
Entre sus arriesgadas intenciones, la protagonista se permite pelear con Marcel Proust, dudando acerca de la utilidad de la memoria. La virulencia de sus ataques confirman que en ellos no hay otra cosa que el horror a la propia imagen en el espejo. Esa combinación de reflejos, de tiempo y maternidad, sugiere que no está de más recordar a Borges: “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”.
No tengo tiempo es una novela interior, el relato de un conflicto que sólo se les plantea a mujeres que tienen la opción de elegir entre muchas vidas posibles y que, a veces, se parece al discurso de un paciente de espaldas a su analista freudiano. El drama aquí no es una sucesión de escenas y acciones, sino el transcurrir de la ansiedad y la angustia por los laberintos de la mente (o tal vez del alma). Los hechos que se enumeran son apenas disparadores para insistir y machacar siempre sobre las mismas obsesiones: la soledad, la crisis de la mediana edad, la inmovilidad de quien se ahoga en más ocupaciones de las que se pueden cumplir. Fronteras repetidas que separan a la protagonista de su deseo, menos imposible que lejano. Un deseo que ella misma, para que no moleste, ha puesto durante mucho tiempo en un estante demasiado alto y que ahora le resulta difícil de alcanzar.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.
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