viernes, 27 de mayo de 2011

MUSICA - No somos nada (1987), La Polla Records: 30 años indignados

Crisis en Europa. Los jóvenes españoles toman las calles desalen- tados por una situación social que, de modo perverso, los deja al borde de la nada. Hace casi 25 años, los vascos La Polla Records editaban su disco más emblemático, justamente No somos nada, y en sus canciones ya daban cuenta (muy claramente) de un estado de situación que, como una bomba urgente, acaba de explotar en la cara de los que por comodidad se pasaron tres décadas mirando para otro lado. Radicales hasta la rabia, La Polla Records son precisos: cualquier acumulación de poder que medie entre el individuo y el mundo, necesariamente se convierte en abuso. En “Qué paz”, una de esas canciones, se afirma que la paz social que impone el capitalismo, repartiendo migas de un pan fantasma, es la paz del cementerio que sólo sirve para encubrir aquella guerra que ya había sido expuesta por Marx, pero un siglo y medio antes. Desde el título, No somos nada permite una triple lectura; con ironía furiosa superpone a la formula condoliente, la certeza de que bajo el poder siempre hay personas, nunca nada. Pero también una afirmación: antes que ser parte de la farsa, elegimos no ser. Y además entrega un mensaje, un consejo para estos jóvenes del futuro: súbanse los pantalones, no se dejen dar.

Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura del diario Tiempo Argentino.

ENTREVISTA - Antonio Skármeta: Todos los millones de Chile no valen un solo muerto

Cualquiera que haya visto en una foto la cara de Antonio Skármeta no puede sino tener algo de simpatía por ese tipo grandote, de ojos que apenas son dos ranuras desde donde la mirada se le empecina en un gesto de sonrisa perpetua. Skármeta sonríe, siempre, y por eso no es extraño que su último libro, Los días del Arcoíris, coloque en uno de sus centros a la alegría. En primer plano la novela cuenta la historia del famoso plebiscito de 1988, con el que el dictador Augusto Pinochet quiso perpetuarse en el gobierno de Chile, disfrazando a su atropello de mascarita democratica. Alimentando este fondo, diversas tramas van modelando un universo que recrea con muchos matices, una época en la cual el régimen asesino creía encontrarse en la cúspide de la popularidad. Está la del profesor Santos, detenido frente a sus pupilos en la clase de filosofía. La de su hijo Nico (por el aristotélico Nicómaco), uno de esos alumnos, que se debate entre el miedo y el coraje ante a una realidad de hierro. La de Adrián Bettini, el mejor publicista de Chile, a quien alternativamente se le ofrece ser director de la campaña por el Sí, que le permitiría a Pinochet renovar su tiranía, y la del No, que implicaba el retorno a la democracia en un plazo no mayor a un año, y que deberá decidir entre sus principios y su miedo. La de Patricia, novia de Nico e hija de Adrián, mujer indispensable para ofrecer con sencillez siempre una mirada positiva de la realidad y del futuro. Y Laura Yáñez, personaje escondido y fundamental. La historia de amor adolescente y la forma poética en que la campaña del No se va convirtiendo en un canto y una apelación a la alegría, son dos líneas paralelas que se justifican mutuamente.
No es la primera vez que Skármeta ubica a alguna de sus obras en el período de Pinochet. En la novela Ardiente paciencia -también conocida como El cartero de Neruda a partir del éxito de la película Il postino-, sutilmente ponía en paralelo las muertes de Salvador Allende y Pablo Neruda, ocurridas apenas con días de diferencia en septiembre de 1973. En El baile de la victoria, también llevada al cine por Fernando Trueba, aquellos años vuelven a estar en el pasado de sus protagonistas. “Hay temas que son tan inspiradores, que te asaltan y te dicen que tienes que ponerte servicio de ellos. Creo que en el caso de Los días del Arcoíris y la realidad misma me da una lección poética y me induce a transformar una historia real en poesía”, dice Skármeta sin abandonar, claro, la cautivante sonrisa que parece no haber forma de quitarle de los ojos.

-El tema de las dictaduras sigue abierto, pero no sólo en Chile y en escritores de su generación, sino en toda Latinoamérica y también en autores más jóvenes. ¿Por qué cree que todavía se necesita volver sobre esa historia?

