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jueves, 21 de abril de 2022

CINE - "La ciudad perdida" (The Lost City), de Aaron y Adam Nee: Lo simple y lo bueno

¡Ah! La comedia mainstream… campo fértil en el que los frutos más exquisitos y los yuyos germinan con igual facilidad. Un territorio que suelen mirar desde arriba los que se paran en la colina de los géneros serios, los que creen que los comediantes son artistas de segunda, pero se olvidan que las más grandes leyendas del cine, Keaton y Chaplin, aún viven allá abajo. La ciudad perdida, dirigida por los hermanos Aaron y Adam Nee, no solo es ejemplo de una buena comedia mainstream, sino que además sirve para ilustrar el final del arco que realizan los y las comediantes para no ser subestimados. No hay en la actualidad mejor ejemplo que Sandra Bullock, su protagonista, para representar ese arco, que va de su gran popularidad como comediante al comienzo de su carrera, pasando por la búsqueda de prestigio (es decir: un Oscar) como actriz seria, para volver a protagonizar una comedia ligera, como esta, antes de anunciar su retiro de la actuación. 

No caben dudas de que el éxito de la comedia descansa en sus protagonistas mucho más que en los géneros dramáticos. Eso es porque el límite entre el humor y el ridículo es finísimo y no cualquiera camina con gracia por esa cuerda floja. Y en sus protagonistas se apoya con firmeza La ciudad perdida. No solo sobre Bullock, que interpreta a Loretta, la frustrada escritora de una serie de novelas que combinan las aventuras con el erotismo para señoras. También en su contrafigura, Channing Tatum, otro que debió dar la prueba de las películas serias antes de ser reconocido como un buen comediante. Él interpreta a un modelo que se hizo famoso representando al héroe en las tapas de los libros de Loretta. Los personajes parecen opuestos: ella, reciente viuda, con pretensiones intelectuales y llena de conflictos acerca de su oficio; él, poco cultivado y superficial, aparenta no ser más que una cara (y una figura) bonita. 

Aunque es una película de fórmulas, todas funcionan bien gracias a un guión ingenioso que, sin ser perfecto, no le da pausa ni al humor ni a la acción, en el contexto de una historia de aventuras ambientada en una exótica isla caribeña (sí, América latina sigue siendo un territorio exótico para Hollywood). Y Bullock y Tatum, más el valioso aporte de Daniel Radcliffe interpretando al villano cuyas ambiciones alteran la rutina de los protagonistas, se lucen, haciendo que la trama avance gratamente. Aunque nunca es conveniente dar demasiados detalles de la historia, es inevitable mencionar los enormes parentescos que es posible encontrar entre La ciudad perdida y otra comedia romántica de aventuras, hoy casi olvidada: Tras la esmeralda perdida (1984), peliculón de Robert Zameckis con Michael Douglas, Kathleen Turner y Danny DeVito. Quienes la hayan visto no podrán dejar de notar las coincidencias entre ambas. Desde acá se recomienda evitar la tentación de las comparaciones, relajarse y disfrutar.  

 Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 5 de diciembre de 2021

LIBROS - Lucky Luke y el cine, la historia de un amor que cumple 75 años

Si algo hay que reconocerle a Lucky Luke, personaje de historieta creado por el dibujante y guionista belga Morris, es su carácter gardeliano. Es que al igual que el gran ícono del tango, que cada día canta mejor, parece que el vaquero del jopo perfecto, famoso por ser más veloz que su sombra, también dispara cada día más rápido. Y eso que este martes cumplirá nada menos que 75 años, un verdadero prodigio de longevidad para un personaje creado fuera de los Estados Unidos. Porque aunque es cierto que integra la santa trinidad de la historieta franco-belga, junto a Tintín y Asterix, no es común que personajes ajenos a la tradición norteamericana mantengan su popularidad durante tanto tiempo. Otra de las características que comparten Gardel y Lucky Luke es que al primero le decían "el zorzal criollo", mientras que al segundo lo edita en la Argentina el sello Libros del Zorzal, que volvió a poner en las librerías locales una colección que en 2022 se completará con todos los álbumes del personaje guionados por René Goscinny, además de La tierra prometida y Un cowboy entre algodones, con libretos de Jul y dibujos de Achdé, su actual pareja creativa.

Una de las formas más interesantes de abordar un personaje del que ya se ha dicho todo es indagar en su relación con el cine, innegable fuente de inspiración para su creador. Es que Morris siempre admitió su fanatismo por el western, al que Borges le atribuía el mérito de haber revivido en el siglo XX el espíritu heroico del olvidado género épico. Es fácil trazar la genealogía de esa relación si se recuerda que Morris nació en 1923 y que para cuando cumplió 10 años, Gary Cooper ya se había convertido en una estrella gracias a las películas de cowboys. De hecho, el dibujante y divulgador de historietas argentino César Da Col recuerda que no son pocas las fuentes que mencionan a la figura de Cooper como modelo para el diseño de Lucky Luke. El cigarrillo colgando en la boca, el rulo escapando bajo del sombrero blanco, los ojos entrecerrados y astutos, el perfil de nariz fuerte y mentón pronunciado. Todo remite a Cooper.

Pero esa no es la única cita cinéfila que la tira realizó en sus 75 años de vida. “Las referencias a películas son habituales en Lucky Luke”, confirma Da Col, co-fundador de Banda Dibujada, movimiento cultural que busca incentivar a los chicos en la lectura de historietas. “En Al hambre, uno de los libros anteriores a la época de Goscinny como guionista, Lucky se enfrenta a un forajido que tiene la cara de Jack Palance y que está inspirado en el personaje que el actor interpretó en El desconocido (Shane, 1953)”, señala. Da Col menciona además a Mae West, diva de los ’30, en cuyos rostro y figura Morris y Goscinny se inspiraron para crear a Lulú Carabina, uno de los personajes femeninos de Dalton City, volumen ya editado por Libros del Zorzal. “También aparece James Coburn en Remontando el Mississippi; Sean Connery sirvió de inspiración para el malo de El pie tierno; David Niven aparece en Calamity Jane, y en La diligencia hay un breve ‘cameo’ de Alfred Hitchcock. Todos esos títulos también forman parte de la colección de Del Zorzal”, recuerda Da Col. Y las citas siguen. Sin embargo, el especialista no cree que en la serie haya “parodias a películas puntuales, sino que los autores tomaban los tópicos del western para mezclarlos en sus historias”. 

Ya en los ’60 el western americano entra en declive y aparece la versión europea, en especial italiana, que alteró la narrativa del género. ¿Habrá impactado de alguna manera ese cambio de paradigma en la estética del personaje? ¿O, por el contrario, la historieta habrá mantenido un abordaje conservador, alineándose a los clásicos? “En la historia de Lucky Luke hay dos etapas. En la primera la historieta aparecía en la revista belga Spirou. Pero a finales de los ’60 Goscinny consiguió que la tira pasara a la revista francesa Pilote, la misma que publicaba Asterix y donde él iba a tener más control sobre el personaje”, reconstruye Da Col. “El primer álbum publicado en Pilote es Dalton City, en 1969, que tiene un comienzo nocturno que siempre me llamó la atención. Más oscuro y estilizado que lo anterior, con mucho uso de la sombra, que hace que el relato sea visualmente más dramático. Y esas son características del western italiano”, continúa el especialista. “Siempre asocié ese cambio de estética al pase de una revista a la otra, pensando que porque se trataba de un debut Morris le había puesto más pila al dibujo. Pero, aunque Morris era un fanático de Hollywood, es posible que ese cambio haya sido una influencia del cine italiano”, concluye Da Col.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 21 de noviembre de 2021

LIBROS y CINE - "Política de los actores", de Luc Moullet: Cuando los actores le ponen la firma a las películas

¿Qué es lo que define la identidad de una obra artística? ¿Quién le aporta los rasgos que la hacen única e irrepetible? Ambas preguntas se responden de manera sencilla cuando se trata de las artes clásicas: está claro que en ambos casos el dilema se resuelve por el lado del autor. En la literatura, la pintura, la escultura o la música son ellos, los autores, quienes dotan a sus trabajos de aquellos elementos que constituyen los rasgos que permiten identificarla. Pero qué ocurre en el cine, arte de construcción colectiva, en donde las obras (las películas) son el resultado de una confluencia que involucra múltiples talentos. En este caso tan particular, esa idea ha ido modificándose con la evolución del propio cine y las diferentes miradas analíticas que se han encargado de pensarlo de forma crítica. 

