martes, 6 de julio de 2010

CINE - Océanos, de Jacques Perrin y Jacques Cluzaud: Claroscuros de la extinción


Como ya dijo Homero Simpson en su película, no hay motivo para pagar en el cine lo que en la televisión es gratis. Mucho menos por un documental de animales. O sí, en realidad hay uno, el de siempre: el ritual mismo del cine (eso ya sería suficiente), y la promesa de encontrarse con imágenes que revelen una postal secreta de la naturaleza, mucho más allá de lo visto ya en las clásicas ediciones de La aventura del hombre que todos los lunes Mario Grasso presentaba en los ’80. Justamente es ése el valor agregado que ofertan (más que ofrecer) una serie de trabajos que han decidido probar suerte en la pantalla grande a partir del Oscar al Mejor Documental obtenido en 2006 por la francesa La marcha de los pingüinos. Pero no es mucho más que eso lo que distingue a estos productos de sus parientes catódicos. O al menos es lo que puede decirse de las tres o cuatro súper producciones del género apoyadas por Disney o la BBC, cuyo mayor exponente es La Tierra, estrenada el año pasado, a la que ahora se suma Océanos. Si bien es cierto que todos ellos alcanzan un alto nivel de preciosismo visual, en lo narrativo no consiguen dejar de ser una versión acromegálica de Animal Planet.
A partir de un escenario marino, Océanos busca lo mismo que en La Tierra se intentaba de manera integral: generar conciencia acerca de los efectos devastadores de la humanidad sobre el equilibrio natural del planeta, con el lente puesto en las maravillas que esa acción hiere sin remedio en la morada de Poseidón. El intento en sí mismo no es lo criticable, como tampoco lo es (en general) el contenido de Océanos: es loable que un proyecto bregue por la protección de aquello que, amenazado, no tiene defensa. Sin embargo (siempre es incómodo encontrar unos cuantos sin embargos en proyectos con objetivos tan nobles) no se puede dejar pasar por alto la dudosa validez de algunos de los recursos elegidos para conseguir esa toma de conciencia en el espectador. Objeciones que minimizan la virtud innegable de su despliegue visual.
La película abre con una iguana nadando en el mar como un Godzilla en miniatura y ése, entre otros, es un hallazgo simpático que revela hasta qué punto la naturaleza ha inspirado al cine. Pero el obstáculo más notorio de Océanos es el concepto sobre el que se ha construido, el intento de regir la narración con los mismos elementos ya devastados por la tele. ¿Cuántas veces más un director de documentales probará conmover con la clásica escena de las crías de tortuga que, devoradas por las gaviotas, nunca llegan al mar? Todavía menos necesaria es la escena en que un tiburón, mutilado por quienes codician sus famosos cartílagos pero aun con vida, se hunde en el agua como un tronco para acabar desangrado en el lecho marino. La pregunta duplicada vuelve a ser ¿por qué?: por qué tanto desprecio del hombre por la naturaleza pero, también, por qué tanta saña del realizador con el público.
Sin dudas el documental es uno de los géneros más complejos y difíciles de realizar, sobre todo por su esencial pretensión de ser espejo fiel de la realidad. O, al menos, tan fiel como puede serlo cualquier construcción de la expresión humana, naturalmente tendenciosa. Desde ahí, nadie puede negar que la realidad es tanto más cruel que apenas ese único tiburón en medio de un holocausto marino y que sin dudas hay escenarios mucho más aberrantes que ése. Tan cierto como que Werner Herzog no necesitó más que su talento para presentar sus dilemas ecológico-existenciales en Encuentros en el fin del mundo (2007), con un lujo visual que nada le envidia a Océanos. A la que, por otra parte, no se le deben restar sus méritos como hipnótico retrato de la vida allá en el elemento mismo que la vio surgir, hace ya millones de años.


(Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos del diario Página 12)

LIBROS - Kappa/ Los engranajes, de Ryonosuke Akutagawa: Reflejos sobre el agua

Un hombre sale a dar una caminata por el bosque, cuando sin aviso un kappa se cruza con él y decide perseguirlo. Entre la niebla y la sorpresa pierde su camino y en el intento de atrapar al extraño animal acaba por caer en un hueco profundo. Como en la Alicia de Carroll, es la entrada a un país desconocido, el de los kappa, criaturas míticas apenas conocidas por el hombre: allá el protagonista encontrará un espacio de inesperada comodidad. Akutagawa, autor de la novela y tal vez el escritor más importante de la literatura japonesa del siglo pasado, ubica allí un mundo que funciona como non plus ultra de la realidad, diseñado a medida de la necesidad de explicar su propia extrañeza frente a una vida que, es posible, ya había decidido terminar. Tal vez porque creía, como le ocurre al protagonista entre los kappa -como en el Soy leyenda, de Matheson-, que el intruso era él. Unidos por ese sentimiento de enajenación, personaje y autor coinciden al fin en rechazar una realidad que los ha expurgado de su organismo. No por nada el de la ficción se encuentra recluido en una institución mental.
Las novelas reunidas en esta edición, Kappa y Los engranajes, representan a un tiempo el mutis final de la obra y de la vida de Ryûnosuke Akutagawa, ambas publicadas por primera vez en 1927, apenas separadas por el acto mismo de su muerte. En Los engranajes, Akutagawa teje un relato en el que muchas veces es difícil comprender cuándo y dónde, dentro de la narración, se encuentra la frontera entre la realidad del escritor y el destino del protagonista, permitiendo al lector aceptar la velada sugerencia de que estas páginas representan, como el reflejo del cielo sobre el agua, un mapa fiel de los últimos días de ese hombre torturado. Delicados y sórdidos, los textos del japonés se alinean de algún modo con las trágicas literaturas más sombrías que trágicas de Kafka o Dostoievski.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil)

CINE - Al sur de la frontera (South of the Border), de Oliver Stone: Un manual de América Latina para Homero Simpson


El norteamericano medio y promedio, parodiado con precisión por Homero Simpson (quien no por casualidad acaba de ser elegido como el mejor personaje de ficción de los últimos veinte años por la muy norteamericana revista Entertainment Weekly), necesita que le den todo masticado. Lo importante de este asunto reside menos en reírse de ese paradigma, del defecto ajeno, que en ver qué de propio hay en ese modelo, porque tampoco es gratuito que Los Simpson sean uno de los programas más vistos y longevos de la televisión argentina contemporánea: algo íntimamente argentino hay en ese gordo prejuicioso, ignorante, ventajero y envidioso. Al sur de la frontera, documental con el que ese buen y muy desparejo director que es Oliver Stone intenta poner en cuestión la imagen que en los Estados Unidos se tiene de los presidentes de América latina en particular, pero de toda la región en términos más amplios, resulta para quienes no pueden evitar convivir con la diaria tarea de ser latinoamericanos un manual para principiantes. En un balance final se debe decir que el documental de Stone es entonces algo así como Latinoamérica explicada a Homero.
El motivo para incluir este concepto ya desde el primer párrafo es dejar claro que el trabajo de Stone no hace sino sobrevolar muy acotadamente la realidad de la región, consiguiendo enmarcarla en un relato histórico no mayor de veinte años. De este modo, la gesta chavista aparece como un emergente aislado y repentino, sólo ligado a la revolución cubana, con la muerte del Che en Bolivia incluida, como único antecedente. Como si no hubieran existido Perón, Allende o Sandino, por incluir algunos nombres clave. Es cierto: demasiada información para un pueblo ajeno a todo lo que no sea mirar el propio ombligo. Está claro también que Al sur de la frontera no busca ni puede ser una cátedra de historia.
Pero cuando parece que la película de Stone se volverá definitivamente prescindible, allí brota su valor. En este presentar a sus compatriotas su propia visión de la América al Sur, Stone se hace una pregunta tácita: ¿cómo llegamos a ser tan ignorantes? Y comienza a responderse desde la primera escena. En ella se ve a la conductora de un noticiero de la cadena Fox (sí, ¡la misma en la que trabaja Homero!) dando con sorpresa la noticia de que el presidente de Venezuela acaba de admitir que es adicto al cacao. ¡Qué! Sus compañeros sorprendidos tardan en comprender que la chica quiso decir coca, costumbre que Chávez habrá tomado prestada de su colega Evo, en un simbólico cierre de filas. Pero ¿por qué comenzar con esa ridícula gaffe? Porque la guerra de Oliver es, una vez más, con los mass media y su costumbre de embuchar a la opinión pública.
A partir de ahí, la película se centrará en el gobierno y la figura de Chávez y su permanente batalla contra los medios opositores (casi todos) que apoyaron y sostuvieron el fugaz golpe de Estado que lo alejó del poder por un par de días en 2002. Pero también en el poder que los medios hegemónicos tienen dentro de los Estados Unidos y cómo lo utilizaron para alimentar, en el sentido común de esos 300 millones de Homeros, la idea de que en Venezuela habita otro Saddam cuando sólo había, hay y habrá petróleo. En su novela Oil! (llevada al cine por Paul T. Anderson), Upton Sinclair escribió: “América tiene derecho a su parte en el petróleo del mundo, y no hay manera de conseguirlo de los rivales extranjeros sin echar sobre ellos la fuerza del gobierno”; o “la diplomacia es una pelea en grande por las concesiones del petróleo”; o “el petróleo está muy por encima de la cultura”. Todo eso en 1927. Está claro: ¡es el petróleo, idiota! O el gas de Bolivia; o el agua de Argentina, si es que uno se va a poner paranoico.
Más allá de su utilidad como leña para alimentar del fuego del debate local en torno del papel de los medios, está claro que como documental en la vena de los trabajos de Michael Moore, Al sur de la frontera acumula deméritos cinematográficos. Es tribunera, poco profunda, narrativamente incompleta y comparte los defectos del objeto criticado: vuelve a entregar la comida masticada. Entre sus virtudes puede decirse que, aun en su parcialidad, no miente. Y cuenta con el incalculable carisma de un grupo irrepetible de líderes regionales. En caso de que se quiera ir más profundo en los conceptos que muy esquemáticamente toca Al sur de la frontera (y muchos otros), los interesados pueden conseguir por ahí The corporation, impecable trabajo documental de Mark Achbar y Jennifer Abbott. Porque Homero no se nace y él sólo es divertido cuando lo guiona Groening.


(Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos del diario Página 12)

LIBROS - El cojo y el loco, de Jaime Bayly: Caprichos de estrella de televisión


Cuenta la leyenda que Jaime Bayly gano fama como conductor de televisión, oficio en el que se destacó a partir de su personaje de ambiguo entrevistador y de intentar módicas polémicas. Dice esa leyenda que todo ocurrió en los 90, aquella década habitada por los Menem, los Collor de Mello, los Fujimori, por no hablar del abyecto Abdalá Bucaram, todos hijos de una misma estirpe. Se cuenta que cuando el conductor de televisión quiso dedicarse a escribir, fue el propio Mario Vargas Llosa quien lo apadrinó para que pudiera cumplir aquel deseo. Quince años y doce libros después llega El cojo y el loco, nueva novela facturada por Jaime Bayly, el conductor de televisión, y todo intento de leyenda se desmorona ante el módico producto de la lectura.
Durante el Congreso de la Lengua 2004, en Rosario, Roberto Fontanarrosa dio un discurso en defensa de las malas palabras. En él, sin saberlo, el rosarino develaba el truco de El cojo y el loco: “Tal vez [las malas palabras] sean como los villanos de las viejas películas…, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos”. Ese es todo el secreto detrás de los protagonistas de la novela de Bayly. Su estrategia es sencilla: crear dos personajes de alta alcurnia limeña, causarle a ambos durante la infancia algún daño que provoque el desprecio de sus familias, hasta convertirlos en bombas de tiempo, en marginales dentro de su propia clase -dos niños ricos que tienen tristeza-, para luego, como autor, abusar también de ellos. Recursos literarios que pueden resultar válidos si quien los escoge tiene la habilidad de esconder entre la narración los hilos que mueven ese andamiaje de miserias premeditadas. Caso contrario (caso puntual aquí) el relato se convierte en una evidente ingeniería de la vejación y un burdo intento de manipular al lector con un lenguaje pseudo marginal, desbordado de inocentes malas palabras. ¿Será que después de aquel discurso de Fontanarrosa todavía hay quien crea que puede escandalizar por la mera acumulación de vulgaridades?
Quedan todavía esos agradecimientos que el autor despliega como un pedigree al final de la novela, con los que cierra el círculo sobre los 90, encadenando los nombres de Shakira, Antonio y Aíto, apenas separados por un punto seguido de Joaquín Sabina. Vaya a saber si se alegrará el español de compartir el honor con esos amigos ajenos.


