viernes, 25 de enero de 2013

CINE - Hansel y Gretel cazadores de brujas (Witch Hunters), de Tommy Wirkola:

El recurso de reconvertir cuentos infantiles en relatos que oscilan entre el horror y la acción comienza a agotarse a poco de empezar su explotación. Aunque hay que reconocerle cierto mérito a la constante lucha de Hollywood por intentar (y conseguir) sacar agua de las piedras, también debe decirse que muchas veces se trata de agua poco potable. Ocurre que cualquier dislate con un par de caras de moda y dos secundarios con oficio puede servir para mantener a Hollywood con vida, y entonces se vuelve obvio que películas como esta Hansel y Gretel: Cazadores de brujas no son más que combustible ligero para conservar la maquinaria en marcha. Un cine hecho con el método de la cama caliente, casi sin pensar. Y si el cine fantástico y de terror fue siempre un gancho para público adolescente, uno de los que más dinero deja en las boleterías, se termina de entender el por qué de la insistencia por convertir a cualquier cosa en una de zombies o de monstruos. Esta versión retrofuturista (Steam-Punk) del relato de los hermanos Grimm tiene profusos antecedentes en los últimos años, ninguno muy destacado. No vale la pena evocarlos aquí (apenas quizá la reciente Blancanieves y el cazador), pero sí decir que forman parte del espurio linaje de este film que representa el debut del director noruego Tommy Wirkola en los Estados Unidos. 
En este caso el traspaso es sencillo, en virtud de que en el cuento original los dos niños eran capturados por una bruja que los engordaba para el puchero. El mecanismo de proyección aquí hace que aquellos nenes salvados, se convirtieran con los años en persistentes enemigos de las mujeres dadas al comercio con las fuerzas oscuras. Como si se tratara de un western, Hansel y Gretel trabajan como cazarecompensas y son contratados por el alcalde de una típica aldea europea para poner fin a una ola de desapariciones de chicos, atribuida a las hechiceras. Aunque la historia transcurre en un tiempo que se intuye cercano a la Edad Media, la película hecha mano de una estética post Mátrix, permitiendo a sus héroes realizar proezas que desafían la física newtoniana, vistiéndolos de ajustado cuero negro. Jeremy Renner, cada vez más buscado como figura de acción, luce aburguesado dentro de ese atuendo, no es muy distinto del que usó el año pasado cuando formó parte de la troupe de Los Vengadores, y Gemma Arterton es apenas su belleza. Persecuciones, efectos especiales y anacrónicas armas de fuego completan la fórmula. 
Más allá de la imaginería visual, en la que Wirkola ya tenía experiencia (fue director de Dead Snow, una de nazis zombies), y de un par de chistes bastante buenos (uno de ellos relacionado con el exceso de azúcar al que los hermanitos fueron sometidos durante su cautiverio en la casita construida de golosinas), no es mucho lo que puede rescatarse de Hansel y Gretel: Cazadores de brujas. Un cine clase B flaco, al que ni los excesos le alcanzan para conseguir un impacto cinematográfico destacable. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12. 

CINE - El último desafío (The last stand), de Kim Jee-Woon: Arnold is back

El regreso de Arnold Schwarzenegger al cine no es un tema menor. No se trata nomás de la buena noticia de que el infinitas veces Mr. Olympia y Mr. Universo (los más importantes títulos del fisicoculturismo competitivo) haya dejado la política, tras su labor como gobernador de California. No. Se trata de su vuelta a la pantalla grande, aunque no de un regreso absoluto, dado que en los últimos 10 años ha realizado pequeñas apariciones y cameos, de los cuales el más destacado ocurre en la segunda parte de Los Indestructibles (2012), nueva saga de cine de acción ochentosa creada por otro ícono del género, su amigo y rival Sylvester Stallone (ya se verá que la referencia no es ociosa ni decorativa). Pero desde que tuviera el papel principal en la antiterrorista Daño colateral en 2002, una década ha pasado sin Big Arnold como protagonista. Y aunque no se trata de un gran actor, sin dudas sí de una estrella. La rentrée se produce en El último desafío, film de acción antes que policial, dirigido por el coreano Kim Jee-Woon, que combina los elementos necesarios para que el regreso sea digno.

