La plataforma de contenidos Cont.ar, que reúne un amplio catálogo de producciones audiovisuales entre programas de televisión, series y películas, ofrece desde ayer un ciclo que homenajea al Festival Buenos Aires Rojo Sangre (BARS). Se trata del festival de cine de género más importante del país, que el año pasado cumplió veinte ediciones y por cuyas pantallas pasaron las producciones de cine fantástico y de terror más destacadas realizadas por artistas locales. El BARS ha acompañado la evolución del cine independiente fantástico argentino y se ha convertido en uno de sus más importantes difusores, mostrando en cada nueva edición los progresos del género y el crecimiento que sus creadores. El ciclo estará disponible hasta el 19 del julio.
La selección agrupa 19 títulos repartidos entre largo y cortos, y abarca los géneros y sub géneros más populares de los universos del terror, el fantástico y la ciencia ficción. Entre ellos el slasher (películas de asesinos seriales que se ocultan detrás de una máscara y matan con armas blancas), el giallo (en los que el terror más truculento se cruza con el policial, sin ahorrar nada de sangre) o híbridos en los que varios de estos géneros se combinan, incorporando elementos de la comedia y el absurdo. Todos los films fueron parte de las últimas ediciones del BARS y algunos han llegado a convertirse en verdaderas películas de culto.
Entre ellas se puede mencionar en primer lugar a ¡Malditos sean! (2012), dirigida a cuatro manos por Fabián Forte y Demián Rugna, compuesta por tres historias que pueden ser vistas de manera unitaria, pero vinculadas entre sí a través de un oscuro personaje. El más contundente de esos segmentos es el último, protagonizado por los integrantes de un grupo de tareas durante la última dictadura militar. Ahí, el horror real se confunde con una fantasía de la que también forman parte un monstruo compuesto por partes humanas y un ridículo escuadrón de enanos, encargado de instaurar un extraño orden en ese caos.
Otro nombre importante es el de Daniel de la Vega, cuya extensa carrera lo convierte en uno de los mayores impulsores del cine de género. De él se verá su film más reciente, Punto muerto (2018), realizado en blanco y negro. Ambientado en las primeras décadas del siglo XX y utilizando el clásico misterio del cuarto cerrado, Punto muerto se inspira y homenajea a la estirpe clásica del policial, tanto en el campo literario como en el cinematográfico. Dentro del ciclo también se destaca la presencia de los hermanos Luciano y Nicolás Onetti. A pesar de que su filmografía se mueve sobre todo dentro el giallo, la película de ellos que puede verse en la plataforma Cont.ar es un clásico exponente del slasher. Se trata de Los olvidados (2017), en el que un grupo de documentalistas encuentra el horror entre las ruinas de la inundada ciudad de Epecuén.
No menos importante es la labor de Farsa, productora integrada por Pablo Parés, Hernán Sáez, Berta Muñiz, Walter Cornás y Paulo Soria, cuya desquiciada filmografía puede ser equiparada con la de los legendarios estudios Troma. Quienes integran el equipo de Frasa son los virtuales padres de la movida, a partir de su festiva película Plaga Zombie (1997), parodia del cine clase B convertida en saga de culto. De ella se verá su tercera parte, Plaga Zombie: Zona Mutante: Revolución Tóxica (2011), en la que con mejores recursos vuelven a proponer una celebración que reparte vísceras y sangre como cotillón.
El resto de la programación estará integrada por Mirada de cristal (2017), un giallo ochentoso de Ezequiel Endelman y Leandro Montejano; Rebobinado (2018), film de Juan Francisco Otaño que combina humor con viajes en el tiempo. También se podrán ver dos exponentes del terror clásico como Corazón Muerto (2015), de Mariano Cattaneo, y La Segunda Muerte (2012), de Santiago Fernández Calvete, el slasher Naturaleza Muerta (2014), de Gabriel Grieco, y el documental Culto al terror (2017), de Gustavo Mendoza. Entre los cortos: Atajo, de Matías Xavier Rispau; Tinta, de Matías Boettner; Virgen, de Nicolás Amelio Ortiz; Camino al monte, de Santiago Fabrizio; Durazno, de Francisco Ríos Flores; Homúnculo, de Exequiel Sambucetti; La chica en el estacionamiento, de Andrés Pintos; Abaddon, de Jessica Aran; y Pinball, de Nicanor Loreti.
El terror, también en envase chico
En la misma línea y como complemento del ciclo dedicado al Festival Buenos Aires Rojo Sangre, se encuentra la serie No grites, dirigida por Sebastián Dietsch y guión de Martín Méndez. Recién estrenada en la plataforma Cont.ar e integrada por cinco capítulos de no más de diez minutos, la misma cuenta la historia de una vieja casa habitada por una monstruosa entidad paranormal. Cada episodio se ubica en una época diferente y son presentados en un orden cronológico inverso. Es decir, la historia que se cuenta en el primero sucede en la actualidad y los siguientes irán en busca del origen del mal.
