viernes, 26 de junio de 2015

CINE - "Reimon", de Rodrigo Moreno: La mirada que construye

Reimon es la tercera película del cineasta argentino Rodrigo Moreno, luego de El custodio, protagonizada por Julio Chávez y premiada en 2006 en el Festival de Berlín, y de Un mundo misterioso, estrenada en 2011. Y tiene un comienzo atípico: antes de dar inicio al relato una serie de placas comparten con el espectador un minucioso reporte de producción en el que se informa el costo total de realización de la película (34 mil dólares), detallando ítem por ítem en qué se gastó el dinero. Quienes fueron los que lo cobraron; qué cantidad de tiempo se invirtió en cada uno de los procesos que involucra hacer una película; quienes aportaron su trabajo sin recibir honorario alguno, a cuenta de lo que la película terminada produzca a partir de su estreno, etc. Tratándose de un film independiente –es decir, sin subsidio alguno por parte del INCAA—, esa decisión conlleva una forma de trasparencia que parece ser a la vez un desafío: ¿cuántas producciones realizadas dentro del sistema están en condiciones de ofrecer abiertamente un detalle tan preciso sin dejar resquicio para sospechas de manejos poco claros? 

Pero ese informe inicial no es sólo eso, sino que es también la prueba de algo que no por evidente resulta obvio: que el cine, como alguna vez ha dicho Lucrecia Martel, es un arte y una forma de expresión pequeñoburguesa. Y películas como Reimon son los mejores ejemplos de eso: ¿quién sino podría disponer de 34 mil dólares y varios años de trabajo no remunerado sin recurrir a los subsidios oficiales para hacer una película como esta, que seguramente no recuperará la inversión realizada? Reimon se hace cargo de esa certeza y ciertamente es ahí desde donde se para a mirar al mundo para contar su historia.

Las primeras escenas parecen construidas como antítesis del informe que abre la película. Al contrario de un asiento contable, se muestra la vida simple de una familia en los suburbios. Una mujer vieja con la piel oscura y curtida descansa al aire libre en una tarde gris, y una buena cantidad de perros comparten con ella esa tranquilidad, como si el mundo fuera realmente un lugar sencillo en el que aquellos 34 mil dólares no tienen ninguna importancia. Un chico se queda mirando a cámara un rato largo y parece que, en efecto, la construcción cinematográfica es un hecho ajeno a su realidad, una mirada que siempre es potestad de esos otros que se pueden dar el lujo de ver y narrar a través de las cámaras.

Ese es el mundo de Ramona, una chica del conurbano que realiza trabajos domésticos para familias de clase media alta y a la que un par de jóvenes estudiantes que la emplean apodaron Reimon, con ese cariño paternal y condescendiente de quien se siente por encima. Es a ella a quien la cámara registra de forma insistente en su vida cotidiana, a quien sigue en su viajes de ida y vuelta en tren hasta Constitución, puerta de entrada al Sur borgeano; en el recorrido por las casas en donde trabaja; mientras saca a pasear a su perro por el barrio; cuando se desnuda para meterse en la cama al terminar el día. Para la película, Ramona es un objeto curioso al que no puede dejar de observar. Una mirada que vale 34 mil dólares.

Tal vez por eso la película, en su movimiento menos natural y más explícito, pone a los dos estudiantes/patrones a leer fragmentos de El Capital de Karl Marx, un gesto innecesario por hacer políticamente gráfico un contraste que ya era cinematográficamente político. Un contraste evidente en la inversión especular que se da entre la vida simple y activa de Ramona y los departamentos enormes y vacíos en donde trabaja, en los que su presencia es casi la de un fantasma. O en el carácter fantasmal que esos dos estudiantes tienen en el mundo real, ese por el que transita la verdadera Ramona y en el que Reimon es apenas una ficción creada por la mirada siempre ajena de los otros.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - "Lugares oscuros" (Dark Places), de Gilles Paquet-Brenner: Lado B del Sueño Americano

