Mostrando las entradas con la etiqueta Nobel. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Nobel. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de octubre de 2021

CINE - "Chernóbil, la película", de Danila Kozlovzkiy: Una tragedia sin responsables

Tras el estreno e inmediato éxito de la serie Chernobyl (2019), producida por HBO, que retrata los hechos ocurridos tras la explosión de la central atómica en Ucrania, en 1986, las voces de rechazo comenzaron a hacerse oír… en Rusia. Es que no fueron pocos los nostálgicos del período soviético que creyeron ver en ese relato, realizado desde Occidente, una clara demonización del antiguo régimen, cuya caída se aceleró justamente a partir del golpe que representó la tragedia. Sin embargo, buena parte de las historias recogidas en sus cinco episodios tienen su origen en el libro Voces de Chernóbil, de la periodista y escritora ucraniana Svetlana Alexiévich, ganadora del Nobel de Literatura en 2015 y acérrima opositora del presidente ruso Vladimir Putin. Como respuesta a la visión planteada por la serie surgió la película Chernobyl, que a partir de esta semana podrá verse en los cines de todo el país bajo el título de Chernóbil, la película.

Como la serie, el film dirigido y protagonizado por el actor Danila Kozlovzkiy se concentra en la emergencia posterior a la explosión de la planta. Pero su relato empieza un poco antes para contar la historia de Olga, una joven peluquera que un día reencuentra a Alexei, un ex novio al que no ve desde hace años y que trabaja como bombero en el cuartel más próximo al reactor. Esta subtrama no ocupa un lugar menor dentro de la estructura narrativa. Al contrario, funciona como gancho emotivo a través del cual se buscará pulsar de forma directa la cuerda más sensible del espectador. Al mismo tiempo, las figuras de la pareja representan los dos arquetipos que a la película le interesa exponer y promover. Por un lado el del héroe, Alexei, sin cuya acción la tragedia podría haber sido aún mayor, y por el otro el de la víctima-sobreviviente (Olga), que debe sobrellevar el dolor con estoicismo y asumir la tarea de sostener la memoria.

Técnicamente irreprochable, Chernóbil, la película realiza el mismo recorrido que la serie en relación a la cronología de las tareas realizadas luego de la explosión para evitar un panorama peor. Por supuesto que omite algunos hechos, como el de los 400 mineros que cavaron el túnel bajo el reactor, aunque se entiende que su eliminación tiene que ver más con una decisión práctica en relación al tiempo que con un orden narrativo. Donde la película se despega decididamente de la serie es en la cuestión política detrás del accidente. Ahí donde la serie ahondaba en negligencias y malas praxis derivadas de la crisis económica de la Unión Soviética, la película elige de forma abierta evitar el tema. En un momento determinado, Alexei le pregunta a uno de los ingenieros de la planta “por qué estalló esta cosa”, a lo que el otro responde: “por las personas”. Cuando el héroe quiere saber quiénes son esas personas, el ingeniero clausura la cuestión con otra pregunta: “¿Acaso importa eso ahora?” Un botón de muestra pequeño, pero que exhibe con claridad cuál es la intención política de la película.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 15 de junio de 2020

LIBROS - "Medio siglo con Borges", de Mario Vargas Llosa: Un gigante mirando el cielo

A partir de esta semana está disponible en España la edición en papel del nuevo libro del escritor peruano Mario Vargas Llosa, en cuyas páginas se dedica a reconstruir su relación con Jorge Luis Borges. Publicado bajo el título de Medio siglo con Borges (Alfaguara), se trata de una colección de artículos, conferencias, entrevistas, reseñas y notas que el último autor latinoamericano en recibir el Premio Nobel de Literatura utiliza para dar testimonio no solo de su vínculo con la obra del gran escritor argentino, una de las más importantes de las letras universales del siglo XX, sino también de la relación personal que construyó con él hasta su muerte. Aunque el libro ya se consigue en formato físico en las librerías españolas, la inactividad que la pandemia de covid-19 ha generado en la industria editorial a nivel local impide que por el momento los lectores argentinos puedan acceder al volumen.
El título por un lado hace referencia a la edad que tenía el peruano, nacido en 1936, cuando ocurrió la muerte de su admirado colega porteño, quien falleció en la ciudad de Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986 (ayer se cumplieron 34 años). Pero de algún modo también remiten a una medida que busca simbolizar el tiempo, mucho, que Vargas Llosa le ha dedicado a ser un ferviente lector de Borges. El autor de La ciudad y los perros lo expresa con claridad en la contratapa del libro, al que define como el “testimonio de más de medio siglo de lecturas de un autor que ha sido para mí una fuente inagotable de placer intelectual”.
Medio siglo con Borges tiene el atractivo innegable de reunir en un mismo espacio literario a dos de los autores más importantes de las letras surgidas en América latina. No solo porque se trata de un escritor enorme –Vargas Llosa— hablando, analizando y recorriendo la obra de un colega al que admira como un alumno a un maestro eterno, sino porque le permite al lector ser testigo privilegiado de esos diálogos. En su edición del fin de semana, el diario El País de Madrid, el más importante de España, publicó a modo de adelanto una entrevista que Vargas Llosa le hizo a Borges en Buenos Aires, en el año 1981, incluida en el libro. La misma, que atraviesa casi todos los tópicos habituales de la charla borgeana -desde la facilidad del autor de Ficciones para recordar de memoria versos que leyó en su infancia o juventud; su preferencia del cuento por sobre la novela como género literario; su devoción por autores como Joseph Conrad o Henry James; las historias de su linaje patricio; y, claro, su particular mirada política- funciona como un entremés que anticipa el plato principal.
“Yo soy un viejo anarquista spenceriano y creo que el Estado es un mal, pero por el momento es un mal necesario”, responde Borges cuando el otro le pregunta cuál cree que es el régimen político ideal. Con elegancia, Borges recurre a una utopía para hablar de política en tiempos en los que la Argentina todavía estaba sumida en lo peor de la última dictadura. Pero en su siguiente intervención Vargas Llosa, reconocido propulsor de las ideas liberales, le da un empujoncito: “Pero usted se considera un anarquista, básicamente un hombre que defiende la soberanía individual en contra del Estado”. Con toda intención el peruano trata de acercar dos conceptos que en la teoría no pueden estar más alejados: la idea de “soberanía individual” del anarquismo y el individualismo, base y sostén del liberalismo. El procedimiento resulta exitoso y le permite a Borges desplegar su peor cara. “Sí, sin embargo, no sé si somos dignos. En todo caso, no creo que este país sea digno de la democracia o de la anarquía. Quizás en otros países pueda hacerse, en Japón o en los países escandinavos”, expresa el escritor, cuya ceguera parecía extenderse a las atrocidades que ocurrían afuera, incluso a pocas cuadras de su departamento de Barrio Norte. “Aquí evidentemente las elecciones serían maléficas, nos traerían otro Frondizi u otros..., etcétera”, completa Borges, sacando a relucir su conocida costumbre de jamás nombrar a Perón, jugando con la idea, falazmente cándida, de que aquello que deja de nombrarse tarde o temprano también dejará de existir.
Durante aquel reportaje el entrevistador estaba lejos de ser la eminencia literaria que es en la actualidad y el entrevistado todavía era una fija para recibir el Nobel. No sería sino hasta un año después, cuando el premio finalmente recayó en manos del colombiano Gabriel García Márquez, que quedaría claro que para la Academia sueca el perfil político de un escritor también es importante a la hora de celebrar su obra. Las discusiones en torno al asunto siguen tan vigentes hoy como hace 40 años atrás y el caso de Vargas Llosa no está exento de sus implicancias.
El texto de la contratapa continúa con elocuencia, revelando el tamaño de la admiración que un escritor siente por el otro. “Muchas veces lo he releído [a Borges] y, a diferencia de lo que me ocurre con otros escritores que me marcaron, nunca me decepcionó; al contrario, cada nueva lectura renueva mi entusiasmo y felicidad, revelándome nuevos secretos y sutilezas de ese mundo borgeano tan inusitado en sus temas y tan diáfano y elegante en su expresión. Siempre leí a Borges no solo con la exaltación que despierta un gran escritor; también, con una indefinible nostalgia y la sensación de que algo de aquel deslumbrante universo salido de su imaginación y de su prosa me estará siempre negado, por más que tanto lo admire y goce con él.” Habrá que esperar para poder leer Medio siglo con Borges, pero sin dudas valdrá la pena.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar

martes, 4 de septiembre de 2018

LIBROS Y TV - A 45 años de la muerte de Tolkien Amazon prepara serie basada en sus libros