En el primer capítulo, titulado “Selfie”, un grupo de adolescentes se cuela en una casa abandonada y descubrirán el horror que ahí se esconde mientras se sacan fotos entre las ruinas. El segundo se llama “Bienes raíces” y transcurre mientras un agente inmobiliario le muestra la propiedad a unos posibles compradores, una familia con dos hijos. “Posesión” es el tercero y tiene lugar en los ’80. El cuarto, “Purgatorio”, es el de mayor impacto. Como ocurría con uno de los segmentos de la película de Forte y Rugna que integra el ciclo BARS, acá la historia también transcurre durante la dictadura y tiene como protagonistas a un trío de represores. El en este caso el horror le abre la puerta a una suerte de espantosa justicia poética.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Pägina/12.
sábado, 4 de julio de 2020
CINE - Homenaje Rojo Sangre en la plataforma Cont.ar: El mejor cine argentino fantástico y de terror
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viernes, 3 de julio de 2020
CINE - "Hecho en casa" (Homemade), de varios directores: Un ojo de mosca global
Las cuarentenas que los estados han implementado para reducir el impacto de la pandemia de covid-19 ha afectado a la industria audiovisual en todos sus niveles. Para intentar hacerle frente a la situación han surgido distintas iniciativas que, impulsadas por los propios creadores, se las ingeniaron para ponerle play a la forzosa pausa impuesta por la enfermedad y consiguieron convertirse en películas. Tres de ellas se estrenaron esta semana a través de distintas plataformas: la argentina Murcielagos (amnistia.org.ar/autocine), la rumana 9 historias de amor y odio en aislamiento (cineartelumiere.com.ar) y la coproducción Hecho en casa, que a partir de esta semana se incorporó al catálogo de Netflix.
Las tres al formato de antologías de cortos reunidos por afinidad temática. A diferencia del film rumano, dirigido por Dan Chisu, pero igual que la producción argentina, Hecho en casa no solo aglutina una cantidad de historias breves (17), sino que convocó a igual cantidad de directores del mundo, todos con un prestigio bien ganado dentro del universo del cine, para abordar el asunto de forma global. Aunque de manera predecible el resultado final es desparejo, todos los cortos presentan puntos de vista reveladores de distintas situaciones o emociones vividas durante el forzoso encierro colectivo. Ese detalle convierte a Hecho en casa en una suerte de ojo de mosca, capaz de mirar un único objeto (la vida en cuarentena), pero de obtener 17 impresiones diferentes del mismo.
La idea original es del chileno Pablo Larraín, uno de los cineastas sudamericanos con mayor ascendiente internacional. Él es también el director del único corto planteado abiertamente en términos de comedia, poniendo en escena la necesidad de contacto (humano, físico, emotivo y hasta sexual) que la pandemia puso en evidencia. En él, un anciano se comunica desde un geriátrico por video llamada con una antigua novia para decirle que nunca dejó de amarla. El chileno Jaime Vadell está excelente en el rol de seductor chanta y Mercedes Morán vuelve a demostrar sus kilates como actriz y una exuberante capacidad y calidad de puteadora.
Otros optan por retratar a sus familias, obligadas a permanecer juntas y encerradas. Entre ellos están Natalia Beristain y Nadine Labaki, quienes filman a sus hijas pequeñas mientras juegan (el de la mexicana resulta tierno; el de la libanesa, básico y pasado de rosca). En esa línea el chino Johnny Ma le escribe una carta a su madre desde el confinamiento con su familia mexicana y aprovecha para compartir con el espectador la receta materna para preparar dumplings. Y la keniata Gurinder Chadha celebra la posibilidad de poder pasar más tiempo en casa con sus hijos.
Otros abordan los efectos del encierro y la soledad, poniendo en escena los estados alterados: la actriz Kristen Stewart retrata la angustia y el cansancio que puede producir el no hacer nada, y el alemán Sebastián Schipper se desdobla con gracia en varios “yo”. Maggie Gyllenhaal imagina una historia de ciencia ficción en la que el virus afecta la distancia entre la Tierra y la Luna, interpretada por su marido, el actor Peter Sarsgaard. Y el italiano Paolo Sorrentino improvisa un diálogo íntimo entre el argentino y la británica más famosos del orbe: el papa Francisco y la reina Isabel.
También están los que se hacen preguntas, como el maliense Ladj Ly, que retoma un personaje de su reciente film Los miserables para mostrar con un drone la cuarentena en un barrio de inmigrantes de París y cierra con un interrogante: “Esta es una época dura. ¿Pero para quién?” También se hace una pregunta el escocés David Mackenzie que, tras seguir a su hija en algunas actividades habilitadas en Glasgow, la extiende al espectador: “¿Qué es lo esencial?” Elegantemente político, el chileno Sebastián Lelio crea un musical consciente de lo que significa estar aislado para quien tiene privilegios de clase y cierra con el canto colectivo de los indignados de su país: “¡Oh, Chile despertó. Despertó, despertó, Chile despertó!”
