guardabarros”, cuenta el escritor. “Con los extraterrestres pasa lo mismo. Ramallo es lo que altera la percepción de los protagonistas. La energía del lugar, las combinaciones de amistades y enemistades que se han dado ahí”, concluye Bizzio.  

-Pero en este caso en particular, ¿por qué elegiste la figura del los extraterrestres para volver a Ramallo? 

-Me preguntaron varias veces qué es lo que me atrae tanto de los marcianos. Creo que es la libertad, que puedo inventar cualquier cosa hablando de ellos. Los conozco bien. Sé lo que sienten, sé cómo hablan y cómo piensan. Lo único que tengo que hacer para inventar con absoluta libertad es evitar el “Tema”, el “Mensaje”, y situar la acción en Ramallo, donde todo puede suceder. Perdón, me parece que no respondo a la pregunta.  

-“El regreso”, que es el cuento que cierra el libro y el de estructura más clásica, es también en el que con más claridad se manifiesta el mecanismo de esfumar la realidad cuando alguien que nos es familiar de golpe se vuelve un extraño.  

-Ariel, el astronauta que vuelve a Ramallo después de una larga estadía en Marte, encuentra todo exactamente igual a como estaba un año atrás, cuando se fue. Las plantas y flores en el patiecito delantero de la casa son las mismas de siempre, el jardinero es el mismo, la mucama es la misma, el perro lo recibe haciéndole fiestas. Lo único que ya no es igual es su mujer. Es otra. No adelgazó o engordó, no se tiñó el pelo, nada de eso. Directamente es otra, es otra persona, una desconocida, una extraña. Pero sólo para él. Los demás la ven igual que siempre. Esta idea no es mía, es de Giovanni Papini, de un texto inconcluso y muy breve que yo retomé y continué por curiosidad, para ver adónde me llevaba. ¿Y adónde me llevó?  

-A Ramallo, por supuesto (risas). En el cuento el sufrimiento del protagonista tiene que ver con su decisión de mantenerse fiel a algo que ha dejado de existir y solo puede empezar a recuperar el control cuando acepta la naturaleza cambiante de la persona que ama. ¿Es posible que de eso se trate ser feliz? 

-Yo asocio la felicidad con las cosas fijas, más que con las que fluyen. El vértigo del cambio permanente como motor de la felicidad me suena un poco patológico. En cuanto al protagonista de “El regreso”, en realidad no acepta nunca el cambio de la mujer que ama. Está convencido de que esa no es su mujer, aunque ella y los amigos en común y todo el pueblo le dan mil y una pruebas de que sí lo es. Para él es una perfecta desconocida. En la cotidianeidad que lo hacía feliz antes de irse, ahora hay una fisura que lo llena de desconcierto y que altera su realidad, no la de los demás. Y no se mantiene fiel a ella, se mantiene fiel al enigma que ella representa y que él espera resolver. ¿Está loco? A mí me parece que no.  

-Los protagonistas de los tres relatos comparten cierta percepción paranoica de la realidad y eso en distintos momentos los lleva a creer que a su alrededor está teniendo lugar una confabulación y que ellos se están quedando afuera. 

-En los tres casos se siente el viento del ala de la confabulación, como dijo Baudelaire. Y sí: los tres son muy paranoicos. ¿Era Dipi Di Paola el que decía que “un paranoico nunca se equivoca”? Estoy seguro de que fue Dipi el que me contó lo que le dijo un conocido suyo: “Yo a ese lugar no entro, está lleno de paranoicos”. Ese es el aire que respiran los personajes.  

-En el cuento “El monte volador”, uno de los personajes dice que “La economía es el brazo armado del desastre cultural”. Por el contexto, esa afirmación ayuda a crear una atmósfera un poco absurda que se va potenciando a medida que el relato avanza y que se intensifica sobre el final. Sin embargo resulta una afirmación muy potente que desde el absurdo y lo fantástico tiende un puente hacia la realidad. Desde ahí te pregunto: ¿vos también creés en esa afirmación? 

-Más que hacia la realidad parecería tender un puente hacia la actualidad, un puente que nadie cruza porque ya están ahí. La economía, el dólar, el lenguaje inclusivo, esas cuestiones son de la más estricta actualidad, pero el dibujo general es el de una actualidad muy a mano alzada. Alguien me dijo que la aparición de la actualidad sobre el fondo fantástico del relato produce un efecto cómico. Puede ser, no lo sé. Cuando el personaje dice que “la economía es el brazo armado del desastre cultural” no está diciendo lo que piensa o lo que alguna vez pensó, no es el resultado de una reflexión. Es un estanciero, a lo mejor esa mañana fue a desayunar al bar del pueblo y leyó el diario equivocado. Repite esa frase a propósito de nada, para posar de intelectual y mandarse la parte. ¿Si yo estoy de acuerdo, no con él, con lo que dice la frase? Sí. 

-Una de las discusiones más ricas que se han dado en los últimos tiempos tiene que ver con la búsqueda de legitimar el llamado Lenguaje Inclusivo, cuyo uso, según manifiestan sus impulsores, vendría a corregir una falencia ideológica que es inherente a la propia lengua. ¿Creés que la iniciativa conseguirá ir más allá del núcleo de sus exégetas o que se trata de una manifestación atada a su época? 