En su origen y con la industrialización que supuso el afianzamiento del sistema de estudios en el cine estadounidense, el rol de la autoría solía recaer en los productores, dueños de un poder absoluto que les otorgaba derecho de pernada en todas las áreas del proceso creativo. Ya a mediados del siglo XX y con la figura de Orson Welles como emergente, comienza a afirmarse la figura del director como responsable de guiar a buen puerto el desarrollo y realización de las películas. En ese caso, es la mirada del cineasta la que define la identidad de sus obras. Esta idea terminó de consolidarse con el surgimiento en los años ’60 de la Nouvelle Vague y la crítica cinematográfica francesa, cuyos representantes nucleados en la revista Cahiers du Cinema le dieron forma a lo que se conoce como Teoría del Autor.

¿Pero cuál es el rol que ocupan los actores, aquellos que ponen el cuerpo para convertirse en la cara visible de las películas? ¿Cuánto de su trabajo forma parte de ese proceso autoral? Justamente de eso se ocupa Luc Moullet, uno de aquellos críticos franceses que revolucionaron la forma de pensar el cine, en su libro Política de los autores, publicado por primera vez en castellano gracias a la editorial Serie Gong. En su libro, Moullet sostiene la tesis de que en muchos casos son los actores más que los directores quienes se apropian de la tarea de darle una identidad a las películas. Por eso, así como algunas se identifican como obra/propiedad de un director, para hablar de “una película de Scorsese” o “una de Tarantino”, hay otras a las que se identifica con el nombre de sus protagonistas: “una película de Tom Hanks” o “una de Julia Roberts”.

Sin embargo, para Moullet no cualquier actor puede aspirar a la autoría de una película, sino que debe reunir una serie de condiciones que permitan reconocer su marca como elemento definitorio de la misma. Para probar su teoría, el crítico francés elige pararse sobre los hombros de cuatro gigantes: Gary Cooper, John Wayne, Cary Grant y James Stewart, tal vez los actores más importantes del período clásico de Hollywood, el que va desde la aparición del cine sonoro hasta mediados de la década de 1960. A razón de un capitulo por cada uno de ellos, Moullet realiza un recorrido erudito de sus filmografías, en busca de encontrar elementos que permitan reconocer una identidad propia en la composición de sus personajes. 

No se trata de que estos actores interpretaran siempre el mismo personaje que iba mudándose de una película a la otra, sino de la forma en que el peso de su presencia hacía confluir sobre ellos todas las fuerzas dramáticas de la puesta en escena. Con gracia, inteligencia crítica y mostrando un conocimiento absoluto, Moullet desmenuza los trabajos de Grant, Stewart, Wayne y Cooper para darle forma a este itinerario. Así, Política de los actores ofrece una travesía que se volverá grata para el cinéfilo deseoso de encontrarle nuevas aristas a aquellas películas que ya ha visto mil veces, pero que con gusto volvería a ver mil veces más.  

Serie Gong Editorial 

Recuperando el nombre, el logo y el espíritu de un recordado sello discográfico español fundado a mediados de los ‘70 por el productor musical y cineasta madrileño Gonzalo García-Pelayo, la editorial Serie Gong se presenta en sociedad con un modus operandi atípico para una editorial independiente, apostando por diversas colecciones de ensayo y narrativa, por la producción de audiolibros (narrados por voces ilustres) y por proyectos literarios de alto vuelo, entre los que conviven nuevos autores con rescates y traducciones. Con dirección editorial a cargo del crítico de cine Álvaro Arroba y distribución nacional de Blatt & Ríos, Serie Gong presenta sus colecciones, sus primeros autores y sus descubrimientos, en lo que busca ser una aventura editorial novedosa y original.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 24 de octubre de 2021

MÚSICA - Variaciones sobre Beethoven, un homenaje argentino al inmortal músico alemán

Como parte de las actividades del año Beethoven, en el que se conmemora el 250° aniversario del nacimiento de quien es uno de los grandes genios de la música universal, el Goethe –Institut de Buenos Aires organiza dos conciertos que abordan su obra de manera infrecuente. Se trata de Beethoven (in)conexo y de El secreto del cabello de Beethoven, en el que diferentes artistas tomarán algunos trabajos del músico alemán, pero siempre de manera personal, bien lejos de los abordajes clásicos. Quienes busquen encontrar una reproducción fiel de las creaciones del extraordinario pianista nacido en la ciudad de Bonn, interpretadas por una tradicional formación orquestal, deben ser advertidos: no la encontrarán en estos dos conciertos. Por el contrario, la premisa que define a ambas propuestas no es tanto la reproducción fiel de algunas de sus piezas más conocidas, sino una manifiesta voluntad de experimentar con ellas. Ejercicios que se permitirán el juego de alterar las formas en busca de mantener vivo el siempre apasionado y vehemente espíritu beethoveniano. 

Una aclaración. Aunque el aniversario del nacimiento de Beethoven se cumplió hace casi un año, el 16 de diciembre de 2020, en aquel momento la pandemia obturó la posibilidad de realizar celebraciones y homenajes. Por esa razón el Goethe-Institut debió esperar hasta ahora, cuando las condiciones sanitarias permiten retomar las actividades culturales casi con normalidad (pero cumpliendo con los protocolos establecidos), para ofrecer estos dos conciertos que se realizarán los próximos miércoles, jueves y viernes en el Centro Cultural Kirchner (CCK).

El objetivo tanto de Beethoven (in)conexo como de El secreto del cabello de Beethoven es ofrecer distintas perspectivas de la obra del genio alemán, poniendo el acento en las miradas surgidas por fuera del entorno cultural europeo. Ese es el particular punto de partida del primero de ellos, en donde un grupo de artistas y compositores argentinos procedentes de los universos estéticos más diversos –del rock y la electrónica a la música contemporánea—, trabajaron sus propias versiones de la Sonata n°8 Patética. Con ese concepto y bajo curaduría del pianista y compositor Gustavo De Leonardis, músicos como Daniel Melero, Patricia Martínez, Lucía Drocchi, Santiago Santero y Axel Krygier recibieron el encargo de abordar el icónico primer fragmento del segundo movimiento, el menos impetuoso de la mencionada composición. Cada uno de los trabajos resultantes propone un diálogo abierto entre la obra original y las miradas de estos artistas que se atrevieron a filtrar a Beethoven a través de su propia experiencia como compositores. Estas breves intervenciones serán interpretadas por el Ensamble de Música Contemporánea (EMC) de la Universidad Nacional de las Artes (IUNA).

Por su parte, El secreto del cabello de Beethoven también se presenta como una experiencia de cruce, en la que no solo son las épocas las que se funden sobre la mirada de una misma obra. Aquí el trabajo del creador de la famosa Oda a la Alegría es atravesada también por el cine, a partir del registro realizado por el director y compositor argentino Mauricio Kagel en su película documental de 1969 Ludwig van. Pero además, las diversas piezas del alemán comparten el espacio escénico con otras, provenientes del repertorio contemporáneo. Así, los trabajos de Beethoven conviven en armonía con los de Louis Adriessen, Erik Satie, Johnn Cage y hasta The Beatles, entre otros, siempre interpretados por el Ensamble Tropi, una agrupación estable dedicada a la divulgación de la música de cámara de los siglos XX y XXI. Definido como un concierto escénico con dramaturgia, realización y dirección musical de Haydée Schvartz, sobre una idea imaginada junto a Sebastián Tellado, El secreto del cabello de Beethoven propone una experiencia multidisciplinaria que a partir del corpus beethoveniano genera un nuevo objeto de arte.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 2 de octubre de 2021

CINE - Kurosawa, lado B, ciclo en la Sala Lugones: El lado oscuro de Akira

La reabierta Sala Leopoldo Lugones, tradicional espacio de cine del Complejo Teatral San Martín, presenta a partir de hoy y hasta el próximo 23 de Octubre el ciclo Kurosawa, lado B, con el que se homenajea al cineasta Akira Kurosawa (1910-1998) con un recorrido que incluye una selección de nueve de sus trabajos. La lista le propone al espectador abordar la obra de quien tal vez sea el más destacado autor de la historia del cine japonés, pero tomando distancia de sus películas más famosas, como El ángel ebrio (1948), Vivir (1952), Yojimbo (1961), Los siete samuráis (1954) o Sueños (1990), entre otras. Por el contrario, su grilla se interna en la filmografía de Kurosawa avanzando por los caminos menos transitados, pero que no por eso poseen un menor valor o una belleza menos notable. El programa incluye los siguientes títulos: No añoro mi juventud (1946); Un domingo maravilloso (1947); El duelo silencioso (1949); Escándalo (1950); El idiota (1951); Crónica de un ser vivo (1955); Los bajos fondos (1957); Barbarroja (1965) y Dodes’ka-Den (1970). Todas las películas del ciclo se proyectarán con copias de 35mm y la grilla de horarios puede consultarse en la web del teatro: https://complejoteatral.gob.ar/cine.