Thriller policial de esos que son difíciles de contar, Lugares oscuros tiene una ventaja: Charlize Theron. La actriz sudafricana que viene de brillar en la nueva versión de Mad Max –que a poco de su estreno y a pesar de las excelentes críticas ya fue dada de baja de las carteleras porteñas– da nuevas muestras de por qué es una de las estrellas de Hollywood más versátiles de la actualidad. Rodeada de un elenco que reúne estrellitas en ascenso, como la no menos talentosa Chloë Grace Moretz y Nicholas Hoult; figuritas de moda de la televisión como Christina Hendricks, la pelirroja sensual de Mad Men y un batallón de buenos secundarios, Theron es un sol en torno del cual no sólo orbitan sus compañeros, sino también la trama. O al menos buena parte de ella, porque el film propone una forma de relato compuesto por capas temporales y múltiples puntos de vista, que son los que justamente dificultan la tarea de entregar una sinopsis acotada.
La historia de Libby Day, el personaje de Theron, se desarrolla en dos partes. Una durante su infancia en una granja de Kansas a mediados de la década del ’80, cuando su madre y sus dos hermanas mayores son asesinadas brutalmente en un crimen de ribetes satanistas por el que su hermano Ben, fanático del heavy metal, es condenado a prisión perpetua. La otra en la actualidad, en donde ella vive de la caridad de desconocidos que desde niña le envían dinero, apiadados por su condición de sobreviviente. Pero un día su abogado le avisa que ya no le quedan dinero ni caridad para seguir viviendo de su tragedia personal y le entrega una última carta. En ella, un club de fanáticos de crímenes famosos le ofrece dinero a cambio de participar de sus reuniones y contar una vez más su historia. Los miembros del club no creen que Ben sea el verdadero culpable del crimen y a partir de eso la parca Libby deberá desandar el camino de su pasado en busca de reconstruir una memoria que tal vez no sea más que una ficción.
Más allá de las vueltas de tuerca que resultarán más o menos previsibles para el espectador entrenado en este tipo de intrigas sombrías, Lugares oscuros ofrece el atractivo de un retrato poco frecuente de Estados Unidos. Algo así como el lado B del Sueño Americano y una mirada muy crítica del período en que gobernó Ronald Reagan. Una época signada por una suerte de neopuritanismo, en la que el heavy metal era el mismo demonio (se llegó a enjuiciar a la banda Judas Priest como instigadora del suicidio de un fanático y Tipper Gore, esposa del luego vicepresidente de Bill Clinton, Al Gore, encabezaba agrupaciones que militaban en contra del rock en general y del metal en particular). Pero también de una coyuntura ultraliberal que se cargaba los sueños (y la vida) de muchas familias de trabajadores agrícolas. Algo que, hablando de heavy metal, cuenta muy bien y en primera persona Dave Mustaine, líder del grupo Megadeth, en su canción “Forclosure of a Dream”. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

miércoles, 24 de junio de 2015

CINE - "Vampiraje. Crónica de una contaminación anunciada", de Lauro Campos: Una historia argentina llena de vampiros

"En la alta baranda de un barco que cruza el océano, dos hombres luchan con el revolucionario de mayo.
-¡Quieto! 
-¡No! 
-¡Quieto, digo! ¡Que te calles, perro! 
-¡Dejadme! 
-¡Que no! ¡Que en el Plata pronto han de saber que hemos terminado contigo, basura! ¡Bebe de una vez! 
-¡No! 
-¡Bebe, maldito! 
-¡Ah! 
Luego de forzarlo a beber, del gemido y la caída sobre la madera de la cubierta, el silencio. Un tercer hombre pregunta si está hecho. La respuesta es afirmativa. Es una pena. Se ha tenido que apresurar el trámite por órdenes recibidas desde el Plata. Y el trabajo que ha tenido que llevarse a cabo ha sido un trabajo sucio. Y habrá una recompensa por eso.
Los planes eran otros. Los planes eran simplemente escoltarlo hasta altamar. Y en alta mar el barco se cruzaría con un barco europeo que transportaría a quien solucionaría definitivamente la situación. Un pasajero de lujo. El conde Alucard, conocido vampiro de Transilvania. El se encargaría de trasladar al prócer de mayo al mundo de las tinieblas."