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Las tres al formato de antologías de cortos reunidos por afinidad temática. A diferencia del film rumano, dirigido por Dan Chisu, pero igual que la producción argentina, Hecho en casa no solo aglutina una cantidad de historias breves (17), sino que convocó a igual cantidad de directores del mundo, todos con un prestigio bien ganado dentro del universo del cine, para abordar el asunto de forma global. Aunque de manera predecible el resultado final es desparejo, todos los cortos presentan puntos de vista reveladores de distintas situaciones o emociones vividas durante el forzoso encierro colectivo. Ese detalle convierte a Hecho en casa en una suerte de ojo de mosca, capaz de mirar un único objeto (la vida en cuarentena), pero de obtener 17 impresiones diferentes del mismo.
La idea original es del chileno Pablo Larraín, uno de los cineastas sudamericanos con mayor ascendiente internacional. Él es también el director del único corto planteado abiertamente en términos de comedia, poniendo en escena la necesidad de contacto (humano, físico, emotivo y hasta sexual) que la pandemia puso en evidencia. En él, un anciano se comunica desde un geriátrico por video llamada con una antigua novia para decirle que nunca dejó de amarla. El chileno Jaime Vadell está excelente en el rol de seductor chanta y Mercedes Morán vuelve a demostrar sus kilates como actriz y una exuberante capacidad y calidad de puteadora.
Otros optan por retratar a sus familias, obligadas a permanecer juntas y encerradas. Entre ellos están Natalia Beristain y Nadine Labaki, quienes filman a sus hijas pequeñas mientras juegan (el de la mexicana resulta tierno; el de la libanesa, básico y pasado de rosca). En esa línea el chino Johnny Ma le escribe una carta a su madre desde el confinamiento con su familia mexicana y aprovecha para compartir con el espectador la receta materna para preparar dumplings. Y la keniata Gurinder Chadha celebra la posibilidad de poder pasar más tiempo en casa con sus hijos.
Otros abordan los efectos del encierro y la soledad, poniendo en escena los estados alterados: la actriz Kristen Stewart retrata la angustia y el cansancio que puede producir el no hacer nada, y el alemán Sebastián Schipper se desdobla con gracia en varios “yo”. Maggie Gyllenhaal imagina una historia de ciencia ficción en la que el virus afecta la distancia entre la Tierra y la Luna, interpretada por su marido, el actor Peter Sarsgaard. Y el italiano Paolo Sorrentino improvisa un diálogo íntimo entre el argentino y la británica más famosos del orbe: el papa Francisco y la reina Isabel.
También están los que se hacen preguntas, como el maliense Ladj Ly, que retoma un personaje de su reciente film Los miserables para mostrar con un drone la cuarentena en un barrio de inmigrantes de París y cierra con un interrogante: “Esta es una época dura. ¿Pero para quién?” También se hace una pregunta el escocés David Mackenzie que, tras seguir a su hija en algunas actividades habilitadas en Glasgow, la extiende al espectador: “¿Qué es lo esencial?” Elegantemente político, el chileno Sebastián Lelio crea un musical consciente de lo que significa estar aislado para quien tiene privilegios de clase y cierra con el canto colectivo de los indignados de su país: “¡Oh, Chile despertó. Despertó, despertó, Chile despertó!”
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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jueves, 2 de julio de 2020
CINE - "Verano del 84" (Summer of 84), de F. Simard, A. Whissell y Y. K. Whissell: El último verano
Montada sobre el molde de las películas de aventuras protagonizadas por adolescentes, que fueron furor en los ‘80 y que el revival en curso ha reflotado tras el éxito de la serie Stranger Things (2016), la historia que cuenta Verano del 84 aborda ampliamente el espectro temático que define al cine de la década pop por excelencia. Ahí están la pandilla de cuatro chicos aburridos durante las vacaciones de verano, tratando de estirar al máximo una infancia que se termina. Ahí está el asesino serial de chicos, proyectando la sombra de la muerte sobre el barrio de los suburbios. Ahí están (o más bien, “no están”) los padres ausentes, subrayando la presencia inminente de una adultez que viene a llevarse puesta la inocencia. Y ahí están también las bicicletas, los walkie-talkies, la casita del árbol, la página central desplegable de las revistas “para hombres” y la necesidad desesperada de encontrar en los amigos un nuevo lugar en el mundo, uno propio, en donde el tiempo se detenga en un presente eterno.
Por lo general esas referencias que habitan la película son muy directas y remiten a títulos puntuales. De hecho es inevitable no vincular el comienzo de Verano del 84 con el punto de partida de Cuenta conmigo (1986). En ambas existe la casa del árbol como base de operaciones; hay un chico desaparecido como motor de la acción; una voz en off que opera como guía; y un salto narrativo de 30 años hacia un pasado idealizado por la nostalgia, que acá es hasta los ’80, pero que en la película de Rob Reiner encontraba su destino en los ’50.