Como los significados que se le pueden dar a la expresión “Lado B” son muchos, se impone una aclaración. Surgido a finales del siglo XIX a partir de la creación del disco, el soporte más popular utilizado para grabar y reproducir registros sonoros, el concepto de Lado A y Lado B fue utilizado en su origen (y aún conservan esa función) para indicarle al oyente el orden en debía escucharse la obra impresa en esas placas de formato circular y naturaleza reversible. Pasada la mitad del siglo siguiente, con el auge de la música pop, los artistas acumulaban sus trabajos más pegadizos en el lado principal de sus discos, dejando para el reverso lo más experimental y extraño, o lo menos memorable. En esa misma época se popularizaron los simples, disquitos en los que solo cabía una canción por lado. El formato se usaba para promocionar el corte de difusión de un álbum, que ocupaba la cara A, acompañándolos con alguna canción sorpresa en la otra. Fue así como los lados B se convirtieron en sinónimo de rareza, de material poco conocido e incluso de joya oculta. Es esta última acepción la que mejor le cabe a este lado B de Kurosawa, en tanto los títulos elegidos tienen, de un modo u otro, el valor del tesoro escondido. Y el ciclo de la Lugones no sería otra cosa que un oportuno mapa para encontrarlo.

No añoro mi juventud y Un domingo maravilloso forman parte de la primera etapa de la carrera de Kurosawa como director de cine. Resulta imposible no verlas como una expresión típica de la posguerra, período que fue especialmente duro para Japón, víctima de las dos únicas bombas atómicas arrojadas sobre población civil en la historia de la humanidad. La primera película es un relato anti bélico ambientado en la década del ’30, en el que un profesor universitario pierde su trabajo por manifestarse contrario al exacerbado militarismo que poseyó al país en esa época, que desembocó en la participación japonesa en la Segunda Guerra Mundial. La película se estrenó apenas un año después de la rendición del imperio. La otra, en cambio, es un drama romántico que se permite incluir al humor en la ecuación. Ahí una joven pareja de enamorados decide disfrutar de un domingo, a pesar de que los rodea la miseria y la destrucción. Si No añoro mi juventud es un alegato grave y gráficamente político, Un domingo maravilloso puede verse como su reverso: una película que sabe mirar el futuro con optimismo a través de la oscuridad que ensombrece el presente.

La intensa relación artística que Kurosawa construyó con el actor Toshiro Mifune también está bien representada en el ciclo. En los 17 años que van de 1948 a 1965, Kurosawa rodó 17 películas y casi todas ellas cuentan con la labor protagónica de Mifune. El emblemático actor participó en 16 de los títulos que integran esa lista, que comienza con El ángel ebrio y se extiende hasta Barbarroja, y solo estuvo ausente en el elenco de Vivir. Es decir que la mitad más una de las 31 películas que componen la obra del director lo tienen a él entre sus intérpretes. Además, la presencia de Mifune ocupa el tramo central de la de obra Kurosawa, quien filmó siete películas antes de que esa sociedad que los unió diera comienzo. Y otros siete títulos una vez que el vínculo llegó a su fin. Seis de esos 16 trabajos que compartieron forman parte de Kurosawa, lado B: El duelo silencioso; Escándalo; El idiota; Crónica de un ser vivo; Los bajos fondos y Barbarroja.

El duelo silencioso retrata a un joven médico que contrae sífilis durante una operación en un hospital de campaña, un hecho que no solo afecta su vida privada y sus proyectos familiares, sino que también cambia su perspectiva del mundo. En Escándalo, por su parte, Kurosawa parece apartarse de la perspectiva general con que hasta ahora había observado la realidad de su país, para concentrarse en la corrupción. Lo hace a partir de la historia de una cantante que es fotografiada en la playa junto a un pintor y a partir de eso los medios sensacionalistas construyen una imagen apócrifa de la realidad. Las similitudes con el actual concepto de las fake news no parece ser pura coincidencia. La guerra es un evento recurrente en la filmografía de Kurosawa, en especial todo lo vinculado a los bombardeos atómicos lanzados sobre su país. Y así lo prueba Crónica de un ser vivo. Estrenada 10 años después de aquellas funestas jornadas de agosto de 1945, esta película cuenta la historia de un hombre que vive aterrorizado por lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki, temiendo que aquello vuelva a repetirse. 

Los guiones de un tercio de las 31 películas dirigidas por Kurosawa, nueve para ser precisos, son adaptaciones de distintas obras literarias. Además de los cinco libretos inspirados en obras escritas por autores japoneses y de Ran, basada libremente en Rey Lear de William Shakespeare, el cineasta japonés estableció un rico diálogo con la literatura rusa, adaptando trabajos de tres autores nacidos en el gigante eurasiático. Se trata de Dersu Uzala (1975), basada en el libro homónimo del naturalista Vladimir Arséniev; de Los bajos fondos, que adapta la pieza teatral del mismo nombre escrita por Máximo Gorki; y de El idiota, una de las novelas más populares de Fiódor Dostoyevski. 

Con Barbarroja Kurosawa retrocede hasta el siglo XIX para contar la historia de un joven médico dispuesto a llevarse el mundo por delante, que regresa a su pueblo para trabajar en un hospital muy humilde, dirigido por otro médico al que llaman como el título de la película. Su estreno marcaría el final del período Mifune en la obra de Kurosawa. Los motivos para la ruptura de la prolífica relación nunca estuvieron claros. En su libro Las vidas y películas de Akira Kurosawa y Toshiro Mifune, inédito en la Argentina, el crítico de cine estadounidense Stuart Galbraith conjetura que para Mifune los beneficios artísticos de trabajar con Kurosawa “fueron superados” por las necesidades de sostener la vida onerosa que llevaba por entonces. Y que Kurosawa, por su parte, “se sintió traicionado” por algunas de las decisiones artísticas de su actor fetiche, que había empezado a aparecer en películas a las que consideraba inferiores.

Más allá del excesivo rigor para juzgar las decisiones ajenas, es cierto que las 185 películas y series en las que actuó Mifune parecen demasiadas y es evidente que algunos de esos trabajos (la gran mayoría) no están a la altura de la obra de Kurosawa. Tan cierto como que el director tenía fama de ser muy celoso de “sus actores”, en especial con Mifune. Tan roto quedó el vínculo tras Barbarroja, que cuando 20 años después alguien sugirió su nombre para interpretar al protagonista de Ran (1985), Kurosawa respondió que no trabajaría con nadie que hubiera aparecido en Shogún (1980), una popular miniserie coproducida por Japón y Estados Unidos, protagonizada por Richard Chamberlain. Y, claro, por Toshiro Mifune. Como si se tratara de vidas paralelas, el actor murió a fines de diciembre de 1997, menos de nueve meses antes de quien fuera su gran pareja artística, que falleció durante los primeros días de septiembre del año siguiente.