-Las grandes conmociones locales y universales son verdades, fuerzas que atañen a la vida cotidiana actual de todos los hombres. La crucifixión de Cristo, sucedió hace 2000 años y es una y otra vez motivo de análisis. Y de fe: ya ves la cantidad de gente que va todos los domingos a celebrar la misa. La segunda Guerra Mundial, el Holocausto, la demencial aventura nazi, una y otra vez es sujeto de grandes obras literarias o películas de excelente factura. Nosotros mismos, en América latina, hemos tenido una confrontación con la historia que violó todas las reglas de la humanidad, y no es extraño que en la actualidad todos estos asuntos pesen, porque hemos aprendido de estos grandes desastres a manejar mejor nuestras vidas, para hacerlas más plenas, más ricas.
-Existe cierta idea algo maliciosa, de que algunos escritores latinoamericanos (también ocurre en el cine) insisten en los temas relacionados con los años de plomo, porque se supone que es lo que el mundo espera que escriban los autores de la región.

Por primera vez se produce lo inesperado: los ojos del escritor se despliegan, enormes, y entregan una expresión que sorprende. Lejos de la sonrisa, Skármeta deja en claro su rechazo ante la duda.

-No, mi amigo: estamos hablando de muchas vidas perdidas, de heridas en el alma de las naciones, de las cuales los artistas son testigos. Los dolores y las tragedias son fuente de inspiración espontánea y noble. Suponer que detrás de esto hay una intención para llamar a los lectores es simplemente miserable.
-En contra de esta idea del escritor capaz de manipular sus temas con afán mercantil, Robert Louis Stevenson afirmó que “el primer deber de todo hombre que se propone escribir es intelectual”. ¿Esta opción es más tolerable?
-Mira, la palabra deber cuando se aplica a la creación, a mí me pone los pelos de punta Hay tanta gente predicando y santificando por el mundo cuál debe ser el rol intelectual del creador, cuando se trata de un problema estrictamente individual, de la intimidad del alma de un hombre con su propio destino y su propia obra. Quién le puede decir que tiene el deber de hacer ninguna cosa: el ejercicio supremo de la libertad, que puede ir hasta el libertinaje expresivo de la mayor libertad surrealista o descomprometida, es perfectamente legítimo en un artista. La palabra deber vinculada al arte me desespera, me incomoda.
-¿Piensa entonces que el arte tiene su propia ética, su propia moral?
-Pienso que existen obras de arte que tienen una mayor densidad, un mayor valor, y un encanto superior cuando pulsan -o suenan en acorde- con los sentimientos de una época. Las obras de los creadores que están atentos a eso, a mí me suelen conmover más que otras que ignoran esta referencia. De todas formas, hay escritores que viven muy recluidos en un mundo literario, incluso buscan tanto esa reclusión y respetan hasta tal grado los recovecos de su intimidad, que por propia voluntad optan por una literatura francamente hermética, que hace las delicias de los hermenéuticos y los críticos desentrañadores. Allí ocurre una aventura del lenguaje muy apasionante y que en algunos autores yo puedo seguir. Pero mis preferencias van hacia otro tipo de escritura, la de una literatura que está metida en el curso de los tiempos y de la vida.
-Un valor muy importante dentro de su novela es la alegría. Es el sentimiento que la Concertación trata de aludir y despertar en el pueblo chileno. Dentro del libro En tierras bajas, de Herta Müller, hay un texto que dice “También hay miedo en la alegría. Mi corazón palpita de miedo en la alegría, de miedo de no poder seguir alegrándome, de miedo de que el miedo y la alegría sean la misma cosa”. ¿La alegría puede ser máscara de algo más?
-Es emocionante este párrafo que me leíste. He notado que lo que caracteriza a los artistas sensibles y a los más sagaces, es una continua percepción de la fugacidad, de la vulnerabilidad de las grandes emociones y experiencias humanas. Todo es tan vulnerable, tan frágil, y con cuánta profundidad los filósofos y artistas han visto y cantado estas ráfagas de alegría que a veces vienen en un mundo tan lleno de conflictos. Pablo Neruda entre los 100 sonetos de amor, que le dedica a Matilde, hay uno de ellos en que dice “si muero, sobrevíveme con tanta fuerza pura que despiertes la furia del pálido y del frío” y agrega “no quiero que se muera mi herencia de alegría”. Fíjate la formulación final de ese hombre enfrentando su muerte que le dice esto tan intenso y tan bello. Y yo creo que en Los días del Arcoíris hay mucha alegría dentro de las sombras, porque es una novela escrita desde la libertad conquistada, en el fragor de la lucha por esa conquista hecha. Es una novela puesta en la perspectiva y un abrazo fraternal y cariñoso que alguien que disfruta la libertad, le da agradecido a quienes la consiguieron.
-Hay dos historias que a lo largo de la novela corren en paralelo: son la historia del plebiscito y la historia de amor. Ambas terminan juntas, en el momento en el que el No gana y esa libertad comienza a ser posible. Siendo que las dos son metáforas la una de la otra, ¿cómo seguiría 20 años después aquella historia de amor entre dos adolescentes?
-Yo creo que bien. Porque la experiencia de haber sido testigos de la dificultad de haber reconquistado la libertad, es un bien tan preciado que los marca para toda la vida, los deja transformados en seres energéticos, y por lo tanto deben andar con dignidad, con alegría y conciencia por la vida. Y otra cosa que podría decirte es que la democracia es un bien en sí; es decir: no aspira a nada superior a ella, no te plantea una utopía completa al final del camino. No te plantea finales de camino. Lo único que te exige la democracia es mantenerse a sí misma. Ahora, la práctica de la democracia -y aquí me pongo un poquito aristotélico- hace al hombre democrático. Ejercer la democracia implica incluir cada vez más gente, más libertades, incluir más alegría.


