Con el rock en estado de sitio, atrapado por el cerco que le ha impuesto el auge de ritmos hasta hace algunos años marginales como la cumbia, el regaetton o el más contemporáneo trap, no es arriesgado afirmar que lo mejor que ha producido el género durante las dos primeras décadas del siglo XXI no ha surgido del espacio musical, sino del de las letras. Ni hablar si se piesa de Jazz, convertido prematuramente en música clásica. Es verdad que esta afirmación forma parte de un juego provocador. También es cierto que mientras el surgimiento de bandas de rock o ensambles de jazz que capturen la atención de un público masivo ha menguado de manera notoria (peor aún si se piensa en la retracción del mercado discográfico, que en realidad afecta a todos los géneros por igual), el fenómeno de los libros “musicales” se encuentra en su mejor momento. Tres títulos recientes lo confirman: se trata de Ramones en Argentina, de Gerardo Barberán Aquino; El ritual de Jane’s Adiction, de Fabrizio Pedrotti; y Grandes del jazz internacional en Argentina, de Claudio Parisi.
No se trata de simples biografías, que sería lo esperable, sino de un ensayo que bucea en el mito detrás de un disco, una antología de relatos que combinan lo histórico con lo anecdótico y una cronología documentada acerca de la banda neoyorkina más argentina del mundo. Todos forman parte de un fenómeno que no se detiene en nombres obvios como los de The Beatles o Rolling Stones. La tendencia incluye libros sobre artistas de la talla de Metallica, Piazzolla, Charly García, Aníbal Troilo, Joy Divison, Spinetta, Calamaro, Queen, además de investigaciones sobre espacios o publicaciones míticas, y otras que documentan el desarrollo local de los géneros más diverso, del blues a la música experimental. Incluso se han publicado en los últimos años novelas gráficas basadas en las historias de artistas como Nirvana, Bob Marley o los omnipresentes Ramones. Un universo en plena expansión.
El fenómeno se apoya en el surgimiento de editoriales dedicadas a producir material ad hoc. Entre ellas deben mencionarse a sellos como Caja Negra, Ma Non Troppo, Maten al Mensajero, entre otras, además de las eventuales incursiones de los grandes grupos editoriales. Entre todas ellas se destaca Gourmet Musical, verdadera usina de libros dedicados a la música, a cuyo catálogo pertenecen los tres libros citados.
Puede decirse que Ramones en Argentina y Grandes del jazz comparten la premisa de origen: ambos buscan trazar un mapa preciso del vínculo que distintos artistas mantuvieron con este territorio al sur de todo. El primero limitándose al recorrido del popular combo punk por los escenarios del país, desde su primer show en el estadio Obras (febrero de 1987) hasta el último en marzo de 1996, en cancha de River, el más multitudinario que la banda dio en su vida. El segundo realizando un cronograma exhaustivo de nombres, fechas y testimonios que dan cuenta del desempeño de los nombres más notorios de la historia del jazz frente a auditorios locales. Por su parte El ritual de Jane’s Adiction toma como disparador al segundo disco de la banda californiana, Ritual de lo habitual (1990), cuya influencia marcaría el rumbo estético de la escena rockera de esa década.
Pero si hubiera que reunir a los tres títulos bajo una etiqueta que los identifique, debería decirse que se trata de libros que cuentan historias de amor. El de Barberán Aquino retrata el intenso romance que mantuvieron los Ramones con sus fans argentinos. Es sabido que los neoyorquinos fueron más populares acá que en cualquier otro lugardel mundo y que inicialmente aquel show del ’96 se había programado para ser también el último que daría la banda. Adicionalmente el libro aprovecha su viaje para esbozar una síntesis de la evolución del género en el país, convirtiéndose en una breve y espontánea enciclopedia del punk local.