En su libro J.R.R. Tolkien, Author of the Century, publicado en 2002, el catedrático inglés Thomas Shippey afirma, blandiendo los números de ciertas encuestas, que tomados en su conjunto los libros del autor de El señor de los anillos han sido los más leídos a lo largo del siglo XX en Inglaterra. Solamente La Biblia, el libro que sostiene y da forma a la estructura moral del mundo occidental, habría tenido más lectores en territorio británico durante el siglo pasado. La afirmación de Shippey, que además es biógrafo de Tolkien, va todavía más allá y sugiere que se trata del autor más representativo e influyente de la literatura en lengua inglesa durante ese período, por encima de verdaderos pesos pesado como James Joyce, Bernard Shaw, T.S.Elliot, Rudyard Kipling, Virginia Woolf o Samuel Beckett, por no mencionar a otros, cuyas obras tienen un aire más “moderno” pero son igualmente descomunales, como Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Flannery O’connor o William Faulkner. Una discusión en la que seguramente sobrarán los argumentos, pero en la que difícilmente se consiga llegar a un acuerdo.
Lo cierto es que a 45 años de su muerte, ocurrida un 2 de septiembre de 1973, la obra de Tolkien sigue vigente, renovando su legión de lectores y generando grandes movimientos en torno de ella. La saga de la Tierra Media, que incluye la trilogía de novelas de El señor de los anillos más El hobbit y El Sismarillion, se sigue vendiendo en todo el mundo y es habitué en cuanta lista se realiza sobre los libros más leídos de la historia En ellas suele ocupar un lugar de privilegio entre los primeros 10, junto a obras religiosas como La Biblia o el Corán, libros de adoctrinamiento político como aquellos que recogen distintos textos de Mao Zedong, o clásicos de clásicos como el Quijote de Cervantes, Historia de dos ciudades de Charles Dickens y El principito de Saint-Exupery.
A diferencia de esa popularidad innegable, que cuenta con el aval de los números que contabilizan la edición y la venta de sus libros, es en la discusión acerca del valor literario de su trabajo donde el carácter subjetivo vuelve imposible cualquier acuerdo. Y así como Shippey lo defiende con veneración, en la vereda de enfrente pueden ponerse los archivos que la Academia Sueca, encargada de entregar cada año los premios Nobel, desclasificó en el año 2012. Así se conoció el argumento con el que uno de los miembros del comité que decidió a quién se le entregaría el prestigioso premio en 1961, rechazó la candidatura de Tolkien. “No está, en modo alguno, a la altura de la narración de calidad”, consideró entonces el crítico literario sueco Anders Österling. Y la discusión se vuelve eterna.
Pero si la geografía temporal del siglo XX lo ha encontrado victorioso en el terreno de la industria editorial, el siglo XXI a expandido el imperio tolkieniano hacia el territorio audiovisual. El gran aliado para que esa campaña de conquista resultara exitosa ha sido el cineasta neozelandés Peter Jackson, responsable de traducir la obra de Tolkien al lenguaje del séptimo arte. Él fue el responsable detrás del tremendo éxito de las dos trilogías que abordan el universo de El señor de los anillos y El hobbit. La primera está integrada por las películas La comunidad de anillo (2001), Las dos torres (2002) y El regreso del rey (2003, ganadora del Oscar a la Mejor Película en 2004), que recaudaron en su conjunto más de 2.900 millones de dólares. En tanto que la trilogía de El Hobbit, conformada por Un viaje inesperado (2012), La desolación de Smaug (2013) y La batalla de los cinco ejércitos (2014) cosecharon una millonada casi idéntica. La única diferencia entre estos números de recaudación es que las películas de la primera trilogía fueron aumentando su recaudación a medida que los episodios avanzaban, mientras que en el caso de la segunda los ingresos se fueron “desinflando”.
La cosa, sin embargo, no se detiene acá. Como si el hecho de ser una de las obras literarias más leídas y una de las sagas cinematográficas más populares de la historia, ahora el universo creado por Tolkien llevará sus dominios al mundo de la televisión. A finales del año pasado la compañía Amazon venció a Netflix, su principal competidora en el rubro del negocio de los contenidos on demand, en la puja por los derechos para realizar una serie basada en la creación del británico. La compañía que lidera el empresario estadounidense Jeff Bezos anunció que se había asegurado estos derechos globales luego de desembolsar 250 millones de dólares. La realización de las cinco temporadas planificadas inicialmente cuenta además con un presupuesto inicial de otros mil millones, lo cual convierte a la serie en la producción más costosa encarada por Amazon.
La apuesta, que lanzada en frío puede parecer descomunal, se apoya en una proyección que toma como modelo el éxito de Juego de tronos, la serie que adapta los libros del escritor estadounidense George R.R. Martin, quien no se ha cansado de reconocer la influencia que la obra de Tolkien ha tenido en su trabajo. Todavía no se conocen detalles específicos acerca de la serie, cuya primera temporada tampoco tiene fecha de estreno. Aunque Amazon ya confirmó un acuerdo con Jackson para filmar en Nueva Zelanda y usar los sets y demás elementos de las películas, todavía no se sabe nada del elenco ni del argumento sobre el que girará la serie. Apenas que, a modo de precuela, narrará eventos anteriores a los que tienen lugar en los libros y las películas. Y un rumor adicional: se dice que si el producto alcanza el éxito que se espera, Amazon podría hacerse además con los derechos de El Sismarillion, el único de los libros ambientados en el espacio mítico de la Tierra Media que todavía no cuenta con una versión audiovisual. Lo dicho, a 45 años de su muerte, el legado de Tolkien goza de la mejor salud posible.

Artículo publicdo originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar

viernes, 20 de julio de 2018

LIBROS - "Una novela criminal", de Jorge Volpi: "Ahora las mentiras se vuelven obvias y a nadie le importa"

De paso por Buenos Aires para presentar su nuevo libro, Una novela criminal, el escritor mexicano Jorge Volpi comenta que Operación Masacre de Rodolfo Walsh le parece un texto extraordinario, pero que por desgracia es inconseguible en su país. Lo sabe bien, porque no hace mucho realizó un taller sobre escritura de no ficción y no pudo integrar dicha novela a la lista de lecturas sugeridas porque, increíblemente, los editores mexicanos parecen desconocer su existencia. Los lazos entre ese libro de Walsh y su nuevo trabajo no son pocos: en sus más de 500 páginas Volpi reconstruye con precisión detectivesca el complejo caso Cassez-Vallarta que conmueve y divide a la opinión pública mexicana desde su inicio, el 9 de diciembre de 2005.
Israel Vallarta y quien por entonces era su pareja, la francesa Florence Cassez, fueron detenidos en la madrugada de aquel día por un escuadrón antisecuestros en el domicilio del primero, en un operativo de proporciones cinematográficas que fue transmitido en directo por dos canales de noticias. En ese mismo acto las fuerzas liberaron a tres víctimas de secuestros extorsivos, un hombre, una mujer y su hijo de 8 años, quienes supuestamente se encontraban cautivos en la propiedad de Vallarta. Sin embargo las irregularidades comenzaron a enturbiar el procedimiento casi desde foja cero. Poco después se supo que aquella espectacular detención fue en realidad un montaje urdido por los más altos funcionarios y las fuerzas públicas, en connivencia con los medios de comunicación, y que la confesión de Vallarta fue obtenida bajo tortura. Sin embargo, 13 años después Vallarta sigue preso y Cassez fue liberada luego de que su caso se convirtiera en el eje del conflicto diplomático más grave en la historia de las relaciones entre México y Francia.
Una novela criminal le valió a Volpi el Premio Alfaguara de Novela 2018. Es sus páginas recorre cada vericueto de un caso laberíntico, apartándose deliberadamente de las formas literarias tradicionales, para adoptar el estilo de la crónica periodística, los documentos legales, los expedientes jurídicos o las declaraciones testimoniales. El resultado es una novedosa pieza de no ficción (el autor prefiere llamarla novela sin ficción o novela documental) que consigue ser tan atrapante como la mejor novela de intrigas. “Lo que a mí me parece peor no es tanto que se falsee la realidad, porque eso se ha hecho antes en muchas ocasiones”, dice Volpi. “Ahora se trata de que las mentiras se revelan, se vuelven obvias, y a nadie le importa. Es decir que la revelación de la mentira no tiene ningún efecto”, concluye.

-Pero qué le parece más grave: ¿que la verdad deje de existir o que deje de importarnos?
-Que la verdad deje de existir quizás es el paso previo. Pero en el siglo XXI con el concepto de posverdad llegamos más allá: ya no es tanto pensar que existen varias verdades, sino la idea de que confrontados directamente a la falsedad de la mentira no nos importa siquiera la verdad.  
-En la novela usted hace referencia a Truman Capote y a A sangre fría, aunque hay mucha diferencia entre la abierta intención literaria de aquel, y su voluntad de acercarse al estilo de legajos y documentos judiciales. Pero esa forma de narrar tratando de pegarse a los hechos, a la acción, también lo acerca de algún modo a lo cinematográfico. ¿Cómo trabajó ese aspecto?
-El proceso de escritura empezó con la lectura del expediente. Como no soy periodista mi método fue distinto. No es que hice la investigación y luego escribí el libro, sino que conforme iba investigando de inmediato lo iba integrando al archivo del libro. Entonces, a diferencia de casi todo lo que he escrito, este libro se escribió como un rompecabezas, por pedazos, y luego se fue llenando. ¿Con qué? Con la información del expediente, con las entrevistas que hice, con todo lo que revisé del material previo –libros, investigaciones anteriores, el material audiovisual— y todo se iba integrando. Hasta que con todo eso tuve una primera versión del libro de 800, páginas escrita en tercera persona, porque en ese momento quería acercarme más a Capote. Pero al mismo tiempo tratando de dejarle al lector la impresión de que estaba solo frente a los documentos. Le entregué esa versión a mis mejores amigos, los lectores en quienes confío, y todos coincidieron en que era ilegible, imposible, aburrida. Entonces lo rescribí por completo, cambiando de perspectiva.  
-¿En ese momento es donde aparece esa aproximación al policial negro, en donde el propio investigador va narrando la pesquisa?
-Exacto, ahí introduzco la primera persona. Una primera persona discreta, porque no habla de sí misma sino que va sirviendo de guía a través de la historia y eso también demandó un ritmo de narración distinto. Me permitió nuevos recursos, más literarios o, como dices tú, más cinematográficos, que estrictamente jurídicos. Me permití incluso algunos juegos temporales. Con todo eso el libro se redujo 300 páginas.  
-Desde el momento en que el libro puede ser visto como un informe o una crónica también puede ponerse en duda su carácter de novela. ¿Qué es lo que lo convierte en una?
-Desde el principio he discutido esto con mis amigos y hasta el día de hoy algunos de ellos sostienen que no es una novela sino una crónica periodística extensa. Me parece posible que se trate de periodismo narrativo, porque los límites siempre son imprecisos y arbitrarios. Yo no lo veo como periodismo esencialmente porque no soy periodista, nunca me he formado como tal y este libro lo he escrito igual que a mis demás novelas. Simplemente que aquí todos los hechos están basados en alguna fuente, pero para mí la construcción del libro es novelística y por eso la llamo novela sin ficción o novela documental, y no la llamo crónica.  
-¿Piensa que los premios Nobel a Bob Dylan (un cantante) o a Svetlana Alexievich (una periodista) han ayudado a ganar para la literatura territorios que hasta hace poco se percibían como ajenos?
-Creo que tiene que ver un poco. O el premio Cervantes a Elena Poniatowska, que es en esencia una periodista. Sí, los límites están ensanchados, pero creo que siempre lo han estado. Tal vez no en el siglo XIX, donde los géneros se hacen canónicos y entonces los límites se vuelven precisos, pero antes no lo eran y a partir del siglo XX tampoco. Las vanguardias siempre quisieron romper los límites genéricos. Pero nosotros seguimos formados por esta especie de taxonomía decimonónica para decir “esto es un cuento, esto es una novela corta y estos es un ensayo”, cuando en realidad la mezcla literaria siempre ha estado ahí y simplemente estamos terminando por aceptar que el afán clasificatorio del siglo XIX fue sólo un paréntesis.  
-Imagino que Una novela criminal lo habrá llevado a cuestionarse muchas cosas respecto de cómo abordar la verdad. ¿A qué conflictos personales se enfrentó?
-Algo que es clave en este libro frente a otros de no ficción, como el de Capote, es que él tenía una ventaja frente a la verdad: confiaba en el sistema de justicia de su país y estaba convencido de que los sujetos sobre los que escribía eran culpables. En libros como ese no hay ninguna discusión respecto de la verdad, porque la verdad queda asumida desde el principio por la confianza en el sistema. A mí me pasó todo lo contrario y por eso el libro es tan distinto. Por supuesto que hubiese querido acercarme más a la verdad, pero entre todos los personajes hacen que se vuelva imposible conocerla. En particular los acusados, lo cual es normal, pero también quienes debieron buscar la verdad –policías, ministerios públicos e incluso los jueces— hicieron lo imposible por destruirla, para que hubiese una verdad a priori que es la de la culpabilidad de los protagonistas.  
-También hay una preocupación por indagar acerca de los límites de la ética en el rol del Estado, de los medios, de la Iglesia. De la ética personal incluso.
-Y de la ética de la escritura.  
-¿Y cuáles son los límites éticos para un escritor?
-En cualquier texto literario, un soneto por ejemplo, es el autor quien impone los límites. Pero en un libro así las reglas no sólo son estéticas sino también éticas. Una regla fue tratar de incluir las distintas versiones que pudiera haber sobre algunos puntos de la historia. Pero cuando una de ellas me parecía claramente más, no diré verdadera pero sí verosímil, siempre opté por dejarla. Ese es un movimiento ético de la escritura que refleja el punto de vista del narrador y a la vez un recurso novelístico. En general cuando uno toma la decisión de dejar o quitar algo del texto está tomando una decisión estética que se termina volviendo ética. Porque vas contando inevitablemente una versión que por más que intente parecer objetiva, no lo es. Y ahí es donde el texto pierde la inocencia.  
-Es decir que ahí, cuando se aparta de la pretensión de ser objetivo, es donde el libro se aleja de lo periodístico y se convierte en novela.
-Exacto. Ahí es donde se encuentra el elemento literario: en la forma.

