El silencio se extiende sobre todo lo que la vista puede abarcar, pero uno está seguro de que llega incluso todavía más allá, hasta los límites mismos del mundo. Por sobre las montañas y los ríos, por encima de los hombres, el silencio es el paisaje en el que se mueve Avelino. Los días completos sin palabras, viajando entre los valles que, roca a roca, forman parte de los Andes catamarqueños. Esa es la tierra seca y secreta en que Avelino nació, donde se hizo hombre y fue armando esa familia enorme a la que tanto ama. Todo sucede en silencio. En su omnipresencia, ese silencio se convierte en una paradoja interesante: casi sin palabras, a partir de la narración de una historia única, Francis Estrada, director del documental El viaje de Avelino, consigue un retrato de capas múltiples en las que no sólo es posible reconocer al viajero del título. Hay también una idea de familia, tan lejana y tan próxima de la que puede tener cualquier hombre de ciudad, que la simple transpolación se traduce en emoción y en miedo: hay una idea de comunidad tan distante de la impersonalidad de las grandes urbes que resulta tierno y misterioso el modo en que todos saben el nombre del protagonista, que atraviesa durante días completos esa inmensidad de piedra. Hay una idea de país distinta de la que puede tenerse estando inmerso en la rutina del mundo moderno, una en la que todos los ojos deben ser mirados, todas las manos tendidas y tomadas, y todas las voces escuchadas. Incluso (o sobre todo) esos alaridos mudos con los que tantos argentinos piden con urgencia, aunque rara vez sean escuchados. La travesía de Avelino Vega junto a Nely, su pequeña hija enferma, por entre las montañas y a lomo de burro desde Río Grande, su pueblito, para llegar al hospital más cercano, es apenas una excusa. Todos somos Avelino, dice Estrada sin decir, sólo con imágenes.
Es en ese carácter múltiple que la película crece, disparando desde un único relato las líneas que la asocian a las diversas realidades mencionadas y hasta demanda, exige, toda atención. El proyecto nace de una noticia transmitida por la señal TN hace unos años, en la que se rescataba la secreta historia de Avelino y su viaje. En ese sentido, Estrada confirma que “la película no está atada a la actualidad estrictamente. Intenta recuperar una experiencia humana que a mí me conmovió y que a la vez registra realidades, entornos que conviven en este amplio y diverso espacio nacional.” Pero justamente ese origen periodístico –producto de un periodismo excesivamente necesitado de encontrar color sensible– no sólo dio al director una historia que contar, sino también le señaló un tono para su narración, lejos de la noticia y mucho más cerca del paisaje y de los hombres. “Me interesaba reconstruir el mundo y las situaciones que se dieron en aquellas jornadas de la manera más austera”, afirma. “Lo complicado era que no podía dejar de haber emoción y progreso narrativo, y ahí venía el problema de intervenir sobre la gente y los espacios. Buscar el equilibrio entre ambos parámetros fue una preocupación permanente.”
Está claro entonces, ante la reconstrucción dramática de aquel viaje, que lo documental no pasa por la historia misma. La dramatización es el mecanismo de arranque de una película que intenta ver con mayor profundidad. El retrato final corresponde más a esa comunidad que a un hecho eventual, como el viaje de ese padre con su hija. “La gente de Río Grande, ‘gente de la montaña’, no está acostumbrada a transmitir sus sensaciones de la manera en que lo hacemos en nuestra cultura urbana”, dice Francis Estrada. Justamente el trabajo actoral resultó un desafío para el equipo de documentalistas: “No sé si ellos en algún momento entendieron que estaban haciendo una película. De hecho ni Avelino ni el resto de la gente de Río Grande fue alguna vez al cine”, afirma el director, y desde allí puede entenderse su intento de pluralidad. A partir de este cruce cultural, en el que los documentalistas son un cuerpo extraño que invade la realidad de las montañas (a la manera de la novela Soy leyenda, del estadounidense Richard Matheson), el rodaje vivió momentos de gran tensión: “Teníamos que estar atentos a las sensaciones que la rememoración de esos hechos dolorosos les producía a ellos y ser respetuosos de eso. Se trató de una cuestión ética. Hubo un momento en que Teresa, la esposa de Avelino, se puso muy mal durante la filmación de una escena en la que se hablaba de la gravedad de la enfermedad de Nely. Ese dolor era funcional a la estrategia de reconstrucción de la situación, pero decidimos parar porque no podíamos manipular de esa manera el dolor ajeno.”