La historia de amor de El ritual de Jane´s Adiction parece ser más íntima: la de Pedrotti con aquel disco emblemático. La intensidad del vínculo se traduce en un libro que no solo aborda la gran influencia que la obra de Jane´s Adiction y ese disco en particular tuvieron sobre su época, sino que debe ser el más completo que se haya escrito sobre la banda en el mundo. Por su parte Parisi retrata la pasión que los argentinos sintieron por el jazz en el período que va de 1956 a 1979, acumulando una cantidad de anécdotas imperdibles sobre el paso por el país de artistas de la talla de Louis Armstrong (que en 1957 acabó detenido en una comisaría por una denuncia de ruidos molestos), Dizzy Gillespie, Ella Fitzgerald, Duke Ellington, Bill Evans o Lionel Hampton, entre muchos, muchísimos más.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
domingo, 11 de agosto de 2019
jueves, 8 de agosto de 2019
CINE - "Mi amigo Enzo" (The Art of Racing in the Rain), de Simon Curtis: La mirada de los perros
Se sabe: el perro es el mejor amigo del hombre y a veces también de los productores de cine, que a fuerza de insistencia transformaron a los dramas con canino incluido en un subgénero. Su esfuerzo se apoya en un público fiel que paga las entradas, convirtiendo en éxito a películas como Marley y yo (David Frenkel, 2008), Siempre a su lado (Lasse Hallström, 2009), La razón de estar contigo (de nuevo Hallström, 2017) y La razón de estar contigo 2 (Gail Mancuso, 2019) o Mis huellas a casa (Charles Martín Smith, 2019), por nombrar las últimas que se estrenaron por acá. Incluso hay quienes hicieron carrera en esto, como el citado Hallström o W. Bruce Cameron, autor de las novelas en las que se basan las tres últimas, y guionista de ellas junto a Cathryn Michon. La mención es útil para abordar el estreno de Mi amigo Enzo, de Simon Curtis, que muestra coincidencias con los trabajos de Cameron.
Como en estos, acá el pulgoso en cuestión tiene una voz que desde un estricto off hace avanzar el relato, acompañando las acciones con reflexiones y comentarios que dan cuenta del paso del tiempo y la vida. El valor agregado de esa voz profunda es que pertenece a Kevin Costner, cuya efectividad se basa en la capacidad para ser ligero en los momentos luminosos y para pisar el acelerador del dramatismo cuando la cosa se pone fea. Pero sin abusar, aunque el guión se pase de rosca justamente en esa dirección.
Quien haya visto algunos de los títulos mencionados sabrá que no hay forma de encontrar nada novedoso en la sinopsis de Mi amigo Enzo. A saber: el protagonista de turno, joven y soltero, elige una mascota: su mirada será el punto de vista de la película. En este caso se trata de Denny Swift, un prometedor piloto de carreras que se enamora, se casa, se reproduce y debe lidiar con dificultades de distinto grado a las que lo enfrentan las curvas de la vida. Que a partir de la mitad del film son muchas, demasiadas, y cada vez más extremas. Estas fatalidades son además una excusa para que la película incluya una mirada (pseudo) espiritual cercana al universo de la autoayuda.
Enzo (bautizado en honor al fundador de Ferrari) es testigo privilegiado de todo y la película se apega a estrictamente a ese dispositivo. De ese modo, será su presencia la que defina qué es lo que se pone en escena y qué es lo que queda fuera de campo. Un rigor que no suelen tener otros títulos del subgénero, aunque eso no significa que este sea mejor que los demás, y si eventualmente lo es, no será solo por eso. Sin ser una gran película, Mi amigo Enzo logra crear algunos climas emotivos con herramientas genuinas, incluso cuando, como se dijo, el guión abusa de las tragedias que Denny debe afrontar, agobiándolo por momentos casi con saña. Como si se tratara de una ecuación, esta clase de películas necesitan equilibrar la balanza incluyendo, por ejemplo, un final tranquilizador, casi religioso. Porque si el espectador se irá de la sala llorando, que sea al menos creyendo que hay esperanza.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Como en estos, acá el pulgoso en cuestión tiene una voz que desde un estricto off hace avanzar el relato, acompañando las acciones con reflexiones y comentarios que dan cuenta del paso del tiempo y la vida. El valor agregado de esa voz profunda es que pertenece a Kevin Costner, cuya efectividad se basa en la capacidad para ser ligero en los momentos luminosos y para pisar el acelerador del dramatismo cuando la cosa se pone fea. Pero sin abusar, aunque el guión se pase de rosca justamente en esa dirección.
Quien haya visto algunos de los títulos mencionados sabrá que no hay forma de encontrar nada novedoso en la sinopsis de Mi amigo Enzo. A saber: el protagonista de turno, joven y soltero, elige una mascota: su mirada será el punto de vista de la película. En este caso se trata de Denny Swift, un prometedor piloto de carreras que se enamora, se casa, se reproduce y debe lidiar con dificultades de distinto grado a las que lo enfrentan las curvas de la vida. Que a partir de la mitad del film son muchas, demasiadas, y cada vez más extremas. Estas fatalidades son además una excusa para que la película incluya una mirada (pseudo) espiritual cercana al universo de la autoayuda.