Entrevista publicada originalmente en la revista Quid.

domingo, 8 de octubre de 2017

LIBROS - Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017: El inglés que llegó de Oriente

Durante la mañana del jueves, luego de que Sara Danius, la secretaria permanente de la Academia Sueca, anunciara que Kazuo Ishiguro era el ganador del Premio Nobel de Literatura de 2017, la noticia comenzó a esparcirse de forma ambigua. En las redes sociales, espacio emblemático de la comunicación confusa por excelencia, se volvía a insistir sobre el hecho de que los suecos le negaran una vez más el reconocimiento al eterno favorito Haruki Murakami, pero esta vez agravando su condición de perdedor con la decisión de favorecer a otro escritor japonés.
Tal afirmación, de una gracia no exenta de malicia, es en realidad una falacia. Si bien es cierto que Murakami parece haber sacado hace rato una membresía vitalicia en el club de los segundos (y es probable que la cosa no cambie mientras su nombre se mantenga entre los favoritos de los apostadores), la realidad es que Ishiguro de japonés sólo tiene la cara, el nombre, los ancestros y el lugar de nacimiento. Que no es poco, claro.
El nuevo Nobel nació en 1954 en la ciudad de Nagasaki, nueve años después de que el ejército de los Estados Unidos descargara ahí una de las dos bombas atómicas que arrojó sobre Japón, con las cuales apuró de la forma más cruel posible el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, justo antes de comenzar la década de 1960, la familia Ishiguro se trasladó a Gran Bretaña por motivos laborales (su padre era oceanógrafo), donde se instaló en la región de Surrey, al sur de Londres. Y de ahí no se movieron más, de modo que aún en el seno de una familia de tradiciones japonesas, el joven Ishiguro recibió una educación formal completamente británica. Con lo cual afirmar que se trata de un autor japonés es tan incorrecto como decir que Julio Cortázar es un escritor belga.
Si bien su elección por parte del comité de la Academia Sueca, encargado de definir cada año al ganador del premio literario más prestigioso del mundo, no resultó ni de cerca lo controvertida que fueron las de los dos últimos ganadores, la periodista bielorrusa Svetlana Alexeievich (Nobel 2015) y el cantautor estadounidense Bob Dylan, la elección de Ishiguro no estuvo libre de sorpresa. No porque la obra del inglés carezca de méritos literarios que justifiquen la decisión, sino porque en la previa su nombre no figuraba dentro del pelotón de los favoritos de nadie. Tan sorpresiva resultó la decisión que cuando los primeros periodistas lo contactaron para saber sus sensaciones luego de recibir el premio, el propio Ishiguro comentó que temía que en realidad se tratara de una broma, ya que los representantes de la Academia aún no se habían comunicado con él para darle la buena nueva.
Lejos de casos de ganadores de años anteriores, como el de Alexeievich o los de la alemana Herta Müller (Nobel 2009), el chino Mo Yan (Nobel 2012) o el poeta sueco Tomas Tranströmer (Nobel 2011), cuyos nombres resultaban casi desconocidos para el grueso de los lectores, Ishiguro es relativamente popular incluso en la Argentina. Su obra completa puede conseguirse en cualquier librería (y a partir de ahora con mucha más razón), a través de la edición realizada por el prestigioso sello Anagrama.
De hecho se trata de un autor cuya obra ha conseguido mantener un vínculo fluido con el cine, arte masivo y popular en cuyo formato se adaptaron algunos de sus libros más leídos. Entre ellas, la película basada en su tercera novela, Lo que queda del día (1993), dirigida por el cineasta James Ivory y las actuaciones estelares de los ingleses Emma Thompson y Anthony Hopkins, es la que más trascendencia consiguió. El propio Ivory volvió a trabajar con el inglés como guionista en La condesa blanca y el canadiense Guy Maddin contó con él para escribir el libreto de la exquisita La canción más triste del mundo. Que el cine haya encontrado una inspiración en el trabajo de Ishiguro también habla de la potencia con que su obra consigue atrapar tanto a lectores como a cineastas. Y ahora también a los miembros de la Academia Sueca.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 9 de febrero de 2017

CINE - "Neruda", de Pablo Larraín: El carro delante del caballo

Si algo está claro en la filmografía de Pablo Larraín, el cineasta más importante de Chile si lo que se tiene en cuenta es su trascendencia y popularidad dentro y fuera de su país, es que el trazo fino no es lo que mejor le sale. Aunque sus películas muestran una puesta en escena cuidadísima y un despliegue de producción cada vez más rico, suele haber algo disruptivo en el orden del discurso y de lo narrativo que puede generar incomodidad. Como ocurre con el mexicano Alejandro G. Iñárritu, Larraín parece más preocupado por pensar en los efectos antes que en las causas, en la reacción antes que en la acción que la origina. Eso que en un lenguaje más llano suele graficarse con la figura del carro delante del caballo.
Y Neruda, la primera de sus dos últimas películas en estrenarse acá (la otra es Jackie, basada en la célebre esposa de John F. Kennedy, también de pronto estreno), resulta emblemática respecto de dicha inversión lógica. Aquí se cuenta un momento específico en la vida del poeta, segundo Nobel de Literatura chileno (el primero fue para la también poeta Gabriela Mistral). A fines de la década de 1940, siendo senador de la república en representación del Partido Comunista, Neruda debió pasar a la clandestinidad debido al pedido de captura que pesaba sobre él, en el marco de una persecución política que llevó a prisión a gran cantidad de militantes, obreros y trabajadores rurales que profesaban ideas de izquierda.
Larraín elige esta vez una estética vintage que remeda la del noir y los recursos técnicos del cine de la época retratada. Así se repiten escenas de ruta o calle en las que el vehículo se sacude delante de proyecciones del exterior, para generar la sensación de movimiento “a la antigua”. También se engolosina con los diálogos escalonados, que mantienen su continuidad pero que el guión y el montaje van segmentando en distintos escenarios, de modo que un personaje dice su línea en la cocina y el otro le responde en la plaza. En ambos casos se trata de juegos formales que no tienen ninguna contraparte narrativa y que quizá sólo puedan justificarse desde el capricho.
El relato avanza guiado por la voz en off del policía encargado de cazar a Neruda, decisión que aspira a redondear una atmósfera “literaria”, de hard boiled, que también se hace evidente en el vestuario y el maquillaje; en una fotografía repleta de contraluces y escenas nocturnas; y en el contraste entre los escenarios opulentos en los que se mueve el poder corrupto y la sordidez noble y orgullosa del lumpen. Así, a partir del trazo grueso, de oposiciones simplificadoras y de manera algo manipuladora, es como Larraín entiende no sólo al cine, sino a los paisajes políticos que retrata. Esa dualidad ambigua también le sirve para quedar bien con Dios y con el diablo, para que nunca quede del todo claro cuál es el punto de observación que elige como artista para pararse a retratar la historia. Aunque es evidente que su mirada siempre está más arriba que la de los espectadores y desde ahí los ilumina.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 20 de noviembre de 2016

LIBROS - "Bob Dylan", de Manuel López Poy: El poeta rockero, el Nobel y todo lo demás