También existe un lazo que la une a películas como Los Gonnies (Richard Donner, 1985), Escuadrón antimonstruos (Fred Dekker, 1987) e incluso Pesadilla en lo profundo de la noche (Wes Craven, 1984): el gesto iniciático de enfrentar los miedos (siempre provenientes del mudo adulto) como rito de paso entre la infancia y la madurez. Igual que los protagonistas de aquellas películas, los cuatro chicos de Verano del 84 quieren probar ante los otros, pero sobre todo frente a sí mismos, que ya están listos para lo que se les viene encima.
La acción transcurre en Ipswich, suburbio de nombre con aires lovecraftianos en el que viven Davey, Tommy, Woody y Curtis, cuatro amigos que crecieron compartiendo la escuela y el barrio. La vida tranquila del lugar está alterada por la presencia de un asesino de chicos que tiene desconcertado a la policía. La situación proporciona el ambiente ideal para que Davey, fanático de las historias de misterio y las conspiraciones, crea reconocer en la foto de un chico desaparecido a otro, al que vio algunas noches antes a través de la ventana de un vecino mientras jugaba a las escondidas en la calle con sus amigos. De ahí a convencerlos para empezar a investigar el asunto hay apenas unos pasos.
El trío de directores que integran los canadienses François Simard junto a los hermanos Anouk y Yoann-Karl Whissell consigue trascender la mera copia, utilizando con gracia las referencias pero proponiendo un marco más amplio para su revisión cinéfila de la época. Es que en su último acto, la película realiza un giro dramático que le cambia el tono al relato de manera drástica. Apartándose del la inocencia luminosa del neón ochentoso e incorporando elementos del cine de terror de aquella década, Simard y los Whissell consiguen sumir a la historia en uno de los finales más oscuros que se recuerden en este tipo de películas protagonizadas por adolescentes.
En ese salto los directores caen muy cerca de lo que propuso Andy Muschietti en la primera parte de su díptico It (2017), pero prescindiendo de cualquier elemento sobrenatural. Redondean así un objeto tan entretenido como desafiante, que cruza en un mismo plano cinematográfico a los universos de las aventuras adolescentes con el del "slasher". Verano del 84 es como tener a Los Goonies y a Martes 13 en una misma película.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Por lo general esas referencias que habitan la película son muy directas y remiten a títulos puntuales. De hecho es inevitable no vincular el comienzo de Verano del 84 con el punto de partida de Cuenta conmigo (1986). En ambas existe la casa del árbol como base de operaciones; hay un chico desaparecido como motor de la acción; una voz en off que opera como guía; y un salto narrativo de 30 años hacia un pasado idealizado por la nostalgia, que acá es hasta los ’80, pero que en la película de Rob Reiner encontraba su destino en los ’50.
También existe un lazo que la une a películas como Los Gonnies (Richard Donner, 1985), Escuadrón antimonstruos (Fred Dekker, 1987) e incluso Pesadilla en lo profundo de la noche (Wes Craven, 1984): el gesto iniciático de enfrentar los miedos (siempre provenientes del mudo adulto) como rito de paso entre la infancia y la madurez. Igual que los protagonistas de aquellas películas, los cuatro chicos de Verano del 84 quieren probar ante los otros, pero sobre todo frente a sí mismos, que ya están listos para lo que se les viene encima.
La acción transcurre en Ipswich, suburbio de nombre con aires lovecraftianos en el que viven Davey, Tommy, Woody y Curtis, cuatro amigos que crecieron compartiendo la escuela y el barrio. La vida tranquila del lugar está alterada por la presencia de un asesino de chicos que tiene desconcertado a la policía. La situación proporciona el ambiente ideal para que Davey, fanático de las historias de misterio y las conspiraciones, crea reconocer en la foto de un chico desaparecido a otro, al que vio algunas noches antes a través de la ventana de un vecino mientras jugaba a las escondidas en la calle con sus amigos. De ahí a convencerlos para empezar a investigar el asunto hay apenas unos pasos.
El trío de directores que integran los canadienses François Simard junto a los hermanos Anouk y Yoann-Karl Whissell consigue trascender la mera copia, utilizando con gracia las referencias pero proponiendo un marco más amplio para su revisión cinéfila de la época. Es que en su último acto, la película realiza un giro dramático que le cambia el tono al relato de manera drástica. Apartándose del la inocencia luminosa del neón ochentoso e incorporando elementos del cine de terror de aquella década, Simard y los Whissell consiguen sumir a la historia en uno de los finales más oscuros que se recuerden en este tipo de películas protagonizadas por adolescentes.
