jueves, 1 de junio de 2017

LIBROS - Literatura carcelaria: Los presos más jovenes de la literatura

Hablar de literatura carcelaria remite antes que a un conjunto de títulos y obras, a un paquete de preguntas surgidas de la imposibilidad de responder a otra, fuente de todas las demás: ¿de qué se trata la literatura carcelaria y qué se entiende cuando se habla de ella? Es mucho y heterogéneo lo que se ha escrito a partir de ese tópico y ahí radica la enorme dificultad de alcanzar una definición que permita estandarizar un concepto que abarque a las diferentes ramas que se extienden a partir de ese tronco. ¿Los libros escritos por distintos autores desde la cárcel, refiriendo a su propio cautiverio, como el conmovedor De profundis de Oscar Wilde, califican dentro de esta categoría? ¿Y las crónicas que relatan en primera persona el paso por la prisión? ¿O será que la etiqueta agrupa a aquellas obras que toman como escenario estricto el ambiente carcelario al modo de Papillón, de Henri Charrière, o Expreso de medianoche, de William Hayes, ambas adaptadas con éxito al cine durante la década de 1970 y asimismo basadas en las experiencias personales de sus autores? ¿O más específicamente a ficciones puras en donde la acción transcurre tras las rejas y cuyos protagonistas son convictos y policías, al modo de lo que Stephen King hizo en sus novelas Rita Hayworth y la redención de Shawshank o en El pasillo de la muerte, también convertidas en película? Pero incluso en este caso hay diferencias, porque la primera de esas novelas del rey Esteban es perfectamente realista y narra una historia de presos, mientras que la segunda es una fantasía que incluye elementos sobrenaturales que son determinantes en el desarrollo de la trama, aunque sus personajes sean prisioneros y guardia cárceles. Finalmente, ¿la literatura carcelaria forma parte del género policial o es una entidad con reglas propias?
Dentro de la literatura argentina también hay ejemplos de todo tipo. Ahí está por ejemplo Plan de evasión, la novela que Adolfo Bioy Casares publicó después de La invención de Morel pero que no pudo nunca igualar el tremendo éxito de aquella (en realidad ningún otro libro del autor consiguió hacerlo). Pero si bien lo que Bioy narra en sus páginas transcurre dentro del espacio de una isla penitenciaria, lo cierto es que el texto adscribe más a una especie de ciencia ficción metafísica que al estricto tópico de una historia de presos. Algo parecido pasa con El beso de la mujer araña, uno de los trabajos más reconocidos de Manuel Puig, que también, caramba, fue llevado a la pantalla grande. En este caso el relato sí se encuentra vinculado a la experiencia de encierro de sus dos protagonistas, uno de ellos preso por razones políticas y el otro, como Wilde, a causa de contravenciones contra la moral de la época (“infracciones” que aún hoy no han sido abolidas del todo y siguen formando parte de algunos códigos civiles). Sin embargo Puig se concentra más en la construcción del vínculo en el que sus dos personajes se van fundiendo, que en los detalles más estrictos de la experiencia carcelaria, aquellos, si se quiere, más afines al espíritu policial. Dentro de la crónica/ ensayo no puede dejar de mencionarse Preso sin nombre, celda sin número, en el que el periodista Jacobo Timerman relata no sólo su aberrante experiencia como preso político, sino que pinta un fresco muy preciso acerca de cómo la realidad se fue desmoronando dentro de ese infierno que fue la última dictadura militar que usurpó el poder en la Argentina. Llegados hasta acá, la cuestión sigue sin resolverse: ¿qué cuernos es entonces la literatura carcelaria?