Enzo (bautizado en honor al fundador de Ferrari) es testigo privilegiado de todo y la película se apega a estrictamente a ese dispositivo. De ese modo, será su presencia la que defina qué es lo que se pone en escena y qué es lo que queda fuera de campo. Un rigor que no suelen tener otros títulos del subgénero, aunque eso no significa que este sea mejor que los demás, y si eventualmente lo es, no será solo por eso. Sin ser una gran película, Mi amigo Enzo logra crear algunos climas emotivos con herramientas genuinas, incluso cuando, como se dijo, el guión abusa de las tragedias que Denny debe afrontar, agobiándolo por momentos casi con saña. Como si se tratara de una ecuación, esta clase de películas necesitan equilibrar la balanza incluyendo, por ejemplo, un final tranquilizador, casi religioso. Porque si el espectador se irá de la sala llorando, que sea al menos creyendo que hay esperanza.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
domingo, 4 de agosto de 2019
LIBROS - "Cielo Drive", de Sebastián De Caro: ¿Se puede matar un sueño? Los asesinatos del Clan Manson
¿Se puede matar un sueño? Claro que sí. ¿Y cuál es el mejor plan para conseguirlo? Liberar a la peor de las pesadillas y dejar que ella se encargue de todo. Exactamente eso es lo que hizo Charles Manson la noche del 9 de agosto de 1969, cuando le encomendó a cuatro miembros de su clan (tres chicas y un muchacho de entre 20 y 24 años de edad) desatar una masacre en la mansión ubicada en el número 10050 de la calle Cielo Drive, en el exclusivo barrio hollywoodense de Beverly Hills. Y la pesadilla resultó espantosa. Los chicos fueron y mataron a cinco personas, incluyendo a Sharon Tate, una prometedora actriz casada con el por entonces ascendente director polaco Roman Polansky. Tate estaba embarazada, solo le faltaban dos semanas para dar a luz y recibió 16 de las 102 puñaladas que los asesinos repartieron entre cuatro de las cinco víctimas. A la quinta, el adolescente Steven Parent, la mataron a tiros. Esa fue la pesadilla que terminó con el sueño hippie, aquel que durante la segunda mitad de los años ’60 abrazaba una juventud ávida de paz, amor libre y una vida en contacto con la naturaleza, alejada de la neurosis moderna. En ese momento el mundo se volvió un lugar aún peor.
De tratar de entender hasta que punto esa matanza brutal impactó en la historia política y sobre todo cultural de los Estados Unidos (y de todo Occidente por carácter transitivo) se ocupa el libro Cielo Drive. El culto de Charles Manson, Sharon Tate y la leyenda diabólica que inspiró a Tarantino (Reservoir Books). Su autor es Sebastián De Caro, cuya carrera multifacética como periodista, actor, cineasta, escritor, conductor de televisión y una larga lista de etcéteras que le permitieron construirse a sí mismo como intelectual pop (si es que tal categoría existe), lo convierte en el guía perfecto para recorrer el mapa siniestro que aquellos hechos trazaron sobre la cultura popular.
De Caro aprovecha además el próximo estreno de Había una vez en Hollywood, noveno trabajo del director Quentin Tarantino que incluye a los crímenes del Clan Manson como parte fundamental de su relato, para profundizar el cruce entre crimen y arte. Signada por ese espíritu de fin de época, la película funciona para el libro como punto de partida, pero también de llegada, de un recorrido espiralado que al regresar una y otra vez a los mismos hechos para verlos siempre desde un nuevo punto de vista, consigue hacerle entender al lector por qué aquellos asesinatos atroces funcionaron como Big Bang que hizo estallar a toda una época, incrustándose hasta hoy en el imaginario colectivo. El estreno del film de Tarantino, gran iconoclasta del cine americano, tendrá lugar en muchos países el próximo jueves, justo en la víspera del 50° aniversario de aquel horror. En Argentina recién se la podrá ver a partir del 22 de agosto.Desde el prólogo De Caro advierte que Cielo Drive “no debe ser tomado como un documento ni una cronología”. En cambio lo define como “un objeto rizomático” construido en torno a “un punto oscuro en la historia” que “termina siendo una puñalada en el corazón de la cultura popular”. Y es que si bien se incluye un capítulo que recorre de manera sucinta las biografías de Manson y Tate, el objetivo del libro no es el de atenerse a los hechos, sino por un lado excavar entre las raíces del asunto, como el origen del movimiento hippie, la idea del mal como máscara o el auge de las sectas, los cultos secretos y el satanismo en la cultura del siglo XX. Y por el otro irse por las ramas de lo que los crímenes del Clan Manson provocaron en el paisaje cultural.