No puede decirse que la noticia haya caído de sorpresa, porque se hablaba del asunto desde ya hacía unos cuantos años, sin embargo sorprendió, dejando a unos cuantos con la boca abierta y algunos más con la vena del cuello hinchada. Es que el Premio Nobel de Literatura con el que este año la Academia Sueca honró a Bob Dylan, cantante, poeta y hombre político, sin dudas ha revitalizado las discusiones en torno de un galardón que hacía rato no levantaba un poco de polvo. Si hasta hace apenas un mes las decisiones de los suecos podían cuestionarse tibiamente, alegando más que nada cuestiones de preferencias y gustos personales, la elección de Dylan generó un verdadero terremoto en el mundo de la literatura.
De un lado de la grieta abierta quedaron los más conservadores, convencidos de que premiar a Dylan es un absoluto despropósito y de que el Nobel es un premio para escritores, no para cantantes. Del lado contrario están los que lo celebran por osado, por atreverse a rescatar la tradición oral dentro de la literatura. Sin necesidad de enrolarse en uno de estos dos bandos, no caben dudas de que la decisión es una abierta invitación a repensar las fronteras de lo que puede considerarse literario y por qué.
Pero más allá de ese entuerto, que no se resolverá en estas páginas, hay un artista por conocer. Porque, quien más quien menos, todo el mundo ha escuchado algunas o muchas de las grandes canciones escritas por Dylan, pero no son tantos los que conocen a fondo al personaje y su trabajo. A falta de una obra escrita por descubrir (aunque tiene algunos libros con poesía, canciones, dibujos y crónicas, todos muy difíciles de conseguir en castellano), la editorial Redbooks acaba de publicar a través de su sello Ma Non Troppo el libro Bob Dylan – Vida, canciones, compromiso, conciertos clave y discografía, del periodista español Manuel López Poy, cuyas páginas recorren, como su explícito título indica, una gran cantidad de aspectos centrales en la vida y la obra del reputado cantautor estadounidense, ahora también Premio Nobel de Literatura.
El libro, escrito antes de que los suecos convirtieran a Dylan en autor literario, comienza con un breve texto introductorio en el que ya desde su título López Poy realiza una impetuosa declaración de principios. “Sí, otro libro sobre Dylan” se defiende atacando, adelantándose a posibles voces que pudieran endilgarle el supuesto lugar común de dedicar otro volumen a la figura del popular cantante.
“Dylan es un personaje poliédrico y como tal es necesario abordarlo desde distintos ángulos, desde sus diversas facetas, aunque la mayor parte de las veces estas se mezclen, confundan o solapen”, afirma el autor en el prefacio. Enseguida desgrana una serie de frases que otros grandes de la historia del rock han usado para definirlo. “Nada de folkie o poeta: es la gran bestia del rock”, afirmó Chuck Berry; “Uno de esos personajes que sólo aparecen una vez cada 300 o 400 años”, elogió otro poeta rockero, el recién fallecido Leonard Cohen; “En la música, Sinatra puso la voz, Elvis el cuerpo y Bob Dylan el cerebro”, Bruce Springsteen dixit. Un acierto, porque no hay mejor forma de empezar a hablar de la importancia de alguien que recolectando las muestras de admiración de sus colegas. Los elogios que recoge López Poy no son, por cierto, los únicos. Bono, emblemático cantante de U2 dijo alguna vez que "el mejor compositor es el que tiene la discoteca más grande, y nadie tiene una discoteca más grande que la de Bob Dylan".
Sin embargo, a pesar de estas voces que celebran la labor de Dylan como poeta en el ámbito del rock, muchos de sus ahora colegas escritores no saludaron favorablemente la arriesgada iniciativa de los suecos. La escritora colombiana Piedad Bonnett afirmó en una entrevista con la radio RCN de su país, que Dylan no es un gran poeta y que como mucho tenía "momentos poéticos". Por su parte el escocés Irvine Welsh, autor de Trainspotting, emblemática novela de los años '90, le hizo honor a su perfil provocador y escribió al respecto en su cuenta oficial de Twitter: "Soy fan de Dylan, pero este premio es una nostalgia desubicada salida de las próstatas rancias de un grupo de hippies seniles". Pero no todos los escritores se han manifestado contrarios al premio. López Poy también cita en las páginas de su libro lo dicho por el enorme poeta chileno Nicanor Parra, para quien “tres versos de Bob Dylan justifican cualquier premio, incluido el Nobel”.
El resto del libro está dividido virtualmente en dos mitades. La primera de ellas incluye tres capítulos. En el primero, titulado “Su vida, su tiempo, su obra”, el autor recorre a la manera de un relato biográfico más bien clásico los hitos más destacados en la vida del cantante, poniendo especial atención al desarrollo de su carrera como músico y a su vínculo con otros artistas. Este capítulo es el más jugoso en cuanto a anécdotas e historias en torno de la figura de Dylan. Por ejemplo la que narra el acoso absurdo que el cantante comenzó a sufrir por parte de uno de sus fans, Alan Jules Weberman, a mediados del año 1970. Weberman se proponía salvar a Dylan "de sí mismo", porque, siempre según su criterio, el cantante, que por entonces era una celebridad y uno de los artistas más influyentes del mundo, "había abandonado sus valores originales y había dejado de ser el líder de masas que estaba destinado a ser". A pesar de su delirio, la figura de este personaje no deja de ser interesante. Weberman se adjudicaba, por ejemplo, la creación de una ciencia: la dylanlogía, que consistiría en hurgar de manera permanente en la basura del cantante para encontrar pruebas que dieran cuenta de "su desviación política, su adicción a la heroína y su colaboración con el gobierno israelí en la guerra contra los árabes". Más tarde este concepto fue ampliado y reemplazado por el de garbología, en la que todo lo anterior podría ser aplicado al estudio de cualquier famoso.
El siguiente capítulo, “El poeta del rock”, comienza con el detrás de escena de su desembarco al Nobel de Literatura. “En 1996, Gordon Ball, un profesor de literatura de la Universidad de Virginia que estaba facultado por la Academia Sueca para proponer candidatos, apoyó la iniciativa de un grupo de admiradores suecos y desde entonces Dylan figura entre los candidatos del más universal de los premios literarios”. Es decir que la Academia tardó exactamente 20 años en admitir que el riesgo de entregarle a un cantante un premio de escritores valía la pena. El último capítulo de la primera mitad, “Político controvertido”, intenta resumir la férrea voluntad política inherente a la obra de Dylan, que a lo largo de su vida pública defendió, apoyó y difundió una enorme cantidad de causas. Pero también abarca las polémicas en las que se vio envuelto a causa de ello.
La segunda mitad consta de otros tres capítulos, que se parecen más a tres adendas, en los que se recogen de manera extensa algunos de sus conciertos más importantes, su discografía completa y todas sus apariciones cinematográficas, ya sea como actor, director, guionista y hasta personaje. Eso es lo que ocurre con el film I’m Not There (2007), del estadounidense Todd Hynes, en la que seis actores distintos (entre ellos una extraordinaria y camaleónica Kate Blanchet, el británico Christian Bale, Richard Gere y el malogrado Heath Ledger) encarnan diferentes momentos en la vida del cantante. De este modo el libro traza un perfil nítido de un artista que fue uno de los engranajes fundamentales de esa revolución cultural que fue el rock and roll, cuya obra permite que ahora pueda discutirse hasta dónde llega la literatura. Nada menos.

Crónica de una premiación complicada

La designación del estadounidense Bob Dylan como Premio Nobel de Literatura es uno de los que más discusiones ha generado al interior de las instituciones vinculadas a las letras, pero también uno de los más celebrados a nivel popular. Pero no fueron los miembros de la Academia Sueca los únicos responsables de alimentar el fuego de las polémicas. El propio homenajeado se encargó de generar momentos incómodos desde el momento mismo en que se conoció su premiación, el pasado 13 de octubre.
Los protocolos del Nobel de Literatura marcan que una vez anunciado el ganador, los miembros de la Academia lo contactan para informarle la noticia. El mismo día emiten un comunicado oficial haciendo constar la reacción del elegido, quien además realiza un primer contacto con la prensa. Nada de eso ocurrió esta vez. Recién el 17 de octubre la Academia admitió su “renuncia a contactar” a Dylan de manera directa, luego de cuatro días de intentos infructuosos. Así lo aseguró en un diálogo radial Sara Danius. responsable del comité de elección del Nobel de Literatura. Para entonces el cantante tampoco había realizado declaraciones oficiales, ni aceptando ni rechazando el galardón, ni comentarios al respecto en sus conciertos realizados en esos días, ya que su agenda de actividades se mantuvo inalterable. Aunque Danius se manifestaba esperanzada de que Dylan aceptara el premio y viajara a Estocolmo para recibirlo, el miedo al rechazo estaba en el aire.
Lo que siguió fue una verdadera trama de intrigas. El 21 de octubre la web oficial de Bob Dylan reconoció el Nobel al incluirlo en el listado de los galardones recibidos por el cantante. Pero al cabo de unas horas dicha mención fue quitada, convirtiendo el asunto en un verdadero thriller. Los suecos debieron esperar todavía una semana más para que los nubarrones de la duda se despejaran. Según informó Danius, el propio Dylan llamó por teléfono a Suecia el 28 de octubre para avisarles que aceptaba el premio. Sobre su largo silencio, el cantante explicó: "las noticias me dejaron sin palabras". Justo a él, que había sido honrado con un premio que celebra la elocuencia de su trabajo con las palabras. Sin embargo en dicha ocación no reveló si viajaría el 10 de diciembre a Estocolmo para recibir el premio en persona.
El jueves pasado, más de un mes más tarde de anunciado el premio, Dylan confirmó que no asistirá a recibirlo, aunque manifestó su tristeza por no poder hacerlo. En vista de la novela en que se ha convertido el asunto, no sería raro que de acá a diciembre hubiera más informaciones para este boletín. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.

domingo, 9 de octubre de 2016

LIBROS - César Aira, el Nobel de Literatura y una semana extra para los apostadores