Hay un libro dentro de la literatura argentina que quizá sea el que mejor se ajusta a lo que la mayoría de los lectores imagina cuando piensa en literatura carcelaria. Es decir, un relato de la experiencia de encierro en la cual los protagonistas, que se encuentran ahí pagando alguna culpa que los obliga a soportar la reclusión, deben enfrentar las situaciones típicas de la cárcel –la crueldad de sus carceleros, la ocasional piedad de algún cura, las luminosas visitas desde el exterior o las disputas entre ellos, apenas sostenidos por una furiosa nostalgia por la libertad perdida, única razón para sobrellevar todo aquello sin perder la razón—, circunstancias que los van endureciendo cada vez más. Curiosamente ese libro no transcurre en una cárcel, sino en un colegio pupilo. Y ni siquiera se trata de un libro, sino de un conjunto de relatos sueltos que su autor planeaba ampliar hasta convertirlos en capítulos de una suerte de novela fragmentaria y episódica. Se trata de aquellos incluidos en la famosa Serie de los Irlandeses, escritos por Rodolfo Walsh, de cuyo secuestro, asesinato y desaparición se acaban de cumplir 40 años el pasado 25 de marzo.
No es necesario repetir una vez más los argumentos de los cuentos “Irlandeses detrás de un gato”, “Los oficios terrestres” o “Un oscuro día de justicia” para aceptar que aquel colegio es percibido por los niños que los protagonizan como un espacio carcelario y represor. La inteligencia literaria de Walsh consiste en haber escrito cuentos de presidiarios haciéndole creer a todo el mundo que apenas se trataba de historias de chicos viviendo en el colegio, lejos de sus familias, aquella instancia superior que les impone esa condena. Basta el simple ejercicio de convertir a cada uno de ellos en adulto y a los celadores en guardias, para que aquel colegio se alce como una siniestra prisión perdida en una profundidad rural. Y el acto de magia queda al descubierto. Crueles ritos de iniciación; evasión de la autoridad; trifulcas entre facciones; la presencia de un poder superior percibido como inevitablemente injusto; prácticas de sometimiento y humillación soportadas estoicamente; la certeza de un más allá al que se añora, esperándolos allende los inexpugnables muros de piedra del edificio escolar. Como botón de muestra alcanza con recordar el final de “Los oficios terrestres”, en el que uno de los chicos, ya vacío de sí mismo, alienado por la institución represiva, se fuga en busca de aquella ilusión liberadora, ante la mirada cómplice de uno de sus compañeros más duros, quien lo ve alejarse entre la niebla de la mañana mientras enciende un cigarrillo. Una escena digna del film noir.
La clave se encuentra en la forma en que la mirada del narrador construye los espacios, de modo tal que la realidad es producto de la percepción y no al revés. Es así como aquel colegio, que objetivamente es eso, un colegio, transmuta en presidio a partir del simple relato, sin que dicha transformación sea expresada de manera explícita ni una sola vez. No hace falta: no hay forma de que ningún lector no haya sido atravesado por la idea cárcel al sumergirse en esos tres cuentos fundamentales de la literatura argentina, ni les haya atribuido a sus protagonistas el carácter de prisioneros, víctimas condenadas por una sociedad que necesita encerrar a aquellos con quienes no sabe qué hacer.  

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

CINE - "Mujer Maravilla" (Wonder Woman), de Patty Jenkins: Era hora de una súper mujer

El gigante histórico de las historietas, la editorial DC Comics, llega muy tarde para sumarse a la moda de convertir a los superhéroes en estrellas de cine. Exactamente 17 años tarde. Es el tiempo que separa el estreno de Mujer Maravilla del episodio original de la saga X Men (2000), con que Bryan Singer colocó la piedra fundamental sobre la que Marvel, la competidora “joven” de DC, edificó el imperio que mueve la mayor cantidad de millones en la industria cinematográfica mundial. No es que otros personajes de DC no hayan tenido sus apariciones en todo ese lapso, porque Superman y Batman, los dos mascarones de proa de la escudería, han marcado presencia. Sobre todo el segundo, el superhéroe de éxito más longevo dentro del ámbito del cine. Pero mientras Marvel desplegaba su universo de forma tan efectiva como exponencial, superando el límite de su personaje más popular, el Hombre Araña, DC no conseguía ir más allá de Batman, sumando fracasos. Es por eso que Mujer Maravilla puede convertirse en un hito que le sirva para reinsertarse en una competencia que hace rato pierde por goleada.
No es que la película sobre Diana, la princesa de las amazonas que se vuelve una heroína del mundo moderno, sea una maravilla, para abusar del juego de palabras, porque se nota que le falta una pulida final. Sin embargo no se le puede negar efectividad a la hora de presentar al personaje y narrar el inicio de su historia. Algo que no consiguieron ninguno de los tres intentos realizados en el siglo XXI para revivir a Superman ni, mucho menos, la torpe presentación de Linterna Verde (2011). Si algo se les achacaba a todas ellas era tomarse demasiado en serio, de un modo casi existencial, la esencia del relato de superhéroes. Mujer Maravilla es la primera adaptación al cine de un personaje de DC que parece haber aprendido algo del éxito de Marvel: que ser un superhéroe puede ser un peso, sí, pero también es una diversión.
Hay en Mujer Maravilla una voluntad lúdica por aligerar ese peso que los personajes inevitablemente sienten, porque se trata de individuos con un desarrollado sentido de la responsabilidad que les permite comprender que el poder es una carga. Y las herramientas elegidas para ellos son el humor y una estructura multigénero que le aporta al relato una renovación de aire constante. La película empieza como una épica de aventuras, narrando el origen del personaje en la Grecia antigua como princesa de las amazonas, míticas mujeres guerreras que han vivido en su isla hasta comienzos del siglo XX como si el imperio helénico todavía dominara Europa. De ahí pasa a la comedia cuando Diana conoce al mayor Steve Trevor, espía estadounidense que cae por accidente en la isla escapando del ejército alemán (los malos de siempre), en plena Primera Guerra Mundial. Juntos parten hacia Londres para tratar de poner fin a la guerra y ahí tiene lugar el clásico recurso del choque cultural de un personaje desenvolviéndose en territorio ajeno. Enseguida la película se irá travistiendo en relato bélico, romántico, fantástico y de acción.
Si bien se agradece haber aceptado el desafío de contar la historia de la Mujer Maravilla sin necesidad de apurarse a saltar a la actualidad (donde comienza a montarse el universo de la Liga de la Justicia), también es cierto que el tercer acto no está para nada a la altura de lo que se construyó hasta ahí. Será por la suma de lugares comunes (otra vez el clímax basado en la omnipresente destrucción) o que el villano no termina de alcanzar la estatura de némesis de la heroína, pero lo cierto es que el desenlace defrauda. Aún así, las bases son siendo sólidas. A eso se le suma la acertada elección de Gal Gadot para encarnar a la protagonista. Y el hecho de que tras 17 años por fin llega el turno de una mujer fuerte para que las chicas y, por qué no, también los chicos, puedan identificar lo heroico con algo más que la testosterona que desborda de esas mallitas que le aprietan los bultos a los supermachos. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - "Abbatoir, Recolector de pecados", de Darren Lynn Bousman: Una idea desperdiciada

En un contexto en donde el cine de terror es degradado cada jueves con estrenos uno más burdo que el otro, sólo defendibles haciendo un uso reduccionista de la teoría de géneros –según la cual estos se basan en una serie de presupuestos que tanto sirven de patrón narrativo como de santo y seña con el espectador, pero confundiendo este concepto con el mero rejunte de lugares comunes–, Abattoir, recolector de pecados tiene al menos un punto que consigue salirse de esa lógica que le permite a cineastas mediocres repetirse hasta la farsa. Sin pedirle peras al olmo (o maestría a un director como Bousman, que con dificultad apenas puede con los rudimentos del oficio) y si bien la propuesta básica sigue girando en torno del “más de lo mismo” habitual, los creadores de la historia han conseguido al menos desarrollar una idea imaginativa. Por desgracia nunca consiguen insertarla en un universo que esté a la altura de su modesto logro.
Julia es una reportera encasillada en el rubro inmobiliario (extraño subgénero periodístico que linda con lo fantástico) quien escribe en un diario de cuarta y aspira a trabajar en la sección policial, deseo al cual su editor le poda constantemente las alas. Sin embargo el destino hará que ambas especialidades le resulten útiles para investigar un caso que la toca de forma personal, cuando un hombre masacra a la familia de su hermana sin motivo aparente. El asunto se enrarece más cuando la casa en donde ocurre el crimen se vende a un desconocido en menos de una semana y el cuarto en donde ocurrieron los asesinatos es removido de la construcción, incluyendo paredes, techo, piso, muebles, todo. A pesar de un elenco muy pobre y de un manejo técnico apenas regular, la introducción del elemento fantástico consigue el objetivo mínimo de la intriga. Julia descubre que lo que ocurrió en casa de su hermana no es un hecho aislado y la investigación la pone tras la pista de un coleccionista de habitaciones en las que han ocurrido crímenes trágicos y truculentos.
Aunque Bousman es un director poco dado a salirse del libreto y maneja el relato sin lugar para sorpresas –porque hasta los sustos y sobresaltos son planeados de forma tan rutinaria que se los ve venir incluso a varias escenas de distancia– la sola invitación a conocer ese laberinto espectral construido de habitaciones macabras soporta lo que de otro modo sería insostenible. Es esa promesa de potenciar ad absurdum el concepto de casa embrujada lo que hace menos arduo el trámite de seguir un relato realizado de forma torpe y apurada, cuya lógica por momentos parece sostenida con alfileres y con un cambalache de influencias obvias dejándose ver por acá y por allá. La promesa se cumplirá en una experiencia similar al concepto del viejo tren fantasma, lo cual será malo o bueno dependiendo del espectador. Aún así, el balance volverá a cerrar con números rojos, confirmando la crisis del género.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 26 de mayo de 2017