Con ese propósito el autor organiza su libro a partir de una serie de diálogos con especialistas en diversas materias, que van desde la literatura al cine y de la música al satanismo y las teorías conspirativas. De Caro conversa con la escritora Mariana Enríquez, creadora de mundos oscuros, para indagar en el papel de las chicas del clan, aquellos “Ángeles de Charlie” cuya crueldad continúa poniendo los pelos de punta. O con Carlos Busqued, un escritor fascinado con el funcionamiento de la mente criminal. La charla con Darío Lavia resulta ilustrativa respecto del lugar que ocuparon en el siglo pasado las sectas y su presencia en el cine, sobre todo en las décadas de 1960 y 1970. En las conversaciones con músicos como el prócer del punk local Marcelo Pocavida, el inclasificable Nekro o el guitarrista de Babasónicos Mariano Roger se aborda el rol de ícono contracultural que adquirió Manson, sus características como artista y la explotación de sus crímenes para demonizar al movimiento hippie. La palabra del periodista Alfredo Rosso es útil para establecer un contexto, mientras que la del crítico de cine Juan Manuel Domínguez resulta oportuna para recorrer la obra de Tarantino y la notoria influencia que esta tuvo en el cine de las últimas tres décadas. El carácter informal de las charlas permite que el libro pueda ser recorrido con placer, devorado antes que leído, hasta convertirse en una especie de tratado ad hoc sobre el final de una época no solo en el plano histórico sino, sobre todo, en términos estéticos.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
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sábado, 3 de agosto de 2019
CINE - "La casa de la calle Wannsee", de Poli Martínez Kaplun: Ejercicio de otras memorias
Cine por la memoria y la identidad, esa es una de las formas en las que se podría definir al documental La casa de Wannsee, de Poli Martínez Kaplun. No se trata sin embargo de una película sobre dictadura y derechos humanos, porque memoria e identidad son búsquedas universales dentro las que caben otras luchas, otras historias, pero que siempre coinciden en una cosa: el intento por recuperar algo que otros quisieron ocultar o hacer desaparecer. Lo que Martínez Kaplun busca son sus propias raíces judías, perdidas entre las bifurcaciones de su genealogía alemana y que parecen haber sido arrancadas de cuajo durante los años de apogeo y caída del nazismo.
El relato en off de la directora indica que su búsqueda empezó cuando su hijo al llegar a la adolescencia quiso festejar su bar mitzvah. Lo inesperado es que ni ella ni su marido profesan la fe judía. Ni ellos, ni sus padres, ni sus abuelos. Aún así se trata de una familia judía. ¿Pero cuando se cortó la línea que los unía a esa cultura? La directora retrocede hasta su bisabuelo Otto Lipmann, filósofo y psicoanalista, dos oficios que nunca se llevaron bien con lo místico y lo religioso, quien no se veía a sí mismo como judío. Una mirada que heredaron su hija y sus nietas, la madre y las tías de Martínez Kaplun.
La directora recorre su historia como lo haría una detective: reviendo las fotos y películas del copioso archivo audiovisual de la familia, buscando pistas entre los vestigios, interrogando tías (y otros testigos), regresando a la casa familiar de la calle Wannsee, en las afueras de Berlín. Y visitando otra casa ubicada a pocas cuadras de ahí, donde en 1942 tuvo lugar la Conferencia de Wannsee en la que la cúpula del nazismo activó la Solución Final, desatando el Holocausto. Con la habilidad del narrador de historias de misterio, la directora maneja bien los tiempos del relato, eligiendo los momentos precisos para hacer aparecer un dato o una imagen reveladores.