Valer menos que un pedo


-¿Usted cree que la historia es destino, azar, o una construcción?
-Estoy convencido de algo que plantea una muchacha joven en la novela: que el ser es lo que se hace. Para decirlo en la expresión de Ortega, “que el hombre es un animal fantástico que se produce a sí mismo”. Ante las alternativas que me pusiste, diría que la historia es una construcción, y dentro de la construcción, el poder más fantástico y maravilloso, más generoso que tiene la humanidad, es la creación.
-Ante esa elección podemos concluir que ni Pinochet ni el plebiscito surgen de la nada, sino que son consecuencia de esa construcción.
-Sucede que son dos actos con valencias tan distintas, porque una cosa es la dictadura y otra la libertad; una cosa es la perversión y otra la democracia. Claro, en términos estrictos son dos construcciones, pero para eso está la ética, está el juicio, está la razón. Por eso la de Pinochet es una figura condenable universalmente, como universalmente fueron condenados los de la junta militar argentina y varios otros. Y son motivos de admiración Mozart, Van Gogh, los trabajos de Marlon Brando en el cine.
-¿No siente que aun habiendo perdido ese plebiscito y habiendo tenido que dejar el poder, aquella obra devastadora de las dictaduras continúa siendo exitosa?
-En alguna pequeña proporción, si. Pero la mayor proporción, que es la relevante, no.
-Sin embargo es habitual encontrar en los espacios de discusión, por ejemplo en Internet, expresiones reaccionarias de una gran cantidad de personas que siguen pensando que aquello era válido.
-Lo único que debo corregirte es la palabra “mucha”. Las redes sociales permiten que posiciones extremistas organizadas tengan un peso informativo desmedido. Pero esto se mide en el funcionamiento de la sociedad. Tras el plebiscito y después de un tiempo, en Chile la democracia fue precaria. Y esa precariedad inicial duró hasta que la gente se convenció de que los méritos de la democracia son mayores a los riesgos de vivir en una dictadura represiva. Créeme: que 40 tontos digan en un blog “Pinochet salvador de la patria, te recordaremos siempre”, no es un dato significativo. Chile tiene hoy otros problemas que se derivan de la práctica democrática.
-Aceptemos que no son muchos, pero algunos de ellos siguen siendo muy poderosos.
-Pero hay que ver qué representatividad tienen.
-Es que tal vez no sean representativos, pero llegan a mucha gente y podrían serlo.
-Bueno, hay personas que también son representativas y piensan que el origen del buen rendimiento económico y de la macroeconomía estable de Chile se debe a la política neoliberal de los seguidores de Milton Friedman, y hoy en día siguen diciendo que fue gracias a Pinochet, que libró esta batalla económica.

Los ojos de Skármeta pierden su carácter horizontal y vuelven a arder en el fuego circular de la indignación.

