La nueva película animada de los estudios Dreamworks resulta un interesante objeto de análisis. No porque venga a aportar nada sustancial al género infantil, uno de los más redituables y prolíficos de la actualidad, sino porque su eje temático se encuentra en pleno contacto con una realidad ineludible para una sociedad como la estadounidense. Home, no hay lugar como el hogar, de Tim Johnson, es un relato acerca de la invasión, sus causas y consecuencias pero que, a diferencia de otros relatos que giran en torno del mismo tema, aborda el asunto desde numerosos puntos de vista e incluso intenta ser comprensivo con las motivaciones que dan origen a todos ellos. Un intento de sinopsis: los Buvs son una civilización de tiernos y pacíficos extraterrestres que se ven obligados a invadir la Tierra para evitar la extinción, debido a que los Gorgs, otra raza alienígena, los persigue desde hace rato. Claro que a diferencia de los Buvs, los Gorgs son feos y agresivos, los malos del cuento, y en su persecución van destruyendo los diferentes mundos que los otros eligen para asentarse. Pero aunque sus motivos sean diferentes, ambos pueblos comparten su carácter de invasores y la humanidad termina encerrada en un campo de refugiados en el desierto de Australia. Pero como los Buv son buenos, lejos de parecer la Franja de Gaza el lugar es una especie de Disneylandia, en donde la humanidad no sólo tiene todo lo que necesita, sino también todo lo que aparentemente puede desear. El lugar perfecto, un paraíso de capitalismo socialista. A diferencia de Francotirador, de Clint Eastwood, en donde la narración se ocupa nada más del relato propio y reduce al otro y sus acciones a un papel menor, en Home el otro también es un individuo con una explicación razonable para su accionar. Pero la película no sólo tiene esa generosidad con los humanos y los Buvs, que también habitan el lugar de la víctima y con quienes es muy fácil empatizar, sino que hasta se permite ser comprensiva con los Gorgs, los monstruos, que parecen venir a destruir por capricho y sin lógica aparente. En Home, entonces, no hay malos, sino problemas para entender las razones ajenas. Claro que todo eso sería más poderoso si tras un arranque prometedor, con buen humor y un alto sentido del absurdo, el film no se dedicara a dinamitar sus propios méritos con una banda de sonido de canciones pop–chorizo; con un doble final que sólo busca multiplicar el llanto del espectador y que, peor que peor, termina cayendo en el proto new age saintexuperiano de “lo esencial es invisible a los ojos” que desvirtúa bastante la cosa. Porque en el fondo, Home no se permite aceptar al otro en tanto monstruo (donde lo monstruoso es lo verdaderamente distinto de uno), sino que antes necesita asimilarlo en un ser lindo y amigable. En cambio, hay quienes podrán acusar a Eastwood de derechista recalcitrante o de alterar la realidad que retrata (incluso todo eso podría ser cierto, aunque este no es el espacio para debatirlo), pero les será más difícil probar que Francotirador es una película timorata o que atenta contra su propia (y sólida) lógica dramática.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Nuevamente el arte queda en el centro de una polémica que excede su propio marco, para hacerse extensivo a la forma en que las sociedades miran su propia imagen en el espejo que los artistas ofrecen a través de sus obras. Una vez más una escultura que reproduce la imagen de una figura de vital importancia dentro de la historia reciente de España provoca un escándalo en ese país. Se trata de la cancelación de la exposición La Bèstia i el Sobirà (en catalán, "La bestia y el soberano") que debía abrir sus puertas al público durante el día de ayer en Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA). Dicha suspensión, anunciada por Bartomeu Marí, director de ese museo, ocurrió luego de la negativa de los curadores de la muestra de retirar la obra Not Dressed for Conquering (Desvestido para la conquista), de la austríaca Inés Doujak, en la que puede verse al mismísimo rey Juan Carlos siendo sodomizado por la activista boliviana Domitila Barrios de Chúngara, que a su vez es montada sexualmente por un perro. Igual que el resto del material que integra la muestra, esta obra que anteriormente participó de la Bienal de San Pablo 2014 y forma parte del proyecto Lanzaderas de telar / Caminos de guerra que llevan adelante Doujak y el británico John Barker, fue seleccionada por los curadores del MACBA Paul Preciado y Valentín Roma, quienes sostuvieron que "Doujak es una artista reconocida, con una trayectoria de investigación sobre las dinámicas del colonialismo y ya había expuesto en el MACBA". Roma por su parte