Arnold es Ray Owens (Arnold), un ex policía de Los Angeles que ha decidido alejarse de los peligros que en su oficio representa una gran y conflictiva ciudad, para convertirse en el veterano sheriff de un pueblito ubicado muy cerca de la frontera sur norteamericana, ahí nomás del tórrido México. Ray es feliz con su cargo, atendiendo problemas de gente sencilla y trabajadora, en donde la rutina es apenas quebrada por algún partido de fútbol americano o por Lewis, el loquito del pueblo, amante de las armas, que dice tener todo en regla para abrir un museo de armamento. Pero mientras el viejo sheriff disfruta de ese remanso, Gabriel Cortez (Eduardo Noriega), el narco más peligroso desde la muerte de Pablo Escobar, es rescatado por sus secuaces en medio de una operación de traslado dirigida por altos cuadros del FBI. Cortez intentará salir de los Estados Unidos por tierra, conduciendo un súper auto, aprovechando su experiencia como piloto de carreras. Y, por supuesto, para ello deberá atravesar el pueblito del sheriff Ray, el último escollo que se interpone entre el villano y la libertad, entre México y Estados Unidos, y por qué no, entre barbarie y civilización.

Si bien casi todo es esperable en El último desafío, desde que el villano sea un extranjero (aunque tampoco falta la conexión local, siempre necesaria), hasta la decisión patriótica del sheriff y sus hombres de convertirse en escudos humanos de la nación, hay unos cuantos bonus a favor de la película. El primero de ellos es sin dudas el trabajo de Kim Jee-Woon, uno de los directores coreanos más renombrados de la generación que propició la explosión del cine nacional en su país. Dueño de una versatilidad que le ha permitido abordar géneros disímiles siempre con éxito, del horror a la comedia y de la acción al western, Kim consigue renovarle el aire a muchas escenas de acción e intercalar de manera precisa los momentos de humor con los de violencia. El humor es otro punto fuerte.

Los indestructibles ya había demostrado que películas de este tipo ya no son posibles sin humor autoconsiente y hay bastante de eso aquí. La escena donde el sheriff Ray Owens habla con alivio de lo grato que es haber dejado Los Angeles, sabiendo que Schwarzenegger también la cambió por Sacramento durante sus 10 años como gobernador, carga un tono de ironía sutil que quizá pase desapercibido a muchos. En cambio nadie dejará de notar una gran broma políticamente correcta acerca de los inmigrantes, donde el republicano parece querer ganarse al electorado demócrata, en un film con un elenco muy latino friendly. Por supuesto que la clásica armamentofilia podría ser un punto criticable, si no fuera porque aquí depara algunas escenas casi eróticas, de hombres y mujeres acariciando largos caños cromados, preparándose para la batalla final, que quizá no estén muy lejos de la parodia. Todo lo que parecía serio y reaccionario en un film como el mencionado Daño colateral, aquí se vuelve abiertamente lúdico, incluso cuando se abuse de ciertos estereotipos.

Arnold Schwarzenegger sigue siendo Arnold Schwarzenegger, con su rigidez física y su inglés con acento del Tirol. Nada ha cambiado. Como diría uno de sus mejores personajes, he’s back, y esa es la buena noticia. 
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura Y Espectáculos de Página/12.