En ese salto los directores caen muy cerca de lo que propuso Andy Muschietti en la primera parte de su díptico It (2017), pero prescindiendo de cualquier elemento sobrenatural. Redondean así un objeto tan entretenido como desafiante, que cruza en un mismo plano cinematográfico a los universos de las aventuras adolescentes con el del "slasher". Verano del 84 es como tener a Los Goonies y a Martes 13 en una misma película.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
CINE - Ciclo de cine argentino: Multiplicar las miradas
El canal Construir TV vuelve a sumar, dentro de su programación del mes de julio, un ciclo dedicado al cine argentino de producción más reciente. El mismo se encuentra orientado a reunir una selección de películas cuyas historias buscan promover y apoyar diferentes luchas por la inclusión social en los ámbitos del trabajo y la educación. En todas ellas, esta intención también se abraza con el objetivo de entretener y sorprender a los espectadores a través de sus tramas e imágenes. El programa incluye cinco títulos que podrán verse cada jueves a las 22 por esa señal.
Las cinco películas seleccionadas para la ocasión abordan relatos de alto impacto, inspiradores y emocionantes. Cada una invita no sólo a descubrir otras realidades, sino a revalorizar distintos espacios a través de temáticas relacionadas con cuestiones de género, música y tecnología, biodiversidad y pueblos originarios, discapacidad, educación y oficios ancestrales. El ciclo completo podrá verse también a través de Octubre TV (https://octubretv.com), gracias a un acuerdo con esa plataforma. De modo que todas las películas estarán disponibles para poder ser vistas durante una semana de manera online, de forma gratuita y desde todo el país. Este período comenzará a partir del día siguiente del estreno de cada título en la pantalla del Construir TV, y se extenderá hasta el miércoles de la semana siguiente.
La película elegida para inaugurar el ciclo hoy jueves es Marilyn, ópera prima de Martín Rodríguez Redondo, estrenada en la edición 2018 del Festival de Berlín. Basada en un caso policial de 2009 que concentró la atención mediática y ganadora de varios premios en festivales internacionales, Marylin cuenta la historia de un joven peón de campo que durante su adolescencia descubre la verdadera naturaleza de su sexualidad. Sin embargo, el ambiente hostil que lo rodea, no solo en el pueblito en el que vive, sino incluso dentro de su propia casa, le impide la posibilidad de ser quien desea. Marilyn es la única película de la programación que fue calificada como apta para mayores de 16 años.
Una semana más tarde el documental A una legua ocupará las pantallas de Construir y Octubre TV. Dirigido por Andrea Krujosky, el film retrata a Camilo, hijo del cantante y compositor Cuti Carabajal. Joven heredero de la prestigiosa dinastía folklórica de que representa su familia, es un innovador dentro del ambiente que nuclea a los géneros tradicionales de la música argentina. El film realiza un recorrido por sus proyectos en los que lo musical se cruza con la tecnología y la ecología. Entre ellos su revolucionario Eco Bombo, un bombo legüero diseñado para reutilizar el plástico de los bidones de agua con el fin de reemplazar la madera del ceibo, usada históricamente en la fabricación del instrumento.
El 16 de julio será el turno de otro documental: Nuestro mundo - Anuhu Yrmo, que se emitirá además en carácter de estreno exclusivo de Construir TV. Dirigido por Darío Arcella, este film intenta responder preguntas en torno a la forma en que el agronegocio afecta la conservación del medio ambiente. En el camino busca comprender qué hay detrás de las políticas elaboradas desde el norte para ser aplicadas en los grandes ecosistemas del sur o cuál es el rol de las grandes ONG y su interés por la conservación de la biodiversidad.
En Escuela de sordos, Ada Frontini narra la historia de Alejandra, una maestra de una escuela de sordos empeñada en cambiar el mundo de sus alumnos. A través de su trabajo, que trasciende el espacio de lo estrictamente escolar, la docente no solo parece buscar el objetivo de educar, sino que se propone además el objetivo de dignificar a sus pupilos, aportándoles más y mejores herramientas para la comunicación, incluso ante la imposibilidad de la palabra. La encargada de cerrar la invitación será Arreo, cuya emisión está programada para el jueves 30 de julio. En ella Néstor Moreno, su director, cuenta la historia de una familia de gauchos que vive del arreo de ganado en alturas, valiéndose de imágenes que capturan la belleza del paisaje cordillerano de Mendoza.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Las cinco películas seleccionadas para la ocasión abordan relatos de alto impacto, inspiradores y emocionantes. Cada una invita no sólo a descubrir otras realidades, sino a revalorizar distintos espacios a través de temáticas relacionadas con cuestiones de género, música y tecnología, biodiversidad y pueblos originarios, discapacidad, educación y oficios ancestrales. El ciclo completo podrá verse también a través de Octubre TV (https://octubretv.com), gracias a un acuerdo con esa plataforma. De modo que todas las películas estarán disponibles para poder ser vistas durante una semana de manera online, de forma gratuita y desde todo el país. Este período comenzará a partir del día siguiente del estreno de cada título en la pantalla del Construir TV, y se extenderá hasta el miércoles de la semana siguiente.
La película elegida para inaugurar el ciclo hoy jueves es Marilyn, ópera prima de Martín Rodríguez Redondo, estrenada en la edición 2018 del Festival de Berlín. Basada en un caso policial de 2009 que concentró la atención mediática y ganadora de varios premios en festivales internacionales, Marylin cuenta la historia de un joven peón de campo que durante su adolescencia descubre la verdadera naturaleza de su sexualidad. Sin embargo, el ambiente hostil que lo rodea, no solo en el pueblito en el que vive, sino incluso dentro de su propia casa, le impide la posibilidad de ser quien desea. Marilyn es la única película de la programación que fue calificada como apta para mayores de 16 años.
Una semana más tarde el documental A una legua ocupará las pantallas de Construir y Octubre TV. Dirigido por Andrea Krujosky, el film retrata a Camilo, hijo del cantante y compositor Cuti Carabajal. Joven heredero de la prestigiosa dinastía folklórica de que representa su familia, es un innovador dentro del ambiente que nuclea a los géneros tradicionales de la música argentina. El film realiza un recorrido por sus proyectos en los que lo musical se cruza con la tecnología y la ecología. Entre ellos su revolucionario Eco Bombo, un bombo legüero diseñado para reutilizar el plástico de los bidones de agua con el fin de reemplazar la madera del ceibo, usada históricamente en la fabricación del instrumento.
El 16 de julio será el turno de otro documental: Nuestro mundo - Anuhu Yrmo, que se emitirá además en carácter de estreno exclusivo de Construir TV. Dirigido por Darío Arcella, este film intenta responder preguntas en torno a la forma en que el agronegocio afecta la conservación del medio ambiente. En el camino busca comprender qué hay detrás de las políticas elaboradas desde el norte para ser aplicadas en los grandes ecosistemas del sur o cuál es el rol de las grandes ONG y su interés por la conservación de la biodiversidad.
En Escuela de sordos, Ada Frontini narra la historia de Alejandra, una maestra de una escuela de sordos empeñada en cambiar el mundo de sus alumnos. A través de su trabajo, que trasciende el espacio de lo estrictamente escolar, la docente no solo parece buscar el objetivo de educar, sino que se propone además el objetivo de dignificar a sus pupilos, aportándoles más y mejores herramientas para la comunicación, incluso ante la imposibilidad de la palabra. La encargada de cerrar la invitación será Arreo, cuya emisión está programada para el jueves 30 de julio. En ella Néstor Moreno, su director, cuenta la historia de una familia de gauchos que vive del arreo de ganado en alturas, valiéndose de imágenes que capturan la belleza del paisaje cordillerano de Mendoza.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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martes, 30 de junio de 2020
CINE - Entrevista a María Paz González, directora de "Lina de Lima": Un resplandor popular
Entre los estrenos que este jueves ofrecerá la plataforma Cinear Play se encuentra Lina de Lima, coproducción entre Chile, Perú y Argentina que dirigió la chilena María Paz González, una cruza entre drama y comedia cuyo carácter híbrido se potencia en el uso de los recursos del musical. Esta batería de herramientas narrativas es puesta al servicio de la historia de Lina, una mujer peruana interpretada por la actriz Magaly Solier, quien trabaja en Santiago como nana. Con ese nombre se conoce en Chile a las empleadas domésticas que se desempeñan sobre todo en hogares de clase alta, donde no solo realizan tareas de aseo y cocina, sino que llegan a convertirse casi en madres sustitutas para los niños de la casa.
Cerca de Navidad, Lina se prepara para visitar a su hijo adolescente en Lima. Mientras tanto sigue con sus tareas, se ve con amigas, sale a bailar y conoce hombres por Tinder, con quienes se cita en la aún deshabitada casa nueva de su patrón. Lejos del carácter doliente que suele signar las historias que retratan la vida de migrantes o personajes de clase obrera, Lina de Lima es un film radiante en el que están ausentes la culpa y el morbo. González potencia esto con números musicales que se combinan el carácter festivo de lo popular con una estética kistch de colores saturados que la fotografía sabe aprovechar.
“Me interesaba lo que está pasando en Chile con el fenómeno migratorio, porque hasta hace 10 o 15 años fuimos un país que tuvo más chilenos viviendo fuera que inmigrantes”, cuenta González para hablar del origen del film. “En el último tiempo empezamos a nutrirnos de otras culturas, a estar más conectados, porque Chile de algún modo es una isla. Nos fuimos acercando a un continente del que estábamos un poco distantes”, continúa. “Por otra parte, acá en las casas de clase alta se usa mucho tener una empleada doméstica, nuestras nanas, que es algo que me parece no es tan común en Argentina”, agrega González.
-Acá existe el oficio de la empleada doméstica, pero creo que no tienen el peso cultural de las nanas en Chile.
