sábado, 26 de febrero de 2011

CINE - Piraña 3D (Piranha 3D), de Alexandre Aja: Festival de tetas y sangre

Está claro que Piraña 3D, la nueva película de Alexandre Aja, no es una joya del cine, pero tampoco lo pretende. Si algo no se le puede reprochar es su honestidad para no traicionar los recursos narrativos y de género elegidos. Con los extremos como objetivo, Piraña 3D jugará durante 90 minutos a la incorrección política desde el humor negro, el gore y la exposición del cuerpo femenino a la manera de las viejas películas que combinaban el terror con el sexploitation, basadas en el clásico pack de tetas y sangre. Claro que esa incorrección política no pasa de ser eso, un juego: todo es leve en sus módicas transgresiones. Pero esa levedad, que en otros casos podría ser reprochable, tiene una raíz lúdica y también eso es un objetivo cumplido por Aja, quien desde el éxito de Alta tensión, película con la que saltó a la fama en 2003, viene abordando el género con éxito desparejo. Piraña 3D es, entonces, su obra más lograda, porque se toma muy en serio el trabajo de no tomarse con seriedad.
Alcanzan la primera escena y la secuencia de títulos para saber cuál es el escenario que durante hora y media propondrá la película, remake del film de 1978 dirigido por Joe Dante. Un hombre en un botecito pesca en un lago solitario y cristalino. Es un señor mayor, con un gorrito de lana negro y anteojos, que silba una canción que tal vez algún espectador reconozca. Se trata del gran Richard Dreyfuss, reconstruyendo casi 40 años después las señas de Matt Hooper, el nerd antihéroe de Tiburón (1975), el film que le abrió la puerta grande a Steven Spielberg. Que ese tipo que ha sobrevivido a las quijadas del Gran Blanco acabe en el agua devorado por un cardumen de pirañas antediluvianas, liberadas por una grieta abierta en el fondo del lago por un breve movimiento sísmico, es la segunda gran broma de Piraña 3D. La primera fue dada antes de entrar a la sala, con el propio afiche promocional de la película que, como el del original de 1978, también remeda el poster de Tiburón. Las referencias al trabajo de Spielberg es una de las bases de Piraña 3D y la secuencia de títulos vuelve a jugar con eso. Es que el pueblito a orillas del lago Victoria se convierte en verano en un importante centro de veraneo
, como ocurría con Amity en Tiburón.
Esa escena de estudiantina divirtiéndose en el agua es la excusa para comenzar con otro de los pilares de la película: la exhibición del cuerpo femenino potenciado con la tecnología del 3D, con una estética ligada al porno (otro juego, reforzado con los cameos de algunas reconocidas actrices del género, que esta vez acabarán mal). Sin embargo, ambos recursos requieren del espectador entrar rápidamente en la sintonía que la película propone, caso contrario no se verá en ellos el humor que evidentemente tienen. Nada de esto libra a Piraña 3D de una primera mitad llena de convenciones: al juego del pueblito playero invadido por el horror se suma el adolescente tímido entre mujeres exuberantes, los investigadores atacados por los monstruos, etc. Pero cuando la tragedia al fin se desata, llega lo mejor de la película. El humor negro es llevado muy lejos: el exceso constante de sangre, vísceras y referencias sexuales es tal que, en lugar de producir impresión, provoca risa. Y eso está bien. Sobre todo para un director como Aja, que comenzó su carrera en 1999 adaptando al cine un cuento de Julio Cortázar (en Furia, basada en “Graffiti”, incluido en el libro Queremos tanto a Glenda), con una todavía desconocida Marion Cotillard como protagonista, pero cuyos últimos trabajos (El despertar del diablo y Espejos siniestros) pretendían una seriedad que Piraña 3D por suerte no tiene.


Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos y Cultura de Página/12.

CINE - Soy el número cuatro, de D. J. Caruso (I am number four): Otro adolescente rarito