El ciclo Kurosawa, Lado B cierra con Dodes’ka-Den, la primera de esas siete películas que Kurosawa realizó ya sin su actor favorito, que es además la primera que el director filmó en colores. Como en Los bajos fondos, acá el cineasta japonés vuelve a filmar a un grupo de descastados, que esta vez viven amontonados en torno a un basural. A diferencia de Los bajos fondos, ambientada en el período medieval, Dodes’ka-Den transcurre en un presente contemporáneo al de su estreno. Pero la película no fue bien recibida por el público, convirtiéndose en el primer fracaso comercial del director. Dodes’ka-Den le cerró a Kurosawa las puertas de la industria cinematográfica en su país, una situación inédita que primero lo arrastro a la depresión y luego a un intento de suicidio. La salvación le llegaría desde la Unión Soviética, donde filmó su siguiente trabajo, la ya mencionada Dersu Uzala, que no forma parte de este lado B de Akira Kurosawa, cuyo recorrido puede disfrutarse en la Sala Lugones a partir de este sábado. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 23 de septiembre de 2021

CINE - "Los años más bellos de una vida", de Claude Lelouch: Lo mejor es el recuerdo

El estreno de Los años más bellos de una vida , la 49° película de la filmografía de Claude Lelouch (que no es la última), demanda volver hasta los años ’60, sobre la que tal vez sea su obra magna. Se trata de Un hombre y una mujer (1966), una de esos títulos míticos que abundan en el cine francés de esa época. Los motivos sobran. La inolvidable historia de amor entre dos jóvenes viudos, él corredor de carreras y ella guionista, que Lelouch registró con la potencia realista y emotiva que caracterizaba a la nouvelle vague. La química de su extraordinaria pareja protagónica, integrada por Jean-Louis Trintignant y Anouk Aimeé. Las cuatro nominaciones a los Oscar: ganó en las categorías de Película Extranjera y Guión Original, mientras que Lelouch y Aimeé se quedaron con las ganas en las de Director y Actriz Protagónica. Y, claro, la melodía compuesta por Francis Lai, una de las más reconocibles de la historia del cine.

Tan potente resultó la fórmula, que 20 años después Lelouch volvió sobre ella en Un hombre y una mujer: Segunda parte (1986), donde la guionista convertida en productora vuelve a buscar al piloto para filmar una película basada en aquel romance trunco. En 2019, el francés reincidió por tercera vez, para contar el ocaso de los protagonistas, a quienes el paso del tiempo les ha sumado dramas, pero que no ha conseguido borrar la marca que en ellos dejó ese vínculo. De eso se trata Los años más bellos de una vida , en la que el hombre ahora está internado en un geriátrico, padece un incipiente Alzheimer y solo recuerda con claridad a aquella mujer. Sin embargo, la película peca de nostálgica, exhibiendo una candidez que no le hace honor al original. La necesidad de recurrir de manera excesiva a intercalar material de la película de 1966 revela el escaso peso dramático de la nueva historia, que se limita a reproducir lo que otros dramas sobre la tercera edad ya han puesto en escena con insistencia. Como le ocurre a sus personajes, es justamente ese material intercalado el que confirma que los años más bellos de esta saga también son los que ya pasaron.

La inesperada trilogía de Lelouch busca articular en el tiempo el devenir de una historia de amor de la misma forma en que Richard Linklater lo hizo en la saga que comienza en 1995 con Antes del amanecer. Pero lo hace de forma menos orgánica, como si se tratara de capas que se acumulan una sobre otras antes que como eslabones lógicos de una cadena. A diferencia de la de Linklater, cuyos capítulos están separados por períodos de nueve años (que volverán a cumplirse en 2022, ya que la última, Antes de la medianoche, es de 2013, aunque no hay anuncios de una cuarta parte), la prolongación de los tres títulos de Lelouch se presenta más bien azarosa, a pesar de que las referencias internas entre ellas son claras. Como si el regreso sobre ese universo fuera más una necesidad (o un capricho) de su creador, que la consecuencia lógica de una continuidad narrativa. Incluso, tensando un poco la cosa, hasta se podría calificar a Los años más bellos de una vida como una película de explotación. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 30 de mayo de 2021

LIBROS - Asterix vuelve a la Argentina en versión completa y con un nuevo libro

Apenas 50 años antes de Cristo, Roma ya dominaba el mundo. El imperio estaba en su momento de mayor expansión gracias a Julio César, quien gozaba de gran popularidad gracias a la campaña que le permitió anexar las Galias al mapa romano. Pero cuentan los que saben que no todo fue conquista para sus ejércitos en tierra trasalpina. No. Hubo una aldea poblada por irreductibles galos que resistió férreamente al invasor gracias a un arma secreta (o no tanto) que los hacía invencibles. ¿A alguien le suena todo esto? Claro, y es que esta nota tiene menos que ver con la historia que con la historieta. Estamos hablando de Asterix, el pequeño gran personaje creado por el francés René Goscinny con la colaboración del dibujante Albert Uderzo. Es que junto Obelix, su obeso amigo, Asterix se encargaba una y otra vez de arruinarle al César sus planes de conquista, manteniendo a salvo a la única aldea gala libre del yugo romano.

Ahora los fanáticos de Asterix pueden volver a disfrutar de las andanzas del héroe, capaz de acabar con legiones enteras gracias a su ingenio y a la ayuda de una poción mágica que le daba una fuerza inagotable. El sello Libros del Zorzal acaba de relanzar la colección completa, de la que ya pueden conseguirse los primeros nueve tomos y el resto se irá completando a lo largo del año. Pero si eso solo ya representa un verdadero lujo, además la editorial presentó por primera vez en Argentina una nueva aventura del pequeño galo, La hija de Vercingetorix, escrita e ilustrada por la dupla que integran Jean-Yves Ferri y Didier Conrad. Editado en Francia en 2019, el libro lleva vendidos más de 5 millones de ejemplares en todo el mundo. Respetando el espíritu del original, el nuevo episodio cuenta la historia de Adrenalina, hija del general Vercingetorix, rival de Julio César en la vida real, quien es llevada en secreto a la aldea y a quien Asterix y Obelix deben proteger. El libro combina el humor inocente pero pícaro que caracteriza al trabajo de Goscinny, con oportunas referencias que le aportan al lector un panorama de la historia de la cual se alimenta la ficción.

“Lo más difícil de lograr para darle continuidad a la obra de Goscinny y Uderzo es, en mi opinión, el diálogo permanente y no invasivo entre el dibujo y el guion, de tal manera que fluyan juntos, sin competir. Esto en La hija de Vercingetorix está muy logrado: Ferri y Conrad son un tándem de lujo.” La afirmación pertenece a Leopoldo Kulesz, editor de Libros del Zorzal y alma mater del regreso triunfal de Asterix y su banda a la Argentina. Para él, la principal innovación del libro tiene que ver con el tema. “Adrenalina es una adolescente feminista y ecologista que fue criada por dos padres adoptivos varones. Me parece improbable que en los '60 y '70 pudiera haber habido un protagonista con estas características”, señala Kulesz. El editor considera que Ferri y Conrad logran introducir esos elementos “sin caer en lugares comunes ni en estereotipos prefabricados”.

Kulesz fue además el encargado de traducir no solo La hija de Vercingetorix, sino los 37 volúmenes originales. En relación al arduo trabajo de adaptar los textos de un idioma a otro, Kulesz reconoce que se permitió “algunos guiños del cono sur, territorio en el que se distribuye la colección”, pero que no se trata de una traducción que abuse del color local, porque cree que sería ridículo que “Asterix, un europeo del 50 AC, hablara como un rioplatense”. Apenas admite unas pocas intervenciones en los nombres de algunos personajes, aunque en una proporción minoritaria: solo 25 personajes en un universo con casi 450. Entre esos aportes señala los nombres de los romanos Pipicucus, Capitanpilus y Madeinlanus; los galos Elquetejedix, Siamofuorix y Panambix, o el bretón Vamoarribax. Distinto es el caso del grupo de adolescentes encabezado por Adrenalina. “En el original ellos hablan con los modismos de los adolescentes de hoy en Francia y entonces tuvimos que usar también modismos, como por ejemplo ‘¡Alto bardo!’, con su correspondiente doble sentido”, comenta el editor (y traductor). “Esta traducción busca una sola cosa: ser fiel al original globito por globito”, afirma.