-Conocía a un par de mujeres peruanas que hacían este trabajo y una de ellas, la Betty, me abrió un mundo que me permitió conocer a muchas de sus amigas de Ecuador, de Colombia. Pase mucho tiempo oyendo sus historias y Betty terminó haciendo un papel en la película. Co vengo del mundo del documental y me da curiosidad meterme en áreas que no tienen que ver con la mía. Así empecé a darme cuenta de cosas súper potentes, como la forma en que cambiaban sus objetivos. Muchas llegan a Chile pensando que vienen por dos años, para volver a sus países a cumplir un proyecto que a veces no se concreta y se terminan quedando.
-Esa es una historia común en Argentina, que es un país de inmigrantes.
-Los migrantes tienen un motor muy fuerte. A mí me llama la atención que en el cine muchas veces se los retrata de modo muy frágil, destruidos por la vida y eso me resultaba loco. Yo nunca sentí que fueran personas a las que les hubiera pasado un tren por encima o que no pudieran decidir sobre lo que les ocurre. Yo veía a unas mujeres muy power, que no solo se dedicaban a trabajar, sino que además lograban hacer otras cosas.
-¿Pero esa distancia no obliga al migrante a un ejercicio de resistencia?
-Claro, para mantener la conexión con las raíces. Me interesaba saber cómo opera esa identidad a distancia y siempre la música del país era un tema importante. En algún momento eso traía un mundo súper bonito que las conectaba con sus raíces y la vida en su país. Así me di cuenta de que la música era un elemento potente para transmitir ese mundo interior.
-Su filmografía anterior se desarrolló dentro del documental. ¿Qué la decidió a tomar el camino de la ficción con esta historia?
-Para mí la ficción nunca fue una aspiración y de hecho este proyecto nació como documental. Lina está hecha a partir de historias de diferentes mujeres, pero me di cuenta de que a eso era necesario sumarle ficción. Cada historia tiene su forma y haberme decidido a contar de este modo tiene que ver con una necesidad que me exigía cierto lenguaje que no era el del documental. Fue un proceso natural en el que de repente me encontré haciendo una película de ficción con números musicales.
-¿Pero no cree que trabajar con las herramientas narrativas de un género artificioso como el musical hace que ese salto sea más notorio?
-Acá el musical es usado para construir el mundo interior del personaje y resulta un aporte tierno que ayuda a sentir la fragilidad del personaje, permitiendo que aparezca lo que no puede expresar en palabras. Una luz que un personaje solitario como Lina no siempre puede transmitir. Entrar en ese espacio interior me permitió correrme del drama, aunque tampoco diría que se trata de una comedia, sino de una película que trabaja sobre un humor que se va colando, muy útil para conectar con el espectador.
-La figura de las nanas es muy fuerte en la cultura chilena, pero también en otros países de Latinoamérica. Se ve en películas como La nana de su compatriota Sebastián Silva, en Roma de Cuarón, Babel de Gonázalez Iñárritu e incluso hay algo de eso en Santiago, de Joao de Moreira Salles.
-Le tenía miedo a la comparación con La nana, porque mi intención era muy distinta. Tampoco quise que Lina quedara encerrada en la figura de la migrante. No quería que fuera una sola cosa, sino una mujer que ocupa muchos roles, como cualquier otra. Me importaba no encasillarla, poder desarrollar otras capas sin condicionarla. Y sobre todo, desplazarla de los lugares que se espera que ocupe una mujer que trabaja de nana.
-Esos roles hacen de Lina una pasajera entre dos mundos, viviendo en el día a día de la clase alta, pero con sus propios problemas de clase.
-El uso del plástico fue útil para eso. Lina vive sola en la casa nueva de su patrón, en la que ve reflejados sus anhelos, pero en la que todo está cubierto por un plástico que pone distancia con lo que no le pertenece. Eso le da un tono un poco triste y por más que uno quiera apartarla de los estereotipos, ella está marcada por una condición de clase. Ese clasismo es muy chileno, pero también muy latinoamericano. Tampoco quería que la cosa se transformará en que el patrón la trata mal, sino que fuera algo medio invisible que solo se puede percibir depende de dónde te pares. Es uno el que ve el plástico cuando se da cuenta cuál es la situación de Lina.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Cerca de Navidad, Lina se prepara para visitar a su hijo adolescente en Lima. Mientras tanto sigue con sus tareas, se ve con amigas, sale a bailar y conoce hombres por Tinder, con quienes se cita en la aún deshabitada casa nueva de su patrón. Lejos del carácter doliente que suele signar las historias que retratan la vida de migrantes o personajes de clase obrera, Lina de Lima es un film radiante en el que están ausentes la culpa y el morbo. González potencia esto con números musicales que se combinan el carácter festivo de lo popular con una estética kistch de colores saturados que la fotografía sabe aprovechar.