De esta manera comienza el cuento “Exceso de agua potable”, encargado de abrir el libro Vampiraje. Crónica de una contaminación anunciada, una colección de relatos en la que el escritor rosarino Lauro Campos se encarga de releer la historia argentina a través del filtro del popular mito. En ese primer cuento, en donde lo que se recrea es la muerte de Mariano Moreno, siempre sospechada de asesinato, a bordo de la fragata inglesa Fame, Campos deja bien claras las reglas del juego y el lugar que comenzarán a ocupar los vampiros dentro del contexto particular de nuestra historia. Que es el lugar de quienes de a poco comienzan a apoderarse del relato histórico, para hacerlo coincidir con determinados intereses que nunca son “los de la Patria”, un detalle que se hace explícito en el subtítulo del libro. De ahí a hacer coincidir a la figura del vampiro con la clásica imagen del “chupasangre”, referida esta última a aquellas personas que, como los parásitos, se dedican a vivir del esfuerzo y la energía ajena, apenas hay un paso. 
Así, Campos va de Moreno a las tertulias de Mariquita Sánche de Thompson, y de ahí a la poco conocida pero escalofriante figura de Fortunata García, esposa y madre de dos gobernadores unitarios de Tucumán, pasando por el romance de Camila O’Gorman y el padre Ladislao o los últimos días José de San Martín en Boulogne-Sur-Mer. Para cumplir con la tarea de reescribir la historia, Campos también se permite algunos recursos que potencian el efecto buscado, como el humor o diferentes anacronismos que le permiten a algunos personajes históricos mirar el canal TN o leer a Lanata, del mismo modo en que el Padre de la Patria tiene como ama de llaves a Catita, entrañable creación de la enorme Niní Marshall. 
 “La idea surge de una premisa que es muy mía, y que vengo manejando desde hace muchos años desde el humor”, explica Campos antes de entrar en detalle. “Creo que en determinado momento de la historia del mundo, un ser de las tinieblas comenzó a tener una vida normal dentro de la civilización de los mortales y así se fue generalizando esta contaminación que llevó al mundo conocido a practicar esto de chupar la sangre al prójimo mientras se lo violaba, si era posible, que es la esencia del vampirismo. Esto de la violación te lo diría de otra manera si no fuera tan antiguo y mayo”, aclara con picardía el escritor. Sin embargo aclara que no hubo un criterio específico más allá del interés personal en determinados episodios históricos a la hora de vertebrar esta versión vampírica de la historia argentina. “Según mis hijos soy una persona sin criterio”, bromea Campos y sigue. “Elegí esos personajes porque me fascinaron y porque de alguna manera, al ser principalmente dramaturgo, cuando elijo personajes los veo inmediatamente interpretados por actores y actrices. En este caso, al ser personajes históricos argentinos, los he imaginado encarnados por nuestras figuras del cine nacional. Ha sido maravilloso imaginar a Fortunata García en la piel de Zully Moreno, por ejemplo.” 
Tal vez por esa falta de programa se explique la ausencia del peronismo en el libro. Sobre todo teniendo en cuenta que dentro del mismo hay hechos y presencias que parecen ideales para ser releídos desde el vampirismo, como el embalsamamiento de Evita o la figura de López Rega. Campos no tiene una explicación para esa ausencia, aunque enseguida se entusiasma con la idea, imaginando un segundo volumen de cuentos. Pero aprovecha para manifestar su “desilusión inevitable hacia la desnaturalización del peronismo”, que de alguna manera confiesa en el anteúltimo y breve cuento sobre los hijos de Martín Fierro. “Pero en verdad, al ser un humorista y al ser esta suerte de vacilaciones en la interpretación de la palabra de Perón a lo largo de la historia algo que vivo con inevitable dolor, tal vez esta circunstancia me impidió ahondar en el tema”, redondea. “Es lógico que, teniendo en cuenta todo lo que ha pasado en la historia del peronismo, el narrador del libro, que hace humor y que se ríe de sí mismo y con la gente, se apartara del tema frente a lo que le hacía daño.”
Aunque la metáfora de leer literalmente el vampirismo mítico como vampirismo social en clave lucha de clases no es nueva (llegando a atar la supervivencia de la clase alta al rito vampírico de manera explícita en el cuento “La historia de Tía Camila”: “papá, después de beber la sangre de varios empleados de la fábrica”), Vampiraje consigue algunos efectos novedosos al hacer foco sobre la oposición de unitarios contra federales. “No adhiero a doctrinas basadas en la lucha de clases. Lo que señalás es algo que desde una postura política sensata, y basada en el bien común, pareciera lo correcto. Pero en verdad no es algo que se desprenda de mi postura filosófica frente a lo social, frente a la vida”, se apresura Campos a aclarar. Sin embargo también deja abierta la posibilidad de que el vampirismo fuera en realidad un instrumento que no se encuentra atado a una única clase social, sino que se trata de una herramienta válida para todos una vez desatada las luchas por el poder. Eso consta en el final del cuento “Who are they?”, en el que una institutriz le explica a dos niños bien que “así como Yrigoyen chupaba la sangre de ustedes” la llegada de Uriburu volverá a poner las cosas en su lugar. “Esto es exactamente lo que pienso, pero en cualquier momento, no a partir de una lucha de clases. A partir de cualquier circunstancia en que pueda aparecer, en cualquier estamento social, un atisbo de dominación o poder”, termina por acordar, satisfecho, el escritor. 
En el libro también se aborda otras versiones del mito, como la figura del vampiro gótico y romántico apenas anterior al Drácula de Stoker, más cercano al espíritu de aquella noche que reunió a al matrimonio Shelly con lord Bayron y Polidori en Suiza, y que Campos parece aprovechar en el cuento “El triangulo”, protagonizado por el dúo suicida de Quiroga y Storni, junto a Salvadora Onrubia, esposa de Natalio Botana. Sin embargo vuelve a resultar curiosa otra ausencia, la de Lugones, otro suicida famoso, amigo de los dos primeros. “Es que ese cuento no tiene que ver con suicidas, porque no creo que el suicidio tenga que ver con el vampirismo. Preferí meter a Salvadora, que era íntima amiga de Alfonsina (quien fue enterrada primariamente en el panteón de los Botana), porque me pareció más divertido que esa mujer que había viajado tanto, que tan cerca había estado del poder, fuera la heredera de la receta del licor con que muere Horacio Quiroga.” 
Otro detalle que llama la atención es el uso reiterado de los anacronismos, recurso que le permite al autor reunir en un mismo plano temporal a personajes muy distantes entre sí en la línea histórica. Herramienta que aprovecha con humor, como en el caso del cuento en que Mariquita Sánchez se guardan de no perder la línea para “que las futuras figuritas de Billiken no sean impiadosas” con ella. “En la presentación de mi libro en Rosario mi amigo Pepe Donati expresó que tales circunstancias habían aliviado ciertas tensiones matinales cuando comenzó a leer el libro. A mí me divierte mucho el anacronismo y creo que a muchas personas también les resulta un buen chiste. Unir a esa mucamita argentina llamada Niní con José de San Martín en sus últimos momentos y hacerla utilizar la forma o la manera “canalle” que utilizaba Niní Marshall, resulta simplemente de mi condición de comediógrafo y creo que ese cuento es uno de los más divertidos del libro”, reconoce Campos. “Todos los personajes de mis cuentos, de alguna manera, piensan de manera premonitoria en lo que será el futuro de ellos en un mundo distinto, porque al ser vampiros, permanecerán por siempre.” 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.

viernes, 19 de junio de 2015

CINE - "Bajo un mismo cielo" (Aloha), de Cameron Crowe: Para mirar con el cuerpo

A veces lo mejor para hablar de una película es dejar en un segundo plano el aparato analítico y permitir que sean las emociones las que se hagan cargo de resolver el problema, porque el cine no se trata sólo de estructuras narrativas, de técnicas fotográficas, de niveles textuales o del uso más o menos virtuoso de las herramientas cinematográficas. El cine también es una máquina emotiva y como tal no siempre alcanza con saber qué se piensa de una película, que en general es lo más fácil de hacer, sino que es necesario intentar conectarse con ella desde un lugar menos formal, más íntimo. En esos casos sólo se necesita prestarle atención al cuerpo al terminar la proyección para entender de qué se trata el asunto. Quien haya disfrutado del cine siendo chico sabrá cómo es la cosa: salir de ver Rocky y sentir el pecho más ancho, que la boca se tuerce un poco y que el amor no siempre es la chica más linda del mundo. Hay películas que se le meten a uno por la piel y provocan que ocurra el milagro de hacer desear que el mundo fuera como el cine. Algo así pasa con Bajo el mismo cielo, el nuevo trabajo de Cameron Crowe, una película en la que para hablar de lo que se piensa conviene no desatender lo qué se siente. No hacerlo equivale a perderse no sólo lo mejor del film, sino lo más interesante del cine de este director talentoso e irregular, capaz de construir películas fallidas como Un zoológico en casa (2011), como de crear verdaderas maravillas, por ejemplo Casi famosos (2000), pero siempre apostando por contar desde el lado sensible. O casi siempre: también dirigió Vanilla Sky
Como en sus mejores trabajos, en Bajo un mismo cielo Crowe otra vez habla de amor. Pero no sólo de su variante romántica, sino que lo aborda desde varios flancos de manera simultánea para contar la historia de Brian Gilcrest (Bradley Cooper), una celebridad militar medio caída en desgracia que regresa a Hawaii, donde alguna vez supo no sólo construir lo mejor de su carrera, sino donde ha quedado una parte importante de su vida. O tal vez convenga decir: donde él la ha dejado, porque ahí está Tracy, una antigua novia con la que rompió para darle prioridad a su carrera. Ahora Tracy (Rachel McAdams) está casada y tiene dos hijos, pero su presencia se convertirá para Brian en una especie de agujero de gusano emotivo que lo conecta con aquel pasado que él se empeña en asumir como una etapa superada. Pero en ese pequeño paraíso en medio del océano Pacífico del que los Estados Unidos han sabido apoderarse, también lo esperan nuevos desafíos. Que por un lado son laborales (Brian llega para participar del lanzamiento de un poderoso satélite de comunicaciones privado en el que el ejército tiene una extraña participación), pero también personales. Porque allá conocerá a la joven teniente Allison Ng (Emma Stone), con quien, a pesar de las rispideces iniciales, acabará forjando un vínculo no exento de idas y de vueltas.
Lo interesante de Bajo un mismo cielo pasa más por la forma en que Crowe construye los vínculos entre sus personajes, que por la historia en la cual los hace interactuar, apenas una fatalidad necesaria para poder reunirlos. Detenerse en lo anecdótico de la historia obliga a impugnar cierto empeño del director (y guionista) por apelar a una buena cantidad de elementos ligados al realismo mágico, que representan lo más flojo dentro del relato. Conviene concentrarse entonces en la forma en que el director va tensando o aflojando las cuerdas de una red dinámica que entrelaza a una vasta galería de grandes personajes, cada uno con sus atractivos. Personajes que Crowe utiliza al modo clásico, asignándoles roles arquetípicos: el empresario malo y seductor interpretado por Bill Murray; el general tan rígido y cascarrabias como noble de Alec Baldwin; el breve pero efectivo comic relief a cargo de Danny McBride; el líder de las tribus aborígenes que reclaman el fin del colonialismo en Hawaii ocupando el rol del buen salvaje; o el tan parco como expresivo marido de Tracy interpretado por John Krasinski, que se presenta como la némesis del protagonista pero que quizá resulte ser otra cosa.
En medio de tantos personajes interpretados con precisión por un elenco sólido y una banda sonora que hace gala del buen gusto con que el director musicaliza todos sus trabajos, Crowe consigue que lo aparentemente imposible resulte verosímil. Que un padre ausente salve el vínculo con una hija desconocida sólo con un abrazo; que un hombre pueda amar a dos mujeres sin que en ello se juegue misoginia alguna; que los diálogos más poderosos de la película se desarrollen en silencio. Y que el espectador salga agradecido después de ver la película, convencido de que a veces la vida puede y debe parecerse más al cine. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 18 de junio de 2015