explicó que "la escultura rechazada forma parte de un proyecto iniciado en 2010, que arroja luz sobre las complejas y asimétricas relaciones entre Europa y América Latina. Es una obra que se inscribe en la gran tradición de las relaciones entre arte y poder". La noticia fue levantada por diversos medios españoles, entre ellos los diarios El País, Abc y El Diario. Frente a la negativa de los curadores de eliminar la obra, Marí canceló la exposición completa, que ya se encontraba instalada y cuya inauguración estaba prevista para las 19:30 de ayer. A esa hora, doscientas personas autoconvocadas a través de Facebook se manifestaron frente a la sede del museo barcelonés para expresar el desacuerdo del sector artístico por la cancelación y para pedir "un museo más democrático". Por su parte Marí aseguró haberse enterado de la presencia de la pieza recién el lunes pasado y declaró que "es la primera vez que se da un suceso así en 25 años de profesión. Una muestra implica un proceso de mediación entre los comisarios y la institución y es sorprendente y lamentable no haber llegado a un acuerdo." Pero no se trata de un hecho aislado en la vida cultural española, sino de un nuevo episodio de intolerancia frente a una expresión artística que plantea una abierta y sólida posición política frente a la realidad histórica de ese país. Hace exactamente tres años, en el marco de la edición 2012 de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (ARCO) que se realiza todos los años durante el mes de febrero en Madrid, la obra Always Franco del artista plástico español Eugenio Merino desató una ola de indignación y pedidos de censura. Always Franco (Siempre Franco) consiste en escultura realista del general Francisco Franco, dictador que usurpó entre 1938 y 1975 el gobierno español, metida dentro de una heladera exhibidora de la gaseosa que refresca mejor. En aquel entonces la Fundación Francisco Franco en España encabezó las protestas en contra de la obra de Merino, amenazándolo por haberse atrevido a meter a Franco en una heladera, considerando que un acto semejante atentaba contra "el sentido de la estética y el arte" y hasta se atrevieron a decir que los humanos no pueden "caer tan bajo". Claro que España no tiene el monopolio en materia de estigmatización de artistas incómodos. Basta recordar las reiteradas manifestaciones en contra que provocó La civilización Occidental y Cristiana, obra emblemática del extraordinario artista plástico argentino León Ferrari, en la que una figura de Cristo se encuentra crucificada sobre el fuselaje de un avión de la fuerza aérea estadounidense. El punto más alto de los ataques que Ferrari sufrió por su obra se dio durante la retrospectiva que le dedicó el Centro Cultural Recoleta durante el año 2004, cuando el por entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, hoy mejor conocido en todo el mundo por su rol al frente de la Iglesia Católica bajo el nombre de Francisco, llegó a calificar a la muestra como "una blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad" a través de una carta pastoral dirigida a los sacerdotes y feligreses, en la que también los convocaba a realizar "una jornada de ayuno y oración" para que "el Señor perdone nuestros pecados y los de la ciudad". Respecto de la muestra "La bestia y el soberano", en la Web del MACBA se explica que: "Esta exposición exploraba cómo las prácticas artísticas contemporáneas cuestionan y deshacen la definición occidental y metafísica de la soberanía política: el modo en que estas proponen maneras de entender la libertad y la emancipación que exceden el marco de la autonomía individual, así como la forma moderna del Estado-nación." También se explica que el nombre de la muestra está tomado del "título del último seminario impartido por Jacques Derrida en 2002-2003, dedicado a analizar los límites de la soberanía política en la tradición metafísica." En ese mismo texto, firmado por los curadores de la muestra, se explica que "la bestia y el soberano encarnan, para el filósofo francés, las dos figuras alegóricas de lo político que se han situado históricamente más allá de la ley: la bestia supuestamente desconocedora del derecho y el soberano cuyo poder se define precisamente por su capacidad de suspender el derecho". En cuanto al levantamiento puntual de la muestra, en otro texto colgado en la página de la institución se intenta dar una explicación que no termina de aclarar nada. "Hoy (por ayer, jueves) habríamos abierto al público la exposición "La bestia y el soberano". Desde el MACBA lamentamos profundamente que esto no haya sido posible ya que, al fin y al cabo, a quien perjudica es a nuestro público y a nuestra permanente vocación de servicio. Es difícil entender y compartir algunas decisiones. Y también es difícil explicarlas serenamente en la vorágine mediática que estamos viviendo. Estamos seguros de que encontraremos el espacio y el momento para compartir el debate que sin duda se genera después de una situación como esta." Por su parte, el cuerpo de curadores expresó de manera pública y tajante su posición respecto del levantamiento de la muestra: "la decisión del director del MACBA pone en peligro no sólo esta exposición en concreto, sino que revela el funcionamiento no democrático de una institución cultural pública".
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo
Luego de que J. K. Rowling agotara el mundo del fantasy con su historia sobe el mago adolescente Harry Potter y de que Stephenie Meyer convirtiera el romanticismo gótico de vampiros y hombres lobo en una novelita rosa con Crepúsculo, el universo de las sagas literarias para jóvenes parece haberse instalado con fuerza en el territorio de la ciencia ficción distópica. En vista de los resultados, parece haber sido una buena decisión. Series como Los juegos del hambre, que va por su tercer episodio; Maze Runner, que recién empieza, o Divergente, cuya segunda parte, Insurgente, acaba de estrenarse, han echado mano de la eficiente caja de herramientas que ese género les proporciona para narrar diferentes versiones del futuro. Todas dan cuenta de un mundo que tras el colapso se ve en la necesidad de reconstituir sus instituciones e instaurar un nuevo orden social que asegure la supervivencia de la especie. De manera nada casual, esa necesidad a la que la humanidad se ve impelida en todos los casos se origina en el fracaso del sistema actual y deriva en diferentes modelos de sociedades en las que el hipercontrol invariablemente tiene un rol preponderante. Pero más allá de una metáfora política suficientemente ubicua como para ser interpretada incluso de maneras opuestas, en el caso de Divergente hay algo más. Tanto Los juegos del hambre –donde un grupo de jóvenes es entregado al sacrificio como parte de un ritual destinado a sostener un orden– como Maze runner –en la que otros adolescentes son confinados en un laberinto del que no pueden escapar y donde algo siniestro se encarga de eliminarlos– parecen alimentarse de un mismo fondo mítico, que hace centro en la leyenda helénica del Minotauro. En cambio en esta segunda parte de la saga Divergente, donde la sociedad se divide en cinco facciones que ocupan diferentes roles dentro de la estructura social, empieza a quedar claro que la historia que se cuenta se sostiene en la figura del elegido, un elemento antes religioso que mítico. Es cierto que esa figura también existe en las otras dos sagas, pero ligada claramente al rol del héroe clásico. En cambio Tris, la protagonista de la serie Divergente, representa el papel del salvador, ese individuo-llave que, empujado por un don superior, enfrenta al injusto orden que se pretende imponer. Ella es la única capaz de revelar a su pueblo un mensaje de unidad y buenaventura que le llega directamente de los creadores para, a partir de ahí, ofrecer un nuevo y mejor destino en un más allá ubicado tras el muro que encierra la ciudad. Una historia conocida. Así, Insurgente puede ser vista como un módico juego de reescritura que trafica parte del imaginario judeocristiano en el envase del cine de ciencia ficción. Una aventura en la que no faltan ni un pueblo elegido, ni la matanza de los inocentes, ni un par de Judas que van y vienen de la traición a la redención, ni el calvario del salvador previo a su muerte y posterior resurrección ni, por supuesto, su mansa y voluntaria entrega a un sacrificio que representa la esperanza de una tierra prometida para todos aquellos dispuestos a creer, ni un éxodo final. Y todo sin la sobrecargada solemnidad de las versiones de Noé y Moisés que Darren Aronofsky y Ridley Scott perpetraron en 2014. Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Luego de una intensa semana de proyecciones y actividades que incluyeron el estreno del documental A desalambrar con Daniel Viglietti, dirigido por el reconocido documentalista argentino Jorge Denti, la decimoctava edición Del Festival Internacional de Cine de Punta del Este concluyó este sábado a la noche. En dicha velada se entregaron los premios y menciones otorgadas por un jurado integrado por la cineasta uruguaya Ana Guevara Pose, directora del premiado largometraje Tanta agua; la mexicana Paula Astorga, productora y también realizadora, y por Horacio Javier Ríos, secretario de cultura de la ciudad de Rosario. Ellos decidieron premiar la actuación de la actriz mexicana Aglaé Lingow, de Cumbres dirigida por su compatriota Gabriel Nuncio, que también recibió una mención para su director de fotografía, Israel Cárdenas. En el rubro actuación femenina también fue mencionada la argentina Andrea Strenitz por su desempeño en Mar, coproducción entre Chile y la Argentina, dirigida por Dominga Sotomayor. Por su parte, el premio a la mejor dirección recayó en la argentina Natalia Smirnoff por su segundo largo de ficción El cerrajero, que fue recibido por su protagonista, Esteban Lamothe.
Pero la gran ganadora de la noche fue la película brasilera El último autocine, que recibió los premios a la mejor actuación masculina y mejor película, que recibieron respectivamente el actor Breno Nina y el director Iberê Carvalho, ambos presentes en la sala. Se trata de un drama familiar que tiene como protagonista a Marlonbrando. No se trata de un error de tipeo ni de una broma: así, todo junto, se escribe el curioso nombre de un joven que regresa a Brasilia, su ciudad de origen, para acompañar a su madre durante una internación obligada para poder cumplir con una serie de delicados exámenes médicos. A partir de ahí, Marlonbrando también deberá forzar un reencuentro con su padre, con quien no se habla desde hace años, para pedirle ayuda frente a la compleja situación. El regreso a su ciudad no sólo implica estos desafíos familiares, sino que significará reunirse con su pasado, representado sobre todo por su reencuentro con el autocine de la ciudad, que efectivamente es el último que sobrevive en ese enorme país-continente que es Brasil. Carvalho, que además de director es uno de los guionistas de la película, utiliza ese espacio de manera tornatoriana, haciendo que el cine (y las películas) se conviertan en el hilo de Ariadna que permitirán al protagonista hacer de ida y de vuelta el laberinto que une el presente con el pasado. Fruto de una cinematografía poco conocida para el público argentino, la del cine producido en Brasilia, El último autocine, que también fue elegida por el jurado joven del festival como la mejor película, sin embargo tiene un interesante punto en común con otra película brasiliense, casualmente estrenada hace pocos meses en nuestro país. Se trata de Branco sai, preto fica, muy buen trabajo de Adirley Queiroz que, entre el documental y la ciencia ficción, cuenta una historia vinculada a la represión y la tensión racial en la capital brasilera a comienzos de los 80, tomando como punto de partida los masivos bailes y la escena del breakdance en esa época. Resulta interesante la preocupación que ambas películas manifiestan por indagar en el pasado. Más aún teniendo en cuenta que provienen de la que tal vez sea la más joven de las grandes capitales del mundo, inaugurada en 1960 durante la presidencia de Juscelino Kubitschek. Un detalle que quizás venga a hablar del valor del cine como herramienta para la creación de las propias raíces históricas y culturales de la ciudad y la fundación de sus propios mitos. No menos curioso resulta que uno de los filmes más interesantes de los que integraron la competencia, a pesar de no recibir ningún reconocimiento oficial, fuera el también brasilero Permanencia, dirigido por Leonardo Lacca. Anclada en San Pablo pero con una fuerte impronta de la escena cinematográfica de Recife, Permanencia retrata el reencuentro entre Ivo, un fotógrafo que llega a la ciudad para su primera exhibición en una galería, y Rita, una ex novia que se ofrece a hospedarlo por esos días en la casa que comparte con su marido. Con una narrativa ajustada que se apoya en un delicado trabajo fotográfico, la película de Lacca pone su ojo en las grietas emotivas que el reencuentro entre los protagonistas va abriendo en sus vidas cotidianas, aún cuando se empeñen en tratar de eludirlas e incluso negar sus consecuencias. A partir de ahí construye una historia de amor elíptica y siempre imposible que, con elegante espiritualidad, habla de la supervivencia de los vínculos sentimentales más allá de su existencia física. El sábado también fue el turno del estreno de A desalambrar con Daniel Viglietti, trabajo Jorge Denti en torno al ineludible cantautor uruguayo, figura fundamental de la llamada canción de protesta de los años 60, 70 y 80 en América Latina. Se trata de una versión acotada de una miniserie de tres capítulos creada por el director argentino radicado hace años en México para Teveunam, el canal de televisión cultural de la Universidad Nacional Autónoma de ese país. En su poco más de una hora de duración se suceden una entrevista exclusiva con el propio Viglietti; valiosos testimonios en primera persona, como el de Eduardo Galeano; e imágenes de archivo de diferentes presentaciones del artista, incluyendo alguna de las que realizó junto a Mario Benedetti en el teatro Solís de Montevideo o en un multitudinario acto en Nicaragua, a comienzos de los años 80. A lo largo de la película, Viglietti va desandando sus propias memorias como músico que decidió asumir un destacado rol social durante los años más difíciles de la historia de Latinoamérica. A veces se permite confesiones que no por lógicas dejan de ser sorprendentes, como cuando afirma que su vida como artista fue marcada por el cine y se declara en deuda con el neorrealismo italiano, en especial con Vittorio De Sica. Otras deja caer frases a las que su voz profunda les imprime un color tan particular, como cuando habla del lanzamiento de uno de sus primeros trabajos Canción para mi América en 1961: “En aquella época los discos tenían dos caras: ahora son más sinceros”, define con gracia. Pero el documental también le hace un espacio a la poesía, principal herramienta de Viglietti, quien recuerda una lectura pública en la que él y varios artistas recitaron varios poemas, siempre anónimos, que los presos políticos contrabandeaban escritos en papel para armar cigarrillos, algunos de ellos bellísimos: “A veces sale el sol y te quiero/ A veces llueve y te quiero/ La cárcel es a veces/ siempre te quiero”. También conmueven las imágenes del día de la liberación de los presos políticos en enero de 1985, entre quienes puede verse claramente a un joven Pepe Mujica, día del cual justamente en estos días acaban de cumplirse 30 años. Con economía de recursos, A desalambrar con Daniel Viglietti consigue hacer que un recorrido por la obra del emblemático cantante sea además una travesía por 50 años de historia política, cultural y social no sólo del Uruguay, sino también de toda Latinoamérica.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Resucitados de David Gelp, película a la que le calza mucho mejor el título original, “El efecto Lázaro”, es una de esas historias de terror que, sin salirse ni un poco de lo formulario, sin embargo consigue entretener a partir de un par de relecturas más o menos logradas de sus precursores, para redondear un producto recubierto con una patina delgada de originalidad. Si bien, como se ha dicho, no se aparta para nada del ciclo de sobresaltos y efectismo generados sobre todo por golpes sonoros, montaje, juegos de luces y las decisiones a veces inexplicables de sus personajes, Gelp logra completar la carrera de obstáculos de lugares comunes que suele ser el cine de terror clase B con bastante dignidad. Claro que no debe entenderse con esto que estamos ante un nuevo clásico del género; ni siquiera frente a un exponente de los más logrados: Resucitados simplemente tiene el mérito de haber conseguido que el paseo por un camino bien conocido resulte al menos entretenido, sin pretensiones grandilocuentes. Un buen punto a favor son las numerosas referencias que el fanático del género podrá encontrar en el relato, si bien ninguna demasiado sutil, al menos sí mínimamente ingeniosas u oportunas. Se trata de un tópico demasiado clásico, fundacional del género del terror: un grupo de científicos encerrados en un laboratorio encuentran una fórmula capaz de resucitar a los muertos. Si bien en esta categoría tanto se puede incluir a Frankenstein o el moderno Prometeo, novela fundamental del gótico inglés escrita por Mary Shelley, como a Re-animator, clásico del gore modelo 1985 dirigido por Stuart Gordon, Resucitados sin embargo tiene más en común con Línea mortal, aquella película de Joel Schumacher estrenada en 1990 con un reparto cargado de estrellitas en ascenso, entre ellos Julia Roberts, Kiefer Sutherland y Kevin Bacon. Sólo que, a diferencia de los casos mencionados, el equipo de investigadores de la película de Gelp se encuentran con el asunto de la resurrección un poco de manera inesperada, como efecto no deseado de una fórmula pensada para otra cosa. Tras revivir a un perro, el grupo encabezado por el doctor Frank (la referencia a Frankenstein es bastante obvia pero el chiste no deja de ser simpático) es separado de la investigación. Pero el equipo intentará recuperar el control, entrando de manera ilegal al laboratorio para repetir el experimento, registrarlo con una cámara y así poder asegurarse los derechos de autoría. Pero algo sale mal: uno de ellos muere electrocutado durante el intento y el resto decide cambiar al sujeto experimental, intentando revivir a la compañera en lugar de un perro. A partir de ahí la película se vuelve más sobrenatural, efectista y menos interesante, jugando con los alcances religiosos, psicológicos y parapsicológicos del asunto. Pero logra mantenerse de este lado, sin atravesar la línea de la vergüenza.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.