jueves, 17 de enero de 2013

ANIVERSARIO - Súperman cumple 75 y ni piensa en jubilarse

Es difícil ser el hombre más poderoso del mundo. Alguien supo decir que “un gran poder implica una gran responsabilidad” y es cierto. Siempre ha sido así: es arduo y hasta doloroso cargar con el peso constante de la humanidad sobre la espalda y no sólo eso, porque la humanidad nunca viaja sola. Junto a ella vienen las nociones del bien y el mal, de la justicia, de la libertad, todo eso agravado por las contradicciones que impone el mismo ser humano. El hombre más poderoso del mundo sabe que las reglas rotas son tentadoras, que no hay nada más placentero que la injusticia, el sueño inconfesado de los moralistas, lo que todo el mundo reprime con mayor o menor fuerza. El hombre más poderoso sabe que se es justo por autoimposición y que la libertad es esencialmente injusta. Que si todos fueran realmente libres y defendieran la libertad al modo americano (es decir con la fuerza de lo impuesto), cada libertad necesariamente representaría la invasión y negación de las libertades ajenas. Y por lo tanto sería injusto.
De todas esas paradojas y dificultades conoce el hombre más poderoso del mundo y la carga es insoportable. Sobre todo cuando se está a punto de cumplir 75 años y uno ya no es el mismo. Aun fuerte pero siempre solo, el hombre más poderoso debe persistir en la lucha. Su gran responsabilidad.
Ese hombre no es ni Obama ni Bill Gates, ni el dueño de una corporación petrolera; tampoco Guillermo Moreno y mucho menos Héctor Magnetto (aunque tiene apellido de X-Men): se trata de Superman, el hombre de acero. Resulta difícil de creer que aquel chico nacido en el desaparecido planeta Kryptón, salvado por sus padres y llegado en una cápsula espacial hasta la Tierra (o los Estados Unidos), donde es criado como un hijo por una pareja de granjeros, sea hoy un abuelo de 75 años. Aunque, nobleza obliga, hay que reconocer que son tres cuartos de siglo muy bien llevados. Sí: el popular personaje de historieta, padre de todos los superhéroes, cumple este año 75 y aunque le han tocado tiempos mejores, hay que reconocer que, ciertamente, también los ha tenido peores. Mucho. 
Aunque todavía nadie ha declarado a 2013 el “Año Superman”, en diferentes convenciones y festivales de historieta ya se organizan festejos y actividades alusivas al importante aniversario. Eso sin mencionar su regreso al cine, tras 7 años de ausencia obligada por el débil rendimiento (artístico y económico) de la última película realizada con el personaje como protagonista (Superman regresa, dirigida por Bryan Singer y el desaparecido en acción Brandon Routh en el papel principal). En lo inmediato (o casi) el emblemático superhéroe será una de las estrellas del 31 Salón de Cómic de Barcelona, que se realizará del 11 al 14 de abril. Allí se organiza una exposición que recorrerá la historia del personaje y reunirá originales de algunos de los muchos autores que lo han dibujado. En cuanto al film El hombre de acero, dirigido por el especialista en adaptación de historietas Zach Snyder (director de las versiones cinematográficas de modernos clásicos como 300 y Watchmen) y producida por Christopher Nolan, el hombre trás el exitoso renacimiento de Batman, su estreno está programado para el 13 de Junio en la Argentina. El personaje será interpretado esta vez por el poco conocido actor inglés Henry Cavill.
Superman fue creado por Jerry Siegel y Joe Shuster, y su primera tira publicada en junio de 1938, en el número lanzamiento de la revista Action Comics, cuyo precio de tapa era de 10 centavos: hace poco uno de aquellos ejemplares fue vendido por internet en 1 millón de dólares. El dato muestra el valor simbólico que el personaje fue acumulado en estos 75 años, en los que se convirtió en uno de los íconos de la cultura y el ideario norteamericano. En ese lapso Superman cambió 25 veces el logo que lleva impreso en el pecho de su traje (una letra S color rojo encerrada en un diamante de fondo amarillo), y también asiduamente su rostro, siendo el más popular de ellos el del actor Christopher Reeve, quien lo interpretó en cuatro películas entre 1978 y 1987. 75 años en los que hasta decidió dejar su trabajo como periodista cuando el Daily Planet, el diario para el cual trabaja, fue absorbido por un emporio multimedios, y fue acusado injustamente de ser mufa, en vista de las desgracias ocurridas a los actores que se calzaron su traje . 75 años sacándose la camisa y los anteojos que, al revés que el resto de los superhéroes, ocultan su verdadera y poderosa personalidad tras la piel de un ciudadano común. 75 años defendiendo la justicia y la libertad, siempre del lado de los buenos. Ante la reciente noticia de que la opulenta multinacional Warner acaba de ganarle un juicio a los herederos de Siegel y Schuster por la explotación del personaje, habría que ver de qué lugar elegiría ponerse y cuál el criterio de justicia y libertad que defendería en este caso Superman, el hombre más poderoso del mundo que hace rato entró en la tercera edad.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

CINE - Fuerza antigángster (Gangster squad), de Ruben Fleischer: Con el peso de los antecedentes en contra