En la tarea de traducir, Kulesz reconoce que lo más complicado fue el humor, en especial aquel que surge de los juegos de palabras, muy comunes en el universo de Asterix, tarea que presenta varias dificultades. “La primera es que en el 99% de los casos la traducción literal no sirve. La segunda, preservar el doble sentido. Y la tercera, la más despiadada, es que sea compatible con el dibujo, ya que en no pocas ocasiones el juego de palabras hace referencia a la situación dibujada”, enfatiza. “Pero todas estas dificultades pueden hacer aparecer el trabajo de traducción de Asterix como un padecimiento. Todo lo contrario: fue un disfrute que compartimos 14 personas durante más de un año intenso”, dice Kulesz. Y enseguida recuerda que la traducción fue auditada por Hachette, el sello francés dueño de los derechos del personaje. “El veredicto del auditor fue que este trabajo no parece una traducción, sino un original. Difícil imaginar mayor orgullo”, concluye.

Al ser consultado sobre la posibilidad de que los personajes de Adrenalina y sus amigos adolescentes pudieran ser una herramienta para generar empatía en los lectores del siglo XXI, Kulesz acepta que “puede ser”, pero enseguida toma distancia de ese tipo de análisis. “Lo que ocurre es que siempre busqué preservarme del lugar de crítico literario. Me gusta mantenerme lo más cerca posible de mi situación de lector que descubre los textos, sin especular acerca de las intenciones de los autores ni de sus editores originales”, explica. “En el caso del guion, diría que la prioridad de Goscinny y ahora de Ferri es divertir”, reflexiona el editor y recurre a su memoria emotiva para explicar la experiencia de lectura que propone la historieta. “Recuerdo que de chico, leyendo Asterix me encontraba con palabras que no conocía (nauseabundo, frugal) y con situaciones que, intuía, hacían remitían a alguna referencia que yo no conocía. Pero también recuerdo a esos momentos no como molestia sino todo lo contrario, como la promesa de entender algo interesante o divertido más adelante”, rememora. “Entonces, el único lazo de empatía con nuevos o viejos lectores es el respeto y la confianza natural que nos debemos unos a otros. Asterix es ante todo esto: el respeto del que espera entretenerse y divertirse leyendo, no importa la edad ni la época. Y paro porque ya me volví crítico literario”, redondea Kulesz recurriendo también al humor.

Además de Asterix, Libros del Zorzal también edita en Argentina las aventuras de otros personajes populares de la historieta franco-belga, todos ellos vinculados al trabajo de Goscinny, como Lucky Luke o Iznogud. Lo cual coloca a al sello y a su editor como los encargados de mantener vivo su legado no solo en Argentina, sino también en Uruguay y Chile. “Los que leímos Asterix de chicos sabemos lo que representa ese disfrute. Muchos aprendimos a leer libros con él y esto implica mucha responsabilidad”, admite Kulesz. “Esperamos que lo mismo les ocurra a los chicos de hoy y de las generaciones que vienen: nuestro trabajo es para ellos. Es lo que deja Libros del Zorzal”, se enorgullece el editor. Aunque enseguida confiesa, como si fuera necesario justificar su aporte, que también se trata de un trabajo hecho por puro placer. “Lo hice principalmente porque tenía ganas, porque me gusta”, reconoce. Los lectores de Asterix, agradecidos.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 7 de marzo de 2021

LIBROS - "Un hombre sin patria", de Kurt Vonnegut: Testamento político de un viejito brillante

De un tiempo a esta parte, digamos que a partir de su muerte, ocurrida en 2007, la obra del escritor estadounidense Kurt Vonnegut ha sido objeto en nuestro país de un amplio y llamativo… ¿qué? Podría usarse acá la palabra “redescubrimiento”. Sin embargo, para que la misma fuera adecuada, la obra de Vonnegut debería haber sido primero descubierta y da la impresión de que su nombre nunca pasó de ser algo así como una contraseña secreta, un salvoconducto que se traficaba entre unos pocos iniciados. Sacando su obra magna, Matadero 5, considerada una novela clave de la literatura norteamericana del siglo XX, el resto de sus libros eran prácticamente desconocidos por estas tierras del sur. Hasta que algo (¿de verdad habrá sido la muerte?) le hizo recordar a unos pocos editores memoriosos que existía un escritor de nombre raro, cuyas novelas merecían más lectores. Una de esas casas editoriales que se impuso la tarea de salir a predicar la palabra de Vonnegut es Compañía Naviera Ilimitada, que durante los últimos días de 2020 incluyó entre las novedades editoriales del año de la pandemia una exquisita edición de Un hombre sin patria, el último libro publicado por el autor apenas dos años antes de dejar el mundo.

Un hombre sin patria puede ser leído como un heterogéneo volumen de memorias, en el que Vonnegut va saltando de tema en tema con versatilidad asombrosa. Tanto puede escribir acerca del humor y su capacidad para hacernos sentir vivos, como de los beneficios y desventajas de los autos suecos Saab que él mismo, dice, se dedicó a vender durante un tiempo; o exponer unas ingeniosas lecciones de escritura creativa, cuya primera norma desaconseja el uso del punto y coma (Shame on me!), para algunas páginas después realizar una divertida enumeración de diferencias entre mujeres y hombres, que acaba convertida en una aguda ironía sobre los poderosos clanes familiares y el nepotismo.

Pero Un hombre sin patria es también un testamento político en el que Vonnegut regresa una y otra vez a una pequeña lista de temas, que parecen haberse convertido en una obsesión durante el final de su vida. Entre ellos se destacan las preocupaciones ecológicas (“Los seres humanos, los de antes y los de ahora, nos hemos fumado el planeta entero”, escribe) y el papel que juegan en la degradación del medio ambiente los intereses económicos de los Estados Unidos. Aunque de algún modo la visión del Vonnegut crepuscular calce con precisión en el molde del “todo tiempo pasado fue mejor”, un lugar común para un viejito de 85, sus observaciones sobre la forma en que la sociedad estadounidense (a la que describe y critica sin ninguna piedad) se fue dejando ganar por el cinismo y la arrogancia son tan válidas como oportunas.

Pero lo más disfrutable de este libro, que se lee con el mismo placer y velocidad con que un sediento vacía una botella de agua, es su sentido del humor. De hecho, el autor cuenta en el relato inicial que él era el más chico de la familia y que siempre andaba contando chistes, porque era la única forma que tenía para participar en las conversaciones de los mayores. Esa lección, aprendida en la infancia, se encuentra muy presente en estos textos finales, en los que la sinceridad va siempre de la mano de un fino sentido de la ironía, haciendo aún más grata la experiencia de recorrer esas 124 páginas que dejan con ganas de más.  

Kurt Vonnegut en cinco películas 

Como otros escritores englobados en la ciencia ficción, la obra de Kurt Vonnegut no ha sido llevada al cine de forma demasiado exitosa. Apenas un puñado de títulos dan cuenta de esa transmutación de las palabras impresas a las imágenes proyectadas, todos muy difíciles de ver sin incurrir en prácticas digitales non sanctas. De todas formas, acá van cinco adaptaciones sus libros.  

Matadero 5 (George Roy Hill, 1972). Basada en su experiencia como prisionero de guerra durante el infame ataque británico a Dresde, Vonnegut cuenta la historia de un joven soldado que en esas circunstancias se ve envuelto en un alucinado viaje hacia el pasado y el futuro.  

Salven al planeta (Steven Paul, 1982). Esta poco feliz adaptación en tono de comedia de la novela Payasadas o ¡Nunca más solos! narra la historia de una pareja que da a luz mellizos alienígenas. El reparto incluye a dos grandes comediantes: Jerry Lewis y Marty Feldman.  

Madre noche (Keith Gordon, 1996). En la novela homónima (editada acá por el sello La Bestia Equilátera), Vonnegut vuelve sobre la Segunda Guerra para abordar un relato de espías que en la gran pantalla protagonizó Nick Nolte.  

Desayuno para campeones (Alan Rudolph, 1999). Otra comedia basada en otra novela homónima, también publicada por La Bestia Equilátera y con Nick Nolte otra vez en el reparto. Una puesta en abismo de ciertas neurosis reconocibles en la sociedad blanca norteamericana. Con Bruce Willis y Albert Finney.  