-¡Te quiero decir que todos los millones que pudiera tener hoy Chile, no valen ni un solo muerto! Para terminar con el tema, porque no me impresiona ese argumento ni me impresionan esas personas, a las cuales encuentro moralmente detestables: ¡lo que hizo Pinochet fue un atentado a la humanidad y su progreso económico no vale un pedo! Lo que haya que conseguir debe hacerse con armonía enfática, sin cárcel, sin violencia, sin asesinatos.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

miércoles, 25 de mayo de 2011

CINE - La palabra empeñada, de Juan Pablo Ruiz y Martín Masetti: El regreso histórico

Algunos acontecimientos de la historia, no por públicos e históricos dejan de ser poco conocidos: sus protagonistas son fantasmas secretos cuyos nombres difícilmente aparecen en las versiones oficiales o en los libros. El de Jorge Masetti es uno de esos nombres y su historia, un relato que merece ser iluminado para destacarlo entre el polvo al cual se lo ha relegado por décadas. Sobre todo en un momento político en el que el revisionismo ha conseguido a fuerza de codazos (necesarios, inevitables) recuperar un lugar desde donde discutir y reorganizar la trama histórica tradicional. En esa línea se encuentra La palabra empeñada, film documental dirigido y escrito por Juan Pablo Ruiz y Martín Masetti (nieto de Jorge). No es menor el hecho de volver a traer a la superficie su figura, porque puede ayudar a comprender algunas de las motivaciones que insuflaron el espíritu revolucionario a varias generaciones de jóvenes en América Latina. Pero además porque él mismo, sin buscarlo, acabó convertido en un nodo central del mapa político de los años 60, en el que convergían y del cuál partieron infinidad de líneas que dejaron huellas más notorias de las que se le reconocen al propio Masetti.
Antes que nada, Jorge Masetti fue periodista y ahí comienza su historia grande, que es la que La palabra empeñada busca rescatar. Como enviado especial de radio El mundo, fue el único cronista argentino que cubrió la gesta cubana a finales de los 50. Ahí consiguió históricas entrevistas con Fidel Castro y con un Ernesto Guevara al que todavía no se le notaba la cadencia caribeña en el acento. Masetti, como tantos hombres que, de un modo u otro, tuvieron la oportunidad de ser testigos de todo aquello, acabó fascinado tanto por el espíritu de la Revolución como por las personalidades cautivantes de sus líderes, y decidió cambiar Buenos Aires por La Habana.

A partir de este dato La palabra empeñada reparte su relato en tres partes, que de manera cronológica ordenan la progresión del proceso de cambio operado en Masetti. Y comienza por su regreso a Cuba como periodista para fundar Prensa Latina, hito fundamental para terminar de definir la forma en que aquella Revolución elegía mostrarse al mundo y contrarrestar la acción mediática del imperio enemigo. Desde allí los puentes tendidos son poderosísimos. Figuras tan importantes como Rodolfo Walsh (cuya militancia periodística lo llevó a la desaparición en 1977, como responsable de ANCLA, la agencia de noticias clandestina de Montoneros) o el más tarde Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, formaron parte de aquella empresa; sus nombres, por sí solos, dan una idea de la importancia de Masetti entre sus contemporáneos y el respeto que merece su labor en la proyección histórica. Más tarde declinará su labor periodística para abrazar lo que él consideraba una obligación como soldado revolucionario y en esa transformación se basa la segunda parte de la película. Masetti viajó por el mundo como agente cubano, de Argel a Praga, trabando amistad con algunos de los líderes políticos de la época. Ya la tercera y última parte se centra en uno de los sueños que este periodista convertido en guerrillero compartía con su amigo El Ché: llevar la revolución a la Argentina.
En contra de un formato documental demasiado tradicional (sobre todo atendiendo a otros ejemplos -como el reciente ganador del BAFICI Qu'ils reposent en révolte, del francés Sylvain George-, que sin desatender al contenido consiguen un desarrollo formal notable y novedoso), La palabra empeñada tiene dos grandes virtudes. La primera es la impecable lista de cabezas parlantes, que incluyen desde el director de cine Alejandro Doria, el historiador Osvaldo Bayer y el mencionado Gabo, hasta su compañero de campaña Ciro Bustos y otros hombres que estuvieron bajo las ordenes de Masetti en la selva de Orán (Salta), todos capaces de contar en primera persona la influencia y la importancia de su figura. La otra es la habilidad de Ruiz y Masetti (nieto), directores y guionistas, para infundirle al relato (sobre todo en el acto final, “La revolución en la Argentina”) una tensión narrativa a la que hasta se puede emparentar con otros géneros, como el Thriller Político. En ese reparto de fortalezas y debilidades, La palabra empeñada entrega un balance positivo que cumple con creces el objetivo de rescatar un nombre, un apellido y una historia.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