El cine siempre ha sido útil a la cultura norteamericana a la hora de crear una mitología que ayudara a producir una galería de personajes que poblaran una particular forma de narrar la Historia desde la Ficción y generar entre ambas vertientes una dinámica que han dado por resultado un relato popular de gestas y héroes. Ese cuento se ha convertido en la historia oficial del siglo XX. El hecho puede verse bien en el Western clásico, que ocupa un lugar similar al del Martín Fierro para la cultura argentina y fue por años el encargado de sostener la épica nacional norteamericana. Pero no es el único género utilizado por los Estados Unidos para sostener su historia desde el cine y puede decirse que de todos han hecho un uso oportuno, pero no es el tema de este artículo. Para ir al grano, en especial de otros dos géneros se ha valido Hollywood para contarse (y contarle a todos) su propia grandeza: el género bélico y las películas de gángsters. Fuerza antigángters, de Ruben Fleischer, es un ejemplo de la vigencia del mecanismo.
Si, tratándose de una nación que vive del conflicto, las películas de guerra sirven para mostrar de qué modo los Estados Unidos aplican (y son) la Ley en el mundo, las de gángsters representan su contracara. No sólo muestran el manejo de la Ley puertas adentro y propician un ejército de héroes morales (ver Los Intocables de Brian De Palma, versión de la serie homónima que cumplía el mismo rol), sino que en un único y contradictorio movimiento también convierten en héroes a los malos. Es que el crimen organizado ha sido siempre un factor importante en la economía americana y el cine lo refleja como nadie. Dicho esto y dado que se alimenta de los elementos que han nutrido al género (como estar basada en hechos reales), Fuerza antigángsters no sólo no aporta novedades sino que, si se revisa la filmografía destacada (El Padrino; Buenos muchachos; las dos Caracortada; la mencionada Los intocables), se vuelve rápidamente olvidable.
Y no es que no haya motivos en la película para que el resultado final fuera otro. Empezando por un elenco notable, no sólo por la cantidad de nombres estelares (Penn, Brolin, Gosling, Patrick, Nolte o Emma Stone, que en el afiche está igual a Jessica Rabbit), sino porque cada uno encaja en el physique du rôle de su personaje. Pero, ya se sabe, tener “cara de” no es lo mismo que “actuar de”. El mejor ejemplo es Sean Penn quien, ayudado por un maquillaje que muchas veces le juega en contra, sobreactúa la gestualidad de su versión de Mickey Cohen, el desalmado criminal que echó a patadas de Los Ángeles a la mismísima Maffia en los años 50.
La película cuenta cómo, en medio de una justicia y un departamento de policía por completo corrompidos, un grupo de oficiales apoyado por un alto funcionario, crean un grupo parapolicial para realizar por izquierda lo que la Ley no conseguía por derecho. La película de Fleischer, quien había sorprendido hace unos años con la excelente Tierra de Zombies, se permite un juego Pop más propio de una de superhéroes, de dotar a cada integrante del escuadrón de una habilidad que lo hace ideal para formar parte del equipo (el viejo que es un as con la pistola y el negrito que es un mago con el cuchillo; el que es un genio de los gadgets retro; el líder incorruptible, masculino y violento; y el joven galán que renuncia a todo menos al amor). Esto hará que, si bien la película empieza con la seriedad impostada de los clásicos, violencia explícita incluida, pronto se transforme en un híbrido más cercano al cine de acción multitárget que al policial negro puro y duro.
En el medio el relato se empastará aún más queriendo retomar la veta histórico-social, aludiendo a la posguerra donde hombres entrenados para ganarse la vida matando debían reintegrarse a una sociedad pujante y en desarrollo, pero en tiempos de paz. Cada vez menos firme, el relato se cargará entonces de subrayados comentarios éticos y morales, puestos en boca de quienes necesitaron romper todas las leyes para hacer cumplir algunas. Una contradicción que esta película, a diferencia de otras, no alcanza a justificar, para acabar siendo una de muy buenos contra muy malos, que es como suelen ver al mundo por allá al Norte.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

martes, 15 de enero de 2013

CUENTO - Uncertain regard



La primera vez que lo vi, Marcos se sacaba los mocos con las uñas, para después quedarse un rato largo orbitando con su cabeza alrededor de la punta del dedo, como queriendo estudiar de memoria cada detalle desde todos los ángulos posibles. Al mismo tiempo movía los labios como si hablara consigo mismo, haciendo un dictado mental de vaya a saber qué conclusiones, y cuando se cansaba pegaba el moco en el guardapolvo del chico que tuviera la desgracia de sentarse delante, con tanto cuidado que las víctimas nunca se daban cuenta. Enseguida se sacaba otro y de nuevo lo mismo: los demás terminaban el día con la ropa llena de Marcos. Desde entonces me senté junto a él, nunca adelante. Tardamos en llevarnos bien, sin embargo, aunque ya no nos veamos, admito con pena que es el más viejo de los amigos que tengo.