El Premio Nobel de Literatura llega este año con una doble expectativa. Por un lado la de siempre: conocer al ganador, instancia que, como acostumbra la Academia Sueca encargada de dirimirlo, seguramente dejará tela para cortar. La otra, la infrecuente decisión de la entidad de posponer el anuncio una semana. Para evitar suspicacias acerca de la demora, la propia Academia informó que la misma no obedecería a ninguna falta de acuerdo, sino a una simple falla protocolar. Es que los miembros del comité de elección deben reunirse durante los cuatro jueves anteriores al del anuncio, condición que este año no han podido cumplir por cuestiones de “almanaque”. Eso es lo que dijeron. Como era de esperarse, la explicación no consiguió desactivar los chimentos –ya se sabe: la gente es mala y comenta— y no tardaron en aparecer teorías sobre pujas irresolubles para acordar un ganador.
Lo cierto es que el mentado comité tiene como objeto elegir todos los años a un escritor para reconocer y celebrar su obra, sin que nunca quede claro cuáles son los patrones, reglas o criterios que organizan la lógica de la Academia. Justamente es ese carácter impredecible el que permite que cada temporada las casas de apuestas se conviertan en un hervidero de discusiones, en las que se intenta desentrañar el algoritmo que permitiría acertar un pleno literario, adivinando al próximo ganador del Premio Nobel. Tarea difícil, teniendo en cuenta que rara vez el favorito en las apuestas acabó recibiendo el premio. Uno de esos casos excepcionales ocurrió el año pasado, cuando la bielorrusa Svetlana Alexiévich recibió el premio tras ser primera en la lista de preferidos. Debe decirse que el sistema que les permitió a los apostadores convertir en favorita a una escritora de exposición tan limitada y escaso reconocimiento y popularidad fuera de su país resulta tan misterioso como los mecanismos de elección de la Academia Sueca. La pregunta se repite cada año: ¿de qué manera se elige un Premio Nobel de Literatura? O visto desde la vereda de enfrente: ¿cómo deciden los apostadores a qué escritor jugarle sus fichas?
Es cierto que los argumentos literarios no son los únicos que se ponen en juego dentro de las internas del Nobel. Sobre todo en lo que va del siglo XXI, en el que la elección parece cada vez más atravesada por la necesidad de mantener cierto equilibrio global que de a poco se aparta del eurocentrismo machista que signó las premiaciones durante el siglo anterior, en el que el reconocimiento fue entregado a 71 autores europeos y a sólo a 25 provenientes del resto del mundo (de los cuales diez eran norteamericanos). En el reparto por géneros la diferencia es todavía más marcada, con apenas nueve mujeres reconocidas por su obra literaria durante el siglo XX. Es significativo que en los últimos 15 años ambas minorías crecieron hasta un 30% del total.
Por eso no extraña que entre los primeros diez puestos de la actual lista de apuestas en la casa Ladbrokes haya seis escritores nacidos en Europa y siete del resto del mundo. Entre estos se encuentra el argentino César Aira, quien desde hace cinco años aparece en posiciones cada vez más relevantes de la lista. Tampoco soprende que en ese mismo lote haya sólo una mujer, la estadounidense Joyce Carol Oates. Dicha escasez obedece a que en los tres últimos años fueron premiadas dos escritoras (Alexiévich y la canadiense Alice Munro en 2013) y en vista de las estadísticas señaladas resulta poco probable que el premio vuelva a tener destino de mujer.
Atendiendo a esta cuestión de cupos también pueden evaluarse como muy altas las posibilidades del keniata Ngugi Wa Thiong'o, teniendo en cuenta que en 115 años apenas dos escritores negros recibieron el premio y que sólo uno era africano (el nigeriano Wole Soyinka en 1986). La última fue la estadounidense Toni Morrison en 1993, que además fue la última estadounidense premiada, dato que sirve para elevar las posibilidades estadísticas de Philip Roth o Don Delillo (aunque el premio de Munro, también norteamericana, puede jugarles en contra). El caso Haruki Murakami ya suena a cuento chino: abonado al podio de las apuestas por más de una década, el japonés parece sin embargo condenado a no recibirlo nunca. O al menos no este año: el premio otorgado en 2012 al chino Mo Yan parece demasiado reciente para que otro escritor oriental se lleve los 930 mil euros del premio.
El contexto geopolítico, que el año pasado pareció favorecer la elección de Alexiévich, notoria militante anti Putin, este año podría ser la carta ganadora del sirio Adonis. Poeta, Adonis tiene una mirada feroz sobre el conflicto que desde hace unos años devasta a su país, en la que no tiene piedad ni con el papel que en ella están jugando los EE UU y Rusia, ni con el fundamentalismo islámico, ni con el nacionalismo sirio. Todo eso lo convierte en el gran candidato políticamente correcto del año.
En cuanto a las chances reales de Aira, bueno, sería una de esas sorpresas que de tanto en tanto les gusta dar a los suecos. Los siete años que lo separan de la elección de Mario Vargas Llosa suenan a suficientes para que otro autor en lengua española vuelva a recibir el Nobel. En su contra tiene al español Javier Marías, que está por encima de él en las apuestas y cuyo origen europeo esta vez le juega a favor, teniendo en cuenta que Aira y Vargas Llosa son latinoamericanos. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

lunes, 30 de noviembre de 2015

LIBROS - "Los wachos", de Walter Lezcano: Nueve cuentos a corazón abierto

La literatura debe ser siempre una pregunta. Una pregunta respecto del hombre (la humanidad) y el mundo. Parafraseando la obra de don Ernesto: Uno y el universo. De hecho se acostumbra a decir que toda la producción literaria, de La Illiada para acá, puede resumirse en un vademécum temático para el cuál sobran los dedos de una mano: la vida, la muerte y el amor. Después está la habilidad de cada autor para disimular ese fondo, la imaginación para hacernos creer que hay más. Pasiones, aventuras, monstruos, futuros para distraernos de la realidad pero sin salir nunca de ella y sin dejar de indagar en el vínculo entre la materia humana y su lugar dentro de ese caos paradójico que es el cosmos. La labor del escritor consiste en encontrar el mejor lugar para echarle una mirada a todo eso, el punto de vista que le permita hacerse las preguntas correctas, quizás arriesgar alguna respuesta posible y, sobre todo, encontrar nuevas preguntas. 
Un escritor como Walter Lezcano, por ejemplo, no necesita de la grandilocuencia de los “Grandes Temas” para indagar acerca de la cuestión humana. Y, mucho más importante, consigue hacerlo con un estilo que no teme tomar distancia de los prejuicios de lo que se supone debería ser una lengua literaria. Lezcano cuenta historias de barrio, en apariencia limitadas a las quince o veinte manzanas en las que transcurren las vidas de sus personajes, y sin embargo en ellos también habita la materia trascendente de la buena literatura. Se trata, antes de hablar acerca de lo que escribe, de uno de los autores más prolíficos de las generaciones más jóvenes de la literatura argentina. Poeta, narrador y periodista (oficio que debería ser revalorizado desde que Svetlana Alexievich recibiera este año el Premio Nobel de Literatura), Lezcano ha publicado a través de diferentes editoriales casi una decena de libros en apenas cuatro años.
Poesía, novelas y cuentos son los territorios por los que este correntino que no llega a los cuarenta deambula como si fueran, justamente, las calles de su barrio. Su último libro es Los wachos, un volumen de relatos publicado por Editorial Conejos, en cuyas páginas Lezcano da cuenta de escenarios en los que realidad y fantasía se encuentran separadas por un espacio muy reducido. Un realismo mágico bastardo en donde lo fabuloso reside en la maravillosa facultad de sus personajes de encontrar el Aleph ahí donde todos los demás solamente son (somos) capaces de ver mugre. Un pibe que está enamorado de Jada Fire, una pornstar negra “con pezones como discos de vinilo” a quien le escribe una carta declarándole su amor con la esperanza de ser correspondido. ¿Qué amor más imposible y trágico que ese? O aquel otro al que su novia lo abandona por infiel y que termina enterándose de que la nueva pareja de ella es un camerunés que vende anillos en la calle. ¿Qué versión más despiadada de Otelo es posible imaginar que esta, en la que el negro es el otro y el protagonista se vuelve loco imaginando que la mujer que ama en realidad lo dejó por una pija más grande? ¿O que forma más efectiva hay de retratar la vida y la muerte que contra la historia de un hombre que recibe un mensaje del hermanastro que lo fajaba cuando eran chicos, que después de muchos años lo invita a volver a verse?
La prosa de Lezcano, pero también su poesía, aparenta tener la liviandad de la charla de los pibes que viajan en el furgón del tren mientras se fuman un porro o de los que toman vino en cajita en el cordón de la vereda frente a un kiosquito del conurbano. Sin embargo no hay nada de ligero en su literatura. Por el contrario, sus textos están cargados con la potencia de una mirada que es capaz de reconocer y transcribir el drama de la vida suburbana. En ellos se revela la condición humana en su forma esencial, donde la vida, la muerte y el amor no se encuentran distorsionados por los filtros de la educación y la cultura psicoanalizada de las clases medias y altas, sino que son atravesados a cara descubierta, a corazón abierto. Los personajes de Lezcano transitan la pasión con una naturalidad bárbara que es imposible, inimaginable en los personajes de, por ejemplo, Adolfo Bioy Casares, habitados por el doble filo de la civilización. Si a algo habilitan los cuentos de Los wachos (que son nueve, vaya, como los del famoso libro de J. D. Salinger) es a revisar una vez más la validez del díptico sarmientino. A preguntarse de si la verdadera barbarie no habita hoy (y tal vez siempre) en la frialdad impersonal del mundo civilizado, tan diferente de la calidez atropellada de estos wachitos de barrio.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.

viernes, 9 de octubre de 2015

LIBROS - La bielorrusa Svetlana Alexievich ganó el Premio Nobel de literatura: El arte del periodismo