CINE - Dormir al sol, de Alejandro Chomski: De Bioy Casares al cine

No son habituales en el cine argentino los cruces con los autores clásicos de la propia literatura. Tal vez la más transitada resulte la obra de Cortázar, visitada por triplicado durante los años 60 por un joven Manuel Antín y que cuenta con una docena de otras adaptaciones (entre ellas las realizadas por Michelangelo Antonioni y Jean–Luc Godard). Borges, Arlt, Lugones, Güiraldes y otros autores de generaciones posteriores no han sido tan recorridos por la cinematografía local y mucho menos, global. Contrariamente a lo que podría pensarse, dentro de este grupo también se encuentra Adolfo Bioy Casares. Cualquiera pensaría que una novela tan popular como La invención de Morel debería tener al menos una media docena de adaptaciones, sin embargo apenas si se cuentan dos, ambas realizadas hace más de 35 años en Europa (sin contar su posible y no acreditada relación con la famosa Marienbad, de Alain Resnais).
Este año dos noticias sorprendieron justamente por ir en contra de esta corriente. La primera fue el comienzo de la adaptación de El limonero real, la novela de Juan José Saer (otro olvidado) a manos del prestigioso director Gustavo Fontán (recientemente reconocido con un premio Konex a su trayectoria). La otra es el recorrido que está comenzando a tener en el circuito de festivales Dormir al sol, adaptación que el director Alejandro Chomski realizó de la famosa novela homónima de Bioy Casares, que acaba de presentarse con éxito en el San Francisco International Film Festival, en los Estados Unidos. Sin embargo, la relación de Chomski con Bioy no empezó con este trabajo. “Ya había adaptado a Bioy en 1993 cuando filmé Escape al otro lado, una versión del cuento ‘Planes para una fuga al Carmelo’. A partir de ahí empezamos a conversar la adaptación de Dormir al sol, porque nos pareció que tenía posibilidades de llegar a tener un tono buñuelesco, director que ambos admiramos mucho”.

–¿Fue dificultoso conseguir la autoriza- ción para hacerlo?
–Fue difícil, porque los derechos no los administra- ba él sino la famosa agencia de Carmen Balcells en Barcelona, y desde que manifesté mi intención de filmarla, los derechos pasaron por diferentes personas y empresas, antes de estar libres. Recién conseguí la autorización años después del fallecimiento de Bioy y gracias a las gestiones de su hijo Fabián, quien conocía bien mi relación de años con su padre y mi interés en la novela.
–¿Por qué elegiste adaptar Dormir al sol y no otro trabajo de Bioy Casares?
–Es que la novela en sí, y la apuesta del tono al que había que llegar para lograr hacer un buen film, eran desafíos que me interesaba emprender. Escribí 17 versiones del guión hasta conseguir un draft satisfactorio. Imaginate que sólo a pocas semanas del rodaje sentí que estaba listo para ser trasladado a imágenes visuales.
–¿Nunca te resultó intimidante tener que responder a la expectativa de llevar al cine a un autor tan prestigioso?
–No. No en aquel momento. Empecé a trabajar sobre el libro en 1995 y entonces era bastante más joven e inconsciente: no sabía muy bien dónde me estaba metiendo...
–¿Y qué significa esta película dentro de tu filmografía?
–Es una película que me enorgullece. Es un milagro que finalmente se haya podido hacer y con la calidad que se logró alcanzar. En un momento, me parecía imposible de concretar, por lo arriesgado del tema y su comercialidad: al no haberse hecho antes y con éxito un film sobre este género específico era –y aún lo es, aunque un poco menos– un salto al vacío.
–Teniendo en cuenta esos riesgos, ¿cómo le fue en las proyecciones en San Francisco?
–La película se pasó tres veces a sala llena y siempre con las localidades agotadas. La gente se rió mucho en las proyecciones y más de la mitad de la audiencia se quedó a los debates posteriores. Y las opiniones de la crítica especializada han sido todas excelentes.
–¿A qué otros festivales asistirás con Dormir al sol?
–Tuvo su estreno mundial en el Festival de Pusan, el más grande del mundo asiático, donde fue el único film argentino en participar, y también en los festivales internacionales de Chicago, Goa, San Pablo, La Habana, Jakarta y Santa Bárbara. Lo siguiente será el festival de Montreal, y después la première europea en el festival internacional de Karlovy Vary, en la República Checa. En la Argentina esperamos estar estrenando este año, durante el mes de septiembre.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 21 de mayo de 2011