Cuando empecé a compartir banco con él lo hice sobre todo por el asco que me daba su costumbre, más que para evitar ser blanco de sus pegotes. Yo había aprendido viendo películas que cuando la cámara se concentra en lo profundo del plano, lo que está adelante se vuelve neblinoso, fantasmal, hasta que los detalles desaparecen como si se mirara a través de ellos. Marcos de veras me daba asco y creí que la mejor forma de evitarlo era tenerlo tan cerca que la proximidad me esfumara los detalles de su rutina. El truco no funcionó, pero por los motivos equivocados. Al principio llegué a perderlo de vista y casi no me daba cuenta cuando se escarbaba la nariz, pero no tardó en distraerme su voz. Es que no movía la boca de manera silenciosa tal como yo creía, sino que realmente hablaba. Lo hacía bajito, casi no se lo sentía; de hecho no recuerdo que la señorita Lenora le llamara la atención por hablar en clase. Ni por hablar ni por sacarse los mocos, ni por pegárselos en el pelo a las nenas de los pupitres que estaban delante nuestro: nunca jamás le llamó la atención. Pero junto a él, en el silencio de la clase, no había forma de evitar su canturreo insonorizado. Pensé que le hablaba a los mocos, que les contaba historias o que sostenía conversaciones con ellos: supuse que se trataba de una versión pretenciosa del amigo invisible y me dio un poco de risa. No mucho, la verdad me asustó. Pero a mí sí me retó la señorita Lenora y me mandó a escribir diez hojas de “no debo reírme en clase mientras la señorita Lenora explica las vocales abiertas y las vocales cerradas”.

Al principio hablábamos solamente durante los recreos. Un poco porque yo siempre fui alumno aplicado, y otro porque las clases eran el momento reservado a su ritual. Nuestros temas tampoco eran muchos. Yo le hablaba bastante de las películas que veía los sábados por televisión y a veces en el cine. Él casi no miraba películas. Su papá prefería el fútbol y su madre, las novelas. Pero nunca hablábamos de los mocos. Hasta que un día le pregunté qué es lo que hacía con ellos, por qué les hablaba. Marcos se encogió de hombros. Mirando para otro lado dijo que él no hablaba con los mocos. Recuerdo que lo miré un rato esperando que se le escapara una sonrisa de los ojos. No dijo nada más. Yo insistí. Le dije que no mintiera, que lo escuchaba todo el tiempo hablarle a los mocos y que también lo había visto pegoteándole las trenzas rubias a Meliana. Sobre todo insistí en que lo había escuchado perfectamente hablándole a los mocos. Entonces, torciendo un poco la boca, reconoció que hablaba. Pero de ninguna manera aceptó que fuera “con” los mocos, sino que hablaba “de” los mocos. Eso dijo. Me lo quedé mirando de nuevo. Cuando notó mi ausencia, se metió el dedo en la nariz, sacó un moco y lo puso justo frente a mis ojos.

- ¿Qué ves?

- Un moco -le dije corriendo un poco la cara, tratando de que no notara las arcadas.

- Sí, un moco. Pero todos son distintos.

Mantenía la mano frente a mi cara con el índice apuntando al cielo, exhibiendo el moco en un gesto que tenía algo de amenazante. Le pregunté qué era lo que veía, más para que lo sacara de mi vista que para saber qué cosa encontraba de interesante en esa pasta aprisionada entre el filo de la uña y la carne del dedo. El truco funcionó: Marcos acercó el moco a su propia cara y mientras lo sondeaba comenzó a hablar. Algunas de las palabras que usó las escuché esa mañana por primera vez en mi vida.

Describió ese moco durante los casi diez minutos que quedaban de recreo. Después lo amasó en una bolita y la catapultó con la punta del dedo hacia el pelo de un nene más grande que justo pasaba por ahí. Sin pensar le pregunté si quería venir al cine el fin de semana. Aceptó, pero con cara de que en realidad la cosa no le interesaba demasiado. Se sacó otro moco y empezó a hablar de las pizzas de muzzarella y del color de los ojos de su abuela.