Un hombre sin patria (J. J. Harting, 2018). Documental que retoma los escritos autobiográficos reunidos en el libro publicado por Compañía Naviera que retrata a Vonnegut a través del testimonio de familiares y amigos.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 4 de febrero de 2021

CINE - "La excavación" (The Dig), de Simon Stone: Un relato clásico, un tesoro escondido y Ralph Finnes

De vocación clásica y producción austera, La excavación se convirtió en uno de los primeros grandes éxitos de Netflix de 2021 sin necesidad de presunciones ni de un despliegue grandilocuente. La fórmula para lograrlo no es ningún secreto: una historia simple pero bien contada, con una recreación de época eficaz y un buen elenco, que cuenta con la ventaja de tener a dos buenos actores en los roles protagónicos: los británicos Carey Mulligan y, sobre todo, Ralph Fiennes, quienes cargan con la tarea de personificar a Edith Pretty y Basil Brown. Ella es una viuda de la decadente aristocracia inglesa convencida de que en su propiedad, un campo en el condado de Suffolk, al norte de Londres, puede haber enterrado un antiguo tesoro vikingo. Y para sacarse la duda lo contrata a él, un arqueólogo autodidacta que trabaja para el museo del pueblo.

Ambientada justo antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en La excavación no hay superhéroes evitando el enésimo fin del mundo, ni autos deportivos persiguiéndose por las calles de ciudades siempre bien iluminadas, ni un grupo de rebeldes haciéndole frente a un imperio maligno en una galaxia muy, muy lejana. Por el contrario, el mayor mérito del segundo trabajo del director Simon Stone es justamente el de haberse mantenido siempre dentro de la escala humana. Incluso cuando su historia le hubiera permitido ceder a la tentación del exceso. Después de todo su argumento está basado en notables hechos reales: los del descubrimiento del llamado “Tesoro de Sutton Hoo”, que aún sigue siendo el hallazgo arqueológico más importante realizado en territorio británico.

Aunque comparte la época, el oficio e incluso el modelo de sobrero con Indiana Jones, el más célebre de los arqueólogos de la ficción cinematográfica, el carácter de Basil Brown no puede ser más distinto que el de su célebre colega. Lejos del arrebato aventurero y de la impronta canchera del personaje creado por Steven Spielberg, Brown trabaja apenas por un par de libras al día y no cuenta con el respeto de sus pares, quienes lo menosprecian debido a su falta de formación académica. Pero si hay algo que lo identifica con Indiana es esa apasionada naturaleza romántica que lo empuja a persistir en una causa, aun cuando esta parezca imposible, ridícula e incluso perdida.

Narrada con una calidez que contrasta con el clima húmedo y neblinoso de Suffolk, La excavación se apropia de ese espíritu romántico y lo amplía sobre una serie de subtramas. Con ellas teje una red de historias que corren como colectoras de la anécdota central, aportándole nuevos elementos que son útiles para ir variando el tono y darle grosor dramático (aunque a veces se exceda con la intencionalidad de la banda sonora y se engolosine con el preciosismo fotográfico). Pero el núcleo del asunto se alimenta de la relación entre Pretty y Brown, que de a poco comienza a exceder el marco de la búsqueda del tesoro. El guión de Moira Buffini, basado en el libro de John Preston que le dio a la historia real un tono literario, trabaja de forma sutil ese vínculo, para pasear al espectador por las diferentes posibilidades que van surgiendo de él. 

El trabajo de los protagonistas resulta clave para hacer que cada una de las etapas por las que pasan sus personajes resulte verosímil, atrayendo sobre sí todos los elementos dramáticos que orbitan en torno a ellos. Mulligan, que ya no es la jovencita que sorprendió hace 12 años en Una educación (Lone Scherfig, 2009), ofrece una interpretación precisa, sin desbordes, y cautiva con un tono de voz que parece el de una diva del Hollywood dorado. Y Finnes vuelve a demostrar que es uno de los grandes actores de su generación, tan capaz de ser el demonio en persona, como en la saga Harry Potter o La lista de Schindler (también Spielberg, 1997), como de mostrarse vulnerable y tenaz para animar al amable Basil Brown.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 3 de diciembre de 2020

CINE - "Mank", de David Fincher: El hombre que fue Hollywood

Hasta que a mediados de la década del 1990 El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) se consolidó dentro del canon cinéfilo y la comunidad de la crítica cinematográfica se acordó que existía Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), El ciudadano (Citizen Kane, 1941) era elegida de forma unánime como la mejor película de la historia en cuanta encuesta se organizara en cualquier parte del mundo. Pero aunque en ese medio siglo la ópera prima del joven Orson Welles reinó sin competencia, tanto la película como la proclamada genialidad de su director fueron centro de revisiones, polémicas y discusiones. La más conocida tuvo lugar a comienzos de los ’70, impulsada por Pauline Kael, crítica estrella de la prestigiosa revista The New Yorker. En su ensayo Raising Kane (Criando a Kane), Kael intentó probar que el verdadero genio detrás del film no era Welles sino el guionista Herman J. Mankiewicz, cuya figura había quedado opacada por la impronta arrolladora del cineasta. Ambos habían mantenido una disputa pública por el crédito del guión, por el que compartieron el único Oscar que obtuvo El ciudadano por sus nueve nominaciones. A casi 80 años del estreno de la película y 50 después de la edición de Raising Kane, el cineasta David Fincher aborda el turbulento proceso creativo que demandó la escritura de aquel guión en Mank, su último trabajo, en el que adopta el punto de vista del escritor, posicionándose en el lado Kael de esta grieta cinéfila.

Rodada en un blanco y negro que la emparienta con la obra citada, Mank pone en primer plano aquello que la historia oficial ha dejado oculto: la figura de Mankiewickz y el febril trabajo realizado en la escritura de aquel guión. O, en realidad, la mitad del trabajo. Igual que ocurre en el ensayo de Kael, Fincher mantiene fuera de campo la coautoría de Welles, quien casi no aparece en la película. La suya es más bien una presencia agobiante que se limita a presionar al guionista en busca de maximizar el rendimiento. Basado en el guión escrito por su padre Jack, Fincher presenta a Mankiewicz como un hombre de genio pero de vida tumultuosa, a quien su adicción al alcohol y al juego lo han llevado a aceptar el trato desventajoso que le ofrece Welles: escribir el guión pero renunciar al crédito. 

La fotografía monocromática no es el único rasgo que Mank toma de El ciudadano. Como aquella, su relato está construido sobre una estructura que va y viene entre el presente y el pasado, y no son pocas las situaciones análogas que sus protagonistas deben atravesar. Al mismo tiempo Fincher echa mano a una serie de recursos que desde la puesta de cámara y la composición de los cuadros también recuerdan al trabajo de Welles, que en su tiempo fue revolucionario. Aunque visualmente todo eso aún funciona de maravilla en la pantalla, 80 años después el trabajo de Fincher por momentos luce manierista y preciosista, más cerca de la impostación que de una búsqueda propia. La inclusión digital de marcas que simulan los defectos de las películas filmadas de forma análoga confirma, más allá de lo simpático del detalle, el carácter imitativo detrás de Mank. A pesar de eso, en el terreno narrativo la película resulta más genuina. Al punto de que puede pensarse que la historia de la escritura del guión de El ciudadano no es más que un "McGuffin". Una simple distracción que le sirve a Fincher para abordar el verdadero objeto de su película: un retrato descarnado que demuele la imagen ideal del Hollywood dorado de la década de 1930. En ese terreno Mank se vuelve legítimamente noir y ofrece su mejor arma: la mirada ácida y cínica pero siempre lúcida de su protagonista.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 31 de agosto de 2020

CINE - Murió Edgardo Nieva, protagonista de "Gatica, el Mono": Una fábula peronista

Cuando en 1993 se estrenó Gatica, el Mono, séptimo largometraje de Leonardo Favio, nadie sabía quién era Edgardo Nieva. Y es probable que mucha gente siga sin saber quién es (o quién fue) este actor de carrera breve en el cine y la televisión, y algo más de trayectoria en el teatro. Sin embargo, cuando se aclara que se trata del protagonista de aquella película, el encargado de poner el cuerpo para personificar al boxeador José María Gatica, una de las leyendas más grandes del deporte argentino, entonces todo el mundo recuerda quién es Nieva. Fallecido hoy por la mañana en la Fundación Favaloro, donde estaba internado a causa de un cáncer, ese papel cambió su destino y en 1993 se convirtió en “el actor que hizo del Mono”. Tanto es así, que no es aventurado afirmar que no fue él quien le dio vida al malogrado boxeador, sino al revés: fue Gatica el que le dio vida a Edgardo Nieva. 

Se puede decir también que Nieva era un laburante de la actuación. Nunca fue una estrella, ni antes ni después de Gatica, sino un tipo que se cargaba sus papeles al hombro y los llevaba a cuestas hasta donde hiciera falta. Da fe de eso su participación en un puñado de películas de bajo perfil, entre las que se cuentan Tesoro mío (Sergio Bellotti, 2000), Ni vivo ni muerto (Víctor J. Ruíz, 2002), Palermo Hollywood (Eduardo Pinto, 2004) o El expediente Santiso (Brian Maya, 2015), su último trabajo en la pantalla grande. 

Además de Gatica, el Mono, que fue su debut absoluto en el cine, dentro de su filmografía se destaca su trabajo en La dama regresa, donde compartió protagonismo con la gran diva del cine argentino, Isabel Sarli. Estrenada en 1996 y dirigida por Jorge Polaco, un cineasta difícil de clasificar o definir como no sea a partir de sus excesos estéticos, La dama regresa será recordada como el regreso de la inolvidable Coca a la pantalla tras 12 años de ausencia. Y nada más. 

Otra película que vale la pena destacar dentro del trabajo de Nieva es Palabra por palabra (2008), dirigida por Edgardo Cabeza. Ambientada en las Islas Malvinas durante la guerra de 1982, ahí el actor vuelve a compartir elenco junto a su joven colega Erasmo Olivera, quien 15 años antes había tenido la responsabilidad de interpretar al Gatica de la infancia en el film de Favio. En Palabra por palabra ambos vuelven a estar conectados de forma estrecha por sus personajes: Olivera interpreta a un soldadito en Malvinas, mientras que Nieva hace de su padre. 

Pero es inevitable no contar la historia de Nieva sin recaer en Gatica, el Mono, aquella película de la que no fue solo protagonista, sino también su artífice. El propio actor relató muchas veces que fue suya la idea de filmar la vida trágica del boxeador y que también fue él quien le acercó el proyecto a Favio. La leyenda comienza a finales de los años ’80, cuando Nieva contactó a Zuhair Jury, hermano mayor de Favio y guionista de todas sus películas. Tenía la idea de filmar la vida de José María Gatica, leyenda del deporte argentino cuya figura se encuentra ligada con fuerza al imaginario peronista, y necesitaba que alguien escribiera el guión. 

Nieva contrató a Jury y cuando el libreto estuvo listo en 1989, también le ofreció dirigir la película. El hermano de Favio rechazó la propuesta, pero al mismo tiempo le hizo una sugerencia que le cambiaría la vida. “¿Por qué no se la ofrecés a Leonardo?", cuenta el actor que le dijo el guionista, aunque no creyó que aquella fuera una buena idea. Es que por entonces el gran cineasta argentino no solo vivía en Colombia desde hacía mucho, sino que había filmado su última película casi 15 años atrás. Se trataba de Soñar, soñar (1976) y estaba protagonizada por otro gran boxeador e ídolo popular de final trágico: Carlos Monzón. A la distancia es imposible no ver en todo eso algo parecido al destino.

Nieva nunca olvidó el momento en que le ofreció a Favio dirigir la película de Gatica. Así lo recordó en una columna publicada por el diario Los Andes de Mendoza, cuando el cineasta falleció en 2012. “Me acuerdo bien de ese llamado telefónico, de cómo le conté la idea. Me dijo que le interesaba y me preguntó de quién era el guión. ‘No, ¿de Zuhair? -me dijo-. Uy, el Negrito te estafó’, me contestó en broma”. Luego se conocieron y Favio aceptó hacerse cargo del guión, pero fue sincero con el actor: no lo veía interpretando el papel de Gatica. En su lugar le ofreció como consuelo el rol de El Rusito, el amigo de la infancia del boxeador. La revelación fue para Nieva como –nunca mejor dicho— una trompada en la cara pero, igual que su idolatrado boxeador, siguió peleando hasta el final.

“Yo ya tenía lágrimas en los ojos. Le dije que renunciaba a hacer de Gatica porque no quería ser una traba para que el director más grande de la Argentina volviera a filmar”, recordó Nieva esa y tantas veces. “Pero también le contesté otra cosa por respeto a mí: Leonardo, vas a encontrar caras más parecidas y mejores actores que yo, pero difícilmente a alguien que entienda mejor el motor que sacó a Gatica de la pobreza, porque yo también vengo de ahí", dice que le dijo. Y Favio, conmovido, no tardó en entregarle el protagónico de la película. Un poco porque era sensible a ese tipo de manifestaciones apasionadas, pero sobre todo porque igual que Gatica y Nieva, él también “venía de ahí”: del hambre, de una infancia de privaciones, del desprecio de clase, de hacerse a los golpes. De caer, sí, pero también de levantarse siempre. Y, claro, del peronismo, una pasión que compartían los tres. 

La historia posterior es más conocida, pero no por eso menos digna de convertirse en leyenda. Para darle el papel Favio le pidió a Nieva una locura: que se operara la cara para parecerse más a Gatica. ¡Y él aceptó! Por supuesto, cómo no iba a aceptar, si no había nada que deseara más que subirse a un ring para convertirse en El Mono, como le decían los gorilas a Gatica, y desde arriba, asomado entre las cuerdas, darle la mano al propio Perón (interpretado en la película por Armando Capo), para decirle él también aquello de “General, dos potencias se saludan”. Esa pasión era la que mejor definía a Edgardo Nieva, “el actor que hizo del Mono”. 

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

domingo, 30 de agosto de 2020

LIBROS Y CINE - "Giallo. Crimen, sexualidad y estilo en el cine de género italiano": La sangre amarilla

La industria del cine apareció en la Italia de posguerra como una explosión. El trauma bélico, que incluyó la caída del fascismo y el ocaso de su estética imperial, dejó a la nación frente a la necesidad de reconstruirse no solo en términos políticos, sociales y económicos, sino de cara a su propia identidad cultural. Los retratos amargos del neorrealismo pronto colocaron a Italia en el mapa del cine y a partir de ahí la industria creció rápido. Ya en los años ’60, apenas tres lustros después de la guerra, el cine italiano no solo tenía lugar para autores como Rossellini, De Sica, Visconti y posteriormente Fellini o Antonioni, entre otros, sino que con el cine estadounidense como espejo había comenzado a producir réplicas que explotaban el molde de los géneros cinematográficos. Así surgieron el spaghetti western, los péplum –que imitaban películas épicas como Ben-Hur (William Wyler, 1959) o Espartaco (Stanley Kubrick, 1960)—, historias de intriga internacional estilo James Bond o films de terror. En medio de ese clima apareció el giallo, un tipo de policial a la italiana que hereda su nombre de una colección muy popular de novelas que se identificaban por sus tapas de rabioso color amarillo (que en italiano se dice giallo). 

Definir al giallo como género no es fácil, porque en muchos casos sus historias exceden lo meramente policial, para incorporar elementos del erotismo, el terror, lo sobrenatural o el gore, generando un universo muy ecléctico de películas. De hacer foco sobre eso se encarga el libro Giallo. Crimen, sexualidad y estilo en el cine de género italiano, publicado por la editorial Rutemberg, en el que a partir de una serie de ensayos un grupo de especialistas y críticos de cine abordan distintos aspectos de un género tan atractivo como impactante. Recopilados por Natalio Pagés, Álvaro Bretal y Carlos Pagés, los textos incluidos en Giallo no solo analizan el trabajo de los nombres más destacados de la corriente, como Mario Bava, Lucio Fulci, Umberto Lenzi, Sergio Martino y, sobre todo, Darío Argento, sino también la forma en que su representación se extiende como una expresión de su propio tiempo.