ENTREVISTA - Diego Mohadeb, director de marketing de Alpargatas: El Eternauta a tus pies

Alguien dijo que vio al mismísimo Eternauta caminar por las calles de Buenos Aires. Y también que las legendarias zapatillas Flecha están de vuelta. Quizá las dos noticias sean en realidad una sola, pero lo mejor es empezar por el comienzo.
Cada cultura tiene sus señas particulares, sus huellas y marcas que la hacen reconocible en el universo de las manifestaciones humanas. Un archivo de la identidad que, como los anillos en los troncos de los árboles, permite hacer distintas lecturas y reconocer de un modo vívido algunos hitos en la historia de los pueblos. Historias que no sólo acumulan nombres propios, sino también objetos, imágenes, pequeños recuerdos robados al tiempo: la memorabilia de la historia.
Junto con el afianzamiento del capitalismo y los procesos industriales, durante el siglo XX aparece la cultura de masas, que además de utilizar los formatos tradicionales como la literatura, la música o la pintura, empezó a generar soportes que son propios de la época. Así surgieron el cine y su hermana menor, la historieta. Pero esa explosión de la industria también comenzó a generar productos de consumo, que con el tiempo acabaron adheridos a los imaginarios de esas culturas populares. Surgieron así marcas registradas, cuya sola aparición es una referencia directa a identidades nacionales específicas: las gaseosas estadounidenses; las motos japonesas; el auto rojo italiano; las alpargatas argentinas.
Justamente Alpargatas es una empresa de 125 años, que empezó a crecer con la manufactura del tradicional calzado con suela de yute que desde siempre se usa en el campo. Con la decisión de ampliar el mercado, en los años ’50 y ’60 crearon nuevas marcas, entre ellas las zapatillas Flecha, las primeras de producción nacional y una de las responsables de la popularización del calzado deportivo en el país. Fue un gran ícono de la empresa durante mucho tiempo y como tantas marcas tuvo sus vaivenes, hasta que alrededor del año 2000 (con la gran crisis en ciernes) se decide discontinuarla. En consonancia con los tiempos, la empresa acaba de relanzar las Flecha uniendo fuerzas con otros íconos del Nac&Pop. Se trata de tres colecciones –homenaje, que incluyen al renacido juego de encastre Rasti; a Mafalda, la reina niña de la historieta nacional; y nada menos que a El Eternauta, la gran creación de Héctor Oesterheld (desaparecido durante la última dictadura militar), y el dibujante Francisco Solano López, la novela gráfica más importante del cómic argentino. “Pensamos en qué era lo que podía contar Flecha. Y lo primero que se nos ocurrió fue en mantener su valor de marca de bandera en la que el país puede reconocer parte de su historia”, dice Diego Mohadeb, director de márketing a cargo del proyecto. “Entonces buscamos otras expresiones de nuestra cultura popular y así aparecieron estos tres íconos argentinos asociados a la gente joven –que es el público natural de Flecha– y también a la historia.”