“Me interesaba lo que está pasando en Chile con el fenómeno migratorio, porque hasta hace 10 o 15 años fuimos un país que tuvo más chilenos viviendo fuera que inmigrantes”, cuenta González para hablar del origen del film. “En el último tiempo empezamos a nutrirnos de otras culturas, a estar más conectados, porque Chile de algún modo es una isla. Nos fuimos acercando a un continente del que estábamos un poco distantes”, continúa. “Por otra parte, acá en las casas de clase alta se usa mucho tener una empleada doméstica, nuestras nanas, que es algo que me parece no es tan común en Argentina”, agrega González.
-Acá existe el oficio de la empleada doméstica, pero creo que no tienen el peso cultural de las nanas en Chile.
-Conocía a un par de mujeres peruanas que hacían este trabajo y una de ellas, la Betty, me abrió un mundo que me permitió conocer a muchas de sus amigas de Ecuador, de Colombia. Pase mucho tiempo oyendo sus historias y Betty terminó haciendo un papel en la película. Co vengo del mundo del documental y me da curiosidad meterme en áreas que no tienen que ver con la mía. Así empecé a darme cuenta de cosas súper potentes, como la forma en que cambiaban sus objetivos. Muchas llegan a Chile pensando que vienen por dos años, para volver a sus países a cumplir un proyecto que a veces no se concreta y se terminan quedando.
-Esa es una historia común en Argentina, que es un país de inmigrantes.
-Los migrantes tienen un motor muy fuerte. A mí me llama la atención que en el cine muchas veces se los retrata de modo muy frágil, destruidos por la vida y eso me resultaba loco. Yo nunca sentí que fueran personas a las que les hubiera pasado un tren por encima o que no pudieran decidir sobre lo que les ocurre. Yo veía a unas mujeres muy power, que no solo se dedicaban a trabajar, sino que además lograban hacer otras cosas.
-¿Pero esa distancia no obliga al migrante a un ejercicio de resistencia?
-Claro, para mantener la conexión con las raíces. Me interesaba saber cómo opera esa identidad a distancia y siempre la música del país era un tema importante. En algún momento eso traía un mundo súper bonito que las conectaba con sus raíces y la vida en su país. Así me di cuenta de que la música era un elemento potente para transmitir ese mundo interior.
-Su filmografía anterior se desarrolló dentro del documental. ¿Qué la decidió a tomar el camino de la ficción con esta historia?
-Para mí la ficción nunca fue una aspiración y de hecho este proyecto nació como documental. Lina está hecha a partir de historias de diferentes mujeres, pero me di cuenta de que a eso era necesario sumarle ficción. Cada historia tiene su forma y haberme decidido a contar de este modo tiene que ver con una necesidad que me exigía cierto lenguaje que no era el del documental. Fue un proceso natural en el que de repente me encontré haciendo una película de ficción con números musicales.
-¿Pero no cree que trabajar con las herramientas narrativas de un género artificioso como el musical hace que ese salto sea más notorio?
-Acá el musical es usado para construir el mundo interior del personaje y resulta un aporte tierno que ayuda a sentir la fragilidad del personaje, permitiendo que aparezca lo que no puede expresar en palabras. Una luz que un personaje solitario como Lina no siempre puede transmitir. Entrar en ese espacio interior me permitió correrme del drama, aunque tampoco diría que se trata de una comedia, sino de una película que trabaja sobre un humor que se va colando, muy útil para conectar con el espectador.
-La figura de las nanas es muy fuerte en la cultura chilena, pero también en otros países de Latinoamérica. Se ve en películas como La nana de su compatriota Sebastián Silva, en Roma de Cuarón, Babel de Gonázalez Iñárritu e incluso hay algo de eso en Santiago, de Joao de Moreira Salles.
-Le tenía miedo a la comparación con La nana, porque mi intención era muy distinta. Tampoco quise que Lina quedara encerrada en la figura de la migrante. No quería que fuera una sola cosa, sino una mujer que ocupa muchos roles, como cualquier otra. Me importaba no encasillarla, poder desarrollar otras capas sin condicionarla. Y sobre todo, desplazarla de los lugares que se espera que ocupe una mujer que trabaja de nana.
-Esos roles hacen de Lina una pasajera entre dos mundos, viviendo en el día a día de la clase alta, pero con sus propios problemas de clase.
-El uso del plástico fue útil para eso. Lina vive sola en la casa nueva de su patrón, en la que ve reflejados sus anhelos, pero en la que todo está cubierto por un plástico que pone distancia con lo que no le pertenece. Eso le da un tono un poco triste y por más que uno quiera apartarla de los estereotipos, ella está marcada por una condición de clase. Ese clasismo es muy chileno, pero también muy latinoamericano. Tampoco quería que la cosa se transformará en que el patrón la trata mal, sino que fuera algo medio invisible que solo se puede percibir depende de dónde te pares. Es uno el que ve el plástico cuando se da cuenta cuál es la situación de Lina.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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