Y un día los apostadores tuvieron razón: la escritora bielorrusa nacida en Ucrania Svetlana Alexievich fue distinguida por los miembros de la Academia Sueca con el Premio Nobel de literatura, luego de ubicarse al tope de las listas de apuestas desde hace meses. Un hecho infrecuente, pero también una anécdota que no merece más que estas líneas y esta sorpresa (que al fin y al cabo no lo fue tanto). Porque la elección de Alexievich ofrece un enorme listado de detalles de interés que merecen ser analizados. Análisis que deberá limitarse, por desgracia, a elementos secundarios respecto de su obra, ya que se trata de una escritora prácticamente inédita en la Argentina y en el mundo hispanoparlante: sólo ha sido traducido al español el más popular de sus libros, Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, pero únicamente se lo consigue en el país en una edición digital. El milagro del Nobel hizo que durante el día de ayer la casa Penguin Random House anunciara que el libro también estará disponible en papel a partir de noviembre, y dispusiera un programa de traducción y edición de otros libros de la autora: La guerra no tiene rostro de mujer (2015), Los chicos de latón (2016) y Los últimos testigos (2017). Así que este año no hay especialistas que valgan: casi nadie sabe cómo escribe Svetlana Alexievich, porque no hay forma de leerla. Aunque sí es posible tener referencias de qué es lo que escribe la nueva Nobel.
En primer lugar se trata de la primera autora en recibir el premio cuya obra se apoya sólidamente en un género como la crónica, hasta ahora más vinculado al periodismo que a la literatura, renovando así la discusión acerca de cuáles serían los límites de la materia literaria. La confusión entre literatura y ficción –o su reducción a sus géneros más populares– ha provocado que el Nobel de Alexievich irritara a unos cuantos, que no dudaron en compartir el disgusto en las redes sociales. Ninguno de estos indignados ha leído, en el mejor de los casos, más que las pocas páginas de Voces de Chernóbil que pueden conseguirse gratis en la web. Con lo cual es posible suponer que el enojo proviene del hecho de que no se trata de una escritora que además es periodista, sino al revés: Alexievich es la primera periodista en la historia en recibir el Premio Nobel de literatura. Y lo hace en uno de los peores momentos de este oficio, con las ediciones en papel en franca retirada frente al ubicuo pragmatismo de las versiones digitales, y con las empresas periodísticas pensando más en las utilidades que en el factor humano. 
El premio abre además la discusión acerca de si el periodismo es apenas el oficio de quien informa, donde prima el qué y se desprecia al cómo; o si es posible realizarlo tensando sobre él las cuerdas de la estética y el arte. Frente a esto, aún en la imposibilidad física de realizar una evaluación crítica de la desconocida obra de Alexievich, debe reconocerse el riesgo que la Academia Sueca ha tomado al concederle el premio y saludarlo como un movimiento positivo no sólo para el periodismo sino, sobre todo, para la literatura.
Pero no debe pensarse a la elección de la bielorrusa solamente como un gesto en el que por fin se le concede a la crónica el pedigrí literario, sino que hay otros elementos interesantes que esta premiación invita a analizar. En los días previos se descontaba que el hecho de que la canadiense Alice Munro hubiera recibido el premio en 2013, y conociendo el informal sistema de cupos con que la Academia Sueca parece decidir cada año el destino del mismo, resultaba un indicio en contra del favoritismo de Alexievich. Que en los 114 años de historia del premio sólo 14 mujeres hayan sido honradas en el apartado literario parece una prueba irrefutable al respecto. Sin embargo la Academia, al menos en este caso, parece haber ido en contra de sus propias tradiciones. No es descabellado pensar en ello en relación a los cambios operados este año en la constitución del comité encargado de elegir al ganador, que por primera vez en los dos siglos de historia de la institución es presidido por una mujer, Sara Danius, en remplazo de Peter Englund, quien obraba al frente del jurado desde 2009. Joven, feminista y tal vez deseosa de hacer correr por la casa Nobel un aire renovador ya desde su primer año de gestión, es posible que el rol de Danius en la designación de Alexievich haya sido decisivo. Ella, sin embargo, le resta trascendencia: “Es una bonita coincidencia. Lo único que de verdad importa cuando la Academia toma la decisión de entregarlo es la calidad literaria”.
Así mismo no debe olvidarse que el Nobel de literatura siempre ha tenido un importante costado político que en este caso, por razones obvias, tampoco puede pasarse por alto: Alexievich no escribe poesía, ni cuentos ni novelas, sino crónicas políticas. Una de las primeras cosas que hizo frente a sus colegas periodistas como ganadora del Nobel, fue recordar sus profundas diferencias con las políticas de gobierno del presidente ruso Vladimir Putin y reconocer que a partir de ahora “ya no les resultará tan fácil a los poderosos en Bielorrusia y Rusia rechazarme con un gesto con la mano". Puede decirse, entonces, que si algo ha sido puesto de manifiesto con la premiación de Svetlana Alexievich, ese algo ha sido, una vez más, el sutil pero concreto poder de las palabras.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.

miércoles, 7 de octubre de 2015

LIBROS - Premio Nobel de literatura 2015: César Aira entre los 20 favoritos de los apostadores

Con el inicio de octubre llegan también los anuncios de los prestigiosos Premios Nobel con los que la Academia Sueca marca el pulso de un amplio abanico de disciplinas. Durante una semana la institución revela, a razón de uno por día, los ganadores en las categorías de Medicina, Física, Química, Literatura y Paz, reservando generalmente el día jueves para hacer público el nombre del escritor distinguido en el rubro literario. Efectivamente, el anuncio se hará en el día de mañana, sin embargo, como ocurre todos los años, hace meses que las casas de apuestas vienen manejando un listado de potenciales ganadores que incluye a muchos de los autores más prestigiosos de la literatura global. Un catálogo que reúne a las figuras de notables bestsellers con otras casi desconocidas para quienes no pertenezcan al círculo de especialistas en la materia literaria. Lo cual no deja de ser una curiosidad, tratándose simplemente de una lista generada por apostadores: cuesta imaginarse a burreros y ludópatas discutiendo acerca de las posibilidades de la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich o del keniata Ngugi Wa Thiong’o de llevarse este año los más de 900 mil euros que recibe cada ganador. La gran sorpresa de 2015 es la aparición del argentino César Aira dentro de la lista de los primeros 20 favoritos: es probable que, más allá del ámbito de la literatura iberoamericana, su presencia resulte igualmente exótica para los lectores de todo el mundo. 
Este año la mencionada Alexievich es la gran favorita en todas las grandes casas de apuestas del mundo. Bastará mencionar, como prosaico ejemplo de hasta dónde llega el desconocimiento de su nombre y la poca difusión de su obra entre los lectores locales, que sólo uno de sus libros se publicó en el país (el ensayo Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, a través del sello Debolsillo) y recién fue editado a comienzos de este año, luego de que Alexievich ingresara en 2014 por primera vez en estas listas de apuestas. El detalle no menor es que el libro no fue publicado en papel, sino que sólo está disponible en una edición digital. Exactamente lo mismo ocurre con Thiong’o y su obra, de la que sólo es posible conseguir otro ensayo: Descolonizar la mente: la política lingüística de la literatura africana, también editado por Debolsillo unicamente en formato digital. El autor de origen africano ocupa el tercer escalón del podio de los favoritos entre los apostadores.
En medio de ambos virtuales desconocidos se ubica el japonés Haruki Murakami, una vez más instalado en un lugar de privilegio dentro del pelotón de favoritos, siempre según el criterio de los apostadores. El caso de Murakami es más que curioso, ya que su nombre integra desde 2008 la élite de las apuestas de manera ininterrumpida, pero cada año la Academia Sueca invariablemente ha elegido a otro autor, haciendo que el asunto se convierta en centro de incontables humoradas. Entre ellas se destaca el ingenio del diario madrileño El Confidencial, que tituló su nota sobre las previsiones del Nobel de literatura de este año, firmada por Daniel Arjona, parafraseando el famoso microrrelato El dinosaurio del escritor hondureño Augusto Monterroso: “Cuando Murakami despertó, el Nobel de literatura seguía sin estar allí”. Si bien es un hecho que los favoritos de las apuestas no suelen coincidir con los ganadores –la única excepción tal vez sea la del turco Orhan Pamuk, premiado en 2006—, sí ha ocurrido que el favorito de un año sea premiado al año siguiente, lo cual constituiría el único indicio a favor del éxito de Murakami. Algo que parece difícil atendiendo a que el chino Mo Yan lo recibió en 2013. Conociendo la pasión de los suecos por la corrección política y el cumplimiento de cupos (aunque sea de manera informal y nunca explícito), resulta muy improbable que dos escritores orientales lo reciban con tan pocos años de diferencia. 
El Top Ten de favoritos de los apostadores no presenta mayores sorpresas y en ella es posible encontrar a los sospechosos de siempre: los estadounidenses Philip Roth y Joyce Carol Oates; el noruego Jon Fosse; el austríaco Peter Handke; el sirio Adonis; el coreano Ko Un y el albanés Ismail Kadare. La aparición de Aira en el puesto 20 y 19 de las apuestas registradas en Ladbrokes y Unibet, las dos principales agencias de apuestas del mundo, es sin dudas la gran sorpresa del año. Aunque el argentino llegó a ubicarse en el puesto número 12, en las últimas horas ha ido perdiendo el favor de los apostadores para dejarlo al límite del Top 20, lugar que comparte con el cantautor Bob Dylan, el israelí Amoz Oz, los estadounidenses Thomas Pynchon y Cormac McCarthy o el checo Milan Kundera, todos ellos figuritas repetidas en estas instancias. Pero, ¿cuáles son las posibilidades reales de Aira de recibir el Nobel de literatura? Imposible saberlo a ciencia cierta. Pero si hubiera que arriesgar con criterio de apostador se podría pensar que no son tantas, aunque es posible que sean más que las que parece tener el pobre Murakami. Los cinco años que han pasado desde la premiación del peruano Mario Vargas Llosa, último escritor en lengua castellana en recibir el Nobel, no parecen ser suficiente distancia. Cuenta como punto a favor que ningún argentino lo ha recibido nunca antes. Las posibilidades existen, claro. Aunque si fuera por eso tampoco habría que descartar a Ricardo Piglia, quien directamente no figura en ninguna lista de apuestas.
Usando la misma arbitraria lógica de apostador y pensando en la ya mencionada tendencia de los suecos a convertir los premios en lecciones morales, tal vez habría que buscar un favorito sin descartar los detalles geopolíticos. ¿Favorecerá al poeta sirio Adonis la imagen repetida del cadáver de Aylan Kurdi tirado en la playa? ¿El duro panorama migratorio de la Europa actual beneficiará al albanés Ismail Kadare? ¿O finalmente Thiong’o vendrá a llenar el cupo de etnias africanas, teniendo en cuenta que solamente dos escritores negros recibieron el premio en sus 114 años de existencia (el nigeriano Wole Soyinka en 1986 y la estadounidense Toni Morrison en 1993)? ¿O su carácter de mujer y feminista dentro del mundo árabe será favorable a la elección de la egipcia Nawal El Saadawi? Lo único que está claro es que por unos días el Nobel de literatura se convierte en una atracción de kermese y, entonces, por qué no jugar un rato. La literatura, por suerte, sigue a salvo en los libros.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 6 de febrero de 2014

LIBROS - "Drive my car", de Haruki Murakami: Hasta con el pueblo en contra

El famoso escritor Haruki Murakami no tiene paz. Eterno habitué en la lista de favoritos a quedarse con el premio Nobel de Literatura, triunfo que rigurosamente festeja algún otro autor cada mes de octubre cuando la Academia Sueca anuncia los ganadores, el japonés no tiene más remedio que sobrellevar ese repetido trago amargo ahogando sus penas en las ventas de sus libros, que lo convierten también en un pasajero frecuente de las listas de más vendidos. Pero aunque salda las ediciones de sus libros de a millones, parece que el pobre Murakami no gana para sustos. Porque ahora resulta que el ayuntamiento del pueblo japonés de Nakatonbetsu le ha enviado una carta en la que sus habitantes se le quejan porque consideran que la descripción que hace en su último relato, Drive my Car, de la localidad en donde viven "no se ajusta a la realidad".