Sentí gran alegría cuando sus padres lo dejaron venir. Los míos tuvieron que insistir bastante, pero un sábado a la tarde estábamos ocupando cuatro butacas justo en el centro de la primera fila del pullman, en el primer piso de la sala, que era el lugar exacto donde obligaba a mis padres a sentarnos (para ello los hacía ir temprano a hacer la cola: nunca soporté ver cine de costado o desde abajo, donde las diagonales distorsionan el punto de vista que el director imaginó durante el rodaje. Todo tiene sentido en las películas, incluso –sobre todo- esa incierta mirada que va formando el relato). Todavía me acuerdo bien de lo que proyectaron esa vez, aunque Marcos se la pasó todo el tiempo cuchicheando en la butaca de al lado. Era la historia de una logia secreta cuyos miembros, hombres de ciencia, se imponen la tarea de educar a un grupo de huérfanos hasta convertirlos en perfectos caballeros, para hacerlos pasar por jóvenes de buen linaje e infiltrar así lo más selecto de la alta sociedad de la Europa victoriana. Aunque no contaré el final, diré que me pareció una versión interesante de una vieja paranoia muy en boga.

Tras el cine fuimos a tomar chocolate con churros, pero cuando quise comentar la película, costumbre que también había impuesto a mis padres después de cada salida, casi no pude decir palabra. Marcos estaba maravillado con el corto que habían pasado antes de la proyección principal. Era un noticiero que contaba de manera subrayada las aventuras de un tipo dedicado a escarbar la tierra y sacar conclusiones acerca del pasado, de acuerdo a las diferencias que iba encontrando en la composición de las capas de suelo a medida que iba penetrando en él. Yo no recordaba demasiado de aquel corto y Marcos acaparó la atención durante toda la merienda. Mis padres se miraban de reojo y sonreían, encantados con las derivaciones absurdas que mi amigo iba exponiendo a partir de la historia de ese hombre que se enterraba, con la misma pasión que él ponía al sacarse los mocos. Lla memoria volvió a retorcerme el estómago.

Vimos varias películas pero nunca nos gustaba lo mismo. De a poco dejamos de compartir cosas y el cine fue lo primero que resignamos, tal era la distancia entre nuestras miradas. (Aunque en el fondo lo que más me molestaba era que hablara durante las proyecciones.) La última vez que fuimos juntos nada había cambiado.

Cuando Marcos me llamó para invitarme de nuevo, yo seguía yendo al cine al menos una vez por semana. Hacía varios años que habíamos terminado la escuela, cada uno se encontraba avanzando en su propia carrera, y el recuerdo hizo que la invitación me causara desconfianza. Él debe haberlo notado, porque enseguida argumentó que al fin había encontrado su lugar en el mundo dentro del cine. Esa sola revelación me sonó tan meritoria que consiguió desmantelar mis prevenciones y abonar mi curiosidad.

Nos encontramos ese mismo fin de semana en la puerta del cine. Llegué apenas 5 minutos antes de que comenzara la proyección. El tiempo no lo había cambiado mucho, excepto que ahora se dejaba unas patillas y un bigote abundante que parecía salirle de la nariz para montarse sobre su labio superior.

El cine estaba sobre la peatonal y tenía su entrada cavada entre una casa de cambio y un café que ya entonces era antiguo. Ninguna persona decente hubiera adivinado que allí había un cine. Como Marcos había llegado un rato antes para sacar las entradas, tras bajar por una escalera angosta pasamos directo a la sala, que no era grande, ni cómoda, ni concurrida. En apariencia era el típico antro de cine arte, donde cada espectador consume el tiempo previo más pendiente de sí mismo que de los habitantes de las butacas vecinas. Induje a Marcos sin demasiado esfuerzo a ocupar el centro de la sala.

Cuando las luces se apagaron me recosté en mi asiento y de inmediato me impactaron los títulos corriendo al revés sobre una serie de imágenes urbanas de textura casi documental, musicalizadas con algo que mi ignorancia sólo me permite definir como pop fusión. Los nombres de los actores me confirmaron que se trataba de cine independiente europeo: Svetlana Busetic, Lebón d’Age, Dick Enbutt, Ann O’Forced y Sel Lancômme.