-No lo sé. Yo no lo uso. Me parece totalmente ineficaz y no creo que hablar o escribir con e, con x y hasta con @ tenga algún efecto práctico.  

¿Y por qué que en la actualidad las personas parecemos más dispuestas a creer en marcianos que en aquello que nos dice nuestro sentido común? 

-Ah, ni idea. Creemos en lo que podemos y en aquello para lo que nos han preparado. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 9 de octubre de 2020

CINE - Presencia argentina en el 2020 BFI London Film Festival: Tendiendo puentes a través del cine

A pesar de la pandemia, las restricciones provocadas por ella y de una crisis que por un motivo u otro ya lleva cinco años, el cine argentino vuelve a decir presente dentro de un importante festival europeo. Se trata de las películas Un crimen común, primer trabajo en solitario del director Francisco Márquez, y de El prófugo, segundo largometraje de Natalia Meta, que forman parte de la acotada programación del tradicional BFI London Film Festival, que este año se realiza en el formato online entre el 7 y el 18 de octubre. Ambos títulos ya habían provocado un gran impacto durante el mes de febrero, cuando participaron de la última edición de la Berlinale, el único de los grandes festivales de cine que pudo realizarse con normalidad en este 2020 atípico. La expedición argentina en la capital británica se completa con la presencia de los cortometrajes Salsa, de Igor Dimitri; Loose Fish, dirigido por Francisco Cantón y Pato Martínez, que pasó con éxito por el último Festival de Toronto, y En el nombre del hijo, con el que Martina Matzkin también integró la selección que participó del Festival de Berlín, de donde se volvió a casa trayendo varios premios. 

En Londres, los dos largos se estrenan esta semana e integran la sección Dare (Atreverse), que reúne films que buscan “sacar al espectador de su zona de confort”. Y vaya si cumplen con la premisa. En la película de Márquez, una profesora universitaria decide no abrir la puerta de su casa cuando el hijo de su empleada doméstica, al que apenas conoce, golpea desesperado una madrugada de tormenta. Con la actriz Elisa Carricajo en el protagónico, Un crimen común no elude los alcances políticos de la historia que aborda, algo que su director ya había hecho en su ópera prima, La larga noche de Francisco Sanctis (2016), codirigida junto a Andrea Testa. En ambas, sus personajes se ven obligados a tomar una decisión ética compleja durante una noche infernal. 

En el caso de El prófugo la historia que se desarrolla en el terreno de lo fantástico. Basada en la novela El mal menor, del escritor argentino C. E. Feiling (quien ocupó un lugar destacado en la redacción de este diario hasta su temprana muerte, en 1997), la película retrata a una cantante y actriz de doblaje que comienza a percibir una serie de hechos inquietantes que se manifiestan sobre todo en el plano sonoro, pero que nadie más parece notar. Con algunos puntos de contacto con Berberian Sound Studio (Peter Strickland, 2012), cuyo protagonista también trabajaba con el sonido y las películas, El prófugo cuenta con otra buena actuación de Érica Rivas, acompañada por un gran elenco que incluye a Cecilia Roth, Daniel Hendler y Nahuel Pérez Bizcayart

El lugar que se ganaron estas cinco películas dentro de un festival tan tradicional como el de Londres, que se realiza desde el año 1957, no debe ser menospreciado. En primer lugar porque a pesar de la reducción abrumadora en la cantidad de títulos programados debido a la pandemia, que llevó la selección de los 300 largometrajes que habitualmente se proyectan durante el festival a menos de 60, el cine argentino vuelve a destacarse en cantidad y calidad. Entonces, no es un hecho para nada menor que las películas de Márquez y Meta integren esta lista corta que incluye los últimos trabajos de directores de prestigio mundial como Tsai Ming Liang (Days), Miranda July (Kajillionaire), Abel Ferrara (Siberia), Spike Lee (David Byrne’s American Utopia), Christian Petzold (Undine), Steve McQueen (Mangrove), Lav Diaz (Genus Pan), Hirokazu Kore-eda (A Day Off of Kasumi Arimura) o Thomas Vinterberg (Another Round).

Pero también por el impacto cultural que representa que cinco trabajos nacionales participen del evento cinematográfico más destacado del Reino Unido, un país con el que la Argentina mantiene significativos puentes culturales, pero también una tensa agenda política. La relevancia y el apoyo que la Embajada argentina en la capital británica le han dado a la intervención de estos filmes en el BFI confirman el enorme valor que tiene la cultura en la construcción de lazos formales e informales entre dos naciones. Al ser consultado, el embajador argentino ante el Reino Unido, Javier Figueroa, coincidió en que “el gran desafío de la promoción cultural argentina en el exterior es forjar vínculos entre las industrias culturales de los países en los que uno desarrolla tal actividad”. En el mismo sentido, el diplomático afirmó que “las expresiones artísticas y el cine en particular tienen siempre un impacto beneficioso en la relación entre los países”, porque “muestran lo que es realmente una sociedad, evitando caer muchas veces en estereotipos”. Sostuvo además que estas no solo hablan de un contexto sino también “de la capacidad y el talento de los artistas y de una industria”. “Un gran director de cine no aparece por generación espontánea”, dijo Figueroa, sino que son la manifestación de “una tradición y de una industria cinematográfica potente”.

El embajador sabe que todo esto resulta de gran importancia en lo que hace al vínculo con el Reino Unido, “con el cual tenemos una agenda política compleja”, pero que en materia cultural siempre ha sido un país con “una gran avidez por todas las ramas de la cultura argentina que te puedas imaginar”. Incluso con las restricciones que impone el COVID, la Embajada argentina se mantiene activa en el terreno cultural. “Estamos organizado seminarios en Oxford sobre literatura argentina y conciertos por el centenario del nacimiento de Astor Piazzolla”, contó Figueroa. Y en el terreno cinematográfico, el embajador confirmó la participación en el Festival de Cine Queer (Fringe) y en el Instituto de Arte Contemporáneo (ICA), donde se presentaran dos films de jóvenes realizadores argentinos.  

 Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 8 de octubre de 2020

CINE - "In Fabric: Vistiendo la muerte" (In Fabric), de Peter Strickland: Viaje al interior de lo sensible

Algunos directores consiguen convertir al cine en un medio de transporte. Una máquina de llevar al espectador a un lugar o un tiempo distinto del que se dejó atrás al atravesar la puerta de la sala. Dentro de su dificultad, lo primero es lo más fácil de lograr: son muchos los que conocen Nueva York, Tokio o París gracias a las películas. El viaje en el tiempo es un poco más complicado, porque no se trata tanto de calcar la estética de otro momento histórico (real o no), sino de convencer al público de que, al menos por un rato, se está viendo al mundo con los ojos de un habitante del pasado o el futuro. Los más difíciles de filmar son los viajes interiores, cuyos itinerarios se alejan de las leyes de la lógica, la física o la mecánica para transportar al espectador a un estado mental. El cine como trance o dispositivo hipnótico capaz de alterar la percepción y revelar lo oculto. Eso es lo que el cineasta británico Peter Strickland ha intentado a lo largo de su filmografía: que la realidad se disuelva en la ilusión de lo imposible. Eso es también In Fabric: Vistiendo la muerte, su último trabajo, una puesta en abismo que multiplica al infinito la perspectiva de lo sensible y lo posible.

Como ocurría en su segunda película, Berberian Sound Studio (2012), In Fabric vuelve a remitir al universo estético del giallo, aquel género desarrollado en Italia entre las décadas de 1960 y 1970 por directores como Mario Bava, Lucio Fulci y sobre todo Darío Argento, en el que el policial se travestía con la ropa del terror y lo fantástico para llevar sus relatos hasta el filo de la cordura. Y la máscara del giallo es una elección perfecta para contar esta historia acerca de un vestido maldito que condena a todos los que lo prueban. Un vestido que además es de un color rojo tan profundo y artificial como el de la sangre con la que los incautos pagarán la mala suerte de haberse cruzado él. 

Sheila es una modesta empleada bancaria divorciada que a pesar de vivir con un hijo joven se siente sola. Como todo ocurre cuando aún no existían las redes sociales, la mujer publica un aviso personal en una revista de citas para conocer hombres. Y como quiere causar una buena impresión decide ir a comprarse un vestido nuevo en una tienda de modas que tiene una hipnótica publicidad en la tele. Entrar ahí es como atravesar un portal a una dimensión paralela donde un grupo de mujeres que parecen salidas de una novela gótica se encargan de arriar a los clientes como ganado. La que atiende a Sheila habla con acento de Europa del este y usa un lenguaje críptico que hacen de ella una extraña versión femenina del filósofo esloveno Slavoj Žižek. El choque que se produce entre ambas mujeres es tan cómico como intimidante y termina con Sheila convencida de llevarse el vestido rojo para su cita. Esa decisión precipita su calvario.

Strickland es un narrador visual brillante y transforma a la tienda departamental en un aquelarre donde los maniquíes son usados en ritos cargados de una sensualidad macabra. Pero también realiza un trabajo sonoro extraordinario que vuelve a recordar las bandas de sonido de las películas de Argento y subraya la atmósfera de irrealidad que atraviesa todo el film. El uso reiterado de espejos ayuda a multiplicar de forma borgeana el espíritu siniestro de algunas escenas, pero también sirve para jugar con el carácter especular que la moda tiene en las sociedades de consumo, donde la apariencia es una carta de presentación (“Como te ven, te tratan”, diría Mirtha Legrand). Dicho subtexto se confirma en el origen proletario de las víctimas del vestido, que además de la empleada bancaria incluyen a un técnico que repara lavarropas y un ama de casa suburbana. Sin embargo, nada en esta historia –que muchas veces coquetea con el absurdo— sería verosímil si Strickland fracasaba en el intento de convertir un lindo vestido rojo en una amenaza real durante las dos horas de ese alucinado viaje mental que propone In Fabric.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.