El libro trabaja sobre la producción del período más fértil del giallo, el que va del año 1963, con el estreno de La muchacha que sabía demasiado de Mario Bava, hasta Rojo profundo (1975), cuarta película de Darío Argento que representa el gran hito comercial del género. “En ese recorte se ve el avance de un cine policial más convencional, en donde la presencia de la sangre o de cierta crueldad están por completo ausentes, hasta la aparición de otros elementos en películas posteriores, que al resultar exitosas comienzan a desarrollarse y terminan teniendo relevancia”, afirma Bretal, uno de los autores y editores de Giallo. “Porque la brutalidad que presentan películas como Rojo profundo o Non si sevizia un paperino (Fulci, 1972) es inimaginable en 1963 o 1965. No tanto por una cuestión de época, sino por el propio desarrollo de un género que se convertiría en una gran influencia para un subgénero como el slasher y sus películas más emblemáticas, como Halloween (John Carpenter,1978) o Martes 13 (Sean Cunningham 1980)”, agrega Bretal.  

-El giallo es producto de diversas influencias que van de las letras a la historieta o del surrealismo al psicoanálisis. ¿Cómo llega a convertirse en una expresión con identidad propia? 

-No sé si hablaría de una identidad, porque todo es mucho más disperso de lo que aparenta. Por ejemplo, en La muchacha que sabía demasiado los elementos más icónicos del género están ausentes. Pero hay otros que sí es posible reconocer, como la relación con cierta literatura policial inglesa o estadounidense, o la impronta de Hitchcock y de cierto policial norteamericano. En las primeras películas del género hay un intento de hacer una relectura de todo eso. Otras cosas que se irán sumando durante el transcurso de la década del ’60. Cuestiones de la época, que podrían no haber influido pero lo hicieron, como la importancia creciente del psicoanálisis, una estética vinculada a la historieta o la presencia de personajes jóvenes que tienden un puente con el consumo de ciertas drogas y la psicodelia. A diferencian de otros géneros a los que se los puede pensar en distintos contextos, el giallo está muy pegado a esos años. 

-¿Cómo se manifiesta en las películas del giallo esa próximidad con la psicodelia? 

-El impacto de la psicodelia como un estilo vinculado a cierto tipo de historietas es una presencia estética muy fuerte dentro del giallo, incluso en términos narrativos. En muchas películas donde eso no tiene tanta presencia en términos visuales, sin embargo aparece a través de las vivencias subjetivas de los protagonistas que empiezan a moldear la estructura de las películas. Esto hace que en algunos trabajos determinadas decisiones narrativas a priori parezcan vagas o arbitrarias, porque se salen de la narrativa policial heredera del siglo XIX, donde la impronta del racionalismo era muy fuerte y en la que los investigadores son agentes externos que llegan para investigar objetivamente una serie de hechos. En cambio, en el giallo los investigadores ni siquiera son profesionales, sino personas que forman parte de la misma trama y que se ven en la situación de tener que investigar. Esa subjetividad le da una personalidad muy fuerte al giallo e impregna muchas películas, desde las de directores como Argento o Lenzi, que son visualmente fascinantes, a otros que no lo son tanto o piensan al género desde otro lugar.

-Otra marca de época es el lugar que ocupa la mujer dentro de los universos narrativos. Ahí podría discutirse si lo que se representa en el giallo es una mujer liberada o, por el contrario, un avatar distinto de la mujer bajo el yugo masculino. 

-Una de las cosas más significativas es que se empieza a romper con esta estructura de roles que había quedado afianzada a partir del policial negro, que si bien había subvertido muchas cuestiones del universo del policial clásico, seguía teniendo dificultades para imaginar a la mujer por fuera de los roles de la vamp o la víctima. En el giallo muchas veces se trata de minas a las que hoy se definiría como empoderadas, que terminan haciéndose cargo de las situaciones y resolviendo la trama, pero que en otros casos simplemente son víctimas. Entiendo que desde una mirada contemporánea pueda haber reparos en la forma en que el género muestra los crímenes contra las mujeres, sin embargo no se trata de una cuestión de géneros. El giallo está lleno de películas en las que las mujeres son victimarias y los tipos son las víctimas, y en esos casos el trabajo visual con el que se registran los asesinatos es el mismo. Si bien hay casos como El descuartizador de Nueva York (Fulci, 1982), que resulta particularmente perversa en relación al cuerpo femenino, no me parece que en el giallo haya un deleite especial en retratar el sufrimiento femenino.  

-Sin embargo me parece que la explotación de lo femenino en el giallo es algo que se expresa de manera muy gráfica incluso en los afiches de las películas, donde la figura de la mujer agredida es central en la mayoría de los casos. 

-Sin duda que en el terreno de los afiches eso es así. Pero también debe haber muchos casos en el que esas imágenes resultan engañosas. De todas formas, es cierto que la figura de la mujer es abordada por lo general a partir de esta cruza de erotismo y crimen. 

-El giallo también retrata la puja entre una sociedad de instituciones avejentadas y una juventud que aspira a conseguir nuevas libertades. 

-Me parece que esa crítica a instituciones avejentadas atraviesa al giallo con fuerza. Es muy clara, por ejemplo, en el caso de la ineptitud policial. Acá el investigador rara vez es el héroe de la película, sino que se trata de tipos incapaces que deben ser reemplazados por ciudadanos de a pie, quienes se ponen a investigar porque no queda otra. También pasa con la institución eclesiástica, que en películas como Non si sevicia un paperino ocupa un rol sumamente problemático.  

-Vista desde la actualidad, con toda la crisis en torno a los abusos y la pedofilia dentro de la iglesia, esa película resulta doblemente estremecedora. 

-Claro, porque los casos más graves comenzaron a hacerse públicos no hace tanto y esa película tiene casi 50 años. Hay otras, como la serie de giallos sexy de Lenzi, dónde la mirada crítica apunta sobre el matrimonio, una institución que en las películas le genera mucho malestar a las personas. Algo que con otras herramientas también hacía Claude Chabrol en Francia. Acá los matrimonios suelen estar atravesados por vínculos monetarios o se trata de relaciones desgastadas, donde los tipos están consumidos por el trabajo y sus esposas les importan muy poco. Y las mujeres aparecen siempre insatisfechas, obligadas a salir a buscar por otro lado, situación que muchas veces termina deviniendo en una trama policial en la que también termina involucrado el marido. Las críticas a las instituciones son una constante en los universos del giallo y ese es un punto interesante y no tan rescatado, porque resulta muy difícil conciliar la idea de un cine popular como instrumento crítico. Como si se tratara de cosas que están muy separadas, cuando en realidad no es así. 

El legado de un clásico

-El pájaro de las plumas de cristal es la ópera prima de Darío Argento y un hito del giallo que acaba de cumplir 50 años. ¿Cuál es el legado que le dejó al cine que vino después?

-El pájaro de las plumas de cristal es parte del filón clásico del giallo, al que pertenecen las primeras cuatro películas de Argento, y dónde se empiezan a instaurar las líneas más claras del género. La relevancia de los primeros planos; los planos detalles de los cuchillos; la relevancia de los crímenes y las persecuciones previas, que ocupan buena parte de la película y demandan una gran planificación de puesta en escena; la idea del criminal de guantes negros. Es muy difícil encontrar en películas anteriores esas características que uno asocia inmediatamente con el giallo y que luego tuvieron un impacto en el cine de terror, en el surgimiento del slasher o en la obra de directores importantes como Brian de Palma. Esta es la película que impulsa todo eso retomando el modelo de Seis mujeres para un asesin,o de Mario Bava, que hasta entonces no había sido tomada como ejemplo para construir otras tramas con esos elementos estéticos puntuales. Es Argento, que en ese momento era un tipo muy joven, el que toma esta decisión a partir de la cual se inicia el período donde se realizan todas las películas que representan esta identidad del giallo. El impacto de estos elementos estéticos en el cine de las décadas siguientes sería impensable sin una película como El pájaro de las plumas de cristal. Es eso lo que vuelve significativa para toda la producción de cine policial y de terror que vino después.

 Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.