La película se exhibe en una sala que fue inaugurada para dedicarse de manera exclusiva a la difusión de cine documental. Estrada se alegra doblemente por el estreno de su película. “Los que estamos ligados a la actividad cinematográfica tenemos un trabajo permanente que consiste en la construcción y fortalecimiento de circuitos de exhibición que nos permitan llegar al público. Creo que es una gran iniciativa del INCAA.” El Viaje de Avelino deja su valija abierta e invita a participar del camino. Las conclusiones, como dice su director, van por cuenta del que se atreva a espiar dentro. Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.
Cualquiera sabe que en los cuentos las historias siempre suceden muy lejos y sus protagonistas no son sino gente común a la que le pasan cosas raras, o personajes raros que deben atravesar circunstancias aún más extraordinarias. Pero hubo un hombre, un aviador, que descubrió (aunque es probable que se lo inventara él solito) que no hacía falta irse muy lejos para encontrar universos inesperados. Su nombre ya de por sí era raro, un regalo que, como todos los chicos del mundo, recibió de sus padres, dos inmigrantes noruegos en la británica roca de Gales. Se llamaba Roald Dahl. Por supuesto que cuando decidió convertirse en piloto de aviones de guerra no sabía que su destino era otro.
Fue justamente en la cabina de su Hawkins Hurricane de la Real Fuerza Aérea que conoció a los Gremlins, unos duendes traviesos que vivían en los motores de los aviones y cuya mayor diversión consistía en detener las máquinas en pleno vuelo, muertos de risa viendo a los pilotos llorar de miedo. Los muy pícaros al fin se apiadaban y dejaban que las hélices volvieran a girar, para alivio de los tripulantes. Años más tarde las historias de estos duendes dieron forma a su primer libro de cuentos para chicos. (Mucho tiempo después, un director de cine un poco atrevido transformó a los Gremlins en unos monstruitos que nada tienen que ver con los verdaderos. Aunque también resultaron maravillosos y divertidos).
Después ya no pudo parar: Roald el aviador se volvió escritor, uno de los más ocupados, inventando cada vez más historias, siempre un poco asquerosas y cómicas, hasta que los chicos de todo el mundo lo eligieron como uno de sus favoritos. Tanto, que mucho de lo que él imaginaba sirvió para que otros directores de cine, un poco menos insolentes que el anterior, eligieran sus cuentos para hacerlos película. Y es verdad que son entretenidas, pero nunca tanto como sus libros. Matilda (Danny de Vito, 1990), Jim y el durazno gigante (Henry Selick, 1996) y El fantástico señor Zorro (Wes Anderson, 2009) fueron algunas. Y hasta filmaron dos con su novela Charlie y la fábrica de chocolate (Mel Stuart, 1971 y Tim Burton, 2005), ¡así de genial era su imaginación! Una vez le preguntaron cuál era su fórmula para hacer libros infantiles; él respondió: “Conspirar con los niños en contra de los adultos”. No se equivocaba.
Roald Dahl también fue padre ¡y qué padre! Tuvo casi tantos hijos como libros: cinco en total, cuatro nenas y un único varón. Cuando Theo (así se llama ese nene, que ahora es un señor) tenía apenas cuatro meses de vida, sufrió un tremendo accidente: el carrito de bebé donde dormía su siesta fue atropellado por un taxi, causándole algunos golpes que derivaron en hidrocefalia, una enfermedad que provoca que el líquido se acumule dentro de la cabeza, sin que entonces hubiera forma de sacárselo. Pero aunque estaba muy triste, el valiente Roald no se acobardó. Junto a dos amigos –uno ingeniero, el otro cirujano–, el gran escritor y mejor padre creó una aparatito para salvar a su hijo. El artefacto fue bautizado con el nombre de Válvula Wade-Dahl-Till, en homenaje a los amigos inventores, y ayudo en el tratamiento de su hijo, que mejoró, creció y hoy él también tiene una hija. Eso sí que es ser buen padre, dicen todos los que escuchan esta historia, casi casi tan buena como las que Roald siguió escribiendo hasta que su propio cuento se terminó en 1990. Pasaron 20 años, pero sus libros y su invento siguen conspirando con millones de chicos para hacer de la infancia un lugar menos horrible.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.
Si algo no es habitual en el cine argentino, es la capacidad de conseguir que los habituales presupuestos magros redunden en favor de la producción. Fabián Forte, director de películas de honrosa clase B –entre ellas la inminente Malditos sean!, en colaboración con Demián Rugna–, hombre de cine de los que no temen embarrarse los pies, suele decir que el cine argentino comete el pecado de escribir y producir guiones pensados para una industria rica en recursos, con los que no cuentan el 99% de las producciones nacionales. Y así, como el síntoma antecede a la enfermedad, ocurre que, cuando el dinero no alcanza, la cosa deriva en resultados híbridos, en pobreza visual y mala factura, en imaginación berreta que no consigue apuntalar ideas demasiado complejas para medios tan modestos. De todo eso se aprovecha El Hada Buena - Una fábula peronista, film de la directora Laura Casabé.