(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil)

CINE - Principe de Persia (Prince of Persia); las arenas del tiempo, de Mike Newell: Las arenas del negocio


Los hombres de negocios no suelen equivocarse cuando deciden invertir en algo, lo que fuera, en este caso una película. Saben hasta dónde es seguro y en qué punto empieza el riesgo, y que a veces es más osado invertir en un film de bajo presupuesto y guión novedoso, que gastarse 150 millones en un refrito de viejas ideas. En el afiche de Príncipe de Persia: Las arenas del tiempo podría sin problemas leerse el tagline “Jerry Bruckheimer lo hizo” y a nadie le sorprendería. Es que Bruckheimer se ha cansado de producir éxitos, a tal punto que su nombre es más importante en películas como esta que el del propio director, por caso el británico Mike Newell. Sólo con la trilogía (pronto tetralogía) Piratas del Caribe, Bruckheimer recaudó casi 2700 millones. Príncipe de Persia es su nueva apuesta por la saga épica.
Basada en un popular videojuego, cuya primera versión fue jugada por señores que hoy han pasado de largo los 40, Príncipe de Persia utiliza para su paso al cine el molde de los mencionados Piratas, al punto de que cualquier adolescente podría intentar el ejercicio de encontrar las correlaciones entre una y otra. Una historia que en este caso cambia los mares de la colonia por el desierto, escenario de las conquistas del Imperio... el de Persia: no faltarán los intencionados que buscarán enseguida el pelo, trazando un paralelo entre aquellas campañas persas de antaño y las más actuales incursiones estadounidenses en la arena. Y como Bruckheimer está más allá de todo, hasta se permite volverse obamista en tiempos de Obama.
Dastan (Jake Gyllenhaal) es uno de los tres hijos del emperador, pero a diferencia de los otros él fue adoptado de niño, cuando el monarca descubre en él un valor y una nobleza inusuales. Ya grandes, los tres hermanitos parten en campaña para someter a quienes no guardan fidelidad al Imperio. Llegan así a las puertas de una ciudad sagrada que su padre ordenó no atacar. Sin embargo Tus, el mayor de los hermanos y comandante del ejército, ante la sospecha de que en esa ciudad se fabrican armas que son vendidas a los enemigos de Persia, reúne a los suyos para decidir si se debe o no respetar la orden paterna. A instancias de Nizam (Ben Kingsley), tío y consejero de los príncipes, y en contra de la percepción de Dastan, Tus decide atacar.
Las escenas de acción en Príncipe de Persia son subsidiarias de la nueva escuela del cine de ese género, cuyo mejor y tal vez fundacional exponente sea la saga Bourne: mucha acrobacia, parkour y persecuciones a la carrera en opresivos escenarios urbanos. De ese modo y con Dastan como héroe, la ciudad es tomada, pero las fábricas de armas no aparecen. Tamina, la bella princesa/vestal de la ciudad sagrada, les espeta a los herederos que “ni la tortura más terrible hará que aparezcan armas que no existen”. Es posible imaginar a Bruckheimer muerto de risa, disfrutando de la picardía de esa declaración inesperada en una de sus películas.
A partir de allí entrarán en juego una reliquia sagrada, una conspiración y un magnicidio, que acaban con Dastan y Tamina como prófugos, dando inicio a la esperable historia de amor-odio. En el camino la narración deviene fantástica, dando la vuelta de tuerca definitiva a la película. Que si bien mantiene su pulso no termina de fraguar. Como el protagonista, Jake Gyllenhaal, que con muy buenos antecedentes sobreactúa su Príncipe casi tanto como Orlando Bloom (un actor de menor valor) hacía con su pirata. Gemma Arterton contribuye con su belleza fría; Kingsley desarrolla su personaje con una ambigüedad que conoce de otros trabajos y Alfred Molina (de barba y pelo largo, casi un doble de Tom Araya, voz de los metaleros Slayer) da con gracia los infaltables pasos de comedia. Nadie duda del éxito de Príncipe de Persia en las boleterías, pero no estaría mal que Jerry B. le aportara algo al cine, que tantos favores (dólares) le ha hecho (ganar).


(Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos del diario Página 12)