CINE - "Hawaii", de Marco Berger: Una mirada distinta desde el molde del cine clásico

Durante todos los jueves de junio y julio en el espacio de cine del Centro Cultural de la Cooperación se proyecta Hawaii, nueva película de Marco Berger, uno de los nombres más personales de su generación. Una consideración que va más allá de la valoración particular que pueda hacerse de cada una de sus películas, porque alude a la calidad narrativa que este director ha demostrado y, sobre todo, a la coherencia que puede comprobarse dentro de su obra. Es que Berger ha conseguido con esta y sus dos películas anteriores –la comedia Plan B y el oscuro drama Ausente- formalizar una mirada que tiene su mayor virtud en la capacidad de permitirle al espectador adueñarse de un punto de vista que se aparta de las narrativas clásicas y hegemónicas dentro de la industria del cine. Pero, ¿de que tratan las historias que cuenta Berger? ¿Cuál es esa mirada nueva a la que puede accederse a través de sus películas? Empecemos por revelar de qué se trata Hawaii.
Martín vuelve a su pueblo en busca del hogar y la familia que alguna vez tuvo, pero no encuentra a nadie. En la calle y sin trabajo comienza a hacer changas para sobrevivir, hasta que se reencuentra con Eugenio, amigo de la infancia que está pasando el verano en una quinta de la zona. Las diferencias entre ambos son notables, sobre todo las económicas, pero el reencuentro vuelve a hacer surgir esa amistad que la infancia se llevó. Sin embargo hay algo más que los une pero que ellos mismos no terminan de asumir: se gustan. Martín y Eugenio son gays y sobre esa temática Berger ha construido una obra. Igual que en sus trabajos anteriores, Hawaii trabaja sobre los moldes clásicos de los géneros cinematográficos, en este caso el drama romántico, y consigue poner patas arriba las convenciones de la narrativa heterosexual, valiéndose de las herramientas del cine comercial. Ser espectador de Hawaii representa para el espectador hétero la inusual posibilidad de ver al mundo, aunque sea por un rato, con los ojos de ese otro al que por tanto tiempo se discriminó y a quien aún se discrimina de muchas formas.
Para Berger las cosas son de otra manera. “No creo que el centro de Hawaii sea lo gay sino el desamparo, el prejuicio de clase, el amor”, afirma el director, a quien se le ha marcado que sus personajes viven la sexualidad con culpa o de manera conflictiva. “Justamente en Hawaii no creo que creo que esto sea así”, vuelve a discrepar. “Me parece que en esta película la culpa reside en la relación de poder que tiene uno sobre otro y que el deseo se puede confundir con abuso de poder”, amplía.

-En tus películas está presente la idea de lo prohibido en relación a la homosexualidad. En una actualidad donde tantos derechos han sido conquistados, ¿puede decirse que tus películas representan la mirada de la generación anterior?
-Claramente, porque soy de otra generación. No puedo dejar de estar impregnado de mi pasado, de mi adolescencia y de lo difícil que era ser gay cuando era chico. Recuerdo que para la mirada de mi niñez era algo tan malo que yo muchas noches, con trece años, me prometía a mí mismo esconderlo siempre, como si fuese una especie de maldición que no debía ser descubierta. También creo que la libertad de la que hablás es una libertad enmarcada en un grupo social. Seguramente nadie se horrorice porque vayan dos chicos abrazados o se besen en medio de Palermo, pero si nos imaginamos la misma situación en la estación de tren de San Justo o en la plaza central de Resistencia en Chaco, seguramente sea bastante diferente. Además aunque dos chicos se besen en medio de Palermo, siguen llamando la atención. Si se besan un chico y una chica son invisibles, en cambio si se besan dos personas del mismo sexo puede ser que nadie diga nada, pero todavía es algo, por lo menos, que atrae la mirada de la gente".  

-Atendiendo a la coherencia temática de tu trabajo, parece haber una búsqueda por construir una obra dedicada a pensar una mirada cinematográfica que permita ver el mundo de manera contrapuesta a la mirada del mercado que es siempre heterosexual. ¿No tenés miedo a encasillarte?
-Ningún miedo. Cada vez me importa menos. La gente que vio mis películas sabe lo que hago y si viene a ver otras será porque le gustaron las anteriores. Lo gracioso, de hecho, es que muchos espectadores (siempre heterosexuales) no les gusta que mi cine se considere gay porque ellos sienten que van a ver una película y lo gay lo ven como circunstancial. Les interesan mis historias y la forma en que las cuento. Todo el tiempo recibo mensajes que gente que siente que alguien los representa. Si mis historias cambiaran y fuesen entre hombres y mujeres, seguramente serian igual que estas pero conformarían a la heteronormatividad imperante.  
-Si en algo son exitosas tus películas es en esa capacidad de permitir al espectador heterosexual una subjetiva gay del mundo. ¿Cuánto tienen que ver con el éxito en ese punto tu trabajo con los géneros?
 -Hoy por hoy creo que mis películas gustan pero no creo que sean un éxito. El éxito se puede medir con varias varas. En cuanto a la recepción del público, críticas y festivales, podría decirse que son un éxito; pero en cuanto a los números sigue siendo muy dificil llegar, con este tipo de películas independientes, al publico en general.  
-Cuando Hawaii se estrenó en Bafici, yo critiqué lo que para mí es el exceso de una estética de erotismo clase B a la hora de construir tus historias, algo que creo que ocurre por apoyarte en las herramientas narrativas del cine clásico. 
 -Recuerdo eso y recuerdo que me dolió bastante. Soy muy seguidor de las críticas y siempre siento que aprendo un montón. Me gusta que alguien me marque determinadas cosas y poder sentarme a pensar sobre eso. Sin embargo tu crítica me había dolido porque decías que yo era una especie de Taratuto del cine gay. Me había dolido porque la diferencia entre Taratuto y yo era abismal, él trabaja con famosos y llena salas de cine de la mano de Suar y Peretti, cuando mis películas, en ese momento, solo habían sido estrenadas en Malba. Desde ese lugar me parecía bastante injusta la comparación. Por otro lado se criticaban los lugares comunes y el erotismo de clase B (asociado por mí a lo berreta). Creo que ahí no se entendía que claramente quería trabajar y darle una relectura a los arquetipos.  
-Cuando hablé de éxito no me referí a lo comercial, sino a un éxito de tu trabajo como narrador cinematográfico. Y lo mismo digo en cuanto a la comparación con Taratuto, donde de ninguna manera se trata de poner en pie de igualdad los medios económicos con los que cada uno cuenta ni del éxito comercial de sus películas y las tuyas , sino de una comparación estrictamente temática. Taratuto era conocido por sus películas basadas en el clásico “chico conoce chica”, y de alguna manera las tuyas se apoyan en una idea análoga en la que “chico conoce chico”.  
-Si mis películas son un éxito porque ofrecen una mirada diferente y funcionan, estoy contento. Por eso también aclaré que el éxito se puede medir con varas diferentes. Seguramente desde mi ego muchas veces malinterpreto criticas porque me siento expuesto o juzgado. Pensá que los directores hacemos cine y los críticos escriben sobre las películas, pero los directores pocas veces podemos opinar públicamente sobre las críticas o defender nuestro punto de vista. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.