–¿El trabajo se realizó en colaboración con Solano López?
–Por supuesto. Trabajamos en conjunto con él para ver cómo conseguíamos hacer resurgir dos símbolos muy importantes de la Argentina, como son El Eternauta en tanto libro fundamental del cómic argentino, y esta marca, como referencia de la industria nacional. Obviamente que para trabajar el personaje necesitábamos los derechos –que no son nada fáciles de conseguir, igual que los de Mafalda–, pero la verdad que cuando les contamos el proyecto, lo que significaba Flecha y lo que queríamos volver a hacer, tanto Solano como Quino aceptaron encantados.
–El Eternauta tuvo siempre una lectura política muy fuerte. ¿Cómo absorbe eso la marca?
–La connotación política es innegable, lo mismo pasa con Mafalda, pero nos parece que el valor de estas creaciones supera lo político, que es mucho más fuerte y amplio en lo artístico y cultural. La creatividad que hay detrás de los personajes y su carácter argentino es el valor que quisimos rescatar. Ahora por ejemplo algunas agrupaciones políticas también adoptaron al personaje desde su lectura política y, si bien ambas lecturas son complementarias, nosotros no buscamos esa asociación, simplemente porque van por caminos paralelos. A nosotros nos pareció oportuno colaborar en afianzar a El Eternauta como ícono de la historieta nacional y la gente relacionada con el dibujo y hasta el diseño, también lo sienten de esa manera.
–Sucede que ambos personajes representan o miran la historia política de una manera crítica.
–Bueno, somos animales políticos y no podemos ocultar la relación entre esa lectura histórica de ambas historietas y los valores que intentamos rescatar como marca y como empresa. Es decir, tenemos historia en la Argentina, queremos reconocerla y nos parece que estos íconos que son parte de esa historia tienen por sí mismos la potencia suficiente para representarla. De todas maneras, tal vez todo esto forme parte de una post racionalización: la realidad es que lo que buscamos fue relacionar los aspectos que tanto los personajes y la marca comparten como símbolos reconocibles de la cultura popular argentina. Y desde allí instalarnos en el imaginario como una marca de bandera nacional, como sucede con las alpargatas. Todo el análisis y la mirada social del proyecto me parece muy atinada, pero sinceramente no fue nuestro punto de partida.
–¿Qué aceptación tuvo el producto comercialmente?
–Las zapatillas salieron a la venta hace muy poco tiempo, pero en los ambientes del diseño, los medios y el cómic te diría que el proyecto ha tenido una recepción excelente. Un objetivo en el que estamos trabajando es darle mayor visibilidad al proyecto: creo que nos falta hacer más conocido a nuestro Eternauta. Es una cuenta pendiente casi personal, porque me encantaría darle a la historieta, desde nuestro lugar, el empujón que merece como obra fundamental del género. De todas formas creo que hay que darle tiempo: muchas veces desde el márketing somos ansiosos por conseguir objetivos y esto en realidad es un proceso. Creo que con Mafalda el trabajo es más sencillo porque el personaje es mucho más masivo. Es un proyecto en el que todavía estamos en una etapa de semilla y ojalá consigamos hacerlo crecer como queremos.
–Hasta ahora hablamos de qué le aportan estos personajes a la marca, pero ¿qué le aporta este cruce a los personajes?
–Creemos que algo importante puede ser la coincidencia en la idea del rescate de un mundo más simple, que viene a reivindicar lo básico en contra de lo ostentoso de, por ejemplo, el diseño al que estamos acostumbrados a ver en marcas internacionales. Claro que, aunque respetamos el diseño histórico y reconocible de la marca, las Flecha de hoy tienen aplicada una tecnología inexistente en los ’60 y los ’70, que le permiten competir de igual a igual. Más allá de eso, es muy difícil que la marca pueda sumarle algo a personajes tan complejos y sólidos: somos nosotros quienes tomamos más de lo que podemos aportar. Más allá de mantenerlos vigentes o reivindicarlos. Quizá eso sea poco en contra de lo mucho que recibimos, pero es un orgullo colaborar desde nuestro lugar en su difusión.
–Este tipo de asociaciones son habituales entre íconos de la cultura pop extranjera y líneas de indumentaria, ¿pero recordás que se haya hecho antes con personajes de la cultura nacional?
–Se han hecho emprendimientos más pequeños, de estudios de diseño por ejemplo, para colecciones limitadas. Pero te diría que masivamente, a nivel industrial, esta es la primera vez. Nosotros tenemos la ventaja competitiva de producir en el país, que marcas más chicas que mandan a manufacturar sus productos afuera no están en condiciones de asumir. En cuanto a marcas internacionales, es sabido que los costos de producir a gran escala, por ejemplo en China, son muy inferiores, pero el hecho de que el 90% de nuestra producción sea nacional nos da la posibilidad de estar más cerca del consumidor argentino que las otras no tienen. Y esa sí es una decisión política.
–¿Y pensás que esa decisión favoreció los acuerdos con Solano y con Quino?
–Creo que sí, que si hubieran ido las marcas internacionales a proponerles algo parecido no hubieran conseguido estos acuerdos. Estoy convencido de eso y muy orgulloso.

Ya no nieva en Buenos Aires (no por ahora; tal vez no más). Pero gracias a Flecha, El Eternauta por primera vez camina de verdad sobre las calles de su ciudad.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.