Aún sin apartarse del formato más clásico del documental, Martínez Kaplun consigue que el recorrido por varias generaciones de su familia pueda ser seguido con interés. Buena parte de ese éxito se debe a la forma en que va tejiendo una trama sólida entre relato familiar y relato histórico, permitiendo que cada personaje pueda ser abordado junto a su circunstancia. Y hasta la anti-climática decisión de incluir una escena final de casi 15 minutos de charla entre ella, su madre y sus tíos, también puede ser defendida. Porque si bien es cierto que en términos rítmicos le mete el freno a la narración en el momento en el que debería acelerar en busca de una resolución, buena parte de lo que ahí se dice es vital para entender las dificultades que la directora debió enfrentar en este desafío de reescribir su propia identidad y recuperar a través del cine una memoria que parecía perdida para siempre. Una forma de ir en busca de la verdad a través de la palabra, un recurso que debe haber resultado familiar y hasta lógico para una hija y bisnieta de psicoanalistas.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
El relato en off de la directora indica que su búsqueda empezó cuando su hijo al llegar a la adolescencia quiso festejar su bar mitzvah. Lo inesperado es que ni ella ni su marido profesan la fe judía. Ni ellos, ni sus padres, ni sus abuelos. Aún así se trata de una familia judía. ¿Pero cuando se cortó la línea que los unía a esa cultura? La directora retrocede hasta su bisabuelo Otto Lipmann, filósofo y psicoanalista, dos oficios que nunca se llevaron bien con lo místico y lo religioso, quien no se veía a sí mismo como judío. Una mirada que heredaron su hija y sus nietas, la madre y las tías de Martínez Kaplun.
La directora recorre su historia como lo haría una detective: reviendo las fotos y películas del copioso archivo audiovisual de la familia, buscando pistas entre los vestigios, interrogando tías (y otros testigos), regresando a la casa familiar de la calle Wannsee, en las afueras de Berlín. Y visitando otra casa ubicada a pocas cuadras de ahí, donde en 1942 tuvo lugar la Conferencia de Wannsee en la que la cúpula del nazismo activó la Solución Final, desatando el Holocausto. Con la habilidad del narrador de historias de misterio, la directora maneja bien los tiempos del relato, eligiendo los momentos precisos para hacer aparecer un dato o una imagen reveladores.
Aún sin apartarse del formato más clásico del documental, Martínez Kaplun consigue que el recorrido por varias generaciones de su familia pueda ser seguido con interés. Buena parte de ese éxito se debe a la forma en que va tejiendo una trama sólida entre relato familiar y relato histórico, permitiendo que cada personaje pueda ser abordado junto a su circunstancia. Y hasta la anti-climática decisión de incluir una escena final de casi 15 minutos de charla entre ella, su madre y sus tíos, también puede ser defendida. Porque si bien es cierto que en términos rítmicos le mete el freno a la narración en el momento en el que debería acelerar en busca de una resolución, buena parte de lo que ahí se dice es vital para entender las dificultades que la directora debió enfrentar en este desafío de reescribir su propia identidad y recuperar a través del cine una memoria que parecía perdida para siempre. Una forma de ir en busca de la verdad a través de la palabra, un recurso que debe haber resultado familiar y hasta lógico para una hija y bisnieta de psicoanalistas.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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jueves, 1 de agosto de 2019
CINE - "Rápidos y Furiosos: Hobbs & Shaw" (Fast and Furious: Hobbs &Shaw): La farsa del fin de la historia
Marx dijo (Karl, no los hermanos; aunque Groucho también podría haberlo hecho) que “la Historia ocurre dos veces, primero como tragedia, luego como farsa”. Casi todo el mundo oyó la frase alguna vez y sin dudas la conocía otro filósofo, Francis Fukuyama, quien a comienzos de los ’90 acuñó el concepto de Fin de la Historia para celebrar la derrota del marxismo, la supremacía del capital y el advenimiento del reinado de la economía de mercado. Más allá (o mejor dicho: más acá) de las discusiones en torno a estas ideas, ambas pueden ser útiles para pensar el estreno de Rápidos y furiosos: Hobbs & Shaw, derivado de la saga cinematográfica más exitosa de la historia si se la evalúa a partir de la relación contenido-beneficio.