El estreno de Soy el número cuatro es la prueba de cuánto depende la industria norteamericana de las fórmulas. Así como para todos los 14 de febrero se estrenan una o varias películas sobre San Valentín, para los primeros meses del año nunca falta una película de acción y fantasía dedicada a los jóvenes, generalmente basada en una novelita exitosa en Estados Unidos, protagonizada por estrellas en cierne bajo la dirección de algún hombre de confianza (lo que en Hollywood significa: alguien que filme lo que los estudios quieren, rápido y barato). Soy el número cuatro, un nuevo eslabón en esa serie, está dirigida por D. J. Caruso y estelarizada por el joven británico Alex Pettyfer, dos que ya tienen experiencia en este tipo de productos: el director fue responsable de Control total y Paranoia, ambas con Shia LaBeouf, y el actor protagonizó Alex Rider: Operación Stormbreaker. Como en años anteriores, el resultado es de manual y los atractivos cinematográficos, muy pocos.
Igual que otras películas de su clase (incluyendo las sagas Eclipse o Harry Potter), que a partir de las metáforas de lo paranormal, el vampirismo, la divinidad o la magia juegan con la idea de la adolescencia como tiempo y espacio de permanentes conflictos de uno contra todo (donde todo incluye a uno mismo), Soy el número cuatro se mete en el berenjenal que faltaba: el adolescente como extraterrestre. John es un joven que parece vivir una vida perfecta de sol y playa, de amigos y chicas. Pero resulta que el muchacho es, sí, extraterrestre: uno de nueve sobrevivientes enviados a la Tierra para salvar su raza. El problema es que hay otros seres del espacio, feos y brutales, que los vienen cazando en orden: ya mataron a tres y John es el cuarto. Lo más incómodo del asunto es que cuando uno de los suyos es asesinado, el cuerpo de John despide unos rayos de luz, que esta vez le espantan a la chica de turno en el mejor momento. Huyendo de un pueblo a otro al cuidado de su protector Henri (Thimoty Oliphant), John no tiene una vida social estable y mucho menos, identidad. Es por eso que, cuando llega al que será su nuevo hogar, el amor aparecerá como un nuevo obstáculo para su supervivencia.
Con un imaginario de todo por 2 pesos en pos del consumo masivo, Soy el número cuatro es al cine lo que una hamburguesa con papas fritas a un plato gourmet. En esta idea del cine como comida rápida (chatarra también le calza), la película es casi siempre un desacierto. Y no sólo por lo previsible de la historia, el CGI a reglamento, los problemas de continuidad, el humor tonto o el esquematismo moral en el que los malos son feos por defecto y los lindos siempre buenos. Hay en la película una falta de preocupación por la coherencia y la cohesión interna. Nadie pretende que haya que explicar los motivos por los que estos chicos fueron exiliados de su planeta, ni de por qué los otros los persiguen. Pero que no haya ninguno, nunca, ya parece mucho. Del mismo modo, la reducción de la adolescencia siempre a lo mismo, sin matiz alguno, resulta casi ofensiva: el lugar común de los chicos raros estigmatizados por los piolas del colegio, el amor inmaculado que nunca se consuma en pantalla, la inseguridad permanente, todo presentado sin variantes de una película a la otra termina por agotar. Mientras tanto, un film muchísimo más entretenido y original en cualquiera de los sentidos posibles, como lo es Scott Pilgrim vs. los ex de la chica de sus sueños, ni siquiera tuvo un estreno comercial en cines. ¿Quién lo entiende?


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

martes, 15 de febrero de 2011

LIBROS - Los trabajadores del frío, de Ramiro Quintana: Escribir en los extremos y el sentido de lo ausente

Dice así: 

Especie de libro otoñal que parece haber perdido algunas hojas –igual que el árbol que ilustra su cubierta (que las ha perdido todas)–, el relato de Los trabajadores del frío empieza en medio de la nada con esta fórmula, que además oficia de alternativa al clásico “Había una vez” de los cuentos para chicos. Con un recurso tan sencillo, Ramiro Quintana consigue dar a su última novela el aspecto de una manufactura incompleta. Pero, a diferencia de otras obras deliberadamente inconclusas, lo que le falta a esta se encuentra ausente ya desde el comienzo. Un recurso hábil que discute con una premisa de evidente falsedad: que existe la obra de arte completa. Toda la literatura (excepción hecha de los Libros Sagrados, cuyas narraciones arrancan incluso antes de la Historia misma) está conformada por relatos empezados, segmentos arbitrarios sobre líneas siempre infinitas. Lo que hace Quintana en su novela es volver evidente esta condición, a partir del simple mecanismo de empezarla como si ya lo hubiera hecho antes. El recurso se repite; entonces es posible sospechar la circularidad. Por eso:

Entre la trampa mortal del lenguaje con el que Quintana construye un narrador ultrabarroco, y sus personajes erigidos con la gracia de lo cotidiano, son tres los humores que atraviesan a Los trabajadores del frío. El de un lenguaje forzado hasta el ridículo; el que surge de la idiosincrasia misma de los personajes que habitan cada relato y, por último, aquel que genera el contraste de los dos anteriores. El resultado final es una novela episódica, que narra la Historia y las historias de los habitantes de un pueblo de pastores de ovejas. Un relato que comienza con un rebaño perdido y que podría ser el mismo que aparece al final, como santo remedio para el insomnio del vago del pueblo. Otra vez el círculo. Entre un punto y otro, una serie de personajes únicos se van apilando en una mitología de lúcido sinsentido. Un hombre tuerto que, allá en la infancia, dejó su ojo en el rayo de una bicicleta; o su mujer que, encendida por el deseo de hacerse amar por un carterista en un pueblo donde no existen las carteras, debe primero inventar lo último para permitir que de ahí surja el delito. Al fin:

Los trabajadores del frío resulta tan inesperada como breve y desquiciada, pero para nada huérfana a pesar de su rareza. Si hubiera que rastrear una genealogía próxima en la cual encontrarle parientes a la última novela de Quintana, no habría que descartar las Dos fantasías memorables de Bustos Domecq y Un modelo para la muerte de Suárez Lynch, ni alguna de las impares novelas italianas de J. Rodolfo Wilcock (verbigracia, El templo etrusco). Basta para todos.  

Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 12 de febrero de 2011

CINE - Juan José Saer va al cine: El director Gustavo Fontán adaptará la novela El limonero real

No son pocos los artistas convencidos de ser simples amanuenses, de no ser ellos los creadores de las obras, sino simples instrumentos en manos de una entidad superior e incomprobable (¿Un Dios? ¿El Cosmos? ¿La Nada?), dedicada a encontrarle cuerpo a los espíritus que habitarán para siempre esas obras. Según ese pensamiento, no importa cuánta resistencia se oponga: el arte busca nacer y, tarde o temprano, encontrará un canal de parto para hacerlo. Desde allí, también parece que los artistas estuvieran predestinados a sus obras y no al revés. Por eso, cuando la noticia dice que los herederos de Juan José Saer acaban de autorizar una adaptación cinematográfica de la novela El limonero real, y que el hombre a cargo será el director Gustavo Fontán, la sorpresa inicial se disuelve con rapidez. No deja de ser inesperado que alguien pretenda adaptar un trabajo de Saer al cine, y mucho más si el texto elegido es uno tan difícil de imaginar en pantalla. Es ahí cuando una certeza comienza a hacerse carne: que quizá Saer escribió El limonero real sólo para que Fontán pudiera pensarla en imágenes.
El desafío es inédito, pero no nuevo para Fontán. Basta con recordar cualquiera de sus películas para saber que él es uno de los pocos directores capaces de reciclar en el cine, con luces y sombras, lo que Saer construyó con palabras sobre el papel. Pero sobre todo lo confirma La orilla que se abisma, su segunda película, traducción exquisita de la obra de Juan L. Ortiz, que a partir de paisajes (fijos o en movimiento), de reflejos y claroscuros como fantasmas, y de los sonidos al natural de las riberas entrerrianas, consigue restaurar en la memoria los mejores versos del poeta, y convertir al espectador en lector. Seguramente no habrá sido menor el peso del exitoso experimento cinematográfico que representa La orilla que se abisma, para convencer a los herederos de que, tal vez, no hay mejores ojos que los de Fontán para ver a Juan José Saer desde la mirilla de una cámara filmadora.
Desde Entre Ríos, donde se encuentra ultimando los detalles de lo que será su próxima película, El rostro, Fontán escribió en su blog que su relación con Saer y en particular con El limonero real, no es algo nuevo y que eso multiplica sus sensaciones ante el proyecto. “Durante mucho tiempo la vida de estos personajes me rondó, me asedió, y por el inmenso valor de la obra siento una enorme responsabilidad”, firma el director. Seguro de su trabajo y sus convicciones estéticas, abordar a Saer no deja de ser un gran desafío y Fontán espera estar a la altura, que tiene el tamaño de la obra de uno de los más importantes escritores de la literatura argentina.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.

LIBROS - Biografías gráficas: Cuatro Che Guevaras dibujados

Una de las cosas que se dicen del Che Guevara es que su imagen es la más difundida del siglo XX. Un dato tal vez incomprobable, pero que le agrega leña a la inmensa caldera de su figura. A partir de su inesperado ingreso al panteón de los íconos del universo pop (remeras rockeras y pósters mediante) desde la reapropiación realizada por muchas bandas de rock durante los ’90, que o bien utilizaron su imagen –como Rage Against The Machine en la tapa de su simple Bombtrack–, o dentro de la composición de sus letras –como Los Fabulosos Cadillacs con la canción “Gallo rojo”, en su disco El león–, el Che sigue siendo uno de los personajes favoritos de los jóvenes. Desde allí, afortunadamente o no, el rostro de Ernesto Guevara en la versión del fotógrafo Alberto Díaz, mejor conocido como Korda, es hoy (además de un símbolo para quienes defienden causas sociales) parte de la cultura de consumo. Por eso no es extraño que muchos de los adolescentes que lucen esa imagen en remeras, afiches murales, mochilas o lo que fuera, apenas conozcan la historia que se esconde tras esa mirada que parece observar no un lugar, sino un tiempo: uno que quizá nunca será, pero también un futuro posible.
Ante la fascinación por esa imagen, en una época donde estas parecen gobernarlo todo, muchas editoriales han sacado diferentes publicaciones que abordan al personaje histórico desde ángulos muy diversos y para públicos potenciales muy específicos. Desde una impensada versión para chicos de entre 4 y 10 o 12 años de edad, a la reedición de la famosa historieta escrita por el no menos legendario creador de El Eternauta, Héctor Oesterheld, y dibujada magistralmente por Enrique y Alberto Breccia, las casa editoras ofrecen materiales de muy diversa factura. No quieren desaprovechar el potencial comercial de la leyenda, detrás de la cual hay un hombre.
Lo más curioso de estos cuatro libros (Che. La estrella de un revolucionario, con textos de Constanza Brunet y Guido Indij e ilustraciones del coreano Ju Yun-Lee; Vida de Ernesto Che Guevara, de Oesterheld, Breccia y Breccia; Che, del coreano Kim Yong-Hwe; y Una biografía gráfica del Che. Vida y leyenda de Ernesto Guevara, de los estadounidenses Sid Jacobson y Ernie Colón), es que cada uno a su manera cumple con el objetivo de abordar a su público potencial utilizando los recursos que mejor rendimiento pueden tener en pos de cumplir su propósito. Así, el primero es un perfecto cuento para chicos, tanto desde lo narrativo como desde sus bellas ilustraciones; el segundo es un clásico indudable de la historieta argentina. El tercero, sin dudas, cautivará a los amantes del manga y el animé; mientras que el último puede servir de introducción válida para aquellos que lo ignoren todo acerca del personaje y su marco histórico.
Sin embargo, ninguno de ellos puede arrogarse el derecho de ser un retrato definitivo y completo acerca de Ernesto Guevara de la Serna, el joven rosarino que se fue de la Argentina lleno de ilusiones y proyectos y que murió asesinado en Bolivia, convirtiéndose, en el camino que va de un punto al otro, en uno de los hombres más importantes de su tiempo.
Hoy, a casi 44 años de su desaparición, su gesta entre romántica y violenta sigue despertando pasiones encontradas: admiración o rechazo, amores y odios. Mientras tanto, su ya legendario saludo final (fruto de una lectura equivocada que Fidel Castro hizo de su carta de despedida, aquella que el Che escribió al partir por última vez de Cuba) seguirá siendo un canto de esperanza para quienes, como él, no se resignan a vivir en un mundo de injusticias.
Será entonces, hasta la victoria siempre.



Para chicos


Convertir a una figura notable, como la que terminó de escribirse en una escuela de La higuera, en Bolivia, en el personaje de un cuento para chicos, es ciertamente una tarea controvertida. No porque el ejemplo del Che Guevara no merezca ser llevado a los más pequeños, sino porque muchos de los detalles de su biografía, sin dudas , no son aptos para menores, o bien muy difíciles de transmitir correctamente sin crear falsas dicotomías respecto del valor de la vida ajena.
Constanza Brunet y Guido Indij, los responsables de los textos de Che. La estrella de un revolucionario, han optado por no abusar de los detalles violentos que dominan gran parte de la vida política del Che. Para eso es fundamental el notable trabajo del ilustrador coreano Ju Yun-Lee, quien tampoco se excede en el uso del rojo, manteniendo las alusiones a la sangre y la política bajo control, para que su aparición en los momentos adecuados resulte tan sutil como simbólica.
Estructurada en torno a diferentes citas extraídas de textos, cartas y discursos de Guevara, Che. La estrella de un revolucionario consigue hilvanar un relato humanista a partir de los ideales más nobles de la gesta de aquel que quiso construirse a sí mismo y para todos, un hombre nuevo.
La epopeya del joven que a partir del viaje iniciático a caballo de su moto despierta a las iniquidades de un mundo injusto, es también un relato que rescata el valor de la lucha idealista y el concepto del “todos para uno y uno para todos” de la vida en comunidad.
Un libro doblemente único en su clase, por contenido y lujo visual.