La protesta, tan escrupulosa como es posible y habitual en cada tarea que emprenden los japoneses, apunta con el dedo a un pasaje puntual del relato, en el que el protagonista de la obra da por hecho que Nakatonbetsu, un pueblo de 1900 habitantes en la isla septentrional de Hokkaido, es un sitio en el que es "natural" que la gente tire las colillas de los cigarrillos sin apagar por la ventanilla del coche. En este fragmento de la discordia, Misaki, la mujer que trabaja de chofer para Kafuku, el protagonista, arroja por la ventana abierta del auto una colilla con su brasa todavía ardiendo y explica que en su pueblo el suelo está cubierto de nieve y hielo la mitad del año. Naturalmente Misaki resulta ser uno de los 1900 vecinos de Nakatonbetsu, y de ahí concluye Kafuku, un actor de unos 50 años de edad, que en ese pueblo esta es una costumbre que "todo el mundo hace de manera natural".

Pero resulta que lo que Murakami consideró una conclusión oportuna puesta en boca de su personaje, para los nakatombetsujineses –que tal vez sea el secreto gentilicio para los habitantes de esa villa japonesa; aunque mejor no conjeturar, a ver si se ofenden de nuevo– resultó un insulto a su cultura. "Es un contenido difamatorio para el pueblo", se lamenta a través de un comunicado del ayuntamiento el pueblo entero, que a esta altura también podría haberse llamado Fuenteovejuna. Uno de los concejales de la localidad explicó a un diario local que el "90 por ciento del pueblo está cubierto de bosque, lo que hace que tengamos especial conciencia" de los peligros de andar tirando cigarrillos encendidos ya no por las ventanas de los autos, sino de cualquier otra plataforma de lanzamiento posible. "Hay seguidores de la obra de Murakami en todo el mundo y hay muchas posibilidades de que la gente se forme una opinión equivocada de nuestro pueblo", explicó otro funcionario con el orgullo también a la miseria.

Por su parte Drive my Car, un cuento cuya extensión alcanza para que casi se lo pueda considerar una novela corta, fue publicado en noviembre pasado en una revista muy popular en el Japón. El texto, en el que Murakami vuelve utilizar como título un tema del disco Rubber Soul de los Beatles, se centra en la interacción que mantienen Kafuku y su chofer veinteañera, a quien el actor contrata para pilotear su viejo auto amarillo. Seguramente este incidente servirá para que Murakami y todos los escritores del mundo, temerosos de las represalias de sus lectores, piensen que tal vez no está tan bueno eso de darle siempre la razón a la imaginación.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 10 de octubre de 2013

LIBROS - Alice Munro, premio Nobel de Literatura 2013: El Nobel no es un premio literario

El Nobel no es un premio literario, sino un premio a escritores. ¿Hay diferencia? Sí: la Academia Sueca no busca premiar a la mejor literatura, sino a buenos escritores. Desde ese punto de vista el Nobel suele ser un premio correcto antes que justo, porque los premiados, por un motivo u otro, siempre merecen ser reconocidos. Entonces, ¿cuál es la diferencia? Que los buenos escritores no siempre son notables ni escriben la mejor literatura. Es teoría de conjuntos: El conjunto A incluye al conjunto B, pero no todos los elementos incluidos en A pertenecen también a B. A partir de esto puede afirmarse que los premiados no siempre son quienes más lo merecen, pero aún así es injusto juzgar las decisiones sólo a partir de estos argumentos: a favor de los suecos puede decirse que muchas veces se sabe qué escritores pasan a la historia cuando la historia ya ha pasado. Como suele decirse, es fácil juzgar con el diario del lunes. 
Justamente el lunes Tiempo Argentino publicó un artículo en el que elegía a Alice Munro junto a Joyce Carol Oates como las favoritas del diario a ganar el Nobel de Literatura este año. Ambas son buenas escritoras, tal vez notables, pero los motivos para suponer con bastante certeza que una de ellas ganaría exceden el análisis meramente literario. Hay una razón muy específica para que la literatura pase a un segundo lugar a la hora de elegir un Nobel: que se trata, cada vez más, de un premio políticamente correcto. Esa es, por ejemplo, la única forma de explicar la ceguera literaria de la Academia Sueca al negarle el premio a Jorge Luis Borges, el más destacado autor de literatura en lengua castellana del siglo XX, por motivos por completo ajenos a su obra.
La Academia parte de la base que todos los candidatos merecen, en mayor o menor medida, ser reconocidos, entonces toma su decisión atendiendo menos a la literatura que a un principio de amplitud, en el que intenta representar la totalidad del crisol humano. Todas las lenguas, todas las regiones, todos los géneros. Alcanza con saber que en los últimos 23 años lo han recibido más escritoras que en los anteriores 90 años. O que en esos mismos períodos la cantidad de premiados no europeos/estadounidenses es casi la misma: 11 hasta 1990, contra 9 desde entonces hasta que hoy. La canadiense Alice Munro, premio Nobel de Literatura 2013, representa la literatura notable, sí, pero también una corrección política que se mide en cupos y no siempre tiene que ver con la justicia.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

lunes, 7 de octubre de 2013

LIBROS - Premio Nobel de Literatura 2013: Hagan juego

Nadie duda de que, por prestigio y valor económico, el Nobel es el galardón literario más trascendente del mundo y por eso es posible afirmar que se trata del momento más esperado del año en el ámbito de la literatura. Aunque, claro, su relevancia artística es relativa, más o menos tanto como las listas de más vendidos: todo depende de la importancia que se le quiera dar a los índices de mercado o a los premios, que como ya dijo alguien, son como los vasos de agua: no se le niegan a nadie. En el transcurso de la semana, posiblemente el jueves, se conocerá el nombre del nuevo ganador, sin embargo intentar predecir a quién le tocará esta vez tomarse un trago de la copa Nobel parece más difícil que encontrar una pelotita de golf en la Antártida. Todos los años la casa de apuestas inglesa Ladbrokes abre la carrera por ver quién le acierta a la decisión de la Academia Sueca, la encargada de escoger los ganadores, pero el favorito la previa finalmente nunca resulta premiado. Este año ese lugar le toca, una vez más, al japonés Haruki Murakami, pero alcanza con mirar lo ocurrido en los últimos cinco o seis años para saber que estas listas suelen ser indicadores lo suficientemente lábiles como para mirarlas de costado o, por lo menos, con algo de humor. 
El caso de Murakami es emblemático. Desde 2008 hasta ahora su nombre ha aparecido en el top 10 con una regularidad que ningún otro nombre ha mostrado. Muchos escritores han integrado estas listas de manera muy frecuente (Philip Roth, Alice Munro, Adonis, Amos Oz, Assia Djebar, Cees Nooteboom, Thomas Pynchon, etc), pero sólo Murakami ha estado ahí siempre. Y conforme los años van pasando, los apostadores ven su premiación casi como un hecho consumado, como parece indicar que el popular escritor japonés no se baje del podio desde 2010 y que ya el año pasado se ubicara al tope de lista. Este año Murakami no sólo figura como favorito entre los habitues de Ladbrokes, sino que también es el elegido por los apostadores de la competencia, el sitio de apuestas Unibet. Pero este año además las listas de ambas casas de apuestas coinciden exactamente en la composición de los primeros tres lugares de sus grillas, ya que la novelista estadounidense Joyce Carol Oates y el húngaro Peter Nadas escoltan en ese orden a Murakami. ¿Pero que chances tiene el japonés de quedarse con el título de campeón literario 2013? Imposible calcularlo de manera objetiva, justamente porque los valores literarios no se rigen por las leyes matemáticas o estadísticas. La única manera de arriesgarlo es asumiendo los patrones lógicos de un apostador. ¿Y por qué no intentarlo? 
En contra de Murakami se alza la realidad estadística de que nunca en los últimos seis años el favorito en las apuestas se llevó el Nobel. Por el contrario, hay casos como el de las escritoras Doris Lessing o Herta Müller que pagaron dividendos muy altos a quienes apostaron por ellas, ya que se encontraban muy lejos de los lugares de privilegio en las listas de apuestas. Lo mismo, pero no tanto, ocurrió en 2010 cuando el elegido fue el peruano Mario Vargas Llosa. Los casos de Tomas Tranströmer y del chino Mo Yan son bien distintos. El poeta sueco había sido el favorito en 2010, con Murakami como escolta, pero recibió el premio un año después, cuando ocupó el segundo lugar en las apuestas, detrás del sirio Adonis, otro poeta. Mo Yan también se encontraba entre los favoritos del año pasado, aunque nunca pasó del cuarto lugar en la lista. Ninguno de los casos mencionados parece favorecer a Murakami, quien ya se ubicó en casi todos los puestos posibles a lo largo de los años, pero la caprichosa decisión de los suecos nunca lo alcanza. Otros dato que parece empeñarse en su contra es el caso del italiano Claudio Magris, quien, como el japonés, lideró las apuestas durante dos años consecutivos, en 2007 y 2008, para luego desaparecer de los primeros lugares sin Nobel alguno. Otro dato negativo es la premiación del chino Mo Yan en 2012: resulta muy poco probable que la Academia Sueca elija a dos escritores orientales de manera consecutiva.
Pero si el gran favorito parece tener todos los números en contra, ¿a que pingo conviene apostarle algunas fichas? Siguiendo con el mismo patrón de pensamiento la favorita de Tiempo Argentino es la norteamericana Joyce Carol Oates. Pero ¿por qué? En primer lugar porque desde que la elegida fuera Lessing en 2007, hace ya seis años, no se ha premiado a autores de lengua inglesa y desde 1993, hace exactamente 20 años, cuando la ganadora fue Toni Morrison, que el premio no lo recibe un escritor estadounidense. Los encargados de encontrar al ganador suelen elegirlo tratando de dar visibilidad literaria al mayor número posible de regiones y lenguas del planeta: el chino Mo Yan fue Oriente; Tranströmer el norte de Europa; Vargas Llosa la lengua española y América Latina; la rumana Müller el este europeo y la lengua alemana; Jean Marie Le Clezio la literatura francesa; Orhan Pamuk de alguna manera el cercano oriente. Estos argumentos favorecen a Oates, pero también a otros norteamericanos, como Roth, Pynchon, Don De Lillo, Cormac McCarthy y hasta el cantante Bob Dylan, que desde hace unos años viene sonando con fuerza. Sin embargo que la última mujer en ganar el Nobel haya sido Müller hace cuatro años, parece poner a Oates por encima de sus colegas de sexo masculino. ¿Y por qué no la canadiense Alice Munro, que no será estadounidense pero sí norteamericana? Quién sabe. 
Tal vez la única forma de que Oates (o Munro) no ganara el premio este año, siempre mirando a la realidad con ojos de apostador y respetando el argumento del reparto regional, sería que en el horizonte apareciera un tapado de origen africano, uno que viniendo por afuera y faltando pocos metros para el disco, consiguiera un triunfo inesperado. Sí la decisión fuera a favorecer a un escritor del África profunda, quien mejor posicionado está en las apuestas es el keniata Ngugi wa Thiog'o, quien además ha escrito toda su obra en inglés. Porque dar sorpresas, ya se ha visto, es una costumbre extendida entre los suecos. 
Tal vez por eso, amparados en el chauvinismo que los argentinos cargamos como un bloque de cemento en nuestro ADN, miramos la carrera por el Nobel de Literatura con un ojo en la punta y el otro en César Aira. El escritor argentino aparece este año número 36 en la lista de Ladbrokes junto con otros 80 escritores y, en una de esas, un insospechado sprint final lo deja cara a cara con el Nobel. Que 2013 nos haya premiado con una reina y un papa made in Argentina indican que se trata de un año cósmicamente favorable para los nacidos por acá. Por si esto fuera poco, Francisco además figura en el Top 10 de las apuestas al Nobel de la Paz, así que por qué no pensar en un doblete que nos permita seguir afirmando, esta vez con motivos comprobables y de sobra, que somos los mejores del mundo. El hecho de que ningún escritor argentino haya recibido nunca el Nobel de Literatura parece ser el mejor punto a favor de Aira. Mucho más que su extensa obra, su prestigio académico y sus probadas virtudes literarias que, ya se sabe, nunca son argumentos ni suficientes ni definitivos a la hora de ganarse cualquier premio. Incluido este, el más destacado que puede recibir un hombre de letras. 