Lejos de representar un problema (o muchos), todo aquello que en otra película podría ser tachado de defectuoso, aquí se convierte en parte del presupuesto, en marca estética, en punto de partida. Abrevando en la farsa y la parodia, El Hada Buena es prima hermana de Filmatrón –película de la ya mítica productora de cine del barrio de Haedo, Farsa Producciones, premiada hace unos años por el público del BAFICI–, con la que comparte recursos éticos, estéticos y hasta parte del elenco. Pero el juego de espejos y reflejos no termina ahí. Cualquiera con el ojo entrenado y buena memoria encontrará pincelazos que recuerdan los brillantes trabajos grupales de los Monty Python y los solistas de Terry Gilliam; coincidencias con Delicatessen, de los franceses Jeunet y Caro, y más cerca en el tiempo, conexiones con los trabajos de los españoles Alex de la Iglesia (ver su debut Acción Mutante) y Javier Fesser con sus films La gran aventura de Mortadelo y Filemón y, sobre todo, la desencajada El milagro de P. Tinto.
Lo que diferencia a El Hada Buena (y a su vez la acerca a Zenitram, de Luis Barone), es su inusual fondo político, absoluta, ominosamente peronista. Será porque la historia se traslada a un futuro impreciso que, ni muy lejano ni tan próximo, casi puede ser presente y hasta pasado; o porque pinta una Argentina devastada, en la que se ha decidido “reinstalar el modelo benefactor” del peronismo como única tabla, a la vez de ley y salvación. Todo parecido con la historia posterior al 2001 no parece pura coincidencia. Lejos de ser los únicos privilegiados, en ese universo paralelo, los niños, cargan todo tipo de malformaciones y son sistemáticamente abandonados para ser transados en subastas públicas. Allí, familias desahuciadas los cambian por licuadoras viejas u otros trastos, con la esperanza de acceder al programa de padrinazgos alentado por el presidente Perón (apenas un holograma en mal estado que repite sin fin sus declamaciones históricas), subsidio que asegura a los beneficiados una pensión vitalicia. Por eso la adquisición de Juan Domingo Séptimo, un gordito rosado y saludable, se le aparece a los protagonistas como un bote salvavidas. En su nueva familia, Séptimo se encontrará con los peores exponentes de esa distópica sociedad. Una madre y un tío siniestros y hermanastros mutilados, celosos y escarados, que son instruidos en el dogma por la maniática tutora Sontag, cuyo nombre es un ejemplo claro de cómo funciona el humor intertextual en esta fábula de profunda raíz justicialista.
Es que el hada del título es la personificación de los anhelos que el primer peronismo supo depositar en la figura de la madre del movimiento, Eva Duarte. Un conjunto de fantasías entre las que se encontraban las realidades, la certeza de que Evita era la encarnación de todos los cambios: aquellos que fueron posibles pero también los otros, la bonanza que soñaron durante diez años las castas sociales históricamente relegadas. Lo notable de El Hada Buena es su capacidad para reciclar esa iconografía peronista, aprovechar su ubicua promesa de ascenso social, para narrar una fábula de esperanzas en un mundo vaciado. Ante la necesidad sin fin, el peronismo se convierte en luz al final del túnel. Y un objeto pasible de ser convertido a la vez en culto y gracia que, en manos de la directora Laura Casabé y sus guionistas, alcanza el grado de broma sagrada. (Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino)
Hace algunos jueves, estas mismas páginas tuvieron oportunidad de abordar el estreno de Príncipe de Persia, último trabajo en colaboración entre el productor Jerry Bruckheimer y el pulpo Disney en pos de conseguir los favores de la caja registradora. Eso hasta hoy. Jerry y Disney volvieron a unir fuerzas por segunda vez en el año, para intentar el asalto de la taquilla desde todos los flancos posibles. Y, como ya demostraron con el príncipe del desierto, sin necesidad de invertir demasiado en ingenio. El nuevo proyecto lleva por nombre Aprendiz de brujo, una película cuya genética es propia de los días que corren. Así como Príncipe de Persia era la adaptación de un clásico de los fichines (también llamados videojuegos por los neófitos), la dupla “creativa” vuelve a demostrar que siempre se puede volver a exprimir una vieja idea y que en tiempos de productos light, ricos en color pero faltos de sustancia, sobra con un par de gotas para preparar un jugo. Los muchachos decidieron que para construir un blockbuster alcanzaba con tomar no más que el título de aquel recordado fragmento de la formidable Fantasía (1941; clásico de Disney, de cuando Walt todavía no se había comprado el Invierno), en el que nada menos que Mickey encarnaba al aprendiz de marras, trabajo que ahora le toca a Jay Baruchel, cuyo único punto de contacto con el gran ratón del Norte es cierta fisonomía roedora.
