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domingo, 9 de mayo de 2021

LIBROS - "Café literario. La pulsión de escribir", de Verónica Abdala: Diálogos infinitos entre escritores

“Hay una traición potencial en todo vínculo y hoy está naturalizado el consumo de carne animal. Pero ¿no es también una traición a la naturaleza? […] Lo que nos separa del consumo humano es un tabú cultural”, dice la escritora Agustina Bazterrica, autora de la novela Cadáver exquisito, como si un tabú cultural fuera poca cosa. “La imagen idílica que uno tiene de la naturaleza se acaba cuando uno hace pie ahí. La naturaleza en soledad puede ser algo perturbador”, parece responder el chaqueño Mariano Quirós, autor de Una casa junto al tragadero. “Todos somos potencialmente monstruosos”, se suma la cuentista Samanta Schweblin, “aunque preferimos pensar que lo monstruoso siempre está afuera”. “A mí me gusta pensar que en todas las cosas se esconde lo innombrable, lo misterioso, lo incomprensible”, tercia la mendocina Liliana Bodoc, conocida por su popular Saga de los Confines. “En mi caso, la escritura me fue útil para racionalizar aquellas experiencias que en un primer momento parecían no tener explicación”, agrega Pablo De Santis, cuyo trabajo en la literatura policial, la literatura infantil y la historieta es harto conocido.

La posibilidad de construir hipotéticos diálogos como el anterior es uno de los atractivos del libro Café literario. La pulsión de escribir (Factotum Ediciones), en el que Verónica Abdala compila fragmentos de las decenas de entrevistas a escritores que realizó en sus 25 años de vida periodística. Piezas aparentemente sueltas, pero que permiten trazar líneas de sentido y tender infinitos puentes temáticos, aunque la literatura y su universo funcionan como un eje central que las organiza. Ese carácter fragmentado permite que Café literario pueda ser leído sin necesidad de seguir el orden estricto de la numeración de sus páginas. Al contrario, resulta placentero perderse en ellas, buscando lo que tienen para decir de distintos asuntos figuras como el peruano Mario Vargas Llosa, el español Juan José Millás, los argentinos Josefina Licitra y Héctor Tizón o el chileno Ariel Dorfman. Ninguna de las piezas seleccionadas por Abdala carece de valor. Los retratos de cada autor, realizados por el ilustrador Tomás Gorostiaga con tinta y agua de café, potencian ese espíritu de charla de sobremesa que recorre a todo el libro.

Pero un trabajo como Café literario también plantea otros interrogantes. Porque si bien no llega a poner en cuestión la noción de autor, sí dispara algunas preguntas sobre el asunto, que, en definitiva, no se alejan mucho de aquellas que André Bretón dejó abiertas cuando se le ocurrió plantar un mingitorio sobre un pedestal. Está claro que Abdala no tiene la actitud provocadora del francés, quien con su gesto no solo problematizó la noción de autoría sino la del arte mismo. Sin embargo, al firmar como propio un libro compuesto por una constelación de textos ajenos, es inevitable preguntarse qué significa, al menos en este caso, ser un autor.

Una respuesta posible, una que le resulta conveniente a quien firma este artículo, tiene que ver con la puesta en valor de un oficio cada vez más denigrado, como el periodismo. El periodismo en general, por supuesto, que atraviesa un estado crítico que no solo tiene que ver con una reestructuración tecnológica que afecta a su modelo empresarial (y, por lo tanto, a sus trabajadores), sino con una profunda crisis de valores que socaba la ética misma de la actividad. Pero además, tratándose de un libro de entrevistas a escritores y escritoras, el gesto de Abdala revaloriza también el difícil trabajo del entrevistador y, en particular, el que realiza el periodista cultural.

Porque es muy difícil responder con profundidad o inteligencia a preguntas superficiales y estúpidas. Y hay que estar muy preparado para sentarse a la mesa de un Premio Nobel y convertirse en un interlocutor válido. En ese terreno, Abdala exhibe como medallas el mérito de haber intercambiado preguntas y respuestas no solo con uno, sino con tres Nobel de Literatura, como el sudafricano J. M. Coetzee, al portugués José Saramago y el propio Vargas Llosa. También ha tenido el honor de entrevistar a primeras figuras de la literatura mundial, como los estadounidenses Ray Bradbury y Erica Jong o el polaco Ryszard Kapuściński, y a destacados representantes de la literatura iberoamericana y argentina. Si de algo da cuenta ese corpus compacto conformado por todos los fragmentos recogidos en Café literario, es de la capacidad de, sí, su autora, para obtener esas respuestas valiosas de sus entrevistados. Ese, ni más ni menos, es el trabajo de un buen periodista cultural.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 30 de abril de 2021

CINE - "Esperando a los bárbaros" (Waiting for the Barbarians), de Ciro Guerra: Una obvia alegoría sobre la barbarie

La historia que eligió Ciro Guerra para su primera película hablada en inglés, Esperando a los bárbaros, no se aleja mucho de los relatos sobre los que este cineasta colombiano trabajó en su filmografía previa. Y está filmada con la misma delicadeza formal que el director mostró en sus cuatro películas anteriores, incluyendo El abrazo de la serpiente, que estuvo entre las nominadas al Oscar en el rubro Mejor Película Extranjera en 2016. Acá vuelven a aparecer muchos de los elementos con los que ya es posible identificar al conjunto de su obra. Desde el inevitable choque cultural que producen las dinámicas de la colonización, hasta esas explosiones de violencia que parecen difíciles de justificar, pero que son parte nuclear de la lógica de la conquista. La misma lógica que se encuentra expresada en el clásico lema sarmientino de Civilización o Barbarie, y que en este caso se hace explícito en el título mismo de la película.

Dicha historia transcurre durante algún momento del siglo XIX en una apacible aldea amurallada, puesto de frontera de un Imperio sin identificar, en un lugar geográfico que bien podría ser una zona desértica del norte africano o de Asia menor. El Magistrado dirige el lugar de manera más laxa que benévola, quizá porque la tranquilidad reinante no le demanda más que eso. Pero una mañana, sin aviso, llega hasta ahí el Coronel Joll, un ser siniestro que sostiene que los pueblos bárbaros que viven más allá de la frontera se preparan para avanzar sobre el Imperio. Al Magistrado, que sabe que eso es imposible, la misión de Joll le causa gracia. Hasta que es testigo de las atroces torturas de las que son víctimas algunos pastores nómades, señalados como bárbaros por el Coronel. 

La ausencia de un nombre propio para identificar a ese Imperio funciona en la película (y en la novela homónima del Nobel sudafricano J.M. Coetzee, también autor del guión) como un dispositivo que permite ir de la parte al todo. Ese todo es la Europa decimonónica y la forma en la que sus Imperios se vincularon a través de la conquista con las culturas para ellos periféricas. Pero además el relato funciona como espejo para América latina, no solo por su condición de víctima de la colonización, sino porque en la figura alegórica de ese Imperio también es posible reconocer la acción represiva de sus distintas dictaduras autóctonas hacia el interior de los pueblos. El personaje del Magistrado representa también un arquetipo repetido en el cine de Guerra: la figura del buen conquistador, que acá es quien media entre el horror y el espectador. Y si bien todo eso es pertinente, el relato adolece de un trazo grueso que es notorio incluso en el desarrollo de personajes unidimensionales, en un universo congelado en el que el bueno es siempre bueno, y el malo muy malo. Por no hablar de la obvia ambigüedad con que el término bárbaro es usado en esta historia. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.