La historia no era compleja. Tres estudiantes de vacaciones, dos chicas y un muchacho, llegan a una posada atendida por una mujer de aspecto severo, y se ven obligados a hospedarse todos en la misma habitación, debido a que la capacidad hotelera de la villa se encuentra superada por la celebración de las fiestas comunales. Un extraño huésped les informa durante la cena que dicho festejo es una suerte de bacanal, que por la descripción resulta muy similar a nuestro carnaval. Las primeras escenas dejaban en claro que el director debía tener experiencia en el campo del video arte experimental y que, a partir de la diferencia de registros dramáticos, había asumido el riesgo de conformar un elenco mixto que combinaba el trabajo de actores profesionales con amateurs. Mientras Bucetic y d’Age se lucían en sus roles de estudiante tímida pero curiosa la primera, y como ruda anfitriona la otra, Lancômme sobreactuaba los amaneramientos aristocráticos de su huésped misterioso, en tanto la interpretación de O’Forced asumía riesgos con imprudencia y Enbutt aportaba la venalidad necesaria para hacer admisibles las escenas más explícitas.

El andamiaje narrativo hacía coincidir los tres niveles de la posada (las habitaciones en el primer piso, el lobby y el sótano), con los tres niveles de conciencia de la teoría psicoanalítica. Estructurado de ese modo, el nivel superior era el espacio destinado a la fantasía superyoica, en cuyas escenas por lo general tomaban parte Enbutt y O’Forced, aunque a veces también se sumaba la exquisita Bucetic, quien invariablemente daba a cada uno de los planos en los que participaba una profundidad que los espectadores agradecían incluso corporalmente. Recién ahí comencé a sospechar que cierto movimiento era actuado en la misma sala, como si la vitalidad de lo proyectado desbordara la pantalla hacia la platea. Esa pequeña dispersión me reveló también que Marcos, hundido en su butaca, no había perdido la vieja costumbre de hablar en el cine. Traté de olvidar.

 El lobby del hostal correspondía, en tanto, a un espacio social represivo en donde la norma sometía a los personajes a diversos juegos de tensión que, de una forma u otra, los remitía a actuar en los otros dos niveles aquello que allí se refrenaba. Estaba claro que se trataba del ámbito regido por el Yo. Eso me llevó a repensar el concepto de tabú y en cómo las sociedades occidentales, sobre todo europeas (que era el caso), se obligan a sí mismas a fragmentar la existencia en compartimentos estancos. Una rigidez que, era evidente, esta película venía a criticar. Y por fin el subsuelo: soterrado, oculto, ese era el territorio del Ello, donde operaba lo indecible pero secretamente deseado. Ahí, Lebón d’Age y Lancômme sometían a Bucetic a perversas prácticas que, sin embargo, todos parecían disfrutar. Ya no cabían dudas de que la clave se hallaba en el personaje de Bucetic. Como Odiseo, era la única pasajera capaz de transitar el escenario completo, los tres niveles de esa posada. De su equilibrio dependía, en definitiva, que el relato no acabara en tragedia. Ella era el cordero que se entrega a sí mismo en sacrificio.

Estaba en eso cuando escuche aquella palabra y fue como un salto hacia afuera. En voz muy baja, como siempre, Marcos hablaba y entonces, inflamado de curiosidad, ya no pude evitar girar la cabeza para verlo. Desde el fondo de su butaca, el mayor de sus dedos señalaba al cielo sosteniendo en la punta un moco como de cera aún tibia y, entre espasmos, no dejaba de pronunciar esa misma palabra que enseguida creí recordar. Yo lo escuchaba absorto: había olvidado por completo la película y de hecho no recuerdo el final. Él en cambio no le sacaba los ojos a la pantalla y yo no se los sacaba a él, a la punta brillosa de su dedo que de golpe se me venía encima. Casi acostado en el aire, Marcos repetía como un mantra, muy bajito, “¿Quevés? ¿Quevés?”, y yo “Un moco, un moco”, mientras intentaba moverme hacia atrás sin conseguirlo. Recién cuando la punta de su dedo estuvo una vez más justo delante de mi vista pude escuchar la pregunta con claridad. “¿Querés?”

Cerré los ojos.

Como una marioneta a la que de golpe le cortaran los cables, giré sobre mi asiento y me vacié encima de la hilera de butacas que tenía a mis espaldas. Cuando volví a mirar, aún sin haber recuperado el ritmo normal de la respiración, Marcos se limpiaba el moco en el guardapolvo del compañero de adelante. 
  

Cuento publicado originalmente por GrupoKane, en su antología digital Nuestra última película.