Para adolescentes

¿El Che Guevara con cara de dibujo animado japonés? ¿El Che Guevara combatiendo contra el ejército imperial de Lord Vader? ¿El Che asesinado en Bolivia por el omnipresente señor Smith de Mátrix? ¿Cuál de las pastillas hay que tomar para entrar en ese universo, en el que lo inesperado salta sin aviso al pasar de una página a otra?
La novela gráfica Che, del coreano Kim Yong-Hwe retoma el mito de uno de los hombres más reales de la historia universal, para contársela a aquellos adolescentes que llevan sus remeras sin saber muy bien qué detalles se ocultan detrás de la imagen de ese hombre con barba y boina estrellada, que eternamente mira más allá, como por sobre la cabeza de todos los que sin éxito le buscan los ojos.
Como su objetivo son esos chicos, la gran innovación y a la vez el acierto de esta versión de la vida de Ernesto Guevara, es la incorporación de diversos íconos de la cultura pop para reforzar desde lo simbólico algunos conceptos fundamentales.
Por eso no es ni casual ni ociosa la asimilación de Darth Vader al imperialismo estadounidense, como tampoco lo es que el Señor Smith, aquel virus o falla en el sistema de Matrix, capaz de aparecer donde fuera o asumir la identidad de cualquier persona del mundo, sea el encargado de acabar con el héroe de un tiro en la cabeza.
Otro gran punto a favor de Che es su estética de manga, estilo de historieta propia del Japón, y extensiva a los países de Extremo Oriente (Corea incluida), cuyos productos son de los que mayor llegada tienen entre los lectores más jóvenes.



Para revolucionarios


Héctor Oesterheld es, quizá, junto a Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, uno de los hombres del universo artístico de la Argentina más recordados por su papel dentro de la resistencia durante los primeros años de la última y más sanguinaria de las dictaduras militares que minaron de horror la historia política de la Argentina.
Sin embargo, su valor no es mayor que el del resto de las 30 mil almas arrancadas de sus cuerpos, ni del de los muchos miles que sobrevivieron a costa de cargar para siempre cicatrices. Lo que distingue a Oesterheld es que, como Conti o Walsh, han dejado una obra por la que sus nombres se volvieron inolvidables. Dentro de ella destaca, por varios motivos, Vida de Ernesto Che Guevara, publicada originalmente en enero de 1968, imediatamente después del asesinato del Che en Bolivia.
Escrita por Oesterheld e ilustrada por Enrique y Alberto Breccia en perfecto blanco y negro, esta es la más comprometida con los acontecimientos que componen el relato y a la vez la más poética de las versiones de las biografías del Che incluidas en este informe.
Algo más allá del papel liga la existencia de personaje y creador, al punto de que el destino acabaría por convertir también en víctima al escritor.
Tanto uno como el otro no se resignaron a roles pasivos en el devenir histórico de su tiempo, y sus propias vidas fueron parte de los sacrificios que con generosidad aceptaron hacer en pos de lo que consideraban un mejor futuro.
Todo eso se nota en esta obra, concebida en un menage a trois que entrelazó los talentos de Héctor Oestrheld y los Breccia, padre e hijo.


Para peleadores

Si el mito del Che fue repensado en clave infantil, de manga o de leyenda libertaria en los otros libros seleccionados aquí, Una biografía gráfica del Che. Vida y leyenda de Ernesto Guevara se ocupa de la tarea de narrar la historia de quien fuera una de las máximas figuras de la Revolución Cubana para un público menos informado acerca de ella. Es el Che explicado para jóvenes estadounidenses y, tal vez, europeos. Editado en España y de reciente distribución en la Argentina, este trabajo del guionista estadounidense Sid Jacobson y su compatriota, el ilustrador Ernie Colón, aborda a su figura central del modo en que los Estados Unidos y los medios de comunicación que siguen el modelo que desde allá se propone, manejan la información: dando por supuesto que esta es invariablemente objetiva, y diluyendo cualquier arista ideológica en esa suposición. Por eso es la versión gráfica de la vida del Che que intenta con más ahínco hacer pie en el detalle de los contextos históricos.
Para eso, Una biografía gráfica del Che incorpora sinópticas clases de historia que pretenden dar cuenta de la situación política en cada uno de los países de América Latina, al momento en que Guevara encaraba sus ya legendarios viajes en moto. Sin embargo, no deja de ser una mirada sobre la historia ajena y muchas de las verdades expuestas por los autores son pasibles de ser puestas en duda, o por lo menos discutidas. Y ajena a punto tal, que los autores necesitan aclarar que cuando Guevara alude a América en sus textos, en realidad se refiere a América y no a los Estados Unidos.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.