Esta nueva versión también necesita viajar a la Edad Media para comenzar su historia. Es nada menos que el mago Merlín (otro “guiño” autorreferencial de Disney) quien da origen a todo. Resulta que uno de sus tres alumnos dilectos, Horvath (interpretado por Alfred Molina, quien ya formaba parte del elenco de Príncipe de Persia), ha decidido pasarse al bando de la malvada hechicera Fata Morgana –“el Lado Oscuro de la magia”– robando el más temible de los conjuros: el que permite devolver la vida a los muertos. En la lucha por mantener semejante poder en buenas manos, Merlín se batirá con su némesis y pagará con la vida. Será Balthazar (Nicolas Cage), otro de los alumnos de Merlín, quien conseguirá neutralizarlos, confinando a los malvados en unas mamushkas. Pero lo hará a costa de encerrar también a Verónica (la hermosa Monica Bellucci), tercera alumna en discordia, de quien está enamorado. Antes de morir, Merlín le entregará a Balthazar un pequeño dragón de hierro, una herramienta que lo ayudará en la tarea de encontrar al primer merliniano, un niño aún no nacido que será el único capaz de destruir a Morgana. La búsqueda lo traerá a la moderna Nueva York.
A Aprendiz de brujo le alcanza con este breve prólogo para dejar claro el tono de aventuras que guiará la trama hasta la actualidad, donde la magia medieval fuera de época será suficiente excusa para desplegar el consabido arsenal de efectos especiales, infaltable en toda producción con ambiciones comerciales (o eso parece). Es justo decir que, sin cerrar del todo, Aprendiz de brujo representa un pasatiempo más eficaz que Príncipe de Persia y que, en comparación, sus toques de humor resultan más frescos cuanto más inesperados, aunque eso sólo ocurra de vez en cuando. Las subtramas románticas no escapan a las convenciones y la escena de las escobas vivientes con que se homenajea al Aprendiz original apenas logra validar la utilización del título. Sin defraudar, Jay Baruchel tampoco acaba de justificar su gran salto de soldado de la troupe Apattow a Chico Disney y así las cosas, lo más destacable termina resultando al fin Nicolas Cage, usualmente castigado (y no sin justicia) por algunas interpretaciones que dejan a la vista su madera de actor (de actor de madera). Lejos de la metáfora leñadora, Cage consigue darle humanidad a su mago y algo de magia a este Aprendiz de brujo. Un mérito que, para él y la película, no es nada menor.(Artículo escrito originalmente en la sección Cultura y Espectáculos del diario Página 12)
La literatura del siglo XX sin dudas ha producido artistas notables; tanto, que un hombre con la evidente habilidad para narrar de Roald Dahl no se encuentra entre ellos. Pero, como solía repetir Borges cuando necesitaba elevar a algún poeta menor, un sólo verso afortunado justifica una vida dedicada a la escritura. Y Dahl ha sido capaz de algunos textos que merecen la admiración del lector.
La literatura de Dahl lleva con claridad las marcas de nacimiento de su genealogía británica y no cuesta nada encontrar las líneas tendidas hacia las obras de otros isleños notables. Alcanza con leer "Katina", primer relato del volumen, para que la emoción nos desborde como no sucedía desde "El cumpleaños de la infanta", de Oscar Wilde. Porque Dahl heredó algo de la sensibilidad de Wilde, pero también su tendencia hacia una ingeniería de la manipulación. De igual manera consigue emular por momentos el humor de Saki. Sin embargo a quien se puede mencionar para tener una referencia más cercana de su estilo, es a O’Henry. Como ocurre con el norteamericano, la mayoría de estos cuentos adolece de una vocación costumbrista, que se desespera por sorprender al lector con sus finales ingeniosos. Y mientras algunos de ellos provocan una sonrisa, otros recuerdan la olvidable prosa de aquellas antologías de ciencia ficción cargadas de autores desconocidos, que la editorial Bruguera solía publicar durante los 60 ó 70.
Más allá de eso, algunos cuentos resultan de verdad recomendables, como el mencionado "Katina" o "El gran gramatizador automático". En este último Dahl fantasea con una máquina que puede programarse para reemplazar al autor en el proceso de escritura. La máquina no se ha inventado, pero sí ha triunfado un sistema en el que la producción literaria se parece mucho al montaje fordiano, en donde importa menos lo literario que la producción. Y esa ironía anticipatoria sí es digna de admirarse.
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil)