
Para ello Panessi se ve obligado a realizar una breve introducción a la historia del crimen en la Argentina del Centenario, en la que el tráfico de mujeres desde Europa para abastecer el negocio de la prostitución (al que por entonces se llamaba Trata de Blancas, justamente por el color de la piel de aquellas mujeres provenientes del este europeo) era uno de los delitos más extendidos y redituables. A partir de ahí el relato comienza a tender los puentes que ligaron al surgimiento del cine pornográfico con esos bajos fondos, que proveían a la incipiente industria de la mano de obra adecuada y barata. También da cuenta del lugar que Buenos Aires ocupaba como factoría ultramarina dentro de aquella ruta de la pornografía. Como buena cantidad de otras mercancías de manufactura local, pero cuyo producto consumian las sociedades europeas, la pornografía se rodaba en Buenos Aires y se distribuía sobre todo entre la decadente burguesía del viejo mundo. Producir acá tenía dos ventajas; la primera de tipo económico (era más barato) y la segunda de orden “estético”: la composición étnica de esta ciudad era similar a la de Europa. No debe olvidarse que, como señala Panessi más adelante para explicar el extraño fenómeno de la pornografía producida en la Argentina a partir de finales de la década de 1980, el porno funciona por identificación.

Para Panessi tratar de dar cuenta de la historia del porno en la Argentina implica necesariamente recorrer los estadíos que fueron ocupando las diversas manifestaciones artísticas que tuvieron al sexo como elemento central. Recuerda así el paso de las troupes de famosos cabarets parisinos, como el Folies Bérgere o El Lido, por los escenarios de la capital en la década de 1950, que parecen haber inspirado el nacimiento del teatro de revistas local. Recoge historias en donde lo mítico se funde con lo improbable, como aquella sobre la película El Ladrón (1949), en la que “un malhechor entra en una casa, se saca los pantalones –pero no los soquetes-, y es descubierto por una mujer, la sirvienta”, y cuya dirección algunas versiones le atribuyen a Luis César Amadori (el mismo de Dios se lo pague) y el rol protagónico al mismísimo Luis Sandrini. De a poco el sexo en la pantalla va dejando de ser un elemento marginal y clandestino para cobrar cada vez mayor relevancia. Panessi da cuenta minuciosa del proceso.
En Porno Argento! no faltan el capítulo dedicado a la filmografía del tándem artístico integrado por Armando Bó e Isabel Sarli, parada fundamental de este recorrido. Tampoco una lista de las películas cuya acción transcurre dentro de un albergue transitorio, un sub género clásico del cine argentino de los ’60 y los ’70. O el recuerdo a la oscura figura de Paulino Tato, el censor. Ni un sobrevuelo por la picaresca, con los trabajos de Jorge Porcel y Alberto Olmedo a la cabeza, para desembocar en el porno propiamente dicho, que comenzó a producirse de manera regular y sistemática ya bien avanzada la primavera democrática. A partir de directores emblemáticos como Víctor Maytland o César Jones y de películas con títulos inolvidables, como Las tortugas mutantes Pinjas (1989), Los Pinjapiedras (1991) o Los Porno SinSon (1991), el porno en la Argentina comenzó a tener por primera vez un rostro y una estética reconocible. Ahí lo absurdo y lo explícito, el ridículo y el hardcore, conviven como en el tango de Discépolo, en el mismo lodo y, más que nunca, todos manoseados. El libro de Hernán Panessi es una excelente hoja de ruta para no perderse nada de esta extraña y divertida travesía.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.
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