Para seguir el movimiento en las tablas de apuestas ir a LADBROKES   

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 27 de diciembre de 2012

CULTURA -Balance cultural del año 2012: Despedidas, escándalos, películas y Gangnam Style

Si se piensa que desde antes de empezar ya había hasta una película que lo acusaba de ser el año del fin del mundo, puede decirse que el 2012 arrancó el partido perdiendo dos a cero. Muchos esperaban que tras del brindis del 31 de diciembre de 2011 a la medianoche, la realidad se apagara de golpe y que en medio del negro profundo del espacio quedara apenas un puntito brillante, como ocurría al desenchufar los viejos televisores valvulares blanco y negro. Pero llegó el 1º de enero y también pasaron febrero, marzo, todos los demás meses y el mundo siguió girando, hasta que a alguien se le ocurrió que la gran fiesta de despedida en realidad se postergaba para el 21 de diciembre pasado y todos tuvieron algo que decir acerca del 13º Baktún. En fin: cualquiera puede comprobar que ese día tampoco pasó nada. Al menos no mucho más que algunos hippies aprovechando la ocasión para bailar en el cerro Uritorco, como sí Woodstock nunca se hubiera terminado. 
Sin embargo el verdadero problema con los Apocalipsis que nunca se dignan a presentarse cuando se los invoca, es que se los suele buscar en los signos y los días equivocados. Pero quienes son buenos observadores saben que el mundo se terminó muchas veces en lo que duró este 2012. El primer fin del mundo del año ocurrió el 8 de febrero y el último, el 5 de noviembre. Esos días dejaron de existir Luis Alberto Spinetta y Leonardo Favio, dos de los más notables artistas populares de la Argentina (y Latinoamérica) del siglo XX. Padre no sólo del Rock en la Argentina sino de ese género en idioma español, Spinetta fue un artista único, multifacético y genial. A pesar de todo eso, quizá a él no le desagradaría que lo recordaran simplemente como un rockero. Eso era y eso será siempre el Flaco Spinetta. Aunque también fue cantante (y popular), Leonardo Favio en cambio será recordado como lo que es: un notable director de cine. Autor de películas tan inolvidables para los espectadores como extraordinarias desde lo cinematográfico, Favio supo construir un cine de calidad sin resignar ni una sola vez la raíz popular de su forma de ver y sentir el arte, siempre ligado al peronismo. No es casual que ambos, Spinetta y Favio, surgieran durante los años 60, ricos y efervescentes, como parte de una generación que fue sistemáticamente masacrada en la década siguiente. Ambos fueron homenajeados: Spinetta con una muestra de valor incalculable realizada hasta hace poco en la Biblioteca Nacional; Favio durante el Festival de Cine de Mar del Plata. Si deben interpretarse las profecías Mayas como el anuncio del fin de una era, eso es lo que marcan para la cultura nacional las muertes de estos dos artistas que sin duda serán recordados por los futuros libros de historia argentina. Y lo que es más importante, seguirán vivos para siempre en sus canciones y películas, la más justa de las inmortalidades. 
Las muertes de los escritores Héctor Bianciotti, Héctor Tizón, del mexicano Carlos Fuentes, del italiano Antonio Tabucchi y los norteamericanos Ray Bradbury y Gore Vidal; del artista gráfico Caloi; de la cantante Chavela Vargas y del arquitecto Oscar Niemeyer, también fueron a su modo un fin del mundo. Cada uno de ellos y sus obras serán también inolvidables para la cultura latinoamericana y mundial. En el caso de Fuentes, la muerte lo sorprendió en plena actividad, apenas semanas después de que pasara por la Feria del Libro de Buenos Aires y privó a las letras de uno de sus más grandes exponentes. Eterno candidato al Nobel de Literatura que conquistaron Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, sus compañeros del "Boom Latinoamericano", fenómeno literario y editorial que abrió la ficción latinoamericana al mundo durante la década de 1960, Carlos Fuentes celebraba este año el medio siglo de sus novelas Aura y La muerte de Artemio Cruz. Al momento de su muerte, el autor tenía dos libros terminados, el ensayo Personas y la novela Federico en su balcón, publicados en forma póstuma. 
Justamente el mundo de las letras estuvo cargado de acontecimientos importantes, algunos no exentos de polémica. El más destacado sin dudas tiene que ver con la polémica en torno al galardón más famoso del mundo literario, el Nobel, y la decisión de la Academia Sueca de distinguir al novelista chino Mo Yan. El premio significó un regocijo para sus compatriotas y el rechazo de los intelectuales críticos con el régimen chino. El propio Mo Yan se defendió diciendo que para un escritor "la mejor manera de hablar es escribiendo", dejando en claro que, como en el caso de Vargas Llosa el año pasado, el premio reconoce una obra literaria y no un pensamiento más allá de los libros publicados por el autor. La controversia también rodeó al peruano Alfredo Bryce Echenique, quien se adjudicó el FIL de Literatura en Lenguas Romances 2012. El autor de Un mundo para Julius, acusado y multado en reiteradas oportunidades por plagio, debió recibir el galardón en Lima en lugar de en la apertura de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, con lo que se rompió la tradición de ediciones anteriores. El premio había sido cuestionado por una docena de intelectuales mexicano y al mismo tiempo apoyado por un nutrido grupo de personalidades del mundo de las letras. 
Otros grandes premios, en cambio, se rindieron sin cuestionamientos. La más alta distinción de las letras en lengua castellana, el Premio Cervantes, recayó sobre el poeta español José Manuel Caballero Bonald, de 86 años, mientras que el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana fue para otro poeta, el nicaragüense Ernesto Cardenal, de 87. Por su parte el escritor español Javier Marías rechazó el Premio Nacional de Narrativa que le concedió el Ministerio de Cultura español, por su novela Los enamoramientos. El español justificó la decisión en su voluntad de no querer ser etiquetado como autor "favorecido por este o aquel Gobierno", ni ser involucrado en juegos políticos. Y agregó que se habría negado a aceptar el galardón independientemente del partido que estuviera en el poder. 
Por su parte el estadounidense Philip Roth, cuyo nombre se encuentra abonado hace años a las listas de favoritos al Nobel de literatura, se llevó el Príncipe de Asturias de las Letras y luego sorprendió con su anuncio de retirarse del oficio de escritor. Entre los autores argentinos, Leopoldo Brizuela se llevó el premio Alfaguara de Novela por su thriller existencial sobre la historia argentina reciente, Una misma noche, en tanto que Ricardo Piglia fue honrado con el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes. En el rubro de la literatura infantil y juvenil, María Teresa Andruetto ganó el premio más prestigioso de esas letras, el Hans Christian Andersen. 
En el mundo de las artes plásticas, el popular cuadro El Grito, del pintor noruego Edvard Munch (de cuyo nacimiento se cumplirán 150 años durante 2013), batió todos los récords al alcanzar en subasta un valor de casi 120 millones de dólares. En Buenos Aires se destacó la muestra de Caravaggio en el Museo Nacional de Bellas Artes, más el aporte permanente de espacios consolidados como MALBA y Fundación Proa, y otros que comienzan a ganarse un lugar, como la Universidad de 3 de Febrero o el Museo de Tigre. 
En el plano cinematográfico, el film mudo de origen francés El artista, fue el gran ganador de los premios Oscar, llevándose 5 estatuillas, entre ellas la de mejor película, mejor Director (Michel Hazanavicius) y Mejor Actor (Jean Dujardin), mientras que el austríaco Michael Haneke volvió a quedarse con la Palma de Oro en el Festival de Cannes, por su último trabajo, Amour, protagonizada por dos leyendas del cine francés, Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva. El film de Haneke también es uno de los candidatos más firmes al premio de Mejor Película en Lengua Extranjera en la próxima entrega de los Oscars. En el plano local, el documental Papirosen, de Gastón Solnicki, ganó la competencia Argentina del BAFICI, en tanto que la comedia negra Hermanos de sangre, de Daniel de la Vega, se llevó el mismo lauro en el Festival de Mar del Plata. También causó polémica la no inclusión del gran documental Tierra de los padres, de Nicolás Prividera, en ninguna de las dos competencias mencionadas. Y merece destacarse el estreno de Infancia clandestina, de Benjamín Ávila (enviada por la Argentina como precandidata a los Oscar), que puso en pantalla una nueva e interesante versión de la lucha armada durante la última dictadura militar, a través de la mirada de un niño. 
Sin embargo, entre tanta novedad importante y despedidas de esas que no se olvidarán por muchos años, 2012 corre el riesgo de ser recordado como el año en que se impuso el baile del caballo, popularizado por el video de la canción Gangnam style, del rapero coreano Psy. Dicho video se convirtió en el más visto de la historia : sumando las primeras tres versiones que aparecen en la búsqueda del popular portal, el clip de Psy suma algo así como 1.200 millones de reproducciones. Lo que se dice un verdadero fin del mundo.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.