Este desvío que toma la serie nacida con el comienzo del siglo, hace ya nueve películas, se corre por primera vez de los protagonistas originales, los miembros de “la familia Toretto”. En su lugar pone al frente a los personajes del policía Luke Hobbs (Dwayne Johnson) y el ex agente prófugo Deckard Shaw (Jason Statham), aparecidos en los episodios 5 y 6, quienes con sus nombres de pensadores comenzaron a ganar cada vez más peso hasta lograr este ascenso que los convierte en figuras centrales.
La sinopsis es básica: una agente del MI6 es asaltada por un grupo comando cuando su escuadrón recuperaba un peligroso virus sintético. Para evitar que caiga en manos equivocadas, la heroína se inocula las cápsulas letales y huye. Ahí Hobbs y Shaw son convocados para ir tras la prófuga y el terrorista superhumano que la sigue. Como siempre, el producto gira en torno de la acción, pero a diferencia de los primeros episodios “serios” de la saga, esta vez se trata de una comedia abierta. Para ello son vitales las habilidades de Johnson y Statham, tal vez los héroes de acción puros y duros con mayores dotes para jugar con la farsa en la actualidad. En otras palabras, dentro de la estructura de la saga Rápidos y Furiosos: Hobbs & Shaw habita en el segundo término del aforismo marxista.
La película incluso se aparta bastante de la premisa “autos corriendo por todas partes” que alimenta a la serie y que recién aparece a todo trapo en la secuencia de acción final. El carácter farsesco se confirma en todas partes, aunque con pocas luces. La gracia se basa sobre todo en la enemistad entre los protagonistas, quienes durante casi toda la película se chicanean con epigramas propios de adolescentes. El chiste puede ser gracioso un rato, pero no se sostiene como único recurso humorístico en una película de más de dos horas.
Como ocurre en la rama central de la historia, el derivado replica al original configurando una nueva estructura familiar entre sus protagonistas. Y de paso presenta a sus futuros integrantes, cuyas apariciones sorpresa están entre lo mejor del film. Se trata de una nueva familia que quizá alguna vez se termine cruzando con la original para deleite del fandom. Y de los productores. Porque como dijeron Fukuyama y su colega Jacobo Winograd (y el cine parece haber aceptado en las últimas décadas): billetera mata… lo que sea.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Este desvío que toma la serie nacida con el comienzo del siglo, hace ya nueve películas, se corre por primera vez de los protagonistas originales, los miembros de “la familia Toretto”. En su lugar pone al frente a los personajes del policía Luke Hobbs (Dwayne Johnson) y el ex agente prófugo Deckard Shaw (Jason Statham), aparecidos en los episodios 5 y 6, quienes con sus nombres de pensadores comenzaron a ganar cada vez más peso hasta lograr este ascenso que los convierte en figuras centrales.
La sinopsis es básica: una agente del MI6 es asaltada por un grupo comando cuando su escuadrón recuperaba un peligroso virus sintético. Para evitar que caiga en manos equivocadas, la heroína se inocula las cápsulas letales y huye. Ahí Hobbs y Shaw son convocados para ir tras la prófuga y el terrorista superhumano que la sigue. Como siempre, el producto gira en torno de la acción, pero a diferencia de los primeros episodios “serios” de la saga, esta vez se trata de una comedia abierta. Para ello son vitales las habilidades de Johnson y Statham, tal vez los héroes de acción puros y duros con mayores dotes para jugar con la farsa en la actualidad. En otras palabras, dentro de la estructura de la saga Rápidos y Furiosos: Hobbs & Shaw habita en el segundo término del aforismo marxista.
La película incluso se aparta bastante de la premisa “autos corriendo por todas partes” que alimenta a la serie y que recién aparece a todo trapo en la secuencia de acción final. El carácter farsesco se confirma en todas partes, aunque con pocas luces. La gracia se basa sobre todo en la enemistad entre los protagonistas, quienes durante casi toda la película se chicanean con epigramas propios de adolescentes. El chiste puede ser gracioso un rato, pero no se sostiene como único recurso humorístico en una película de más de dos horas.
Como ocurre en la rama central de la historia, el derivado replica al original configurando una nueva estructura familiar entre sus protagonistas. Y de paso presenta a sus futuros integrantes, cuyas apariciones sorpresa están entre lo mejor del film. Se trata de una nueva familia que quizá alguna vez se termine cruzando con la original para deleite del fandom. Y de los productores. Porque como dijeron Fukuyama y su colega Jacobo Winograd (y el cine parece haber aceptado en las últimas décadas): billetera mata… lo que sea.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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