CINE - "Piratas del Caribe: La venganza de Salazar" (Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell no Tales): Un ligero equilibrio

Nuevo episodio, las mismas andanzas: ese podría ser un resumen somero de La venganza de Zalazar, quinta entrega de la saga de los Piratas del Caribe que, como ya es costumbre, vuelve a comandar el histriónico Johnny Depp en la piel del no menos bufonesco capitán Jack Sparrow. Otra posible sinopsis podría decir algo así como “nuevos personajes, idénticos patrones de conducta”, en este caso para hacer gráfico cierto esquematismo sobre el que se apoyan estas renovadas aventuras, que dirigen los noruegos Joachin Ronning y Espen Sandberg, conocidos por la lograda Kon Tiki: Un viaje fantástico (2012), aunque siempre bajo las órdenes de Jerry Bruckheimer, quien como un demiurgo maneja los hilos de la saga desde las sombras de la producción.
Claro que el hecho de que no haya sorpresas en cuanto al formato, el ritmo o el rumbo que la narración toman una vez que la historia se hace a la mar, no significa que la película no consiga ser efectiva. Porque de hecho lo es en varios aspectos y en buena medida se debe justamente a los rasgos conservadores que se acaban de mencionar, en la obediencia con que se apega a ciertas fórmulas. El contrapeso que rescata a la película de ese esquematismo lo aporta un guión construido a partir de la suma de escenas pensadas en forma de scketches o gags muy logrados, que van manteniendo distraído al espectador a medida que la historia avanza. Ahí lo mejor viene de la mano del humor físico a través de situaciones coreografiadas al detalle, como la secuencia inicial del robo al banco o la escena de la lucha en el cadalso, en las que Sparrow es la estrella en derredor de la cual gira el universo de La venganza de Salazar. Si uno se deja llevar por ese torrente lúdico quizás tarde un buen rato en darse cuenta que en realidad el camino que se recorre es bastante familiar. Incluso esa epifanía podría llegar después del final de la película y a esa altura quizá ya no importe demasiado.
El centro de la escena, se dijo, vuelven a ocuparlo Depp y su carismático pirata-rockero, dejando en claro que cuando las cosas le salen bien es un estupendo farsante (así como cuando le salen mal ocurren desastres épicos, como su infumable Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas y Alica a través del espejo). Otro punto positivo de este quinto episodio es que la figura de Sparrow vuelve a contar con el contrapeso de un antagonista sólido, como el fantasmal y españolísimo capitán Salazar, interpretado por el siempre efectivo Javier Bardem. A diferencia de lo que ocurría en las dos películas inmediatamente anteriores, en donde las cosas se fueron desdibujando de a poco, el personaje de Bardem consigue erigirse en una auténtica némesis para Sparrow, incluso desde el perfil mismo de ambas criaturas.
Si Sparrow es una especie de bufón al que es imposible tomarse en serio, el instrumento ideal para que Depp ponga en acción su habilidad para la comedia física, el Salazar de Bardem resulta de veras amenazador y la presencia que le aporta el actor español es determinante. Sobre todo al comienzo de la película, ya que a medida que el relato avanza y Sparrow va zafando una y otra vez del acoso de su enemigo, este comienza a perder su halo intimidatorio. Y eso puede volverse un problema, porque Salazar es el tipo de personaje que, al contrario de Sparrow, para ser efectivo necesita sí o sí ser tomado en serio y sus constantes fracasos lo terminan convirtiendo, tal vez de forma involuntaria, en una especie de Coyote al que el correcaminos Sparrow siempre se le escapa en el último segundo. Un pariente del Capitán Garfio de Peter Pan.
La aparición de dos jóvenes personajes, que deberían estar destinados a aportarle nuevos bríos a la historia, es en realidad un abrojo pensado para que en una próxima entrega, que se anuncia convenientemente en las escenas poscréditos, la saga acabe mordiéndose la cola. Un mecanismo para traer de regreso algunos personajes perdidos en las profundidades de los primeros episodios y tal vez, ahora sí, cerrar el círculo. Nota final: se recomienda estar atentos para no perderse un breve pero simpático cameo que vuelve a jugar con el origen rockero de capitán Jack Sparrow.

 Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 25 de mayo de 2017

CINE - "La memoria de los huesos", de Facundo Beraudi: Los nombres desenterrados

–¿Qué hechos se le atribuyen a su hermana? –pregunta uno de los jueces.
–No lo sabemos– responde la testigo Rosaria Isabella Valenzi. –Nunca fue juzgada. Solamente desapareció.
El diálogo corresponde a una de las cintas que registran el proceso que juzgó a los comandantes de las juntas militares que gobernaron la Argentina durante la última dictadura militar y retrata de forma paradigmática la búsqueda sin fin que aún hoy llevan adelante decenas de miles de familias.
“Era grotesco ver a una familia tan numerosa como la nuestra y a pesar de eso sentirnos tan solos”, dice David Toubes, que era un nene cuando un grupo de tareas entró a destrozar su casa, a golpear a su padre frente a él y después llevárselo para siempre. David no se olvida que lo único que pidió en ese momento Juan, su padre, fue que lo sacaran al patio para que sus hijos no tuvieran que ser testigos del comienzo de un calvario que lo mantuvo en el más horroroso y cruel de los limbos por casi 40 años. Si hoy Juan Toubes no continua desaparecido no se debe al mea culpa del Estado nacional, responsable del mayor acto terrorista de la historia argentina, ni a un ejercicio de contrición por parte de la familia militar, brazo ejecutor de aquella sinrazón, que nunca se avino a desclasificar los documentos que podrían aclarar el irreparable daño que sus acciones le provocaron al seno de la sociedad argentina. Si un montón de huesos sin nombre metidos dentro de una bolsa hoy vuelven a llamarse Juan Toubes ha sido gracias a la labor de un grupo de profesionales que, desde hace poco más de tres décadas, se dedica a buscar los restos y restituir la identidad de esas 30 mil almas perdidas.
De rescatar esa labor se trata en su capa más obvia el documental La memoria de los huesos, dirigido por Facundo Beraudi, que busca registrar el impresionante trabajo que realiza el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), creado en 1984 con el fin de buscar e identificar “los restos de personas detenidas–desaparecidas como consecuencia del accionar del Terrorismo de Estado entre 1974 y 1983”, según consigna la institución en su propia página web. Una institución cuya excelencia trascendió los límites del país, siendo convocada para colaborar en distintas causas alrededor de todo el mundo en las que la identidad de los muertos necesita ser restaurada.
Y el trabajo de Beraudi es en verdad valioso. No sólo por el insoslayable material que incluye, sino por la forma delicada en que ha conseguido narrar cinematográficamente, dándole un lugar no sólo a los hechos y cronologías, sino atendiendo también al costado emocional, parte fundamental de la historia que decidió contar. La memoria de los huesos transmite con éxito esas emociones y logra hacer que el espectador sienta, al menos por un momento íntimo y fugaz, que también él es parte de esas familias extraviadas en el flujo de una búsqueda fantasmal. Un pariente muy lejano de esos hombres y mujeres que anhelan más que nada en la vida conocer el destino final de los suyos. Sin golpes bajos, sin subrayados, simplemente observando y registrando, Beraudi se las arregla para que el cine produzca el milagro de la empatía, incluso en casos distantes como el de una campesina que busca y encuentra enterrados en la selva los restos de su madre, asesinada por los bombardeos del ejército de El Salvador durante la llamada guerra civil que desangró a ese país en la década de 1980.
Como ocurre en la realidad, si bien la película busca en primera instancia retratar el esfuerzo de quienes integran el EAAF, los principales protagonistas no son estos médicos arqueólogos, sino las familias de las víctimas. Y aún más profundamente, la búsqueda misma, un concepto abstracto al que la película consigue corporizar a partir de encadenar acciones concretas. Y lo hace con sobriedad, encontrando la esencial belleza que se esconde en el hallazgo de esos huesos anónimos que de golpe vuelven a convertirse en personas. Es cierto que bien sobre el final Beraudi tropieza con sus propias buenas intenciones al sobrecargar el relato con una banda sonora innecesariamente emotiva. Sin embargo es difícil achacarle esa decisión: los 75 minutos anteriores se encuentran entre lo mejor de ese subgénero del cine argentino en el que los protagonistas van en busca de sus parientes desaparecidos, junto a Los rubios de Albertina Carri o M de Nicolás Prividera.

Artículo publicado en la sección Espectáculos de Página/12.